Todo por Honor
Capítulo Uno
La puerta del frigorífico estaba abierta, proyectando una luz pálida en la oscuridad de la cocina. En la encimera había un cartón de leche, junto a dos rebanadas de pan, una al lado de la otra,
Pero incluso sin aquellas peculiaridades, desde el momento en que había abierto la puerta de la casa sabía que algo no iba bien. Había notado una presencia, expectante, peligrosa e inmóvil.
Automáticamente fue a encender la luz. Pero antes de poder tocar el interruptor, unos dedos fuertes como el acero le agarraron la mano y se la pusieron detrás de la espalda. Abrió la boca para gritar, pero otra mano, callosa y con un ligero sabor a sal, se la tapó, convirtiendo su grito en un sonido gutural y frenético, como el de un animal atrapado.
Siempre se había preguntado cómo reaccionaría en una situación como aquélla, si se desmayaría o rogaría por su vida. Pero en aquel momento la sorprendió que, además del miedo, sentía ira.
Intentó luchar y mover la cabeza para liberarse la boca de la mano inflexible. Quería ver la cara de su asaltante para poder describirla más adelante, pero era más fácil decirlo que hacerlo. Luchar fue inútil, pues era un hombre muy alto y fuerte. Le llegaba la cabeza por la barbilla, así que pensó que debía de medir un metro ochenta.
El cuerpo que la sujetaba era duro, pero no lo describiría como musculoso a la policía, y sus bíceps eran firmes y redondeados.
Su lucha solo le sirvió para agotarse. Razonando que debía guardar su energía, cesó en su intento por escapar y se quedó quieta, respirando con fuerza. Poco a poco los brazos que la mantenían sujeta se relajaron un poco.
—Me llamo Lucas Greywolf.
Una voz ronca, tan suave como la brisa del desierto, le habló directamente al oído. Era un sonido amable, pero Aislinn no se dejó engañar, pues pensó que, al igual que los vientos a los que le recordaba, podía convertirse en furia ante la más ligera provocación. Y considerando cuál era la fuente de la voz, tal cambio caprichoso era bastante probable y temible.
Tanto la radio como la televisión habían repetido el nombre de Lucas Greywolf varias veces a lo largo del día. La noche anterior, el activista indio se había fugado de la prisión de Florence, a ochenta kilómetros de aquel lugar, y las fuerzas de seguridad estaban peinando el estado en su busca.
—Necesito comer y descansar. No te haré daño si cooperas —le gruñó junto al oído—. Si tan sólo intentas gritar me veré obligado a sujetarte otra vez. ¿Trato hecho?
Ella asintió con la cabeza y él le retiró la mano de la boca, momento que ella aprovechó para tomar aire.
—¿Cómo has llegado hasta aquí?
—A pie, mayormente —contestó él despreocupado—. ¿Sabes quien soy?
—Sí, te buscan por todas partes.
—Ya lo sé.
El enfado inicial de Aislinn se había disipado. No era una cobarde, pero tampoco era tonta, y sabía que el intruso no era un vulgar ladrón, pues todos los noticiarios consideraban a Lucas Greywolf peligroso. No sabía qué hacer, pues era impensable hacerle frente. Sabía que podría con ella sin problemas, y acabaría hiriéndola. Del único modo en que esperaba poder desembarazarse de él era mediante el ingenio, mientras esperaba a la menor oportunidad para escapar.
—Siéntate —ordenó él, apretándole el hombro.
Sin rechistar, ella se dirigió a la mesa que había en el centro, dejó en ella el bolso y sacó una silla, en la que se dejó caer lentamente.
Él se movió tan silencioso como el humo, de forma que no lo oyó cruzar la sala, y sólo se dio cuenta al ver la sombra sobre la mesa. Con miedo, levantó la mirada para ver su silueta resplandeciendo ante la fantasmagórica luz de la nevera abierta. Aislinn pensó que era como una pantera, oscuro y letal, cuando este sacó un salchichón del estante de la carne.
El hombre pareció creer que había capitulado, pues cerró la puerta de la nevera, dejando la habitación a oscuras, momento que Aislinn aprovechó para levantarse y caminar hacia la puerta trasera.
