Todo por Honor

Sandra Brown · Capítulo 3 de 14

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Todo por Honor

Capítulo Dos

 

—Levántate.

Aislinn curioseó con la vista, incapaz de recordar por que le aterrorizaba despertar. Entonces alguien le sacudió el hombro y recordó. Abrió los ojos de golpe. Se incorporó y se sentó en la cama, sujetando la manta sobre su cuerpo desnudo. Se retiró el pelo alborotado de los ojos y miró a la lejana silueta de Lucas Greywolf.

Le había costado horas dormirse, horas en las que había permanecido tumbada al lado de su secuestrador escuchando su respiración rítmica, y sabiendo que se había dormido enseguida. Había intentado desatarse el brazo del cabecero hasta que había logrado que le doliera todo el cuerpo por el vano intento, Finalmente lo había maldicho y se había rendido, relajándose lo suficiente para cerrar los ojos. Después, su cuerpo había podido y al fin se había dormido.

—Levántate —repitió él lacónicamente—. Y vístete. Nos vamos.

A los pies de la cama estaban las medias que la habían sujetado tanto a la cama como a él. Se dio cuenta de que la había liberado en algún momento, y se preguntó por que no se había despertado entonces, si su toque habría sido tan diestro y suave. Entonces recordó que había sentido frío al despuntar la mañana, y se volvió a preguntar si él la había cubierto, lo cual la hizo temblar.

La alivió ver que él ya estaba vestido con la misma ropa polvorienta que había desperdigado la noche anterior antes de meterse en la ducha, aunque había sustituido la manga que llevaba en la cabeza por una de sus diademas. El pendiente y la cruz aún le brillaban en contraste con la piel cobriza, y pudo percibir el aroma del champú sobre su cabello negro como el ébano.

No lo había imaginado. Lucas Greywolf era muy real y personificaba todas las pesadillas de cualquier mujer, o todos sus sueños.

De repente volvió de sus pensamientos.

—¿Que nos vamos? ¿Adónde? Yo no voy a ir a ningún sitio contigo.

El gesto de desdén del delincuente le mostró el crédito que daba a su protesta. Abrió el armario de Aislinn y comenzó a hurgar entre las perchas.

Dejó pasar algunos vestidos de diseñador y camisas de seda para sacar unos vaqueros viejos y una camisa informal, que le tiró sobre la cama.

Después se inclinó para mirar los zapatos, y tomó un par de botas sin tacón. Las llevó a la cama y las dejó en el suelo.

—Puedes vestirte tú misma o... —dijo, haciendo una pausa mientras la miraba bajo la manta con sus ojos grises— o puedo vestirte yo. En cualquier caso, salimos en cinco minutos.

Tenía una postura muy descarada. Con los muslos abiertos, el pecho fuera y la cabeza bien alta, llevaba la arrogancia estampada en el rostro de nativo americano. La autoconfianza emanaba de él como el olor a almizcle de su cuerpo.

Ceder dócilmente a tan pura audacia era inaguantable para Aislinn Andrews.

—¿Por qué no me puedes dejar aquí?

—Pregunta estúpida, Aislinn, e indigna de ti.

Ella lo reconoció, consciente de que en cuanto lo perdiera de vista, correría gritando por la calle hasta que alguien la oyera, y las autoridades estarían en su busca antes de que cruzara el límite de la ciudad.

—Eres mi seguro. Cualquier preso fugado que se precie tiene un rehén —dijo, acercándose un paso—. Y mi paciencia con mi rehén se esta agotando. ¡Saca el trasero de esa maldita cama!

Aunque irritada, obedeció prudentemente, llevando consigo la manta.

—Al menos ten la decencia de darte la vuelta mientras me visto.

Él arqueó una de sus cejas negras con forma de V invertida.

—¿Estas pidiendo un acto de nobleza a un indio?

—No tengo prejuicios raciales.

Él le miró el cabello rubio y liso y sonrió con desdén.

—No, supongo que no, porque dudo que ni siquiera supieras que existimos —dijo, y, girando sobre sus talones, salió de la habitación.

Se sintió ofendida por el insulto y agarró enfadada la ropa que el había escogido. Encontró un sujetador y un par de calcetines en la pila de ropa que él había dejado en el suelo la noche anterior tras vaciar sus cajones.

Tan pronto como se hubo puesto los pantalones, corrió a la ventana y la abrió. Pero entonces un brazo oscuro y fuerte apareció desde detrás, agarrándole la muñeca con sus fuertes dedos.

—Me estoy cansando de tus jueguecitos, Aislinn.

