Todo por Honor

Sandra Brown · Capítulo 4 de 14

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Todo por Honor

Capítulo Tres

 

El hombre uniformado se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente con la manga. Aislinn se sentó y apercibió que el uniforme era de sheriff o por lo menos de su ayudante.

—Estela, ponme una cerveza —gritó el recién llegado en cuanto se hubo cerrado la puerta.

La rubia camarera se volvió a él y lo obsequió con una amplia que indicaba su nivel de familiaridad.

—Vaya, mira lo que acaba de traer el gato —comentó, mientras apoyaba los codos sobre la barra, mostrando el pecho en todo su esplendor. El sheriff mostró su aprobación con una sonrisa lasciva.

— ¿A que me has echado de menos?

—Que va —contestó ella, arrastrando las palabras, mientras se llevaba un brazo al cuello bronceado, y él se sentaba en un taburete en frente—.Ya sabes cómo soy: ojos que no ven, corazón que no siente

—Llevo dos días buscando a un maldito indio del que nadie ha visto un pelo. Lo que necesito es un par de birras bien frías y un poquito de cariño.

— ¿Por ese orden? —le pregunto ella, mientras se apoyaba sobre la barra y acercaba los labios a los del sheriff.

Él la besó y luego le dio un manotazo en el amplio trasero.

—Dame esa cerveza.

La camarera hizo lo que le había pedido el cazador mientras la presa de este se volvía a sentar furioso en el reservado junto a Aislinn.

—Maldita sea —masculló, mientras se daba un puñetazo en la pierna bajo la mesa—. Un par de minutos mas y nos habríamos ido. ¡Maldita sea!

Siguió con la letanía al tiempo que arrinconaba a Aislinn para hacer ver que se lo estaban montando.

—Ni se te ocurra hacer nada para llamar su atención —le advirtió—. Porque para rescatarte, monada, tendrá que pasar sobre mi.

— ¿Que piensas hacer?

—De momento, más de lo mismo —dijo, mientras le besaba el cuello—. A lo mejor se va.

Pero parecía que el oficial se iba a quedar toda la noche. Su «par de cervezas» se convirtieron en tres y luego cuatro. Estela no se movió de su lado, a menos que tuviera que atender a algún otro cliente. Tonteaban de manera descarada, intercambiando insinuaciones sexuales, hasta que sus bromas provocativas se tornaron en susurros suaves y privados, salpicados con la sensual risa de Estela. Las manos del sheriff no se estuvieron quietas, y no dejaron de acariciarla, a lo que ella no puso reparos.

Las esperanzas de Aislinn se habían encendido al ver entrar al oficial, pero ahora dudaba mucho de que a este le importara mucho atrapar o no al convicto. Había mucha gente, tanto indios como no indios, que pensaba que habían acusado a Lucas Greywolf en falso y se sentían solidarios con su causa. Aislinn pensó que quizá aquel sheriff sobrecargado de trabajo era uno de ellos, y a lo mejor miraría hacia otro lado si Greywolf se cruzaba en su camino.

Aun así, representaba su única esperanza y estaba dispuesta a usarla, aunque estaba segura de que el no le agradecería que le arruinara la tarde con Estela.

—Cuando llegue el momento, nos vamos a levantar y salir, ¿vale?

—Sí —contestó ella, quizá demasiado deprisa.

Greywolf levantó un poco la vista y, clavando sus ojos en los de Aislinn, se agachó debajo de la mesa. Incluso antes de ver el reflejo del cuchillo en la penumbra, ella se dio cuenta de que se lo había sacado de la bota.

—No me hagas usarlo, Aislinn. Y menos contigo.

— ¿Por qué no conmigo?

Él la miró de arriba abajo de forma sugerente.

—Porque después de pasar toda la tarde animándote, no me gustaría hacerte daño.

—Espero que ardas en el infierno —dijo ella, pronunciando bien cada palabra.

—Y yo te aseguro que tu deseo será cumplido.