Pero él la atrapó antes de que hubiera dado dos pasos, sujetándola con fuerza contra él.
— ¿Adónde crees que vas?
—A encender la luz.
—Siéntate.
—Los vecinos se darán cuenta...
—Te he dicho que te sientes, y a menos que te diga otra cosa, eso es lo que vas a hacer.
La llevó de nuevo a la silla y la sentó. Estaba tan oscuro que Aislinn no encontró bien la silla y estuvo a punto de caerse.
—Sólo intento ayudarte —dijo ella—. Los vecinos se darán cuenta de que ocurre algo si me han visto entrar y no enciendo ninguna luz.
Su amenaza era vana, y supuso que él lo sabría. Vivía en una urbanización a las afueras de Scottsdale, de la que tan solo se habían vendido unas pocas casas. A Aislinn no le cupo duda de que había elegido la suya precisamente por su localización.
Oyó un ruido metálico y susurrante desde la oscuridad, un sonido siniestro que la llenó de un pavor similar al que sienten los pequeños animales en la selva cuando el movimiento de las hojas los alertan de la presencia de un depredador. Lucas Greywolf había tomado un cuchillo de cocina del mostrador.
Esperando a sentir el frío metal en la garganta, al principio se quedó paralizada, para alegrarse de estar viva al ver que se encendía la luz de la cocina, que la cegó momentáneamente. Cuando por fin sus ojos se acostumbraron a la luz, vio el filo del cuchillo aún en el interruptor.
De aquella visión estremecedora, recorrió con la mirada un brazo cobrizo y nervudo, después el hombro, para terminar en un mentón cuadrado y fuerte, una nariz recta y estrecha, y por último los ojos más escalofriantes que ella hubiera visto jamás.
Toda su vida había oído la expresión «paralizante», la había utilizado en innumerables ocasiones para describir cosas insustanciales. Pero nunca había percibido la sensación de verdad. Hasta aquel momento.
Nunca unos ojos habían irradiado tanto desprecio, tanto odio y tanta amargura.
A diferencia del resto de sus rasgos, que eran evidentemente indios, los ojos eran de anglosajones.
De un gris tan claro que parecían transparentes, hacían a sus pupilas parecer mas profundas y oscuras. Parecían no necesitar parpadear, puesto que no dejaban de mirarla fijamente. En el rostro ancho y oscuro, los ojos grises y rápidos eran un contraste extraordinario que captaron demasiado la atención de Aislinn.
Esta bajó la mirada, pero al ver brillar la hoja del cuchillo, volvió a posarla rápidamente en él, que acababa de cortar una rodaja del salchichón.
Antes de llevársela a la boca, el indio torció los labios en una sonrisa, mostrando sus dientes blancos. Aislinn notó que disfrutaba de su miedo, lo cual la puso furiosa, así que borró cualquier expresión del rostro y lo observó con frialdad.
Lo cual, pensó, podía ser un error.
Antes de aquella noche, si le hubieran pedido que imaginara la imagen de un preso fugado, no se habría parecido en nada a Lucas Greywolf.
Apenas recordaba haber leído algo sobre su juicio cuando hablaban de él en las noticias, pero de aquello hacia ya algunos años. Recordaba a los fiscales describiéndolo como una persona problemática y alborotadora, un disidente que había extendido el descontento entre los indios. Pero no recordaba que lo hubieran descrito como alguien tan atractivo.
Vestía una camisa azul, sin duda atuendo de la cárcel, a la que había cortado las mangas. Llevaba una de ellas atada al estilo apache alrededor de la cabeza para sujetar el pelo, tan negro que casi reflejaba la luz. Pero Aislinn se dio cuenta de que quizá la suciedad pegada a éste podía ser también responsable, pues sus vaqueros y sus botas estaban totalmente cubiertos.
Un cinturón de plata muy trabajada con incrustaciones de turquesas abrazaba su cintura, y del cuello colgaba una cruz cristiana de plata, que reposaba sobre una mata de pelo en el pecho. Aislinn adivinó que no era indio puro.
