Todas esas cosas que te diré mañana
5. ¿O no es así como funciona esto?
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¿O no es así como funciona esto?
Me costó horrores salir de la cafetería esta mañana sin mirar atrás, pero es
que sé cómo acaba lo nuestro y he estado pensando, ¿sabes? Pensando en
por qué me está pasando esto.
Bueno… Lo he pensado después de ir a urgencias, decir que tengo
alucinaciones, pedir que me hagan un escáner cerebral y que el neurólogo
de guardia me informe de que dentro del cráneo tengo lo normal para una
chica de mi edad. Me han dado ganas de preguntarle si ha encontrado
mierda. Porque con el aluvión de caca que la sociedad y los medios nos
mandan es sorprendente que no tengamos el coco lleno de guano.
Desechada ya la posibilidad de un tumor cerebral del tamaño de un
melocotón de Calanda, me da por pensar en cosas mágicas, pero tampoco
mucho; trato de encontrar una lógica a todo esto. Yo qué sé. Si no es una
cuestión física, igual es que tengo alguna enfermedad mental. Se lo
pregunté al neurólogo; oye, que tampoco pasa nada, que no es una de esas
cosas que pidas por Navidad, pero si te toca, te medicas y punto. Basta de
demonizar las cuestiones de salud mental. Mira, hasta ese punto de
autoconciencia he llegado a lo largo del día. Sin embargo, me explicó que
es poco probable que esté dando muestras súbitas de una superevidente
enfermedad mental de las que provocan alucinaciones. No le he dicho que desde que me he despertado estoy surfeando por un viaje en el tiempo hacia
mi pasado…, solo que al levantarme pensaba que estaba en otro año…
—Niña, tú tienes mucho estrés.
Iba a soltarle un discurso sobre lo paternalista que suena eso, pero he
decidido dejarlo correr. Hoy no es día para explicarle a un médico que
puede ser mi padre, que ya tengo uno y que no necesito que el mundo me
busque otros. Que soy adulta y muy dueña de mi vida. Claro…, no es día
porque dueña dueña, lo que se dice dueña, no soy.
Al llegar a casa, ya es de noche. Es noviembre, anochece muy pronto.
Tengo varias llamadas perdidas de Iván, pero lo despacho con un wasap
donde le escribo que ya le contaré mañana. Procrastinar nunca había sido
tan fácil como hoy; normalmente el miedo a enfrentarte a las consecuencias
en un futuro próximo hace menos dulce lo de dejar para mañana lo que
puedas hacer hoy, pero lo cierto es que no sé qué va a pasar mañana.
He apuntado en una hoja de mi agenda las posibilidades que se me
ocurren.
1. Me despierto al día siguiente de mi ruptura y vuelvo de nuevo a mi espacio-
tiempo real.
2. Me despierto un 12 de noviembre, el día en el que originalmente recibí un
mensaje de Tristán. Pero, claro, como hoy he hecho algo diferente a lo que hice, lo mismo es un 12 de noviembre alternativo en el que me convierto en una bailaora de flamenco de fama mundial.
3. Me despierto en otro día aleatorio.
La tercera opción me crea mucha ansiedad. ¿Cómo voy a poder vivir con
normalidad sin saber en qué puñetas de día me despertaré por la mañana? A
lo mejor estoy en coma y todo esto es un sueño provocado por la
medicación. O me he muerto. O estoy congelada como Walt Disney. Quizá
me he vuelto a tropezar con la alfombra del dormitorio y he cumplido mi propio vaticinio quedándome gagá. La esquina del armario siempre me
pareció peligrosa.
Algo ha tenido que ser.
Cuando me meto en la cama, tengo la sensación de que soy una Dorothy
sin zapatos mágicos en tierra de nadie, agazapada en el pliegue del espacio-
tiempo… Una niña que ha inventado una mentira gigante para huir del
dolor. Pero me duermo. Como si alguien golpease mi cabeza con un mazo.
