Todo por Honor
Lucas giró los ojos hacia ella, que se dio prisa por continuar antes de que pudiera decir nada.
—No haría falta mucha reforma; el fregadero ya está, en la zona de la cocina. Yo haría la mayor parte del trabajo, Piensa en lo práctico que sería tomar fotos de Tony y revelarlas enseguida, tantas copias como queramos. Y también podría hacer ampliaciones y...
—No soy tonto, Aislinn.
Era la primera vez en muchos días que se dirigía a ella por su nombre y los dos se dieron cuenta. Antes de dar tiempo a reflexionar sobre ello, Lucas continuó.
—Convertir esa caravana en un cuarto oscuro apenas merece el esfuerzo sólo para tener antes las fotos de Tony. ¿Que más tienes en mente?
—Quiero trabajar, Lucas; llevar la casa no me mantiene ocupada el tiempo suficiente.
—Tienes un niño.
—Uno muy bueno, al que adoro y me encanta cuidarlo y jugar con él. Pero no requiere cada segundo de mi vida; necesito hacer algo.
—Así que quieres hacer fotos.
—Sí.
— ¿De qué?
Ahora venía lo más complicado, el obstáculo más alto, el que más temía.
—De la reserva y la gente que vive en ella.
—No.
—Escucha, por favor. Antes de verlo por mí misma, no tenía ni idea de...
—La pobreza —continuó él con dureza.
—Sí, y la...
—Miseria.
—Si, también, pero...
—El predominio de alcoholismo, la desesperación, el sentimiento de absoluta falta de esperanza continuó él, que se había levantado y caminaba por delante del sofá.
—Supongo que es eso —dijo ella con voz amable—. La falta de esperanza. Pero quizá si capto eso en película y se llega a publicar mi trabajo...
—No ayudaría —la cortó él.
—Tampoco haría daño —saltó ella, enojada por que hubiera rechazado su idea sin ni siquiera escucharla—. Quiero hacerlo, Lucas.
— ¿Y mancharte tus manos blancas?
— ¡Tú también eres blanco!
—Yo no pedí serlo —gritó él.
—Todos los demás somos monstruos, ¿es eso? ¿Por qué será que nunca pones en ridículo él trabajo de Gene en la reserva?
—Porque el no es un liberal fardón defensor de pleitos pobres haciéndonos un gran favor.
— ¿Y crees que yo lo soy?
— ¿No crees que tu caridad sería un tanto hipócrita?
— ¿Cómo?
—Viviendo así —dijo, incluyendo en el gesto de sus brazos toda la casa, mucho más bonita y confortable con todas las contribuciones de Aislinn—. Siempre he despreciado a los indios que se aprovechaban de otros indios. Su piel es morena pero lo olvidan y viven como anglos. Y ahora me has convertido en uno de ellos.
—Eso no es verdad, Lucas. Nadie te tomaría nunca por lo que no eres— dijo, agarrándolo del brazo para ponerlo frente a ella—. Trabajas muy duro para ser indio. Salvo pintarte la cara e ir con plumas de guerra, haces lo posible para que todo el mundo sepa que eres un guerrero indio grande y malo hasta la médula a pesar de tu sangre anglo. O quizá por eso. —Se detuvo para tomar aire, pero continuó— Tú me has enseñado lo equivocada que estaba. Hasta ahora pensaba que los guerreros tenían corazón y alma y compasión tanto como valentía y osadía. Eso que tú nunca tendrás, Lucas Greywolf. No sientes compasión porque para ti es un signo de debilidad. Bueno, pues yo creo que la cabezonería es más debilidad que la ternura, aunque dudo que sepas lo que eso significa.
—Yo puedo sentir ternura —se defendió el.
— ¿Ah, sí? Bueno, yo soy tu mujer y nunca he visto el menor rastro.
Aterrizó sobre él antes siquiera de darse cuenta de que Lucas se había movido y la había acercado a él. Éste le rodeó la cintura con un brazo mientras con la otra mano le acariciaba la cara. La inclinó hasta que la otra mejilla de Aislinn casi tocó su hombro.
Entonces él bajó la cabeza y le colocó un beso suave en los labios. Movió la boca y ella separó los labios. La intromisión de la lengua en su boca fue tan amable y dulce, tan deliciosamente sexy, que se estremeció. Donde antes los besos habían estado caracterizados por la violencia, aquel fue exquisitamente tierno.