De nuevo dejó caer la mirada. En aquellas circunstancias, la perturbaba profundamente que llevara la camisa sudada abierta casi hasta la cintura.
Del mismo modo la perturbaba que no le repeliera el pendiente que llevaba en la oreja derecha, con una imagen de plata que representaba un espíritu de otra religión, totalmente incongruente con la cruz que le colgaba del pecho, y que sin embargo era totalmente consecuente con el resto de su ser.
— ¿Quieres acompañarme? —le preguntó, sujetando una rodaja con la punta del cuchillo.
—No, gracias —respondió ella, levantando altiva la cabeza—. Esperaré a mi mando para cenar.
— ¿Tu marido?
—Sí.
— ¿Dónde está?
—Trabajando, pero llegará en cualquier momento.
Él mordió un pedazo de pan y lo masticó con una despreocupación tal que le dieron ganas de abofetearlo.
—Eres una mentirosa terrible.
—No estoy mintiendo.
—He investigado la casa antes de que llegaras, señorita Aislinn Andrews, y aquí no vive ningún hombre.
Aislinn tragó saliva con dificultad. Deseaba que se le calmara el corazón y dejara de golpearle las costillas con creciente ansiedad. Le sudaban las palmas de las manos, y se las juntó bajo la mesa.
— ¿Cómo sabes mi nombre?
—Por tu correo.
— ¿Has mirado mi correo?
—Pareces alarmada. ¿Tienes algo que ocultar, señorita Andrews? Tienes una factura de teléfono.
Su ladina sonrisa le devolvió el temperamento.
—Te atraparán y te volverán a encerrar.
—Ya lo sé.
Su respuesta tranquila convirtió en inútil el discurso amenazador que tenía preparado. En lugar de decirlo, lo observó levantar un cartón de leche y llevárselo a los labios para beber con gran ansia.
Tenía el cuello bronceado, y se quedó embobada viendo subir y bajar la nuez. El indio se bebió toda la leche y dejó el cartón; entonces se limpió los labios con el dorso de la mano, que aún sujetaba el cuchillo.
—Si sabes que te van a atrapar, ¿por que te lo pones más difícil? —preguntó ella, con verdadera curiosidad—. ¿Por qué no te entregas?
—Porque primero tengo que hacer algo —contestó él, en tono grave—. Antes de que sea demasiado tarde.
Aislinn no siguió preguntando, pues no quería poner en riesgo su bienestar al conocer sus futuros actos criminales. Pero de todos modos, pensó que si conseguía entablar una conversación con él, quizá bajara la guardia y podría llegar a la puerta de atrás. Entonces, una vez en el garaje no tendría más que pulsar el botón de la puerta automática para salir.
— ¿Cómo has entrado? —le preguntó bruscamente, dándose cuenta de que no había visto muestras de que hubieran forzado la cerradura.
—Por la ventana de la habitación.
— ¿Y cómo escapaste de prisión?
—Engañe a alguien que confió en mí —dijo él, torciendo el gesto con burla—. Por supuesto fue demasiado tonto para confiar en un indio. Todo el mundo sabe que los indios no son de fiar. ¿Verdad, señorita Andrews?
—No conozco a ningún indio —respondió ella suavemente, pues no quería provocarlo.
Pero al intentar no agraviarlo, pareció que lo único que consiguió fue ponerlo de peor humor, pues él la repasó con la mirada lentamente, despidiendo fuego con los ojos. La hizo sentir dolorosamente consciente de su pelo rubio, sus ojos azules y su piel perfecta. Entonces Lucas frunció el ceño, con aire despectivo.
—No, supongo que no —dijo, y antes de que ella pudiera darse cuenta, se había guardado el cuchillo en el cinturón y la había agarrado—. Levántate.
— ¿Por qué?
Tragó saliva, atemorizada, cuando él la levantó y, sujetándole las manos detrás de la espalda, la sacó de la cocina. De camino a la puerta, el apagó la luz; el pasillo estaba oscuro y ella tropezó. Iban hacia la habitación y a ella se le secó la boca,
—Ya tienes lo que has venido a buscar.
