Todo por Honor
Capítulo Nueve
El silencio fue terrible, Greywolf se quedó mirando su café y se revolvió en la silla, Alice se miró las manos, serena pero sin saber adónde mirar, los ojos de Aislinn se clavaron en la cabeza del niño mientras sus mejillas se ponían coloradas. Tan sólo a Lucas parecía no haberle afectado su descarada declaración.
— ¿Necesitas algo de la camioneta? —preguntó, poniéndose de pie.
—Mi bolsa y la de Tony —contestó Aislinn en voz baja.
—Madre, ¿puedes arreglar una cuna para Tony con un cajón o algo?
—Claro. Vamos, Aislinn —repuso la madre, poniéndole una mano sobre el hombro—. Vamos a acomodar a Tony,
—Yo ayudaré a Lucas —dijo Gene, que parecía necesitar algo que hacer.
La habitación a la que la llevó Alice era pequeña; en ella había un viejo tocador con un taburete acolchado, una cómoda, una mesilla y una cama doble.
—Estos cajones están vacíos —dijo Alice—. Lo limpié todo después de que muriera mi padre.
—No tuve tiempo entonces de decirte cuánto lo sentía.
—Gracias, era inevitable, era viejo. No quería prolongar su vida en un hospital o en una residencia, así que ocurrió como él quería. Bueno, ¿crees que esto servirá?
Mientras hablaban, la mujer había forrado un cajón con un edredón, que había doblado varias veces hasta que cupiera y formara una cama blanda para el bebé,
—Servirá, de momento. En un mes o dos se le saldrán las piernas —dijo Aislinn, que abrazó al niño con cariño y le besó la sien.
—Para entonces habré comprado una cuna. Cuento con que me lo traigáis a menudo.
— ¿No te preocupa lo de Lucas y yo? –preguntó tímidamente Aislinn,
—A lo mejor debería ser yo la que te lo preguntara. ¿Te preocupa lo de Lucas y tú?
—Al principio sí, mucho. Ahora no lo sé. –dijo con franqueza—. Apenas nos conocemos, pero los dos queremos a Tony. Su calidad de vida es muy importante para nosotros. Basándonos en eso, quizá logremos que el matrimonio funcione.
—La vida en el rancho va a ser muy distinta a la que estás acostumbrada,
—Estaba harta de la vida a la que estaba acostumbrada, antes incluso de conocer a Lucas.
—No te ya a resultar fácil, Aislinn.
—Nada que merezca la pena lo es.
Las dos mujeres se quedaron mirándose fijamente, la más joven con determinación; la otra, con escepticismo.
—Vamos a hacer la cama —dijo tranquilamente Alice,
Una vez que las sábanas limpias estuvieron sobre la cama, Aislinn se dio cuenta de lo estrecha que era ésta, y se preguntó cómo lograría pasar la noche durmiendo en ella con Lucas. Este había entrado en la habitación con las bolsas pero se había marchado enseguida, y lo escuchó charlando con Gene en el salón.
—Será mejor que me vaya para que puedas descansar —dijo Alice—. Además, si no le doy unas buenas noches especiales a Gene pensará que lo he abandonado por Tony.
Se agachó para besar al bebé, que estaba tumbado satisfecho en la cuna recién fabricada. Antes de salir, tomó una mano a Aislinn.
—Me alegra mucho tenerte en la familia.
— ¿Aunque sea anglo?
—Al contrario que mi hijo, yo no guardo rencor a toda una raza por lo que hagan unos pocos.
Sin pensarlo, Aislinn besó en la mejilla a su nueva suegra.
—Buenas noches, Alice. Gracias por tu amabilidad con Tony y conmigo.
Cuando se quedó sola, Aislinn dio de mamar al bebé, con la esperanza de que durmiera de un tirón hasta la mañana y no molestara a Lucas. Lo apremió, esperando poder terminar antes de que llegara Lucas, pues quería ahorrarse otra escena como la del remolque.
Solo había un cuarto de baño en la casa, en el pasillo entre las dos habitaciones. Aislinn fue a él en cuanto hubo acostado a Tony y, al regresar, ya no le quedaba más que desvestirse.
Oficialmente aquella era su noche de bodas, aunque el camisón que sacó de su maleta no era precisamente muy nupcial. Era el segundo verano de este y, aunque era suave y la tela transparente al contraluz, su escote modesto, recogido y elástico no era muy provocador. De hecho lo hacía bastante sencillo y sin gracia.
