Todas esas cosas que te diré mañana
33. «Tu parte de la almohada huele más a ti que tú mismo»
33
«Tu parte de la almohada huele más a ti que tú
mismo»
Escucho a Tristán darse una ducha y miro el reloj. Tendría que estar ya
conectada, pero ¿qué más da? No me apetece salir de la cama. He
consultado la fecha en el móvil y el mundo continúa parado ahí fuera, así
que no pasará nada por seguir aquí tumbada. Me abrazo a la almohada, que
huele muchísimo a él, y me da por pensar que huele más a él que él mismo.
A veces es igual con los recuerdos, no sé si me explico. Es como si él se
fuese esfumando, dejando de ser una persona tangible. Poco después de
escuchar cómo cierra el grifo de la ducha se abre la puerta del baño y
Tristán sale en ropa interior.
—¿Estás todavía en la cama? —se sorprende.
—No, soy un holograma.
Hace un mohín con cariño al tiempo que se pone unos pantalones
cómodos, tipo jogger, en un equilibrismo de premio, tras lo que se acerca y
se sienta a mi lado.
—Nos está costando a todos, Miri. Pero ya está más cerca el final de esto.
Ya se acaba.
Asiento.
—¿Te metes un poquito en la cama conmigo? —le pido—. Cinco
minutos.
Sé que duda, al menos un instante, pero termina diciendo que no.
—Tengo una call. No puedo. ¿Preparo café?
Tardo una eternidad en decir que sí. Cuando lo digo, Tristán está ya casi
en la cocina.
Me siento rara, pero no puedo dejar de mirarlo durante su videollamada. Lo
miro sin moverme, como una vigía, con los auriculares puestos, los pies
sobre la silla de mimbre en la que me siento a trabajar y abrazando mis
rodillas.
En mis oídos suena «Falling» de Harry Styles, y suena muy alto. No me
llega ningún sonido más, solo su voz. El mundo está callado y hasta el
viento sopla en forma de piano.
Tristán se ha puesto un polo blanco para la «reunión» con la intención de
dar una imagen un poco más profesional, a pesar de estar sentado en el
salón, frente a la única pared lisa de la casa. No oigo lo que le dicen ni lo
que dice, solo lo veo asentir serio y cómo sus labios se mueven al ritmo de
unas palabras que seguro que son certeras. Sonríe y los ojos se le achican.
El dedo índice de su mano izquierda alcanza la piel de su cuello y se pasea,
arriba y abajo, en un gesto algo nervioso. Sus manos olerán a perfume
después, pero no me atreveré a olerlas, a apartar los papeles, a sentarme
sobre la mesa y decirle que quiero respirar en él hasta que me ahogue. Esas
cosas solo pueden decirlas las parejas que tengan mucha esperanza, que no
estén cansadas.
Estoy cansada. No puedo evitarlo.
He revisitado esta historia con paciencia, con cariño; he parado mi vida
para hacerlo. Y no se soluciona. No funciona. ¿Qué será de mí ahora? ¿Voy
a quedarme atrapada aquí? ¿Voy a ser el fantasma, el holograma de la novia
que fui en una pareja que ya no existe?
¿Quién soy sin él? Sé que soy alguien, que lo era antes de él, que lo fui
durante y que lo seré si finalmente se va, pero me da muchísima pereza
descubrirlo de nuevo. Solo quiero meterme en la cama otra vez.
Y que acabe toda esta historia de viajar, de ir y de volver. Como sea, pero
que acabe. Es agotador analizar, culparse, revivir cada episodio buscándole
las costuras para rematarlas con aguja e hilo de nuevo, intentando que sean
más fuertes esta vez y ver que… no sirve. Yo pensaba que el problema era
que me había equivocado. Pensaba que se podría remendar.
Tristán se despide. Sonríe, levanta la palma de la mano y baja pantalla
del ordenador para respirar profundamente; los hombros se le hunden, la
sonrisa desaparece y las sombras debajo de sus ojos se hacen más visibles.
Hay que estar ciega para no ver que está agotado y que algo le preocupa.
Y sé que por las noches es como si me desconectara, como si no estuviera,
pero vuelvo a entonces y recuerdo cómo pasábamos esas otras noches
calentando el colchón, revolviéndonos, cambiando de postura, suspirando.
En vela.
¿Recuerdas lo que pasa con las cosas por decir? Pues tienen una amiga
más insana: las cosas por hacer.
Tristán agita los brazos llamando mi atención y me quito los auriculares.
El mundo vuelve a tener los márgenes reales y Harry Styles se encierra de
nuevo en la lista de canciones que escuchaba en 2020 cuando la realidad no
era suficiente.
—¿Dime?
—¿Hacemos la comida?
—Es pronto —me quejo.
