Todo por Honor
Capítulo Once
Johnny y Linda Deerinwater habían tenido que ir a Scottsdale y se habían ofrecido a llevarle el coche a su regreso. Ella y el remolque de Lucas nunca se habían llevado bien, de modo que conducir su coche le resultaba un placer.
Aquel día apenas notaba el traqueteo y el ruido mientras conducía por el camino irregular que llevaba a su casa, Estaba feliz por muchas razones, y cuando Lucas fue a recibirlos montado en un caballo roano castrado, se encontró mejor aún. Detuvo el coche y desenganchó a Tony de su sillita al mismo tiempo que Lucas pasaba las piernas sobre la montura y bajaba del caballo.
—Habéis estado fuera más tiempo del que esperaba —dijo.
Aislinn se preguntó si aquello significaba que se había preocupado por ella o si sólo lo preocuparía Tony. Prefirió pensar que ella estaba incluida.
—La clínica de Gene estaba hasta arriba. Hay un virus rondando y Alice y el no dan abasto.
— ¿Qué tal están?
—Resplandecientes —contestó ella, con sonrisa y ojos maliciosos—. Siempre había pensado que tu madre era muy bella, pero espera a verla ahora; está radiante. Y Gene tiene una sonrisa perenne.
Lucas sonrió y pellizcó la barbilla de Tony, mientras con la otra mano sostenía las riendas del caballo.
— ¿Que ha dicho Gene de Tony?
—Tiene un ligero resfriado, De hecho Gene lo ha llamado nosequé respiratorio superior o algo así. Le ha dado un líquido descongestivo que lo debería curar en unos días,
— ¿Por eso ha estado llorando tanto?
—No sólo; hay algo más,
— ¿Qué? —preguntó, arqueando una ceja.
—Tony tiene hambre,
— ¿Hambre?
—Sí —contestó Aislinn, sonrojándose bajo la piel morena—. No toma suficiente leche. Gene me ha aconsejado que lo cambie a fórmula y que empiece con cereales y fruta.
Lucas cambió el peso de una pierna a la otra.
—Entonces no lo, eh, amamantarás más —preguntó, a lo que ella asintió con la mirada fija en los botones de la camisa de él—. ¿Cómo te sientes?
—Lo echaré de menos. Pero está claro que quiero hacer lo que sea mejor para Tony.
—Claro.
—He parado en la tienda y he comprado botes y latas de fórmula y comida de bebes.
— ¿Un bebé puede comerse todo eso? –preguntó él con incredulidad.
Aislinn siguió la mirada de su marido hasta el asiento trasero del coche y se rió al ver los cartones.
—Sólo una parte. Casi todas las cajas contienen los productos químicos que encargué. Me estaban esperando en la oficina de correos.
— ¿El cuarto oscuro estará ya operativo?
—Sí. Lo único que necesitaba eran los líquidos.
Aislinn había tomado el silencio de su marido como un consentimiento para convertir la cocina de la caravana abandonada en su cuarto oscuro. Para su sorpresa, una mañana salió de casa para encontrarse a Lucas pintando la caravana. Antes de siquiera poder preguntar, el explicó, quejoso,
—Había sobrado esta pintura de la casa; no tenía sentido tirarla.
Además de pintar, había hecho algunas reparaciones que hacían la casa andante mucho más habitable.
—No voy a poder revelar color —lo informó Aislinn—, pero si blanco y negro. He pensado que empezaré por las fotos que tomé en el banquete de bodas. Si son buenas les daré ampliaciones a Gene y Alice. Los he invitado a cenar pronto.
—Bien.
—Y he hecho algunas fotos en la ciudad hoy. ¿Sabes esa zona donde las condiciones habitables son tan malas?
—Demasiado bien —asintió él con pena.
—Había tres niñas jugando bajo una cuerda de tender. Creo que tengo buen material, pero me costará un tiempo retomar la práctica.
— ¿Qué has hecho con Tony?
—Lo llevaba en la espalda en su sillita —dijo, y miró sonriendo a su marido—. Como un buen bebé indio.
Los labios de él se movieron ante la necesidad de una sonrisa, que él trató de reprimir cuanto pudo, pero que fue más fuerte que su cabezonería, de forma que llenó su distante rostro con una amplia sonrisa que deslumbró a su esposa. Tenía los dientes muy rectos y blancos, en brillante contraste con su oscura cara.
—No quiero que el nieto de un jefe sea un niño de mamá. Dámelo.
Le quitó al niño de los brazos y se giró hacia el caballo, que permanecía dócil a su lado.
—Lucas, ¿que estas haciendo? Lucas, no irás a...
—Ya es hora de que Anthony Joseph Greywolf tenga una lección de montar a caballo.
—No te atrevas.
Haciendo caso omiso de las protestas, Lucas sujetó a Tony con el brazo derecho y con la mano izquierda se agarró del pomo para subirse a la grupa. Con un leve movimiento, Tony y él estuvieron sentados en el caballo. Tony agitaba las manos con alegría.
—Lucas, dame ese bebé antes de que os rompáis el cuello —dijo seriamente Aislinn.
Inconscientemente le puso las manos en la parte superior del muslo para impedirle lo que iba a hacer. Lucas le hizo burla.
— ¿Hacemos una carrera hasta casa?
— ¡Lucas!
Dio la vuelta al caballo roano y lo golpeó con las rodillas. El caballo salió a medio galope y Aislinn se quedó con los brazos en jarras mirándolo con exasperación, Aunque la mayor parte era falsa; en realidad su corazón nunca había estado tan lleno de amor.
Durante varios días tras el destete, Aislinn se sentía incómoda y Tony malhumorado. Pero pronto a este empezó a gustarle el preparado. Era un comedor muy creativo y le salpicaba a ella, a Lucas y cualquier cosa que estuviera cerca con cereales y fruta blandos, pero engullía su comida con ansia y pronto Aislinn vio que estaba ganando peso.
Lucas recibió otra carta del alcaide Dixon, en la que le contaba que se había puesto en contacto con un juez y estaba haciendo progresos para su vindicación. Aislinn se animó, aunque Lucas seguía guardando para sí sus sentimientos.
Gracias a su arduo trabajo, el rancho prosperaba. De las colinas que rodeaban al rancho, Lucas había conseguido acorralar una impresionante manada de caballos con la marca de Greywolf que se habían extraviado tras la muerte de Joseph. Varias de las yeguas estaban preñadas y a las que no lo estaban las inseminaron artificialmente, una práctica a la que su abuelo se había opuesto.
Los Greywolf eran afortunados por tener un arroyo que manaba de las montañas en un rincón de su propiedad. El agua era el bien más preciado.
Joseph nunca había vendido derechos de usar el agua por principios, pero Lucas pensaba que lo que era bueno para unos lo era para todos. Muchos pequeños granjeros, tanto indios como anglos, pagaban ahora por el uso del agua de Greywolf.
Tampoco se permitió Lucas encariñarse con los caballos hasta el punto de no poder venderlos, como le había pasado a su abuelo. Los comerciantes que compraban los caballos de Greywolf pagaban lo que valían. Lucas era un vendedor justo pero taimado.
Aislinn pasaba algunas horas al día en su nuevo cuarto oscuro. Siempre se llevaba a Tony, al que ponía en un parque que había comprado de segunda mano. Tras pintar los tablones y forrar la caravana, ésta parecía nueva.
Una tarde estaba trabajando en el cuarto oscuro, experimentando técnicas nuevas, cuando oyó el retumbar lejano de un trueno. Al principio no prestó atención, pues había acostumbrado a sus oídos a escuchar cualquier ruido que hiciera Tony, pero desconectar de otras distracciones.
Los truenos sonaban cada vez más fuerte y se dio cuenta de que la tormenta se aproximaba. Empezó a descorrer las cortinas oscuras que rodeaban el núcleo del cuarto oscuro y salió a lo que había sido la salita de estar de la caravana.
Tony estaba dormido en su parque. Aislinn se alarmó por lo tarde que era, pero cuando consultó el reloj vio que no era más que media tarde, aunque por la oscuridad pareciera otra cosa.
Fue a la puerta y miró por la ventanita con forma de rombo para ver que unos nubarrones negros estaban descargando sobre las montañas. Su primer pensamiento fue para Lucas, que se había marchado a caballo por la mañana temprano y había dicho que iba a ir a las cimas más altas para ver si encontraba más caballos perdidos. A Aislinn no le gustó en absoluto el tiempo que hacía y esperó que su marido regresara pronto.
El viento lo levantaba todo, formando remolinos de tierra entre la caravana y la casa. Decidió esperar a Lucas antes de intentar llevar a Tony y toda su parafernalia a la casa. Además, pensó que la tormenta pasaría en unos minutos.
Después de revisar al bebé otra vez, volvió al cuarto oscuro y se imbuyó en el trabajo. Hizo falta una sacudida para despertarla. La caravana se balanceó cuando una ráfaga de viento la golpeó. Aislinn oyó sollozar al niño y salió corriendo del cuarto. La caravana estaba iluminada por una luz verde y fantasmagórica.
Tony empezó a llorar. Aislinn corrió a abrir la puerta y el viento se la quitó de las manos, de forma que golpeó con fuerza contra el exterior de la caravana. Unas enormes gotas de agua se le clavaron en la piel como agujas cuando salió para cerrar la puerta. Entonces sintió bolas de granizo como balas, que en unos segundos, dejaron el suelo blanco.
