Todo por Honor
Capítulo Seis
— ¿Cuándo te vas a casar conmigo?
— ¿Cuándo te vas a rendir y dejar de pedírmelo?
—Cuando digas que sí.
Alice Greywolf dobló el trapo que había estado usando y lo dejó con cuidado en el escurridor.
Suspirando, se volvió a Gene Dexter.
—Eres muy perseverante o muy cabezón, aún no se cuál de las dos. ¿Por qué no has renunciado ya a mí?
Gene la rodeó por su esbelta cintura y la acercó a él, apoyando una mejilla en su cabeza sedosa.
—Porque te amo. Siempre lo he hecho. Desde la primera vez que te vi en la clínica.
Y era verdad. El médico se había enamorado de ella aquel mismo día. Ella era muy joven, increíblemente bella, y estaba desesperada por su pequeño y alborotador hijo con el brazo roto. En menos de una hora Gene le había colocado el brazo y había colocado su corazón en Alise Greywolf. En todos los años transcurridos desde entonces, su amor no había menguado.
No siempre le había sido fácil amarla. En varias ocasiones, por pura frustración, le había puesto ultimátum de que si no se casaba con él no volvería a verlo. No importaba los sermones que le echara, ella seguía rechazando las proposiciones de matrimonio.
En varias ocasiones el doctor se había alejado a propósito de ella y había mantenido otros romances. Nunca duraron mucho. Hacía ya muchos años que no ya no se molestaba en usar la táctica de los celos, en parte porque no era justo para las otras mujeres. Alice era el único amor de su vida, se casara o no con el, y ya estaba resignado.
La joven madre relajó la mejilla contra su pecho y sonrió con tristeza por el recuerdo agridulce del día en que se habían conocido. Gene Dexter había sido su amigo, en todo el sentido de la palabra, durante tanto tiempo que no podía imaginarse una vida sin él. Atesoraba la primera vez que lo había visto y había escuchado su voz amable. Pero al mismo tiempo, ella había estado demasiado inquieta por su hijo.
—Lucas se había metido en una pelea —recordó—. Algunos chicos mayores se habían estado metiendo con él y uno de ellos lo insultó gravemente.
Incluso tantos años después le resultaba doloroso pensar en el doble estigma con el que había crecido su hijo.
—Conociendo a Lucas supongo que se metió de lleno en la pelea —señaló Gene.
—Si —dijo ella con una carcajada—. Yo estaba preocupada por su brazo, claro, pero también estaba enfadada porque hubiera hecho caso de los insultos.
Gene pensó que probablemente Lucas no habría hecho caso si sólo lo hubieran insultado a él, pero supuso que su madre también había sido injuriada. Sabía que por defender a su madre se había metido en muchas peleas en su infancia y adolescencia. Pero evitó mencionárselo.
—Nunca me gustó que causara problemas en el colegio porque eso solo centraba la atención en él continuó Alice—. Entonces también me preocupaba cómo iba a pagar al nuevo médico anglo por sus servicios.
Echó la cabeza hacia atrás para mirar el rostro de Gene. Ya no era tan joven como cuando lo conoció, pero seguía siendo igual de atractivo a su manera amable y tranquila.
—Sabías que no tenía dinero para pagarte. ¿Por qué me fiaste?
—Porque deseaba tu cuerpo —contestó él, mientras ponía la nariz bajo la barbilla de ella y hacia divertidos sonidos—. Pensé que si trataba a tu hijo a crédito me daría espacio para negociar.
—No me creo eso ni un segundo —dijo ella, riéndose mientras lo empujaba—. Eres demasiado bueno. Además, te aseguraste de que te pagaría; en cuanto le arreglaste el brazo a Lucas me ofreciste trabajo.
Él le tomó el rostro entre las manos y lo miró fijamente con cariño.
—Lo único que sabía entonces y sé ahora es que no podía dejarte marchar aquel día si había la más ligera posibilidad de que no te volvería a ver. Todo lo que hice fue asegurarme de que volvieras—confesó, y la besó con unos labios tiernos y apasionados al mismo tiempo —. Cásate conmigo, Alice.
Había cierto tono de desesperación en su voz y Alice supo que aquel anhelo era sincero.
