Todo por Honor
Tras un tiempo considerable en el que no se apartaron la mirada, Lucas se retiró y volvió a su silla. Su bello rostro estaba sombrío.
—Joseph Greywolf era un hombre orgulloso. Se aferró obstinadamente a la tradición, a menudo en su propio detrimento. Mi estancia en prisión lo apesadumbraba más que a mí. No podía soportar que el nieto de un jefe tuviera que vivir encerrado.
— ¿Era un jefe?
Greywolf asintió.
—Maldito bien que le hizo —dijo—. Murió pobre, desilusionado, derrotado, como tantos de mi raza,
El cuidador examinó detalladamente el dossier que tenía delante.
—Aquí dice que era terrateniente.
—Pero le estafaron tres cuartas partes de su tierra. Se rindió. Dejó de pelear. Antes de estar demasiado enfermo, se vio reducido a representar danzas ceremoniales indias para los turistas. Las ceremonias religiosas que en un tiempo habían sido ritos solemnes para el se habían convertido en espectáculos para otros.
De repente se levantó de un salto de la silla.
Dixon también saltó y puso la mano en el botón de alarma bajo su mesa. Pero cuando vio que el prisionero no suponía una amenaza, la volvió a poner sobre la mesa. Centró toda su atención en Greywolf, que caminaba a zancadas enfadado, con todo el cuerpo tenso.
—El abuelo había puestos sus últimas esperanzas en mí. Perdonó mi sangre blanca y me quiso a pesar de ella. Me crió más como a un hijo que como a un nieto. La idea de que yo estuviera en la cárcel se le hacia insoportable. Tenía que verme fuera, tenía que saber que lo había logrado, antes de poder morir en paz. Por eso tuve que hacerlo.
Miró cara a cara a Dixon, que pensó que si aquel hombre no podía influir en los jurados, nadie podría. Su presencia física era dinámica, elocuente. Era un hombre de convicciones y de pasión.
Pensó que era una pérdida que no se le permitiera practicar la abogacía.
—No quería escapar, alcaide Dixon, no soy estúpido. Pedí un permiso de dos días para ver a mi abuelo. Dos malditos días. Me lo denegaron.
—Va contra las normas —contrarrestó el guardián.
—Al infierno con las normas. Es una norma estúpida. ¿No os dais cuenta los que lleváis esto de la rehabilitación que sería conceder algunos favores a los reclusos, devolverles algo de dignidad?
Estaba inclinado sobre la mesa, en gesto amenazante.
—Siéntese, señor Greywolf.
Dixon habló con la firmeza justa para que el prisionero supiera que estaba sobrepasando los límites.
Tras un tiempo considerable en el que no se apartaron la mirada, Lucas se retiró y volvió a su silla. Su bello rostro estaba sombrío.
—Usted es abogado —dijo el alcaide—. Supongo que se da cuenta de lo fácilmente que ha salido de esta.
Se puso unas gafas de leer con el borde plateado examinó el informe que había sobre su mesa.
—Había una joven, la señorita Aislinn Andrews.
Miró a Lucas por encima del borde de las gafas.
La inflexión al final de su afirmación indicaba que en realidad era una pregunta. Éste no dijo nada, simplemente miró también fijamente al alcaide con ojos implacables que no revelaban nada de lo que pensaba. Dixon volvió al informe.
—Es curioso que no haya presentado cargos contra usted.
Lucas mantuvo su silencio, aunque un músculo de su mejilla saltó. Finalmente el alcaide cerró la carpeta y se quitó las gafas.
—Puede volver a su celda habitual, señor Greywolf. Esto es todo por ahora.
Lucas se puso de pie y anduvo hacia la puerta.
Cuando ya había girado el picaporte el alcaide lo detuvo.
—Señor Greywolf. ¿Fue usted responsable directo del asalto a aquellos policías en los disturbios?, ¿ordenó la destrucción de aquellas oficinas del Gobierno?
—Yo organice la protesta. Tanto el juez como el jurado me encontraron culpable —dijo sucintamente antes de abrir la puerta y salir.
El alcaide Dixon se quedó mirando la puerta durante un buen rato después de que Lucas la hubiera cerrado. Sabía cuando mentía un hombre culpable. Pero también sentía cuando un hombre era inocente. Volvió a consultar el archivo de Lucas
Greywolf y tomó una decisión. Entonces descolgó el teléfono.
