Todas esas cosas que te diré mañana

Elísabet Benavent · Capítulo 24 de 41

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Todas esas cosas que te diré mañana

25. Acariciándome la cara

25

 

 

Acariciándome la cara

 

Echo de menos fumar. Cuando fumaba, al menos tenía excusa para salir de esta oficina diez minutos cada hora y media. Bueno…, no es una oficina. Es uno de esos pisos antiguos con muchas habitaciones que se ha convertido en un bufete de abogados. Tiene el aspecto de una notaría pija, aunque tiene sentido porque supongo que somos un bufete pijo.

Las habitaciones se transformaron en salas de trabajo y despachos. La cocina se amplió y

tenemos un office con máquina de café y algunas mesas donde comemos cuando traemos la comida preparada. Los techos son altos. Tenemos tres baños. Las paredes son blancas y lisas y la decoración es clásica y elegante. Solo hay algún cuadro de temática paisajística en los pasillos y los muebles son de madera buena. Podría decirse que es un buen lugar para trabajar, aunque para mí resulte tan asfixiante. Supongo que, al menos en lo que a comodidad se refiere, tengo suerte. En mi sala de trabajo tenemos un balcón y, cuando lo abrimos, la brisa nos trae las voces de la calle, el olor a la estación del año y cierto anclaje con la vida real, que es aquella que se desarrolla extramuros de este despacho. Nunca he terminado de entender el concepto de vivir para trabajar.

El ambiente no es horrible, pero no me gusta lo que hago. He tardado un par de años de

más en darme cuenta de que se me da bien, pero no lo disfruto. Me salva el hecho de que no tengo claro qué podría hacer además de esto.

Hoy tenemos el balcón abierto. Es mi cumpleaños. Se avecina un cumpleaños triste.

El año pasado pude ir a Vigo porque cayó en fin de semana. El anterior no me acuerdo.

Pero este…, bueno, Miranda tiene día de cierre, con lo que no creo ni que se pase a tomar una cerveza con los del bufete después; llegará a casa tardísimo y hecha polvo. Y en Madrid no atesoro muchos amigos. Además no tengo apenas curro hoy, pero no puedo salir de la oficina. Estoy un poco triste. Siento morriña.

—Tristán.

Levanto la cabeza del ordenador y miro al secretario del bufete. No suele dirigirse mucho

a mí; solo si los socios dejan alguna indicación que compartir conmigo o si llega documentación a mi nombre. Pero no parece eso…, luce cierta sonrisita burlona.

—¿Puedes salir un segundo?

—¿Por?

—¿Es tu cumpleaños?

Por Dios…

—Ehm… —Noto cómo se me sonrojan las mejillas por debajo de la barba—. Sí. ¿Por?

—Ha venido una chica…

Antes de que pueda salir corriendo hacia allí para comprobar que Miranda no se ha

personado en mi oficina con alguna idea loca, una chiquilla rubia, monísima, por cierto, se asoma por detrás de él, sonriente. Va cargada con una caja en la que han atado dos globitos de helio con un «35».

—La mato —digo muy serio para después partirme de risa de pura vergüenza.

La chica se acerca sin pedir permiso y yo vuelvo a sentarme en mi silla, aunque supongo

que decir que me desmorono en mi silla sería más fiel a la realidad.

—Hola, Tristán, feliz cumpleaños.

Aparta muy resuelta algunos papeles y deposita con cuidado la caja. Los globos se

quedan flotando sobre mi mesa para el goce de todos mis compañeros que estallan en un aplauso, risas y vítores. La mayoría de ellos me cae regular (mucho ego, mucha tontería, mucha competitividad), pero me contagian la risa.

—Gracias —le digo—. ¿Y te manda a ti?

—Estamos de cierre, Tristán. Es como si vosotros tuvierais un juicio importante. —Sonríe

como una bendita—. No podemos perder en plena batalla a nuestra mejor amazona. Además… me manda a mí, que llevo zapato plano.