Estaba sentada en el tocador echándose crema cuando apareció Lucas y cerró la puerta tras de sí.
Entonces siguió untándose la crema con torpeza. Se dijo a sí misma que se debía al hecho de que tenía las manos resbaladizas y no a que estuviera enfrentándose a pasar una noche a solas con Lucas Greywolf en la habitación.
Si hubiera mirado al espejo en lugar de a su marido hubiera visto que tenía los ojos muy abiertos con aprensión, lo cual le daba un aire muy joven e inocente. En contraste, el cabello le caía sobre los hombros de forma seductora. Tenía los labios húmedos y sonrosados y el camisón parecía virginal. El conjunto total, especialmente a los ojos de un recién casado, era sexy.
La lámpara de la mesilla emitía una luz tenue.
La sombra que Lucas proyectaba sobre las paredes y el techo era larga y siniestra en la pequeña habitación cuadrada.
— ¿Ya se ha dormido Tony? —preguntó, mientras se llevaba las manos a los botones de la camisa.
—Sí, no parece que lo moleste mucho dormir en un cajón.
En el espejo, Aislinn vio a Lucas sonreír mientras se agachaba sobre el cajón colocado en el suelo junto a la cama. El corazón le latió con fuerza por el modo en que a su marido se le suavizaba la expresión del rostro al mirar a su hijo.
Pensó que sería muy fácil enamorarse de un hombre que pudiera sentir una ternura igual por una mujer.
Mentalmente puso las cosas en su sitio, pensando que unos sentimientos tan tiernos eran totalmente ajenos a la mayoría de los hombres que conocía y para Lucas Greywolf serían imposibles.
Como si quisiera barrer las ridículas cavilaciones de su cabeza, se puso a cepillarse el pelo.
Lucas se sentó al borde de la cama y se quitó las botas, tirándolas después al suelo.
—Gene me ha dicho que se alegra de que nos hayamos casado.
Era tan poco habitual en él empezar una conversación aparentemente inocua que a Aislinn se le paralizaron los brazos y lo miró a través del espejo.
— ¿Por que?
Se rió. Otro fenómeno extraño.
—Lleva años intentando que mi madre se case con él. Le hizo prometer que lo haría cuando yo saliera de la cárcel —explicó, y se levantó para desabrocharse el cinturón—. Nuestro matrimonio ha sido su mejor baza; ahora ya no le quedan excusas.
—Parece un hombre tan amable y cariñoso. ¿Cómo puede no querer casarse con un hombre así?
—Un hombre tan distinto a tu marido,
Aislinn estaba dejando el cepillo, pero al oír sus palabras, levantó la mirada para encontrar la suya en el espejo.
—No he querido decir eso.
—No importa lo que hayas querido decir. Soy el marido que tienes.
Ella tragó saliva llena de aprensión al verlo acercarse con paso acechante. Era la personificación de un macho animal que respondía al aroma de una hembra. Se había quitado todo salvo los vaqueros, cuya cremallera estaba abierta. Los ojos de Aislinn fueron directamente a la estrecha “V” que se abría justo bajo su ombligo, y le pegaba brincos el corazón con una mezcla de deseo y temor.
En la penumbra, la piel de Lucas adoptó un tono aún más cobrizo y sus prominentes pómulos proyectaban una sombra en sus mejillas. La sombra de las pestañas adornaba con rayas estas últimas.
Tenía los ojos grises clavados en ella como los de sobre su presa. Parecían penetrar todas las capas de su piel y ver en su interior. Era una mirada caliente, ardía, pero ella estaba temblando.
— ¿Lucas?
—Tienes un pelo muy bonito.
Se colocó de pie tras ella, de forma que los hombros de ella quedaron a la altura de su cadera.
Contra la extensión marrón de su duro estómago, el cabello rubio le parecía extremadamente bello,
Se rizaba como hebras doradas en sus manos cuando el lo levantaba de los hombros. Ociosamente metió los dedos entre la mata de pelo.
Aislinn estaba embelesada por la sensual vista.
Y aunque le estaba sucediendo a ella, se obligó a ser una mera observadora, a fingir que le estaba ocurriendo a otra persona. Era la única manera de poder sobrevivir.
De no ser así, cuando el extendió un mechón de pelo sobre su tripa y lo frotó como si fuera espuma, se le habría salido el corazón del cuerpo.