Él corazón de Lucas palpitaba con gran fuerza mientas lo escoltaban de vuelta a su celda, aunque por fuera no daba muestras de su tormento interior.
Había esperado que le dijeran que lo habían acusado de fuga, allanamiento, asalto, secuestro y un montón de delitos estatales y federales más.
Había temido la terrible experiencia de otro juicio, un juicio que avergonzara aún más a su madre.
Saber que su fuga le había costado solo seis meses más de cárcel había sido una sorpresa tremenda. Estaría ocupado todo aquel tiempo. De momento la pequeña mesa de su celda debía de estar ya con pilas de cartas de gente que buscaba asesoramiento legal. No podía cobrarles, pues no podía volver a practicar oficialmente. Pero podía proporcionar asesoramiento legal gratuito.
Entre los indios el nombre de Lucas Greywolf representaba un rayo de esperanza y no iba a dar la espalda a nadie que pidiera su ayuda.
Pero no comprendía por que Aislinn Andrews no había presentado cargos.
Estaba seguro de que las autoridades federales habrían intentado construir un caso contra él. Pero sin su testimonio no podían probar más que su fuga; no comprendía porque no había cooperado con ellos.
Lucas odiaba estar en deuda con alguien, pero le debía a Aislinn toda su gratitud.
Aislinn cruzó la puerta de su dormitorio y la cerró. El timbre sonó por segunda vez. Corrió por el pasillo para contestar, mientras se sujetaba la coleta. Revisó su aspecto en el espejo del vestíbulo y vio que estaba medianamente decente. Su rostro estaba expectante y con una media sonrisa cuando abrió la puerta.
La sonrisa nunca llegó a culminar. De hecho se congeló al ver quien era. Los ojos se le quedaron como platos y tuvo que sujetarse en la puerta. Por un momento creyó que se iba a desmayar.
— ¿Qué estás haciendo aquí?
— ¿Te he vuelto a asustar?
— ¿Estás fuera?
—Sí
— ¿Cuándo?
—Hoy. Esta vez me han soltado. He salido siendo un hombre libre.
—Felicidades.
—Gracias.
La conversación fue ridícula, pero para alguien que acaba de llevarse el shock de su vida Aislinn pensó que lo había hecho bastante bien. No se había desmayado al ver a Lucas. Mantenía el equilibrio gracias a la puerta, aunque tenía las manos tan resbaladizas de sudor que podía deslizarse por la superficie lisa de aquella en cualquier momento. Tenía la boca seca, pero no había perdido del todo el habla .Si el mundo se hubiera dado la vuelta de repente no la habría asombrado tanto. Tomando aquello en cuenta, su comportamiento fue encomiable.
— ¿Puedo pasar?
—No...no creo que sea muy buena idea.
Lucas se quedó mirando las botas durante un rato y entonces levantó sus inolvidables ojos grises para mirar los de ella.
—Es importante o no te habría molestado.
—Yo...
—No estaré más de un minuto. Por favor.
Ella miró a todos lados salvo al rostro del indio, consciente de que este sería capaz de terminar con la determinación del Peñón de Gibraltar de permanecer en su sitio. Había cierta humildad en su tono, aunque envuelta en generaciones de determinación india.
Por fin asintió brevemente y se echó aun lado. Él entró y ella cerró la puerta .El vestíbulo pareció encoger alrededor de ellos. No llevaban ni diez segundos bajo el mismo techo y a Aislinn ya le costaba respirar.
— ¿Quieres algo de beber? —preguntó la anfitriona, deseando que le dijera que no.
—Sí, por favor. Esta es mi primera parada.
Casi se tropezó de camino a la cocina, mientras se preguntaba por qué estaba allí, por qué había hecho de su casa la primera parada. Le temblaban las manos al abrir el armario para sacar un vaso.
— ¿Un refresco? –preguntó.
—Vale.
Sacó una lata de la nevera y, al abrirla, el contenido salió a borbotones sobre su mano. Tiró de un paño y limpió torpemente la mancha pegajosa de la mano y de la encimera. Estaba muy patosa cuando abrió el congelador para sacar hielos. Sólo cuando ya hubo servido el refresco se dio la vuelta.