De inmediato. Rotundamente. Me duermo.
La luz grisácea que envuelve la cama me despierta. Es como humo. En un
primer momento me da miedo que algo en el piso esté en llamas. Y estar
teniendo una visión chunga…, eso también, como en las películas de los
ochenta o en las pelis de Insidious. Pero no. Es solo que ahí fuera hay
mucha niebla, no se ve el sol y el cielo está cubierto con una capa
blancuzca.
Siento la cabeza pesada, confusa, pero durante unos minutos no hay pena
ni preocupación. Solo mi cama y el sueño. Son las siete de la mañana. A las
siete y diez minutos mis circunstancias vuelven a tener el peso que tuvieron
antes de dormir… y miro la fecha en la pantalla del iPhone.
No puede ser.
Sábado, 10 de diciembre de 2016. Pero… ¿qué coño?
No me hace falta pararme a pensar un segundo qué tiene hoy de especial.
Lo sé.
Tristán y yo nos conocimos en Tinder y nos comportamos como se
esperaría de ello. Nos tomamos aquella copa de vino de la que le hablé
«ayer» en la cafetería de enfrente de la redacción. Me llevó a un sitio en
plena Castellana bastante desfasado, de esos que fueron «modernos» a
finales de los dos mil y que recogían a lo más florido y granado de entre los cocainómanos trajeados de Madrid. Una pena. Pero nos reímos mucho,
entre zapatos castellanos con borlas y pelos repeinados. Y tuvimos un
primer beso fantástico y un sexo aún mejor en mi casa. Nos despedimos en
la puerta con el convencimiento de que probablemente no nos volveríamos
a ver jamás. Pero como dije antes, me escribió el día siguiente. Quedamos
para follar dos veces más… hasta nuestra primera cita, que fue algo que
ninguno de los dos programó.
Me siento sobre la taza del váter sin rastro de glamur en mi cuerpo, pero
para compensar unos doscientos treinta y dos kilos de ansiedad en el pecho,
apoyo la frente, en una postura contorsionista, sobre el cesto de la ropa
sucia que tengo colocado enfrente. Recuerdo lo que me dijo Iván cuando le
conté lo de nuestros encuentros esporádicos:
—Ay, chica…, lo que os vais a arrepentir de haber empezado así.
—¿A qué te refieres?
—Pues a que, digas lo que digas, este no es un rollo y en dos años vais a
tener que responder «follando» cuando os pregunten cómo os conocisteis.
Es la peor historia… ever.
A mí Tristán me gustaba, pero como deseas a un chico con el que bebes
vino, hablas de cosas interesantes y follas bien. Uno que lo más intenso que
ha compartido contigo es un orgasmo y la preocupación de no encontrar un
piso decente en el que vivir.
No. Tristán y yo no tuvimos un inicio de novela, pero… ¿qué pareja lo
tiene en realidad? Todos los días surgen historias de amor que comienzan
con un «¿Nos tomamos una birra?» o «Tienes que conocer a mi amigo, es
perfecto para ti». ¿Y qué? Nunca entendí la insistencia del cosmos por la
grandilocuencia. Siempre fui fan de las cosas que sencillamente funcionan.
—No entiendo por qué hay que ser más fan del champán que de la rueda
—dije una vez en la redacción—. ¿Es prosaica? Pues sí. Pero hace girar el mundo.
—Sí, pero el champán lo hace divertido.
No recuerdo quién me respondió aquello, pero tenía razón.
Tristán y yo, al comienzo, fuimos una rueda. La rueda de un coche, de un
taxi, de un carrito de la compra… fuimos algo sencillamente práctico hasta
un mes después de conocernos, porque entendimos la magia del champán.
Y ese día es hoy.