Si admitiera que en realidad estaba participando en un acto visiblemente erótico como aquél, podría darse la vuelta y besar el estómago tenso, podría regalar a sus labios con un viaje por el agujero de su ombligo y bajar por la franja de pelo negro que se abría en abanico por la abertura de los vaqueros; podría mojar el vello con suaves y juguetones lametazos.
Lucas dejó que le volviera a caer el cabello sobre los hombros y le rodeó el cuello con las manos.
— ¿Por qué me atrae tanto tu piel blanca? Quiero odiarla.
Le tocó los lóbulos de las orejas con las yemas de los dedos y los apretó suavemente entre el pulgar y el índice. Ella gimió. Contra su voluntad, el cuello de Aislinn cedió y su cabeza chocó contra la planicie dura de la tripa de él. Mecánicamente, movió la cabeza de un lado a otro y vio su cabello agitándose sobre la oscura piel de Lucas y pensó que quedaban muy bien juntos.
El deslizó las manos por sus hombros y las bajó por el escote elástico de su camisón. Los ojos de ella, medio cerrados, se abrieron y se encontraron con los de él en el espejo.
—Quiero ver mis manos sobre ti —dijo Lucas.
Ella observó hipnotizada cómo los dedos fuertes y abiertos de su marido le bajaban por el pecho, No salió una protesta de sus labios cuando aquellos llegaron más abajo, llevándose consigo el camisón. Sintió el aire golpeándole los pulmones cuando Lucas deslizó las palmas sobre sus senos. Éste apretó, masajeó, frotó.
El cuerpo de ella respondió.
Él le agarró la parte inferior de los senos completamente excitados y toqueteó ligeramente las cimas con los pulgares. Ella gimió y apretó la parte de atrás de la cabeza contra la tripa de él, que subía y bajaba con cada una de sus rápidas respiraciones.
Nunca retiraron la mirada del espejo cautivados por el contraste de las grandes manos de Lucas, testimonio de su masculinidad, moviéndose sobre las blancas montañas de terciopelo de los senos de Aislinn. Sabía cuánta presión aplicar para ofrecerle la máxima sensación. Sus dedos jugaron con delicadeza con las morenas puntas de los senos hasta que vibraron de placentero dolor.
Muy dentro de ella, otro dolor se estaba tornando insoportable. Sintió su condición de mujer febril y pesada al florecer. Sólo había una cosa que pudiera calmar aquella clase especial de dolor.
Y era imposible.
La comprensión golpeó a Aislinn de repente y se quitó las manos de su marido. Saltó del taburete y se subió el camisón, cubriéndose los senos.
Entonces se volvió a él.
—No puedo.
La garganta de Lucas profirió el sonido de un gato montés a punto de atacar. La agarró del brazo y la apretó con fuerza contra él.
—Eres mi mujer.
—Pero no tu propiedad. Déjame.
—Tengo derecho.
Le metió los dedos por el cabello, le apretó el cuero cabelludo y le puso la cara bajo la de él. Reflexivamente, ella subió las manos para protegerse. Éstas aterrizaron en ambos lados del torso, justo bajo los brazos. Tenía la piel cálida y suave. Los músculos, tan duros que pedían ser explorados y admirados. Aislinn quería morderlos, le flaqueó su determinación.
Pero no estaba bien. Estaban casados, sí, pero se preguntó si el amor no debería tener también algo que ver. Si no amor, al menos respeto mutuo.
Sabía que Lucas solo sentía desprecio por lo que ella era y de donde venía, y se negó a ser meramente un objeto para sus deseos.
Incluso si la inoportunidad de aquello no era razón suficiente para desanimarlo, había otra. A Aislinn le pareció la mas oportuna y fue la que utilizó, justo un segundó antes de que los labios de Lucas violentaran los suyos.
—Piensa, Lucas, Tony apenas tiene un mes.
Lucas se detuvo. Aislinn vio sus ojos grises parpadear confundidos, así que se apresuró en aclararlo.
—Hoy me has preguntado si me habías hecho daño y te he dicho que no. Era verdad. Pero si tú, si nosotros... hacemos esto, podrías hacerme daño. Aún no he tenido tiempo de reponerme.
Él la miró fijamente a la cara, y su respiración caliente la golpeaba en bocanadas constantes. Cuando al fin digirió lo que le estaba diciendo, le miró la cintura.
Poco a poco aflojó la mano de su brazo y acabó soltándola. Ella se lamió nerviosa los labios.
—Por Dios Santo, no hagas eso —gruñó él.