No dijo más. Volvió su atención a la pareja de la barra, a la que observaba como un halcón, sin parpadear cuando la mano del sheriff hizo un pase de exploración por el pecho de Estela, Greywolf dijo:

—Ahora.

Aislinn había pensado que se escabulliría sigilosamente hasta la puerta, pero en lugar de ello, la puso de pie, jugando el elemento sorpresa. Ella se apoyó en el para mantener el equilibrio y el le rodeó la cintura para mantenerla pegada. Ella apretó los puños contra el pecho de él, intentando separar el cuerpo, y abrió la boca. Pero todo lo que salió de esta fue un grito ahogado. Greywolf metió el cuchillo entre ambos cuerpos.

—No lo hagas —le advirtió, con una voz queda que en efecto sirvió para que Aislinn cambiara de idea.

Caminaron tambaleándose hacia la puerta, y él tenía la cabeza baja como si estuviera bebido.

—Oiga, señor.

Aislinn vaciló, no así Greywolf, que siguió andando,

— ¡Oiga, señor! Le estoy hablando, jefe,

Aislinn notó en la mejilla la respiración honda de Greywolf antes de detenerse y dirigirse a Ray, que era quien lo llamaba.

— ¿Si?

—Tenemos habitaciones en la parte de atrás—dijo, señalando con el pulgar—. ¿Quieren usted y su dama una para la tarde?

—No, gracias. La tengo que llevar a casa antes de que vuelva su viejo.

Ray se carcajeó y volvió a la serie policíaca que resonaba ahora en el televisor, El sheriff, demasiado ocupado poniendo toda su pasión en el beso con que trituraba los receptivos labios de Estela, ni siquiera levantó la vista.

Una vez fuera, Aislinn llenó los pulmones de aire puro. Pensaba que sus fosas nasales nunca llegarían a filtrar el húmedo aliento a cerveza y el humo de tabaco picado. Greywolf, en cambio, no perdió el tiempo en lujos como respirar aire fresco, sino que la metió a empujones en el coche.

En pocos minutos pusieron varios kilómetros de por medio, y solo entonces respiró profundamente. Bajó la ventanilla y pareció deleitarse con el viento golpeándole el rostro.

—Estás mejorando mucho en lo de escapar de la ley —señaló.

—No me gustó tener ese cuchillo en las costillas—le gritó ella.

—No debías haberlo tenido.

Parecía saber adónde iba, a pesar de que Aislinn sabía que la carretera por la que iban no era muy transitada. Los carriles eran estrechos, había muy pocas señales y ninguna luz. Tampoco había arcenes. Los vehículos eran escasos y muy esporádicos, y cuando se cruzaban con ellos, Aislinn tomaba aire, temerosa de un accidente.

Greywolf conducía rápido pero seguro. No había pasado mucho tiempo cuando, hipnotizada por las líneas discontinuas, que se perseguían unas a otras en el centro de la carretera, ella se quedó dormida. Pero tan solo unos minutos más tarde el juramento de Greywolf rompió el silencio.

— ¡Maldita sea!

— ¿Nos persigue alguien? —preguntó esperanzada, mientras se sentaba y miraba tras ellos.

—Se acaba de encender el testigo de temperatura del motor.

Se le cayó el alma a los pies. Durante un segundo había mantenido la esperanza de que el sheriff o alguien del Tumbleweed hubiera reconocido a Greywolf pero hubiera considerado mas seguro no intentar aprehenderlo hasta tener refuerzos.

—Lo estaba haciendo esta tarde —dijo ella, tirándose sobre el respaldo.

Él volvió la cabeza, con el rostro iluminado tan solo por la luz del salpicadero, que lo volvía verde, haciéndolo parecer aún más temerario. Tenía los ojos pálidos, plateados, furiosos.

— ¿Quieres decir que el motor estaba recalentado de verdad esta tarde?

— ¿No me oíste decírselo al policía en el control?

—Pensé que era parte del truco.

