Todo por Honor
Capítulo Diez
Las semanas siguientes llevaron consigo cambios milagrosos en sus vidas. Los amigos de Lucas, bajo la supervisión de Johnny Deerinwater, terminaron el interior de la casa. No era ni mucho menos lujosa, pero si muy confortable. Aislinn se valió de su buen gusto y sus habilidades decorativas, hizo una buena limpieza y pintó, hasta que la casa de estuco pareció un hogar de revista.
En cuanto instalaron el teléfono, Aislinn llamó a Scottsdale para que le trasladaran los muebles a su nuevo hogar. Hizo un inventario de lo que necesitaba, incluyendo la lavadora y la secadora, y revisó dos veces la lista con la empresa de mudanzas.
El camión llegó varios días más tarde. Mientras descargaban los muebles, Lucas llegó a caballo y se bajó de la montura con destreza. La primera vez que Aislinn lo había visto montar, se había quedado sin aire de ver lo atractivo que era.
Le gustaba verlo con sus vaqueros desgastados, sus camisas del Oeste, sus botas, sin sombrero y sus guantes de trabajo. A menudo dejaba de hacer sus tareas para mirarlo por la ventana cuando él se iba a trabajar
Pero en aquel momento, cuando vio que se dirigía hacia el porche, se quedó sin respiración por la expresión iracunda de su rostro,
Las espuelas tintinearon cuando cruzó el porche, visiblemente furioso.
—Te dije que no trajeras tus cosas —le dijo en tono amenazante.
—No lo hiciste —a pesar de que la estaba fulminando con la mirada, se enfrentó a él de lleno.
—No vamos a discutir sobre esto, Aislinn. Diles que vuelvan a cargarlas y las devuelvan a Scottsdale, donde pertenecen. No necesito tu caridad.
—No hago esto por ti, ni siquiera por mí.
—Tony aun no puede sentarse en un sofá –dijo el insidioso, creyendo que iba a utilizar al bebé para salirse con la suya.
—Lo hago por Alice,
— ¿Mi madre? —preguntó él, pálido.
—Sí, ha aceptado celebrar aquí el banquete de boda. ¿La vas a avergonzar haciendo que sus invitados se sienten en el suelo después de todos los sacrificios que ha hecho por ti?
A Lucas se le hinchó una vena, lo tenía acorralado. Y lo peor era que sabía que lo tenía acorralado. A pesar de que quería admirar su astucia y felicitarla por ser una digna adversaria, estaba tan enfadado que le dieron ganas de estrangularla.
La miró mientras contaba hasta diez, se giró sobre sus talones, salió dando grandes zancadas del porche y volvió a montar su caballo, dejando una nube de polvo tras de sí.
Aislinn trabajó toda la tarde para colocar los muebles, moviéndolos ella misma por muy pesados que fueran. Asombrosamente, parecían estar hechos a propósito para la casa. Siempre le había gustado el estilo del Suroeste y fue lo que había elegido al decorar su apartamento. Pero lucían aún mejor en aquella casa, con sus tonos color desierto acentuados por los accesorios nativos que habían enviado los amigos de Lucas como regalos de bienvenida. Al final de la tarde estaba agotada, pero para compensar la pelea de la mañana cocinó una comida especial. A la cocina le faltaban algunas de las comodidades a las que estaba acostumbrada, pero las suplía el amplio espacio.
Tony no ayudó mucho en aquel día en que quería complacer a su marido de forma especial. Estaba de mal humor y lloraba a ratos, aunque Aislinn no logró encontrar el motivo. Mientras calentaba la comida en el horno, se dio un baño rápido y se puso lo más guapa posible para cuando volviera Lucas.
No lo reprochó por llegar tantas horas tarde cuando al fin lo hizo mucho después de anochecer.
— ¿Quieres una cerveza, Lucas?
—Suena bien —dijo en tono hosco mientras se quitaba las botas en la puerta trasera—. Me voy a dar una ducha,
Sin una palabra de agradecimiento, le quitó la lata de cerveza abierta de las manos y se la llevó a la parte de atrás.
Cuando regresó a la cocina, ella tenía la cena en la mesa, que estaba cubierta por uno de sus manteles y puesta con su vajilla y su cubertería.
Tampoco dijo una palabra sobre aquello o sobre los muebles cuando se sentó a comer; en realidad, a engullir la comida.
— ¿Qué es ese ruido?
—La lavadora.
— ¿Lavadora?
—Si, y la secadora —dijo jovialmente—. Tony no para de mancha ropa. Será un alivio no tener que conducir hasta la ciudad cada pocos días a una lavandería. Estaba temiendo esos horribles viajes en invierno, llevando a Tony al frío.