Arquea una ceja.
—Son las tres menos cuarto.
—¿Cuánto ha durado tu llamada?
—Dos horas. He tenido dos. Una de una hora y otra de dos horas. Estoy
muerto.
Y yo, pero en otro sentido. Me levanto solícita intentando compensar
tanta pena.
—Yo hago la comida. Tú…, relájate.
—¿Vas a cocinar tú? —se burla.
—Sí. —Voy hasta la cocina fingiendo que estoy de humor, dando saltitos,
y abro la nevera—. Estoy en plan creativa y dispuesta a cocinar algo para
ti…, uhm…, a ver…
Echo un vistazo a los potenciales ingredientes, pero en el reparto de la
creatividad, yo no me puse en la cola de la dedicada a la cocina. Hago una
mueca.
—¿Espaguetis? —propongo.
—Creo que necesitas un pinche.
—Puede. Todo maestro necesita sangre joven a su lado con ideas nuevas.
Ya sabes.
En unos minutos humea sobre la vitrocerámica una sartén en la que está
dorándose una cebolla y un poco de ajo picado, y Tristán está tamizando
tomate triturado. «Tamizando tomate triturado». Yo me bajo del mundo. Y
ojo, que va a hacer espaguetis, pero los va a hacer bien, con su salsa
boloñesa casera.
—Si es que se hace en nada. —Me sonríe.
—En nada se abre un bote de tomate frito, cariño. La salsa boloñesa tiene
su aquel.
—En veinte minutos estamos comiendo, ya verás.
—En veinte minutos me he comido, poquito a poquito, todo el queso de
la nevera. Silenciosa. Como las termitas.
—Pero ¡si te he tenido que llamar yo para comer! Anda…
Suena un teléfono sobre la mesa del salón, sepultado bajo folios
garabateados.
—Es el mío. ¿Me lo pasas? —me pide.
Corro para alcanzarlo, aunque no es que haya mucha distancia entre la
cocina y el salón.
—¿Quién es?
—Tu hermana. —Pongo cara de asco aprovechando que no me ve.
—¡Cógelo y la saludas!
Trago saliva. Cada llamada de su hermana durante el confinamiento era
una patada en el culo. De una estupidez supina. De una tirantez
insoportable. Ya sé qué día es hoy. Claro. No iba a despertarme solamente
para ver desmoronarse las ganas.
—Hola, Uxía —saludo—. ¿Qué tal estáis?
—¿No está mi hermano?
—Estamos confinados, como el resto del mundo. Claro que está.
—¿Me lo pasas?
Me quedo parada delante de Tristán, que está echando la carne picada en
la sartén.
—Que si me lo pasas… —insiste impertinente mi cuñada.
—Solo intentaba… —me justifico.
—Es que tengo que comentarle una cosa.
A tomar por culo.
—«Hola, Miranda, ¿qué tal? Yo bien, ¿y tú? ¿Cómo estás?». Es lo
mínimo, ¿no? Aunque sea por educación, más que por interés.
Tristán solo levanta los ojos, sin mover ni un ápice la cabeza, y tiende el
brazo hacia mí.
—Dame el teléfono.
Se lo doy.
—Me ha colgado.
Se incorpora tenso, desbloquea el teléfono y marca rellamada sin dejar de
mirarme.
—Ni se te ocurra cabrearte conmigo —le advierto.
Pasa la lengua despacio por sus labios y apaga el fuego con un ademán
que viene a decir que no está cabreado…, que está en ello aún.
—¿Qué ha sido eso? —dice cuando su hermana le coge el teléfono—.
Estoy harto. No, no, Uxía, estoy harto. De las dos. ¡De las dos! —sube el
tono.
Me fulmina con la mirada.
—Si tú estás harto, imagínate lo harta que estoy yo de la niñata de tu
hermana —le suelto con la boca llena de rabia.
—Cállate, por favor, cállate. —Pone la mano entre nosotros.
—No me mandes callar.
—Una cosa a la vez, os lo suplico.
Con el teléfono pegado a la oreja se dirige hacia la habitación a grandes
zancadas y cierra dando un portazo. Genial. Tenía muchas ganas de
reencontrarme con mi novio adolescente.
El tono de voz de su conversación sube… bastante. Supongo que sube
más de lo que subirá la nuestra, porque no se discute igual con una hermana
que con una novia. Eso espero, porque no toleraría ese tono en una pareja
jamás. Ni siquiera en él. Ni en su boca.
Cazo palabras sueltas con las que me hago un mapa de la situación
mientras espero en la cocina con los brazos cruzados: harto, crías, cansado,
arruinar, futuro, amargado, insuficiente, competición, protección, adulto,
avergonzado, insoportable, contra, las, cuerdas.
Cuando sale, está desencajado.