—Bueno, pues no lo era.

— ¿Y por que no dijiste nada antes de meterme en esta carretera abandonada?

—No preguntaste.

Terminó el grito con un juramento que ella no se atrevería a repetir. Apretó los dientes cuando de repente él sacó el coche de la carretera,

— ¿Adónde vas? —preguntó con miedo.

—Tengo que dejar que se enfríe el coche o el motor se quemará del todo, Y de todas formas no puedo hacer nada para repararlo de noche.

Greywolf alejó el coche varios metros de la carretera. Él terreno era tan rugoso que Aislinn tuvo que agarrarse para no caer al suelo del coche.

Cuando al fin se detuvieron, el motor siseaba como una tetera hirviendo. Greywolf abrió la puerta y salió. Apoyó la espalda y la cabeza contra el coche.

— ¡Demonios! He perdido demasiado tiempo hoy. Primero en esa maldita taberna, y ahora esto.

Parecía estar enormemente disgustado por el retraso. Caminó hasta el capó y le dio una patada a una piedra, Sin parar de blasfemar.

Aislinn salió también a estirar los músculos.

— ¿Tenemos algún plazo o algo así?

—Sí. Tenemos un plazo.

El tono de voz le advirtió que se mantuviera relajada y no insistiera. Después de un rato, Greywolf agitó la cabeza y suspiró con resignación.

—Mientras estemos aquí, podemos aprovechar el tiempo y dormir un rato. Métete en el asiento

—No tengo sueño —protestó ella.

—Métete en el asiento de todos modos.

La voz resonó en el desierto como un trueno distante y de mal agüero, Aislinn lo miró con odio, pero obedeció. Él dejó todas las puertas abiertas salvo una trasera y se metió. Se acomodó contra la esquina, abrió las piernas y, antes de que ella pudiera darse cuenta, la había colocado en medio.

—Suéltame —le ordenó, ultrajada.

Se retorció contra él, pero en vista de que sólo servía para meter más el trasero entre la cremallera de los vaqueros del indio, paró de hacerlo.

—Yo voy a dormir, y tu también

La colocó con la espalda contra su pecho y la rodeó con los brazos, que parecían barras de acero cruzadas bajo sus senos. La postura la ponía nerviosa, pero no le hacía daño. Tampoco habría sido incómoda, si hubiera podido relajarse.

—No puedo deambular por el desierto, Greywolf. Suéltame.

—Ni lo sueñes. A menos que prefieras que te ate al volante.

— ¿Dónde iría si me escapara? Está oscuro.

—Hay luna.

Ya se había dado cuenta. Y también de que había estrellas, como nunca las había visto. Eran enormes y brillantes, completamente distintas a las que se veían en las ciudades. En cualquier otro momento, Aislinn habría admirado una noche como aquélla, la habría saboreado, se habría dejado abrazar por su magnificencia y habría disfrutado de su propia pequeñez comparada con ellas.

Pero en aquel momento no había nada hermoso en la noche. Lo único que quería recordar en el futuro era el horror,

—Seria estúpido por mi parte emprender la marcha yo sola, incluso aunque supiera dónde estoy si pudiera huir de ti.

—Lo cual me aseguro de que no hagas. Ahora, por tu propio bien, quédate quieta.

La tensión en las palabras le advirtieron que hiciera otra cosa. Igual que el temblor de los brazos que le rodeaban el pecho. Igual que la presión que sentía en la parte baja de la espalda. Tragó saliva, negándose lo que aquello podía significar.

—Por favor no hagas esto.

Estaba dispuesta a tragarse el orgullo y suplicarle, pues no creía ser capaz de aguantar el tenerlo tan cerca toda la noche. No porque no le gustara, sino porque no le disgustaba lo suficiente.

—Déjame ir.

—No.

