Todas esas cosas que te diré mañana

Elísabet Benavent · Capítulo 4 de 41

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Todas esas cosas que te diré mañana

5. ¿O no es así como funciona esto?

5

 

¿O no es así como funciona esto?

 

Me costó horrores salir de la cafetería esta mañana sin mirar atrás, pero es

que sé cómo acaba lo nuestro y he estado pensando, ¿sabes? Pensando en

por qué me está pasando esto.

Bueno… Lo he pensado después de ir a urgencias, decir que tengo

alucinaciones, pedir que me hagan un escáner cerebral y que el neurólogo

de guardia me informe de que dentro del cráneo tengo lo normal para una

chica de mi edad. Me han dado ganas de preguntarle si ha encontrado

mierda. Porque con el aluvión de caca que la sociedad y los medios nos

mandan es sorprendente que no tengamos el coco lleno de guano.

Desechada ya la posibilidad de un tumor cerebral del tamaño de un

melocotón de Calanda, me da por pensar en cosas mágicas, pero tampoco

mucho; trato de encontrar una lógica a todo esto. Yo qué sé. Si no es una

cuestión física, igual es que tengo alguna enfermedad mental. Se lo

pregunté al neurólogo; oye, que tampoco pasa nada, que no es una de esas

cosas que pidas por Navidad, pero si te toca, te medicas y punto. Basta de

demonizar las cuestiones de salud mental. Mira, hasta ese punto de

autoconciencia he llegado a lo largo del día. Sin embargo, me explicó que

es poco probable que esté dando muestras súbitas de una superevidente

enfermedad mental de las que provocan alucinaciones. No le he dicho que desde que me he despertado estoy surfeando por un viaje en el tiempo hacia

mi pasado…, solo que al levantarme pensaba que estaba en otro año…

—Niña, tú tienes mucho estrés.

Iba a soltarle un discurso sobre lo paternalista que suena eso, pero he

decidido dejarlo correr. Hoy no es día para explicarle a un médico que

puede ser mi padre, que ya tengo uno y que no necesito que el mundo me

busque otros. Que soy adulta y muy dueña de mi vida. Claro…, no es día

porque dueña dueña, lo que se dice dueña, no soy.

Al llegar a casa, ya es de noche. Es noviembre, anochece muy pronto.

Tengo varias llamadas perdidas de Iván, pero lo despacho con un wasap

donde le escribo que ya le contaré mañana. Procrastinar nunca había sido

tan fácil como hoy; normalmente el miedo a enfrentarte a las consecuencias

en un futuro próximo hace menos dulce lo de dejar para mañana lo que

puedas hacer hoy, pero lo cierto es que no sé qué va a pasar mañana.

He apuntado en una hoja de mi agenda las posibilidades que se me

ocurren.

 

1. Me despierto al día siguiente de mi ruptura y vuelvo de nuevo a mi espacio-

tiempo real.

2. Me despierto un 12 de noviembre, el día en el que originalmente recibí un

mensaje de Tristán. Pero, claro, como hoy he hecho algo diferente a lo que hice, lo mismo es un 12 de noviembre alternativo en el que me convierto en una bailaora de flamenco de fama mundial.

3. Me despierto en otro día aleatorio.

 

La tercera opción me crea mucha ansiedad. ¿Cómo voy a poder vivir con

normalidad sin saber en qué puñetas de día me despertaré por la mañana? A

lo mejor estoy en coma y todo esto es un sueño provocado por la

medicación. O me he muerto. O estoy congelada como Walt Disney. Quizá

me he vuelto a tropezar con la alfombra del dormitorio y he cumplido mi propio vaticinio quedándome gagá. La esquina del armario siempre me

pareció peligrosa.

Algo ha tenido que ser.

Cuando me meto en la cama, tengo la sensación de que soy una Dorothy

sin zapatos mágicos en tierra de nadie, agazapada en el pliegue del espacio-

tiempo… Una niña que ha inventado una mentira gigante para huir del

dolor. Pero me duermo. Como si alguien golpease mi cabeza con un mazo.