—Oh, Dios —gimió, mientras tiraba con todas sus fuerzas de la puerta.
Unas nubes completamente negras bullían sobre su cabeza; el suelo estaba totalmente cubierto por las nubes bajas, que parecían tan opacas como cortinas de terciopelo. Los rayos golpeaban el suelo antes de desaparecer de nuevo entre las nubes. Los truenos sonaban tan alto que apenas podía oír los gritos lastimeros de Tony.
Por fin logró cerrar la puerta y la ató, aunque aquello requirió toda su fuerza. De cuclillas por el cansancio, prácticamente se arrastró hasta el parque y sacó a Tony de él. No se dio cuenta de que tenía toda la ropa empapada hasta que lo sujetó contra sí. Tenía el pelo totalmente pegado a la cabeza y le goteaba sobre el niño.
—Sss, sss, Todo va a salir bien —le susurró, deseando creerlo ella misma.
Se preguntaba dónde estaba Lucas.
Apretó los ojos y lo imaginó vagando perdido en la montaña, con el viento, la lluvia y el granizo golpeándolo sin piedad.
Cada vez que una ráfaga abofeteaba la caravana, Aislinn temía que volcara la caravana. Podía oír cómo se chocaban escombros contra el exterior y temía que en aquel momento uno podría atravesar la ventana.
Tony gimoteaba y ella lo abrazó con fuerza, pero no lo consoló mucho porque el niño sentía el miedo de su madre. Aislinn anduvo despacio por la caravana, encogiéndose cada vez que oía un rayo, consciente de que podía caer perfectamente sobre la caravana.
—Lucas, Lucas —llamó.
Se preguntó si su caballo se habría asustado y lo habría tirado, si yacería inconsciente en alguna parte, o si se habría caído en una grieta y se había roto una pierna.
Las posibilidades truculentas eran interminables, y ella pareció pensar en todas ellas. Apretó su mejilla contra la cabeza del bebé y lo bañó de lágrimas.
Se sentía pequeña e insignificante, pensando que la ira de Dios era tremenda y que la estaba mostrando. Pensó qué le importaría a él si una mujer y su niño perecían en una tormenta obra suya.
Esperar era lo peor. Pero no sabía qué otra cosa hacer. Pensó que salir al claro sería peligroso incluso estando sola, pero llevar a Tony y protegerlo son sus brazos haría el camino imposible. La tierra era un mar de fango, incapaz de absorber el impacto de la lluvia y la oscuridad dificultarían la visión, entre cegadores destellos de rayos. Podría perderse fácilmente.
Se preguntó por qué no se había ido de la caravana a los primeros signos de la inminente tormenta. Seguiría asustada dentro de la casa, pero desde luego esta proporcionaba más protección. Pero echarse las culpas ahora no servía de nada. Pensó que había tomado una decisión equivocada y tendría que pagar por ello, posiblemente con su vida y con la de su hijo. Se sentó sin dejar de pensar en Lucas en una mecedora que se había quedado allí cuando Alice y Lucas se habían mudado. Abrazando con fuerza a Tony, lo meció, canturreando sin pensar, y esperando que el destino hiciera con ellos lo que tuviera que hacer.
Cuando oyó la primera vez el martilleo pensó que era un escombro que se hubiera enganchado.
Pero cuando oyó su nombre acompañándolo, profirió un llanto de alegría y cruzó la caravana a trompicones,
— ¡Lucas!
— ¡Abre la puerta! —gritó él.
Sujetando a Tony en un brazo, abrió torpemente la puerta. Cuando ésta se abrió, Lucas por poco cayó dentro, empujado por el viento, Aislinn se derrumbó sobre él, sin dejar de lloriquear. Sólo el pie firme de él evitó que los tres se cayeran al suelo.
Aislinn repitió el nombre de su marido al tiempo que se colgaba de él. Éste tenía la camisa pegada al cuerpo y las botas como un pastel de lodo y le goteaba el sombrero, que tenía asegurado a la cabeza por una cuerda de cuero bajo la barbilla.
Nunca lo había visto tan guapo.
Se abrazaron con fuerza durante un buen rato, haciendo caso omiso de la lluvia que caía a través de la puerta abierta. Entre ellos, Tony se retorcía y berreaba. Lucas apoyó la cara de Aislinn sobre su pecho y le acarició la espalda hacia arriba y hacia abajo hasta que dejó de llorar.
— ¿Estás herida? —le preguntó al fin.
—No, estoy bien; sólo asustada.
— ¿Y Tony?
—Está bien. Está asustado porque notaba que yo lo estaba —contestó ella, y se mordió el labio inferior para que no le temblara—. Creía que te había pasado algo.
—Y me ha pasado, me ha atrapado la tormenta —dijo él con ironía—. La he visto venir, pero no me ha dado tiempo de volver. El caballo ha perdido una herradura y he tenido que volver andando. Estaba reacio a caminar y asustado.
Ella le tocó la cara, que estaba mojada, pero no se dio cuenta.
—Creía que te habías perdido, o que estabas herido. No sabía qué sería de nosotros sin ti.
—Bueno, me he llevado un susto de muerte cuando he entrado en la casa y no os he visto –le dijo, quitándole un mechón mojado de la cara, y le tocó los labios—. Pero estamos todos a salvo. Ahora nuestro único problema es cruzar el claro hasta llegar a casa. No confío en que la caravana aguante entera mucho más. Estaremos más seguros fuera que dentro. ¿Podrás hacerlo?
Ella asintió sin siquiera considerar el peligro.
Ahora que Lucas estaba con ella, se sentía de nuevo segura.
— ¿Tienes algo con lo que envolver a Tony? –le preguntó él.
Aislinn había amontonado algunas mantas de más en la caravana. Mientras Lucas miraba por la puerta para planificar el camino más fácil, ella envolvió a Tony en varias de ellas hasta que pareció una momia. No hizo caso de sus lloros, pues sabía que una vez que comiera y estuviera seco y calmado, estaría bien.
Lucas tomó otra manta y cubrió con ella la cabeza de su esposa, atándola bajo su barbilla.
—No te protegerá mucho pero es mejor que nada —dijo, le puso las manos sobre los hombros y la miró directamente a los ojos—. Ahora tu única tarea es agarrar fuerte a Tony, yo haré el resto.
Aislinn asintió.
—De acuerdo, vamos.
Nunca recordaría los detalles de aquel viaje que normalmente duraba menos de sesenta segundos. En su cerebro no había más que un borrón de viento, agua, rayos y miedo. Nada más poner los pies en la tierra se le clavaron los zapatos en el barro. Cuando intentó pescarlos con los dedos de los pies, Lucas le gritó por encima de la tormenta que los dejara y tuvo que seguir el resto del camino descalza. Se resbaló en el Iodo, pero los brazos fuertes de Lucas la rescataron antes de caerse.
Ella sujetaba a Tony tan fuerte que temía romperle las costillas. Iba con la cabeza bajada, la mayor parte del tiempo con los ojos cerrados.
Por fin su espinilla chocó con algo y se dio cuenta de que era el porche de la casa. Con la ayuda de Lucas subió los escalones y se refugió bajo el cobijo su abrigo. Lucas abrió la puerta y empujó a su mujer dentro, la apoyó en la pared y, mientras esta recobraba la respiración, él se quitó las botas y el sombrero y lo tiró todo al porche.
Entonces desató la manta con la que había protegido a Aislinn y la tiró con las botas y el sombrero.
—No te muevas —dijo severamente—. Traeré una manta.
Descalzo, fue a los dormitorios con su ropa goteando sobre el suelo de piedra. Mientras tanto, Aislinn destapó al niño.
—Mi niño valiente —dijo, alzándolo para darle un beso—. Papá y tú sois muy valientes.
Lucas regresó y le colocó una manta seca sobre los hombros, haciendo un fardo con ella.
—Me castañetean los dientes —dijo ella de forma innecesaria.
—Ya me he dado cuenta. Deprisa, vamos a secar a Tony, y después nos pondremos contigo.
Fueron juntos al cuarto del niño. Se había ido la luz pero Lucas llevaba dos velas de su dormitorio, que hasta aquel momento habían servido solo de decoración. A la luz de las velas, Aislinn desnudó al niño y lo secó. Mientras lo hacía, Lucas fue a por una botella a la cocina. Esperó a que se calentara y regresó con ella justo cuando Aislinn estaba metiendo a Tony en la cuna.
—Deja que yo le dé de comer mientras de tú te das un baño de agua caliente. Ya he abierto los grifos. Toma una vela.
Para evitar mojar y enfriar de nuevo al niño ya seco, Lucas se estaba quitando la ropa mientras hablaba. Cuando se hubo desnudado del todo, tomó la toalla la que había usado Aislinn para secar a Tony y se la puso alrededor. Entonces sacó al niño de la cuna y lo llevó a la mecedora.
En cualquier otro momento, la imagen del enorme indio desnudo sentado en una mecedora con un cojín de cuadros le habría parecido divertidísima a Aislinn, pero aún estaba aturdida por el miedo como para notarlo.
—No te olvides de la medicina —le dijo.
—No te preocupes.