—Y yo me estoy cansando de que me trates así—gritó ella, tratando de liberarse.

Él la soltó solo después de haber vuelto a cerrar la ventana. Resentida, ella se masajeó el brazo alrededor de la muñeca para recuperar la circulación mientras lo miraba. Siempre había despreciado a los matones,

—Escucha, señorita, si no necesitara tu protección no te daría ni un día. Así que no tientes tu suerte –la amenazó Greywolf, y, dándole la vuelta, le dio un pequeño empujón en la espalda—. Andando.

La llevó a la cocina, donde tomó un termo y una bolsa llena de provisiones.

—Veo que ya te sientes como en casa —dijo ella.

Por dentro, se estaba maldiciendo por haber dormido tanto, pensando que se podía haber escapado por la ventana mientras él se servía café y le saqueaba la despensa.

—A donde vamos nos van a hacer falta las provisiones.

—¿Y dónde es eso?

—Donde vive la otra mitad.

No explicó más, sino que, sujetándola con fuerza del brazo, llevó a Aislinn al garaje. Tras abrir la puerta trasera del coche, la metió dentro y rodeó este para meterse tras el volante. Colocó el termo y la bolsa entre ellos y ajustó el asiento tan lejos como pudo para que le cupieran las largas piernas. Abrió la puerta del garaje con el mando que ella siempre dejaba en el salpicadero, Una vez que hubo sacado el coche, la volvió a cerrar del mismo modo. Al final de la calle, maniobró con agilidad para meterse en el tráfico del bulevar.

—¿Cuánto tiempo estaré fuera? —preguntó ella.

Lucas no se detuvo junto a ningún coche el tiempo suficiente para que ella pudiera hacer contacto visual con ningún conductor o pasajero. No había ningún coche de policía a la vista. Greywolf conducía con cuidado y dentro de los límites de velocidad; no era ningún tonto.

Tampoco era muy hablador, y no contestó a su pregunta.

—Me echarán en falta, ¿sabes? Tengo un negocio, y cuando no aparezca en el trabajo la gente empezará a buscarme.

—Ponme café.

A Aislinn se le abrió la boca ante el modo tan imperativo en que le dio la orden, como si él fuera el valiente guerrero piel roja y ella su sqwaw.

—Vete al infierno.

—Ponme café.

Si le hubiera gritado, ella quizá se habría enfrentado a él. Pero las palabras salieron de sus labios tranquilamente, llenándola de escalofríos.

Hasta aquel momento no la había herido, pero era considerado peligroso. Aún llevaba el cuchillo de cocina en la cintura. Una mirada a sus ojos grises, que abandonaron la carretera el tiempo justo para clavarla al asiento, le demostraron que era un enemigo reconocido.

Encontró dos tazas de poliestireno en la bolsa que Lucas había llevado Y sirvió con cuidado media taza de café humeante y aromático del termo. Él no le dio las gracias cuando se lo ofreció, sino que dio un trago, entrecerrando los ojos por el vapor.

Sin pedir permiso, ella se sirvió otra taza y cerró el termo, Se quedó mirando el café mientras daba vueltas a la taza con las palmas de las manos. Y se preguntaba cuáles serían sus planes para ella. Estaba tan concentrada que casi dio un salto cuando él le habló de repente.

— ¿Qué tipo de negocio?

— ¿Qué?

—Has dicho que tenías un negocio.

—Ah, un estudio fotográfico.

— ¿Haces fotos?

—Sí, sobre todo retratos. Novias, bebés, graduaciones, ese tipo de cosas.

Al terminar la carrera de Periodismo, Aislinn había tenido aspiraciones de revolucionar el mundo con su provocador foto—periodismo, viajar a través del mundo plasmando incendios, hambre e inundaciones en película. Le habría gustado provocar emociones intensas como ira, amor y compasión en cada fotografía.

Pero sus padres tenían planes totalmente diferentes para su única hija. Willard Andrews era un prominente hombre de negocios en Scottsdale, y su esposa, Eleanor, era una reina de la sociedad.

Esperaban de su hija que hiciera lo “adecuado”, entretenerse con proyectos adecuados hasta que se decidiera a casarse con un joven adecuado. Había muchos clubes a los que podía afiliarse y muchos comités que podría presidir. También podía hacer obras de caridad, siempre que no se involucrara personalmente.

Una carrera, especialmente una tan arenosa como la de viajar a remotas partes del mundo para tomar fotos de cosas demasiado horribles para discutir en las cenas de gala, desde luego no encajaba en los planes de sus padres. Tras meses de interminables peleas, acabaron por agotarla y se había doblegado ante su voluntad.

