Todo por Honor

Sandra Brown · Capítulo 5 de 14

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Todo por Honor

Capitulo Cuatro

 

Estaba ansioso por regresar. Sus ojos, que no dejaban escapar nada, habían memorizado cada huella del terreno, y sabía que no le quedaban más que unos pocos kilómetros para llegar al lugar, tres a lo sumo. Pisó con fuerza el acelerador.

Afortunadamente, el coche respondió, y de nuevo estaba en condiciones óptimas para funcionar. Cambiar las mangueras no había supuesto ningún problema; la dificultad había radicado en llegar corriendo hasta el coche cargado con pesadas herramientas en los bolsillos y una cantimplora para reponer el agua perdida.

Estaba acostumbrado a recorrer largas distancias, incluso en verano no le suponía un gran desafío. Pero llevar el sobrepeso distribuido en forma desigual si lo había sido.

Greywolf agradeció tener la oportunidad de pensar mientras el coche devoraba los kilómetros que le restaban. El aire caliente le golpeaba las mejillas y el pelo. Le gustaba conducir con las ventanillas bajadas, y rechazaba el artificial aire acondicionado si podía disfrutar de los elementos del desierto. Sólo por la mujer que lo esperaba había dejado las ventanillas subidas al principio.

La mujer.

Su conciencia lo hizo pensar en ella encerrada en aquel lugar mugriento y caluroso. Pero no se le había ocurrido nada más. Porque si no la hubiera encerrado, habría telefoneado a la comisaría mas próxima. Y si la hubiera llevado consigo, no habría sido capaz de volver andando al coche, o si hubiera podido, habría añadido horas que no podía permitirse.

Era consciente de lo que le había supuesto escaparse de la cárcel, pero estaba dispuesto a pagar cualquier precio. Tan solo lamentaba que también le fuera a costar a otros. No le había gustado tener que dejar inconsciente al hombre que lo había considerado un amigo. Tampoco le había gustado asustar a la mujer. Representaba todo cuanto él siempre había aborrecido, anglos en general y anglos ricos en particular. Pero aun así, hubiera deseado no haberse visto obligado a meterla en aquel asunto.

Aunque, pensándolo bien, no estaba muy seguro de haber estado obligado.

Exasperado, encendió la radio y la puso a todo volumen, diciéndose que quería escuchar algún boletín de noticias. En realidad, esperaba que la música le borrara cualquier pensamiento sobre ella.

No entendía por qué se había cargado con aquella responsabilidad, por que sencillamente no la había golpeado en la barbilla y abandonado la casa tan rápido como había llegado. Para cuando hubiera recuperado la conciencia y avisado a la policía, él ya habría tenido tiempo de evitarlos.

Pero en lugar de ello, de la forma más tonta, se había quedado y molestado a la mujer anglo. Era cierto que necesitaba una ducha, pero era un lujo del que podría haber prescindido. También necesitaba dormir, pero podía haber encontrado un lugar más incómodo que la cama con sábanas con aroma de mujer y almohadas esponjosas.

Incluso tras haberse premiado con tanto lujo, no comprendía por que no se había marchado antes del amanecer en cuanto se hubo despertado. A pesar de estar convencido de que ella habría llamado a las autoridades cuando se despertara, aquello habría sido horas más tarde, y para entonces su pista ya se habría enfriado.

Pero en lugar de hacer lo que sabía que debía hacer, se había quedado allí tumbado, observando su belleza rubia. Era demasiado fácil mirarla, y nunca se le había ocurrido resistir la tentación.

Sus ojos sedientos de ver a una mujer se habían regodeado con ella. Había respirado su aroma.

En lugar de salir sigilosamente como sabía debía haber hecho, estúpidamente había decidido llevarla consigo. Nunca había pretendido hacerle daño.

De acuerdo, entonces ¿por qué la asustaste con un cuchillo?, se preguntó a sí mismo.

Por precaución.

¿Y tuviste que desnudarla?

Eso fue innecesario, lo admito. Pero quería mirarla.

Y un cuerno.

Es verdad. No la habría forzado. Además, es una anglo. Ni siquiera me gustan las anglos, y desde luego no las deseo.

Deseas a esta.

¡He estado en la cárcel, por Dios! Cualquier mujer sería deseable.

¿No te gustaría hacerle el amor?

No.

Eres un maldito mentiroso.

Bueno, no quise y no lo haré.

Iba a mantener su deseo bajo control costara lo que costara. Tan solo quería tener cerca a la mujer, eso era todo. Para mantener alejada la voz provocadora de su conciencia, pensó en todos los motivos por los que no le gustaba su rubia rehén.

No tenía ninguna duda de que era una niña rica y consentida. Tenía sobre ella la mirada de «No tocar» que los indios como él reconocían en las anglos que habían asistido a escuelas mixtas.

Aquello fue lo primero que había aprendido al dejar la reserva para ir a la universidad. Había aprendido que las chicas como Aislinn Andrews podían ligar con ellos, pero desde luego no iban a montárselo con ellos. O si lo hacían, era solo por diversión, por la novedad, o para poder jactarse ante sus compañeras de hermandad de que habían tenido a un indio. ¡No!, ¡Si!, ¿Y cómo fue de salvaje?.

Al día siguiente actuaban como si no lo conocieran y las barreras sociales estaban de nuevo construidas.

Pero aquella mujer anglo tenía agallas, pensó.

Podía haber sido un verdadero tostón si hubiera estado gimoteando y llorando todo el rato, pero no lo había hecho. Había puesto al mal tiempo buena cara, sin importar en que la hubiera metido.

La agria expresión de su rostro se tornó en algo similar a una sonrisa al recordar el modo en que había tomado el pelo al policía del control de carretera. Seguía sin comprender por que lo había hecho.

Pero se lo debía.

Y después de la última noche, ya no estaba tan seguro de poder mantener su resolución de no tocarla. Las horas transcurridas en el Tumbleweed habían sido a la vez el paraíso y el infierno. Había habido algunas veces, demasiadas para el estado de paz de su mente, en que había deseado que los besos fueran reales, había deseado separarle los labios con la lengua y saborearla, había deseado abrirle la ropa y tocarla.

Y por la mañana se había sentido en la gloria, con ella tumbada sobre él, con su respiración acariciándole el pecho, sus senos suaves y dulces, sus caderas...

Maldita sea, pensó. Tengo que dejar que se vaya.

Pensó que en cuanto llegara a la gasolinera, llenaría el tanque, se aseguraría de que ella estuviera bien y dejaría una nota a los propietarios diciendo dónde podían encontrarla. Cuando avisaran a la policía, ella sería capaz de contarles dónde habían estado, pero no hacia adónde se dirigía. O mejor dicho, no exactamente adónde, porque era consciente de que ellos ya sabían su destino aproximado y lo estarían buscando de todos modos.

Sólo era cuestión de tiempo.

Tan sólo esperaba poder cumplir lo que tenía que hacer antes de que se le acabara el tiempo.

Aceleró en cuanto divisó la ciudad. Ahora que había tomado la decisión de dejarla, estaba ansioso por verlo hecho y ponerse en camino. Naturalmente debía llevarse su coche, pero pensó que a una mujer como ella no le sería difícil conseguir otro.

Llegó al surtidor y salió del coche para llenar el tanque. Mientras este se llenaba, añadió más agua al radiador. Con un ojo puesto en el reloj, incluso lavó el parabrisas y revisó las ruedas. Para evitar otra situación comprometedora como la del control de carretera, quería estar bien lejos para cuando regresaran los dueños de la gasolinera.

Por fin rodeó el edificio y se dirigió a los aseos.

Alcanzó la viga de acero que había colocado en la puerta y llamó con decisión. Al no obtener respuesta, la llamó por su nombre.

—Contéstame, se que estás ahí, Aislinn. Esto es de niños.

Esperó, apoyando la oreja en la puerta. Tras varios segundos de escuchar con intensidad, supo que el cuarto estaba vacío.

Se llenó de aprensión, y, antes de ser consciente de sus actos, quitó la viga y abrió la puerta de un empujón. Corrió adentro, casi con la esperanza de que fuera un truco y pretendiera atacarlo de alguna forma.

Pero no encontró más que un calor vacío y una fetidez que revolvía el estómago. Enseguida dedujo el significado del barril dado la vuelta bajo la ventana, y su aprehensión se convirtió en negra ira.

Giró sobre los talones y salió corriendo del servicio. Fue al edificio principal, pero no vio rastro de ella y ninguna evidencia de que ni ella ni nadie más hubiera estado en el lugar.

Los cristales rotos de la puerta seguían en el suelo; el billete de veinte dólares, bajo el cenicero. Revisó el teléfono para ver que él polvo seguía intacto.

Confundido, Greywolf se metió las manos en los bolsillos traseros, mientras se preguntaba adónde habría ido. Y cómo. ¿La habría recogido alguien?

Le corroía las entrañas mientras caminaba. Suponía que lo primero que debía haber hecho sería llamar a la policía, y que esta habría hecho del lugar su puesto de mandos temporal mientras la interrogaban y lo buscaban. No tenía ningún sentido.

Volvió tras sus pasos hasta el cuarto de baño.

—Tranquila, tranquila. Bebe despacio o te ahogarás.

La garganta seca de Aislinn recibió sedienta el refresco de cola que entraba por su boca. Trató de incorporarse, pero gimió por el dolor que le recorrió toda la cabeza.

—Túmbate —le dijo la amable voz—. Ya es suficiente por ahora.