Para que aquel día vuelva a suceder tal y como fue, yo debería meterme
en la ducha ahora y ponerme mona porque me apetece. Tomarme un café en
el Café de la Luz y leer Madame Bovary. Ir a por flores a esa tiendecita
pequeña donde, según cuándo vayas, te atienden dos hermanas muy raras o
un chico muy mono. Aunque si hago todo eso y lo hago bien, no llegaré a la
última cita, la de comprar sushi y una botella de vino blanco para comer en
casa con Iván, porque por el camino se me cruzará la serendipia en forma
de chico tremendamente guapo, tremendamente abrigado y tremendamente
agobiado.
Cojo el teléfono sin pensar y llamo a Iván. Son las siete y media de la
mañana de un sábado, pero no me da la vida para pensar que la gente
aprovecha estos momentos para dormir. Soy una persona acostumbrada a
madrugar, de modo que solo me molesta hacerlo cuando me obligan, como
buen ser humano que soy. Iván no es así. Es humano, entiéndeme, pero a él
le gusta dormir. Lo disfruta. Dice que es uno de los mayores placeres de la
vida. En ese punto nunca nos pondremos de acuerdo; me cuesta entender
como placer una cosa que no sientes que haces, que solo haces y ya está.
Lo coge de mal humor cuando ya casi me he cansado de insistir.
—Tía, ¿tú estás loca? Dime que estás muriéndote o algo, porque es lo
único que te voy a perdonar. Son las putas siete y media de la mañana.
—Iván…
Me conoce como la palma de su mano y no hace falta añadir más. Solo
su nombre y el tono en el que lo digo le hacen entender que es algo serio.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿Voy?
—No, no, escúchame.
—¿Estás embarazada? Ay, no, peor…, ¿te hiciste los análisis de
venéreas? ¿Es eso? ¿Tienes sífilis?
Miro los azulejos de la pared del baño con bastante confusión. ¿Qué coño
le pasa a mi mejor amigo en la cabeza?
—No. Escúchame. Te voy a preguntar una cosa que te va a parecer muy
rara, pero necesito que hagas el ejercicio de responderme sin pensar mucho
más allá, ¿vale?
—Es muy pronto. No creo que pudiera hacerlo ni queriendo.
—Si pudieras cambiar tu pasado…, ¿lo harías?
Hay un silencio al otro lado del teléfono, tan solo oigo el sonido de unas
sábanas. Después identifico el ruido de sus pies mientras bajan las escaleras
metálicas que separan el dormitorio de la cocina en el pequeño dúplex de
Iván. Va a servirse un café.
—¿Es una crisis existencial? —me pregunta.
Está haciendo tiempo mientras piensa en si la respuesta adecuada a mi
pregunta no será más bien coger un taxi en pijama y plantarse en mi casa.
Lo conozco bien.
—Puede.
—¿Tienes un ataque de ansiedad, Miri? ¿De pánico?
—No. A eso me refería con no pensar más allá. Solo responde a lo que te
he preguntado. —Y cierro muy fuerte los ojos, hasta ver chiribitas—. Si
pudieras cambiar tu pasado, algo que te dolió, ¿lo harías?
—Explícate un poco más.
—No hay más…, ¿borrarías un amor que te hizo daño?
La cafetera semiautomática que se compró por Navidad emite un sonido
que no nos deja hablar durante unos segundos, pero que sirve para que Iván
piense bien su respuesta.
—Lo jodido es responderte sin saber a quién te refieres, porque no creo
que te hayas levantado pensando en Ander.
Ander fue mi primer novio, mi pareja estable, la relación que llevas
porque crees que es la que quieres, pero que en realidad es la que crees que
debes.
—No. No tengo por qué cuestionarme las cosas por alguien en concreto,
¿no? Puedo estar haciéndome preguntas sobre la vida. Soy una mujer en la
treintena.
—Son poco más de las siete y media de la mañana de un sábado… si no
es por alguien, necesitas medicación.
—Es una pregunta fácil. —Me desespero.