Como concesión, su padre le había financiado un estudio de fotografía donde podía hacer insulsos retratos de los amigos de sus padres y sus vástagos. No era una mala ocupación; tan sólo un grito en la distancia del significativo trabajo que ella siempre había querido realizar.

Se preguntó que dirían sus padres si la vieran en compañía de Lucas Greywolf y fue incapaz de aguantar la risa.

— ¿Encuentras divertida la situación?

—No es divertida en absoluto —contestó ella, poniéndose de nuevo seria—. ¿Por qué no dejas que me vaya?

—No pretendía tomar un rehén. Tan sólo quería comerme tu comida y aprovechar tu casa para descansar, y después irme. Pero entraste y me pillaste en la cocina, así que ahora no me queda más opción que traerte conmigo —dijo, y la miró antes de añadir—. En realidad si tengo otra opción, pero no soy un asesino. Al menos no hasta ahora.

Aislinn perdió de repente el deseo por el café.

En su lugar, el amargo sabor del miedo le llenó la boca.

— ¿Piensas matarme?

—No, a menos que no me des otra opción.

—Pelearé contigo en cada tramo del camino.

—En ese caso tendremos dificultades.

—Entonces desearía que lo hicieras. La anticipación a la que me sometes es demasiado cruel.

—Igual que la cárcel.

— ¿Qué esperabas?

—He aprendido a esperar poco.

—Desde luego no es mi culpa que hayas ido a la cárcel. Si cometes un crimen, tienes que pagar por ello.

— ¿Y cual fue mi “crimen”?

—No... no me acuerdo. Tenía algo que ver con ...

—Organicé una manifestación frente al juzgado de Phoenix. Acabó en violencia y daños a algunos oficiales de policía así como a la propiedad federal —explicó, en un modo que hizo a Aislinn pensar que no estaba precisamente confesando, sino citando textualmente lo que había oído tantas veces—. Pero creo que mi verdadero crimen es haber nacido indio.

—Eso es ridículo, no puedes culpar a nadie de tu mala suerte más que a ti mismo, señor Greywolf.

—Creo que el juez dijo algo parecido cuando dictó sentencia —dijo, con un gesto triste.

Permanecieron en silencio durante un rato, hasta que ella se aventuró a preguntar.

—¿Cuánto tiempo has estado en la cárcel?

—Treinta y cuatro meses.

—¿Y cuanto te quedaba?

—Tres meses.

—¿Tres meses? ¿Te has escapado cuando sólo te quedaban tres meses?

Él miró de reojo al asiento donde estaba ella.

—Te dije que tenía que hacer algo y nada me va a detener.

—Pero si te atrapan...

—Me atraparán.

—Entonces, ¿por qué haces esto?

—Te he dicho que tenía que hacerlo.

—Nada puede ser tan importante.

—Lo es.

—Añadirán meses, posiblemente años, a tu condena.

—Sí.

— ¿Eso no significa nada para ti?

—No.

—Pero estás tirando años de tu vida. Piensa en todas las cosas a las que renuncias,

—Como una mujer.

Dijo las tres palabras de forma cortante y, como pequeñas balas, mataron el sermón de Aislinn.

Ésta cerró enseguida la boca, manteniendo sabiamente el silencio sobre aquel asunto en particular.

Ninguno de los dos habló, aunque sus pensamientos corrían por las mismas sendas. Desde diferentes perspectivas, cada uno recordaba lo ocurrido la noche anterior. Aislinn no quería mostrar sus perturbadores recuerdos de Greywolf de pie en la puerta del baño, desnudo y mojado, con un gesto de indolencia que era más una amenaza. O apretando su sujetador contra el rostro, inhalando el aroma con ansia. O desatándola y tapándola con la manta cuando ella no se daba cuenta. Los pensamientos eran agobiantes, y Aislinn se sintió sofocada por ellos y por la cercanía de él.

Al fin lo hizo desaparecer del único modo que podía. Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo.

— ¡Maldita sea!

Debía de haberse quedado dormida, y se despertó bruscamente ante el grito de Greywolf, que golpeó el volante con el puño derecho.

— ¿Qué pasa? –preguntó— mientras se incorporaba y parpadeaba ante el sol de la tarde.

—Controles —contestó Greywolf, sin apenas mover los labios.

A través de las ondas de calor sobre el asfalto, Aislinn vio coches patrulla bloqueando la autopista. Los agentes detenían a todos los coches antes de dejarlos pasar.