El beso se alargó y se convirtió en un rotundo acto de amor. Lucas usó la lengua para acariciarle el cielo del paladar. La exploró y la engatusó hasta que ella empezó a agarrarle la camisa con los puños.
Cuando por fin Lucas levantó los labios, fue para enterrar la cabeza en el hueco fragante entre el hombro y el cuello de su mujer.
—No te deseo —gruñó—. No lo hago.
Ella se frotó contra él, para verificar que sus partes bajas inequívocamente negaban sus palabras.
—Claro que sí, Lucas, claro que sí.
Le metió los dedos por el pelo y le levantó la cabeza. Con un dedo le recorrió una ceja, luego el pómulo, para acabar en su nariz. Le perfiló los labios.
—Nunca podrías traicionar a tu gente, Lucas.
El roce de la yema de sus dedos sobre los labios lo debilitó. El aroma de su cuerpo le embriagó y le hizo olvidar el hedor de desesperación que impregnaba ciertas zonas de la reserva. La visión de niños harapientos dio paso al deseo que veía en sus ojos azules adormilados. Ya no pudo saborear el resentimiento que lo mantenía fuerte y decidido; todo cuanto podía saborear era Aislinn, y sus labios con sabor a miel.
Ella era el más peligroso de los enemigos porque su munición era su encanto; su dulzura lo seducía. Lo que empezó a sentir en su interior en aquel momento lo aterrorizó, así que usó el arma que tenía más a mano, y también la más dolorosa, el desprecio.
—Ya soy un traidor, tengo una esposa anglo.
Aislinn retrocedió como si la hubiera golpeado. Se separó de él, con los ojos llenos de dolor.
Para evitar que le viera las lágrimas, se dio la vuelta y corrió al dormitorio, dando un portazo,
Cuando Lucas entró casi una hora después, ella fingió estar dormida. Ya no tenían a Tony como barrera, pero la hostilidad entre ellos, tan robusta como un muro de ladrillo, los seguía manteniendo separados.
El antagonismo continuó bullendo entre ellos. El día que el doctor Gene Dexter se casó con Alice Greywolf, Aislinn hizo lo posible por poner buena cara, por fingir que su relación con Lucas rebosaba felicidad. La decoración para la boda no era nada exagerada, pero le daba un toque distinto de fiesta a la casa. Todos los invitados se lo pasaron en grande. A Aislinn la habían enseñado a hacer buenas fiestas; era una anfitriona atenta y alegre y aparentaba estar divirtiéndose pero la novia no se dejó engañar.
—No puedo creer que por fin seas mi mujer.
Gene y Alice habían viajado hasta Santa Fe para su luna de miel y ahora, mientras la sujetaba con ternura y le acariciaba su cabello negro y liso, el doctor no podía creer que sus sueños por fin se hubieran hecho realidad.
—La iglesia estaba muy bonita, ¿verdad? –le preguntó ella.
—Tú estabas muy bonita. Claro que siempre lo estás.
—Aislinn ha puesto mucho empeño en el banquete; yo no pensé que fuera tan fastuoso.
—Es una chica adorable —murmuró Gene, ausente, mientras le besaba la mejilla aterciopelada.
—Tony parecía inquieto.
—Aislinn me ha dicho que últimamente llora más de lo normal. Le he recomendado que me lo traiga a la clínica cuando volvamos.
—No son felices, Gene.
—No sabía que nos habíamos traído a Lucas y Aislinn a nuestra luna de miel —suspiró él.
—Oh, Gene —dijo Alice, abrazándolo con fuerza y apoyando la mejilla en su pecho. Gene se había quitado la chaqueta en cuanto el botones había dejado la habitación, pero los dos llevaban aún mucha ropa.
—Perdóname, lo siento. Se que no debería preocuparme por ellos, pero no puedo desconectar tan fácilmente. Aislinn parece estar en la cuerda floja y Lucas parece...
—Un barril de dinamita a punto de estallar. Está más agresivo que nunca; nunca lo he visto tan inquieto y enfadado —dijo, y se rió. Personalmente creo que es una buena señal.
— ¿Qué?
Él le recorrió una mandíbula con el dedo.
—Si ella no lo perturbara tanto, no estaría tan susceptible y a la defensiva. Creo que la chica le está llegando de una forma que nadie más ha hecho. Eso asusta como nada a Lucas Greywolf que no le tiene miedo a nada.