—A ver. —Suspira—. Quitemos algunos condicionantes de la escena:
evidentemente, si me hablaras de una relación insana, de maltrato, desigual,
tóxica…, te diría que sí, la eliminaría. No hay momento bueno que
compense lo malo. Sin embargo, si tu pregunta no habla «del amor que
duele», sino de lo que duele el desamor, te diré que cualquier cosa bonita
tiene la capacidad de hacernos daño cuando desaparece de nuestra vida,
porque deja un vacío, pero eso no elimina todas las sensaciones positivas
con las que nos ayudó a crecer y a creer.
Esto me descoloca. Iván siempre ha pensado que el amor es algo
ciertamente vergonzoso. Es decir, lo romántico adherido a la idea del amor.
Supongo que todos pensamos que los demás, cuando se enamoran, dan un
poco de vergüenza…, y yo la primera. Es un tema que me ha traído
problemas, evidentemente.
—Vale —le digo.
—¿Es para un artículo, te ha dado un viaje hormonal…?
—Lo del viaje hormonal te lo voy a perdonar porque eres tú, pero es
asqueroso.
—Hay meses que la regla te sienta fatal, chica, es la purita verdad.
Pongo los ojos en blanco.
—Tengo edad para plantearme cosas de la vida —resuelvo sin querer
entrar en detalles.
—¿Viste ayer una película romántica que te dejó loca?
Loca estoy un rato, pero ¿cómo explicárselo?
Salgo del baño y me siento en la banqueta alta de la barra de la cocina,
sobre la que encuentro mi agenda. Paso una a una sus páginas, distraída.
—Un libro —miento—. A veces las novelas pueden hacerte pensar
mucho.
—Por eso no leo.
Lanzo una carcajada.
—No deberías presumir de ello.
—Tienes que respetar que haya gente a la que no nos guste leer, flor. Yo
respeto que mi mejor amiga me llame un sábado al alba. Me apetece
muchísimo decirte que tienes que ahondar en otras relaciones sociales. El
hecho de que me tengas solamente a mí me amarga.
—No te tengo solamente a ti. Tengo muchas amigas.
—¿Y por qué no las llamas a ellas?
—Porque no son tú.
Sonrío con cierta tristeza. Quiero muchísimo a todas mis amigas y creo
firmemente en la importancia de invertir tiempo y cariño en cada relación
social que te importa, pero Iván siempre será Iván, y mi relación con él,
especial.
—Bueno, ¿qué haces hoy? —me pregunta.
He conseguido enternecerlo, aunque no quiera demostrarlo.
—Pues estaba pensando ir a desayunar por ahí…
Paro en seco cuando mis ojos chocan con algo en la agenda que tengo en
las manos. Algo que me ha hecho volver a la realidad. A la realidad poco
realista que vivo desde ayer. A la realidad en la que no puedo hablar con
tanta tranquilidad con mi mejor amigo por teléfono como si no pasase nada
porque estoy viajando en el puto tiempo como en una noria de feria.
Aquí están. En una página aleatoria aparecen las anotaciones que hice
anoche en las que me planteaba dónde y cuándo podía aparecer esta
mañana. Puede parecer un dato sin importancia, pero lo cierto es que la
tiene. ¿Por qué? Bueno, yo hice esas anotaciones ayer, ¿no? Ayer,
reviviendo un día concreto de 2016. El día que conocí a Tristán de verdad.
Y si la tinta del bolígrafo con la que lo hice sigue ahí, y no se ha borrado de
la misma mágica manera en la que yo me muevo en el pasado, significa que
sí puedo adulterarlo. Que sí puedo hacer cosas que no hice y que su
resultado debería mantenerse en el tiempo. Y que quizá mi decisión de salir
de la cafetería, despidiéndome de Tristán y diciendo que no a la posibilidad
de vernos más, haya cambiado la rueda de los acontecimientos.
¿Es ahora mi pasado algo nuevo?
—¿Miranda? —me reclama Iván.
—Sí…, estoy aquí.
—Pensaba que se había cortado.