—Mi padre...
—Está muerto ahora —apuntó Gene, que se atusó el cabello. Ya se que sólo han pasado unas semanas desde que murió, se que aún sientes la pena de haberlo perdido. Pero lo has usado como excusa para no casarte conmigo durante años. Lo entiendo, tenías que cuidar de él. Pero ahora que se ha ido, ¿vas a utilizar su muerte igual que utilizaste su vida?
Ella anduvo a su alrededor, abandonó la cocina y entró en el salón de su pequeña pero ordenada casa.
—Por favor no me fastidies con el matrimonio ahora, Gene. También tengo que considerar a Lucas.
—Lucas es adulto.
—Aun así necesita el apoyo de su familia, y yo soy todo lo que le queda.
— ¡También me tiene a mí, maldita sea!
Entonces ella lo miró a la cara, excusándose, y le tomó la mano. Enfadado como estaba, el médico dejó que lo sentara a su lado en el sofá.
—Ya lo sé. No pretendía excluirte.
—Alice, Lucas ya no es un niño —razonó Gene con un tono de voz considerablemente más suave—, pero todavía se mete en peleas. Está empeñado en hacerse la vida tan dura como pueda. Cuando sólo le quedaban unos meses para salir, se fugó de la cárcel. Tomó a una joven como rehén.
—Ella aún es un misterio para mí —lo interrumpió Alice al mencionar a Aislinn Andrews —. No es propio de Lucas involucrar a nadie más.
—Ahí es exactamente a donde quiero llegar. No te consultó ni me pidió consejo sobre si debía escaparse de la cárcel y convertirse en fugitivo. ¿Por qué crees necesario involucrarlo en la decisión de casarte conmigo? Él sabe lo que siento por ti. A lo mejor si hubieras aceptado la primera vez que te lo pedí no sería tan revolucionario.
Ella pareció dolida, y el suspiró.
—Ha sido un golpe bajo, lo siento.
—Lucas ya tenía demasiadas cosas que olvidar cuando estaba creciendo. Tener un padrastro anglo y rico para los niveles de la reserva habría sido otra más.
—Lo sé, pero durante años usaste a Lucas como excusa. Cuando creció y ya no iba al colegio decías que era tu padre el motivo de no casarte conmigo —dijo él, y le apretó las manos entre las suyas—. Ninguna de ellas era una razón viable; no eran más que excusas endebles y te has quedado sin ellas.
— ¿No podemos seguir como hasta ahora?
—No, Alice —contestó él, agitando la cabeza—. Te amaré hasta mi último aliento, pero soy un hombre. Quiero y necesito una relación completa. Sé por qué tienes miedo de casarte conmigo.
Ella bajó la cabeza y respiró profundamente, como si se estuviera preparando para un pelotón de fusilamiento. Gene le retiró el pelo de la cara, mirándola con ojos compasivos.
—Asocias el sexo con el sufrimiento. Te lo prometo, no te voy a hacer daño como te lo han hecho antes.
— ¿Qué quieres decir? —preguntó Alice, cuyos ojos brillaban por las lágrimas cuando los levantó para mirarlo.
—Hace años que necesitábamos mantener esta conversación, Alice, pero no quería ponerte en mi contra —dijo, e hizo una pequeña pausa antes de zambullirse en lo que le quería decir—. Tienes miedo de volver a amar a un hombre, sobre todo un anglo.
Ella se mordió con fuerza el labio inferior, y él supo que había dado de lleno en el clavo.
—Crees que mientras mantengas las distancias no te podrán volver a hacer daño — continuó, y le llevó las manos a sus labios, que le recorrieron los nudillos mientras seguía hablando—. Juro que nunca, nunca, te haría daño. ¿Aún no me conoces lo suficiente como para saber que eres el centro de mi vida? Te quiero. Déjame y cuidaré de ti. ¿Por qué iba a hacerle daño a alguien que es una parte vital de mí mismo?
—Gene.
Ella susurró su nombre entre lágrimas y se apoyó en él, que la rodeó con los brazos y la abrazó con la ferviente pasión reservada para lo más preciado. Entonces la besó larga y apasionadamente.
Cuando al fin terminó el beso, le preguntó.