—No todo.
—Dijiste que querías comida —rebatió ella desesperada, clavando los talones en la alfombra—. Si te vas ahora, te prometo que no llamar a la policía.
— ¿Por qué será que no te creo, señorita Andrews? —le preguntó con una voz tan dulce como un helado que se estuviera derritiendo,
— ¡Lo juro! —chilló ella, sin hacer caco a la debilidad de su voz,
—Me han prometido muchas cosas hombres blancos, y mujeres blancas. He aprendido a ser escéptico.
—Pero yo no he tenido nada que ver con eso. Dios mío, ¿qué vas a hacer?
La empujó dentro de la habitación y cerró la puerta tras de sí.
—Adivina, señorita Andrews.
Le dio la vuelta, colocándola entre su cuerpo y la puerta. Entonces, le agarró la garganta e inclinó la cabeza, tocando la de ella.
— ¿Qué crees que voy a hacer?
—No... no lo sé.
—No serás una de esas mujeres sexualmente reprimidas que se entretienen con fantasías sobre violaciones, ¿verdad?
— ¡No!
— ¿Nunca has fantaseado con ser asaltada por un salvaje?
—Déjame ir, por favor.
Ella giró la cabeza y él la dejó, pero sin soltarla. En todo caso, se acercó aún mas, apretándose lascivamente contra ella, sujetándola contra la puerta con su dureza y su fuerza. Aislinn apretó los párpados y se mordió el labio inferior, llena de miedo y humillación, mientras él le recorría la garganta con sus largos dedos, con ritmo.
—La verdad es que he estado en la cárcel mucho, mucho tiempo.
Recorrió el cuello de Aislinn con los dedos, bajando hasta el pecho. Con el dedo índice, le abrió el botón superior de la camisa. Ella gimoteó. Tenía el rostro tan cerca que podía sentir como aliento cálido le golpeaba las mejillas, la nariz, la boca.
Inspiró necesariamente, aunque odiaba la forzada intimidad de respirar el aire que él expelía.
—Así que si de verdad eres inteligente —le advirtió con suavidad—, no me darás ideas.
Al darse cuenta de lo que le estaba diciendo, Aislinn levantó la mirada para cruzarse con la de él. Sus ojos chocaron, en una batalla de voluntades y temperamentos. Se quedaron como suspendidos durante un largo tiempo, mientras ambos medían las fuerzas y debilidades del otro.
Entonces él se retiró poco a poco. Cuando por fin su cuerpo dejó de tocar el de ella, esta casi se deja caer en el suelo de alivio.
—Te dije que necesitaba comer y descansar—dijo él, con voz áspera.
—Ya has descansado.
—Dormir, señorita Andrews. Necesito dormir.
— ¿Quieres decir... que te piensas quedar aquí?—preguntó ella, atemorizada—. ¿Cuánto tiempo?
—Hasta que decida irme —contestó él, mientras cruzaba la habitación y encendía la lámpara.
— ¡No puedes!
Entonces volvió a donde permanecía ella y la agarró de la mano, llevándola consigo.
—No creo que estés en posición de discutir. Sólo porque aún no te haya hecho daño no quiere decir que no lo vaya a hacer si me desesperas lo suficiente.
—No te tengo miedo.
—Claro que sí —dijo él, y se metió con ella en el baño, cerrando la puerta detrás—. O al menos lo deberías tener. Mira, dejemos esto claro. Hay algo que tengo que hacer, y nada, especialmente una princesa anglo como tú, me va a impedir hacerlo. Dejé inconsciente a un guardia para escaparme y he hecho todo este camino a pie. No tengo nada que perder salvo mi vida, y no vale mucho de donde vengo, así que no tientes tu suerte. Me tendrás como huésped todo el tiempo que yo quiera.
Al decir esto último, sacó el cuchillo para incidir en la amenaza. Ella respiró hondo cuando el le apretó el ombligo con la punta.
—Eso esta mejor —dijo él, regocijándose en su miedo—. Ahora siéntate.