Antes de siquiera poder registrar lo esperado de la visión, Greywolf aparcó el coche en el arcén. En un movimiento ágil, se sentó a horcajadas, se puso en cuclillas sobre el respaldo y le desabrochó a Aislinn la camisa; luego, le bajó las copas del sujetador sobre los pechos.

— ¿Qué estas haciendo? —dijo ella, mientras le daba golpes en las manos.

Al principio estaba atontada por la siesta y después demasiado alucinada para luchar contra él. Para cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, ya le había desabrochado la camisa hasta la mitad y le sobresalían los senos en el enorme escote.

—Confiar en la naturaleza humana —respondió

Examinó su trabajo y, aparentemente encontrándolo satisfactorio, saltó a la parte de detrás.

—Te toca conducir. Consigue atravesar el control.

—Pero ¡no! —protestó ella vehementemente—. Sencillamente me voy a alegrar de que te capturen, señor Greywolf.

—Mueve el maldito coche antes de que sospechen al verlo parado. Pon el trasero en ese asiento y vuelve a meterlo en la autopista. ¡Ya!

La mirada que le lanzó Aislinn por encima del asiento fue de lo más hostil, pero obedeció cuando el se sacó el cuchillo de la cintura y lo blandió de modo amenazante.

—Ni se te ocurra tocar el claxon —le advirtió, a la vez que ella pensaba en aquello mismo.

Con o sin cuchillo, Aislinn tenía la intención de meterse en el control gritando. En cuanto frenara, saltaría del coche y dejaría que las autoridades atraparan al salvaje,

—Si estás pensando en entregarme, olvídalo —dijo Lucas.

—No tienes ninguna oportunidad.

—Tú tampoco. Les diré que estabas de acuerdo, que me refugiaste anoche y me ayudaste a llegar hasta aquí.

—Sabrán que estas mintiendo —se burló ella.

—No cuando investiguen las sábanas de tu cama.

Alarmada ante sus palabras, lo miró por el espejo y vio que estaba tumbado en el asiento como si estuviera dormido. En la mano tenia una revista de fotografía, que Aislinn imaginó pensaría utilizar para taparse la cara.

— ¿Qué quieres decir?—preguntó temblorosa, sin gustarle nada la seguridad que veía en sus ojos grises—. ¿Qué tienen que ver mis sábanas con nada?

—La policía encontraría evidencias de sexo en ellas.

Aislinn se quedó pálida y apretó el volante con tanta fuerza que se le empezaron a quedar blancos los nudillos. Tragó saliva por la vergüenza.

—Ahora, si quieres una explicación más amplia —dijo el con dulzura—, me alegrará mucho dártela. Pero ya eres adulta, así que supongo que te lo podrás imaginar. Hacía mucho que no veía una mujer desnuda, y mucho menos tumbada en la misma cama, tan cerca como para olerla, escuchar su respiración. Piénsalo, Aislinn.

No quiso pensarlo. Ya tenía las palmas de las manos empapadas y el estómago le daba vueltas.

No podía entender de qué le estaba hablando. Podía estar mintiendo, pero también podía estar diciendo la verdad.

Se preguntó si antes de arrestarla, la policía daría algún crédito a su versión de los hechos, No tenía ninguna prueba. No había señales de fuerza en la entrada. Tenía claro que no la implicarían durante mucho tiempo, pero mientras tanto le complicaría mucho la vida. Y además sería muy vergonzoso, pensó. Nunca podría olvidar el incidente, y sus padres estarían mortificados.

—Y no me voy a rendir sin luchar —le susurró Greywolf mientras ella frenaba el coche, para meterse en la cola con los otros coches—. No me atraparán con vida.

Ya sólo quedaba un coche por delante de ellos, y el policía se estaba inclinando para hablar con el conductor.

—A menos que quieras mi sangre en tu conciencia, por no hablar de la de los inocentes que pudiera llevar conmigo, será mejor que hagas lo imposible por pasar ese control.

Se le había terminado el tiempo de decidir, pues el policía despedía ya al coche de delante y le hacía gestos para que se acercara. Aislinn no sabía qué hacer, ni cómo se había metido en una situación como aquella.

Aunque le pareció extraño, cuando llegó el momento no tuvo que pensarlo, Tampoco midió su decisión en la delicada balanza entre sentido común y conciencia. Simplemente actuó de forma espontánea.

Bajó la ventanilla y antes de que el policía pudiera articular palabra, ella saltó.

—Oh, agente, cuanto me alegra que me haya parado; le pasa algo raro al coche. Hay una lucecita roja que no deja de encenderse y apagarse. ¿Qué cree que podrá ser? Espero que nada malo.