— ¿Crees que Aislinn lo ama?
—Sí, sin duda. He estado investigando sobre su padre. Willard Andrews esta en prácticamente todas las juntas y presidencias de Scottsdale. Una mujer con sus medios, con un padre en esa posición en la comunidad, podía haber peleado con un indio solo y ganar sin mover un dedo. No me importa con que la amenazara, no le hacía falta casarse con tu hijo. Sí, creo que lo ama.
— ¿Y Lucas, la ama?
Gene frunció el ceño, mientras recordó el banquete celebrado en su honor y en el de Alice.
Cada vez que había mirado a Lucas, éste había estado mirando a Aislinn. Y no de manera casual, sino observándola con total concentración, haciendo caso omiso de lo que ocurría a su alrededor.
Ahora que pensaba en ello, Gene recordó a Aislinn llevando un barreño de ponche a la mesa del bufé del salón. Había visto a Lucas correr para ayudarla y detenerse antes de hacerlo, como si de repente hubiera cambiado de opinión.
Y en el momento de las despedidas, Gene habría apostado que la mente de Lucas no estaba con su madre y el nuevo marido de esta. El joven parecía cautivado por su mujer. Tenía todo el cuerpo tenso, como si se estuviera reprimiendo físicamente de tocarla mientras ella saludaba, se reía y gritaba buenos deseos, con su pelo rubio ondeando contra el hombro de Lucas.
—En mi opinión profesional, tiene un principio de locura de amor. Es posible que aún no sepa que la ama, o, si lo sabe, no quiere admitirlo, y menos ante sí mismo.
—Quiero que sean felices.
—Yo quiero que nosotros seamos felices. ¿Sabes que me haría completamente feliz ahora mismo?
Le inclinó la cabeza hacia atrás y la besó, primero con ternura y luego con creciente pasión.
Sus brazos le rodearon la cintura y la acercaron a él.
—Alice, Alice —gimió—. He esperado esto tanto tiempo... No puedo recordar no haberte deseado, no haber muerto por Alice Greywolf.
—Alice Dexter —susurró ella tímidamente.
Él tomó aquello como su modo de decir que compartía con él el amor y el deseo. Alcanzó los botones traseros de su sencillo vestido de lino color salmón, sin volantes ni encajes, que habrían engullido a una mujer tan pequeña. Como adorno, no llevaba más que unos pendientes de oro, la cadena de oro que él le había regalado la Navidad anterior y la fina alianza también de oro que ahora se ceñía a su dedo.
Cuando le hubo desabrochado todos los botones, le abrió el vestido,
—Ya no soy joven, Gene —dijo ella con voz temblorosa—. Ya soy abuela.
Él sólo sonrió y le sacó el vestido por los hombros. El grito ahogado y el escalofrío que le recorrió el cuerpo fueron muestras de que le gustaba lo que veía. Alice era pequeña esbelta, perfecta. Su lencería color crudo era seductora sin ser abiertamente sexy, muy apropiada para la mujer que la llevaba. Era tímida pero con una sensualidad latente que esperaba ser despertada.
Gene adoraba a su reciente esposa,
La abrazó con cariño y la besó hasta acabar con su timidez, y entonces le quitó el resto de la ropa.
La levantó en brazos y la tumbó en la cama. Ella mantuvo los ojos cerrados mientras él se desvestía.
Entonces se acercó a ella, la abrazó y le apretó el cuerpo contra el suyo mientras con puro éxtasis, dulce y espeso como la miel, le recorría el cuerpo. Ella estaba temblando.
—Alice —susurró—, no tengas miedo. Mientras tú quieras yo me contento sólo con abrazarte. Sé que estás asustada y sé por qué, pero te juro por Dios que nunca haría nada que te hiciera daño.
—Ya lo se, Gene, lo sé. Es solo que hace tanto tiempo y...
—Lo sé, no hace falta que digas más. No pasara nada hasta que tú quieras.
La abrazó de forma protectora, obligando a su propio cuerpo a controlarse. Sabía que debería tener infinita paciencia con aquella mujer a la que no quería perder.
Por fin ella se relajó y él se animó a acariciarla.
Tenía la piel suave como la seda y el cuerpo de una mujer veinte años más joven. Adoró sus senos, que aún estaban altos, redondos y firmes.