De manera desconcertante, sus ojos toparon con el pecho de el. La sorprendió encontrarlo aún de pie.
—Lo siento, siéntate, por favor —dijo, señalando la mesa con la barbilla.
Lucas sacó una silla y se sentó, y aceptó la bebida con un seco «gracias». La mirada del recién llegado recorrió toda la cocina, deteniéndose en la fila de cuchillos, para moverse lentamente hacia ella.
—No habría usado el cuchillo sobre ti.
—Lo sé —dijo ella y, antes de que dejaran de responderle las rodillas, se hundió en la silla que había al otro lado de la mesa—. Quiero decir que lo sé ahora. Entonces estaba muerta de miedo.
—Demostraste una valentía memorable.
— ¿En serio?
—Eso pensé yo. Claro que eras mi primer rehén.
—Y tú mi primer secuestrador.
Deberían haber sonreído. Pero no lo hicieron.
— ¿Te ha vuelto a crecer el pelo?
— ¿Qué?
—El pelo. ¿Recuerdas el mechón que te corté?
—Ah, sí —dijo ella de forma distraída, e inconscientemente se llevó una mano al pelo. Está escondido en alguna parte. Ya apenas se nota.
—Bien.
Lucas dio un trago al refresco. Ella juntó las manos y las colocó entre las piernas, con los brazos rectos.
La tensión que le oprimía el pecho le parecía muy similar a como imaginaba un ataque al corazón. Temió morir de asfixia. Por momentos, se preguntaba si sería capaz de resistir la ansiedad durante más tiempo sin perder el control. Pero el silencio era aún más insoportable que la forzada conversación, así que le preguntó:
— ¿Has ido ya a casa, a ver a tu madre?
Él negó con la cabeza.
—Hablaba en serio cuando dije que esta era mi primera parada.
Aislinn no podía creer que aún no hubiera visto a la madre antes de ir a su casa; estaba al borde del pánico.
— ¿Cómo has llegado hasta aquí?
—Madre y Gene vinieron a verme la semana pasada, y Gene me dejó allí mi camión.
—Oh —dijo, mientras se pasaba las manos por los muslos, quitándose el sudor de los vaqueros.
— ¿Por qué has venido?
—Para darte las gracias.
Sobresaltada, lo miró directamente. La mirada fija de él le provocó un vuelco en el estómago.
— ¿Darme las gracias?
— ¿Por qué no presentaste cargos contra mi?
Aislinn soltó de golpe todo el aire acumulado. Si aquello era todo cuanto quería saber, pensó que podría vivir con ello.
—El sheriff y los policías que fueron a recogerte no sabían nada sobre mí —le explicó, narrándole todos los acontecimientos que habían seguido a su captura—. Ya te habían llevado antes de que nadie te viera bajar siquiera la montaña.
Las miradas de ambos se encontraron fugazmente, mientras cada uno recordaba lo que había tenido lugar en la cima de la montaña. Enseguida ella empezó a hablar otra vez.
—Me preguntaron quién era y que estaba haciendo allí contigo. —Se sonrojó al recordar lo mal que se había sentido preguntándose si aquellos hombres que la interrogaban podrían adivinar que acababa de hacer el amor. Su pelo estaba todo enredado. Sus labios aún estaban hinchados por los ardientes besos. Sus senos todavía palpitaban. Sus muslos...
— ¿Qué les dijiste?
—Les mentí. Les conté que te había conocido en la carretera y te había llevado. Negué saber que fueras un fugitivo y dije que había aceptado llevarte a casa de tu abuelo gravemente enfermo porque me habías dado pena.
— ¿Te creyeron?
—Supongo.
—Podían haberte implicado.
—Pero no lo hicieron.
—Podías haberme acusado de múltiples crímenes, Aislinn.
El sonido del nombre los sobresaltó a los dos. Se miraron a los ojos, que se quedaron fijos manteniendo la mirada antes de bajarlos.
— ¿Por qué no les contaste la verdad?
— ¿De qué habría servido? —dijo, mientras se levantaba de la silla y caminaba inquieta por la cocina—. Yo estaba a salvo. Tú, de todas maneras ibas a volver a prisión.