La treta funcionó, Aislinn pareció ser muy corta de luces ante el policía. Al menos sus profundas y ansiosas respiraciones así la hacían parecer.

El pelo, que Greywolf no le había dado tiempo a cepillar por la mañana, estaba ahora aún más despeinado por la siesta. Le caía sobre los hombros con un desorden de lo mas sugerente, especialmente para un policía de tráfico mal pagado al que habían encargado la poco agraciada tarea de parar coches en una autopista bajo el sol de mediodía de agosto para buscar a algún indio renegado que, en su opinión, estaría ya en México.

—Bueno, señorita —dijo, empujándose hacia atrás el sombrero para secarse el sudor —, veamos cual es el problema.

Se inclinó para mirar por la ventana, en teoría para mirar la lucecita, pero Aislinn sabía que tenía los ojos clavados en sus senos. En cualquier caso, le cambió la expresión del rostro al mirar el asiento de atrás,

— ¿Quién es ese?

—Oh, ese es mi marido —dijo, con desgana y encogiéndose de hombros, mientras se hacía remolinos en el pelo con un dedo. Se pone de muy mal humor si lo despierto cuando viajamos. —Y agitó las pestañas sobre sus preciosos ojos azules. El policía volvió a sonreír.

Greywolf solía conocer la naturaleza humana, pero no comprendía por qué aquella mujer se estaba arriesgando tanto por protegerlo. Tampoco tuvo tiempo para analizarlo; el policía estaba hablando de nuevo.

—Yo ahora no veo ninguna luz.

Estaba susurrando, como si no quisiera despertar al marido durmiente, que podría ponerse algo más que de mal humor si veía a alguien comiéndose con los ojos a su esposa.

—Ah, bueno, gracias —ya no le quedaba demasiada valentía. Ahora que ya había ayudado a un criminal, estaba ansiosa por desaparecer—. Supongo que no era nada entonces.

—Podría ser que se le ha calentado el motor —dijo el oficial, con mirada lasciva—. El mío desde luego está caliente.

Susurró lo último en voz aún más baja, y Aislinn sonrió débilmente, ocultando la repulsión.

Greywolf se revolvió y masculló algo, y al policía se le borró la petulante sonrisa.

—Nos vemos —se despidió ella, mientras retiraba el pie del freno para ponerlo en el acelerador.

No quería parecer ansiosa por marcharse, a pesar de que el conductor de detrás tocaba el claxon con impaciencia, a lo que el policía respondió con una mirada intimidatoria.

—Sería mejor que revise esa luz si se vuelve a encender. Si quiere puedo llamar por radio y...

—No, no se preocupe —gritó ella por la ventana—. Despertaré a mi marido si vuelve a aparecer. Adiós.

Subió la ventanilla y hundió el acelerador.

Miró por el espejo retrovisor y vio al agente explicándole la situación al iracundo conductor al que habían tenido esperando tanto tiempo.

Sólo cuando hubo perdido de vista el control dejó que sus músculos se relajaran. Se había quedado pegada al volante y forzó a sus dedos para que lo soltaran. Se había hecho heridas en las palmas de las manos con las uñas. Soltando un largo y estremecedor suspiro, relajó el cuerpo, que se extendió por todo el asiento.

Greywolf saltó por el asiento con una agilidad sorprendente para un hombre tan alto.

—Lo has hecho muy bien. Nadie diría que eres nueva en el mundo del crimen.

— ¡Cállate!

Con la misma falta de cuidado que había tenido él antes, Aislinn metió el coche en el arcén. En cuanto hubo parado de un frenazo, apoyó la cabeza en el volante y empezó a lloriquear.

—Te odio. Por favor déjame ir. ¿Por qué he hecho eso? ¿Por qué? Debería haberte entregado. Estoy asustada y cansada y hambrienta y tengo sed. Tú eres un criminal y yo nunca había mentido a nadie en mi vida. ¡Un agente de la ley! Ahora yo también podría ir a la cárcel, ¿no? ¿Por qué te estoy ayudando cuando de todas formas lo más seguro es que me mates?

Greywolf siguió sentado, inmóvil, a su lado.

Cuando ella se hubo desahogado, se secó las lágrimas con el revés de las manos y lo miró con los ojos llorosos.

—Me gustaría animarte, decirte que lo peor ha pasado, pero parece que los problemas no han hecho más que empezar, Aislinn.

Le estaba mirando los pechos, que ella enseguida recordó estaban exhibidos de forma indecente. Le temblaron las manos mientras se los tapó con la blusa.

— ¿A qué te refieres?