Cuando los tocó, ella gimió, pero con una mirada rápida a su rostro, Gene supo que había sido de placer y no de miedo. Los labios que le besaron las cimas oscuras de los senos fueron suaves como la lluvia en primavera.
La atrajo de aquella forma, alternando la excitación y la relajación hasta que supo que estaba preparada. Y entonces el amor fue dolorosamente dulce, exquisitamente tierno y al final salvajemente apasionado.
Más tarde, con ella entre sus brazos, suspiró en su oído,
—Si hubiera tenido que esperar otros veinte años, Alice Greywolf Dexter, habría merecido la pena.
—Y tú, Gene —dijo ella, y lo besó en él pecho. —Y tú, mi amor.
Lucas cerró con pestillo la puerta del establo.
Aunque fuera el día de la boda de su madre, el trabajo en el rancho nunca cesaba. En cuanto se hubieron marchado los invitados, se había cambiado de ropa y se había puesto el traje de faena. Estaba cansado, pues se había tenido que levantar pronto y conducir hasta la ciudad para la boda.
Al día siguiente iba a ir un comprador para mirar algunos caballos y se había pasado todo el día cepillándolos. Si lograba hacer un buen precio, a lo mejor conseguía dinero suficiente para contratar a alguien que lo ayudara.
Pensó que quizá su inhabilitación para la abogacía había sido lo mejor después de todo. Dudaba de que hubiera podido compaginar el llevar el rancho y una oficina al mismo tiempo. Le encantaba la tierra y los caballos porque habían pertenecido a su abuelo. Le gustaba trabajar al aire libre, y no le importaba hacer muchas horas. Pero echaba de menos la abogacía. Siempre había disfrutado de un buen litigio, Cuando hubo madurado lo suficiente como para caber que la camorra no resolvía nada, los juzgados le habían servido de arena. Él había sido un excelente gladiador. Echaba de menos las escaramuzas legales y la satisfacción de haber dado lo mejor de sí mismo, ganara o no el caso.
Se quitó la camisa y fue a la fuente que había en el centro de la finca. Se enjuagó la cabeza, el cuello, los hombros y el torso, quitándose la capa externa de suciedad y sudor.
Cada vez que pensaba en la amabilidad de amigos como Johnny Deerinwater, se le formaba un nudo en la garganta. Sin ellos no tendría su casa; le habría llevado años terminarla en su tiempo libre, por no hablar del dinero que le habría costado. Él y Aislinn...
Odiaba cuando su mente automáticamente los emparejaba. «Aislinn y yo, nosotros», Ni siquiera le gustaba pensar en ellos como unidad, aunque su cerebro no dejaba de hacerlo.
Echando chispas por el resbalón mental, rodeó la esquina la casa. Si se hubiera topado contra una pared, no habría parado tan en seco. Estaba a tan sólo unos metros de la ventana abierta de su habitación, y Aislinn acababa de pasar. La oyó tararear y vio su sombra en las paredes mientras se movía por la habitación.
El rectangular haz de luz era muy atrayente en la oscuridad que rodeaba la casa, y le hacia señales como un faro a un marinero. Representaba todo lo caliente, acogedor y confortable. Un hogar. Se quedó hipnotizado por la ventana abierta. No podía moverse, a pesar de suponer que podía estar invadiendo la intimidad de Aislinn.
Se sintió algo avergonzado por mirar por la ventana, sobre todo cuando volvió a ver a su mujer entera. Sobre todo cuando empezó a desnudarse.
Se quedó inmóvil entre las sombras, sin mover un párpado.
Lucas la observó desabrocharse el botón del puño de la fina blusa. Por mucho que no se hubiera querido fijar, tuvo que admitir que aquel día estaba radiante. La blusa tenía el corte de una camisa de hombre, excepto por las mangas, más amplias, y el escote, que bajaba hasta muy abajo.
Tenía también pequeños botones de perla. Cuando agachó la cabeza para desabrocharse los de los puños, el pelo le cayó como una cascada de oro. Lucas sólo quería enterrar en él su rostro, sentir su movimiento sedoso contra la piel. Ya lo había sentido contra la tripa y se preguntaba cómo sería contra los muslos.