—Pero habías resultado... herida. —El eufemismo no engañó a ninguno de los dos.
Ambos se dieron cuenta de que si hubiera querido acusarlo de violación podía haberlo hecho y probablemente lo habrían condenado. Habría sido su palabra contra la de ella y ambos sabían que nadie lo creería a él.
—El arañazo del brazo era superficial. Además no fue culpa tuya —dijo Aislinn, aunque ambos sabían que no era al brazo a lo que se refería, pero consideraron más prudente fingir que así era—. Creo que estuvo mal que no te dejaran ir a ver a tu abuelo. Desde mi punto de vista tu fuga estaba justificada. No hubo ningún mal en ello, ningún daño serio.
— ¿Nadie te echó de menos?
Le costó todo su orgullo contestar, pero le dijo la verdad.
—No.
Había regresado a su casa en cuanto la soltaron los agentes. No había ningún medio en el cañón donde lo habían arrestado, así que nadie cabía que se había visto envuelta,
— ¿Y qué hay de la gente de tu negocio?
— ¿Qué gente?
—Me dijiste que te echarían en falta.
—Por supuesto que te lo dije.
—Oh —dijo él, mientras agitaba la cabeza con desilusión—, no había nadie.
—No entonces. Pero ahora tengo dos empleados.
—No te preocupes —sonrió Lucas—. No pretendo ponerte un cuchillo esta vez.
Aislinn le devolvió la sonrisa, asombrándose al observar lo guapo que era. Ahora que el impacto de verlo había disminuido, fue capaz de mirarlo de verdad por primera vez. Tenía el pelo un poco mas corto por delante, pero por detrás seguía a la altura de los hombros. La palidez de la cárcel no había suavizado el tono bronceado de su piel. Si hubiera preguntado la razón, él le podría haber explicado que corría todos los días por el patio y que lo rodeaba varias veces hasta cumplir su cuota de kilómetros, lo cual también era importante para su espléndida condición física.
El pendiente de plata aún le colgaba del lóbulo derecho. La cruz aún descansaba sobre el suave vello negro del pecho que Aislinn veía por el cuello abierto de la camisa. Pensó que su madre y Gene debían de haberle llevado ropa limpia para su puesta en libertad, pues tanto la camisa como los vaqueros parecían nuevos. Solo las botas de cowboy y el cinturón de turquesas que le rodeaba la esbelta cintura le resultaban conocidos.
—Bueno —dijo Lucas al fin, poniéndose de pie—Te prometí que no estaría mucho tiempo. Sólo quería agradecerte que no me hicieras las cosas aún más difíciles.
—No tenías que molestarte.
—Empecé a escribir, pero quería darte las gracias en persona.
Aislinn pensó que habría sido mucho mejor para sus nervios que se hubiera conformado con enviarle una tarjeta de agradecimiento.
—Me alegro de que estés fuera —le dijo.
—No me gusta deberle nada a nadie, pero...
—No me debes nada. Hice lo que creía correcto. Igual que tú.
—Gracias de todas formas.
—De nada —dijo ella, esperando que con aquello finalizaría todo.
Lo acompañó por el salón hasta la puerta.
Lucas había temido aquel encuentro, pues no estaba seguro de cómo reaccionaría ella al verlo.
Podía haber salido corriendo aterrorizada en el segundo en que le había abierto la puerta, y con razón. La noche que había entrado en su casa en busca de comida y descanso por unas horas había estado desesperado, y los hombres desesperados hacían cosas que no harían habitualmente. Como llevarse de rehén a una mujer anglo que no tenía culpa de nada. Aún le resultaba incomprensible que no lo hubiera hecho pagar por aquello.
Pero ahora que había cumplido su misión y le había dado las gracias le costaba marcharse. Lo cual le parecía extraño. Había pensado que en cuanto le hubiera dicho lo que le tenía que decir habría estado más que preparado para dejar a Aislinn Andrews de una vez por todas y cerrar aquella página de su vida. Odiaba admitir, incluso ante sí mismo, que en la cárcel había pensado en ella. Habían transcurrido varios meses desde aquella mañana en la cima de la montaña, en que ella se había entregado a él, y aún le costaba creer que hubiera sucedido. Antes de su fuga, había sentido deseos por una mujer. Cualquiera y todas a la vez. Pero tras su escapada, su deseo tenía un rostro, un nombre, un tono de voz, un aroma. Todos ellos pertenecían a Aislinn. Muchas veces, tumbado en la estrecha cama de su celda, se había convencido de que no era real, de que se lo había imaginado todo.