Aislinn parpadeó hasta que por fin abrió los ojos y vio a Greywolf sobre ella, con su rostro oscuro e inescrutable. Entonces se dio cuenta de que debía de haberse puesto el sol, pues todo estaba oscuro. Al mover los ojos le pareció que le iba a estallar la cabeza, pero dejó que estos vagaran por el horizonte hasta intuir que estaba tumbada en el asiento de atrás de su coche. Todas las ventanillas estaban abiertas para permitir el paso de la brisa del desierto, Greywolf estaba agachado junto a ella, con las caderas entre los asientos,

— ¿Dónde...?

—A unos cincuenta kilómetros de la gasolinera.

Tengo vendas.

— ¿Vendas?

—Te quejabas en sueños —le dijo con dulzura, como toda explicación.

Haciendo acopio de fuerzas, Aislinn se levantó y lo agarró de la camisa.

—Háblame, maldito. Estoy harta de tu estoicismo indio. ¿Dónde estoy y por qué necesito vendas? ¿Al final has usado el cuchillo sobre mí?

La rebelión le costó toda la poca energía que le quedaba, y se desmoronó de nuevo sobre el asiento,

Pero no libró a Greywolf de su mirada hostil. Fue como mirarse a un espejo, pero siguió mirándolo fijamente a los ojos hasta que el contestó.

— ¿No recuerdas haber trepado por la ventana y haberte caído? —preguntó.

Ella cerró los ojos, ahora lo recordó todo; el miedo, la desesperación, y el odio hacia el hombre que los causaban. Todo le volvió de repente a la memoria.

—He traído aspirinas para tu dolor de cabeza.

Ella abrió los ojos. A él le temblaba la mano cuando sacó las aspirinas del bote.

— ¿De dónde las has sacado?

—De la tienda, ¿Puedes tomártelas con cola?

Ella asintió, y él le dio las aspirinas. Cuando se las hubo colocado en la lengua, él le puso el brazo bajo los hombros y la sujetó mientras le daba de beber.

Cuando hubo terminado, la ayudó a tumbarse.

—El sol te ha quemado los labios.

Al mismo tiempo que la informaba, abrió los suyos para mojarse el dedo índice con saliva y llevarlo a los de ella, humedeciendo su piel, quemada y seca por el sol.

El roce del dedo contra su boca provocó en ella sensaciones que la avergonzaron, pues apuntaban a la excitación. Él le recorrió con el dedo una esquina a otra del labio inferior, al principio deprisa, para luego ir más lentamente. Cuando trazó la forma del labio superior, ella apenas se pudo mantener quieta, Tenía el cuerpo cansado y con un dolor que no tenía nada que ver con las heridas que se había hecho.

Cuando el retiró el dedo, ella se lamió los labios.

El ungüento sabía ligeramente a plátano y coco.

—No te lo quites —le ordenó Greywolf bruscamente—. Deja que actúe la saliva.

—Gracias.

—No me des las gracias. Casi haces que me pillen.

El cruel tono de voz fue tan distinto a sus cuidados que la hizo estremecer. Se recordó que no debía haber esperado dulzura de un hombre de piedra como él. Lo miró con rabia.

—Bueno, deberían haberte atrapado, señor Greywolf. Si antes no había ningún motivo, entonces por el modo en que me has maltratado.

—Tu no has sido maltratada en tu vida, señorita Andrews —le dijo, con sorna—. Ni siquiera puedes intuir el significado de esa palabra.

— ¿Tú qué sabes? No sabes nada de mí.

—Sé lo suficiente. Has sido criada con todos los privilegios de ser blanca y rica.

—Yo no tengo la culpa del modo en que se ha maltratado a los indios —se defendió ella, consciente de que toda la rabia y la amargura provenían de aquello—. ¿Culpas a todos los anglos?

—Sí —susurró él,

— ¿Y qué pasa contigo? —soltó ella—. Tú no eres indio del todo. ¿Qué pasa con tu parte anglo, está corrompida?

Él contraatacó agarrándola de los hombros y empujándola contra el asiento, le dedicó una mirada cortante y fría como el acero.

—Soy indio —le susurró—. Nunca lo olvides.

Aislinn supo que nunca lo haría. La fiereza de su mirada le hizo perder toda esperanza de que se hubiera ablandado respecto a ella. Era peligroso.

Totalmente consciente de su fuerza bruta mientras se indinaba sobre ella, tembló de miedo.

Con la camisa sin mangas, los músculos de sus brazos parecían duros como el granito. Tenía la mayor parte de los botones desabrochados y su pecho descubierto se hinchaba y deshinchaba con cada respiración. La garganta venosa era el perfecto pedestal para un rostro que podía haber estado extraído directamente de la roca,

El pendiente de plata destellaba como un ojo amenazador en la oscuridad. La cruz de plata que le colgaba del cuello parecía burlarse de la benevolencia que representaba. Greywolf exudaba un olor que era una mezcla de sol y sudor, todo masculinidad.

Aislinn pensó que ninguna mujer con un poco de sentido común se atrevería a provocar a un animal tan potencialmente peligroso, y ella era más inteligente que la media, así que ni siquiera parpadeó.

En el tiempo que duró el tenso silencio, Greywolf mantuvo los músculos tensos como si estuviera a punto de saltar. Por fin los relajó y dejó de apretarla.

—Debería vendarte el brazo antes de que se te infecte.

Habló sin ningún sentimiento, como si la acalorada conversación nunca hubiera tenido lugar.

— ¿El brazo?

Sólo cuando trato de moverlo se dio cuenta de que le dolía casi tanto como la cabeza. Recordó haberse abierto la piel al caer de la ventana.

—A ver —dijo él, viendo el gesto de dolor de ella al intentar levantar el brazo—, déjame.

Le levantó el brazo y la incorporó, apoyándola en la esquina del asiento. Movió las manos a la parte delantera de su camisa. Instintivamente ella se llevó una mano para sujetar la prenda a su cuerpo. Él no se movió, pero la miró fijamente.

—Tiene que salir, Aislinn.

Ella miró hacia abajo y se alarmó al darse cuenta de que tenía la manga empapada en sangre.

—No, no sabía... —tartamudeó, reprimiendo una ráfaga de nausea y mareo.

—Necesitaba irme corriendo de allí, así que te até al asiento. Ahora que he puesto cierta distancia por medio, debería verte el brazo.

Pasaron unos segundos, quizá minutos. Se quedaron mirándose fijamente a los ojos. Los de él se desviaron a los labios de ella, que ahora brillaban por el calmante. Los de ella miraron la mueca de los labios de él, y se preguntó cómo éstos podían ser al mismo tiempo severos y sensuales. Entonces Greywolf meneó la cabeza con impaciencia y masculló.

—Como ya te he dicho, eres mi seguro ante la policía.

De nuevo sus manos alcanzaron la parte delantera de la camisa de Aislinn, que en aquella ocasión no lo impidió. Él se la desabrochó deprisa, sin sentimiento, y ella se llenó de vergüenza mientras le iba mostrando los senos desnudos botón a botón. Pero si él se percató de ellos, no hizo ningún gesto.

Sólo cuando le puso las manos en los hombros y comenzó a retirarle la camisa, sus movimientos se volvieron lentos y suaves, casi afectuosos. Primero le quitó la manga del brazo herido y luego, poco a poco, la otra. Ella hacía gestos de dolor cada vez que la manga le tocaba alguna parte donde la sangre ya estaba seca.

—Lo siento —se disculpó el, quitándole el resto de la manga—. Es lo mejor, lo siento.

—Está bien. Tenías que hacerlo.

Los ojos de Aislinn estaban cubiertos de lágrimas, pero no las dejó caer. Él parecía estar en trance por sus ojos, o quizá, pensó Aislinn, simplemente los observaba por ver si una mujer anglo se rendiría ante el dolor y lloraría.

Entonces, de golpe, y con la misma indiferencia con que le había desabrochado la camisa, la echó hacia delante para quitársela. Durante un segundo, Aislinn estuvo apoyada en él, con los senos desnudos contra su pecho.

Millares de sensaciones acudieron a su cabeza.

Sentía los pezones frágiles contra la sólida pared de músculos. Sentía el vello del torso fresco y suave mientras le acariciaba la piel. Lo sentía caliente.

Ambos fingieron no notar el breve contacto, aunque la mandíbula de él estaba más tensa que nunca cuando volvió a ponerla en su sitio.

De la herida reabierta que le recorría todo el brazo, manaba sangre sin parar. Greywolf retiró la camisa y tomó una bolsa de papel, de la que sacó algodón esterilizado y una botella de antiséptico.

—Esto te va a arder —la avisó, mientras quitaba el tapón y ponía un poco en un algodón — ¿Preparada?

Ella asintió. Él levantó un brazo y aplicó el algodón sobre la herida. Ella dobló las rodillas y gimió, con las lágrimas a punto de brotar. El le frotó deprisa la herida desde la muñeca hasta la axila, presionando en las partes donde la herida era más profunda.

—Oh, por favor —protestó Aislinn, cerrando con fuerza los ojos.

Él tapó enseguida el antiséptico y lo dejó a un lado. Le levantó el brazo y sopló con dulzura el arañazo.

Aislinn abrió los ojos y se quedó consternada al ver la cabeza de Lucas tan cerca de ella. Una mano oscura le agarraba la muñeca para mantenerle el brazo levantado. La otra estaba abierta por detrás de su cabeza para sujetarse.