Sabiendo que Tony estaba en buenas manos salió de la habitación para darse un baño. Casi media hora más tarde salió de este con la vela. Se había metido en la bañera hasta que el agua caliente le había cubierto los hombros. El calor de esta se había filtrado en ella, quitándose todo el frío y calmando sus destrozados nervios. Ante de salir se había lavado el pelo; después se lo había cepillado y lo había dejado secar al aire. Entonces salió con el albornoz puesto.
Pasó primero por el cuarto del bebé y vio que Tony dormía profundamente en la cuna. Le puso una mano en la cabeza y no pudo evitar las lágrimas. Era muy valioso para ella; no podía imaginar una vida sin él. Pensó en lo vacío y yermo de su vida anterior antes de haber sido bendecida con él.
Rogó a Dios que la perdonara por su momentánea falta de fe en la caravana y le agradeció haberle favorecido con Tony. También le agradeció haberlos sacado sanos y salvos de la terrible experiencia y le juró que nunca volvería a dudar de su gracia y su bondad.
Dejó al niño durmiendo y caminó de puntillas por las habitaciones a oscuras, iluminadas tan solo por destellos ocasionales blancos y azules y por la tenue llama de su vela.
Lucas estaba en la cocina, de pie frente al horno y removiendo algo en una cacerola. Cuando ella entró, él se dio la vuelta. No había hecho un solo ruido y aun así el había cabido que estaba allí.
—Sabía que esta cocina vieja de gas servirá para algo. Precisamente el otro día estaba deseando poderte comprar una mejor.
—Me gusta esa.
Lucas se había cambiado de vaqueros por unos secos, y aún estaba desnudo por arriba y descalzo.
Se le estaba empezando a secar el pelo, que ella esperó que no se cortara nunca. Le gustaba el modo en que brillaba cada vez que movía la cabeza.
— ¿Qué estás haciendo?
—Cacao. Siéntate.
Ella dejó la vela en la mesa y sacó una silla.
—No sabía que supieras cocinar.
Él sirvió la bebida hirviente en un tazón y apagó la cocina.
—Mejor pruébalo antes de hacer juicios rápidos.
Ella bebió con cuidado porque estaba muy caliente. Estaba exquisito, dulce y delicioso. El líquido caliente se deslizó hasta el estómago y repartió un calor acogedor por todo su cuerpo.
—Esta muy rico, Lucas, gracias.
— ¿Quieres algo de comer?
—No —contestó y entonces levantó rápidamente la cabeza y lo miró—. ¿Y tú? Puedo hacer...
Hizo un amago de levantarse de la silla pero él le puso las manos sobre los hombros.
—No, no tengo hambre. Bébete tu chocolate –le dijo, y le quitó las manos para cruzar sigilosamente hasta la ventana—. La tormenta se está alejando.
Aún llovía, pero con mucha más calma. Los truenos sonaban como tambores lejanos y los rayos eran menos siniestros. Aislinn se llevó el tazón de chocolate a los labios y dio varios tragos. Intentó bebérselo todo, pero el nudo que tenía en la garganta se metía en su camino. No podía apartar la mirada de Lucas, cuya silueta se reflejaba claramente contra la ventana gris, y pensó en lo bello que era.
El trauma de aquel día pudo con ella, asaltada por sus sentimientos. Empezó a temblar con tanta fuerza que derramó el chocolate sobre la mano, quemándose. Dejó el tazón en la mesa, incapaz de contener los sollozos que escapaban de sus labios temblorosos.
— ¿Aislinn?
No contestó porque sabía que su voz no sería más que un graznido si intentaba hablar. Se metió los dedos en la boca para tratar de contener la emoción que parecía determinada a salir.
— ¿Aislinn? —repitió Lucas.
El tono de preocupación en la voz la deshizo por completo y las lágrimas se abrieron paso entre su orgullo y su falso coraje. Le temblaban los hombros y se cubrió la cabeza con las manos.
— ¿Qué pasa, ocurre algo? ¿Estás herida?
Lucas se arrodilló frente a su silla y recorrió con las manos sus brazos, sus hombros temblorosos, como si buscara las heridas.
Ella se quitó las manos de la cara, pero las lágrimas le seguían recorriendo las mejillas.
—No, no. No estoy herida. No sé por qué estoy haciendo esto —tartamudeó—. Es un efecto retardado, supongo. Estaba tan asustada.
Rompió a llorar de nuevo. Él se levantó y le acarició el pelo.
—No llores —susurró—. No llores, ya ha pasado.
Un lado del rostro de Lucas se veía confuso por la oscuridad, pero la vela iluminaba el otro. Aislinn extendió las dos manos hacia él, suplicantes.
Le rozó la cara con las yemas de los dedos.
—Tenía miedo de no volver a verte. No sabía cómo sobreviviría si te pasara algo.
—Aislinn.
—Más que miedo por mi seguridad o incluso la de Tony, tenía miedo por la tuya.
Recorrió con las manos su rostro y bajó por sus bíceps antes de volver al rostro,
—Estaba a salvo.
—Pero yo no lo sabía —dijo ella con desesperación.
Lucas le puso tres dedos en los labios para calmar su temblor.
—Yo también estaba desesperado por volver con vosotros.
— ¿De verdad?
—Estaba preocupado —admitió, y le recorrió la cara como ella le recorría la suya.
— ¿Lucas?
— ¿Qué?
Éste se agachó y la besó breve y suavemente.
Ella profirió un sonido trémulo y pegajoso en la garganta y apoyó las manos sobre sus hombros, apretando y soltando reflexivamente.
—No quiero volver a estar sola y sin ti nunca más.
—No.
—No me dejes nunca.
—No lo haré.
—Dependo de ti para que nos protejas a Tony y a mí.
—Siempre lo haré.
— ¿Soy tonta, cobarde?
—Eres muy valiente, y estoy orgulloso de ti.
— ¿Lo estás?
—Mucho.
—Te quiero, Lucas, te quiero.
La declaración actuó como el nivel de una presa. Las palabras brotaron de su boca, profesiones de amor que habían estado fermentando desde hacía semanas y que ahora salían como las burbujas de una botella de cava descorchada, indisciplinadas, incapturables e incontrolables. Y en medio de las palabras, sus labios se juntaron en breves intercambios de aliento.
Pero enseguida aquello no fue suficiente. La rodeó con los brazos y ladeó la cabeza, reclamando sus labios para un beso abrasador. Los labios de Lucas estaban hambrientos y los de ella eran su festín. Con un leve gemido, le metió la lengua en la boca y la frotó contra la de ella. El beso fue puramente carnal.
Sus manos pasaban de atrás hacia delante. Le abrió el cinturón del albornoz y metió las manos.
Estaba caliente y suave y femenina. Los pechos llenaron sus manos y él los masajeó.
Hizo un camino de besos en su cuello. Ella lo observaba con amor mientras él le tocaba la punta de uno de sus senos con la lengua. A Aislinn se le escapó un grito de júbilo y la boca de él le dio más razones para alegrarse. Moviéndose de lado a lado, desempeñó actos de amor sobre su piel.
Por encima de sus hombros, Aislinn pudo ver la amplitud de su espalda. Los músculos bajo su radiante piel se encogían con cada movimiento.
Ella le acarició la piel desnuda como si lo estuviera untando de crema.
Aún arrodillado ante ella, le rozó la tripa con el pelo y le besó el ombligo. Cuando le apretó el regazo con su rostro, ella echó la cabeza hacia atrás en un espasmo de placer. Entonces masculló su nombre mientras él le echaba las caderas hacia adelante.
Lentamente, le separó las piernas y la besó.
Aislinn se vio envuelta en una vorágine de pasión, que la imbuía, y ella parecía ahogarse. Apenas estaba consciente cuando él la levantó en brazos y la llevó por la casa.
Sólo cuando la depositó con delicadeza en la cama fue ella consciente de nuevo de su alrededor. Oyó el sonido susurrante de la ropa cuando él se desabrochó los pantalones y abrió los ojos a tiempo de ver cómo salía de ellos. Como si fuera para favorecerla, los relámpagos encendían el cielo y le proporcionaban luz suficiente para verlo, desnudo y espléndido.
Lucas no se tumbó como ella esperaba, sino que se arrodilló entre sus muslos y bajo la cabeza.
—Lucas —protestó ella de forma poco convincente.
—Te debo esto, Aislinn. La primera vez, aquella mañana hace tanto tiempo, fue por mí. Esta es por ti.
Su boca la llevó a un punto culminante de sensaciones, como nada que hubiera experimentado antes. Aislinn revolvía la cabeza en la almohada mientras intentaba tomar aire, pero cada oleada de éxtasis se lo impedía. Lucas era implacable en su determinación de otorgarle su satisfacción final, y se mantuvo al final hasta que ella creyó que iba a morir de un placer casi insoportable.
Cuando por fin la liberó de la gloriosa cárcel de éxtasis, tenía el cuerpo empapado en sudor y los labios con heridas de sus propios dientes.
Los labios de él fueron muy considerados al besárselos. Los lamió amablemente y luego el resto de la cara. Una vez más, las sensaciones empezaron a recorrerle el cuerpo, y Lucas se tumbó sobre ella con cuidado.
Tenía el sexo caliente y duro. Aislinn lo sintió contra la parte interior del muslo. Lo quería dentro y lo transmitió levantando las caderas y moviéndose contra él.
— ¿No te haré daño? —preguntó el bruscamente.
—No.
Estaba tan duro como el acero, aunque tan suave como el terciopelo. La penetración fue tan completa que ella hizo un gesto de dolor.