De inmediato. Rotundamente. Me duermo.

 

La luz grisácea que envuelve la cama me despierta. Es como humo. En un

primer momento me da miedo que algo en el piso esté en llamas. Y estar

teniendo una visión chunga…, eso también, como en las películas de los

ochenta o en las pelis de Insidious. Pero no. Es solo que ahí fuera hay

mucha niebla, no se ve el sol y el cielo está cubierto con una capa

blancuzca.

Siento la cabeza pesada, confusa, pero durante unos minutos no hay pena

ni preocupación. Solo mi cama y el sueño. Son las siete de la mañana. A las

siete y diez minutos mis circunstancias vuelven a tener el peso que tuvieron

antes de dormir… y miro la fecha en la pantalla del iPhone.

No puede ser.

Sábado, 10 de diciembre de 2016. Pero… ¿qué coño?

No me hace falta pararme a pensar un segundo qué tiene hoy de especial.

Lo sé.

Tristán y yo nos conocimos en Tinder y nos comportamos como se

esperaría de ello. Nos tomamos aquella copa de vino de la que le hablé

«ayer» en la cafetería de enfrente de la redacción. Me llevó a un sitio en

plena Castellana bastante desfasado, de esos que fueron «modernos» a

finales de los dos mil y que recogían a lo más florido y granado de entre los cocainómanos trajeados de Madrid. Una pena. Pero nos reímos mucho,

entre zapatos castellanos con borlas y pelos repeinados. Y tuvimos un

primer beso fantástico y un sexo aún mejor en mi casa. Nos despedimos en

la puerta con el convencimiento de que probablemente no nos volveríamos

a ver jamás. Pero como dije antes, me escribió el día siguiente. Quedamos

para follar dos veces más… hasta nuestra primera cita, que fue algo que

ninguno de los dos programó.

Me siento sobre la taza del váter sin rastro de glamur en mi cuerpo, pero

para compensar unos doscientos treinta y dos kilos de ansiedad en el pecho,

apoyo la frente, en una postura contorsionista, sobre el cesto de la ropa

sucia que tengo colocado enfrente. Recuerdo lo que me dijo Iván cuando le

conté lo de nuestros encuentros esporádicos:

—Ay, chica…, lo que os vais a arrepentir de haber empezado así.

—¿A qué te refieres?

—Pues a que, digas lo que digas, este no es un rollo y en dos años vais a

tener que responder «follando» cuando os pregunten cómo os conocisteis.

Es la peor historia… ever.

A mí Tristán me gustaba, pero como deseas a un chico con el que bebes

vino, hablas de cosas interesantes y follas bien. Uno que lo más intenso que

ha compartido contigo es un orgasmo y la preocupación de no encontrar un

piso decente en el que vivir.

No. Tristán y yo no tuvimos un inicio de novela, pero… ¿qué pareja lo

tiene en realidad? Todos los días surgen historias de amor que comienzan

con un «¿Nos tomamos una birra?» o «Tienes que conocer a mi amigo, es

perfecto para ti». ¿Y qué? Nunca entendí la insistencia del cosmos por la

grandilocuencia. Siempre fui fan de las cosas que sencillamente funcionan.

—No entiendo por qué hay que ser más fan del champán que de la rueda

—dije una vez en la redacción—. ¿Es prosaica? Pues sí. Pero hace girar el mundo.

—Sí, pero el champán lo hace divertido.

No recuerdo quién me respondió aquello, pero tenía razón.

Tristán y yo, al comienzo, fuimos una rueda. La rueda de un coche, de un

taxi, de un carrito de la compra… fuimos algo sencillamente práctico hasta

un mes después de conocernos, porque entendimos la magia del champán.

Y ese día es hoy.