Le observó las mejillas bajo los pómulos afilados. Se hinchaban y deshinchaban a medida que la soplaba. Tenía los labios sobre su brazo, y subía cabeza a medida que le recorría el brazo, hasta llegar peligrosamente cerca de sus senos.

Su aliento la tocó en aquella zona. Cálido, balsámico, suave. Los pezones de ella respondieron, alcanzando el tamaño de unas perlas perfectas y rosas.

Al darse cuenta, Greywolf movió la cabeza, como si la fuera a levantar. Pero se detuvo, y la bajó. La volvió a soplar, más suavemente, pero directamente a las puntas de sus pechos.

Entonces se quedó totalmente parado. El deseo hizo que sus ojos parecieran sombríos mientras fijaba la mirada en ella. Tragó saliva. Se alargó para tocarla, pero, como si una correa invisible tirara de él, se refrenó.

Aislinn tenía miedo de moverse, aunque estuvo tentada. Se sentía víctima de una casi irrefrenable necesidad de agarrarlo del pelo y acercarle la cabeza. Una inconfesable y prohibida ternura hacia él la sobrecogió. No se parecía a ningún sentimiento que hubiera experimentado nunca. Se moría de ganas de otorgarle el disfrute de su cuerpo. Quería usar el de él. Sabía que debía odiarlo y aun así...

No lograba comprender por que no la había abandonado en la gasolinera, Por que había malgastado su precioso tiempo en conseguirle aspirinas y medicinas para su arañazo. Se preguntaba si aquel hombre escondería algo más de lo que se veía a simple vista. Si tendría algo de humanidad después da todo. Si su austeridad sería tan solo consecuencia de todas las injusticias que había sufrido.

La expresión desconcertada de su rostro la hacía parecer extremadamente receptiva y vulnerable. Cuando Greywolf la miró, el fuego que desprendían sus ojos se apagó al instante y gruñó.

—No me mires así.

— ¿Cómo? —preguntó ella, agitando la cabeza sin comprender.

—Como si hubieras olvidado que he estado en la cárcel—. ¿Quieres saber si te deseo? Bueno, pues sí —dijo, apretándole con fuerza el brazo con el dedo que antes la había estado acariciando—. Sí, te deseo. Quiero tocarte entera, quiero sentir tus senos. Quiero tomar uno con la boca y sujetarlo en ella durante mucho tiempo. Quiero estar tan dentro de ti que pueda sentir el latido de tu corazón. Así que, a menos que quieras tener un indio entre tus piernas, no vuelvas a mirarme con esa cara de insinuación, señorita Andrews.

Indignada por que hubiera malinterpretado tan groseramente su expresión, y furiosa consigo misma por haberle dado el beneficio de la duda tan solo un minuto antes, se cubrió los senos con el brazo que tenia libre.

—No te sientas halagado —le contestó entre dientes—. Antes me moriría.

Él soltó una carcajada.

—Estoy seguro. Al menos querrías morir antes de manchar tu sangre pura de anglo con un indio. Pero al menos no morirás desangrada. No mientras yo esté cerca.

Ella retiró la cabeza y no se dignó a mirarlo mientras le vendaba el brazo con una gasa. Cuando hubo terminado, el recogió todos los utensilios de primeros auxilios y los volvió a meter en la bolsa.

Ella abrió los ojos asustada al verlo sacar el cuchillo, pero solo lo usó para cortarle las mangas de la camisa, como había hecho con la suya. Blandía el cuchillo ferozmente, rasgándole la ropa hasta que terminó, y entonces le dio la prenda arruinada.

—Vuélvetela a poner, Ya hemos perdido demasiado tiempo aquí.

Salió del coche y lo rodeó para sentarse en el asiento del conductor. Meditabunda y en silencio, Aislinn lo miraba por detrás.

Mientras el coche hacía lo que podía por la carretera llena de agujeros, se le ocurrían docenas de maneras de acabar con él, eliminándolas todas antes siquiera de pensarlas a fondo. Pensó en hacer una soga con una de sus mangas y estrangularlo desde detrás. Pero no sabía dónde estaba. Estaba en mitad de ningún sitio sin ningún mapa ni agua, y la gasolina no iba a durar eternamente, Incluso aunque lograra vencer a Greywolf, sus posibilidades de sobrevivir en aquel páramo eran de lo más remoto.

Así que permaneció en un silencio glacial hasta que el agotamiento pudo con ella y volvió a quedarse dormida.

Despertó cuando el coche aminoró la marcha y se detuvo. Luchando por tirar de su cuerpo dolorido, cansado y herido, hasta sentarse, parpadeó para quitarse el sueño y adaptar los ojos a la oscuridad.

Greywolf le lanzó una mirada superficial por encima del hombro antes de salir del coche. Subió a grandes zancadas una cuesta que daba a una estructura. Aislinn apenas podía distinguir la silueta de esta en la oscuridad, pero reconoció en ella una cabaña de indios navajo. Aislinn dudó de que la morada hexagonal de madera hubiera sido visible de no ser por la débil luz que provenía del vano de la puerta.

La cabaña estaba construida contra la falda de la montaña, cobijada por su oscura sombra, y el tejado cónico no estaba tocado por la plateada luz de la luna, que se esparcía como el mercurio por toda la montaña.

Movida por la curiosidad, así como por el profundo temor a estar sola en un área tan primitiva, casi mística, salió del coche y lo siguió. Caminó con dificultad por el camino pedregoso, con cuidado de mirar por dónde pisaba y no perder de vista la delgada figura de Greywolf.

Antes de alcanzar la cabaña, otra silueta, mucho más pequeña que la de él, se perfiló bajo el remiendo de luz de la puerta. Era una mujer.

— ¡Lucas!

La pequeña figura pronunció el nombre en un llanto alegre y dulce antes de abandonar la puerta y correr cuesta abajo para colgarse de él, que la abrazó de forma protectora.

—Lucas, Lucas. ¿Por qué lo has hecho? Oímos lo de tu fuga en la radio y hemos visto tu foto en televisión.

—Ya sabes por qué lo hice. ¿Cómo está?

Soltó a la mujer y la miró profundamente a los ojos. Ella agitó la cabeza con tristeza. Sin más palabras, Greywolf la tomó del brazo y la acompañó camino arriba y cruzaron la puerta.

Intrigada, Aislinn los siguió. Nunca había estado en una cabaña y entró con algo de miedo, El calor de la casa de una sola habitación era asfixiante, con un fuego en el centro. El humo, al que parecía faltarle la energía para ascender, salía por un agujero en el techo. Lámparas de queroseno proporcionaban la única luz. Al fondo había una mesa cuadrada y basta con cuatro sillas rudimentarias. Sobre la mesa, una cafetera de esmalte abollada y varias tazas de acero gastadas. En la esquina de la habitación había una pila con una bomba de agua.

El suelo estaba lleno de polvo. En él, no lejos de donde permanecía Aislinn, alguien había hecho un bonito dibujo de arena. El diseño era complicado y con una ejecución muy meticulosa.

No tenía ni idea de qué podía simbolizar, pero sabía que tales pinturas se usaban en antiguas ceremonias de sanación.

Contra la pared de enfrente había un catre cubierto con mantas navajo. Greywolf estaba arrodillado junto a él, en el que yacía un anciano cuyas trenzas largas y grises perfilaban un rostro enfermo de ictericia. Sus manos callosas y llenas de nudos tiraban irregularmente de la manta. Sus ojos brillaban de fiebre al levantar la vista para ver al hombre mucho mas joven que se inclinaba sobre él, hablándole suavemente en una lengua que Aislinn no pudo entender, pero que supo pertenecía al grupo de los Na—dene.

Había otras dos personas en la habitación, la mujer que había recibido a Greywolf con tanta familiaridad y un hombre, sorprendentemente para Aislinn, un anglo. Estaba de pie a los pies del catre; era de mediana estatura y tenía cabello marrón muy fino, salpicado por unos atractivos mechones grises en las sienes. Aislinn le calculó unos cincuenta años, El hombre miraba fijamente a Greywolf y al anciano.

Por multitud de innombrables y desconocidas razones, Aislinn no había querido mirar a la mujer. Por fin lo hizo. Era muy guapa, india. Tenía pómulos perfilados, cabello negro como el ébano cortado a lo paje, que le llegaba por encima de los hombros, y ojos oscuros. Vestida como una anglo, no llevaba más que un vestido de algodón y bisutería. La forma en que mantenía la pequeña cabeza le daba un aire de elegancia. Era esbelta y su silueta era femenina y de proporciones perfectas.

Greywolf puso la frente en las manos ajadas por el trabajo del anciano y se volvió a hablar con el hombre que permanecía a los pies del catre.

—Hola, doc.

—Lucas, estás loco.

Una apariencia de sonrisa acudió al rostro austero de Greywolf.

—Menudo recibimiento.

—Menuda hazaña. Escaparse de la cárcel.

Greywolf se encogió de hombros y volvió a mirar al anciano.

—Dice que no le duela nada.

—Lo he puesto todo lo cómodo que he podido aquí —dijo el hombre al que se había referido como “Doc”—. Le he dicho que vaya al hospital...

Greywolf sacudió la cabeza e interrumpió al otro hombre.

—Quiere morir aquí. Es importante para él. ¿Cuánto le queda?

—Hasta la mañana, quizá.

La mujer se estremeció, pero no profirió ningún sonido. Greywolf se acercó a ella y la abrazó.

—Madre.