Esta Miranda. Me tapo la cara, me la froto y vuelvo a reírme en medio de un suspiro.

—Vale. Muchas gracias…

—Almudena.

—Muchas gracias, Almudena.

—A ti, Tristán. —Me tiende un sobre—. Feliz día…

—Suena a amenaza.

Contesta con una risita al tiempo que se da la vuelta hacia la puerta. La veo coquetear

con el secretario antes de marcharse. Me encanta la vitalidad de la veintena, cuando creemos que el mundo es nuestro, y… probablemente lo sea. Abro la caja y encuentro, muy bien organizado y colocado de manera coqueta, un café, un zumo, un rollito de canela y un pincho de tortilla. Me entra la risa.

—¿Qué te mandan, gallego? —pregunta uno de mis colegas.

—El desayuno.

—¿Y la carta?

—Será una felicitación.

Abro el sobre y saco una tarjeta blanca donde solamente hay escritas unas pocas

palabras y la firma de Miranda.

 

Feliz desayuno de cumpleaños.

Te quiero.

Igual tú, esta noche, no sientes lo mismo por mí.

Miranda

 

Arqueo las cejas. Vaya. Pues sí suena a amenaza. La temo. La temo mucho, pero con una

sonrisa.

—¿Compartes? —Una compañera se asoma, para ver si puede rapiñar algo. Son las once

y media y ya hay hambre.

—Ni de coña.

Miranda sabe que a mí, sobre todo a mí, se me seduce rápido con comida.

 

A las doce y cuarto un rayo de sol cruza la estancia y a su paso deja que veamos el baile dorado de las motas de polvo a través de él. Andamos todos mirándolo un poco embobados porque resulta apacible, como la secuencia de la bolsa de plástico que flota con el viento en American Beauty. Estamos bromeando sobre qué pasaría si nos vieran los clientes así de alelados, cuando el secretario vuelve a entrar.

—Tristán…

—Ay, Dios…, ¿personal o documentación?

—Personal.

Me pongo en pie de un salto.

—Vale, voy…

—No hace falta que salgas.

—Voy, voy y lo cojo en la recepción. —Quiero evitar el paseíllo del mensajero o de la

becaria de turno hasta mi mesa, sea lo que sea lo que se le ha ocurrido enviarme a Miranda, pero veo cómo niega con la cabeza, muy divertido.

—Es mejor que entre el mensajero con el carrito…

—¿Con el carrito?

Un mensajero vestido de azul medianoche entra silbando y empujando un carrito con tres

cajas. Tres cajas y un sobre.

—¿Tristán Castro?

—Yo.

—Écheme una firmita aquí.

No doy crédito.

Cuando el mensajero se ha ido, le pido con un gesto unas tijeras a mi compañera de

mesa, que aprovecha para levantarse y asomarse para ver qué esconden las cajas.

—¿Te lo manda también tu chica? —pregunta un compañero desde el fondo de la sala.

—¿Quién si no?

—Tu novia es… efusiva.

—¿Efusiva? Es un vendaval.

Cuando abro las solapas de la primera caja, doy un pasito atrás y pongo las manos sobre

las caderas mientras me muerdo el labio superior. No me lo puedo creer. Está chalada.

—¿Qué son?

No respondo. Aparto la caja y abro la de abajo. Idéntico. El contenido de la que hacía de

base también es el mismo. Cojo el sobre y lo abro sin demasiada ceremonia, rompiéndolo.

 

Querido Tristán:

Te diría que los guardes en un espacio seco y alejado de la luz del sol, pero primero

tienes que encontrar la pista.

Siempre has sido muy goloso, ¿no?

Feliz huevo de cumpleaños.

Te quiero,

Miranda

 

—¿Qué son?

Cuando levanto la mirada, todos mis compañeros se concentran a mi alrededor.

—Huevos Kinder.

La carcajada debe haber llegado a la sala de trabajo que hay en la otra punta, porque no

tardan en acercarse un puñado de compañeros más. Y menos mal, porque voy a necesitar ayuda.