Para que aquel día vuelva a suceder tal y como fue, yo debería meterme

en la ducha ahora y ponerme mona porque me apetece. Tomarme un café en

el Café de la Luz y leer Madame Bovary. Ir a por flores a esa tiendecita

pequeña donde, según cuándo vayas, te atienden dos hermanas muy raras o

un chico muy mono. Aunque si hago todo eso y lo hago bien, no llegaré a la

última cita, la de comprar sushi y una botella de vino blanco para comer en

casa con Iván, porque por el camino se me cruzará la serendipia en forma

de chico tremendamente guapo, tremendamente abrigado y tremendamente

agobiado.

Cojo el teléfono sin pensar y llamo a Iván. Son las siete y media de la

mañana de un sábado, pero no me da la vida para pensar que la gente

aprovecha estos momentos para dormir. Soy una persona acostumbrada a

madrugar, de modo que solo me molesta hacerlo cuando me obligan, como

buen ser humano que soy. Iván no es así. Es humano, entiéndeme, pero a él

le gusta dormir. Lo disfruta. Dice que es uno de los mayores placeres de la

vida. En ese punto nunca nos pondremos de acuerdo; me cuesta entender

como placer una cosa que no sientes que haces, que solo haces y ya está.

Lo coge de mal humor cuando ya casi me he cansado de insistir.

—Tía, ¿tú estás loca? Dime que estás muriéndote o algo, porque es lo

único que te voy a perdonar. Son las putas siete y media de la mañana.

—Iván…

Me conoce como la palma de su mano y no hace falta añadir más. Solo

su nombre y el tono en el que lo digo le hacen entender que es algo serio.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿Voy?

—No, no, escúchame.

—¿Estás embarazada? Ay, no, peor…, ¿te hiciste los análisis de

venéreas? ¿Es eso? ¿Tienes sífilis?

Miro los azulejos de la pared del baño con bastante confusión. ¿Qué coño

le pasa a mi mejor amigo en la cabeza?

—No. Escúchame. Te voy a preguntar una cosa que te va a parecer muy

rara, pero necesito que hagas el ejercicio de responderme sin pensar mucho

más allá, ¿vale?

—Es muy pronto. No creo que pudiera hacerlo ni queriendo.

—Si pudieras cambiar tu pasado…, ¿lo harías?

Hay un silencio al otro lado del teléfono, tan solo oigo el sonido de unas

sábanas. Después identifico el ruido de sus pies mientras bajan las escaleras

metálicas que separan el dormitorio de la cocina en el pequeño dúplex de

Iván. Va a servirse un café.

—¿Es una crisis existencial? —me pregunta.

Está haciendo tiempo mientras piensa en si la respuesta adecuada a mi

pregunta no será más bien coger un taxi en pijama y plantarse en mi casa.

Lo conozco bien.

—Puede.

—¿Tienes un ataque de ansiedad, Miri? ¿De pánico?

—No. A eso me refería con no pensar más allá. Solo responde a lo que te

he preguntado. —Y cierro muy fuerte los ojos, hasta ver chiribitas—. Si

pudieras cambiar tu pasado, algo que te dolió, ¿lo harías?

—Explícate un poco más.

—No hay más…, ¿borrarías un amor que te hizo daño?

La cafetera semiautomática que se compró por Navidad emite un sonido

que no nos deja hablar durante unos segundos, pero que sirve para que Iván

piense bien su respuesta.

—Lo jodido es responderte sin saber a quién te refieres, porque no creo

que te hayas levantado pensando en Ander.

Ander fue mi primer novio, mi pareja estable, la relación que llevas

porque crees que es la que quieres, pero que en realidad es la que crees que

debes.

—No. No tengo por qué cuestionarme las cosas por alguien en concreto,

¿no? Puedo estar haciéndome preguntas sobre la vida. Soy una mujer en la

treintena.

—Son poco más de las siete y media de la mañana de un sábado… si no

es por alguien, necesitas medicación.

—Es una pregunta fácil. —Me desespero.