Se llevó los dedos al pelo y después se cubrió el rostro con ambas manos. Se apretó con fuerza los ojos antes de bajar los dedos por sus mejillas.
—Vete a la cama.
Ella no discutió. Tras verificar que Tony dormía plácidamente, se metió entre las sábanas aromatizadas de Alice. El aire acondicionado requería una ligera manta.
Cerró los ojos, pero notó a Lucas cuando se bajó los pantalones y se los quitó. Por el rabillo del ojo, vio su desnudez. Sus largas extremidades, su ancho torso, el triángulo oscuro entre sus potentes muslos y su virilidad excitada. Entonces la habitación desapareció en la oscuridad cuando él apagó la lámpara.
Todo en lo que podía pensar mientras él se tumbaba a su lado fue que el cuerpo de él estaba desnudo y duro. Aunque no se tocaron, podía sentirlo arder. Le quemaba la piel. El ritmo de la respiración era a la vez electrizante y tranquilizador. Aislinn mantuvo el cuerpo rígido hasta que él cambió el peso y supo que se había dado la vuelta.
Sólo entonces se relajó lo suficiente para, al fin, caer dormida.
Se le abrieron los ojos por la luz previa al amanecer. Tenía los pechos hinchados. Tony había dormido de un tirón, pero pensó que pronto se despertaría. Así lo esperaba, la incomodidad que sentía la había despertado.
Abrió un poco más los párpados y se alarmó al ver lo cerca que estaba Lucas de ella. Tenía el pecho a escasos centímetros de su nariz, de forma que podía contar cada uno de sus rizos. En secreto agradeció al padre de Lucas su barba y el vello de su pecho.
Lucas tenía las sábanas por la cintura, y su piel resultaba muy apetecible, moreno sobre blanco.
Completamente quieta, recorrió con la mirada su garganta bronceada hasta su barbilla angulosa. Sus hermosos aunque severos labios. La nariz larga y recta herencia de su parte anglo.
Emitió un grito al encontrar sus ojos abiertos fijos en ella. Su pelo negrísimo sobre la nieve de la almohada.
— ¿Qué haces despierto?—susurró.
—La costumbre.
Sólo su fuerza de voluntad evitó que se estremeciera cuando él le apartó un mechón de la mejilla. Lo analizó y lo frotó entre los dedos, para después posarlo con sumo cuidado sobre la almohada.
—Sin embargo, no ha sido mi costumbre despertar junto a una mujer. Hueles bien.
—Gracias.
Aislinn pensó que otro hombre habría dicho: «¿Qué perfume llevas?» o «Me gusta tu aroma».
Pero su marido era hombre de pocas palabras; no era muy espléndido con los cumplidos, pero estos expresaban exactamente lo que quería decir. Así que apreció el sencillo cumplido.
La tocó. Sus dedos exploraron con suavidad, con la inhibida curiosidad de un niño al que permitían por primera vez entrar en el salón. Las cejas, la nariz, la boca. Miraba todo lo que tocaba.
Le recorrió el cuello arriba y abajo con los dedos, hasta el pecho.
—Es tan tersa —dijo, como maravillado por la textura de la piel de su mujer.
Con un movimiento ágil del brazo, retiró las sábanas. Aislinn se obligó a quedarse quieta cuando él le bajó el camisón. Era su marido y pensó que no podía negarse. Y descubrió que tampoco quería.
Sabía que no le iba a hacer daño. Si hubiera sido un hombre violento podía haberla herido muchas veces en el pasado. Recordó la delicadeza con que le había curado el arañazo del brazo.
Además, le había jurado que nunca le haría daño, y lo creía. Así que se quedó quieta mientras él le devoraba los senos con los ojos y recorría con un dedo una vena que iba hasta su pezón.
Vio cómo apretaba la mandíbula con tensión. Durante un segundo, él la miró directamente a los ojos para después inclinarse y ponerle los labios abiertos sobre el cuello. Con un leve gemido, se acercó más hasta tocar sus senos con el pecho.
Sus labios le lamieron la piel y la mordisquearon ligeramente. Ella sintió su lengua, blanda, mojada y caliente. Le costó toda su fuerza de voluntad no enterrar las manos en su pelo y sujetarle la cabeza contra ella. Sabía que el estaba haciendo un esfuerzo tan grande de dominio de sí mismo que no se atrevió a moverse. Pensó que sería cruel instigar algo que no podía terminar satisfactoriamente.