—Te estoy haciendo daño —se alarmó él.
Pero cuando se intentó retirar, ella cerró las piernas.
—Quiero tenerlo todo de ti.
Entonces Lucas enterró la cara en la curva de su hombro y gruñó de inmenso placer, tanto por sus palabras como por la forma en que su cuerpo se ceñía suavemente a él. Quería que durara para siempre, y aguantó tanto como pudo.
Pero su cuerpo estaba tan hambriento que no lo pudo retrasa infinitamente. Una vez que empezó a moverse, el clímax llegó enseguida. Se precipitó sobre ellos, tan tempestuoso como lo había sido la tormenta.
Cuando hubieron terminado, él se quedó sobre ella hasta que recuperaron la respiración, y entonces se quedaron de lado, de forma que podían mirarse frente a frente.
Cada vez que un relámpago derrochaba su luz a través de la ventana, Lucas disfrutaba del reflejo de la espalda de ella y de su trasero en el espejo al otro lado de la habitación. Era una imagen provocativa, con el cabello desaliñado y su piel tan pálida comparada con las manos que se movían por las curvas de su cuerpo.
La tocaba con una familiaridad asombrosa, pero ella no murmuró una palabra de queja. Era muy atrevido. Había satisfecho toda su curiosidad. Las libertades que ella le había otorgado lo dejaban sin aliento y aturdido. No se había encogido ni siquiera ante las caricias más íntimas, e incluso había ronroneado bajo su roce.
Recordó haber rogado morir la primera vez, pues había pensado que no podría haber nada en la vida mejor que estar dentro de Aislinn. Ahora se sentía igual de bien, pero, de manera orgullosa, ya no quería morir.
Se sintió un tonto por haberse negado el privilegio de hacer el amor con ella. Hacía ya semanas que se había repuesto del parto e incluso Gene le había dado a escondidas el aprobado.
Pero aun así se había negado obstinadamente su deseo hacia ella, porque lo aterrorizaban los sentimientos que lo acompañaban. No sólo quería el cuerpo de la mujer; quería a la mujer. Era la primera vez en su vida que sentía una verdadera necesidad por otro ser humano.
Ahora, calmado y lánguido como estaba, se separó de ella, le levantó la cara con un dedo y la besó en los labios. Pretendía que fuera un beso tranquilo, de buenas noches, pero la lengua de ella comenzó un beso más profundo y jugó con su labio superior.
—El día de la boda de tu madre... —susurró contra sus labios.
— ¿Sí?
—Sabía que estabas fuera cuando me desnudé junto a la ventana. Quería que me miraras —confesó—. Quería seducirte.
Él mantuvo la cara distante, pero, tras un largo silencio durante el cual ella se sintió cautiva de sus absorbentes ojos, contestó.
—Me sedujiste —admitió, y entonces se puso de espaldas y la puso encima de él—. Móntame.
Metiéndolo dentro de ella, Aislinn cumplió sus deseos, llevándolo con entusiasmo más allá de sus más intensas imaginaciones. Fue un esfuerzo supremo, pero Lucas mantuvo los ojos abiertos para disfrutar de la belleza rubia de su piel y su pelo. Le acarició los senos, con especial atención a sus receptivos pezones. Y cuando ella arqueó la espalda por sus caricias, él la tocó en lugares que hicieron temblar a sus muslos contra él
Finalmente, con un estremecimiento, ella se desmoronó sobre su pecho. Él se envolvió con ella y le dio todo cuanto pudo de sí mismo. Él cuerpo de ella celebró el regalo.
Entonces, débiles y agotados, se quedaron tumbados, con el cuerpo de él acurrucado en el de ella, durante mucho tiempo. Y por fin, cuando él la puso a su lado, con la espalda contra su pecho, los dos cayeron en el sueño más placentero que hubieran conocido.
CAPÍTULO DOCE
—Me alegro de que eligieras mi casa aquella noche.
Greywolf ladeó la cabeza para mirarla.
—Yo también.
Ella le tiraba suavemente del vello del pecho. Habían hecho el amor en varias ocasiones durante la noche, dormitando entre medias. Sus pasiones se habían encendido fácilmente cada vez que uno había tocado al otro. Ahora, con su deseo momentáneamente repleto, yacían indolentemente entre las sábanas arrugadas. La tormenta de la noche anterior había pasado y la luz de la mañana teñía la habitación de un resplandor rosa.
—Me pegaste un susto de muerte —dijo ella.
—Tú también me pegaste un susto de muerte.
Aislinn se rió por la sorpresa y se incorporó, apoyándose en los codos, para mirarle la cara.
— ¿Yo? ¿Tenías miedo de mí? ¿Creías que te iba a poder?
—No en ese sentido, pero en aquel momento, si algo hubiera podido conmigo habría sido una mujer bonita. Me desarmaste por completo. ¿Por qué te crees que tome el cuchillo?
— ¿Pensaste que era bonita? —preguntó ella, mirándolo entre una pantalla de recatadas pestañas.
— ¿Tanteando?
—Sí, marido, nunca me cansaré de los cumplidos con los que me regalas constantemente —dijo ella, suavizando el sarcasmo con una sonrisa, que él le devolvió.
—Si creo que eres bonita. Pero ¿quieres saber que fue lo primero que pensé cuando te vi?
—Si, ¿qué pensaste?
—Maldición.
— ¿Qué?
—Eso es lo que pensé: «Maldición». ¿Por qué tenías que ser preciosa y tener el cuerpo y la cara de un ángel? Quería mandarte al infierno por tener el aspecto que tenías. Si hubieras sido un hombre te habría golpeado la barbilla y habría volado. O si la señorita Aislinn Andrews hubiera sido fea, la habría atado, me habría comido su pan y su salchichón, me habría bebido su leche, probablemente le habría robado el coche y me habría largado de allí.
—Hiciste todo eso, pero además pasaste la noche.
—Incluso cuando sabía que aquello multiplicaba las posibilidades de que me atraparan.
— ¿Por qué, Lucas? —preguntó, mientras le acariciaba el estómago.
—Porque quería dormir contigo.
—Oh —suspiró ella.
—Pero todo el tiempo que te deseé, me odié por hacerlo.
— ¿Escrúpulos?
Él se rió con ganas. Aislinn adoraba aquel sonido ronco y profundo, todavía nuevo para sus oídos.
—Apenas. Nunca he tenido tantos escrúpulos con las mujeres.
—Es extraño.
— ¿Por qué?
—Después de lo que le pasó a Alice.
—Siempre me he asegurado de no dejar a ninguna mujer embarazada —repuso él con el ceño fruncido—. Excepto una vez.
Se besaron.
—Esa vez no estaba pensando en nada más que en esto —dijo, y le tocó la parte baja del cuerpo, dejando a sus dedos recrearse con el vello suave y dorado—. Nunca me había aprovechado de ninguna mujer. Hasta ti. Has sido la excepción a todas las reglas que me haya impuesto.
—Eso parece, y me alegra mucho. Pero ¿por qué te odiabas por desearme?
—No quería sentir un deseo tan desesperado por una mujer, y menos una anglo.
— ¿Por eso es por lo que sentías un «deseo desesperado»?
—Sí —admitió él con voz ronca.
— ¿Todo el tiempo que estuvimos juntos?
Él asintió serio.
— ¿Y todo aquello de tu seguro para la policía?
—Fue mi racionalización endeble. Sabiendo que era una locura, quería mantenerte junto a mí. Me sentía culpable por trastocar tu vida y arrastrarte en aquel lío, pero... No lograba convencerme de soltarte a pesar de que todo el rato tuve miedo de hacerte daño —dijo, y le pasó la mano por la garganta—. Supongo que te hice daño de todos modos, ¿no?
—Yo no lo creo.
— ¿Es eso cierto, Aislinn?
—Es cierto.
—Dios, no sé por qué no me has matado mientras dormía.
—Porque —contestó ella con una sonrisa— contaba con que ese deseo desesperado aún estaría ahí.
—Lo está. Más desesperado que nunca.
Se enredó una mano con su pelo y, sujetándole la cabeza mientras le daba un apasionado beso, la puso de espaldas. El largo beso la dejó sin respiración.
—Podíamos haber estado haciendo esto desde hace semanas si no hubieras sido tan terco –dijo ella—. Nunca das tu brazo a torcer, ¿eh?
—Ahora mismo se de muchas cosas que podría darte —dijo él con mirada lasciva.
Ella le agarró del pelo como castigo a su procacidad, pero entonces se rió tontamente.
—No puedo creer que de verdad hayas hecho un chiste.
—Puedo ser extremadamente divertido.
—Con cualquiera menos conmigo. Conmigo eres cabezón e inflexible. No puedes ser divertido porque estas demasiado ocupado siempre a la defensiva por lo que pasó aquella mañana en casa de Alice,
Él se puso tenso y empezó a irse, pero ella lo atrapó entre sus brazos por la espalda.
—Quédate donde estás, Lucas Greywolf.
—Me avergonzaba de mí mismo.
—Me necesitabas.
La suavidad con que lo dijo lo desprendió de su reacción defensiva.
—Necesitar a alguien no es algo de lo que avergonzarse. ¿Por que te resulta tan difícil admitir que necesitas a otra persona de vez en cuando?—continuó, y le tocó los labios con un dedo—. Me gustó sentirme necesitada aquella mañana. No me ofendí por lo que hiciste; sólo me apenó que no me dejaras participar más.