—A ver. —Suspira—. Quitemos algunos condicionantes de la escena:

evidentemente, si me hablaras de una relación insana, de maltrato, desigual,

tóxica…, te diría que sí, la eliminaría. No hay momento bueno que

compense lo malo. Sin embargo, si tu pregunta no habla «del amor que

duele», sino de lo que duele el desamor, te diré que cualquier cosa bonita

tiene la capacidad de hacernos daño cuando desaparece de nuestra vida,

porque deja un vacío, pero eso no elimina todas las sensaciones positivas

con las que nos ayudó a crecer y a creer.

Esto me descoloca. Iván siempre ha pensado que el amor es algo

ciertamente vergonzoso. Es decir, lo romántico adherido a la idea del amor.

Supongo que todos pensamos que los demás, cuando se enamoran, dan un

poco de vergüenza…, y yo la primera. Es un tema que me ha traído

problemas, evidentemente.

—Vale —le digo.

—¿Es para un artículo, te ha dado un viaje hormonal…?

—Lo del viaje hormonal te lo voy a perdonar porque eres tú, pero es

asqueroso.

—Hay meses que la regla te sienta fatal, chica, es la purita verdad.

Pongo los ojos en blanco.

—Tengo edad para plantearme cosas de la vida —resuelvo sin querer

entrar en detalles.

—¿Viste ayer una película romántica que te dejó loca?

Loca estoy un rato, pero ¿cómo explicárselo?

Salgo del baño y me siento en la banqueta alta de la barra de la cocina,

sobre la que encuentro mi agenda. Paso una a una sus páginas, distraída.

—Un libro —miento—. A veces las novelas pueden hacerte pensar

mucho.

—Por eso no leo.

Lanzo una carcajada.

—No deberías presumir de ello.

—Tienes que respetar que haya gente a la que no nos guste leer, flor. Yo

respeto que mi mejor amiga me llame un sábado al alba. Me apetece

muchísimo decirte que tienes que ahondar en otras relaciones sociales. El

hecho de que me tengas solamente a mí me amarga.

—No te tengo solamente a ti. Tengo muchas amigas.

—¿Y por qué no las llamas a ellas?

—Porque no son tú.

Sonrío con cierta tristeza. Quiero muchísimo a todas mis amigas y creo

firmemente en la importancia de invertir tiempo y cariño en cada relación

social que te importa, pero Iván siempre será Iván, y mi relación con él,

especial.

—Bueno, ¿qué haces hoy? —me pregunta.

He conseguido enternecerlo, aunque no quiera demostrarlo.

—Pues estaba pensando ir a desayunar por ahí…

Paro en seco cuando mis ojos chocan con algo en la agenda que tengo en

las manos. Algo que me ha hecho volver a la realidad. A la realidad poco

realista que vivo desde ayer. A la realidad en la que no puedo hablar con

tanta tranquilidad con mi mejor amigo por teléfono como si no pasase nada

porque estoy viajando en el puto tiempo como en una noria de feria.

Aquí están. En una página aleatoria aparecen las anotaciones que hice

anoche en las que me planteaba dónde y cuándo podía aparecer esta

mañana. Puede parecer un dato sin importancia, pero lo cierto es que la

tiene. ¿Por qué? Bueno, yo hice esas anotaciones ayer, ¿no? Ayer,

reviviendo un día concreto de 2016. El día que conocí a Tristán de verdad.

Y si la tinta del bolígrafo con la que lo hice sigue ahí, y no se ha borrado de

la misma mágica manera en la que yo me muevo en el pasado, significa que

sí puedo adulterarlo. Que sí puedo hacer cosas que no hice y que su

resultado debería mantenerse en el tiempo. Y que quizá mi decisión de salir

de la cafetería, despidiéndome de Tristán y diciendo que no a la posibilidad

de vernos más, haya cambiado la rueda de los acontecimientos.

¿Es ahora mi pasado algo nuevo?

—¿Miranda? —me reclama Iván.

—Sí…, estoy aquí.