Aislinn repitió la palabra para sus adentros, horrorizada ante la idea de que aquella mujer tan joven, demasiado joven como para tener un hijo tan mayor como Lucas, fuera su madre.

El acercó los labios a la oreja de esta y susurró palabras que Aislinn imaginó serían de consuelo.

Le turbó ver que el mismo hombre frío y lejano que había estado con ella durante dos días pudiera mostrar tanta compasión. Tenía los labios muy apretados, y el adusto contraste de la luz y la sombra sobre su rostro hacía su expresión afilada aún más pronunciada y mostraba todos sus sentimientos en profundidad. Cuando al fin abrió los ojos gris claro, por casualidad cayeron sobre ella, que seguía inmóvil contra la puerta.

Soltó a su madre y señaló a Aislinn con la barbilla.

—He traído un rehén.

La franca afirmación volvió a su madre a la realidad y vio a Aislinn por primera vez. Levantó una mano delicada contra el pecho.

— ¡Un rehén? ¡Lucas!

— ¿Has perdido la cabeza? —preguntó enfadado Doc—. Por Dios, hombre, te están buscando por todo el estado.

—Ya me he dado cuenta —dijo Greywolf, con total indiferencia.

—Te cerrarán la puerta de la cárcel tan deprisa que la cabeza te va a dar vueltas. Y esta vez quizá tiren la llave.

—Es un riesgo que estaba dispuesto a correr —dijo Lucas, igualando el enfado del hombre—. Pedí permiso para poder ver a mi abuelo antes de morir, pero me lo denegaron. Ya he jugado con sus reglas y no ha funcionado. Esta vez he aprendido la lección. No preguntes, hazlo.

—Oh, Lucas —suspiró la madre, dejándose caer en una silla—. Padre entendió por que no podías estar aquí.

—Pero yo no —dijo Greywolf, violentamente, mostrando los dientes y escupiendo las palabras—.

¿Qué más les habría dado dejarme salir unos días?

Los tres se quedaron en silencio, pues parecía no haber respuesta a la pregunta. Por fin, Doc dio un paso adelante y se dirigid a Aislinn amablemente.

—Soy el doctor Gene Dexter.

A ella le gustó enseguida. Su aspecto no era nada del otro mundo, pero su porte era de lo más tranquilizador. O a lo mejor era solo porque había pasado las últimas cuarenta y ocho horas en la volátil compañía de Lucas Greywolf.

—Aislinn Andrews.

— ¿Y es usted de...?

—Scottsdale.

—Parece cansada. ¿Quiere sentarse? —dijo Gene Dexter, ofreciéndole una silla.

—Gracias —aceptó ella encantada.

—Esta es Alice Greywolf —presentó, poniendo una mano sobre el hombro de la mujer.

—Soy la madre de Lucas —saludó ella, y se inclinó hacia delante en la silla, mirándola con ojos de sinceridad—, ¿Alguna vez nos perdonará por lo que ha pasado?

— ¿Es su padre? —preguntó Aislinn en voz baja.

—Sí, Joseph Greywolf.

—Lo siento.

—Gracias.

— ¿Puedo ofrecerle algo? —preguntó el doctor anglo a Aislinn.

Ella suspiró y le respondió con una sonrisa irónica.

—Puede llevarme a casa.

—Le di una desagradable sorpresa a la señorita Andrews cuando llegó a casa hace dos noches y me encontró escarbando en su nevera.

— ¿Entraste en su casa? —exclamó incrédula Alice.

—Soy un criminal, madre, ¿recuerdas? Un preso fugado —dijo, mientras se servía café—. Perdona.

Ofreció a Aislinn una sonrisa de complicidad antes de volver al catre donde yacía el hombre moribundo.

— ¿Se escapó de la cárcel, forzó mi casa y me trajo de rehén solo pata poder ver a su abuelo antes de que falleciera?

Toda la perplejidad que sentía acompañó a su pregunta, que apenas se dio cuenta de estar formulando.

Al recordar la forma en que Greywolf la había asustado, cómo la había amenazado con el cuchillo, cómo la había hostigado y atormentado, quiso levantarse, cruzar el suelo polvoriento, agarrarlo del largo pelo y abofetearlo tan fuerte como pudiera.

Se había sometido a sus órdenes porque lo había imaginado capaz de ser muy violento. Pero al verlo en aquel momento inclinado junto al anciano, susurrándole palabras tiernas y acariciándole la frente arrugada, dudó de que Lucas Greywolf fuera capaz de matar una mosca.

Aislinn miró a las otras dos personas que la miraban como si fuera objeto de su curiosidad.

—No lo entiendo,

Alice Greywolf sonó amablemente.

—Mi hijo no es fácil de entender. Es muy impulsivo, tiene un pronto muy fácil. Pero ladra más de lo que muerde.

—Personalmente me gustaría darle un par de azotes por involucrar a esta joven —dijo el doctor Dexter—. ¿Por qué se ha puesto las cosas más difíciles al secuestrar a la señorita Andrews?

—Ya sabes lo decidido que es, Gene. Si se había propuesto venir aquí antes de que muriera padre, nada podía detenerlo —contestó Alice con resignación, y luego miró a Aislinn—. No le habrá hecho daño, ¿verdad?

Aislinn meditó antes de responder. Podía contarles que la había humillado al obligarla a mirar mientras se desnudaba y se duchaba. Luego, la había hecho desnudarse a ella y la había atado a él mientras dormían. La había atacado y manoseado, pero no por placer. Había abusado verbalmente de ella, la había avergonzado muchas veces, pero sinceramente no podía decir que la hubiera hecho daño.

—No —respondió en voz baja.

Confusa, meneó la cabeza mientras bajaba la mirada hacia sus manos cruzadas. Otra vez lo estaba defendiendo, y no comprendía por qué.

—Tiene el brazo vendado —apuntó Gene.

—Me herí intentando salir de un servicio.

— ¿De un servicio?

—Si. El me encerró.

— ¿Qué?

Aislinn retrocedió y les contó todo cuanto había sucedido, dejando al margen los aspectos más personales y minimizando el incidente de los controles.

—Lucas me vendó el brazo hace justo una hora.

—Bueno, será mejor que lo revise —dijo Gene, y se dirigió a la pila para lavarse las manos con una pastilla de jabón amarillo—. Alice, por favor, pásame mi bolsa. Probablemente habrá que ponerle la antitetánica.

Media hora más tarde, Aislinn se sentía mucho mejor. El médico había examinado el brazo y el diagnóstico fue que no tenía más que un doloroso arañazo. Se había lavado en la pila y había usado un cepillo prestado para desenredarse el cabello.

Para reemplazar la blusa maltratada y los vaqueros sucios, Alice le había dejado una blusa y una falda larga tradicionales de india navajo,

—Es muy amable de tu parte esperar aquí hasta, hasta que padre muera.

—Esperaba que me llevaran a la guarida de un convicto —dijo, mirando al catre donde Gene y Greywolf atendían al anciano indio—. No entiendo por que no me contó directamente por que escapó.

—Mi hijo es una persona que está a la defensiva muy a menudo.

—Y desconfiada.

Alice le puso un momento la mano en el brazo.

—Tenemos sopa caliente. ¿Quieres un poco?

—Por favor.

Sólo entonces se dio cuenta de que se moría de hambre. Alice se sentó en la mesa con ella mientras comía. Aislinn aprovechó la oportunidad para hacerle preguntas sobre Greywolf, preguntas que anteriormente le habían picado la curiosidad.

—Por lo que he entendido, estaba cumpliendo tres años de sentencia por un crimen que no cometió, ¿no?

—Sí —replicó Alice—. De lo único de lo que fue culpable Lucas es de organizar una manifestación en las escaleras del juzgado de Phoenix. Había ido por todos los caminos legales, había conseguido un permiso para la marcha.

No tenía por qué haber sido violenta.

— ¿Que pasó?

—Algunos de los manifestantes, bastante más militantes que Lucas, fueron demasiado camorristas. Antes de que Lucas recuperara el control, destrozaron propiedad pública y se formaron algunas peleas, Se convirtió en una reyerta, Varias personas, incluidos policías, resultaron heridos.

— ¿Graves?

—Sí. Y como ya se había ganado una reputación de disidente, Lucas fue el primer arrestado.

— ¿Por qué no explicó que había intentado detener la violencia?

—Se negó a delatar a los verdaderos responsables. Se representó a sí mismo en el juicio y no permitió que nadie hablara en su defensa. Pero yo creo que tanto el juez como el jurado habían hecho ya su veredicto antes incluso de que el caso llegara a juicio. Hubo mucha publicidad de los medios. Lo hallaron culpable, y la sentencia fue desproporcionadamente severa.

— ¿No le habría ido mejor si hubiera contratado a un abogado?

Alice sonrió.

—Mi hijo no te ha contado mucho sobre él, ¿verdad? Él es abogado.

— ¿Abogado? —Aislinn se quedó sin habla, sin retirar la mirada de la otra mujer.

—Inhabilitado ahora —contestó la madre con tristeza—. Esa es una de las razones por las que es tan amargo. Quería ayudar a nuestra gente a través del sistema legal. Ahora ya no puede.

Aislinn a duras penas asimiló lo que le estaba contando Alice, Parecía que el señor Greywolf era aún más complejo de lo que había imaginado.

Miró hacia el catre justo cuando se levantaba y se acercó a la mesa donde estaban sentadas las dos mujeres, con una mano de Gene Dexter sobre el hombro.