Consciente de que era inútil, dejó de intentar hacerlo cambiar de opinión, pero aun así se negó a relajarse. Tenía la espalda tan tiesa como una tabla contra el pecho de él. Al poco tiempo le comenzó a doler el cuello de la tensión de mantener la pequeña distancia entre ambos, y no dejó caer la cabeza sobre el hombro de Greywolf hasta que creyó que se había dormido.

—Eres muy cabezota, Aislinn Andrews.

Aislinn cerró los ojos e hizo rechinar los dientes, al ver que él había sido consciente de su cabezonería Y su rendición final. Pensó que probablemente lo había estado esperando.

—Si relajaras los brazos quizá podría respirar.

—O alcanzar el cuchillo.

Estuvieron en silencio un rato, hasta que él habló.

—Eres una de las pocas.

— ¿De las pocas que?

—Mujeres con las que he pasado más de una noche.

—No esperes que me sienta halagada.

—No lo espero. Estoy convencido de que una anglo virgen como tú no puede imaginar nada peor que tener un indio entre los muslos puros.

—Eres de lo más vulgar. Y no soy virgen.

— ¿Has estado casada?

—No.

—Entonces, ¿has vivido con un hombre?

—No.

— ¿Romances?

—No es asunto tuyo.

Prefería morirse antes de que él supiera que sólo había habido uno, que no merecía la pena mencionar. Había sido una experiencia horrible, en la que se había metido principalmente para satisfacer su curiosidad.

Entre ella y aquel hombre no había habido más que un ligero afecto, ninguna comunicación, nada de calidez o cercanía, y mucho menos pasión.

Tras aquello, se había desilusionado y había imaginado lo mismo en su compañero.

No había querido arriesgarse a otro encuentro horrible como aquel y había empezado a pensar que sencillamente no le interesaba el sexo. Los hombres con los que había salido lo habían intentado, pero ninguno había mostrado suficiente interés por continuar la relación más allá de alguna cena y algún beso de despedida ocasional.

Pero mejor que hablar de su vida amorosa o, mejor dicho, de su falta de ella, le preguntó.

— ¿Y qué hay de ti? ¿Cuántos asuntos del corazón has tenido?

Pero o se había quedado dormido o no le hizo caso. En cualquier caso, no hubo respuesta.

Aislinn se acurrucó a él en busca de calor.

Un suave gruñido, como el ronroneo de un gato, retumbó en su cerebro. Se revolvió y cuando este logró encajar las piezas de la información que le enviaban sus sentidos, Se despertó y abrió los ojos de golpe.

—Oh, Dios mío.

Estaba despatarrada sobre Lucas Greywolf.

En algún momento durante la noche se había dado la vuelta, de forma que sus mejillas descansaban sobre el pecho descubierto de él. Tenía los pechos aplastados contra su estómago y las caderas...

—Oh, Dios.

Repitió la plegaria, pues su entrepierna estaba cubriendo toda la masculinidad de él.

Y estaba muy dura.

Con las mejillas ardiendo, se incorporó y se revolvió hacia el lado contrario del asiento.

—Lo siento —tartamudeó, tapándose el rostro.

—Yo también —contestó él, con voz chirriante, y abrió la puerta, cayendo prácticamente al suelo.

Se quedó de pie durante un buen rato junto al coche. Aislinn no se atrevió a preguntar que ocurría .Lo sabía.

Tras unos minutos, Lucas fue a la parte delantera del coche y abrió el capó. Estuvo trasteando con algo y entonces se agachó por la puerta abierta del coche.

—Quítate el sujetador.

Si hubiera dicho: “Saca las alas y vuela” no se habría quedado más atónita.

— ¿Perdona?

—Ya me has oído. Eso o la camisa. Pero date prisa, ya hemos perdido demasiado tiempo.

Hacía tiempo que había amanecido, y Aislinn se sonrojó aún más al darse cuenta de lo profundamente que habían dormido. Claro que pensó que el día anterior había sido agotador.

—Te lo quitas tú o te lo quito yo —le interrumpió los pensamientos.

—Date la vuelta.

—Oh, por...