—Pensaba que se había cortado.

—No. Es que… me he acordado de una cosa. Oye, te dejo, ¿vale?

—¿Quedamos en tu casa para comer sushi y beber vino? —me pregunta.

Me lo pienso…

—Creo que no me va a dar tiempo. Te voy diciendo.

El 10 de diciembre de 2016 disfruté de una mañana supertranquila que no

tenía nada que ver con esta versión 2.0. La tranquilidad está reñida con lo

de viajar en el tiempo. Lo primero que hago al bajar a la calle es comprar el

periódico, para cerciorarme de que esto no es una broma pesada orquestada

por todos mis amigos. Mi yo sensato no quiere tirar la toalla. Pero no. No lo

es.

«Sánchez deja sin aclarar su candidatura a dirigir el PSOE». Messi aún

juega en el Barça. Y la moda tampoco miente: en la calle aún se ve mucho

pantalón pitillo y mandan las botas mosqueteras. No hay duda, estamos en

2016.

Llevo en el bolso el ejemplar de Madame Bovary que he encontrado en la

mesita de noche, pero por más que quiera reproducir aquel día, debo ser

sincera conmigo misma y asumir que la memoria no es mi fuerte. No

recuerdo cuánto tardé en llegar a la cafetería ni cuánto tiempo estuve allí.

No sé si fui directa a la floristería o si me entretuve acariciando a un perrito,

porque lo cierto es que soy de esas personas que sonríen a los perritos que

se cruzan por la calle. Así que estoy nerviosa porque no tengo la certeza de

si podré comprobar empíricamente si todo cambió con mi decisión de ayer

o si esto es una realidad paralela en la que, de un momento a otro, los

hurones y los gatos se van a rebelar contra los humanos hasta dominarnos.

Simplificando: el hecho de que «ayer» me marchara de la cafetería sin

aceptar volver a verlo, puede que dé como resultado…

a) Que en este presente nosotros no hayamos follado nunca, por lo que la

oportunidad de ser un «nosotros» haya pasado de largo y hoy no nos

encontremos por azar.

b) Que mi decisión fuera el equivalente en el orden del cosmos a mi

fuerza de voluntad cuando digo «este mes no bebo ni una copa de vino»: o

sea, que no haya cambiado nada.

Intento repetir los pasos que recuerdo con exactitud. Pido lo mismo: un

café americano y media tostada con tomate. Trato de leer, aunque no puedo.

Bajo al baño. Contesto con amabilidad cuando una chica me pregunta de

dónde es el jersey que llevo y paseo sin prisa hasta la floristería. No

recuerdo qué flores pedí ni cuántas para el ramo, pero sé que llevaba rosas

de un color rosa pálido y blancas, ramas de eucalipto y siemprevivas de

color lila, entre otras cosas. Se lo describo como puedo a las dependientas,

sin saber si esos detalles son importantes.

—Lo quiero… como… lila, rosa y blanco. Un poco ñoño.

Una de las mujeres que me atiende sonríe y me siento justo como el

ramo: tremendamente cursi. Sobre todo, en comparación con ella, porque

esta señora es la dueña de una floristería, pero tiene pinta de que su flor

preferida es el brócoli.

Estoy nerviosa. Necesito constatar de alguna manera cómo se comporta

el tiempo cuando cambio algo. Hoy me he vuelto a levantar en un día

diferente, por lo que nada me hace pensar que mañana no vuelva a suceder.

Y necesito entenderlo.

Paseo con el ramo en la mano, tal y como hice entonces, pero no

comparto el mismo ánimo. Aquel día estaba contenta. Sentía que había

conseguido que mi vida fuera mía y no estar con la mente permanentemente

ocupada en relaciones o amoríos. Creía haber aprendido a vivir sin necesitar

estar con alguien. Y lo que me gustaba, así, en general, era la vida. Mi

independencia. Los sábados. Mi casa. Las rutinas. Mi caos. La familia. Los

amigos. Los rollos. Mis sábanas. Es decir, todo lo que yo decidía y cómo lo

decidía. Hoy sé que conocer a Tristán me desvió de ese camino. O quizá,

sencillamente, lo cambió por una historia de amor.

