Trovador

Clara Pierre · Capítulo 9 de 32

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Trovador

8. Guilhelma

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GUILHELMA

 

C uando la condesa Marie, nacida Turena, la gran castellana y presencia gobernante de aquel remoto y austero castillo, contrajo matrimonio con Ebles de Ventadour, no tuvo más dote que su juventud, un antiguo apellido lemosín y todos los instintos de una anfitriona literaria. Esos instintos, y sus talentos intelectuales, hicieron que fuese bienvenida en el hogar de Ebles, donde se la consideró digna de una corte que había criado y protegido a cantantes, trovadores, poetas y juglares de mérito desde los tiempos del abuelo de Ebles. Conforme iba añadiendo años a su edad, Marie se convirtió en alguien para quien hubiera podido inventarse la palabra «mandar». Era la mayor de tres hermanas, las famosas tres de Turena cuya altivez —ya que no su belleza— había sido ensalzada por el guerrero-trovador Bertrán de Born en muchas serenatas. A los treinta y seis años de edad, algunos veían en ella el vivo retrato de la distinción. Otros se limitaban a considerarla eficiente. Su costumbre de cambiarse de traje una vez a la semana aseguraba que por las mañanas no perdiera el tiempo decidiendo qué se pondría. Embarcada en el tramo central de su vida y con un esposo ya muy mayor, Marie podía enorgullecerse de una alianza que, ya que no otra cosa, al menos había servido para renovar la gloria de Ventadour. Suyo era el mérito de haber alentado las brillantes dotes del trovador Bernard, el hijo del encargado de las chimeneas y los hornos de Ebles y de la panadera del castillo. Marie enseguida vio en Bernard, que había adoptado el nombre de Ventadour, a un poeta del amor destinado a mayores glorias de las que encontraría bajo la tutela de su esposo. En consecuencia, decidió encargarse personalmente de su educación. Bernard pasó muchos años en Ventadour viviendo bajo la luz del afecto de Marie, en lo que algunos afirman era lealtad y otros dicen era amor. Pero cuando, próximo a cumplir los cuarenta años, cometió la temeridad de enamorarse de Leonor, la duquesa de Normandía de verdes ojos que había llegado a ser reina de Inglaterra, Marie lo echó del castillo. Después de exiliar a Bernard, Marie se volvió todavía más imperiosa y entrometida que antes. Llegó a obsesionarse con aquella Leonor a la que nunca había visto, y prestó oídos a todos los rumores y cotilleos sobre las elegantes reuniones celebradas por la reina en Poitiers. Marie tomó como modelo aquellas legendarias «cortes del amor», como eran llamadas, y decidió que Ventadour también tendría su propia corte. Y con el tiempo diseñó su propia versión de ella, aunque — careciendo de los generosos recursos de Leonor— no pudiese aspirar a reproducir la elegancia cosmopolita de la reina. Al igual que Leonor, no obstante, Marie intentó formar un círculo en el que la voz femenina tuviese un poder inapelable a la hora de dictar sentencia en los pleitos suscitados por los asuntos del corazón. Ebles, que ya estaba demasiado viejo para cualquier clase de combates, se hizo sabiamente a un lado y dejó hacer a su esposa. Después de todo, ¿no había sido Marie quien, en su famosa tensón, prohibió la igualdad en el amor? ¿No había sido ella quien dijo que una dama enamorada debía honrar a su hombre como a un amigo, pero no cum un seignor? Su lema era «nunca como un señor», y se había convertido en la divisa de su corte. Allí, las mujeres tenían la última palabra en todo.

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Cuando Gaucelm y Guilhelma llegaron al almenado portal de entrada, el cielo ya estaba oscuro. El invierno llegaba temprano a Ventadour. Cuando la guarnición del portal consiguió sacar los gruesos troncos de sus alvéolos de hierro, Ventara ya había empezado a pedir grano con roncos bufidos y los viajeros estaban ateridos de frío. Finalmente, las grandes puertas se abrieron ruidosamente sobre sus bisagras de hierro y la exhausta pareja entró en el patio.