—Has dicho “nuestra gente” —le remarcó Aislinn a Alice—. Vuestra herencia india es muy importante para vosotros. ¿Por eso Lucas y tú usáis el apellido Greywolf?

— ¿Y qué apellido deberíamos usar? –preguntó Alice, aparentemente desconcertada por la pregunta.

—Dexter —contestó Aislinn, igualmente desconcertada—. ¿No es Gene el padre de Lucas?

Aislinn se topó con tres miradas atónitas. Los ojos de terciopelo de AIice fueron los primeros en mirar hacia otro lado. Cierto tono de rubor tiñó sus mejillas morenas. Gene Dexter se aclaró la garganta de manera incómoda. La respuesta de Greywolf fue más bien abrupta y directa al grano.

—No, no lo es.

CAPÍTULO CINCO

 

—Alice, Joseph pregunta por ti — le dijo Gene de manera diplomática.

Los dos se retiraron, Gene con una mano sobre el hombro de Alice.

Aislinn deseó que se la tragara la tierra.

—Pensé que como solo eres medio indio... Quiero decir...

—Pues pensaste mal —dijo Greywolf, tirándose en una de las sillas de la mesa—. De todas formas, ¿qué estas haciendo aquí? Pensé que ya habrías engatusado a Gene para que te llevara de vuelta a la civilización.

—Tiene mejores cosas que hacer, como cuidar de tu abuelo.

Lucas se balanceó sobre las patas traseras de la silla y la miró de forma provocadora.

—O a lo mejor es que esta vida de crimen te resulta excitante. A lo mejor no quieres volver a casa.

—Por supuesto que quiero —repuso ella, fulminándolo con la mirada—. Es sólo que no soy tan superficial y sin sentimientos como pareces creer.

— ¿Lo cual significa...?

—Significa que os comprendo a tu madre y a ti. En vez de aterrorizarme con un cuchillo y atarme podías haberme contado por que te habías fugado. Te habría ayudado.

Él profirió un sonido que bien podría haber sido una carcajada. Sin embargo, no fue un sonido jovial, sino más bien cargado de escepticismo e incluso reprimenda.

— ¿Una bella, respetable y cumplidora de las reglas WASP como tú, ayudando a un preso fugado, un preso fugado indio? —dijo, en tono burlón—.Tengo serias dudas. De todas formas, no podía arriesgarme a la bondad de tu corazón. He aprendido a no confiar en nadie.

Las patas delanteras de la silla golpearon con fuerza el suelo, como queriendo remarcar la afirmación.

— ¿Queda más sopa?

Mientras le servía un plato de sopa del puchero hirviente, Aislinn pensó que la identidad del padre de Lucas seguía siendo un misterio. Aparentemente su sangre anglo no era un tema del que se pudiera hablar, lo cual la intrigó aún más.

Lucas engulló la sopa ardiendo y ella le sirvió café sin preguntar. Mientras hacía unas horas su único deseo había sido poner distancia entre ella y aquel hombre peligroso, ahora estaba sentada en la misma mesa. Él la miró con un curioso arqueo de cejas, pero siguió comiendo sin ningún comentario.

Ya no parecía tan feroz. Aislinn no sabía si sería la atmósfera tranquila o la limitada cabaña lo que podían haberlo apaciguado. Era difícil sentir terror hacia un hombre que se arrodillaba al lado de su anciano abuelo moribundo y hablaba con tanta amabilidad.

Greywolf no había cambiado físicamente .Su cabello era igual de negro, e igual de rebelde y largo. Sus ojos seguían siendo igual de fríos, los músculos de sus brazos se seguían tensando con la misma violencia latente bajo la sinuosa piel de cobre. Su expresión seguía igual de distante.

Pero aun así era diferente.

Ya no le parecía tan aterrador como intrigante, y era muy distinto de los hombres con los que la solían emparejar sus padres, todos réplicas exactas de si mismos. Llevaban los mismos trajes conservadores a medida que solo variaban en la tonalidad de gris. Todos eran ejecutivos de movilidad social ascendente cuya única conversación versaba sobre análisis de mercado e índices de crecimiento. Su idea de aderezar una era hablar de sus partidos de tenis o de lo que costaba mantener un coche deportivo extranjero. En los cócteles siempre podían hablar del reciente divorcio de alguien o de sus líos con Hacienda.

Todos le parecían muy aburridos en comparación con aquel hombre con un pendiente de plata que engullía sopa como si fuera su última comida decente en mucho tiempo, que no se avergonzaba del sudor y la suciedad ni de las cosas básicas de la vida, como morir.

Francamente, estaba fascinada por Lucas Greywolf.

—No me dijiste que eras abogado.

Consciente de que no era muy dado a las charlas, a Aislinn no se le ocurrió otra manera de empezar una conversación.

—No era relevante.

—Podías haberlo mencionado.

— ¿Por qué? ¿Te habrías sentido mejor sabiendo que el hombre que te amenazaba con un cuchillo era abogado?

—Supongo que no.

Lucas siguió con su sopa, zanjando la conversación. Aislinn pensó que le tenía que sacar cualquier información con bisturí. Volvió a intentarlo.

—Tu madre me ha contado que fuiste a la universidad con una beca de atletismo.

—Por lo que se ve habéis tenido una buena conversación —dijo, mientras se terminaba la sopa y dejaba a un lado el plato.

—Bueno, ¿fuiste? —preguntó ella impaciente.

— ¿A qué viene ese repentino interés?

—Sólo... —dijo ella, encogiéndose de hombros—. No sé, me interesa.

— ¿Quieres saber cómo un pobre indio se superó en el mundo anglo, es eso?

—Debí haber sabido que te ibas a ofender. Olvídalo.

Enfadada, echó hacia atrás la silla y se levantó, pero cuando fue a tomar el plato de Lucas para llevarlo al fregadero, él le agarró la mano con fuerza.

—Siéntate y te lo contaré todo, dado que te interesa tanto.

Era imposible echar un pulso con él, especialmente con la forma en que le clavaba los dedos en la piel, así que se volvió a sentar. Él la estuvo mirando fijamente durante un rato antes de soltarla,

Le brillaban los ojos de desdén, con tanta intensidad que la hizo sentirse incómoda.

—Me gradué en un colegio aquí en la reserva —empezó, sin apenas mover los labios —. Conseguí la beca porque un alumno que buscaba talentos para el entrenador me había visto correr en una competición de atletismo. Así que fui a Tucson e ingresé en la universidad. El atletismo era fácil, pero yo era deplorablemente ignorante comparado con los demás novatos, Con unos profesores tan entregados como los que tuve en la reserva, no estaba preparado en absoluto para la universidad.

—No me mires así.

— ¿Así cómo?

—Como si me tuviera que sentir culpable de ser rubia y con los ojos azules.

—Sé que para alguien como tú será difícil de entender, pero si desde el principio eres un marginado, será mejor que seas fantástico en algo. Es la única manera de llegar a estar cerca de que te acepten. Mientras tú y tu gente os divertíais en las fiestas de la fraternidad, yo estaba estudiando.

—Querías sobresalir.

—Quería estar a la par. Cuando no estaba en clase, o en la biblioteca o en la pista, estaba trabajando. Tuve dos trabajos en el campus porque no quería que dijeran que estaba allí solo por ser indio y corría deprisa.

Juntó las manos sobre la mesa y se quedó mirándolas fijamente.

— ¿Sabes lo que es un mestizo?

—He oído la palabra, sí. Es una palabra fea.

— ¿Sabes lo que es vivir así? Es una pregunta retórica, por supuesto que no lo sabes. Ah, llegue a ser una celebridad por el atletismo. Corría bien—dijo, reflexivo, como si aún pudiera escuchar los vítores de la gente—. Por cierto, acabé graduándome con honores.

—Así que sobresaliste.

—Mi nombre era tan conocido —continuó él, sin hacerle caso— que incluso escribieron un artículo sobre mi en el periódico. El enfoque era lo encomiables que eran mis méritos... para ser un indio. Ya ves, siempre está esa calificación: «Para un indio».

Aislinn sabía que tenía razón, así que no dijo nada.

—Fui directo a la escuela de Derecho. Estaba ansioso por practicar, por ayudar a evitar la explotación de los indios por parte de las compañías mineras y demás. Y gané un par de casos, pero no era suficiente. Me desilusionó el sistema legal, que resultó ser tan político como cualquier otra cosa en el mundo. La justicia no es ciega. Así que yo también empecé a jugar sucio. Me hice mucho más directo y crítico. Organicé a los manifestantes indios para que tuvieran una voz más fuerte. Monté manifestaciones pacificas. Mis actividades sólo sirvieron para ganarme una reputación de un creador de problemas a quien había que vigilar.

Cuando tuvieron la oportunidad de arrestarme y encerrarme por mucho tiempo, lo hicieron.

Se sentó de nuevo en la silla y miró a Aislinn fijamente,

—Ahí la tienes. ¿Estás satisfecha? ¿Ya has aprendido todo lo que querías saber?

Fue un discurso mucho mas largo de lo que ella nunca lo hubiera imaginado capaz de hacer. Le resultó sencillo encajar las piezas que faltaban. Se dio cuenta de que no pertenecía a ninguna sociedad, no era enteramente indio ni enteramente anglo.

Pensó en las infamias que debía de haber pasado.

Palabras como «raza» debían ser intolerables para un joven orgulloso y testarudo como él.