—Me refiero a los malditos controles, no había contado con ellos. Necesitamos un televisor.

— ¿Un televisor? —repitió ella casi sin voz.

—Sí —contestó él, mirando hacia detrás y hacia delante—. Estoy seguro de que hablarán del operativo en las noticias. Con un poco de suerte explicarán con todo detalle cómo planean atraparme las autoridades. Vamos.

Señaló con la barbilla. Con desgana, Aislinn volvió a meter el coche en la autopista.

— ¿Y qué pasa con la radio? Podemos oír las noticias.

—No con tanto detalle. ¿Nunca has oído que una imagen vale más que mil palabras?

—Supongo que me dirás adonde ir y cuando parar

—Tú sólo conduce.

Viajaron en silencio durante casi una hora, en la que él le iba pasando queso y galletas de la bolsa. Greywolf peló una naranja y dividió los gajos entre ambos. A Aislinn no le gustaba comer de sus manos, pero abría la boca obediente cada vez que el le ponía un gajo en los labios.

Cuando llegaron a las afueras de una ciudad fantasmagórica, Greywolf le dio instrucciones de aminorar. Pasaron varias tabernas alineadas a lo largo de la carretera cómo tristes prostitutas desesperadas por conseguir clientes.

—Ahí —dijo Greywolf— señalando con el dedo.

—Métete en el Tumbleweed.

El rostro de Aislinn se llenó de disgusto. El Tumbleweed es el más sórdido de todos los locales.

—Espero que lleguemos a tiempo para la hora feliz –dijo— irónica.

—Tienen televisión —alegó Greywolf, que había visto una antena en el tejado—. Sal.

—Si, señor —murmuró ella, mientras abría cansinamente la puerta.

Le sentó bien ponerse de pie. Se colocó las manos tras la espalda e hizo que le volviera la circulación a las piernas.

Había tan solo unos pocos vehículos más en el aparcamiento de gravilla frente al bar. Greywolf la agarró del brazo y la llevó consigo hasta la puerta, a la que le faltaba gran parte del cristal. El filo cortante, curvado hacia fuera, asustaba casi tanto como el propio local. Aislinn planeaba aparentar resignación para gritar en busca de ayuda en cuanto cruzaran la puerta.

—Olvida lo que estas pensando.

— ¿Qué estoy pensando?

—Que vas a escapar de mí para correr en brazos de tu salvador. Créeme, soy la compañía más segura que puedas encontrar en un lugar como éste —aseguró, lo cual no era mucho decir, menos cuando lo había visto meterse el cuchillo en la bota—. Venga, haz ver que estás disfrutando de una tarde de sexo.

— ¿Qué?

—Eso es. Estamos teniendo una aventura ilícita.

—Estás loco si crees... ¡Y estate quieto! —exclamó cuando é le rodeó la cintura con el brazo y subió la mano hasta llegar peligrosamente cerca del pecho.

Sus fuertes dedos le apretaban la tierna carne, para asegurarle que no tenía escapatoria.

—Pero, cariño, ¿es esa forma de hablarle a tu amante? —se quejó él.

De forma tranquila y arrogante Greywolf abrió la puerta y entraron en el interior humeante y oscuro. Para sujetarse, Aislinn lo agarró de la camiseta, apretándole el estómago con la mano. El la miró y parpadeó, como dándole su consentimiento. Ella quería gritarle que no lo habría tocado si no hubiera tenido que escoger entre agarrarse o caerse.

De todos modos, no dijo nada. Se había quedado sin palabras por el ambiente tan sórdido. Había visto lugares como aquel en las películas, pero nunca había entrado en ninguno. El techo bajo estaba cubierto por el humo del tabaco, y le costó adaptarse a la oscuridad, aunque ver el lugar claramente sólo la descorazonó más.

Frente a la barra había una fila de taburetes de vinilo rojo, o que al menos había sido rojo alguna vez, aunque ahora se había convertido en un granate viejo y grasiento. Sólo había tres ocupados.

Cuando la puerta se cerró, tres pares de ojos hostiles se volvieron a ellos y los miraron con sospecha.

Un par, cargado de maquillaje, pertenecía a una mujer rubia con pinta de ordinaria que tenía los pies descalzos encima del taburete que tenía en frente, y se pintaba las uñas de los pies.

—Oye, Ray, tenemos clientes —chilló.

Ray, según asumió Aislinn, era el hombre obeso de la barra, que estaba inclinado con sus enormes brazos en una nevera y los ojos pegados al televisor que había colgado en la esquina. Estaba embobado con un culebrón.

—Pues atiéndelos —bramó, sin apartar los ojos de la pantalla.