Ocurre al girar la calle Fernando VI. Y no, no sucede como entonces. No

lo veo a lo lejos, a la vez que él me reconoce a mí. No nos acercamos con una sonrisa un poco avergonzada, porque la última vez que nos vimos

estábamos desnudos…, ni porque nos hayamos visto más desnudos que

vestidos, la verdad. Es de golpe y porrazo, sin que yo pueda prepararme y

decidir qué decir.

Giro la esquina. Doy tres pasos. ¡Pam!

—¿Miranda?

La voz surge a mis espaldas, de la nada, como si la magia que hace que

todo esto sea posible lo materialice a su antojo donde menos me lo espero.

Me vuelvo y ahí está. Con la barba un poco desarreglada; con el pelo

peinado hacia un lado sin orden ni concierto, seguramente con los dedos;

con los ojos llenos de una niebla que nunca deja que se sepa a ciencia cierta

de qué color son, si verdes, si miel, si grises, si oscuros. Bien vestido, con

una camisa a cuadros y unos vaqueros, cobijado del frío seco de Madrid

bajo el mismo abrigo de lana buena y puños desgastados de siempre.

—¿Qué tal? —Sonríe.

—Bien. ¿Y tú?

No quiero decir mucho. Necesito situar nuestra relación. ¿Cambié algo

ayer al comportarme de otro modo? ¿Nos hemos acostado ya? ¿Sí, no, un

besito, una pajilla?

—Bien. Bueno…, un poco agobiado. —Arruga la nariz—. No hay

manera de encontrar piso. Supongo que te lo conté…, que acabo de llegar a

Madrid.

—Sí, me suena.

—Te hubiera contado más, pero… —Vuelve a esbozar una sonrisa

coqueta, algo seductora y a la vez nerviosa. Ahora sé que cree que no se le

da bien ser simpático con desconocidos—. Me dijiste que sabías cómo iba a

terminar aquella copa de vino a la que te quise invitar y…

—Sí.

—Perdona, te he abordado así de pronto y a lo mejor ibas con prisa…,

¿te pillo mal?

Soy consciente de estar contestándole casi con monosílabos, pero es que

con entender en qué punto estamos, me doy con un canto en los dientes.

—No. La verdad es que volvía a casa —le digo, señalando el ramo—.

Solo salí a hacer unos recados para mí. Ya sabes. Desayunar y leer un poco,

comprar flores para casa y algo de comer…, ¿y tú?

—Bueno… —Mira a su alrededor—. Bajé a comprar algo para preparar

la comida. Tengo la nevera vacía y no me apetece pasarme el fin de semana

echando mano de comida para llevar. Más bien… quería cocinar algo rico,

¿sabes?

Sí. Sí que lo sé. Un steak tartar, con el solomillo cortado a mano, con

paciencia. Una botella de vino bueno, un Pago de Carraovejas, un poco de

foie, al que le pondrás unas láminas de manzana caramelizada al momento

y que acompañarás con tostadas de pan caliente.

Aquel sábado fue la primera vez que comimos algo juntos. Normalmente

tomábamos una copa de vino y nos íbamos a la cama. Fue la primera vez

que lo vi cocinar, pero no la última. Cuando empezamos, a Tristán le

gustaba cocinar para mí, porque decía que le parecía sexi que le contase

cosas interesantes mientras él me preparaba la comida. Aquel día

descubrimos en el otro mucho más de lo que habíamos querido ver y… nos

quedamos con ganas de más. Fue… sexi, pero también mágico, interesante,

un poco cursi quizá. Un comienzo.