Él era inteligente y físicamente superior. Aislinn no tuvo ninguna duda de que otros indios descontentos veían en él a su líder y se cohesionaran a su lado. Se convirtió en alguien a quien la comunidad anglo temía. Pero de todos modos, pensó que las mayores dificultades a las que se había tenido que enfrentar Lucas Greywolf venían de su propia amargura enraizada y de su cabezonería.

Podía haberse evitado años de prisión nombrando a los culpables. Aislinn imaginó la dureza de sus mandíbulas al negarse a responder las preguntas de las autoridades.

—Estás resentido —le dijo ella con franqueza.

De forma sorprendente para Aislinn, sonrió, aunque fue más una mueca fría.

—Tienes toda la razón. Ahora. No ha sido así siempre. Cuando deje la reserva para ir a la universidad estaba lleno de ingenuidad y de altos ideales.

—Pero la sociedad te la jugó,

—Adelante, búrlate, ya estoy acostumbrado.

— ¿Alguna vez te has parado a pensar que la razón por la que no te incluyeran no era porque fueras indio sino por tu personalidad bastante poco agradable?

Una vez más la agarró de la muñeca.

— ¿Qué sabes tú de eso? Nada —gruñó—. Hasta tu nombre apesta a tu sangre pura anglosajona. ¿Alguna vez te han invitado a una fiesta y no han dejado de darte alcohol sólo para que los otros vieran cuanto puede tolerar de verdad un indio? «¿Cuándo se emborrachará?». «A lo mejor se pone las plumas de guerra y hace una danza para nosotros». «¿Dónde están tu arco y tus flechas,Jefe?»

— ¡Para! —gritó ella, intentando soltarse el brazo, pero no pudo.

Los dos se habían puesto de pie, aunque ninguno se había dado cuenta. Él la tenía sujeta con una postura horrible sobre la mesa. Apretaba con fuerza los dientes y, a pesar de que su voz era tan dulce como la miel, llevaba consigo una terrible malicia.

—Cuando te hayan puesto en ridículo de esa manera, vuelves y me cuentas todo sobre mi resentimiento, señorita Andrews. Tú...

— ¡Lucas!

La reprimenda de su madre terminó con la diatriba de Greywolf. Miró a Aislinn a los ojos durante un segundo más antes de soltarla y se giró.

—Él te está llamando —dijo Alice.

Sus preciosos ojos iban de su hijo a la cautiva y viceversa, como cautelosos por las chispas que sentía arder entre ellos. Tomó a Lucas del brazo y lo llevó hasta donde estaba el catre.

Aislinn los observó. La cabeza de Alice apenas le llegaba a él por los hombros. El brazo con que este le rodeó los estrechos hombros mientras se aproximaban a la cama del enfermo transmitía afecto y ternura. No podía imaginarlo experimentando aquellas emociones humanas naturales.

—Tendrás que perdonar a Lucas —la voz queda de Gene Dexter la sacó de sus cavilaciones.

— ¿Por qué? Es un hombre adulto, responsable de sus actos. El mal comportamiento no tiene excusa, sea cual sea su causa.

—Tienes razón, por supuesto —respondió el doctor, que suspiró y se sirvió café, y, mientras bebía, miraba también a madre e hijo al lado del hombre doliente—. Conozco a Lucas desde que era un niño. Siempre ha estado enfadado, amargado. La madre de Alice era navajo, pero Joseph es apache. Lucas ha heredado ese espíritu guerrero.

— ¿Los conoces de hace tanto?

—Vine a la reserva en cuanto termine mi residencia.

— ¿Por qué?

Aislinn se sonrojó al ver como el médico la miraba con una sonrisa en los labios. Pensó que se había contagiado de la rudeza de Greywolf.

—Lo siento —se disculpó—, no es asunto mío.

—No importa, me alegra contestarte —aceptó el, y frunció el ceño mientras recopilaba sus recuerdos y escogía las palabras cuidadosamente—. Sentí una llamada; supongo que es eso. Era joven e idealista. Quería hacer algo diferente, no mucho dinero.

—Estoy segura de que lo has hecho —dijo Aislinn, e hizo una pausa para luego continuar—. Al menos en las vidas de Alice y Lucas Greywolf.

—Conocí a Alice cuando llevó a Lucas a la clínica con un brazo roto. En las semanas siguientes nos hicimos amigos y le pregunte si estaría dispuesta a echarme una mano en la clínica. Le enseñé tareas de enfermera, y hemos trabajado juntos desde entonces.

Aislinn dedujo que los intereses de Gene por Alice iban más allá de los de un médico por su entregada enfermera, pero no tuvo oportunidad de preguntar mas sobre el asunto, pues en aquel momento Alice se volvió a Gene, alarmada.

— ¡Gene, ven rápido! Está...

El médico corrió al catre y apartó a Lucas y Alice, Colocó el estetoscopio en el pecho huesudo de Joseph Greywolf. Incluso desde donde ella estaba, Aislinn pudo escuchar la respiración vibrante y entrecortada. Sonaba como dos lijas una contra otra. El sonido abrasivo no cesó hasta que despuntó el día.

Cuando paró, el repentino silencio sonó aún más alto que todo el barullo anterior. Aislinn se cubrió los labios temblorosos con la mano y se volvió de espaldas a los tres que velaban el catre, para otorgarles algo de privacidad. Siendo una intrusa, no quería entrometerse en su dolor. Se sentó en una silla y bajó la cabeza.

Escuchó el caminar arrastrando los pies sobre el suelo polvoriento, el sonido silencioso de los murmullos de consuelo llorosos y susurrantes de Alice. De repente sus oídos escucharon el ruido sordo de los tacones de unas botas. La puerta al abrirse de par en par, Aislinn levantó la cabeza y, al otro lado de la puerta, vio a Lucas directo al camino de piedras.

El poderoso cuerpo de este era tan fluido y ligero como siempre, pero los sinuosos músculos tiraban de su piel. Parecía controlarse solo gracias a su fuerza de voluntad. Al estar de espaldas, no pudo verle la cara, pero pudo imaginarla, tensa, dura, implacable. Lo observó sobrepasar su coche y la pick-up cuatro por cuatro que asumía sería del doctor Dexter y, con el mismo andar decidido, cruzar el suelo del cañón y tomar un camino de piedras irregular que subía por la colina.

No recordó haberse movido. No fue consciente de haberlo decidido. Simplemente se levantó y corrió hacia la puerta, guiada por alguna zona de su subconsciente. Enseguida echó una mirada a Alice. Gene Dexter la tenía entre sus brazos y la arropaba con palabras de consuelo,

Salió a la quietud de la mañana, La luz del amanecer apenas se asomaba tras los riscos de las montañas que encerraban la choza. El aire era considerablemente mas fresco arriba en las montañas, sobre todo a aquella hora del día, cuando el sol aún no hacía arder las rocas.

Aislinn no se percató de nada, ni siquiera de los fantásticos y cambiantes tonos violeta del cielo del este a medida que el sol iba saliendo. Tenía la mirada fija en el hombre que ya no era más que una mota que encogía rápidamente mientras escalaba, sin esfuerzos evidentes, cada vez más alto.

El avance de ella no fue tan rápido. Las botas que él le había elegido le venían muy bien ahora, pero la falda prestada se le enganchaba y le envolvía las piernas. Cayó sobre las rodillas varias veces y le sangraban las manos de arañárselas.

Antes siquiera de haber llegado a mitad de camino a la cima, ya estaba sin aliento. Pero siguió subiendo, conducida por un sentimiento que no se paró a apreciar. Sencillamente era algo que tenía que hacer. Tenía que llegar a Greywolf.

Por fin la meseta, que parecía un tablero de mesa sobre la cuesta de rocas, dejó de parecer inalcanzable. Se llenó de coraje y comenzó a subir más deprisa. Al mirar hacia arriba vio a Lucas parado en la cima; su cuerpo era una silueta oscura y esbelta contra el cielo sin nubes color lavanda,

Cuando al fin llegó a la cima, recorrió arrastrándose la distancia que le quedaba. Una vez allí, se desplomó en el suelo rocoso; estaba exhausta.

Respiraba con dificultad y el corazón le latía tan fuerte que le dolía. Se miró incrédula las manos. Las rocas no habían tenido piedad con sus palmas y tenía las uñas rotas.

Normalmente se habría horrorizado ante tales heridas, pero en aquel momento el dolor no significaba nada. Ni siquiera lo sentía; era insignificante comparado con el que sentía el hombre al que seguía.

Greywolf permanecía inmóvil, de espaldas a ella, mirando hacia el macizo de en frente. Tenía las piernas abiertas a la distancia de los hombros, y las manos cerradas en puños, colgaban rígidas a ambos lados.

Vio cómo echaba la cabeza hacia detrás, con los ojos muy cerrados, y soltaba un alarido que retumbo en las paredes de las montañas de alrededor.

El lamento animal salió directamente de su alma.

Fue una emanación de dolor, desesperación y frustración tan profunda que Aislinn sintió la pena como suya. Las lágrimas le recorrieron las mejillas.

Se inclinó hacia delante y alargó una mano como para tocarlo, pero estaba a varios metros de él. Su ofrecimiento de consuelo fue invisible.

Aislinn no sabía por qué no le repelía la desgarradora muestra de sentimientos. En su familia tales exhibiciones estaban prohibidas. Si alguien sentía tristeza, rabia o incluso alegría, las demostraciones debían ser comedidas y refinadas. La expresión personal, como todo lo demás, debía seguir unas normas, y había que tener los sentimientos atados. Hacer otra cosa era considerado de mal gusto y vulgar.

