Todas esas cosas que te diré mañana
23. Donde pocas cosas llegan a provocarme algún efecto
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Donde pocas cosas llegan a provocarme algún
efecto
Cuando nos despertamos, tengo seis llamadas perdidas de mi madre, pero la pérdida que más me preocupa es la del desayuno. Es la una y veinte. Estas son las cosas que pasan cuando llegas a las nueve y media de la mañana al hotel, después de escaparte en plena noche a Finisterre, y tan sobado… que lo de desayunar antes de dormir ni se te ocurre.
Soy muy poco romántico. Esa es la verdad. Para mí, romántico puede ser compartir la
clave del wifi. O yo qué sé. No me imagino yendo a recoger a Miranda cargando con un ramo de flores, y no es que me parezca mal. Es que a mí… esos gestos me cuestan. No es mi código. Yo intento decirle las cosas de otra manera; espero que el mensaje le llegue, aunque menos adornado.
Quiero llevar a Miranda a tomar unos vermús y después al parque de A Riouxa, que sé
que le encantará. No es como conducir dos horas en plena madrugada para decir «te quiero» en Finisterre, pero algo es algo. Esta noche hemos quedado con mis padres para cenar los cuatro. Uxía no vendrá porque ya tenía planes confirmados, pero casi mejor. No ha habido mucha sintonía entre mi hermana y mi novia. No voy a decir que no me lo esperara. Uxía siempre ha sido… especial. Tiene un carácter muy agrio cuando quiere; en ciertas cosas nos parecemos mucho, como hermanos que somos, pero en otras somos como el sol y la luna. Ayer no fue muy amable con Miranda y supongo que tendría que haber hecho algo al respecto, pero me pareció violento. No soy amigo de los enfrentamientos. Solo me he dado de hostias una vez en mi vida y, siendo fiel a la realidad, lo único que hice fue apartar al energúmeno que se me vino encima. Aunque… no estamos hablando de darle un puñetazo a nadie, sino de decirle a mi hermana que deje, por favor, de ser imbécil.
Hoy tengo cosas que hacer…
Miri sale de la ducha envuelta en una toalla. Yo me he dado una ducha primero y ya estoy
vestido, aprovechando para escribirme con alguien por WhatsApp.
—¿Con un vestidito iré bien, Tristán? Porque me imagino que ya no pasaremos por el
hotel antes de la cena con tus padres, ¿no?
—Podemos venir a descansar a media tarde, si quieres.
—Vale, pero ¿iré bien para la cena con un vestidito corto, medias, bot…?
—No —la corto.
Se gira y me mira extrañada y yo me río.
—Pues claro, tonta. Siempre vas bien. No tienes que preguntarme qué ponerte.
—Es por tus padres. —Arruga la nariz con timidez—. A veces, en Madrid, se me va la
mano con la vanguardia y no quisiera que pensaran que voy disfrazada.
—Siempre vas bien —insisto—. Lo que piensen ellos no debería preocuparte. Ayer ya les
gustaste.
Sigue hablando de lo importante que es la ropa para las primeras y las segundas
impresiones, pero yo solo puedo concentrarme en el conjunto de ropa interior que se pone que, desde luego, debería venderse junto con unas gafas de soldador, porque el color duele en los ojos.
—¿Sabes? Porque la segunda opinión viene a ratificar la primera o a mostrarles que se
equivocaron.
—¿Esas bragas brillan en la oscuridad? —bromeo.
—Sí. Son las que me pongo cuando voy a cuartos oscuros, para que se me vea bien.
Me incorporo en la cama y me concentro en calzarme.
—¿Ya estás? —pregunta—. Yo aún voy a tardar un pelín. Tengo que secarme el pelo,
maquillarme…
—Sí, yo ya estoy, pero… voy a salir un momento, ¿te importa?
Me coloco a su lado, frente al espejo, y ella me estudia en silencio.
—¿Qué? —le pregunto.
—¿Dónde vas?
—Pues voy a pasarme a saludar a mi exjefe. Me ha dicho que está en un bar con otro de
los socios y…
Arquea una de sus cejas, con dudas, pero asiente y se encoge de hombros.
—Claro. ¿Te espero aquí?
—Sí. O… si tardo y te apetece ir tomando algo, puedes…
—Pero ¿vas a tardar?
—Pues no lo sé, Miranda. No creo.
—No sé ni por qué te pregunto, si siempre tardas —rezonga.
—Como tú ayer al ir a comprar los dulces, ¿no?