—No. Es que… me he acordado de una cosa. Oye, te dejo, ¿vale?
—¿Quedamos en tu casa para comer sushi y beber vino? —me pregunta.
Me lo pienso…
—Creo que no me va a dar tiempo. Te voy diciendo.
El 10 de diciembre de 2016 disfruté de una mañana supertranquila que no
tenía nada que ver con esta versión 2.0. La tranquilidad está reñida con lo
de viajar en el tiempo. Lo primero que hago al bajar a la calle es comprar el
periódico, para cerciorarme de que esto no es una broma pesada orquestada
por todos mis amigos. Mi yo sensato no quiere tirar la toalla. Pero no. No lo
es.
«Sánchez deja sin aclarar su candidatura a dirigir el PSOE». Messi aún
juega en el Barça. Y la moda tampoco miente: en la calle aún se ve mucho
pantalón pitillo y mandan las botas mosqueteras. No hay duda, estamos en
2016.
Llevo en el bolso el ejemplar de Madame Bovary que he encontrado en la
mesita de noche, pero por más que quiera reproducir aquel día, debo ser
sincera conmigo misma y asumir que la memoria no es mi fuerte. No
recuerdo cuánto tardé en llegar a la cafetería ni cuánto tiempo estuve allí.
No sé si fui directa a la floristería o si me entretuve acariciando a un perrito,
porque lo cierto es que soy de esas personas que sonríen a los perritos que
se cruzan por la calle. Así que estoy nerviosa porque no tengo la certeza de
si podré comprobar empíricamente si todo cambió con mi decisión de ayer
o si esto es una realidad paralela en la que, de un momento a otro, los
hurones y los gatos se van a rebelar contra los humanos hasta dominarnos.
Simplificando: el hecho de que «ayer» me marchara de la cafetería sin
aceptar volver a verlo, puede que dé como resultado…
a) Que en este presente nosotros no hayamos follado nunca, por lo que la
oportunidad de ser un «nosotros» haya pasado de largo y hoy no nos
encontremos por azar.
b) Que mi decisión fuera el equivalente en el orden del cosmos a mi
fuerza de voluntad cuando digo «este mes no bebo ni una copa de vino»: o
sea, que no haya cambiado nada.
Intento repetir los pasos que recuerdo con exactitud. Pido lo mismo: un
café americano y media tostada con tomate. Trato de leer, aunque no puedo.
Bajo al baño. Contesto con amabilidad cuando una chica me pregunta de
dónde es el jersey que llevo y paseo sin prisa hasta la floristería. No
recuerdo qué flores pedí ni cuántas para el ramo, pero sé que llevaba rosas
de un color rosa pálido y blancas, ramas de eucalipto y siemprevivas de
color lila, entre otras cosas. Se lo describo como puedo a las dependientas,
sin saber si esos detalles son importantes.
—Lo quiero… como… lila, rosa y blanco. Un poco ñoño.
Una de las mujeres que me atiende sonríe y me siento justo como el
ramo: tremendamente cursi. Sobre todo, en comparación con ella, porque
esta señora es la dueña de una floristería, pero tiene pinta de que su flor
preferida es el brócoli.
Estoy nerviosa. Necesito constatar de alguna manera cómo se comporta
el tiempo cuando cambio algo. Hoy me he vuelto a levantar en un día
diferente, por lo que nada me hace pensar que mañana no vuelva a suceder.
Y necesito entenderlo.
Paseo con el ramo en la mano, tal y como hice entonces, pero no
comparto el mismo ánimo. Aquel día estaba contenta. Sentía que había
conseguido que mi vida fuera mía y no estar con la mente permanentemente
ocupada en relaciones o amoríos. Creía haber aprendido a vivir sin necesitar
estar con alguien. Y lo que me gustaba, así, en general, era la vida. Mi
independencia. Los sábados. Mi casa. Las rutinas. Mi caos. La familia. Los
amigos. Los rollos. Mis sábanas. Es decir, todo lo que yo decidía y cómo lo
decidía. Hoy sé que conocer a Tristán me desvió de ese camino. O quizá,
sencillamente, lo cambió por una historia de amor.