Él bajó los labios, humedeciéndola, mordisqueando. Levantó ligeramente la cabeza y miró a sus senos cargados.
—Si yo..., ¿te saldrá leche?
Ella asintió. Un ataque de pesar recorrió sus labios. Entonces se apartó de ella y se detuvo un momento antes de bajarle del todo el camisón. La miró. Entera.
Sus ojos se clavaron en el centro de su feminidad. Tocó la dorada nube de vello. Empezó a respirar pesada y rápidamente. De hecho, ahora que ya no había sábanas, la fuerza de su deseo no era un secreto.
De repente agarró a su mujer por la muñeca.
Alarmada por el brusco movimiento, Aislinn lo miró con ojos dubitativos.
—Eres mi mujer —dijo él, irritado—. No me lo vas a negar.
Antes de que se diera cuenta de cuál era su intención, él le arrastró la mano bajo su cintura y se la abrió. Apretó. Ella abrió los labios para protestar pero él se los selló con los suyos, acabando con la oportunidad de las palabras. Le metió la lengua muy dentro, llenándole la boca.
La puso de espaldas y se puso a horcajadas sobre sus piernas. Las manos de ambos estaban atrapadas entre sus cuerpos, una encerrada en la cueva de su feminidad y la otra apretando su hombría. Él le movía la mano, manteniendo los dedos muy cerrados a su alrededor. La palma de ella proporcionaba la fricción.
Lo que pasó entonces fue tan personal, tan entregado y desgarrador, que ambos se estremecieron.
Duró eternamente.
Al fin el apoyó la cabeza sobre sus pechos. Le costaba respirar. Ella sintió sus dedos moviéndose mecánicamente entre su pelo, como si quisieran alcanzar algo muy deseado pero a lo que no conseguía llegar.
Entonces, el rodó de forma brusca de la cama y se puso de pie. Recogió la ropa y se la puso sin orden y enfadado. Metió los pies en las botas y, sin mirar para atrás, abrió la puerta y se marchó.
Aislinn estaba desconcertada y muy afectada.
Se quedó allí tumbada sin apartar la vista de la puerta por la que el había salido, sufriendo por que no hubiera sido capaz de mirarla tras lo que había pasado. Para ella había sido hermoso. Cuando el había ablandado la boca, cuando su lengua había dejado de ser agresiva, no le había hecho falta obligarla a acariciarlo. Aunque Aislinn dudaba de que se hubiera dado cuenta.
La inmensidad del acto la había dejado débil y temblorosa. A él lo había dejado enfadado. Aislinn se preguntó si estaba avergonzado, o disgustado, si consigo mismo o con ella.
O si estaba tan destrozado por el impacto como ella y, como ella, estaba confuso por cómo hacer frente a sus sentimientos.
Los dos habían tenido que esconder lo que sentían en la infancia. A ella le habían enseñado sus padres. Debido al escarnio que había sufrido de niño, Lucas se guardaba con cuidado sus sentimientos para protegerse. No sabía cómo demostrar afecto y ternura. Le costaba mucho más que a ella aceptarlas.
Aislinn se dio cuenta entonces de que amaba a Lucas Greywolf.
Y, aunque le costara hasta el último aliento, conseguiría que aceptara su amor.
No le iba a resultar sencillo. Se percató de ello al momento de entrar en la cocina media hora mas tarde. Lucas estaba sentado a la mesa hablando con Alice, desayunando café con tortitas, y no le hizo el menor caso.
Le resultaba irónico que su inclinación a mirarlo coincidiera con la de él por evitarla a toda costa. Mientras el corazón de Aislinn era una tormenta de amor recién despertado, los ojos de él eran tan turbios como nubarrones. Durante todo el desayuno, su marcha de la casa de Alice y todo el camino hasta el rancho de Lucas, este permaneció mudo.
Tan sólo le otorgó respuestas monosilábicas a sus preguntas. Cada aproximación a una conversación por parte de Aislinn se topaba con un callejón sin salida. Mientras los ojos de ella querían absorberlo entero, él no hizo el menor contacto visual con ella. Ella estaba afable; él, quejumbroso.
En una ocasión, tras haber conducido durante kilómetros con Tony durmiendo en su sillita, Lucas giró rápidamente la cabeza y preguntó:
— ¿Se puede saber que estas mirando tan fijamente?
—A ti.
—Bueno, pues no lo hagas.
— ¿Porque te pone nervioso?
—Porque no me gusta.
—No hay nada más que mirar.
—Inténtalo con el paisaje.