—Pero ¡¿qué te pasa?! —exclama.
—No me pasa nada, Miranda, por Dios —me quejo—. Es que siempre te pones a la
defensiva.
—No es a la defensiva, Tristán. Es que…
—¿Es que qué, exactamente? —Me apoyo en la mesa y cruzo los brazos sobre el pecho.
—Que eres igual de suave que un guante de esparto. Si fueras un poco más cariñoso
cuando te diriges a mí, no estaría a la defensiva.
—¿No habíamos quedado que no estabas a la defensiva?
—Vete a cagar a la vía.
Suspiro. Ay, Señor, qué mujer.
—No me gusta nada cuando te pones a suspirar en lugar de expresar lo que estás
pensando o cómo te estás sintiendo —insiste.
—Miri, cielo, no puedes ordeñar a un asno —digo, para que lo entienda, con cariño y
amor.
Pero no contesta. Palmeo mis bolsillos para asegurarme de que lo llevo todo y alcanzo en
una zancada la chaqueta.
—Me voy.
No responde. Esta vez no suspiro, bufo.
—Miranda, por favor…, ponme las cosas un poquito fáciles también. ¿Cuál es la queja
principal?
—No tengo queja, Tristán. Es solo que me pone un poco triste que no encontremos el
punto intermedio entre tu manera de demostrar el amor y la mía. Eso es todo.
—Pues no te pongas triste.
Me acerco y le doy un beso en la sien antes de estrecharla brevemente en mis brazos.
—Vuelvo enseguida. No tardo.
Sé que a veces tiene razón, pero en ese momento pienso que Miranda adoptó un pez
esperando que ladrara.
Entro en el bar y ella ya está en la barra. La reconozco de espaldas por su pelo, que lleva suelto, ondulado y muy largo. Se vuelve cuando me apoyo junto a ella y sonríe, acercándose a mi pecho con cariño en una especie de abrazo breve.
—Te he reconocido por la colonia.
—Es perfume —le vacilo.
—Menudas horas de amanecer.
—Se me han pegado las sábanas. Anoche me acosté muy tarde.
—¿Y eso? ¿Mucha marcha anoche?
Chasqueo la lengua y pido un corto de cerveza.
—No tengo mucho tiempo —le anuncio.
—Le has mentido, ¿no? Le has puesto una excusa para salir.
—Pues sí —asiento, apoyándome de espaldas a la barra y mirándola—. Porque quería
hablar contigo a solas y…
El camarero me sirve la cerveza y, tras darle las gracias, me quedo mirándola con una
sonrisa apacible en los labios.
—No quiero que me cuestes broncas con ella —afirmo con aplomo.
—Siempre has tenido mucho miedo al enfrentamiento.
—Evito las movidas que no suman; es diferente.
Mi hermana pone los ojos en blanco. Me temo que es un gesto que hacemos mucho en la
familia.
—¿Te ha mandado a reñirme?
—¿Tú te crees que yo sigo teniendo doce años, Uxía? —Esto se lo digo un poco más
serio, a ver si lo capta—. No tienes que velar por mis elecciones vitales.
—Y si no me gusta esa chica, ¿qué hago?
—Pues le sonríes y haces el papelón.
—¿Sí? —me dice cabreada.
—Pues sí, Uxía, pero por muchos motivos, además. Por ejemplo, porque vive en Madrid y
no vas a tener que verla todos los domingos precisamente. Y…
—La de la capital… —se burla.
—Y… —insisto con más rotundidad— porque es la mujer de la que se ha enamorado tu
hermano, y tú, sobre esto, punto en boca, porque no es de tu incumbencia.
—Eres mi hermano, algo de mi incumbencia será, digo yo.
—Sí, tu hermano pequeño, pero eso no significa que tengas que juzgar con lupa lo que
hago y decido. —Dulcifico un poco el tono—. Uxi…, te lo pido por favor.
—Qué llorona, la tía… —musita.
—Ella no me ha dicho nada —miento—. Pero tengo ojos y oídos y lo tuyo de ayer fue… —
Le hago un gesto exagerado—. De un borde… Y te pido que lo hagas por mí, si es que no entras en razón. Sonríele, habla del tiempo, me da igual, pero no me des por el culo con esto.
Bebe un poco de su vermú y refunfuña.
—¿Tanto te gusta?
—Pues sí —asiento y, muy a mi pesar, me entra la risa. Mi hermana a veces… sigue
siendo una adolescente.