Contamos doscientos diez huevos Kinder en total. Setenta en cada caja. Nos

organizamos en grupos para ir estudiándolos con cuidado para hallar «la pista». El que lo haga debe dar la voz de alarma para que el resto deje de buscar. Damos gracias de que los jefes estén tremendamente ocupados hoy y que no haya ningún fuego que apagar.

—Tu novia es la leche —murmura mi compañera mientras aparta las chocolatinas que ya

han sido estudiadas.

—No los sobéis mucho, que me los quiero comer —les digo, levantando el que he

mordisqueado ya.

—Tienes chocolate para tus antojitos después de comer hasta que cumplas treinta y seis.

O cuarenta.

—¡¡Aquí!!

El grito proviene de la sala de trabajo contigua, así que el parqué devuelve el sonido de

decenas de pasos rápidos cuando salimos hacia allí a la carrera. Tengo que esforzarme para abrirme paso hasta el compañero que ha encontrado la pista y que, probablemente, ya ha leído.

No sé si me muero de la vergüenza o de la risa.

—Uuuh —aúllan un par de capullos que han debido ojearla.

—Arghhh, qué asco dais. Dádmela.

Oigo varias bocas masticar mientras la leo.

 

No comas mucho… Te necesito con hambre.

Felices y calientes treinta y cinco, mi amor.

Miranda

 

La madre que la parió.

—Pero ¡esto no es una pista!

—Esto es una declaración de intenciones.

Mis compañeros no se cortan un pelo en opinar. Un codo se me clava en el costado y

pongo los ojos en blanco mientras meto el papelito doblado en el bolsillo del pantalón. Después, cuando llegue a la mesa, lo guardaré en mi cartera, junto a las demás notas.

—Ale, gracias por la ayuda. Coged un par de huevos cada uno, que hay quien dice que a

este bufete le faltan.

—U ovarios, ¿no?

—Toda la razón. —Hago una reverencia a otra de mis compañeras, que aprovecha para

darme una merecida colleja.

 

Paso la siguiente media hora organizando cajas con huevos Kinder. Está siendo el cumpleaños más estrambótico de mi vida. Pero no hay paz para los malvados, así que justo cuando termino y vuelvo a sentarme en mi silla, el secretario asoma la cabeza de nuevo.

—Tristán…

—¡No puede ser! —exclamo.

Todos estallan en carcajadas y aplauden.

—¿Mensajero o becaria?

—Becarias…

Tres chicas vestidas tan modernas que parecen llegadas del futuro aparecen portando

una cajita cada una y muertas de la risa. Son la versión moderna de los Reyes Magos, pero no estamos en Navidad.

—Hola, Tristán —me saludan al unísono.

—Hola, chicas. —Suspiro.

—Qué guapo… —murmura una entre risitas.

—Feliz cumpleaños.

Las tres me tienden sus cajitas, pero yo dudo.

—¿Tengo que abrirlas en algún orden concreto?

—Dice Miranda que no importa, que…, ¿cómo era?

Se miran las unas a las otras y por fin una abre los ojos en un claro gesto de «¡lo tengo!».

—Que nunca te has mostrado demasiado fan del protocolo en este caso.

—Ay, Señor… —murmuro para mí.

Para cuando las chicas están saliendo por la puerta, mi mesa ya está rodeada de

compañeros y compañeras expectantes. Yo, que me imagino por dónde van los tiros, no sé muy bien cómo deshacerme de ellos, pero el morbo es el morbo.

—Esto creo que va a ser mejor que lo abra yo por mi cuenta.

El abucheo no me amedrenta, pero no se van.

—Chicos, ¿no tenéis curro o qué?

—¡¡Ábrelo!!

—Id a comeros un Kinder.

No hay manera. Rezo por que Miranda no haya sido demasiado ella misma en la elección

de este regalo.

Abro el más pequeño. Es ciertamente tan pequeño que no creo que pueda meterme en

ningún problema o sacarme los colores. Tardo demasiado en comprender que me estoy equivocando.