Se dio la vuelta y ella se quitó la camisa con desgana, después el sujetador y se volvió a poner la camisa, que abotonó con rapidez.

—Toma.

Le dio la prenda, que el tomó sin una palabra y se lo llevó a la parte delantera del coche. Tras unos minutos de trabajo agotador y varias palabrotas elaboradas, cerró el capó y se metió en el asiento del conductor. Se limpió las manos en los vaqueros.

No dio muchas explicaciones.

—Eso podrá funcionar un rato.

Pero no lo suficiente. Tan solo habían conducido poco más de treinta kilómetros cuando empezó a salir humo del motor.

—Será mejor que pares el coche antes de que explote —le recomendó Aislinn.

No habían hablado una sola palabra desde que habían partido. Si él estaba tan aturdido como ella por el modo en que habían amanecido, comprendía su reticencia.

No dejaba de recordar cosas que deseaba borrar de la memoria, como lo cálido y velludo que había sentido el pecho de el en los labios. O cómo sus manos le habían estado acariciando el trasero antes de despertarse del todo. O lo bien que se sentía momentos antes de recuperar la conciencia de lo que estaba pasando.

La mirada distante de Greywolf no daba evidencia de lo que estaba pensando cuando volvió a sacar el coche de la carretera.

—Bueno, ese sujetador no ha servido mucho más de lo que sirvió para evitar que enseñaras los pezones.

Ella respiró entrecortada, pero él simplemente abrió la puerta y salió.

—Vamos.

— ¿Vamos adónde?

—Al pueblo más cercano.

— ¿Quieres decir que vamos a andar? —le preguntó, incrédula.

Estaban en mitad de ningún sitio, rodeados de terreno escarpado por todas partes. A lo lejos se veía la silueta morada de las montañas, y entre medias, nada mas que alguna roca desperdigada y la callosa palma de la madre naturaleza, con la única tregua de la banda gris de la carretera.

—Hasta que alguien nos recoja —respondió él, lo que a ella le pareció que podían ser días.

Ya tenía sed y no la había ayudado mucho comer galletas de las provisiones que Greywolf le había robado de la cocina.

Anduvieron durante lo que a ella le parecieron horas. Prácticamente tenía que correr para llevar el mismo paso que él. El sol le golpeaba sin piedad en la cabeza, y el terreno era solo apto para los reptiles que de vez en cuando se cruzaban en su camino.

Por fin oyeron el resoplido de un vehículo que se aproximaba a ellos y se giraron para ver una camioneta, que apareció como un espectro rojo entre las ondas de calor. Antes de que Greywolf levantara los brazos y los agitara, el conductor ya estaba frenando. Tres estoicos navajos estaban sentados hombro con hombro en la cabina de la vieja camioneta. Tras conversar con ellos brevemente, Greywolf le hizo señas a Aislinn para que se metiera en la parte de atrás con él.

— ¿Te han reconocido?

—Probablemente.

— ¿Y no tienes miedo de que te entreguen?

Lucas negó con la cabeza y, a pesar del calor, ella sintió escalofríos por la mirada fría que le lanzó.

—No.

—Oh, ya veo, tienen lazos de honor para guardar el silencio.

No se molestó en responderle; en lugar de ello, volvió la mirada al horizonte noreste, donde ella ya había deducido que se dirigían.

Mantuvieron un silencio hostil durante todo el camino hasta un pueblo pequeño y sucio, De todos modos habría sido difícil mantener una conversación, pues el aire caliente le secó los pulmones.

Cuando aún estaban en las afueras del pueblo, Greywolf llamó con los nudillos por el cristal trasero y el conductor se detuvo frente a una estación de servicio. Lucas saltó y ayudó a Aislinn.

—Muchísimas gracias —agradeció al conductor, que los despidió con el sombrero de paja.

— ¿Ahora qué? —preguntó Aislinn, cansada.

Instintivamente sabia que los navajos se sentirían solidarios con Greywolf, pero por un momento alumbró esperanzas ante la perspectiva de parar en una ciudad.