En Ventadour, la estación de prender las lámparas ya había empezado. Su castillo, no muy alto y pegado al muro principal, resplandecía con todas sus luces encendidas bajo el cielo de acero del Corrèze y, gris como el ala de una paloma, parecía bailar entre las tinieblas como un navío de granito tachonado de chispazos y destellos. Las antorchas ardían bajo los arcos de los ventanales de la gran sala, mientras que las cámaras estaban iluminadas por lámparas de aceite cuya luz anaranjada oscilaba detrás de las estrechas ventanas habituales en el norte. En la capilla, las lámparas encendidas alumbraban las vísperas. Sólo las aspilleras de los arqueros seguían sumidas en la oscuridad.

Mientras Ventara era llevada a los establos, un paje abrió las puertas del castillo y se marchó presuroso cuando éstas se cerraron detrás de Gaucelm y Guilhelma. Los viajeros se encontraron en una estancia tan vacía como una cámara de ecos, a la espera de entrar en un castillo que les era tan ajeno como un país extranjero. Las losas hexagonales del largo pasillo que se extendía ante ellos resonaban, como golpeadas por un pedernal, con las pisadas de caballeros invisibles en la lejanía cuyas botas dejaban tras de sí un sonido metálico. Nadie fue al encuentro de los recién llegados.

En la cámara de recepción reinaba el silencio, y el aire estaba tan inmóvil como un pájaro dormido. Pero bastaba con doblar una esquina para que el visitante pudiera oír un auténtico vendaval de alas golpeando la piedra. Allí no había sedas y pieles extendidas como en la sala de recepción de Raimundo, y un solitario cortinaje era lo único que protegía de las corrientes de aire a quienes esperaban el momento de entrar en la sala principal. Aun así, el frío emanaba de la piedra como si las mismas paredes se dedicaran a absorberlo. El frío vagaba por aquel castillo como un espectro diurno, y los recién llegados enseguida aprendían a andar con paso rápido y decidido y a no entretenerse por el camino.

Agotados por el largo tramo final de su viaje, los visitantes esperaron durante lo que les pareció una eternidad a que alguien se percatara de su presencia. Finalmente el mayordomo del castillo, un afable hombrecillo con perilla, surgió de la nada para preguntarles qué querían. Gaucelm rogó que se les permitiera presentarse a la condesa por la mañana, ya que estaban muy cansados. Pero justo cuando iban a ser acompañados a sus aposentos, que el mayordomo les explicó quedaban más allá de la gran sala, unas trompetas lanzaron sus notas al aire y los comensales empezaron a acudir a la sala para cenar. Mientras seguían al hombrecillo por el corredor, los dos recién llegados fueron objeto de una considerable atención.

Una mujer —alta y delgada, con un traje color esmeralda ribeteado de terciopelo marrón oscuro— se apartó de su acompañante y puso la mano en el hombro de su pequeño mayordomo.

—¡Ten la amabilidad de informarnos de quiénes son nuestros invitados, Pons!

La autoridad de su tono era inequívoca. Aunque lucía una expresión de cálida bienvenida, el rostro de marcadas facciones de Marie de Ventadour seguía teniendo aspecto pétreo. Su cabellera canosa estaba dividida en dos mitades rígidamente tensadas hacia los lados de su frente antes de desaparecer debajo de su griñón. Sus ojos, francos y llenos de inteligencia, parecieron tomar nota de todos los detalles del penoso aspecto de los viajeros con una sola mirada. Balanceándose debajo de su cadera izquierda, el único detalle de su atuendo lo constituía un festón de llaves suspendidas de un anillo de hierro cuya cadena no dejaba de acariciar con los dedos. Sus manos eran largas y pálidas, y tan huesudas como las de una monja.

Mientras un Pons bastante sonrojado se volvía hacia sus protegidos para confirmar sus nombres, Marie llamó con una seña a Ebles, su majestuoso consorte de blanco cabello, para que se reuniera con ella. Una joven, casi una niña que no tendría más de catorce años, echó a andar junto a él. Cuando estuvieron un poco más cerca, el que siempre se movieran acompasadamente dejó muy claro que, aunque la hija compartiese los ojos gris azulados de la madre, era casi una réplica de su padre. Su rostro era un óvalo perfecto enmarcado por cintas de los cabellos rubios más resplandecientes que Gaucelm hubiera visto jamás. Aunque estaba agotado, el recuerdo de aquel campo de flores amarillas donde se vio tan deliciosamente desviado de su camino cuando iba hacia Tolosa volvió a iluminar su mente. Mientras contemplaba a la joven con deleite, Gaucelm se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento y soltó un breve suspiro que, dadas las circunstancias, podía pasar por fatiga.