—No se me han secado las uñas.

Ray soltó una retahíla de obscenidades que Aislinn pensó deberían reservarse para las paredes de los urinarios de los puertos. Movió el gordo trasero de la nevera y dedicó a los recién llegados una mirada de lo más agria. Aislinn fue la única que lo vio, pues su acompañante tenía la cabeza oculta en su cabello y la lengua en su oreja.

Pero aparentemente no se había perdido nada.

—Dos cervezas frías —ordenó.

Entonces dio a Aislinn un pequeño empujón y la condujo a uno de los raídos reservados que había junto a la pared. El lugar proporcionaba una buena vista de la televisión y de la puerta.

—Siéntate y échate hacia dentro —le susurró.

No tuvo elección, pues la empujó, sin dejarle tiempo de inspeccionarla limpieza del sillón, pero casi fue mejor así. Greywolf se sentó en el asiento tras ella y la empotró contra la pared.

—Me estas aplastando —protestó ella, casi sin aliento.

—Esa es la idea.

Le estaba mordiendo el cuello cuando llegó Ray andando como un pato con las cervezas en las manos, que parecían jamones con las pezuñas sucias. Las botellas hicieron un estrepitoso ruido contra la formica de la mesa.

—Tres pavos. Se paga por adelantado.

—Paga al hombre, ¿quieres cariño? —la cameló Lucas, mientras le acariciaba el hombro. Yo estoy ocupado.

Aislinn se apretó los dientes para no gritarle que le quitara las manos de encima, o que la sacara de aquel lugar, o que se fuera al infierno, pero en aquel momento la alegraba que el estuviera allí, al darse cuenta de que sabía de que hablaba antes, Incluso si hubiera conseguido alguna competición por parte de Ray y el resto, dudaba de querer confiarse a su cuidado. Al menos Greywolf era un villano ya conocido.

Buscó en el bolso tres billetes de dólar y los dejó sobre la mesa. Ray, sin apartar la mirada de la televisión, los recogió y se fue arrastrando los pies.

—Buena chica —le dijo Lucas suavemente al oído.

Aislinn deseó que Greywolf no se tomara tan en serio el papel ahora que Ray ya no suponía una amenaza. Pensó que al menos podía sacar la mano de dentro de su camisa, donde los dedos jugaban con el broche de su sujetador.

— ¿Ahora qué? —preguntó.

—Ahora nos damos el lote.

—Vete a...

—Sss —la calló enfadado. No querrás llamar la atención de Ray, ¿no? ¿O quizá te gustan más esos dos vaqueros? Estarían encantados de salvar a una dama en apuros.

—Para ya —protestó ella, cuando él le recorrió el cuello con los labios—. Creía que habías venido aquí para ver la televisión.

—Y así es. Pero no quiero que ellos lo sepan.

— ¿Así que se supone que debo sentarme aquí y dejar que me manosees? –preguntó — Y él afirmó con un sonido gutural—. ¿Durante cuánto tiempo?

—El que haga falta. Cada media hora o así pediremos mas cervezas para que Ray no se enfade porque le ocupemos el espacio.

Aislinn se preguntó cómo podía un hombre hablar de forma tan racional mientras la mordisqueaba con tanta delicadeza, y se retorció para escapar de sus labios.

—Yo no puedo beber tanto.

—Cuando nadie mire, tira la cerveza al suelo. Dudo que se den cuenta.

—Yo también —dijo ella, con un escalofrío, mientras levantaba el pie del suelo pegajoso con sustancias que creyó mejor no identificar—. ¿Estás seguro de que va a merecer la pena?

— ¿Cuál es el problema, cariño? ¿No te lo estás pasando bien? —preguntó él, mientras le tiraba de los botones de la camisa.

—No.

— ¿Quieres pasar otro control? ¿O disfrutaste volviendo loco a ese pobre poli?

—Eres despreciable.

Se reclinó contra la dura y desigual tapicería del sillón e intentó permanecer pasiva antes los manoseos y besuqueos de Lucas.

—No estoy convencido de que estés muy caliente, querida, y ellos tampoco lo estarán. Pon un poco más de tu parte.

—No, esto es asqueroso.

— ¿Por qué? — preguntó Lucas, quien retiró la cabeza y la miró con frialdad.

Se había ofendido, aunque Aislinn no sabía por qué. Quizá sería porque pensó que su comentario había sido racista, o quizá porque había creído que se estaba metiendo con su pericia en el arte del amor. Pero luego pensó que a ella no le importaba lo más mínimo si se había ofendido o no.