La esperanza murió en el mismo momento en que vio la comunidad. Las calles estaban desiertas. Salvo algunos pollos que picoteaban en la árida tierra de un corral que cruzaba la carretera, no había señales de vida por ninguna parte. El pueblo parecía tan inhóspito y poco hospitalario como el desierto que lo rodeaba.

Greywolf se dirigió al edificio de acero que albergaba la estación de servicio, y Aislinn se obligó a seguirlo, arrastrando los pies. No se había sentido tan incómoda en su vida. El sudor que había empapado su ropa en el camino por la carretera estaba seco, y había dejado un residuo arenoso y sólido que le picaba de forma muy molesta. Tenía calor, estaba pegajosa y quemada por el sol. Tenía los labios resecos y el pelo era una maraña enredada.

Gruñó al ver el cartel que colgaba de la mugrienta ventana de la gasolinera.

— ¡Siesta! —exclamó con voz lastimera,

—Cierran hasta las cuatro —dijo Greywolf, volviendo la cabeza para mirar el sol.

Aislinn descubrió una exigua hilera de sombra junto al edificio y se apretó contra él, apoyando la cabeza en la pared. Cerró los ojos, que abrió enseguida al escuchar un ruido de cristales rotos.

Greywolf había hecho añicos el cristal de la puerta con una piedra. En un abrir y cerrar de ojos, metió la mano y logró abrir la cerradura. La puerta se abrió, protestando con un chirrido, y el asaltante entró. Aislinn, que nunca habría imaginado romper una ventana a propósito, ni mucho menos penetrar en una propiedad ajena, lo siguió hasta el fresco interior.

Una vez que se le acostumbraron los ojos a la oscuridad, vio que el lugar no era solo una gasolinera, sino también una tienda de comestibles, con los estantes de madera repletos de bolsas de patatas y productos envasados, así como artículos de limpieza.

Además había un cristal polvoriento lleno de recuerdos más polvorientos aún de Arizona. En lo alto había cajas de chocolatinas, tabaco y chicles.

Tras ellos, un tablero cubierto con una serie de piezas de automóvil.

Greywolf cruzó por el suelo de madera vieja hasta el expendedor de bebidas frías. Forzó la cerradura que debía prevenir robos, sacó dos botellas de refresco, abrió una y le pasó la otra a Aislinn mientras bebía de la suya con gran sed.

—Pienso pagar la mía —dijo ella, sentando cátedra moral.

Él bajó la botella de los labios.

—Y yo pienso que pagues la mía también. Y el cristal roto, y la manguera.

Ella bebió el refresco, pensando que era lo que mejor le había sabido en la vida.

— ¿Qué manguera? —preguntó, mientras el buscaba entre los artículos que había tras el mostrador.

—Para sustituir la que se ha roto. Como ésta—contestó él, mientras le mostraba una.

Con la otra mano, abría cajones y examinaba su interior. Varias herramientas de metal se chocaron entre ellas y sonaron. El ruido enfatizó aún más la soledad del lugar.

Se sentía extraña, consumida por el sentimiento de desolación que invadía el local. Greywolf no sufría esa sensación en absoluto. Cuando encontró las herramientas que buscaba, se las quedó. Justo cuando estaba a punto de sucumbir ante la cruel desesperación, Aislinn vio una cabina.

Estaba segura de que Greywolf no la había visto, que seguía robando de los cajones y no había mirado en la dirección del rincón en el que estaba la cabina, semioculta por una pila de revistas viejas.

Si pudiera hacerlo seguir hablando, quizá podía llegar hasta el teléfono y hacer una llamada sin que él se diera cuenta. Pero no sabía dónde estaba, cual era el nombre de aquel pueblo dejado de la mano de Dios. No sabía por qué autopista habían ido. No recordó haber visto ninguna señal, ni siquiera sabía si era una autopista. Pensó que quizá podían haber cruzado los límites del estado y ni siquiera seguir en Arizona.