Señaló el retrete con la barbilla. Ella, sin apartar la vista del cuchillo, retrocedió hasta que tropezó con el inodoro y cayó sobre su tapa.
Greywolf dejó el cuchillo al borde de la bañera, lejos del alcance de Aislinn. Se quitó las botas y los calcetines y entonces empezó a sacarse la camisa raída de los pantalones. Aislinn, sentada como una estatua, no abrió la boca cuando él se subió la camisa por los hombros y se la quitó.
Una mata de vello oscuro le cubría el centro del pecho. La piel oscura estaba tersa sobre unos músculos que parecían increíblemente duros. Sus pezones eran pequeños y oscuros, y la tripa era lisa. La parte que rodeaba el ombligo estaba también cubierta de vello, que desaparecía en una estrecha línea bajo los pantalones.
— ¿Qué haces? —preguntó asustada Aislinn.
—Me voy a duchar.
Se desabrochó el cinturón, dejándolo medio abierto mientras se agachaba para abrir el grifo.
Dejó que el agua se calentara y llenó la bañera.
Aún por encima de aquel sonido, Aislinn oyó el ruido de la cremallera del vaquero mientras Lucas se la bajaba.
— ¿Donde yo pueda verle? —gritó ella.
—Donde yo pueda verte a ti.
Tranquilamente se bajó los vaqueros y se los quitó.
Aislinn cerró los ojos. La invadió una sensación de vértigo y tuvo que agarrarse a la tapa del inodoro para no resbalarse. Nunca se había sentido tan ultrajada, tan insultada y asaltada.
Porque al ver la desnudez de aquel hombre se sentía asaltada por la masculinidad en persona. La proporción de su cuerpo era perfecta, con espalda y hombros anchos. Los muslos eran largos y musculosos, como prueba de su agilidad y fuerza. En las zonas en que su piel era suave, parecía de bronce pulido, aunque vivo y ágil. Donde estaba cubierta de pelo, parecía cálida e invitaba a ser tocada.
El asaltante levantó la ducha y se metió bajo su poderosa lluvia. No corrió la cortina. Procurando no mirar, Aislinn suspiró repetidamente.
— ¿Qué pasa, señorita Andrews? ¿Nunca has visto un hombre desnudo? ¿O es ver a un indio desnudo lo que te disgusta tan visiblemente?
Ella giró la cabeza, atónita ante el tono de burla. No quería que pensara que era ninguna vieja mojigata o una intolerante racista. Pero la pulla que tenía en la boca no salió de sus labios.
Fue incapaz de proferir sonido alguno, paralizada al ver las manos llenas de espuma del fugado acariciando su tersa desnudez. El agua estaba caliente y empañó los espejos. El vaho se posó sobre la piel de la rehén, que apenas podía respirar.
—Como ves —dijo él, mientras sus manos jabonosas bajaban a las partes nobles de su cuerpo, estamos equipados con lo mismo que los demás hombres.
Aislinn pensó que no exactamente igual, al tiempo que sus ojos echaban una mirada prohibida por debajo del torso del indio, hasta donde su bonito vello acolchaba su increíble virilidad.
—Eres muy ordinario —dijo—, tanto como criminal.
Él sonrió con sarcasmo y se quitó la banda del pelo, tirándola encima del resto de la ropa. Metió la cabeza bajo la ducha el tiempo suficiente para mojarse el pelo y tomó el bote de champú. Olió el aroma de este antes de echarse un poco en la mano, para después aplicárselo en la cabeza y sacar una espuma que pronto cubrió su pelo de ébano. Se frotó la cabellera sin piedad.
—Mmm, esto huele mejor que el champú de la cárcel.
Aislinn no dijo nada porque se estaba forjando un plan en su mente. Pensó que ya había metido la cabeza bajo la ducha una vez y tendría que hacerlo de nuevo durante más tiempo para enjuagarse el champú. No le quedaba mucho tiempo para pensar bien el plan, pues él ya se estaba retirando la espuma sobrante y limpiándosela de las manos bajo el agua.
