Todas esas cosas que te diré mañana

Elísabet Benavent · Capítulo 23 de 41

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Todas esas cosas que te diré mañana

24. «Ven un segundo y te explico»

24

 

«Ven un segundo y te explico»

 

¿Sabes cuando te levantas e intuyes que va a ser un día de mierda y,

efectivamente, todo es una mierda? Pues súmale el plus de conocer a

ciencia cierta lo que va a pasar y cuándo. Algunas cosas puedo

solucionarlas; por ejemplo, el chorrazo de caca líquida de paloma que me

manchó el pelo, la frente y la gabardina y que he evitado esperando al taxi

bajo la marquesina de autobús. El pajarraco malicioso, que estaba

esperándome majestuosamente posado en la farola frente al portal, se ha

quedado con las ganas. Pero… ¿podré evitar todo lo demás?

Hoy es el cumpleaños de Tristán. Su treinta y cinco cumpleaños. Debería

ser un día feliz, pero no va a serlo. ¿Por qué? Porque hoy es día de cierre

del próximo número y surgirán muchos problemas que de haberme

despertado ayer, los hubiera podido subsanar, pero que hoy van a hacer que

la redacción pase directamente a Defcon 2.

En su momento, no solo fui una novia pésima que no le preparó nada

especial, tipo fiesta sorpresa y esas cosas, sino que además llegué tardísimo

a la «celebración», que no fue más que una quedada de cervezas con los

cuatro gatos de la oficina que le caían bien. Bueno, regular. Dejemos el

asunto en que los soportaba.

Mi regalo, por cierto, no le gustó: una camisa de Saint Laurent preciosa,

negra, con revólveres estampados en blanco. La sacó de la caja en la que venía envuelta, la extendió, la estudió y me miró muy lentamente antes de

sentenciar: «Pero, Miri…, no me conoces nada».

Seamos justos con Tristán: la camisa era maravillosa, pero no le pegaba

ni con cola. No sé por qué se la compré. A veces nos proyectamos en

nuestras parejas. O quizá era el típico regalo que haces porque a ti te

encantaría, sin pararte a pensar en los gustos del otro. Quizá no tuve ni

siquiera tiempo para pensarlo bien.

A ver qué podemos hacer hoy.

De primeras, la redacción parece estar en llamas. Hoy es el cierre y

Marisol (la pobre Marisol, que no lo ha hecho por ganas, sino por presión)

nos ha tumbado un reportaje de cuatro páginas. Y sus razones tendrá.

—Chicas, hay que inventarse otra cosa, este reportaje ya no aplica en

absoluto.

—A esto se refieren cuando dicen que el papel se está quedando obsoleto

—ha apuntado Marta, la directora de digital.

Y ahí ya ha cundido el pánico. Y el mal rollo. Porque, aunque todas

hacemos un poco de todo, hay cierta rivalidad (que siempre he creído sana,

no obstante) entre la gente que dedica su tiempo al número físico y las

personas que hacen lo mismo con el digital. Hoy esa rivalidad ha creado

ciertas fricciones, porque…

Hay que sacarse de la manga contenido para cuatro páginas.

Ha entrado una campaña de publicidad importantísima y hay que

rehacerlo todo.

Estamos esperando las fotos de un reportaje que no llegan y no llegan y

no llegan…

Todas sabemos que eso implica salir muy tarde. Y estas chicas tienen

vida más allá de estas cuatro paredes.

Y yo un novio que cumple años.

Me encierro en la sala de reuniones con las jefas de cada sección para

buscar soluciones. Ninguna escucha a las demás, Marta no ayuda con sus

pullitas, Marisol tiene un almuerzo con Guerlain y yo no dejo de pensar en

cómo solucionar lo del cumpleaños de Tristán y me preocupa salir muy

tarde. Esto es una casa de locos ahora mismo.

Propongo los temas que nos sacaron del aprieto entonces porque, de

pronto, un haz de luz me ilumina el hemisferio del cerebro donde debo

tener almacenada esta información, pero resulta que a Eva no le terminan de

encajar.

—Hicimos algo parecido hace cuatro o cinco meses.

—Me la come —respondo terca.

Marisol me mira de reojo justo antes de echar un vistazo a su reloj Tank

de Cartier.