— ¿Has terminado?

Saltó con sentimiento de culpa al oír la voz de Greywolf.

—Si —dijo, y le pasó la botella vacía.

Donde un momento antes se había sentido rezagada, su mente estaba ahora alerta, rumiando maneras de distraerlo.

—Dame dinero —le ordenó Lucas, extendiendo la mano,

Muy dispuesta a obedecerlo por el momento, buscó en su bolso y sacó un billete de veinte dólares.

—Esto debería bastar.

Él dobló el billete y lo colocó debajo de un cenicero.

—Hay servicios en la parte de atrás —dijo—. ¿Quieres ir?

Aislinn quería ir, pero pensó en su siguiente estrategia. Podía mentir y decir que no necesitaba ir y decirle que fuera él mientras ella esperaba, pero podía sonar poco creíble y levantaría sospechas.

Así que pensó que sería mejor ir y hacerle creer que ya no quería escapar.

—Si, por favor —dijo, dócilmente.

Sin mediar palabra, le abrió la puerta y la llevó a donde estaban los servicios. Aislinn temía lo que la esperaba dentro, mientras él le abría la puerta del baño de mujeres. El olor era nauseabundo, pero entró de todas formas y encendió la tenue luz.

Aunque bastante terrible, era mejor de lo que había esperado. Ahora que recordaba cuanto tiempo había pasado, necesitó ir al baño con urgencia, sin importar el estado de este. Cuando hubo terminado, se enjuagó la cara y las manos en el lavabo oxidado. Incluso el agua tibia le pareció fresca contra la piel ajada por el sol y el viento.

Optó por secarse al aire y fue a la puerta, quitó el pestillo y empujó. No se abrió.

Al principio pensó que no había empujado bien y tiró, pero fue inútil. Volvió a empujar con todas sus fuerzas. No se movió. Llena de pánico, se tiró contra la puerta.

— ¡Greywolf!—gritó, frenética—, ¡Greywolf!

— ¿Qué pasa, Aislinn?

—No puedo abrir la puerta.

—Eso está bien.

Se quedó boquiabierta, al darse cuenta de que la había encerrado.

— ¡Abre la puerta! —gritó, mientras golpeaba con los puños.

—En cuanto vuelva.

— ¿Volver? ¿De dónde? ¿Dónde vas? No te atreverás a dejarme aquí encerrada.

—Tengo que hacerlo, no quiero que uses es teléfono que has pretendido no ver. Te sacaré en cuanto vuelva.

— ¿Adónde vas?

—Al coche. Volveré a buscarte en cuanto cambie la manguera.

— ¿Al coche? ¿Vas a volver al coche? ¿Y cómo vas a ir?

—Corriendo.

—Corriendo —repitieron sus labios, incapaz de proferir sonido alguno.

Entonces se le ocurrió un razonamiento y quiso demostrarle su inteligencia.

—En cuanto vuelvan los dueños a las cuatro, me encontraran aquí. Gritaré hasta tirarlo abajo.

—Estaré de vuelta antes de las cuatro.

—Maldito bastardo, sácame de aquí —dijo, mientras se echaba contra la puerta con todo el peso—. Esto es sofocante, me voy a morir aquí encerrada.

—Sudarás, pero no te vas a morir. Te recomiendo que descanses.

— ¡Vete al infierno!

No respondió. Las palabras de Aislinn retumbaron contra las paredes de los servicios. Apoyó la oreja en la puerta y escuchó, pero no oyó nada.

— ¡Greywolf! —probó a llamar, y luego gritó—.¡Greywolf!

Nada. Estaba sola.

Dejándose caer contra la puerta, se cubrió el rostro con las manos y se rindió a las lágrimas una vez más. Una mujer como ella no estaba preparada para enfrentarse a la adversidad. Las situaciones de vida o muerte estaban mas allá de la jaula de oro en la que se había criado, protegida por unos padres que querían «lo mejor» para su niña.