Había un teléfono en la mesilla de noche, y no tendría más que alcanzar la puerta del baño y marcar el número de emergencias.
Lucas metió la cabeza bajo la ducha, de modo que a Aislinn se le acabó el tiempo para seguir pensando.
Corrió hacia la puerta, la abrió y por poco se disloca el brazo en el intento. Entró en la habitación y llegó a la mesilla en menos de un segundo.
Descolgó el teléfono y marcó los números de manera frenética.
Se llevó el auricular a la oreja y esperó a oír la señal. Pero nada ocurrió.
Se pregunto si con las prisas habría marcado mal el número.
Colgó y lo volvió a intentar. Le temblaban tanto las manos que apenas podía sujetar el auricular. Echó una fugaz mirada por encima del hombro, y por poco se desmaya al ver a Lucas Greywolf apoyado en la puerta, con gesto de total indiferencia.
Aparte de una toalla alrededor del cuello, no llevaba nada más. El agua le goteaba desde el pelo mojado por su cuerpo cobrizo. Algunas gotas se metían en zonas que ella deseaba no percibir. Tenía el cuchillo en la mano derecha, con el que se daba golpecitos en la cadera desnuda
Aislinn notó que la segunda llamada tampoco había dado señal, y que ninguna otra lo haría.
—Le has hecho algo al teléfono —afirmó.
—En cuanto entré en la casa.
Rápidamente recorrió con las manos el cable del teléfono. El conector que debía ir metido en la pared estaba destrozado, por lo que pudo ver, con el tacón de una bota.
Se llenó de frustración e ira. La enfureció verlo a él tan entero mientras ella se sentía impotente e idiota. Lo maldijo y le tiró el teléfono, para después lanzarse hacia la puerta, buscando una vía de escape a cualquier costa, Por supuesto no le quedaba esperanza, pero tenía que hacer algo.
Intentó llegar a la puerta e incluso llegó a abrirla, antes de que Lucas plantara la mano delante de su cara para volverla a cerrar, Ella se volvió sacando las uñas, dispuesta a atacar.
— ¡Para! —le ordenó él, agarrándola de los brazos y haciéndole una muesca con el cuchillo en la frente, de modo que ella gritó—. Estúpida.
Gruñó sorprendido cuando ella levantó la rodilla para darle una patada en la entrepierna. Falló, pero logró desequilibrarlo cuando él trató de esquivarla. Ambos cayeron al suelo en la lucha, El tenía aún la piel mojada y resbaladiza, de forma que le era fácil evitar los golpes. En unos segundos, ella acabó debajo de él, con las muñecas sujetas al suelo por unos enormes dedos.
— ¿Por qué demonios has hecho eso? Podrías haberte hecho daño —ladró él.
Su rostro estaba a tan sólo unos centímetros del de ella, y se le hinchaba y deshinchaba el pecho por el esfuerzo. La ira que desprendían sus ojos aterrorizó a Aislinn, pero ella no lo dejó ver.
En su lugar, lo miró desafiante.
—Si me vas a matar, hazlo de una vez.
No tuvo tiempo de prepararse cuando él ya la había puesto de pie. Le temblaban los dientes. Aún estaba tratando de recuperarse cuando vio el cuchillo haciendo un arco sobre su rostro. Sintió una ráfaga de aire cuando este le pasó por al lado. Intentó gritar, sin que saliera sonido alguno de su boca, al ver un mechón de su pelo en la mano del indio. El mechón tibio apretado entre aquellos dedos marrones simbolizaba su fragilidad y enfatizaba lo fácilmente que podía dominarla.
—Lo he dicho muy en serio, señorita —dijo él, aún respirando con dificultad—. No tengo nada más que perder. Como vuelvas a hacer algo así será algo más que tu pelo lo que cortará el cuchillo. ¿Entendido?
Con la mirada en el mechón de rubio cabello aún entre las manos del agresor, Aislinn asintió con la cabeza, estupefacta. Él abrió la mano y dejó caer el pelo al suelo.
Aceptando el consentimiento de ella, Lucas se retiró y se quitó la toalla. Se secó la humedad de la piel y se la pasó por el pelo; entonces se la dio a ella.