Aislinn levantó la cabeza para besarlo. Al principio él se resistió, pero acabó rindiéndose ante la boca de ella, que continuaba moviéndose sobre la suya. Cuando ella apoyó la cabeza en la almohada otra vez, él la siguió y le enseñó lo mucho que la necesitaba.
Más tarde Aislinn deslizó las manos por su espalda empapada en sudor y pasó por su cintura hasta sus genitales.
— ¿Oyes algo?
—Sí —masculló él en su cuello—. Mi corazón; me va a estallar.
Ella sonrió en su hombro, mordiéndolo ligeramente, adornando la más ligera huella de vulnerabilidad que mostraba.
—El mío también. Pero me refería a otra cosa.
— ¿Cómo Tony?
—Precisamente Tony. Será mejor que me levante a ver qué pasa.
Lucas se retiró de ella y se quedó tumbado sobre la espalda, mostrando con ojos ardientes y posesivos a Aislinn mientras esta se ponía el salto de cama que había llevado la noche anterior.
Lucas no recordaba una época de su vida en la que hubiera sido feliz. Había vivido ocasiones felices en cumpleaños y navidades, había adorado las veces en que se iba a cazar con Joseph a las montañas, exultaba de alegría cuando ganaba carreras de atletismo. Pero la felicidad era algo que tenían otros, personas con familias y entornos normales, personas que no mezclaban la sangre, personas que no vivían con estigmas, personas que no estaban marcadas.
Aquella mañana Lucas Greywolf estuvo más cerca que nunca de la felicidad. Incluso se permitió sonreír ampliamente solo porque le apetecía.
Se estiró como un gato salvaje cuya única preocupación es saber que va a desayunar. Ser feliz no le resultó tan aterrador como había pensado.
Aislinn también entró flotando en la habitación de Tony. Todos los horrores del día anterior se habían evaporado por el amor de Lucas y el sol radiante entraba por las ventanas. Veía el futuro soleado porque amaba a Lucas y al fin había conseguido que este aceptara su amor.
No le había dicho que la quería, pero pensó que no se podía tener todo de un a vez. La deseaba. Le gustaba tenerla en su vida y en su cama, y pensó que quizá con el tiempo acabaría creciendo el amor. Mientras tanto, se conformaba con lo que tenía. La vida era bonita.
—Buenos días, Tony —saludó alegremente al entrar en la habitación, pero el niño no paraba de lloriquear—. ¿Tienes hambre? ¿Eh? ¿Quieres un pañal seco, te sentirás mejor?
En cuanto se dobló sobre la cuna supo que algo iba terriblemente mal. Con su inexplicable instinto maternal, se dio cuenta al instante de que algo no marchaba bien. El ruido de respiración forzada la alertó enseguida y cuando lo tocó, gritó.
— ¡Lucas!
Éste se estaba poniendo unos vaqueros y enseguida reconoció que el grito de Aislinn era de angustia. Él mejor que nadie sabia que no se asustaba fácilmente, así que en décimas de segundo se presentó en la puerta de la habitación.
— ¿Qué pasa?
—Tony. Está ardiendo de fiebre. Y escucha su respiración.
La respiración emitía un siniestro silbido cada vez que entraba y salía de sus diminutos pulmones. Era rápida y profunda, y tenía manchas en la cara. Y en lugar de un llanto sano, que los dos padres habrían recibido con gusto, parecía tener fuerzas para no más que un lastimero maullido.
— ¿Qué quieres que haga?
—Llama a Gene.
Aislinn ya estaba desvistiendo al niño y buscando el termómetro que los libros advertían guardar a mano. Lucas corrió a la cocina y rápidamente marcó el número.
— ¿Sí? —contestó Gene con voz dormida a la segunda llamada.
—Gene, soy Lucas. Tony esta enfermo.
—Un resfriado. Le di...
—Más que eso; casi no puede respirar.
— ¿Tiene fiebre?
—Espera.
Lucas tapó el teléfono y se lo preguntó a Aislinn, que apareció en la puerta de la cocina con Tony en brazos y los ojos llenos de pavor.
—Cuarenta —susurró—. Lucas...
Era una súplica.
Informó de la temperatura a Gene, que maldijo.
Lucas oyó la voz de Alice al fondo, preguntando quien llamaba y qué ocurría.
—Maldita sea, Gene, ¿qué hacemos? –preguntó Lucas.
—Calmarte para empezar. Después bañar a Tony con agua fría para tratar de bajarle la fiebre. Y traedlo lo más pronto posible.
— ¿A la clínica?
—Sí.
—Estaremos en media hora o menos.
Lucas colgó sin más palabras y repitió las instrucciones de Gene a Aislinn. Se terminó de vestir mientras ella llenaba el baño de Tony de agua fría.
Entonces se cambiaron los papeles y, mientras él se hacía cargo del bebé, ella se vistió sin mirar mucho qué se ponía.
Le puso los pañales a Tony, lo envolvió en una manta ligera y salió por la puerta de delante, donde Lucas ya tenía el motor del coche encendido.
El claro frente a la casa era un lodazal por la noche anterior. El terreno esponjoso enterraba las ruedas del coche cuando Lucas lo intentaba llevar hacia la carretera. Este patinó varias veces en la zanja.
Las manos de Lucas agarraban con fuerza el volante y tenía la espalda arqueada. La dura expresión de su rostro le recordó a Aislinn la otra ocasión en que lo había visto conducir con tanta concentración. Aquella otra ocasión, que entonces le había parecido una situación de vida o muerte, ahora parecía una nadería. Ahora realmente conocía el significado del miedo, y este era cuando la vida de un niño estaba en serio peligro.
El viaje a la ciudad pareció durar una eternidad, con el pequeño cuerpo de Tony desprendiendo tanto calor que le quemaba los senos a su madre. Estaba muy inquieto. Cada vez que intentaba dormirse, se despertaba ahogándose, luchando por su esfuerzo por respirar.
Gene y Alice salieron corriendo de la clínica nada más ver el coche.
— ¿Cómo está? —preguntó Gene al abrir la puerta de Aislinn.
—Oh, ayúdalo —rogó ella—. Está ardiendo. Creo que le ha vuelto a subir la fiebre.
Todos corrieron al interior de la clínica, tropezándose unos con otros. Aislinn llevó a Tony a una sala de exploración. La clínica aún no estaba abierta, así que no había más pacientes esperando. Alice y Gene examinaron metódicamente al bebé, apartando amablemente a su madre inmóvil.
Aislinn miró a Lucas en busca de consuelo, que apenas había hablado por el camino, pero este miraba fijamente a su hijo. Aislinn quiso confortarlo, pero sabía que cualquier coca que dijera sonaría a lo que era, un tópico vacío. Además, se preguntó cómo podría confortarlo si ella misma estaba aterrada.
Gene escuchó la respiración de Tony a través de un estetoscopio y, cuando se lo quitó, explicó.
—Tiene líquido en los pulmones. Esa infección respiratoria superior ha empeorado mucho.
—Pero se estaba poniendo mejor —protesto Aislinn—. Le he dado su medicina rigurosamente.
—Nadie te culpa, Aislinn —le dijo Gene amablemente, mientras le ponía una mano en el hombro—. Estas cosas pasan.
—Se mojó anoche. Y pasó frío —Aislinn les contó lo de la tormenta—. Cuando Lucas nos llevó a la casa, envolví a Tony tan bien como pude. ¿Es eso lo que ha pasado?
La voz de Aislinn presentaba un tono histérico y Alice y Gene se apresuraron a asegurarle que la infección se podía haber expandido en cualquier momento.
—No estaba tomando antibióticos —dijo Gene—.Y desde luego no ha sido negligencia por tu parte.
Lucas, que había permanecido callado hasta entonces, habló desde el otro lado de la mesa de exploración donde seguía mirando a su hijo como si fuera el centro del universo apunto de estallar.
—Ponlo bien.
—No creo que pueda, Lucas.
— ¡Qué! —gritó Aislinn, y se llevó las manos a los labios blancos.
—No puedo hacer mucho aquí —aseguró Gene—. Mi consejo es que lo llevéis a un hospital en Phoenix. Llevadlo a una unidad de cuidados intensivos para recién nacido donde lo puedan ver especialistas; yo no tengo el equipo adecuado.
—Pero eso está a horas de aquí—dijo con miedo Aislinn.
—Un chico con él que fui a la Facultad de Medicina lleva un servicio de ambulancias en helicóptero; lo llamaré. Alice, ponle una inyección al niño para bajarle la fiebre.
Incapaz de quitarse la parálisis de terror, Aislinn observó a Alice preparar una jeringuilla y ponerle la inyección a Tony. Cuando terminó, volvió a ponerle el pañal y le dio el bebe a su ansiosa madre. Ésta se apoyó en la mesa de exploraciones y comenzó a mecer al bebé lo mejor que pudo.
Gene regresó y les informó.
—Enseguida sacara un helicóptero. Aterrizará en los pastos que hay al norte de la carretera a las afueras de la ciudad. El piloto que ha mandado estuvo aquí el año pasado para recoger a una víctima de mordedura de serpiente, así que se sabe el camino. Aislinn, Lucas, habrá una enfermera pediátrica en el helicóptero y especialistas esperando cuando lleguéis al hospital.