—¿De qué cojones te ríes, so payaso?
—De tener que explicarte que me gusta mucho. —Me río—. Es que no me gusta, es que
la quiero.
—¿Le vas a pedir matrimonio? —Me mira asustada.
—Pues no creo, pero porque no me la imagino apareciendo con un vestido blanco en el
altar. Ella es como más… —muevo la cabeza, divertido—, de otra manera. Pero vivimos juntos, ¿no te da ninguna pista eso? Tenemos planes.
—¿Adoptar un perro y haceros veganos?
—Eres muy tonta —me desespero—. Y no sé por qué le tienes tanta tirria a cualquier
cosa que no conozcas. Eso es de ser un poco cortita de miras y yo, tía…, no te tengo por una palurda.
Me enseña el dedo corazón y yo saco un billete del bolsillo y se lo paso.
—Invito yo. Me voy, que me está esperando.
—¿Quién, Amanda?
Le doy con un dedo en la frente, como cuando éramos pequeños, y se ríe.
—¿Y si te hiciera escoger? —me dice, no sé si en broma o en serio.
—Escogería a la que no me está haciendo escoger.
Le beso la frente, justo en el punto donde la golpeé (flojito, palabra) y le guiño un ojo
mientras me termino el corto de cerveza.
—Duerme, anda. No te presentes en casa de papá y mamá con esa cara de depravado
que se ha pasado la noche empujando.
Lanzo una carcajada.
—Nada más lejos de la realidad.
—¿No pinchaste?
—Me llevó a Finisterre para ver amanecer —confieso con una sensación entre la
vergüenza y el orgullo.
—Qué bonito —se burla.
—Pues sí. Prueba a sentir algo humano, verás qué sobrecogedor. Llévate a tu novio a
Finisterre y dile que no puedes prometerle amor eterno, pero que eres capaz de llevarle al borde del fin del mundo para decirle que lo quieres aquí y ahora. Y después intenta echar un polvo en el coche, a ver si se te quita la mala uva esa que tienes.
—Puaj.
Es lo último que me dice. Después simplemente la beso en la mejilla y me voy. Aún tengo
que pasar por otro sitio antes de ir al encuentro de Miranda…
La localizo sentada en una terraza, al tímido sol que ilumina hoy Vigo. He echado un vistazo a la previsión del tiempo y esta tarde lloverá; aprovecharemos hasta las primeras gotas y luego iremos al hotel a dormir arropados, escuchando cómo repiquetean las gotas en la ventana, hasta la hora de la cena.
—Hola. —Me inclino y le doy un beso. Sus labios tienen un leve rastro del sabor del
vermú.
—No te he pedido nada por si tardabas.
—Tranqui. —Me siento a su lado y le aprieto la pierna con cariño.
—¿Qué tal tu jefe?
—Bien. Como siempre. Moviéndose en la delgada línea que separa a un gilipollas de un
psicópata.
Le arranco una sonrisa y señala la bolsita que descansa en mi regazo.
—¿Y eso?
—He pasado por la farmacia. Toma.
Se la doy, se asoma a su interior y reconoce el medicamento. Es la pastilla del día
después. Ayer me corrí dentro de ella. Llevamos un año largo haciéndolo sin goma, con la marcha atrás, pero no termina de decidirse por ningún anticonceptivo. Después de hacernos las pruebas para asegurarnos de que estábamos sanos…, es demasiado tentador. A los dos se nos va la olla llegado el momento, aunque nunca lo habíamos llevado hasta el extremo de anoche. Y sí, ya sé eso de que «antes de llover chispea», pero entra dentro de los riesgos que asumimos.
—Ah… —Cuando coge la cajita se queda un poco descolocada, como si no recordara lo
de anoche, pero enseguida asiente para sí misma—. Claro. Gracias.
—No la he comprado porque piense que tú…, es más…, sabes que yo… —Dios, qué mal se
me dan estas cosas—. Si no la quieres tomar, por favor, no entiendas esto como que te estoy presionando. Sabes que yo… si por mí fuera…
Miranda sonríe, abre la cajita y me pide que llame al camarero.
—Pide tu cerveza y un poco de agua para mí.
—¿Cómo sabes que voy a querer una cerveza? —le devuelvo la sonrisa.
—Porque lo sé todo de ti.
Y esa afirmación me da miedo. Y calor. Calor también, justo en un punto del pecho donde
pocas cosas llegan a provocarme algún efecto.
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