Ni siquiera había ido nunca a un colegio público, por los «elementos indeseables de la sociedad» que pudiera encontrar en ellos. No la habían entrenado en técnicas de supervivencia en el exclusivo colegio de señoritas al que había ido.

Pensó que situaciones como aquella servían para muy buenos guiones de película, pero nadie creía que realmente ocurrieran, Pero aquella estaba ocurriendo; y le estaba ocurriendo a ella.

Por primera vez en sus veintiséis años, Aislinn Andrews sintió verdadero miedo. Era tangible, podía respirarlo, podía saborearlo.

Se preguntó que pasaría si Greywolf no volvía a por ella. No tenía ninguna garantía de que el servicio de la estación abriera de verdad a las cuatro. Pensó que el cartel podía llevar meses colgado y que los dueños lo hubieran olvidado cuando decidieran que el negocio no merecía la pena.

Podía morir de sed. Pero no, había agua en el baño. No era la más pura, pero estaba mojada.

Podía morir de hambre.

Pero para ello haría falta tiempo, y estaba segura de que alguien pasaría por aquel lugar antes.

Tendría que estar alerta a cualquier sonido de motor y golpear la puerta y gritar en cuanto lo oyera,

Podía morir de sofocación. Pero había una ventana, pequeña, en lo alto de la pared justo bajo el techo, abierta unos centímetros. El aire podía ser árido y caliente, pero lo había en grandes cantidades.

Podía morir de rabia. Pensó que aquella posibilidad era la más probable. No comprendía cómo Greywolf la había abandonado en un sitio tan inmundo. Mientras lo insultaba con todo lo que se le ocurría, se entretuvo caminando por el pequeño servicio.

Por fin fue la misma rabia la que alimentó su mente y le despertó la imaginación. Hasta él le había dicho que no tenía recursos, pero decidió que podría salir del servicio con tan solo poner la mente en ello, Aunque no sabía cómo.

Una y otra vez se tiró contra la puerta, pero esta no se movió, hasta que se dio cuenta de que, fuera lo que fuera con lo que había sujetado la puerta, no iba a ceder, Y lo único que estaba haciendo era malgastar las fuerzas.

El sudor le corría por el cuerpo.

Desesperada por lo inútil de su esfuerzo y por su propia debilidad, levantó la vista implorando al cielo. Y allí halló la respuesta, en la ventana.

En una esquina había un barril de metal que aparentemente había sido antes una papelera. Sin pensar en los posibles contenidos pegajosos, intentó ponerla de pie. Era terriblemente pesada y voluminosa, pero al fin lo cogió y la colocó bajo la ventana.

Una vez sobre el tonel, logró llegar a la repisa.

Estuvo unos minutos luchando por alzarse con la fuerza de los brazos y buscando inexistentes apoyos para los pies, hasta que al fin consiguió levantarse al nivel de la repisa. Sacó la cabeza por la ventana y tomó grandes bocanadas de aire, agradeciendo el viento contra el rostro. Se quedó colgada un rato, dejando descansar los brazos, que le temblaban del cansancio.

Entonces usó los hombros para levantar la ventana tanto como pudo. La abertura era estrecha, pero pensó que con un poco de esfuerzo y buena suerte, podría pasar. Levantó una rodilla y la apoyó en la repisa para darse la vuelta y caer con los pies.

Al subir la otra rodilla, perdió el equilibrio y se tiró hacia fuera y, con el impulso, su cuerpo cruzó la ventana, Al caer se enganchó un brazo en un clavo que había en la repisa, haciéndose un arañazo que le recorrió todo el brazo.

Cayó milagrosamente de pie, pero el suelo era irregular. Se agarró el brazo dolorido, se tambaleó y cayó de espaldas por una cuesta, por la que rodó y acabó golpeándose la cabeza con una roca.

Durante unos segundos cegadores, miró fijamente al fiero sol, que parecía burlarse de ella. Y entonces todo se fue a negro.