— ¿Es tan crítico? —le preguntó Aislinn con voz temblorosa.
—No os alarmaría innecesariamente –contestó él tomándole las manos—. Sí, es muy crítico.
Unas horas mas tarde, el especialista en el hospital de Phoenix confirmó el diagnóstico de Gene.
Las horas de en medio habían sido una pesadilla para Aislinn. Lucas y ella habían encontrado el helicóptero y los habían metido a empujones.
Desde aquel momento, Aislinn se dio cuenta de que tendría para siempre un mayor aprecio por la gente de la medicina. La enfermera a bordo del helicóptero se encargó de Tony enseguida y se mantuvo en contacto constante por radio con los médicos del hospital, de modo que cuando aterrizaron en el tejado, Tony ya estaba recibiendo el mejor tratamiento.
Nada más meter al niño en áreas restringidas para ellos, Aislinn se volvió a Lucas en busca de la fuerza de su abrazo. Pero a pesar de que este la envolvió en sus brazos, fue un gesto mecánico; no había puesto el corazón en él. Aislinn sintió la distancia espiritual entre ambos, tan ancha como un golfo. Desde que habían salido de la casa por la mañana, Aislinn lo había notado cada vez más y más lejos de ella.
Su rostro no mostraba expresión alguna, como si se hubiera alejado de la tragedia. Pero Aislinn supo que sufría terriblemente. Lo que no sabía era cómo podía ejercer tanto control sobre sus sentimientos, pues ella sentía que en cualquier momento empezaría a golpearse la cabeza contra la pared, a dar patadas, a arrancarse el pelo.
Esperaron, compartiendo un silencio insoportable para Aislinn. Se preguntó dónde estaba el consuelo que había ofrecido a Joseph y Alice cuando el anciano se estaba muriendo y por qué para ella no había ninguno. Pero pensó que Joseph era un hombre viejo y que Lucas había tenido años para prepararse para el día en que muriera.
Se alivió cuando el especialista se acercó a ellos.
— ¿El señor y la señora Greywolf? –preguntó con corrección, a lo que ellos asintieron —. Su pequeño está muy enfermo.
El doctor soltó un aluvión de términos médicos que no significaban nada para Aislinn, pero terminó con:
—Neumonía.
—Entonces no es tan malo, ¿no? —dijo aliviada Aislinn—. Conozco a mucha gente que ha padecido neumonía y se han recuperado sin ninguna dificultad.
El doctor miró con preocupación a Lucas antes de volver a mirar el rostro expectante de la mujer.
—El porcentaje de recuperación de una neumonía es alto, pero estamos hablando de unos pulmones de tres meses. Me temo que eso reduce mucho la capacidad de su hijo de quitársela tan fácilmente.
—Entonces es serio.
—Su condición actual es de extrema gravedad.
— ¿Morirá? —apenas pudo controlar sus labios temblorosos el tiempo suficiente para hacer la odiosa pregunta.
—No lo sé —contestó el médico con sinceridad—. Voy a luchar con todas mis fuerzas por salvarlo. Y ahora perdónenme, he de volver.
— ¿Puedo verlo? —preguntó ella, agarrándolo de la manga.
—No lo recomiendo. Tiene tubos por todas partes; verlo la asustaría más.
—Quiere verlo.
El susurro sibilante de Lucas fue más amenazador que un grito. El doctor y él se miraron fijamente unos segundos antes de que aquel retrocediera.
—Un minuto, señora Greywolf, no más.
Cuando volvió al pasillo, Aislinn lloraba copiosamente. Lucas la abrazó y le dio golpecitos en la espalda. Pero, igual que antes, ella sintió las barreras invisibles entre ellos, y encontró poco consuelo en sus distantes ojos grises.
Pasaron todo el día y toda la noche en la sala de espera del hospital. Aislinn se negó a marcharse ni siquiera para comer, aunque el personal del hospital la instaron amablemente a ello. Nadie se aproximó a Lucas y Aislinn pensó que sería porque les daba miedo. Lo que había en la cabeza de aquel rostro implacable era un secreto para todos salvo para él.
Poco después de anochecer el segundo día, el doctor informó de que la situación de Tony aún era grave,
—Pero cuando entró no habría apostado por que sobreviviera todo este tiempo —dijo, con algo de optimismo—. Creo que es un luchador.
Aislinn se animó; se agarraba a cualquier rayo de esperanza.
Gene y Alice llegaron al poco tiempo. Habían dejado una nota en la clínica de que permanecería cerrada y habían emprendido el largo camino, pues no podían permanecer lejos más tiempo. Su repentina aparición tuvo un impacto tan fuerte en Aislinn que rompió en lágrimas de gratitud.
Los Dexter expresaron su alarma por ver lo demacrada y pálida que estaba y le rogaron que se registrara en un hotel y descansara, a lo que ella se negó rotundamente. Pero si consiguieron que comiera la comida caliente que preparaba la cafetería del hospital en bandejas para Lucas y ella.
Estaban sentados en la sala de espera, terminando su desayuno, cuando Lucas miró hacia arriba. Entonces tiró enfadado su servilleta y se puso de pie, dando un golpe a la mesa con la espinilla.
— ¿Quién los ha invitado? —preguntó con dureza, sin importarle que la pareja que se aproximaba lo oyera.
—Yo.
La voz de Aislinn era tan poco estable como sus rodillas cuando se levanto para enfrentarse a su marido, que estaba obviamente furioso, y a sus padres, a los que no había visto o hablado con ellos desde su matrimonio.
—Madre, padre —dijo, dando un paso adelante—, gracias por venir.
Los Andrews parecían no saber cómo reaccionar respecto a que decir o hacer. Eleanor jugueteaba con el asa color marfil de su bolso y Willard miraba a todas partes salvo a su hija y su yerno.
—Creímos que era lo mínimo que podíamos hacer —dijo Eleanor para romper un silencio que se había hecho demasiado largo—. Sentimos mucho lo de la enfermedad del niño.
— ¿Necesitas algo, Aislinn? ¿Dinero? —ofreció Willard.
Lucas dijo algo escandalosamente obsceno y los rodeó, empujándolos con el hombro al pasar.
—No, gracias, padre—dijo Aislinn con dulzura. La avergonzaba que la solución de sus padres a cualquier problema fuera el dinero, pero los perdonó. El hecho de que estuvieran allí era un consuelo para ella y, a la luz de su intolerancia, una concesión mas allá de lo que ella creía tener derecho a esperar de ellos.
Alice la relevó de la horrible situación al dar un paso adelante.
—Soy Alice Dexter, la otra abuela de Tony. Por favor, disculpen el comportamiento de mi hijo. Está muy disgustado.
Habló con mucha dulzura. Lo que más impresionó a Alice, como había hecho desde la noche en que la había conocido, fue la ausencia de censura o reproche en su tono. Miraba directamente a Eleanor, cuyo vestido costaba más de lo que ella pudiera gastar en ropa en años. Ni estaba hostil hacia ella ni intimidada por la otra mujer. Extendió la mano.
—Por favor vengan a conocer a mi marido, el doctor Gene Dexter.
Aislinn dejó a los cuatro con las presentaciones y fue a buscar a Lucas. Lo halló al final del pasillo delante de una ventana. Miraba ensimismado al día claro que Aislinn imaginó similar a los que había mirado a través de la ventana con barrotes de la cárcel. La mujer pensó que debía de haber sido un infierno para un hombre como él al que le gustaba tanto estar al aire libre.
— ¿Lucas? —lo llamó y como única respuesta obtuvo tensión en los hombros de su esposo. —¿Estás enfadado porque haya llamado a mis padres?
—No los necesitamos.
—Puede que tú no, pero yo sí.
Lucas se giró, y ella tuvo que hacer un acto de fuerte voluntad para no retroceder ante la furia que veía en sus ojos. Agarrándole la mano, la metió en una habitación que les habían preparado las enfermeras, aunque no habían usado. Cuando la pesada puerta se cerró, se enfrentó furioso a Aislinn.
—Supongo que después de todo echas de menos su maldito dinero, ¿no? ¿Qué pasa, no creías que fuera capaz de proveer a mi hijo asistencia sanitaria y tuviste que llamar a papi, rogando su perdón por rebajarte en tu matrimonio, para que se pasaran con su talonario?
—No me merezco eso, Lucas —dijo ella, y lo abofeteó con fuerza suficiente para que su cabeza siguiera el camino de su mano,
Cuando volvió la cabeza, estaba enseñando los dientes y había levantado una mano en represalia.
Sin embargo, detuvo el movimiento de su mano antes de hacer contacto en la mejilla de Aislinn. Esta se abalanzó sobre él y lo agarró de la camisa.
—Vamos, pégame. A lo mejor entonces, solo a lo mejor, sabré que estas vivo y no hecho de piedra. Me encantará que me golpees si es la única manera de que muestres alguna emoción, algún sentimiento. —Lo agitó, clavándole los nudillos blancos en la dura pared del pecho — ¡Maldito seas, Lucas! ¡Háblame! Grita, chilla, enséñame tu dolor. Sé que está ahí. Sé que quieres a Tony aunque no quieras a nadie más. Puede morir y sé que estas sufriendo por ello. ¡Úsame como saco de arena, como tabla de resonancia! Déjame compartir tu dolor.
Estaba llorando, derramando lágrimas descuidadamente por sus mejillas, y lamiéndose las que le llegaban a la boca.