— ¿Cuándo te pusiste el pendiente?
—Hace años.
— ¿Por qué?
—Porque quise.
—En ti me gusta.
— ¿En mí? —dijo él con aire despectivo, mientras sus ojos abandonaron por un segundo la carretera—. Eso quiere decir que está bien que un hombre lleve un pendiente siempre que sea indio.
Aislinn se tragó la debida contestación. En su lugar, le habló con cariño.
—No, quiero decir que en ti lo encuentro muy atractivo.
La expresión severa de su rostro titubeó una décima de segundo antes de volver a concentrarse en la carretera de dos carriles que los llevaba a las cimas más altas de las Montañas Blancas.
—Yo también llevo pendientes, a lo mejor nos los podemos cambiar.
Su intento de humor cayó en saco roto; si él la oyó, no mostró evidencia. Aislinn pensó que no le iba a hacer ni caso, pero uno o dos minutos más tarde, Lucas se dirigió a ella.
—Sólo llevo este pendiente.
— ¿Tiene un significado especial?
—Lo hizo mi abuelo.
— ¿Joseph Greywolf era platero?
—Ese era sólo uno de sus talentos —contestó, con un tono defensivo en la voz, como un arma de doble filo—. ¿Te cuesta creer que un indio pueda tener varias habilidades?
De nuevo Aislinn se tragó una contestación. En aquella ocasión le fue más difícil controlarse. Pero lo logró. Comprendió que sólo estaba siendo desagradable por lo que había pasado por la mañana en la cama.
Había revelado a su mujer una debilidad, lo cual le parecía insostenible. Bajo su fachada implacable, Lucas Greywolf era un hombre extremadamente sensible, con las mismas necesidades y deseos de amor que cualquier ser humano. Sólo que no quería que se supiera.
Su hostilidad era un mecanismo de defensa. Se castigaba a sí mismo por ser un bastardo, por ser una carga para su madre adolescente, incluso por ser indio. Era tan duro consigo mismo que había cumplido condena por un crimen que no había cometido. Aislinn pensó que no se sentiría satisfecha hasta que le descubriera todas las heridas del alma y las curara con su amor.
—No me dijiste que tenías tierras. Ya sé, ya sé—añadió, levantando las manos—, no pregunté. ¿Voy a tener que preguntar siempre para sacarte información?
—Te contaré lo que crea que debes saber.
Se quedó boquiabierta ante tal vergonzosa muestra de machismo.
—Crees que a las mujeres hay que mostrarlas pero no oírlas, ¿no? —chilló—. Bueno, señor Greywolf, pues la señora Greywolf tiene intención de ser un igual en este matrimonio, y si no te gusta, entonces a lo mejor no deberías haber obligado a la señorita Andrews a casarse contigo.
Él apretó con fuerza el volante.
— ¿Qué quieres saber?
Algo más calmada, Aislinn se volvió a apoyar en el respaldo.
— ¿Heredaste la tierra de tu abuelo?
—Sí.
— ¿Estuvimos allí... antes?
— ¿Te refieres a la cabaña? Si, estaba justo al otro lado de esa montaña —contestó él, señalando con la barbilla.
— ¿Estaba?
—La quemé.
Aquello la dejó de piedra y no volvió a hablar durante unos minutos.
— ¿Cómo de grande es tu rancho?
—No somos ricos si es eso lo que preguntas.
—No es eso lo que te he preguntado en absoluto. Te he preguntado cuánto terreno tienes.
Lucas contestó y ella se quedó impresionada.
—Es todo lo que le quedó después de que lo timaran. Encontraron uranio en su propiedad, pero él no obtuvo ningún beneficio.
Para ahorrarse una acalorada discusión sobre la explotación de los indios, especialmente cuando ella estaba de su parte, preguntó:
— ¿Qué clase de rancho es, de ganado?
—Caballos.
—No lo entiendo, Lucas —dijo ella, tras evaluar un momento la respuesta—, ¿por qué tu abuelo murió empobrecido si tenía tanta tierra y caballos?
Aparentemente tocó un punto sensible. Lucas la miró de reojo, inquieto.
—Joseph era muy orgulloso. Pensaba que había que hacer las cosas siguiendo las tradiciones.
—En otras palabras —parafraseó ella—, no evolucionó a técnicas más modernas.
—Algo así —masculló el.
Le resultó atractivo que Lucas defendiera a su abuelo a pesar de que aparentemente no había estado de acuerdo con el en la manera de llevar el rancho.