Cuando Aislinn se quitó la camisa, con una provocativa desidia, tuvo una vista privilegiada de su lencería. Sujetada con unos tirantes muy finos, era de encaje y muy femenina, y le copaba los senos como si los adorara. Estos se asomaban ligeramente por encima del sujetador. Quería saborearla. La camisola no era suficientemente transparente para ver a través de ella, pero incluso desde donde el estaba, Lucas se imaginó los oscuros centros de sus pechos. Se imaginó también sus labios en ellos.
La falda era del color del cielo del Este justo antes del amanecer. Hacía un ruido como crujiente que lo había vuelto loco todo el día cada vez que se movía sobre ella. Mantuvo la respiración cuando Aislinn se echó las manos al botón trasero, en lo cual pareció tardar una eternidad.
Entonces la falda se deslizó por sus caderas y bajó por los muslos, cubiertos por unas medias pálidas. Lucas blasfemó y se llevó las palmas de las manos a las piernas, que recorrieron arriba y abajo. La camisola era de una pieza y las medias estaban sujetas por un liguero. Entre la parte de arriba de las medias y el body, los muslos parecían calientes y suaves como terciopelo. Se imaginó a sí mismo...
Se maldijo por tener pensamientos obscenos sobre su mujer como si fuera un pervertido. Si tanto la deseaba y su cuerpo le insistía tanto, se preguntó por que no simplemente entraba y la poseía. Según él, ella le pertenecía, estaban atados legalmente y pensaba que aquello le daba derecho a ciertos privilegios conyugales.
«Pues muévete, maldito. Entra ahí y toma lo que es tuyo», se dijo.
Pero no lo hizo, porque sabía que sería muy arriesgado. Si la tomaba sin pasión, entonces utilizaría su cuerpo para descargar la ardiente furia.
Terminaría y no volvería a pensar en ello hasta la siguiente vez que se encontrara en la misma situación.
Pero no quería que fuese así. Pensó que lo había embrujado. De alguna manera se había ganado su confianza en su mente y en su corazón, y lo que él sentía y pensaba de algún modo interfería en lo que su cuerpo quería. Su sexo no podría participar sin involucrar también a su cerebro.
No dejó de recordar la mañana en la cima de la montaña. Ella había escalado para ofrecerle su consuelo cuando estaba convencido de que tenía múltiples motivos para salir huyendo. Recordó su rostro mientras el movía el cuerpo dentro de ella.
Y en el momento más inoportuno, cuando más resentimiento quería sentir hacia ella, la imaginó dando a luz a su hijo y pensó en el cariño con que trataba a Tony. También estaban todas las cosas generosas que hacía por él, como guardarle el café caliente cuando ni siquiera le había pedido que se lo rellenara, o esperarlo a veces en el porche cuando él volvía cabalgando de sus largas horas de trabajo. Siempre sonriente, como si la alegrara verlo.
Lo que más lo confundía era por que lo trataba con tanta consideración y cariño; no podía imaginar los motivos, cuando tenía todos los del mundo para odiarlo. Pensó que si actuara con resentimiento en lugar de comprensión, la vida sería mucho más sencilla. Podrían incluso tener algo de sexo escandaloso de vez en cuando para relajar el ambiente. Pero de aquella manera, le hervía la sangre.
Aislinn ya no estaba en la ventana, pero por la sombra Lucas pudo ver cómo se quitaba las medias. Vio como apoyaba un pie en el borde de la cama, desenganchaba la tira del liguero y se bajaba la media por la rodilla, la pantorrilla, el tobillo, para después sacarla lentamente del pie. Hizo lo mismo con la otra pierna.
Lucas la miró paralizado cuando se bajó los tirantes del body y se sacudió hasta que cayó a los pies. Entonces salió de el con gracia y la vio estirarse, proyectó la sombra de una silueta perfecta.
Lucas profirió una retahíla de obscenidades. No entendía por qué no luchaba contra él. Se preguntó si le tendría lástima, o si se sentía obligada a ser una esposa ejemplar. En cualquier caso, decidió que no necesitaba su generosidad.
Entonces se movió, giró sobre los talones y anduvo a zancadas hasta la trasera de la casa. Dio un portazo y entró como una furia en la casa, apagando todas las luces que encontraba a su camino. Para cuando llegó a la puerta del dormitorio, estaba realmente enfadado.
— ¿Se puede saber qué demonios estás haciendo? —gruñó.
Aislinn lo miró consternada con sus inocentes ojos azules completamente abiertos. Estaba sentada en la mecedora, como una virgen, con el pelo sobre los hombros. Tenía un lado del camisón abierto, por donde daba de mamar a su hijo.