El ramo de flores que llevo en la mano, o más bien su hermano gemelo

de la otra realidad, se quedó en su casa. Él lo secó. En 2021 sigue todavía

en el salón, algo pocho, pero resistiendo en un precioso jarrón blanco con

cabecitas de conejo de Abe The Ape con el que me lo regaló el día que se

mudó a vivir conmigo.

—Oye, ¿me acompañas? Puede ser divertido, ¿no? Podemos ir —señala

una dirección con la cabeza— al mercado. Compramos algunas cosas y

haces de pinche mientras te pongo una copa de vino.

Lo miro fijamente. Los labios. Esa boca nacida para besar. Esa nariz

perfecta. Esos ojos nublados. Está tan guapo como lo recordaba. En

realidad, creo que los años sencillamente no han pasado por él. Y no es solo

que no sepa qué decirle, es que me quedo un poco idiota pensando en

gilipolleces de novela romántica decimonónica y se me va el santo al cielo.

Y como mi silencio lo pone nervioso, se lanza a hablar de nuevo, esta vez

un poco atropellado.

—Supongo que sigues pensando eso de que sabes cómo va a terminar,

¿no?

—Sí. —Sonrío con pena.

—Me imagino que te has encontrado con muchos capullos como yo y ya

estás un poco harta, pero… solo quiero invitarte a comer y charlar. Quizá no

sea para tanto.

Sé lo solo que se sentía por aquel entonces. Por este entonces. Que

echaba de menos a su cuadrilla de amigos, la pandilla más variopinta que

jamás conocí y que nada tenían que ver con él. Que ponía en duda su

decisión de aceptar el puesto en Madrid y que, en ocasiones, al meterse en

la cama a las tantas cansado y solo, pensaba que la capital, descomunal y

hambrienta, terminaría engulléndolo a él y a su aspiración de crecer. Sin

embargo, tengo sobre la palma de la mano la oportunidad de evitar toda

nuestra historia y quizá mañana, al levantarme, ni siquiera lo recuerde. Así

tal vez sea posible que no haya daño y yo siga bien estando sola o, quién

sabe, quizá duerma abrazada a otra persona… Alguien que no quiera

dejarme, que no me rompa el corazón después de años de cenas, vinos,

planes, algún viaje y que no deje esta herida.

No soy capaz de pensar con claridad.

—El plan pinta muy bien, muchas gracias —digo siendo muy muy

amable—. Pero he quedado para comer sushi con un amigo en casa.

Arquea las cejas. Ha entendido que salgo con alguien. Supongo que se

pregunta qué cojones hacía entonces yo en Tinder, pero no dice nada.

—Ah. —Hace una mueca—. Perdón. Ehm…, no quería incomodarte.

—No me has incomodado. De verdad que es un plan genial, pero quizá

yo no sea la chica adecuada.

Asiente y yo doy un paso hacia atrás, dirección huida. Como ayer en la

cafetería, dudo de mi fuerza de voluntad, porque de lo que más ganas tengo

en el mundo es de repetir ese día, olvidándome de que al final, lo sé bien,

me dejará. Vivirlo a él, abriéndose; volviendo a verlo con los ojos de quien

se descubre ante otro.

Pero me duele.

Mucho.

Yo lo quería. Y él dejó de quererme.

—Un gusto volver a verte —le digo—. Que Madrid te trate bien.

No espero a ver su reacción. Me doy la vuelta y echo a andar. Siento

cierto alivio entremezclado con el dolor, pero mañana todo esto habrá

pasado. El hombre al que amaba y en el que confiaba, con el que quería un

futuro, no me traicionará diciendo que ya no me quiere a su lado, que su

felicidad pasa por dejar de estar conmigo. Porque yo lo quiero y puede que

me tiente la idea de aferrarme a los recuerdos, pero si puedo ahorrarme la

angustia de saber que se irá de mi lado, prefiero dormirme y olvidarlo.

Deseo que mañana todo esto no sea más que esa sensación confusa que se

resiste a marcharse tras un sueño muy vívido y real.

¿O no es así como funciona esto?

 

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