Nunca en su vida Aislinn había presenciado una expresión de sentimientos tan sincera y sin ataduras. El grito salvaje de Greywolf le había abierto un agujero secreto en su corazón y había dejado una herida abierta. Un arpón no la podía haber atravesado más a conciencia. El impacto fue así de desconcertante, de profundo, de afilado.

Lucas se puso de rodillas, arqueó la espalda y bajó la cabeza, que se cubrió con los brazos. Se balanceó mientras canturreaba palabras que Aislinn no entendía. Sólo entendió que aquél era un hombre totalmente desconsolado, a quien la medida de su dolor habían hecho forastero y solo.

Todavía sentada, se acercó a él y le tocó un hombro. Él reaccionó como un animal herido.

Giró la cabeza bruscamente y soltó un gruñido.

No tenía lágrimas en los ojos, que estaban fríos en la superficie, pero por dentro las pupilas ardían como las insondables fosas del infierno.

— ¿Qué haces aquí? —le preguntó con desdén—. No tienes cabida aquí.

No sólo le estaba dando a entender que no pertenecía a aquella meseta salvaje, sino también que no podía empezar a comprender la profundidad de su dolor y que le sentaba mal que hubiera pensado que podía.

—Siento lo de tu abuelo.

Él entrecerró los ojos peligrosamente.

— ¿Qué demonios te puede importar a ti un indio viejo e inútil?

A ella se le llenaron los ojos de lágrimas ante las duras palabras.

— ¿Por qué haces eso?

— ¿Hacer qué?

—Dejar a la gente fuera de manera cruel, gente que intenta ayudarte.

—No necesito la ayuda de nadie. Y menos la tuya.

— ¿Crees que eres la única persona del mundo que se ha sentido desilusionada, o dolida, o traicionada?

— ¿Tú lo has sentido? ¿En tu palacio de marfil?

La pregunta despectiva no merecía respuesta.

Le podía haber explicado que existían innumerables variedades de abusos, pero intercambiar historias tristes habría resultado ridículo. Además, estaba demasiado enfadada con el por haber despreciado su solidaridad.

—Cargas con tu resentimiento como si fuera un escudo para protegerte. Te escondes detrás de tu ira como un cobarde que teme que lo pillen experimentando algo de calor humano. Alguien te ofrece ternura y tú lo malinterpretas como lástima. De todas formas, todos necesitamos que nos compadezcan de vez en cuando.

—De acuerdo—dijo él suavemente—, compadéceme.

Se movió a la velocidad del rayo y su toque fue igual de electrizante. Su mano salió disparada y la agarró del pelo, ovillando los largos mechones alrededor del puño y empujándole la cabeza hacia delante. Luego, se la inclinó hacia atrás tanto que ella temió que le fuera a partir el cuello.

—Te sientes benevolente hacia los indios, ¿eh? Bueno, veamos cuánto.

De una forma muy brusca, juntó los labios con los de ella. El contacto fue brutal. Ella hizo un sonido escandalizado en lo profundo de su garganta, pero no tuvo ningún efecto sobre Lucas, que, en todo caso, le agarró más fuerte el pelo y le apretó los labios con más fuerza.

Al ver que era inútil intentar mover la cabeza, Aislinn lo agarró de los brazos e intentó empujarlo. La piel bajo sus manos era suave y cálida y los músculos parecían cables trenzados de acero. Sus esfuerzos no dieron resultado.

Lucas levantó los labios tan sólo unos centímetros para sonreír irónicamente.

— ¿Alguna vez la había besado un indio, señorita Andrews? Será algo que podrás contar a tus amigas en la próxima fiesta de té.

Y volvió a poner los labios en los de ella. En aquella ocasión, Aislinn sintió qué se caía y sólo cuando notó que se le clavaban piedras en la espalda se dio cuenta de que la había bajado al suelo. Él se estiró sobre ella, y le cubrió un lado del cuerpo con el suyo.

— ¡No! —exclamó ella en un grito ahogado cuando él le soltó los labios para besarla por el cuello justo bajo la mandíbula.

Intentó darle una patada, pero él le puso una pierna encima y le aprisionó las piernas bajo la suya.

— ¿Qué pasa? ¿Has perdido el gusto por la compasión tan pronto? —se burló el—. Pues prueba esto,

La besó otra vez. Aislinn notó la lengua investigando contra sus labios y tercamente los mantuvo sellados. Él le soltó el pelo y la agarró justo por debajo de la mandíbula. Unos dedos fuertes la apretaron hasta que no tuvo más remedio que abrir la boca si no quería que le hiciera añicos el maxilar.

La lengua de él se abrió camino dentro de su boca. Era una intrusa furiosa, depredadora, violenta y dañina. Ella gritó en silencio de vergüenza e ira, mientras intentaba luchar contra el y arqueaba la espalda contra el suelo en un esfuerzo por rechazarlo.

Lo único que consiguió fue la rodilla de él entre las piernas y sus caderas presionando íntimamente las de ella. Desesperada por acabar con el salvaje abrazo, puso las manos como garras y se lanzó a por su rostro.

Pero en el momento en que las puntas de sus dedos hicieron contacto con el rostro de Lucas, notó los pómulos de este mojados. Inmediatamente, su ira se tornó en asombro. Sus dedos relajaron la tensión y los usó para explorar a ciegas.

Las protuberancias talladas de los pómulos y las casi descarnadas planicies bajo ellos.

La falta de resistencia sofocó también el intento brutal de él, que levantó los labios. Se miraron en silencio a los ojos, los de él tan maravillosamente incongruentes con el resto de su cara; los de ella, inundados por las lágrimas.

Aislinn vio como su propia mano le recorría el rostro húmedo, y trazó el recorrido salado de una de sus lágrimas hasta la barbilla. Pensó en el dolor tan absoluto que había llevado a un hombre de piedra como él a llorar hizo que el corazón le latiera con fuerza.

Lucas la miró fijamente a la cara y al instante se arrepintió de lo que veía, unos labios descoloridos e hinchados por la ira de su beso. Nunca antes había maltratado físicamente a una mujer y sólo el pensarlo lo puso enfermo. Se movió ligeramente, tratando de levantarse de encima de ella. Pero las manos de Aislinn aún descansaban en sus mejillas. Estaba estudiando su boca. Lucas se quedó parado.

—Te advertí que no me volvieras a mirar así –le dijo toscamente.

Ella no se movió.

—Te dije lo que pasaría si lo hacías.

Ella siguió sin alterar la expresión.

Tan sólo duró un segundo, pero la vacilación de Lucas pareció alargarse durante una eternidad antes de hacer un sonido de hambre y de celo y volver a bajar los labios contra los de ella.

El beso fue totalmente distinto. Su boca había cambiado. Se acomodó en sus labios amablemente, a pesar de los gemidos de anhelo que emitía. Frotó los labios con los de ella, en un gesto de consuelo y de disculpa.

Ella respondió abriendo los labios. Ligeramente. De forma que cuando la lengua del indio tocó la unión de ellos, tuvo que escarbar para lograr entrar en el dulce interior.

Lucas soltó un gruñido bajo y largo a medida que su lengua ahondaba en el cálido interior de la boca de Aislinn, llegando más lejos, haciendo remolinos cada vez más profundos. Inclinó la cabeza y ella hizo lo mismo. Sus bocas estaban selladas.

Aislinn nunca había recibido un beso tan ostensiblemente sexual. Con toda frescura, Lucas imitaba el acto sexual, acariciándole el interior de la boca con la lengua hasta cortarle la respiración.

Aislinn quería más.

Levantó las manos del rostro de él. Le tocó el pendiente de plata de la oreja derecha, y él profirió un sonido pegadizo y entrecortado cuando lo acarició. La otra mano se hundió entre su cabello largo y lacio. Le quitó la banda del pelo y dejó que el cabello le cayera sobre los dedos. Plata negra.

Él movió las manos entre los dos cuerpos y jugueteó con los botones de la poco atractiva blusa prestada de Aislinn, quien notó cómo se abrían y no hizo nada por evitarlo.

«No pienses en esto, no lo pienses», se ordenó. Porque sabía que si lo pensaba se acabaría. Y a cualquier costa no quería que terminara.

Desde el momento en que se había cruzado con él en la cocina de su casa, se había visto asaltada por diversas emociones y sensaciones. Sin descanso se habían abalanzado sobre ella como balas.

Algunas veces no las había esquivado a tiempo y había sentido su impacto en la cabeza, en el corazón, en el cuerpo. Hasta hacía tres noches, su vida parecía desperdiciada y estéril, comparada con las intensas emociones que había experimentado desde que conocía a Greywolf. Y ahora quería experimentar la última de las emociones.

Con él.

El aliento cálido de Lucas cayó sobre su cuello mientras los labios se movían sobre este con avaricia y esparcían besos por todo su pecho. Una mano, sin pedir permiso ni disculpas, le acarició un seno. Sólo pensar en los dedos fuertes y marrones moviéndose contra su carne blanca le hizo un nudo en el estómago.

Se mordió el labio inferior para ahogar un gemido cuando la punta de un dedo localizó su pezón tenso. El dedo se entretuvo con él, dando vueltas alrededor y ligeros pellizcos. Cuando notó la boca de Lucas cerrándose sobre él, soltó un grito estremecedor y le agarró la cabeza con ambas manos, sujetándola contra si.

Él no mostró disciplina alguna. Usó la lengua, los dientes, la habilidad de su boca. Ella no podía dar suficiente ni tener suficiente. Cada caricia la llevaba más alto y más lejos de lo que nunca antes hubiera ido.