—No suelo montármelo en lugares públicos, señor...

No le dio tiempo a decir su nombre, pues él le plantó los labios en los suyos, y selló el nombre dentro de ellos. Fue un beso funcional, impersonal, sólo para callarla. Mantuvo los labios cerrados, pero aun así, Aislinn estaba sobresaltada y fue incapaz de emitir sonido alguno.

Lo cual era lo que él se había propuesto. Cuando al fin levantó los labios, susurró.

—Cuidado.

Ella apenas asintió con la cabeza, deseando que se le calmara el corazón. Estaba segura de algo, de que no lo volvería a provocar con preguntas o conversaciones. No quería que la besara otra vez.

Nadie pareció percibirlos. Parecía ser una regla no escrita que los clientes del Tumbleweed solo se preocupaban de sus propios asuntos a menos que alguien los invitara a lo contrario. Aunque daba aspecto de estar absorto, Greywolf estaba completamente pendiente de todo cuanto acontecía alrededor. Nunca tenía los ojos quietos, aunque los hacía parecer entornados de excitación abriendo los párpados solo hasta la mitad. Pero bajo ellos, examinaba cada rostro en busca de muestras de reconocimiento, aunque nadie parecía hacerles caso.

Ray, o su camarera cuando se le secaron las uñas, les llevaban cerveza cuando Greywolf gritaba con voz de borracho para pedir más. Aparte de aquello, nadie les prestaba la más mínima atención.

Los clientes entraban y salían. La mayor parte bebían un par de copas antes de marcharse. Algunos bebían solos; otros entraban en grupos de dos o tres. Hubo uno que estuvo jugando al pinball hasta por poco volver loca a Aislinn. Cuando por fin se marchó, la televisión fue la única distracción. Ahora eran repeticiones de comedias de situación lo que mantenían enganchado a Ray.

El tiempo parecía no pasar para Aislinn. No porque se aburriera, sino porque tenía los nervios a flor de piel. Se repetía una y otra vez que era porque estaba esperando que cruzara la puerta un potencial salvador. Pero en el fondo, su veleidosidad tenía más que ver con la estimulación erótica de Greywolf.

No lo podía llamar de otra manera; no se le ocurría otro término para el modo en que metía los dedos entre su pelo y le sujetaba la cabeza mientras le mordisqueaba el cuello. O el modo en que le apretaba el muslo cuando la camarera les llevaba mas cerveza. O el modo en que los labios jugaban con sus orejas.

—No —gimió ella una vez, cuando una caricia en particular le puso el vello de punta.

—Lo del gemido está bien. Sigue —le susurró, mientras un par de camioneros pasaron por al lado, de camino a la máquina de pinball.

Le tomó la mano y la metió bajo su camiseta, contra su piel. Aislinn hizo un débil intento de sacarla, pero Greywolf no la dejó, y ya que estaba obligada a tocarlo, se dejó llevar por la curiosidad. Tan discretamente cómo pudo, le tocó la carne con las yemas de los dedos. Movió el pulgar solo un milímetro y encontró el pezón. Estaba erecto. Él tomó aire.

—Dios santo —exclamó—. No hagas eso.

Durante toda la tarde había tenido el cuerpo tenso, pero no era nada comparado con la rigidez con la que se apretaba contra ella ahora. Ella sacó la mano rápidamente.

—Sólo hago lo que tú...

—Sss.

—No digas...

—Sss, mira, en la pantalla.

Miró al televisor, y vio a un locutor de Phoenix que daba la noticia sobre la búsqueda de un fugitivo, el activista indio Lucas Greywolf. La pantalla mostraba una foto de este, que Aislinn apenas reconoció, en la que tenia el pelo casi rapado.

—No es una foto muy favorecedora —le comentó.

El torció el borde de la boca en un amago de sonrisa, pero enseguida volvió su atención al mapa de Arizona que mostraban en aquel momento. Tal y como había adivinado, los medios no le estaban haciendo ningún favor a las fuerzas de la ley, y señalaban todos los puntos donde había controles. A pesar de que aquel tipo de noticias saboteaba la labor de la policía, el principal objetivo de las televisiones era sacar la primicia antes que sus competidoras.

En cuanto el presentador cambió de asunto, Greywolf se levantó del sillón.

—De acuerdo, vámonos. Y recuerda tambalearte, se supone que te has tomado varias cervezas.

Le ofreció la mano, con la atención en la puerta, que se estaba abriendo para que entrara otro cliente. El juramento de Greywolf fue en voz baja, pero no menos feroz, al ver un hombre uniformado entrando tranquilamente.