Son dos dados. Dos dados rojos, del tamaño más o menos de una nuez que, en lugar de

números, llevan algo escrito en cada una de sus caras. En uno de ellos acciones; en el otro partes del cuerpo.

—La madre que la parió… —mascullo entre dientes intentando, a la vez, esconderlos.

Pero es tarde. Mis compañeros también han atisbado a leer «lamer» y «pezones».

Hay un aplauso general y yo querría excavar en el suelo hasta llegar al primer piso y salir

corriendo calle abajo a coger el autobús. Pero de buen rollo, porque es imposible no reírse. La gente se ha venido irremediablemente arriba y ha empezado a vitorear y a dar palmas al ritmo. «Miranda, voy a matarte».

—¡Que los abra! ¡Que los abra!

—¡Van a salir los socios, por Dios, bajad la voz! —pido, pero los socios o están

escuchando a Vivaldi a toda pastilla o no están. Me da que es más bien lo segundo.

Meto las cajas bajo la mesa e intento por medio de la razón disuadir al tumulto, pero no

es hasta que no les hostigo con el paraguas del bufete que todos tenemos bajo la mesa para los días de lluvia cuando se van. Cuando siento que no tengo ojos curiosos alrededor, y bajo el tablero de la mesa, abro las otras dos cajas. Primero la mediana: unas esposas…, pero no las típicas. Tengo que estudiarlas un poco antes de decidir que tal vez sean para el cabecero de la cama. O quién sabe si sirven para cualquier mueble. Creo que me va a salir vapor por las orejas. No sé si me atrevo a abrir el grande. Por favor, que no sea lo que mis amigos llaman «cintupene», porque, no digo que no me gustara si lo probara, pero no tengo ganas de andar por ahí…, y tendríamos cachondeo en la oficina para años. No es que me importe demasiado lo que los demás piensen sobre mi vida sexual, pero… prefiero que no opinen nada en absoluto.

Dentro de la caja hay otra muy bonita, negra, adornada con un lazo que al caer dibuja un

tirabuzón hasta el suelo. Para ver el contenido tengo que apartar papel de seda perfumado bajo el que descubro…

Vuelvo a cerrar la caja, lo dejo todo junto a mis pies y apoyo la frente encima de la mesa.

Joder. La puta de oros.

Hay tanto lazo y encaje en ese conjunto de ropa interior que ni me hago a la idea de

cómo le quedaría puesto. Pero me da que es… bastante más obvio que los que usa normalmente. Es ese tipo de conjunto que no se pondría debajo de la ropa para ir a trabajar. Se lo pondría para salir a cenar y sugerirme, en voz muy baja, en mitad de la cena, que lleva algo debajo que puede que me guste. Como aquella vez. Deslicé la mano sobre la mesa, sigiloso, mientras ella me hablaba inclinada hacia delante, falsamente interesada en su café, hasta alcanzar su pecho izquierdo y manosearlo. Casi follamos en un portal después. Y hoy, como en aquella ocasión, no puedo levantarme porque se me ha puesto dura. Sabe que esas cosas me ponen caliente.

Levanto la vista hacia mi ordenador y me doy cuenta de que todos los compañeros con

los que comparto sala de trabajo me miran con una sonrisita en la cara.

—¿Lencería? —se atreve a decir uno de ellos.

—Sí.

La carcajada plural me contagia. Maldita Miranda. Me vuelve loco.

 

A las dos, hora a la que suelo salir a comer, mis compañeros me proponen ir a una hamburguesería cercana a «celebrarlo». Me apetece decirles que ya lo vamos a «celebrar» con unas cervezas a la salida, pero no sé cómo no quedar como un rancio si lo hago, de modo que asiento. No me apetece nada sentarme a comer una hamburguesa grasienta (que, oye, otro día no le haría ascos, pero hoy no se me antoja), con este montón de conocidos. Algunos me caen bien, pero tengo que ser sincero y confesar que no he conseguido ahondar en mi relación con ninguno. Aquí tengo colegas, pero no creo que pudiera llamar a ninguno amigo. A veces pasa. No es que sea un imbécil; yo lo he intentado, pero… no terminamos de encajar. El que no está obsesionado con aprender a jugar al golf para impresionar a los clientes y trepar rápido, es un pijo redomado. Hay un par de chicos y chicas que me caen bastante bien, pero… tienen vidas muy diferentes, familiares.