— ¿Cuándo te casarás conmigo?
—En cuanto Lucas salga de la cárcel.
Él frunció el ceño.
—Sabe Dios cuando será eso.
—Por favor, Gene, dame tiempo hasta entonces. Nunca nos perdonará que nos casáramos sin él. Y no queremos que se vuelva a fugar —añadió con una leve risa.
El doctor sonrió, permitiéndole el razonamiento. La verdad era que estaba seguro de que Lucas se sentiría mejor sabiendo que su madre estaba felizmente casada. Pero aquel momento, después del grado de compromiso que acababa de conseguir, no era el mejor para discutir.
—De acuerdo, pero voy a hacer que lo cumplas. En cuanto Lucas salga. Y mientras tanto... —murmuró, mientras la miraba fijamente a los ojos.
— ¿Mientras tanto?
—Mientras tanto seguiré haciendo lo que he hecho siempre, te esperaré impacientemente, Alise Greywolf.
—Vamos, señor Greywolf.
Lucas cruzó la puerta de la oficina.
—Por favor, cierre la puerta y siéntese.
El alcaide Dixon no otorgó al prisionero la cortesía de levantarse de la silla tras su amplio escritorio, pero éste tampoco mostró ninguna condescendencia hacia él. Estudió al hombre con interés.
Lucas cruzó la habitación y se tiró en la silla que el guardián del campo de prisioneros le había señalado. A Dixon le sorprendió no ver la más mínima docilidad en su actitud. Muy lejos de sentirse intimidado, el prisionero tenía el talante de un hombre orgulloso e impertérrito. Sus fríos ojos grises no hicieron ningún movimiento furtivo ni mostraron sentimiento de culpa. Estos se encontraron con los del alcaide sin rastro de remordimiento. La humildad y la deferencia destacaban por su ausencia.
—Parece que la dura prueba de las últimas semanas no ha hecho mella física en usted —observó el alcaide en voz alta.
Desde su regreso a prisión, lo habían recluido en una celda aparte de los otros y le habían anulado los privilegios.
—Estoy bien —contestó Lucas de forma lacónica,
—Un poco más delgado, creo. Unos días de comida de cafetería le vendrían bien.
Lucas cruzó un tobillo sobre la rodilla opuesta.
—Si me va a pegar en las manos hágalo de una vez, por favor. Me gustaría volver a mi celda.
Él alcaide Dixon tuvo que refrenar su genio. Los años de tratar con prisioneros recalcitrantes lo habían enseñado a resistir las provocaciones más fuertes. Salió de la silla tras su mesa y se quedó de pie en la ventana, dándole la espalda a Greywolf y esperando que éste lo interpretara como señal de confianza.
—La medida disciplinaria que hemos decidido no es en absoluto tan severa como merecía su fuga.
—Gracias —dijo Lucas, sarcástico.
—Hasta el momento de su fuga había sido un recluso modelo.
—Siempre trato de hacer lo mejor.
De nuevo el alcaide hizo un ejercicio de autocontrol.
—Tras revisar cuidadosamente sus antecedentes la junta y yo hemos decidido añadir seis meses más a las semanas que ya ha cumplido. Nuestra decisión ha contado con la aprobación de los agentes del sistema penal.
Dixon se dio la vuelta rápidamente a tiempo de ver la estupefacción en el rostro de Greywolf antes de que lo enmascarase de forma abrupta.
Volviéndose de nuevo hacia la ventana, ocultó una sonrisa. Pensó que el señor Greywolf podía intentar permanecer indiferente, pero era tan humano como todos los demás. Quizá incluso más. Dixon no se había cruzado con muchos hombres que se arriesgarían a pasar más tiempo entre rejas para asistir a la muerte de su abuelo.
Lucas Greywolf suscitaba una admiración en su alcaide extraña e inquietante. Se preguntaba si en las mismas circunstancias el habría hecho lo mismo. Era una pregunta que lo perturbaba.
— ¿Merecían la pena seis meses en prisión por ver a su abuelo antes de morir?
—Sí.
— ¿Por qué? —preguntó el oficial mientras regresaba a su mesa.
Lucas bajó la pierna y adoptó una postura mucho más respetuosa.