Le abrió la camisa a él y extendió las manos sobre su torso. Sus dedos se entregaron a una orgía de descubrimientos. Apretaron con fuerza las curvas de sus músculos, rastrearon en su cuero cabelludo e hicieron un tímido contacto con los pezones duros.

Lucas enterró la cabeza entre sus senos y gruñó de placer. Le agarró la falda y la levantó, y entonces metió la mano por dentro de sus muslos.

Sonaron tambores dentro de la cabeza del indio. El ardor se concentró en su sexo y después se expandió por sus muslos. Había necesitado una mujer, pero sus deseos se habían centrado en aquella en especial. Aquella mujer rubia, de ojos azules, que simbolizaba todo lo que siempre había odiado, se había convertido en lo que más deseaba.

Desde el primer momento en que la había visto de pie frente a él, con su cuerpo dorado por la luz de la lámpara de la habitación, sus sentidos habían bullido de deseo. Había querido buscar en cada tentador centímetro de su carne y, una vez descubierta, mirarla, tocarla, olerla y saborearla.

Sus pequeños y redondos senos, con las delicadas cimas rosas, le habían atraído poderosamente. Era delgada, pero deliciosamente formada. Había soñado con recorrer con las manos la esbelta forma, moldearla hasta ajustarla a sus palmas.

Recordaba gráficamente cómo la había visto desnuda, trémula pero orgullosa, vulnerable pero valiente, con una piel suave y rica como la crema; todo lo que no había visto pero si había visualizado su imaginación hasta hacerle daño.

Y en aquel momento la estaba tocando. El dulce delta era tan cálido y suave como había soñado. Metió una mano por dentro de sus bragas y la pasó por el sedoso nido hasta encontrar el corazón de su feminidad. Se llenó de impaciencia y le bajó las bragas hasta quitárselas.

Espontáneamente ambos se quedaron quietos, excepto por la rapidez de su respiración. Él se apoyó sobre ella y la miró fijamente a la cara, que estaba en calma. Pudo apreciar su expresión, que mantenía un desafío.

Aislinn tenía los senos expuestos al nuevo sol y al cielo sin límites. No se estremeció mientras él los recorría con la mirada. Tenía la falda por la cintura, y el bajó la mirada hasta su condición de mujer. Era preciosa. Lucas cerró los ojos ante el inmenso placer que lo inundó.

Se abrió los pantalones y se colocó entre las piernas levantadas de ella. Entonces, bajando la cabeza hasta cubrirle los labios con los suyos, la penetró. Entró muy lentamente, saboreando cada sedoso centímetro de la feminidad que lo envolvía.

Sólo cuando ya no tuvo más que dar, dejó caer su peso sobre ella. Metió la cara en el fragante hueco entre el hombro y el cuello de Aislinn.

Quiso morir.

Porque nada podría volver a ser igual de bueno.

Aislinn, con los ojos cerrados, metió las manos bajo la camisa de él y recorrió con ellas la fina extensión de su espalda. Su cintura estaba bien formada y estrecha. Le encantó escarbarle la región baja de la espalda con las palmas. Apenas investigó sus caderas antes de perder el control y sacar las manos. Quería meterlas en sus vaqueros y copar con ellas las duras curvas de sus glúteos. Lo quería más dentro de ella. Aunque no era posible, pues ya la había llenado, y su propio cuerpo se había deleitado en acomodarlo.

Volvió la cabeza para besarle la oreja, justo donde llevaba el pendiente. Él profirió un gemido profundo, más una vibración que un sonido, y bajó la cabeza hasta llegar al dulce pezón de ella. Frotó los labios abiertos sobre este hasta humedecerlo. Su lengua era caprichosa.

Los genitales de ambos se convulsionaron, de forma refleja, y entonces él empezó a moverse.

Lentamente, entró y salió varias veces. Era suave, duro, caliente. Era un animal. Era un hombre. Era maravilloso. Aislinn se preguntó cómo había sobrevivido todos aquellos años sin conocer aquello, sin tenerlo.

Lucas susurró algo en su lengua nativa y, de repente, se apoyó sobre ella con los brazos estirados.

—Me llamo Lucas —bramó.

—Lucas —repitió ella en un suspiro, y luego más alto—. Lucas.

—Quiero, ¡Oh Dios! Quiero ver esto, vernos...

Miró hacia abajo al lugar donde sus cuerpos se unían, donde lo oscuro se encontraba con lo blanco, donde lo masculino se encontraba con lo femenino. Hizo un movimiento circular y pulverizador con la cadera que dejó a Aislinn sin respiración.

Esta arqueó el cuello, pero no cerró los ojos, a pesar de que el sublime éxtasis así lo pedía.

Lo miró fijamente a la cara, para guardarla en la memoria. Era oscura, hermosa, salvaje. El sudor le manaba de la frente a medida que sus movimientos iban ganando velocidad.

—Quiero recordar, quiero recordar, quiero recordar —salmodió Lucas mientras se clavaba en ella—. Cuando me lleven, oh Dios,..

Echó la cabeza hacia atrás. Clavó los ojos grises en los de ella un segundo antes de cerrarlos.

Hizo una mueca, sumido en un exquisito clímax sexual. Deslizó las manos bajo las caderas de ella, agarrándole el trasero, y la sujetó con fuerza mientras se estremecía.

Aislinn le abrazó el cuello, apoyó la cabeza en la mata de pelo de su pecho y tembló con su propia plenitud.

Interminables momentos después, Lucas se derrumbó sobre ella. Movió los labios de nuevo contra la oreja de ella, pero si estaba hablando de verdad, Aislinn no pudo distinguir las palabras.

Ella le acarició la nuca, deleitándose al sentir su cabello negro en la mejilla.

Aislinn no supo cuánto tiempo permanecieron tumbados, empapados en sudor, ni tampoco qué fue lo que los llevó a levantarse de aquella lasitud de puro gozo.

Todo cuanto pudo recordar después fue la expresión en el rostro de Lucas cuando éste se levantó y la miró. Durante un instante, pareció infinitamente triste, resignado, en cierto modo agradecido, antes de cerrar la cara y parecer remoto de nuevo.

La dejó. Una vez de pie, se abrochó los vaqueros pero no se molestó en abotonarse la camisa.

Anduvo hasta el borde del acantilado y miró hacia abajo a la cabaña de Joseph Greywolf.

—Será mejor que te vistas. Han venido a por mí.

Las palabras golpearon en el pecho de Aislinn como piedras. Quiso lanzar un grito de protesta, pero sabía que sería inútil. No podría ocultarlo, ni protegerlo. Por otro lado, Lucas no parecía preocuparse mucho de su futuro ni inmediato ni a largo plazo, y mucho menos del de ella.

Sintiendo las venas heladas a pesar de la creciente temperatura, Aislinn se vistió corriendo. Se puso de pie, temblorosa, y se limpió la suciedad de la espalda lo mejor que pudo. Se tambaleó por lo que acababan de hacer. Le ardían las mejillas de vergüenza incluso mientras su cuerpo seguía latiendo con réplicas.

Aún no había terminado. Sentía que había acabado demasiado pronto. Se sentía incompleta.

Quería haber compartido un momento de ternura después. Quería la cercanía que se suponía debía seguir a lo que acababan de compartir.

Entonces se dio cuenta de que no debía haber esperado una profesión de amor, un “gracias” de corazón ni un chiste para quitar la tensión. Lucas no le ofreció más que una mirada rápida con ojos vacíos y sin sentimiento antes de comenzar a bajar el camino pedregoso hasta el suelo del cañón.

Aislinn se cubrió el rostro con las manos en un intento vano de mantener el control. Las rodillas apenas la sujetaban mientras caminaba hacia el borde de la meseta y la visión que la recibió hizo más bien poco por ayudarla a recobrar la compostura.

Alrededor de la cabaña se agolpaban varios coches de policía con las luces rojas y azules encendidas. Hombres uniformados pululaban por la pequeña morada como abejas alrededor de un panal.

Un oficial estaba husmeando en su coche.

—Ponga las manos cobre la cabeza, Greywolf —ladró una voz a través de un megáfono.

Lucas obedeció, a pesar de que le hacía la bajada más peligrosa.

Sintiéndose indefensa, Aislinn observó la escena desde arriba. Una ambulancia llegó estrepitosamente a la puerta de la cabaña, de donde momentos después salía el cuerpo cubierto de Joseph Greywolf en una camilla plegable. Alice, apoyada en el brazo de Gene, la seguía muy de cerca.

Dos agentes subieron la cuesta que bajaba Lucas y, al llegar a él, cada uno le agarró un brazo y se lo puso tras la espalda de forma muy brusca.

Uno de ellos le colocó unas esposas antes de seguir bajando.

Lucas anduvo con la cabeza bien alta. Su porte era altivo, casi condescendiente. Parecía impermeable a todo cuanto sucedía alrededor.

Sólo cuando vio cerrarse las puertas de la ambulancia tras el cuerpo sin vida de su abuelo, Aislinn notó tensión en sus hombros. Alice corrió hacia él y le abrazó la cintura. Lucas bajó la cabeza para besarla en la mejilla antes de que un ayudante del sheriff lo llevara de un tirón al coche que lo esperaba.

Unos segundos antes de que lo empujaran dentro, el fugitivo levantó la cabeza y miro directamente a Aislinn, que permanecía quieta al borde del precipicio. Salvo por aquello, la joven podía no haber existido para Lucas Greywolf.