Ocurre al girar la calle Fernando VI. Y no, no sucede como entonces. No
lo veo a lo lejos, a la vez que él me reconoce a mí. No nos acercamos con una sonrisa un poco avergonzada, porque la última vez que nos vimos
estábamos desnudos…, ni porque nos hayamos visto más desnudos que
vestidos, la verdad. Es de golpe y porrazo, sin que yo pueda prepararme y
decidir qué decir.
Giro la esquina. Doy tres pasos. ¡Pam!
—¿Miranda?
La voz surge a mis espaldas, de la nada, como si la magia que hace que
todo esto sea posible lo materialice a su antojo donde menos me lo espero.
Me vuelvo y ahí está. Con la barba un poco desarreglada; con el pelo
peinado hacia un lado sin orden ni concierto, seguramente con los dedos;
con los ojos llenos de una niebla que nunca deja que se sepa a ciencia cierta
de qué color son, si verdes, si miel, si grises, si oscuros. Bien vestido, con
una camisa a cuadros y unos vaqueros, cobijado del frío seco de Madrid
bajo el mismo abrigo de lana buena y puños desgastados de siempre.
—¿Qué tal? —Sonríe.
—Bien. ¿Y tú?
No quiero decir mucho. Necesito situar nuestra relación. ¿Cambié algo
ayer al comportarme de otro modo? ¿Nos hemos acostado ya? ¿Sí, no, un
besito, una pajilla?
—Bien. Bueno…, un poco agobiado. —Arruga la nariz—. No hay
manera de encontrar piso. Supongo que te lo conté…, que acabo de llegar a
Madrid.
—Sí, me suena.
—Te hubiera contado más, pero… —Vuelve a esbozar una sonrisa
coqueta, algo seductora y a la vez nerviosa. Ahora sé que cree que no se le
da bien ser simpático con desconocidos—. Me dijiste que sabías cómo iba a
terminar aquella copa de vino a la que te quise invitar y…
—Sí.
—Perdona, te he abordado así de pronto y a lo mejor ibas con prisa…,
¿te pillo mal?
Soy consciente de estar contestándole casi con monosílabos, pero es que
con entender en qué punto estamos, me doy con un canto en los dientes.
—No. La verdad es que volvía a casa —le digo, señalando el ramo—.
Solo salí a hacer unos recados para mí. Ya sabes. Desayunar y leer un poco,
comprar flores para casa y algo de comer…, ¿y tú?
—Bueno… —Mira a su alrededor—. Bajé a comprar algo para preparar
la comida. Tengo la nevera vacía y no me apetece pasarme el fin de semana
echando mano de comida para llevar. Más bien… quería cocinar algo rico,
¿sabes?
Sí. Sí que lo sé. Un steak tartar, con el solomillo cortado a mano, con
paciencia. Una botella de vino bueno, un Pago de Carraovejas, un poco de
foie, al que le pondrás unas láminas de manzana caramelizada al momento
y que acompañarás con tostadas de pan caliente.
Aquel sábado fue la primera vez que comimos algo juntos. Normalmente
tomábamos una copa de vino y nos íbamos a la cama. Fue la primera vez
que lo vi cocinar, pero no la última. Cuando empezamos, a Tristán le
gustaba cocinar para mí, porque decía que le parecía sexi que le contase
cosas interesantes mientras él me preparaba la comida. Aquel día
descubrimos en el otro mucho más de lo que habíamos querido ver y… nos
quedamos con ganas de más. Fue… sexi, pero también mágico, interesante,
un poco cursi quizá. Un comienzo.