—Lo siento, Marisol —me disculpo, posando la mano sobre su antebrazo

—. Pero es que hay que buscar soluciones.

—Nada, nada. Yo confío en tu criterio, mi amor, pero cuidemos las

formas. Sé que lo de «somos señoritas» está bastante fuera de onda, pero…

hablémonos con el cariño que nos merecemos.

—Toda la razón. Perdonadme —les digo a las demás.

Asienten. Ellas también están nerviosas.

—¿Qué problema le ves al tema, Eva? —intento mediar, conciliadora.

Fuera, desde todas las mesas, las chicas nos miran como si este cónclave

fuera a decidir algo vital sobre sus vidas.

—No podemos estar hablando constantemente de la rutina de limpieza e

hidratación.

—Totalmente de acuerdo —secunda Cris—. Desde belleza tenemos

muchísimas más cosas que decir.

—En otras circunstancias lo vería igual que vosotras, pero vamos

contrarreloj y no es un buen día. Tenemos que ser ejecutivas.

—Pero es que nos repetimos como el ajo.

—Pues dadle un toque diferente —sugiero—. «Rutina de limpieza e

hidratación según tu edad o tu bolsillo o si la luna estaba creciente el día de

tu nacimiento».

—Pero ¿qué te pasa, Miranda? —Se ríe Rita.

—¿Te parece poco? —Arqueo las cejas y dibujo un barrido con el brazo

hacia la redacción expectante.

—Sí. Esto nos pasa mes sí, mes también.

—Pero no todos los meses es la conmemoración del nacimiento de mi

novio y le he comprado una camisa que me da que no le va a gustar y voy a

llegar tarde a la celebración y me va a mirar mal durante por lo menos cinco

días y no me va a tocar ni con el palo de la escoba en dos semanas. Ojo, que

eso me afecta a mí y a vosotras.

—¿A nosotras por qué nos va a afectar que tú no chusques? —pone en

duda Cris.

—Porque os voy a hacer la vida imposible.

Abro mucho los ojos para darle énfasis.

Supongo que no se creen ni una pizca mi amenaza porque ya me

conocen. Como mucho me pondré superpesada quejándome de todo, cosa

que tampoco será agradable.

—Chicas, adelante con la rutina facial. Intentad darle un giro original,

haced algún guiño a marcas amigas y arrimad el hombro desde moda

también —sentencia Marisol.

—¿Y qué tal un editorial desmontando mitos sobre la moda? —propongo

de pronto.

—¿Tipo…?

—Pues… lo de «vístete como quieres que te traten», «correcto para una

edad concreta», todas las temporadas sale el titular de que un color es el

«nuevo negro» y nunca lo es…

—Dijo la eterna viuda.

Todas se ríen. Yo también. No puedo hacer otra cosa. Hoy llevo una falda

negra de tubo, un jersey oversize también negro ajustado con un cinturón

negro y dorado a la altura de la cintura, unos botines con el mismo acabado,

y… ¿adivinas de qué color era la gabardina y el bolso con los que llegué?

Bingo.

—Me parece bien. Ajustamos páginas y secciones. Lo dejo en vuestras

manos. ¿Ves? —Marisol se levanta y se recoloca la blusa—. ¿Ves como no

hace falta ponerse barriobajera?

Me río y asiento. Me señala con su mano de manicura perfecta.

—La dejo al mando, like usual. Vuelvo en cuanto pueda. No me

escaqueo. Hoy el cierre lo hacemos juntas o no lo hacemos.

Un suspiro se me enquista en el pecho cuando me doy cuenta de lo

muchísimo que me gusta esto, de lo unida que estoy a mi trabajo. Tristán, el

de 2021, tiene razón. Es uno de los amores de mi vida y a veces me paso de

mimo…

—Ah… —Mi jefa se gira en la puerta de la sala de reuniones y se dirige

de nuevo a mí—. Sobre lo del cumpleaños de tu novio… ¿Sabes en realidad

lo que más ilusión les hace a los hombres?

—¿Qué?

—Lo mismo que a nosotras: sentirse especiales. Que les regales tu

tiempo.

—Genial. Es un día perfecto para encontrar un montón de tiempo para él.

