Todas esas cosas que te diré mañana
37. Sentido
37
Sentido
El despertar es extraño pero apacible. Me despierta la luz a través de la
persiana a medio bajar; aunque entra por la izquierda, hay algo diferente en
ella. Lo más confuso es que al incorporarme en una mullida cama,
comodísima, no reconozco la habitación, ni siquiera entre mis recuerdos. Es
una estancia grande y bonita que se nota algo destartalada aún, de suelos
hidráulicos, preciosos y originales. Frente a la cama, en la parte izquierda,
una puerta de doble hoja, antigua pero restaurada y pintada de blanco, con
bonitos pomos dorados, se abre hacia el resto de la casa; entre esta puerta y
la ventana, un platanero en una maceta de mimbre muy bonita.
—¿Qué…?
Me levanto de la cama, donde las mantas están revueltas solo en un lado.
El suelo está frío y en el rincón de la parte derecha de la habitación hay un
gran armario empotrado frente al que se amontonan cajas rotuladas con el
logo de una empresa de mudanzas; algunas están abiertas y a medio vaciar
y las otras aún precintadas. Veo en una esquina otra puerta que abro con
sigilo y miedo y descubro un baño reformado, bastante grande, con aires
vintage y muy cuco. Hay una bañera con patas y ducha. Perdona…, ¿bañera
con patas? Eso es exagerar.
Un pasillo prácticamente inexistente conecta la habitación con otra puerta
tras la que hay una estancia mucho más pequeña con cajas donde alguien ha escrito la palabra LIBROS con mayúsculas gritonas y caligrafía rápida.
Montado y solitario contra una pared, un escritorio de madera clara y patas
esbeltas con dos cajones de poca profundidad donde ya está… ¿mi
ordenador? La pared luce un papel pintado con un estampado de ramas de
eucalipto en un sutil verde.
El salón también es un caos de cajas y muebles de estilos heterogéneos
entre los que destaca un sillón rosa, y apoyados en él hay al menos siete
cuadros enmarcados que esperan pacientes que alguien los cuelgue. Una
barra lo conecta con una cocina también con pinta de haber sido reformada
hace muy poco con intención de recordar otras décadas. Sonrío cuando veo
la nevera: es una de esas retro, poco práctica para una familia, pero perfecta
para alguien como yo que cocina poco y vive sola.
La luz entra a raudales a través de dos balcones que dan a una plaza,
como compruebo al abrirlos.
—Pero ¿qué es esto? —Sonrío.
Dos puertas más, cerca de la entrada, encierran un aseo pequeño, bonito y
útil, y un buen armario de esos que pueden albergar los abrigos y la ropa de
fuera de temporada sin despeinarse.
Me gusta mucho mi piso, pero no exagero si digo que este se acerca
mucho al de mis sueños.
Una foto enmarcada con madera turquesa, muy bonita, llama mi atención
y me acerco; es la pandilla. Bueno…, somos la pandilla: la suma de todos
los grandes amigos, los del barrio, los del curro, los de vida. En el centro
estoy yo, sonriente, con un traje negro y un body de encaje, de lencería,
debajo. Llevo los labios pintados de un rojo vivo y vibrante y un eyeliner
que ha tenido que ser obra de un profesional, porque yo no tengo ese pulso
ni de coña. Estoy favorecida, me veo guapa…, probablemente porque se me
ve feliz. Estoy con la boca abierta, como riéndome, arropada por todos mis amigos, que también lucen muy elegantes. Iván, a mi lado, me mira
cómplice, riéndose.
Es una estampa feliz. Sé que uno no debería nunca fiarse de las
fotografías, que son solo un dibujo en dos dimensiones. Una vez escuché a
David Martínez, Rayden, decir que muchas veces vivimos bajo «la
maldición del frame». Lo que quería decir es que tendíamos a escoger de
una situación, de una vivencia, de un sueño, una aspiración o un recuerdo,
una sola imagen, un frame, como si congeláramos la película…, e
idealizábamos todo lo que había alrededor.
Pienso en ello cuando me siento en el sofá cubierto por una sábana con la
fotografía entre las manos. No querría idealizarla, pero… lo mejor de ella,
lo más especial, es que se trata de la instantánea de algo que aún no ha
sucedido. Y en ella, en el futuro, soy feliz.
Marta sostiene en alto una botella de champán; debe de ser la celebración
de algo de la revista, pero también están las amigas del barrio e Iván. Unos
se ríen, otros se miran, alguno parece llamar a alguien fuera de cámara y, al
fondo, Rita sopla sobre uno de esos cacharros para niños de los que salen
burbujas, que dibujan un telón de fondo precioso. Es de noche. Todos están
guapos, contentos. Siento algo dentro, un cosquilleo al vernos. Juntos. Bien.
No. Tristán no está, pero es hora de asumir que hace mucho tiempo que
empezó a irse, que la despedida se alargó demasiado. Lo mejor para
nosotros no es siempre lo más bonito.
En la nevera hay dos botellas de vino diferentes pero buenos con un lazo
rojo y en el congelador una cubitera con hielos en forma de torre Eiffel y
una botella de Larios. Me echo a reír. Este Iván…
Paseo por la casa mirando aquí y allá, sin saber muy bien qué mirar, qué
pensar, qué hacer, pero con una sensación plácida en el pecho. Regreso al
dormitorio, me dejo caer sentada de nuevo en la cama y abro el cajón de la mesita de noche, donde encuentro un sobre abierto con una tarjeta
manuscrita. La letra es la de Iván:
Te dije que todo iría bien y no me hiciste caso, con lo que ahora soy el orgulloso
portador de esta frase de mierda que, por una vez, me da placer pronunciar: «Te lo dije».
Enhorabuena. Todo lo que tienes es tuyo. Toda esta felicidad. Toda esta luz. Es todo
tuyo y solo tuyo. Coge estas dos botellas y comparte vino y fuego con toda la gente que
te quiere. Ahora que lo pienso, creo que te vas a quedar muy corta de vino. Fuego tienes
de sobra.
Te quiero.
Iván
PD: Por los nuevos comienzos.
Al final será verdad eso que dicen sobre el tiempo: no esperes curar las
heridas sin que participe, el muy cabrón. Aunque tengamos prisa, aunque
duela horrores, aunque a un corazón roto la palabra «tiempo» le suene a
placebo, no hay más respuesta que esa. Dejar que pase, dejar que cure, dejar
que se calme.
Eso me recuerda a «Lodo», la canción de Xoel López; puede que sea
cierto que del lodo crezcan las flores más altas.
Ojalá pudiera mirar mucho más allá de estas cuatro paredes para saber
detalles sobre cómo me va la vida o… qué día es hoy, pero casi es mejor
así. Echar solo un vistazo, tener un rayo de esperanza, solo un suspiro, un
momento de lucidez, pequeño, corto, en el que las palabras «todo saldrá
bien» tengan sentido.
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