—Venga… —me dice—. Ahora tú.
—No te voy a decir por dónde te puedes meter esa condescendencia
porque nunca hemos discutido en esos términos y no vamos a empezar
ahora.
—No es condescendencia. Parecía que tenías mucho que decir, ¿no? Pues
habla.
—No.
—Ah, ¿no? ¿Ahora vamos a jugar a la callada por respuesta? Muy
maduro.
—Si tengo que añadir algo ahora mismo es que este tema no merece
discusión. Ya está.
Tristán se frota la frente.
—Cojo el teléfono, trato de ser amable, me responden de mala manera,
¿y aún tengo que soportar yo una bronca? —le digo cabreada—. No, señor.
Es tu hermana, es tu problema, no el mío.
Se deja caer en una banqueta de la cocina, con la cabeza entre las manos.
—Pues sí tenías algo que añadir, ¿no?
—¿Te mando a la mierda, Tristán?
—Ya estoy en la mierda, cariño, no hace falta.
—Muy bonito —escupo.
—Tienes que aguantarla…, ¿cuántas veces al año?
—Esa no es la cuestión, porque no tengo por qué aguantar ni treinta
segundos a alguien con una mala educación como la de tu hermana y que,
además, hace gala del asco que le doy siempre que puede y con total
impunidad.
—Tiene treinta y ocho años. —Me mira con los ojos muy abiertos—.
¿Qué hago? ¿Se lo hago copiar cien veces?
—Ay, mira, Tristán, es que… —me desespero—. El problema es que esto
sea una discusión. Porque no lo es. Si escuchase a Iván hablarte de ese modo… —Me muerdo los labios.
—Iván es un amigo. Uxía es mi hermana. No la elijo, ha venido en el
pack. Y sé cómo es. Tiene ese modo equivocado de mostrar el cariño, ya lo
sé… Cree que es su manera de protegerme porque soy su hermano pequeño
y…
—No, Tristán. Tu hermana es una persona acomplejada que necesita
sacar ese veneno para no morirse en vida. Odia todo aquello que representa
lo que ella no es. Evidentemente, nadie le va a parecer suficiente para ti,
pero asume que el grueso del problema es que Uxía no es quien le gustaría
ser y odia a aquellos que peleamos por ser quienes queremos ser… porque
ella no se atreve. Y tú eres incapaz de decírselo.
Tristán no contesta. Nunca, jamás, se lo había dicho tan claramente. Lo
había pensado mil veces. La idea había ido formándose en mi cabeza como
se va cargando la electricidad de una tormenta de verano, pero es posible
que esta sea la primera vez que se materializa en mi boca. Y él sigue con la
frente apoyada en la mano derecha, sobre los dedos índice y pulgar y los
ojos clavados en la encimera.
—Yo solo pido no discutir, Miranda —le oigo musitar.
—Es que a veces hay que hacerlo.
—Pero no quiero discutir por ella.
—Pues sácala de aquí. De entre nosotros.
Resopla.
—Nunca te voy a hacer elegir entre tu familia y yo, pero no puedo tolerar
que me trate así. Y tú tampoco deberías. Y ya está —le aclaro.
El silencio planea sobre nuestras cabezas durante unos minutos hasta
aterrizar en el suelo de la cocina con un estrépito ensordecedor. Y allí se
queda, con nosotros, hasta que no lo soporto más. Trato de salir, pero al
pasar por su lado uno de sus brazos envuelve mi cintura. Podría continuar mi camino porque no está ejerciendo fuerza; sin embargo, yo, que soy débil,
que oigo un «tic tac» fantasma en mi cerebro, me quedo y dejo que me
acerque a él. Al enterrar la cara en su cuello y olerle, siento un alivio triste
que acaba en abrazo.
No dice «lo siento». Yo tampoco. En el fondo, ninguno lo siente, porque
yo me agarro a mi verdad con uñas y dientes y él a su resignación, pero
ninguno de los dos querría que este fuera el motivo de nuestro final.
Supongo que tenemos demasiados temas propios como para quedarnos en
el camino por esto.
—Ey… —me obliga a mirarlo. Sonríe con timidez y sus labios de pan
bao me parecen más bellos que nunca—, voy a terminar esa salsa y
comemos escuchando música, ¿vale? Nada de tele. Solo un poco de música
que nos relaje.
Música ligera…, recuerdo la letra de esa canción italiana que el año que
viene Ana Mena versionará en español y que, justamente, habla sobre esto,
sobre la necesidad de poner música que nos distraiga y se lleve los silencios
dolorosos.
—¿Te parece? —insiste.
Asiento.
Hace una mueca.
—Dime algo —suplica—. Habla, por favor.
—Tu parte de la almohada huele más a ti que tú mismo.
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