Pero su cuerpo le decía otra cosa. Especialmente en aquel momento, en que examinaba lo acogedoramente ceñidos que le quedaban los pantalones informales sobre el trasero y los muslos.
Era más baja de lo que recordaba, pero también podía ser porque estaba descalza. Llevaba una camisa muy desfasada; era vieja y algo pequeña para ella. Admitió que, mientras bebía el refresco, había estado pensando en lamerle los senos. No había podido evitar darse cuenta de lo ampliamente que rellenaban la camisa.
Mientras Aislinn lo guiaba hacia la puerta, se quedó hipnotizado por la oscilación de su juvenil coleta. Se preguntó entonces si su cabello era tan sedoso como él recordaba. Se preguntó si aquella mata de pelo rubio, símbolo de su ascendencia anglosajona, de verdad había conocido sus manos indias de tunante. Si sus labios, que en aquel momento le mostraban una sonrisa insípida y vacía, recordaban las duras caricias de su lengua dentro de ellos. Él si lo hacía.
—Te deseo mucha suerte, Lucas. Espero que todo te vaya bien —se despidió Aislinn, alargándole la mano.
—Gracias.
Él le dio la suya y sus miradas se cruzaron, manteniéndose fijas.
Entonces se oyó algo.
Venía de la parte de atrás de la casa y estaba tan fuera de contexto que al principio Lucas pensó que sus oídos le estaban jugando una mala pasada. Pero entonces lo volvió a escuchar. Miró en la dirección del sonido, con el ceño fruncido por la total confusión.
—Suena como un...
Aislinn retiró la mano. Sorprendido, él volvió la cabeza. En el momento en que le vio la cara, supo que sus oídos no lo habían engañado. Estaba tan pálida como un fantasma y con tanta culpa como un pecado. Se quedó totalmente quieto. La miró fijamente a los ojos con una mirada tan cortante que parecía que la iba a despellejar.
— ¿Qué ha sido eso?
—Nada.
Puso a la mujer a un lado y cruzó a grandes zancadas la moderna sala de estar.
— ¿Adónde vas? —gritó ella, que salió tras él.
—Adivina.
— ¡No! —le ordenó, y le agarró la camisa, sujetándola con la tenacidad de un bulldog —. No puedes simplemente entrar aquí tan campante y...
Él se giró, soltándose.
—Ya lo he hecho antes.
—No puedes.
—Claro que puedo. Mírame.
Estaba resuelto a encontrar la fuente de aquel sonido. Aislinn lo siguió sollozando, intentando atraparlo, pero fue inútil, pues él le daba manotazos como a una mosca molesta.
Miró en el dormitorio. Era tal y como lo recordaba, femenino y muy ordenado. Pasó de largo y llegó a una puerta cerrada al final del pasillo. Sin dudarlo, ni por supuesto pedir permiso, giró el picaporte y la abrió.
Entonces incluso él, el hombre con corazón y sangre de guerrero apache, se quedó helado.
Tres de las paredes del cuarto estaban pintadas de amarillo claro y la otra tenía un papel con patos. En una esquina había una mecedora con gruesos cojines, y también un arcón de cajones forrado con una almohadilla acolchada, y cubierto con botes de algodón y pomadas. Las cortinas blancas estaban cerradas contra el sol de mediodía, pero dejaban pasar la suficiente luz como para que se viera la silueta de una cuna frente a la ventana.
Lucas cerró los ojos, deseando que no fuera más que un extraño sueño del que despertaría y se reiría. Pero al volverlos a abrir todo seguía igual, especialmente el inconfundible sonido.
Anduvo sigiloso, ilógicamente haciendo el menor ruido posible, hasta alcanzar la cuna. Tenía los bordes acolchados, y un oso de peluche le sonreía desde la esquina. La sábana era también amarilla, a juego con la habitación, igual que la manta aterciopelada.
Y bajo la manta, retorciéndose, berreando, sacudiendo sus diminutos puños con rabia, había un bebé.