Bajo por las escaleras con unos cuantos; normalmente hablarían de trabajo, de fútbol, de

teatro o de algún programa de la tele, pero hoy mi cumpleaños monopoliza la conversación, para mi total incomodidad. Yo sonrío y meto las manos en los bolsillos lo más hondo que puedo, pensando qué tema sacar para desviarlo. Pero…

Cuando piso la calle y la luz amarilla de la primavera madrileña me baña la cara,

entrecierro los ojos. Supongo que por eso no la veo enseguida. Al principio solo atisbo a ver una figura vestida de negro apoyada en el coche que está aparcado frente al portal. Pero esa sonrisa pintada de rojo solo puede tener una dueña. Me salta el estómago dentro del cuerpo y sonrío. Me hace cosquillas. Cosquillas en las palmas de las manos, en las vísceras, en la polla, en los labios. Todo mi ser quiere acercarse a ella, olerla, besarla, acariciarla.

Se escucha un breve murmullo divertido que ella sobrelleva detrás de sus gafas de sol

enormes. Eso me gusta…, es sofisticada sin pretenderlo demasiado; y como tantas otras cosas que me encantan de nosotros, este rasgo también me da un poco de miedo. Me da miedo que me canse. Me da miedo que quiera que yo también lo sea y… no serlo lo suficiente. O en absoluto.

—Loca.

Lo digo en silencio, para que pueda leerme los labios.

—Chicos, id sin mí, ¿vale? Ya lo celebramos esta tarde.

Me palmean la espalda como si fuera un torero y tuviera que enfrentarme a un miura,

como si sospecharan que temo que debajo de la gabardina… Miranda no lleve nada.

—Dime que no estás desnuda debajo de eso —le susurro casi pegando mi nariz a la

suya.

—¿Estás loco? Claro que no. Vengo a comer contigo, no a comértela.

—No sé qué parte de tus últimos tres regalos ha podido confundirme.

—Bésame.

Apoyo una mano en la carrocería del coche y miro a mi alrededor para asegurarme de

que mis compañeros han girado ya la esquina. Entonces me pego más a ella, dejándola atrapada entre el vehículo y mi cuerpo, haciendo énfasis con mi cadera para que note que siempre reacciono cuando la huelo. La beso. La beso bien, muy bien, pero breve. Quiero que se quede con tanta hambre como la que ella me está dejando después de sus regalitos.

—Cabrón —gime cuando me separo de ella y evito que me vuelva a besar.

—Dicen que hay que darle misterio a las relaciones para que sean sanas y duraderas. —

Le sonrío con descaro—. ¿Qué haces aquí? Te hacía muy estresada, de cierre de número.

—Y lo estoy, pero tendré que comer, ¿no? Hoy todo son problemas. Si aparece Godzilla

en la redacción exigiendo derecho de pernada, yo ya ni me extrañaría.

—Poco podría hacer allí; no creo que haya ninguna virgen.

—Según por qué orificio.

Se me escapa la risa por la nariz.

—No me acostumbro. —Me vuelvo a acercar a su boca divertido.

—¿A qué?

—A ti.

—Eso es bueno; así no podrás aburrirte.

A veces me da por pensar que Miranda tiene la capacidad de leerme la mente. Hay días

en los que parece que nada en mí puede resultarle ajeno o extraño o indescifrable. Como si fuera un libro abierto. O una página en blanco que ella va escribiendo de su puño y letra.

—Lo siento muchísimo —dice compungida—. Solo tengo cuarenta y cinco minutos.

