Todas esas cosas que te diré mañana

Elísabet Benavent · Capítulo 36 de 41

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Todas esas cosas que te diré mañana

37. Sentido

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Sentido

 

El despertar es extraño pero apacible. Me despierta la luz a través de la

persiana a medio bajar; aunque entra por la izquierda, hay algo diferente en

ella. Lo más confuso es que al incorporarme en una mullida cama,

comodísima, no reconozco la habitación, ni siquiera entre mis recuerdos. Es

una estancia grande y bonita que se nota algo destartalada aún, de suelos

hidráulicos, preciosos y originales. Frente a la cama, en la parte izquierda,

una puerta de doble hoja, antigua pero restaurada y pintada de blanco, con

bonitos pomos dorados, se abre hacia el resto de la casa; entre esta puerta y

la ventana, un platanero en una maceta de mimbre muy bonita.

—¿Qué…?

Me levanto de la cama, donde las mantas están revueltas solo en un lado.

El suelo está frío y en el rincón de la parte derecha de la habitación hay un

gran armario empotrado frente al que se amontonan cajas rotuladas con el

logo de una empresa de mudanzas; algunas están abiertas y a medio vaciar

y las otras aún precintadas. Veo en una esquina otra puerta que abro con

sigilo y miedo y descubro un baño reformado, bastante grande, con aires

vintage y muy cuco. Hay una bañera con patas y ducha. Perdona…, ¿bañera

con patas? Eso es exagerar.

Un pasillo prácticamente inexistente conecta la habitación con otra puerta

tras la que hay una estancia mucho más pequeña con cajas donde alguien ha escrito la palabra LIBROS con mayúsculas gritonas y caligrafía rápida.

Montado y solitario contra una pared, un escritorio de madera clara y patas

esbeltas con dos cajones de poca profundidad donde ya está… ¿mi

ordenador? La pared luce un papel pintado con un estampado de ramas de

eucalipto en un sutil verde.

El salón también es un caos de cajas y muebles de estilos heterogéneos

entre los que destaca un sillón rosa, y apoyados en él hay al menos siete

cuadros enmarcados que esperan pacientes que alguien los cuelgue. Una

barra lo conecta con una cocina también con pinta de haber sido reformada

hace muy poco con intención de recordar otras décadas. Sonrío cuando veo

la nevera: es una de esas retro, poco práctica para una familia, pero perfecta

para alguien como yo que cocina poco y vive sola.

La luz entra a raudales a través de dos balcones que dan a una plaza,

como compruebo al abrirlos.

—Pero ¿qué es esto? —Sonrío.

Dos puertas más, cerca de la entrada, encierran un aseo pequeño, bonito y

útil, y un buen armario de esos que pueden albergar los abrigos y la ropa de

fuera de temporada sin despeinarse.

Me gusta mucho mi piso, pero no exagero si digo que este se acerca

mucho al de mis sueños.

Una foto enmarcada con madera turquesa, muy bonita, llama mi atención

y me acerco; es la pandilla. Bueno…, somos la pandilla: la suma de todos

los grandes amigos, los del barrio, los del curro, los de vida. En el centro

estoy yo, sonriente, con un traje negro y un body de encaje, de lencería,

debajo. Llevo los labios pintados de un rojo vivo y vibrante y un eyeliner

que ha tenido que ser obra de un profesional, porque yo no tengo ese pulso

ni de coña. Estoy favorecida, me veo guapa…, probablemente porque se me

ve feliz. Estoy con la boca abierta, como riéndome, arropada por todos mis amigos, que también lucen muy elegantes. Iván, a mi lado, me mira

cómplice, riéndose.

Es una estampa feliz. Sé que uno no debería nunca fiarse de las

fotografías, que son solo un dibujo en dos dimensiones. Una vez escuché a

David Martínez, Rayden, decir que muchas veces vivimos bajo «la

maldición del frame». Lo que quería decir es que tendíamos a escoger de

una situación, de una vivencia, de un sueño, una aspiración o un recuerdo,

una sola imagen, un frame, como si congeláramos la película…, e

idealizábamos todo lo que había alrededor.

Pienso en ello cuando me siento en el sofá cubierto por una sábana con la

fotografía entre las manos. No querría idealizarla, pero… lo mejor de ella,

lo más especial, es que se trata de la instantánea de algo que aún no ha

sucedido. Y en ella, en el futuro, soy feliz.

Marta sostiene en alto una botella de champán; debe de ser la celebración

de algo de la revista, pero también están las amigas del barrio e Iván. Unos

se ríen, otros se miran, alguno parece llamar a alguien fuera de cámara y, al

fondo, Rita sopla sobre uno de esos cacharros para niños de los que salen

burbujas, que dibujan un telón de fondo precioso. Es de noche. Todos están

guapos, contentos. Siento algo dentro, un cosquilleo al vernos. Juntos. Bien.

No. Tristán no está, pero es hora de asumir que hace mucho tiempo que

empezó a irse, que la despedida se alargó demasiado. Lo mejor para

nosotros no es siempre lo más bonito.

En la nevera hay dos botellas de vino diferentes pero buenos con un lazo

rojo y en el congelador una cubitera con hielos en forma de torre Eiffel y

una botella de Larios. Me echo a reír. Este Iván…

Paseo por la casa mirando aquí y allá, sin saber muy bien qué mirar, qué

pensar, qué hacer, pero con una sensación plácida en el pecho. Regreso al

dormitorio, me dejo caer sentada de nuevo en la cama y abro el cajón de la mesita de noche, donde encuentro un sobre abierto con una tarjeta

manuscrita. La letra es la de Iván:

 

Te dije que todo iría bien y no me hiciste caso, con lo que ahora soy el orgulloso

portador de esta frase de mierda que, por una vez, me da placer pronunciar: «Te lo dije».

Enhorabuena. Todo lo que tienes es tuyo. Toda esta felicidad. Toda esta luz. Es todo

tuyo y solo tuyo. Coge estas dos botellas y comparte vino y fuego con toda la gente que

te quiere. Ahora que lo pienso, creo que te vas a quedar muy corta de vino. Fuego tienes

de sobra.

Te quiero.

Iván

 

PD: Por los nuevos comienzos.

 

Al final será verdad eso que dicen sobre el tiempo: no esperes curar las

heridas sin que participe, el muy cabrón. Aunque tengamos prisa, aunque

duela horrores, aunque a un corazón roto la palabra «tiempo» le suene a

placebo, no hay más respuesta que esa. Dejar que pase, dejar que cure, dejar

que se calme.

Eso me recuerda a «Lodo», la canción de Xoel López; puede que sea

cierto que del lodo crezcan las flores más altas.

Ojalá pudiera mirar mucho más allá de estas cuatro paredes para saber

detalles sobre cómo me va la vida o… qué día es hoy, pero casi es mejor

así. Echar solo un vistazo, tener un rayo de esperanza, solo un suspiro, un

momento de lucidez, pequeño, corto, en el que las palabras «todo saldrá

bien» tengan sentido.

 

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