—Estoy dando de comer a Tony —contestó sencillamente.
Lucas, apoyado en la puerta con los brazos cruzados, buscaba pelea. Sin la camisa, la piel recién lavada parecía brillar contra la luz de la lámpara.
Su pelo negro estaba empapado y rizado. La cruz que le colgaba del cuello atrapaba la luz y daba reflejos casi tan brillantes como sus ojos.
Le había salido el tiro por la culata. Sintiéndose como un tonto, retiró la mirada de su mujer y la posó sobre la cama, en la que yacían el body y las medias como recuerdos de una tarde de pasión. Aquello lo volvió a encender.
—La próxima vez piénsalo dos veces antes de desfilar medio desnuda delante de una ventana abierta con la luz encendida.
—No sé de que me hablas, Lucas.
—La ventana, maldita sea —bramó, señalando esta con un dedo que le temblaba de ira—, la ventana. No te desvistas delante de la ventana.
—Oh, no lo había pensado.
—Si, bueno, pues piénsalo a partir de ahora, ¿vale?
—Pero no había nadie fuera que me pudiera ver.
— ¡Estaba yo! Te he visto desde el establo.
— ¿Sí?
—Te aseguro que sí.
—Pero tú eres mi marido.
Había cierto tono de burla en su voz, pero tan leve que Lucas tuvo miedo de desafiarla. Estaba preparado para un combate mano a mano, pero no para un concurso de inteligencia. Nunca se había sentido con tan poca en su vida, ni tan fuera de control. De una forma completamente distinta, ahora Aislinn estaba tan tentadora como unos momentos antes cuando había hecho su striptease sin ninguna malicia. La sangre le bombeaba a Lucas en la cabeza y en el sexo.
—Me voy a duchar —dijo rápidamente, y salió de la habitación antes de ponerse más en ridículo.
Cuando salió del baño, Aislinn estaba en la otra habitación inclinada sobre la cuna de Tony.
—Déjame tenerlo un rato —le dijo Lucas.
Se había calmado considerablemente. Aún estaba mojado y le caían gotas de agua por su piel color teca. Estaba desnudo salvo por una toalla que le cubría tan solo una franja y Aislinn pensó que se parecía al taparrabos que habrían llevado sus ancestros. Parecía primitivo y peligroso, si no fuera por la luz de sus ojos al levantar a su hijo y sujetarlo cerca de su rostro. Murmuró unas plegarias navajo que recordaba de su niñez y besó a Tony en la mejilla antes de volverlo a meter en la cuna. El niño se durmió al instante.
—Está tan pacífico ahora... —suspiró Aislinn—.Ojalá duerma hasta la mañana, estoy agotada.
— ¿Por qué se despierta tanto últimamente?
—No lo sé. Gene lo va a mirar cuando vuelvan. Oh, casi me olvido —dijo, mientras ambos entraban en el dormitorio, y tomó un sobre que había en el vestidor y se lo dio—, ha venido esto en el correo de hoy.
Lucas examinó el sobre un rato antes de abrirlo.
Aislinn mostró desinterés, aunque le consumía la curiosidad. El remitente era la oficina del alcaide de la prisión en la que había estado encerrado Lucas.
Después de leerla, Lucas volvió a doblar la carta y la guardó de nuevo en el sobre. Su cara no expresaba nada y Aislinn no pudo seguir aguantando no saber que ocurría.
— ¿Es algo importante?
Él se encogió de hombros, sin darle la más mínima importancia.
—El alcaide Dixon cree que me deberían exonerar. Cree saber quienes fueron los responsables de la violencia de aquella manifestación; los han condenado y sentenciado ya por crímenes similares. Si consigue que firmen una declaración que demuestre mi inocencia, cree que podría conseguir que un juez me vindicara.
— ¡Lucas, eso es fantástico! Eso quiere decir que podrías volver a ejercer.
Él se quitó la toalla de la cintura y se metió en la cama.
—He aprendido a no confiar en las promesas de nadie, y menos las de los anglos.
Aislinn se metió en la cama con él. Sus duras palabras no la habían engañado; había visto su rostro un segundo antes de que apagara la luz y pensó que, por mucho que quisiera fingir indiferencia por aquel inesperado rayo de esperanza, no la sentía.