—Te sangra el brazo,
No se había dado cuenta. Miro hacia abajo y vio con sorpresa un hilo de sangre que le brotaba de la muñeca.
— ¿Estás herida en algún otro sitio? –preguntó él, a lo que ella negó con la cabeza—. Ve a la cama.
El miedo sustituyó al resentimiento de que un fugitivo de la justicia le diera órdenes en su propia casa, pero sin un murmullo de protesta, lo obedeció. El brazo había dejado de sangrar. Dejó la toalla a un lado y se volvió para mirar a su captor.
—Quítate la ropa.
Aislinn había pensado que ya no podría asustarla más de lo que ya había hecho, pero se dio cuenta de que se había equivocado.
— ¿Qué? dijo, casi sin aliento.
—Ya me has oído.
—No.
—A menos que hagas lo que te digo, ese corte en tu brazo no será más que el principio.
El acero desnudo del cuchillo refulgía bajo la luz de la lámpara mientras él lo blandía por delante de la cara de ella.
—No creo que me hicieras daño.
—No apuestes.
Respondió a la mirada desafiante de ella con otra fría y sin sentimientos, y Aislinn admitió que las probabilidades de terminar la noche sana y salva no estaban de su parte.
— ¿Por qué tengo que quitarme...?
— ¿De verdad lo quieres saber?
En realidad no quería oírlo, pues tenia una idea muy clara de que es lo que quería, y de alguna manera oírlo de sus propios labios le resultaba aún más atemorizante.
—Pero si vas a violarme, ¿por qué no lo has...?
—Quítate la ropa.
Pronunció cada palabra con cuidado, que salieron de sus severos labios como témpanos de hielo.
Ella evaluó sus opciones, para decidir que no tenía ninguna, y que si al menos le seguía la corriente, se aseguraría más tiempo. Se le ocurrió que quizá alguien intentaría llamarla y se daría cuenta de que no le funcionaba el teléfono, y que entonces la compañía mandaría algún técnico. O que quizá alguien llamaría a la puerta, como el repartidor de periódicos. Cualquier cosa sería posible si podía entretenerlo. Y además pensó que era posible que la policía tuviera su casa rodeada en aquel preciso instante, tras haber rastreado a Greywolf hasta ella.
Lentamente se llevó las manos al segundo botón de la blusa, pues el primero ya se lo había abierto él antes. Le lanzó una última mirada suplicante, pero le pareció que el rostro de su raptor estaba hecho de piedra y sus ojos del cristal más duro. El orgullo le impidió rogar, aunque estaba segura de que ningún gesto de ruego conmovería a aquel hombre sin sentimientos.
Empujó el botón a través del ojal y, a regañadientes, bajó la mano hasta el siguiente.
—Deprisa,
Aislinn miró a donde él permanecía, desnudo y siniestro, a tan sólo unos centímetros, impasible bajo la mirada hirviente de ella. Se tomó su tiempo con cada botón, calculando los límites de la paciencia del indio, hasta que estuvieron todos desabrochados.
—Ahora quítatela —dijo con un gesto brusco con el cuchillo.
Bajando la cabeza, Aislinn dejó caer la blusa de los hombros, pero la sujetó por el pecho.
—Déjala caer.
Aún sin mirarlo, dejó caer la camisa hasta el suelo. Pasó un rato en silencio.
—Ahora el resto.
Era verano en Arizona. Aislinn había cerrado temprano el estudio porque no esperaba mas visitas, Tras una sesión en el gimnasio, se había vestido con una falda, una blusa y sandalias; no llevaba medias.
—La falda, Aislinn —insistió él, tenso.
El uso de su nombre le pareció el mayor insulto dadas las circunstancias, y la llenó de rabia. Desafiante, se bajó la cremallera de la falda y la dejó caer.
Ante el extraño sonido que salió de los labios de Lucas, ella levantó la mirada. La piel de sus mejillas estaba tan tensa que parecía que se iba a rasgar, y movía los ojos sobre ella como antorchas móviles.