Máximo una hora. Me hubiera encantado montarte un pícnic en el parque del Oeste…, cerca del riachuelo que te gusta, pero me es imposible. Y no es porque no te quiera o quiera más a la revista; es que tengo una responsabilidad.

—No pasa nada —le digo de corazón.

—Así que… reservé mesa en Nagoya. Nos pilla cerca a ambos y sé que, aunque no te

mata el sushi, el de allí sí te gusta.

Quiero decirle que es perfecto, justo lo que me apetecía, aunque aún no lo supiera, pero

me limito a cogerla de la mano y tirar un poco de ella en dirección al restaurante.

La comida es fugaz. O eso me parece. Soy consciente del esfuerzo que está suponiendo

para Miranda no consultar el móvil cada dos por tres. Me pone enfermo que lo haga porque, de alguna manera superpueril, me siento invisible, poco importante, de paso. Como si fuera a esgrimir el argumento de: «Déjame un segundo, son cosas de mayores». Y yo quiero ser su cosa de mayores, aunque también deseo tener las mías propias, pero no me sale. Nos despedimos en la misma puerta del restaurante, donde coge el primer taxi que pasa. Tiene que ir a acosar a no sé quién que le debe no sé qué fotos.

—Temo que se haya olvidado de editarlas y esté haciéndolo a toda prisa. No puedo

publicar un mojón de vaca.

No sé muy bien a qué se refiere, pero como otras tantas veces, no hay tiempo para

explicaciones. Es como una superheroína de la moda. Tiene sus obligaciones con el mundo. Es «La mujer de verde» a la que canta Izal.

En cuanto pierdo de vista el taxi en el que se marcha, pongo rumbo de vuelta al

despacho, pero apenas llevo unos metros cuando me suena un mensaje de Miranda en el teléfono:

 

En tu bolsillo derecho.

 

Hundo las manos en los bolsillos de la chaqueta, en ambos, a pesar de que ha sido muy

concreta, y descubro un papelito que leo de inmediato. Es solamente una dirección:

Calle Modesto Lafuente, 31.

 

Abro Google Maps, que me sopla que tardaré diecisiete minutos andando hasta allí. Si

aprieto el paso no serán más de quince. Llego un pelín sudoroso, pero corre una brisa agradable que lo hace más llevadero. La dirección corresponde a una pequeña librería que juega con el nombre de la calle y el suyo: Modesta Librería. Y encaja, porque el espacio es muy pequeñito. No sé qué hago aquí. ¿Quiere que me compre un libro? ¿Es una indirecta para que lea más? ¿Quiere que se lo compre a ella? Estoy dubitativo, pero cedo a la tentación de entrar. Un chico se encuentra detrás del mostrador leyendo, sentado en una banqueta.

—Hola —le saludo.

—Hola…

No me mira. Me escudriña. Frunce el ceño bajo su flequillo.

—¿Estás buscando algo en concreto? —me pregunta.

—No. —No puedo evitar reírme, un poco avergonzado—. La verdad es que…

Saca un libro del mostrador y me lo tiende. Es un libro pequeñito; en la portada, sobre

fondo verde, la fotografía en blanco y negro de una chica que bien podría ser la protagonista de una película de cine mudo y que sostiene un corazón del que surgen flores. Primero de poeta, de Patricia Benito.

—Creo que este es el tuyo…

—Ehm… —dudo.

—Porque tú eres Tristán, ¿no?

Sonrío. Sí, sí que lo soy, sobre todo cuando es ella quien pronuncia mi nombre.

 

Ya debería estar en mi mesa retomando el trabajo tras la pausa de la comida, pero he decidido tomármelo con calma. Un día es un día. Me siento en un banco, en una pequeña plaza cercana a la oficina, con el libro en la mano. Observo que tiene una dedicatoria, sencilla y perfecta, que ha redactado a toda prisa con el bolígrafo azul que siempre lleva en el bolso y que deja un minúsculo borrón al empezar a escribir:

 

Solo quería regalarte algo bonito que durara mucho.