El resto del camino transcurrió en silencio. Aislinn supo que se estaban aproximando a su destino cuando Lucas salió de la autopista y, tras cruzar una puerta, continuó por una carretera de tierra.
— ¿Llegaremos pronto? —preguntó.
Él asintió.
—No esperes demasiado —la advirtió.
Por lo que resultó, lo que vieron al llevar sorprendió más a Lucas que a Aislinn.
— ¿Qué demonios? —murmuró aquel cuando el camión subió la última colina.
Los ojos de Aislinn recorrieron el claro, tratando de captarlo todo de una vez. Entonces se reprendió por actuar como una niña y volvió a mirar más despacio para digerir todo lo que veía.
El complejo estaba situado entre dos colinas y formaba una herradura. A un lado de la zona abierta había un corral. Dos hombres a caballo guiaban una pequeña manada de caballos a través de la puerta del establo, obviamente viejo y desgastado, construido contra la ladera de la montaña.
En el otro lado del semicírculo había una caravana, con la pintura descascarillada y descolorida, que parecía a punto de caerse. Justo en el centro había una casa de estuco, cuyo color se mezclaba con la pared de roca que se elevaba tras ella.
Había también un bullir de actividad, con hombres gritándose unos a otros, el ruido de un martillo retumbando contra los muros de roca de alrededor... Desde un lugar indeterminado, Aislinn oyó el zumbido estridente de una sierra mecánica.
Lucas detuvo el camión y salió. Un hombre con atuendo de vaquero se separó del resto y, tras saludarlo con la mano, se acercó corriendo a él.
Era más bajo y con más tipo de indio que Lucas y tenía el andar patizambo de un hombre que pasa mucho tiempo montado a caballo.
—Johnny, ¿que diablos está pasando aquí? –dijo Lucas, en lugar de un correcto «hola».
—Te estamos terminando la casa.
—Iba a vivir en la caravana hasta que pudiera reunir dinero suficiente para terminar la casa.
—Bueno, ahora no tendrás que hacerlo –dijo Johnny, a quien le brillaban sus negros ojos de alegría—. Por cierto, hola, nos alegramos de tu vuelta. —Le dio la mano a Lucas, pero éste apenas se dio cuenta, pues seguía mirando atónito por encima del hombro de su amigo.
—No puedo pagar nada de esto.
—Ya lo has pagado.
— ¿Que demonios significa eso? ¿Sabe mi madre algo de esto?
—Si, pero juró guardar el secreto. Hemos estado trabajando en la casa desde que nos enteramos de la fecha de tu liberación. Intentábamos tenerla acabada antes de que llegaras; gracias por darnos esos días extra.
Johnny hablaba distraído, pero de repente miró con los ojos muy abiertos a la mujer rubia que salía del camión y se colocaba al lado de Lucas, con un bebé en brazos. El niño estaba cubierto con una manta ligera para protegerlo del sol.
—Hola.
Lucas se giró, dándose cuenta por primera vez de que Aislinn estaba allí.
—Ah, Johnny Deerinwater, ésta es mi, eh, mi mujer.
Johnny Deerinwater le ofreció la mano de manera muy amistosa y la saludó inclinándose el sombrero de cowboy.
—Encantado de conocerla. Alice nos contó que Lucas se había casado; el muy hijo de... su madre pensaba mantenernos el secreto a sus amigos, supongo.
—Mi madre debe de haberte llamado esta mañana.
—Sí, dijo que acababas de salir para acá. Como te decía, llevamos semanas trabajando en la casa, pero hemos tenido que mover los, eh, traseros al saber que traías una mujer y un niño. Hablando de eso, ¿por qué no los apartamos del sol?
Johnny la dejó pasar para ir a la casa. Aislinn era consciente de las miradas de los obreros, que seguían sus movimientos. Cuando se aventuró a sonreír a varios de ellos, estos le devolvieron la sonrisa con diversos grados de timidez y sospecha.
—Desde que Joseph murió —explicó Johnny a Lucas mientras la seguían— todos hemos arrimado el hombro para alimentar a los caballos, pero eso no es todo. Estaban desperdigados por todas partes; llevamos semanas rondándolos pero aún no hemos dado con todos.
—Ya los encontraré yo.
Aislinn entró en el porche bajo y ancho de la casa y, como no sabía qué hacer, atravesó la puerta principal. El olor a pintura y madera era muy fuerte pero no desagradable. Se giró para ver las paredes blancas, que daban amplitud a la casa.