El ramo de flores que llevo en la mano, o más bien su hermano gemelo
de la otra realidad, se quedó en su casa. Él lo secó. En 2021 sigue todavía
en el salón, algo pocho, pero resistiendo en un precioso jarrón blanco con
cabecitas de conejo de Abe The Ape con el que me lo regaló el día que se
mudó a vivir conmigo.
—Oye, ¿me acompañas? Puede ser divertido, ¿no? Podemos ir —señala
una dirección con la cabeza— al mercado. Compramos algunas cosas y
haces de pinche mientras te pongo una copa de vino.
Lo miro fijamente. Los labios. Esa boca nacida para besar. Esa nariz
perfecta. Esos ojos nublados. Está tan guapo como lo recordaba. En
realidad, creo que los años sencillamente no han pasado por él. Y no es solo
que no sepa qué decirle, es que me quedo un poco idiota pensando en
gilipolleces de novela romántica decimonónica y se me va el santo al cielo.
Y como mi silencio lo pone nervioso, se lanza a hablar de nuevo, esta vez
un poco atropellado.
—Supongo que sigues pensando eso de que sabes cómo va a terminar,
¿no?
—Sí. —Sonrío con pena.
—Me imagino que te has encontrado con muchos capullos como yo y ya
estás un poco harta, pero… solo quiero invitarte a comer y charlar. Quizá no
sea para tanto.
Sé lo solo que se sentía por aquel entonces. Por este entonces. Que
echaba de menos a su cuadrilla de amigos, la pandilla más variopinta que
jamás conocí y que nada tenían que ver con él. Que ponía en duda su
decisión de aceptar el puesto en Madrid y que, en ocasiones, al meterse en
la cama a las tantas cansado y solo, pensaba que la capital, descomunal y
hambrienta, terminaría engulléndolo a él y a su aspiración de crecer. Sin
embargo, tengo sobre la palma de la mano la oportunidad de evitar toda
nuestra historia y quizá mañana, al levantarme, ni siquiera lo recuerde. Así
tal vez sea posible que no haya daño y yo siga bien estando sola o, quién
sabe, quizá duerma abrazada a otra persona… Alguien que no quiera
dejarme, que no me rompa el corazón después de años de cenas, vinos,
planes, algún viaje y que no deje esta herida.
No soy capaz de pensar con claridad.
—El plan pinta muy bien, muchas gracias —digo siendo muy muy
amable—. Pero he quedado para comer sushi con un amigo en casa.
Arquea las cejas. Ha entendido que salgo con alguien. Supongo que se
pregunta qué cojones hacía entonces yo en Tinder, pero no dice nada.
—Ah. —Hace una mueca—. Perdón. Ehm…, no quería incomodarte.
—No me has incomodado. De verdad que es un plan genial, pero quizá
yo no sea la chica adecuada.
Asiente y yo doy un paso hacia atrás, dirección huida. Como ayer en la
cafetería, dudo de mi fuerza de voluntad, porque de lo que más ganas tengo
en el mundo es de repetir ese día, olvidándome de que al final, lo sé bien,
me dejará. Vivirlo a él, abriéndose; volviendo a verlo con los ojos de quien
se descubre ante otro.
Pero me duele.
Mucho.
Yo lo quería. Y él dejó de quererme.
—Un gusto volver a verte —le digo—. Que Madrid te trate bien.
No espero a ver su reacción. Me doy la vuelta y echo a andar. Siento
cierto alivio entremezclado con el dolor, pero mañana todo esto habrá
pasado. El hombre al que amaba y en el que confiaba, con el que quería un
futuro, no me traicionará diciendo que ya no me quiere a su lado, que su
felicidad pasa por dejar de estar conmigo. Porque yo lo quiero y puede que
me tiente la idea de aferrarme a los recuerdos, pero si puedo ahorrarme la
angustia de saber que se irá de mi lado, prefiero dormirme y olvidarlo.
Deseo que mañana todo esto no sea más que esa sensación confusa que se
resiste a marcharse tras un sueño muy vívido y real.
¿O no es así como funciona esto?
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