—Suspiro.

—Sabrás hacerlo, chica lista.

La amo, pero me dan ganas de estrangularla.

Reparto el contenido a escribir de la manera más justa posible y me

quedo con un par de tareas. A las pobres becarias les pido que busquen

imágenes que no hayamos usado antes y que ilustren cada artículo nuevo.

Después de dos llamadas tratando de que nos manden las fotos del

reportaje que nos faltan (y que siguen sin llegar), me voy arrastrando los

pies hasta la cocina para servirme otro café y, de paso, sentarme con la

cabeza entre las manos a ver si se me ocurre algo que no decepcione

mortalmente a mi pareja. Llevo diez minutos en esta postura contemplativa,

cuando entra la primera hornada de redactoras y becarias a por su dosis de

cafeína.

—Hola, Miri —me saludan a una, como un coro.

—Hola, chicas. —Casi no levanto la cabeza.

—¿Todo bien? —pregunta una.

Me incorporo con el pelo como Eduard Punset y niego con la cabeza.

—Vamos a llegar a casa tardísimo hoy, ¿somos conscientes?

—Sí —responden otra vez a coro antes de echarse a reír.

—Bueno, nos comeremos el marrón por rangos de sueldo, así que las que

menos cobren tendrán el honor de salir de aquí en cuanto terminen sus

tareas.

—Muy considerada.

Hago una suerte de reverencia.

—Me viene genial, porque hoy es el cumple de mi novio.

Miro a la chica de la que ha salido la vocecilla y lo hago en un

movimiento que bien podría ser el de un perro de presa que ha visto pasar

un conejo.

—¿Le has preparado alguna sorpresa?

—Bueno… —Se encoge de hombros, avergonzada—. Algo.

—¿Me lo cuentas?

Todas se miran entre sí, cohibidas. No olvidemos que cuando no está

Marisol, soy la máxima autoridad.

—Si quieres…

—Es que… hoy también es el cumpleaños del mío y no he podido

organizar nada. Me siento fatal y sé que…

—¿Le felicitaste esta mañana?

Asiento.

—Y le llevé el café a la cama. Pero tenía una reunión a primera hora, y

no ha podido tomárselo tranquilo.

Claro, no puedo decirles que la que tenía prisa era yo porque cuando he

identificado en qué día me he despertado, ya sabía todos los marrones que

sufriríamos hoy.

—He reservado mesa en un restaurante y vamos a encontrarnos en el bar

donde ligamos por primera vez. —Sonríe cortada—. No sé si puede darte

alguna idea. No es muy original.

—Ya…, es que voy a salir tardísimo.

—¿Y no podemos sustituirte nosotras para que salgas antes?

—No, no. Si se alarga el cierre, es mi responsabilidad.

Asienten agradecidas, pero me quedo mirándolas, alelada. He tenido una

idea.

—Oh, oh… —murmura una de ellas.

—Aunque… En el cierre no podéis sustituirme, pero…

—Miri, yo no pienso ir a hacerle carantoñas a tu novio —se defiende

una.

—¿Tú lo has visto? —Otra le da un codazo—. Yo voy, yo voy.

—¡Seréis marranas! —Me río—. Dejadme pensar. Igual os pido algún

favor.

A los veinte minutos aparezco como una loca en la redacción, corriendo

y aún despeinada. Muy despeinada.

—¡Que levanten la mano las que no lleven tacón hoy!

Después de una mirada de confusión, seis manos emergen con timidez.

—Tú no —le digo a Rita—. A ti te necesito para cerrar este puto número.

Tú. —Señalo a una becaria—. Necesito que me hagas un favor.

—¿Y qué le vas a dar a cambio? —me fastidia desde su mesa Cris.

—Escuchadme… —Subo la voz y todas me prestan atención—. Hoy es

día de cierre y, como ya sabéis, todo pinta a que vamos a salir muuuy tarde.

Pero… para amenizarlo, las que menos trabajo tengan asignado van a

ayudarme con el cumpleaños de mi chico. A cambio…, todas tendréis antes

de iros una bolsa llena de productos del almacén de belleza.

Hay un aplauso conjunto y varios hurras.

—Almudena, ven un segundo y te explico.

 

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