Había ventanas en todas ellas, vigas vistas en los techos y suelos de piedra que daban una unidad a las habitaciones, en la sala principal había una enorme chimenea y Aislinn se imaginó un fuego encendido, alegre y chisporroteante, en una tarde fría de invierno.
Miró a Lucas maravillada, pero él parecía tan sorprendido como ella.
—Cuando me fui aquí no había nada más que paredes desnudas. ¿Quién es el responsable, Johnny?
—Bueno, Alice y yo empezamos a hablar un día frente a una taza de café —explicó, mientras se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo—. Decidimos solicitar algunas de tus deudas a gente que te debía por tus servicios legales. En lugar de recolectar dinero, recolectamos favores. Por ejemplo, Walter Kincaid hizo el trabajo del suelo; Pete Deleon, la fontanería.
Continuó con una lista de nombres, enumerando a lo que había contribuido en la casa cada uno de los deudores de Lucas.
—Algunos de los accesorios y los electrodomésticos son de segunda mano, señora Greywolf –se disculpó—, pero los hemos limpiado y están como nuevos.
—Todo parece maravilloso —dijo Aislinn, y miró a una preciosa alfombra navajo de lana que la abuela de alguno había tejido a mano—. Gracias por todo, y por favor tutéame.
El asintió sonriente.
—El único mobiliario que hemos podido reunir ha sido un juego de comedor para la cocina. Esta mañana hemos estado ocupados buscando una...eh..., cama —dijo, y sus mejillas oscuras se sonrojaron de vergüenza.
—Yo tengo algunos muebles que podemos trasladar —dijo enseguida Aislinn, para calmar la timidez de Johnny.
Lucas la miró fríamente, pero no dijo nada, lo cual ella agradeció. Aunque el suyo no fuera un matrimonio convencional, no quería que la gente se diera cuenta.
—Linda, mi mujer, vendrá mas tarde a traer comida.
—Estaré encantada de conocerla.
Un camión resonó y paró en el exterior. Johnny fue a la puerta y miró.
—Aquí están los accesorios que habíamos encargado.
—No puedo pagar nada de esto —repitió obstinadamente Lucas.
—Tienes un buen crédito.
Johnny sonrió a Aislinn y salió, casi saltando del porche, dando órdenes.
—Será mejor que me enseñes dónde esta el dormitorio —se lanzó Aislinn—, para que pueda acostar a Tony.
—Ni yo mismo estoy seguro —contestó él, enojado—. Esto no era más que una estructura cuando me marché.
— ¿Dónde vivías? —preguntó ella, mientras lo seguía por el pasillo—. ¿En la caravana?
—Sí. Llevo varios años construyendo esta casa, dando un pequeño paso cada vez que reunía algo de dinero.
—Me gusta —dijo ella.
Y entró en la habitación que obviamente era el dormitorio principal. Éste tenía una ventana ancha con vistas a las montañas.
—No hace falta que lo digas.
—Lo digo en serio.
—Comparado con el lujoso apartamento en el que vivías, es una pocilga.
— ¡Claro que no! La decoraré y...
—Puedes olvidarte de traer aquí tus muebles –le advirtió, apuntando con el dedo índice.
— ¿Por qué? —preguntó ella, quitándose el dedo de delante—. ¿Porque eres demasiado orgulloso para usar algo de tu mujer? ¿No permutaban los indios con sus futuros suegros a sus esposas?
—Sólo en las películas de John Wayne.
—Considera esto mi dote, la cual, te guste o no admitirlo, era motivo de orgullo para las mujeres.
—Yo puedo mantener a mi familia.
—No lo dudo, Lucas, nunca lo he hecho.
—Compraré muebles en cuanto venda algunos caballos.
—Y mientras, ¿tendrás a tu hijo durmiendo en el suelo?
Al mencionar a Tony, Lucas lo miró, Aislinn lo había tumbado en la cama nada más entrar. Estaba despierto y miraba a su alrededor con curiosidad, como si notara que estaba en un ambiente nuevo.
Lucas se inclinó sobre el y le acarició la cara con el dedo índice, Tony abrió un puño y agarró el dedo de su padre, que se metió instintivamente en la boca. Lucas se rió.
—Ya ves, Lucas —susurró Aislinn—; lo quieras aceptar o no, hay gente que te quiere.
Lucas le ofreció la más fría de las miradas antes de darse la vuelta y salir a toda prisa de la habitación.