No creo que haya nada más permanente que las palabras impresas, sobre todo

cuando son de amor.

Te quiere,

Miranda

Hojeo curioso las páginas en busca de una nota, de una pista, de algo, pero lo único (que

es mucho en realidad) que encuentro es la esquina de una página doblada. Entiendo que quiere que lea este poema.

 

Tanto tiempo acostumbrada

a amores de barra

en lunes llenos de noche,

que no sé hacerlo de otra manera.

 

Tanto tiempo acostumbrada

a curarme con limones,

a cicatrizarme con sal,

a borrar con tequila.

 

Tanto tiempo acostumbrada

a permisos de fin de semana,

a orgasmos sin amor,

a espacios sin calor.

 

Tanto tiempo acostumbrada

a pisar despacio,

a entrar sin hacer ruido,

a huir sin dar abrazos.

 

Tanto tiempo conmigo,

tantas noches sin ti,

que no sé hacerlo de otra manera.

 

Y llegas tú,

y entiendo por qué la primavera

viene después del frío

y me parece imposible

que vuelva el invierno.

 

Y cualquier día de la marmota

suena perfecto contigo.

 

Miranda…, ¿cuánta fuerza hizo falta para crearte?

No quiero aburrir con el resto. Solo…

A las cinco de la tarde llega un ramo de flores enorme a mi nombre con una nota en la

que pone:

 

Las flores no tienen género.

Solo son bellas. Te quiero

 

A las seis, un mensajero con una caja de dónuts de colores, decorados y rellenos.

A las seis y cinco minutos, un mail con el link a una canción de Zahara… «Tú me llevas».

A las seis y media, cuando casi toda la oficina vamos al bar de la esquina a brindar con

unas cervezas, el camarero me llama aparte para decirme que a media tarde llegó una chica, le pagó cien euros y le dijo que eran para mi celebración… Me pregunta si quiero que saque algo de comida.

—Tenemos torreznos de Soria…

A las diez, cuando llego a casa, un caminito hecho con velas led me conduce al baño,

donde suena música (a saber desde qué hora) y hay bombillas pequeñas colgadas de cualquier manera por todas partes y una nota pegada al espejo:

 

Tenías razón en lo de que todas las casas deberían tener una bañera. Quería prepararte

un baño para que te relajaras, pero solo puedo ofrecerte una ducha.

Si te quedaste con hambre, tienes la cena guardada en el horno. El iPad, encima de la

cama, está preparado para que veas esa serie aburridísima que te encanta.

No puedo decir que llegaré pronto, pero sí prometerte que llegaré. Siempre y donde

estés. Da igual lo que tarde. Llegaré.

Te quiero,

Miranda

 

PD: Si cuando entre, encuentro la lencería que te mandé colgada del pomo de la puerta

del dormitorio, entenderé que puedo despertarte para que me ates a la cama. Quizá

mejor el sábado, que estarás descansado y con mucho más tiempo para disfrutar(me)

(nos).

 

Sobre la cama, además del iPad, está el pijama, que huele a suavizante.

Me quedo dormido viendo la serie y se me olvida colgar la lencería en la puerta, pero me

despierto cuando ella aparta la tablet de mi regazo y se mete sigilosamente en la cama. Ahora mismo no me veo con capacidad para echar un polvo que valga la pena recordar, así que lo apunto como tarea pendiente para mañana.

Miranda se acurruca a mi espalda, abrazándome la cintura; noto cómo me huele por

encima del algodón de la camiseta. Suspira, como si le aliviara mi olor, pero despacito, porque cree que estoy dormido.

—Lo siento —musita.

—Gracias por el mejor cumpleaños de mi vida.

Me vuelvo hacia ella y nos besamos. Parece entre triste y aliviada, pero está muy oscuro y

esto es solo una percepción volátil.

Vuelvo a quedarme dormido con las yemas de sus dedos acariciándome la cara.

 

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