—Eres muy orgulloso, ¿verdad? Nada te puede tocar —dijo, pero negó con la cabeza —. Pues yo sé otra cosa, te oí llorar por la muerte de tu abuelo, presencié tu dolor. Y ese dolor en tu corazón no se puede ni comparar con el que sientes ahora por tu hijo. Son tus propios prejuicios estúpidos los que te separan del mundo, y no al revés. ¿Eres tan cruel que no eres capaz de llorar en el lecho de muerte de tu hijo? Dices que no necesitas a nadie —continuó—, pero no es verdad, Lucas. Es sólo que no quieres admitirlo. Yo necesitaba el apoyo de mis padres ahora, así que me tragué el orgullo y los llamé, sin ninguna garantía de que no me fueran a colgar el teléfono. Necesito todo el apoyo que pueda reunir hoy; no quiero pasar esta crisis sola. Incluso si suponía desprestigiarme, habría estado dispuesta a rogarles que estuvieran aquí conmigo. Tú los ridiculizas, pero tienes más en común con ellos de lo que piensas; eres tan frío e inflexible como ellos. Sólo que ellos retrocedieron; ellos están aquí conmigo ahora y tú no.
Lo agarró mas fuerte de la camisa, casi rasgándola.
—Me ames o no, eres mi marido y te necesito. No te atrevas a negarme ese apoyo. Te casaste conmigo porque sentiste que tenías que hacerlo por honor, Pero ¿hay algún honor en abandonar a tu esposa cuando más te necesita? ¿Te hace menos hombre llorar conmigo?
Lo volvió a abofetear. Y otra y otra vez. Las lágrimas brotaban de sus ojos, recorrían su cara y le goteaban de la barbilla.
— ¡Llora, maldita sea, llora!
Con un movimiento tan repentino que le cortó la respiración, Lucas la abrazó y bajó la cabeza, que apoyó sobre su hombro. Al principio Aislinn no se dio cuenta de que su deseo más ansiado se había visto complacido, pero después sintió sus anchos hombros agitarse y oyó el sonido de su llanto.
Ella le rodeó la cintura con los brazos y lo abrazó con fuerza, mientras él le bañaba el cuello con sus lágrimas y le empapaba la camisa. Lucas lloró y lloró, y cuando ella no pudo soportar más su peso, los dos cayeron al suelo sin dejar de abrazarse. Ella le apretó la cabeza entre los pechos y se curvó para protegerlo y lo abrazó con mucho cariño, meciéndolo como hacía con Tony. Sus propias lágrimas cayeron incontroladas al suelo.
Lo amaba. Lo amaba tanto que dolía.
—Quiero que nuestro bebé viva —lloriqueó él—. No te puedes imaginar lo que significó para mi saber que tenía un hijo. Quiero que viva, quiero que me conozca. Cuando yo era niño, deseaba tener un padre, Aislinn. Quiero ser para Tony la clase de padre con la que yo soñaba. ¿Será Dios tan cruel como para quitarme a mi hijo?
—Si nos lo quita, Lucas, no seré capaz de sobrellevar tu pena. Te quiero demasiado.
Después de un rato, Lucas dejó de llorar, pero siguió con la cabeza refugiada en su escote. La besó a través de la ropa mojada y murmuró palabras de cariño, algunas en inglés, otras en una lengua que a ella aún le resultaba extraña.
—No quería amarte.
—Lo sé —respondió ella con cariño, pasándole las manos por el pelo.
—Pero lo hago.
—También lo sé.
Él levantó la cabeza y la miró en los ojos llenos de lágrimas.
— ¿Lo sabes?
Como respuesta, le tomó una lágrima de entre sus negras pestañas, la miró, lo miró a el y le ofreció una sonrisa agridulce.
Compartieron un momento conmovedor antes de que llamaran suavemente a la puerta. Entonces la expresión de ambos fue sombría. Lucas se levantó y le ofreció una mano a su mujer. Ella la tomó, confiada, y él la puso de pie; entonces le pasó un brazo de apoyo alrededor del hombro. Se pusieron de cara a la puerta como si estuvieran esperando a un verdugo.
—Adelante —dijo Lucas.
Esperaban al doctor. Pero no fue el doctor él que cruzó la puerta. Era el alcaide Dixon. Aislinn no lo reconoció, pero Lucas sí; lo pudo ver por la tensión de su cuerpo musculoso.
—Hola, señor Greywolf. Sé que es un momento horrible para usted.
El alcaide estaba avergonzado, pues pudo ver que habían estado llorando.
—Soy el alcaide Dixon —dijo a Aislinn cuando resultó obvio que él no los iba a presentar.
— ¿Qué está haciendo aquí? —preguntó Lucas, cortando cualquier formalismo.
—Como decía, sé que es un momento horrible para usted. Señora Greywolf, siento la inoportuna intromisión. Si no trajera buenas noticias no les habría molestado en una situación así.
— ¿Cómo sabía que estaba aquí?
—Por la secretaria del señor Andrews. Lo telefoneé esta mañana al no poder contactar con usted durante todo el día de ayer.
—Ha sido muy diligente, señor Dixon —dijo Aislinn—. ¿Ha venido a vernos por algo importante?
—La exoneración de su marido —contestó él, y miró a Lucas—. Un juez ha revisado las transcripciones de su juicio. También ha considerado las declaraciones juradas que le han enviado libremente dos hombres que han confesado sus crímenes. Los documentos lo absuelven a usted de toda culpa. De hecho, establecen que la única razón de que usted estuviera en el altercado era para detener la pelea. Usted intentó prevenir la violencia, no causarla. Lo van a vindicar de inmediato y reinstaurarlo en el ejercicio de la abogacía.
Aislinn se desplomó sobre el brazo de su esposo con profundo júbilo, pero Lucas apenas fue capaz de sostenerla. La noticia había hecho que le temblaran las rodillas.
Antes de que ninguno pudiera dar las gracias al alcaide, Gene entró corriendo en la habitación.
—Lucas, Aislinn, venid corriendo. El doctor os está buscando.
EPÍLOGO
— ¡Sonríe!
—Aislinn, se me va a romper la cara de sonreír.
—No lo dudo; es una expresión tan poco habitual en ti —contestó ella, y se rió ante el ceño fruncido de su esposo—. Mira aquí, Tony, mira a mamá.
Aislinn tomo dos fotos mientras Tony tenía la cabeza mirando hacia la dirección correcta, e incluso mostraba sus nuevos dientes de delante en una sonrisa babosa.
—Ahora deja en paz las cámaras —le dijo Lucas a su esposa—. Se supone que esto es una fiesta.
—Yo me lo estoy pasando estupendamente —dijo ella, que se puso de puntillas para besarlo en la mejilla—. Prefiero haceros fotos a ti a Tony más que nada en el mundo.
Lucas la miró con escepticismo.
—Apuesto a que puedo nombrar otra cosa que preferirías hacer.
— ¡Lucas!
Ahora le tocaba a él reírse de la exasperación de su mujer.
—De todos modos, admito que Tony y yo somos buenos modelos, ¿no es verdad? — dijo, mirando orgulloso a su hijo, que se parecía extraordinariamente a él,
Los ojos de Tony se estaban volviendo mismo tono gris que los de su padre, con un ribete azul alrededor que había heredado de su madre. Tenía el pelo negro como el ébano, pero no tan liso como el de Lucas. Sus pómulos eran igual de prominentes, pero tenía suficiente grasa de bebe para formar las mejillas redondas bajo ellos. Era la viva imagen de buena salud.
—Sois mis modelos favoritos siempre —dijo Aislinn, mientras los abrazaba, acurrucándose contra su marido mientras su hijo le tiraba del pelo.
—Oye, ¿queréis dejarlo ya vosotros tres? –dijo Gene mientras le daba a Aislinn un vaso de ponche—. Deberíais socializar un poco.
—Déjame a Tony —dijo Alice, uniéndose a ellos.
Tenía una galleta en la mano que sirvió de soborno suficiente. Tony no mostró ninguna queja cuando Lucas se lo pasó a su abuela, aunque normalmente era reacio a abandonar los brazos de su padre.
—Willard y Eleanor quieren verlo —informó la abuela,
—Ahora dejad de miraros con ojos de cordero degollado e id a saludar —les dijo Gene a Lucas y Aislinn, empujándolos hacia la multitud que se arremolinaba en el despacho.
La recepción era para celebrar la inauguración oficial del despacho de abogados de Lucas.
La publicidad que rodeó a su vindicación, junto con la publicación de las fotografías de Aislinn en una revista nacional, renovaron la notoriedad de la lucha de muchos indios que habitaban en las reservas.
Lucas no se ilusionó por el apogeo del interés, pues sabía que él no llegaría a ver el fin de la opresión, pero cada pequeño paso que daba le resultaba muy gratificante.
Cuidaba mucho de las apariencias. No quería que pareciera que se había beneficiado de su estancia en prisión y de su posterior exoneración, y nunca olvidó quienes eran sus clientes. Incluso aquel día, llevaba camisa blanca, corbata y chaqueta informal, pero, con ellos, vaqueros y botas.
No llevaba una banda en el pelo, pero el pendiente seguía en su oreja, y en la pared detrás de su escritorio colgaba un retrato enmarcado de Joseph Greywolf vestido con su traje de jefe indio. Muchos dignatarios hacían comentarios sobre la fotografía, que había sido tomada cuando Joseph Greywolf estaba en la flor de la vida.