Tal y como había esperado, Lucas miró de reojo a Tony. Había colocado la sillita del niño en la mesa donde pudiera oír sus voces y ser parte del momento de la comida. Lucas pareció sopesar las ventajas de tener lavadora y secadora bajo su techo y uno de los nudos que tenía Aislinn en la garganta se diluyó considerablemente.
—Va a ser fantástico tener el cuarto del niño montado otra vez —se atrevió a decir, mientras le servía otra ración de patatas—. No me tendré que preocupar por que ruede y se caiga de algún sitio. ¿Has notado lo activo que se está volviendo?
Se limpió la boca con la servilleta y bajó coquetamente las pestañas.
—Y no tendrá que dormir más entre nosotros.
Vio dudar a Lucas mientras se llevaba el tenedor a la boca, masticar y tragar el bocado y entonces retirar el plato,
—Tengo trabajo que hacer —dijo, y abandonó la mesa con brusquedad.
—Pero he hecho pastel de postre.
—A lo mejor luego.
Alicaída, miró cómo desaparecían los anchos hombros de su marido por la puerta. Supuso que debía estar contenta por no haberse metido en una batalla por los muebles, pero le disgustó que estuviera tan ansioso por abandonar la mesa y su compañía, sobre todo en el preciso momento en que había sacado el tema de dormir juntos.
Desde que se habían mudado, Tony había dormido en la cama con ellos por necesidad. Pero Aislinn dudaba de que su diminuta presencia fuera la razón por la que Lucas no la había tocado desde la mañana en casa de Alice. Cuando no estaban discutiendo, la trataba con total indiferencia. Raramente la miraba, por no decir nunca, y cuando lo hacía, desde luego no era con ardiente deseo.
Se aseguró de que tampoco era que lo quisiera mientras preparaba a Tony para irse a la cama.
Pero la casa estaba a kilómetros del vecino más próximo y las noches eran muy solitarias. Lucas solía marcharse nada mas desayunar y a menudo no volvía a verlo hasta la cena. Con la única compañía de Tony, se moría por conversar con otro adulto. Pero Lucas permanecía taciturno.
Aislinn había crecido en una casa en la que no se permitía decir las opiniones en voz alta o expresarse, y no estaba dispuesta a vivir el resto de su vida envuelta en silencio. Decidió tomar el toro por los cuernos y no dejar que el señor Greywolf siguiera con su mal humor.
Dejó a Tony durmiendo en su cuna por primera vez desde hacía semanas y media hora más tarde llevó una bandeja al salón. Lucas estaba sentado en el sofá rodeado de papeles que sobresalían de la mesa de café, y tomando notas en un cuaderno negro.
Aislinn entró sin que él lo notara y encendió la lámpara. Él levantó la cabeza y la miró.
—Gracias.
—Te ayudará a ver mejor. ¿Cómo puedes leer sin luz?
—No me he dado cuenta.
Aislinn pensó que probablemente no querría usar «su» lámpara, a pesar de estar sentado en «su» sofá, pero se contuvo de decir nada.
—Te he traído pastel y café recién hecho.
— ¿De qué es?
— ¿De qué?
—El pastel.
—De manzana. ¿Te gusta la manzana?
—Me enseñaron a no ser caprichoso en la cárcel.
—Entonces ¿para qué preguntas?
Sin hacerle caso, se comió el trozo de pastel en tiempo record y ella se censuró por no haber sido más consciente de su glotonería. Por lo que se veía, no la había saciado en mucho tiempo, así que decidió que a partir de entonces todas las comidas incluirían un postre.
Cuando hubo terminado el pastel, Lucas dejó el plato a un lado y se volvió a echar sobre sus papeles.
— ¿Es trabajo del rancho? —preguntó Aislinn.
—No, del juzgado. Mi cliente... —se detuvo ante el término «usado» pues ya no podía tener clientes—, él, bueno, quiere saber si debería apelar el resultado de un juicio.
— ¿Y debería?
—Creo que sí.
Lo miró escribir una breve anotación en su libreta y entonces se lanzó.
—Lucas, quiero hablar contigo.
Él dejó la libreta y el bolígrafo y tomó la taza de café.
— ¿Sobre qué?
Ella se sentó en una esquina del sofá y escondió los pies bajo las piernas.
—Me he traído el equipo de fotografía con los muebles y tengo muchas ganas de volver a usarlo—señaló, mientras jugaba con los flecos de un cojín; entonces suspiró—. Y me preguntaba qué pensarías sobre que convirtiera la vieja caravana en un cuarto oscuro.