Aislinn deseó que su lencería hubiera sido más sencilla, menos seductora. Era de seda color sorbete de limón, decorada con un lazo gris, Aunque no era transparente, su diseño era bonito y nada funcional. No dejaba nada a la imaginación, y pensó que un hombre que llevaba tanto tiempo en prisión tendría una imaginación muy desarrollada.
—El sujetador.
Tratando de aguantar las lágrimas que no dejaba caer por orgullo, se bajó los tirantes y se desabrochó el cierre frontal. Greywolf extendió la mano, y ella saltó impulsivamente,
—Dámelo —gruñó él.
A Aislinn le temblaba la mano cuando le entregó el ligero retal de seda. La prenda pareció aún menos sustanciosa cuando él cerró el puño con ella dentro y, en aquella mano tan masculina, se vio aún más femenina. Él acarició la seda. Consciente de que aún mantendría el calor de su propio cuerpo, Aislinn se sintió extraña mientras lo observaba.
—Seda —murmuró él.
Se llevó el sujetador al rostro y lo frotó contra la nariz. Gruñó, cerrando los ojos y haciendo una mueca fiera.
—Ese olor. Ese maravilloso aroma de mujer.
Aislinn se dio cuenta de que no le estaba hablando, sino que estaba hablando consigo mismo. Ni siquiera hablaba de ella en particular, le habría servido cualquier mujer. No sabía si sentirse aterrorizada o reconfortada.
La patética escena no duro mucho antes de que Lucas tirara el sujetador al suelo con rabia.
—Vamos, termina.
—No, tendrás que matarme.
La miró durante un rato agonizante. Aislinn no podía resistir el ver sus ojos mirándola, así que cerró los suyos,
—Eres muy bonita.
Se preparó para que la tocara, pero eso no ocurrió. En vez de ello, el se dio la vuelta, aparentemente desconcertado, aunque ella no sabía si sería por su cabezonería o por la vulnerabilidad que acababa de expresar.
Fuera lo que fuera, lo había enfadado extremadamente. Abrió varios cajones del vestidor de Aislinn hasta que encontró lo que estaba buscando. Se dirigió hacia ella con unas medias en la mano.
—Túmbate.
Tras rodear a Aislinn, que se había quedado paralizada de pavor, abrió la cama.
Ella se tumbó, aún paralizada y con los ojos como platos al verlo inclinarse cobre ella. Pero ni siquiera la miraba. El rostro estaba tenso mientras le tomó el brazo y lo juntó al cabecero de la cama.
— ¿Me estás atando? —preguntó ella con miedo.
—Sí —respondió el, mientras la aseguraba a la cama.
—Dios mío.
Cientos de horribles pesadillas le llegaron a la mente. Imaginó cada práctica desviada de la que hubiera oído hablar. Lucas torció los labios en otra de sus sonrisas sarcásticas, como si le hubiera leído la mente.
—Relájate, señorita Andrews. Te dije que quería comer y descansar y eso es lo que pretendo hacer.
Aún congelada por el miedo, Aislinn se tumbó dócilmente mientras el le ataba la otra muñeca a la suya, con la otra media. Cuando ambos estuvieron atados, con las manos juntas, ella lo miró fijamente con incredulidad. Él apenas apagó la lámpara y se tumbó junto a ella, dándole la espalda.
—Bastardo —protestó ella—. Desátame.
—Duérmete.
—Te he dicho que me desates —le gritó, mientras intentaba sentarse.
Él rodó y la volvió a tumbar. A pesar de que no podía verlo en la oscuridad, los cuerpos tan pegados comunicaban una terrible amenaza que era más represiva que la mera fuerza.
—No he tenido más remedio que atarte,
— ¿Y por qué me has hecho desnudarme?
—Para que te fuera más difícil escapar. Tengo serias dudas de que salieras a la calle así. Y...
— ¿Y qué? —preguntó enfadada.
Tras una breve pausa, le otorgó su respuesta entre la oscuridad, como un gato negro, sigiloso y sensual, al que se espera pero no se ve hasta que ya está en el lugar.
—Y porque quería mirarte.