— ¿Cuánto falta para que nos podamos ir a casa?—preguntó Lucas a Aislinn después de una hora de sonrisas y apretones de manos.
—Las invitaciones que envió Alice decían que de dos a seis, ¿por qué?
—Porque quiero llevarte a casa y a la cama,
— ¡Sss! Puede oírte alguien.
Delante de todos los invitados, inclinó la cabeza y la besó en los labios.
—Compórtate, Lucas. Esta recepción es en tu honor.
Intentó sonar a reprimenda, pero no pudo ocultar el placer por la espontánea muestra de cariño de su marido. Este jugó con un mechón de su cabello.
—Podría directamente sacarte de aquí a la fuerza, ¿sabes?
— ¿Secuestrarme?
—Ahá.
—Eso ya lo has hecho.
—Fue lo más inteligente que he hecho nunca.
—Fue lo mejor que me podía haber pasado.
Sin hacer caso de las conversaciones a su alrededor, se miraron profundamente a los ojos, en los que encontraron el amor que ambos sabían que sentían. Al fin los interrumpió Johnny Deerinwater agarrando a Lucas por la espalda mientras le daba la mano con afecto.
Hicieron de anfitriones durante el tiempo necesario y por fin la gente se empezó a dispersar.
—No hemos pasado nada de tiempo con mis padres —dijo Aislinn, tomándolo del brazo y llevándolo hasta la pareja que charlaba con Gene sentada al otro lado de la habitación. Lucas hizo un sonido de queja.
—Han recorrido un largo camino, Lucas, y no me refiero a la distancia que han tenido que conducir hoy.
—Lo sé —concedió él—, seré amable. Después de todo, tu padre le está construyendo el ala nueva a la clínica de Gene.
En cuanto Willard y Eleanor partieron para Phoenix, Alice preguntó si ella y Gene se podían quedar a Tony por la noche.
—Casi no lo vemos, y tenéis que volver mañana para limpiar la oficina de todas formas. Por favor.
Aceptaron y se marcharon a casa. Hacía una tarde preciosa, con el cielo lleno de estrellas y la luna llena sobre las montañas.
— ¿Sabes?, creo que me estoy volviendo india, me encanta todo esto —dijo Aislinn pensativa, y señaló al horizonte con la cabeza.
—Has cedido mucho, Aislinn —contestó Lucas, sin retirar la vista de la estrecha carretera que llevaba al rancho.
Ella le quitó la mano del volante y la apretó con fuerza hasta que él la miró.
—En la otra vida no te tenía a ti, ni tenía a Tony. No lo cambiaría por nada.
De hecho, había cortado con toda conexión con Scottsdale. Había vendido el apartamento y con el dinero había comprado equipamiento escolar para varias escuelas de la reserva. También había vendido el estudio de fotografía y, tras utilizar parte de los beneficios en ampliar su cuarto oscuro y su equipo fotográfico, le había comprado a Lucas un magnífico semental para la manada. El día que llevaron al animal, Lucas había luchado con su orgullo para aceptar el regalo. Aislinn le había puesto las manos en el pecho y lo había mirado implorante.
—Tú me has dado mucho, déjame darte esto.
Él había aceptado el caballo porque era un regalo de amor de ella. Además, el semental podría reforzar la manada. Y cuantos más beneficios diera el rancho, más hombres jóvenes podría contratar como mano de obra que de otro modo no tendría trabajo. Uno de los primeros edificios que tuvo que construir en la propiedad había sido un barracón para los seis vaqueros que ya había contratado, y que llevaban tan bien el rancho que él podía dedicar más tiempo a su trabajo en el despacho.
Ahora, Aislinn miraba el severo perfil de Lucas contra el cielo iluminado por la luna y sentía el corazón embriagado de amor. Apenas podía contener la felicidad que sentía desde que Tony había pasado el brote de neumonía.
—Espero que salgan bien las fotos que he tomado hoy, sobre todo las de Tony. Aun siendo escalofríos cuando pienso lo cerca que estuvimos de perderlo.
Él quitó la mano de debajo de la suya y le acarició la mejilla con los nudillos.
—Prometimos que no lo olvidaríamos, pero también prometimos que no haríamos un duelo de ello.
—Ya lo sé —repuso ella, y le besó los nudillos cuando estos pasaron por sus labios—. Sólo estaba pensando en ese día. Tú diciéndome que me querías, el alcaide Dixon que se presentó allí con las buenas noticias, y casi inmediatamente después el médico informándonos de que Tony podría sobrevivir. ¡Uf!, con tantas cosas buenas casi me da algo.
—Desde luego estás pensativa hoy.
—Es mi forma de celebrar lo feliz que soy.
Lucas detuvo el coche delante de la casa y la miró con sus ojos grises.
—Pues yo tengo en mente otra forma de celebración.
— ¿Y cuál puede ser, señor Greywolf?
No perdieron tiempo en encender las luces, sino que dejaron que la luz de la luna los guiara hasta el dormitorio.
Lucas se quitó la chaqueta, la dejó en una silla y se desabrochó la camisa, Aquello fue todo lo lejos que llegó antes de que sus pasiones actuaran por él. Agarró a Aislinn y la tomó entre los brazos, y ella tiró la chaqueta al suelo sin apenas haber tenido tiempo de quitársela.
Los labios de Lucas mantenían la misma ardiente fiereza de la primera vez que la besó. Su amargura podía haberse suavizado, podía haberse deshecho de sus prejuicios, podía haber llegado a apreciar su parte anglo, pero Aislinn esperaba que nunca perdiera su manera salvaje de hacer el amor.
Buscó con las manos los botones de la blusa de su mujer, y los abrió uno a uno mientras ella se enredaba las manos entre su cabello, sujetándole la boca contra la suya. Él le sacó la blusa de la falda, le desabrochó el sujetador y le cubrió los pechos con las manos.
Sus yemas y palmas callosas eran excitantemente abrasivas contra la piel fina de ella. Se movían con magia, y cuando ella ya había tenido suficiente de su boca, él la agarró con los labios y la puso completamente húmeda.
Los dos gimieron de placer cuando él volvió a llevar su boca a la de ella, juntando el pecho contra los senos de ella. La sujetó con fuerza y la abrazó mientras bajaba la cabeza para ponerla contra la de ella.
—No quiero volver a recordar cuando no eras una parte de mi cuerpo —le dijo él, aproximándosela aún más—. No quiero recordar cuando no te amaba.
El comentario romántico era tan inusual en él que ella lo sintió aún más. Lucas había aprendido que admitir los sentimientos profundos no comprometía su linaje ni su hombría, pero aun así en raras ocasiones los decía en voz alta. Cuando lo hacía, como en aquel momento, Aislinn adoraba cada palabra.
Cuando sus bocas estaban fusionadas en un ardiente beso, él le metió las manos bajo la falda y las subió por los muslos. Entonces jugó con sus medias y los enganches del liguero, del cual le había comentado lo mucho que le gustaba y ella le daba gusto poniéndoselo a menudo.
Le tomó el trasero y la colocó sobre él, maximizando las sensaciones de ambos. Momentos después, ella se quitó las medias y él le metió las manos entre las piernas. Y las subió. Y las metió. Y la dejó morir un poco antes de traerla de vuelta mediante besos relajantes y cumplidos susurrantes.
—Lucas —murmuró ella sin fuerzas, mientras se abría a él como una flor.
—Dios, eres preciosa —contestó él, agarrándola con fuerza del pelo—. Mi esposa, mi mujer.
Tras compartir un violento beso, ella se retiró. Ante los ojos de su marido, tenía una imagen sexy y desaliñada, con los labios hinchados por sus besos, el pelo despeinado por los hombros, la blusa y el sujetador abiertos pero no quitados, y la falda arrugada.
Lucas se quedó quieto, ligeramente sorprendido, cuando, sin dejar de mirarlo los ojos, ella le quitó la camisa y, tras dejarla resbalar de las puntas de sus dedos al suelo, le puso la mano bajo el cinturón de turquesas.
— ¿Recuerdas cuando te pusiste el cuchillo aquí? —le preguntó—. Fue extremadamente fálico.
— ¿Ah, si?
—Sí.
Entonces le metió la mano por dentro del pantalón, tocándole con el revés la tripa velluda. Con la mirada aún en sus ojos, retrocedió hasta la cama tirando de él hasta dar con las rodillas en el borde y se sentó. Lucas parecía siniestro y peligroso bajo la luz de la luna, que hacía que su pelo pareciera más negro y sus ojos más claros. La cruz que le colgaba del cuello hacía que su garganta y su pecho parecieran más fuertes por el contraste, y el pendiente de plata la cegaba.
Casi sin que él se diera cuenta, ella llevó las manos a su pecho y sus pezones. Entonces le recorrió con los dedos la forma de las costillas hasta llegar a su ombligo. Él levantó las manos para desabrocharse el cinturón.
—No —dijo ella.
Cuando Lucas obedeció y quitó las manos, ella hizo un ballet para desabrocharle el cinturón. Nunca unos dedos le parecieron tan habilidosos, aunque también controlados hasta la agonía y sin prisas. El metal sonó a música en la oscuridad. La respiración acelerada de él era el otro único sonido que rompía la total tranquilidad.