—Sed bienvenidos —dijo Marie cuando su esposo y su hija se reunieron con ella.

Un corto silencio rodeó como un foso a las tres figuras con Marie alzándose, impenetrable, en el centro del pequeño grupo. El brazo que apoyó en el hombro de su hija tiró de los cabellos dorados con una dolorosa presión, haciendo que la joven torciera el gesto. Guilhelma sonrió. Pons se inclinó hacia Marie y anunció sus nombres. Después retrocedió, no muy seguro de si la información que acababa de transmitirle a su señora sería acogida con disgusto o satisfacción.

Pero Marie se mostró complacida.

—¡Gaucelm Faidit! —exclamó—. ¡Ventadour conoce tus canciones, y nos haces un gran honor con tu presencia! ¿Venís de Tolosa, pues? Entonces tendréis muchas cosas que contarnos. Ardemos en deseos de saber cómo le van las cosas a Folquet; era algo así como mi mascota favorita, ¿sabes? Tengo entendido que se ha estado labrando toda una reputación. —Volvió la cabeza hacia su esposo para dirigirle un guiño triunfal—. Y el querido Bernard, mi mayor tesoro… Tienes que saber que creció aquí. Espero que serás capaz de llenar el vacío que dejó con su marcha. Ya veremos, ya veremos… Y ahora, debéis de estar muy… —La frase murió en sus labios sin ser completada.

Gaucelm, horrorizado, contuvo la respiración pensando que Marie tal vez fuera a desmayarse. Pero sus grises ojos, abiertos de par en par, no se apartaron de los suyos. El silencio discurrió silenciosamente entre ellos. Gaucelm, cada vez más alarmado, clavó los ojos en el suelo y después observó disimuladamente a la joven, su padre y la puntiaguda barbita del mayordomo. Nadie se movía.

—… cansados después de tan largo viaje —prosiguió Marie al fin—. ¿Verdad que nuestro Corrèze es realmente precioso? —Parecía tan majestuosa y segura de sí misma como antes, y en su rostro no había señal alguna de que hubiese ocurrido algo que se saliera de lo habitual. Una vez superada su confusión inicial, Gaucelm murmuró algo sobre las cañadas y Marie respondió a sus balbuceos con todo el encanto de una gran anfitriona—. Dicen que quien consigue atravesar las cañadas de Luzège se gana el derecho a qu-qu-qu-qu… —Gaucelm, más confuso que antes, la contempló boquiabierto— quedarse aquí para siempre. Bueno, ¿ya quién más tenemos aquí? —preguntó volviéndose hacia Guilhelma.

—Es mi juglaresa, condesa —improvisó Gaucelm, que hasta ese momento se había aferrado a la esperanza de que no tendría que dar ninguna explicación acerca de Guilhelma. Pero la inesperada froideur de la recepción hizo nacer en él un súbito deseo de impresionar, y su lengua dio forma al apelativo como por arte de magia. Juglaresa… Pensándolo bien, ¿por qué no? Marie de Ventadour no tenía por qué llegar a enterarse de cuál era la verdadera profesión de Guilhelma. Armándose de valor, Gaucelm añadió a su primera respuesta el nombre completo (Guilhelma Monja), con la esperanza de que no hubiera más preguntas.

Los nombres empezaron a revolotear por el aire apenas hubo acabado de hablar.

—Vizconde Ebles, señor de Ventadour. —Una inclinación de la cabeza—. La dama Douce de Ventadour… —La solemne jovencita ejecutó una graciosa reverencia sin que su madre tuviera que indicárselo.

Finalmente, todos fueron presentados en una rápida sucesión de salutaciones. Era una especie de danza cuya complejidad superaba a cuanto hubiera conocido Gaucelm en presencia de Raimundo, que era bastante menos ceremonioso. Mirando disimuladamente a Guilhelma, vio que no parecía sorprendida de que la hubiera llamado «juglaresa». De hecho, más bien parecía —¿o serían imaginaciones suyas?— estar disfrutando de su salida. Un instante después se dio cuenta de que, en su desesperado esfuerzo por seguir las reglas de aquel juego totalmente nuevo para él, no se había acordado de ofrecer los servicios culinarios de Guilhelma.

Mientras tanto, Marie había posado su sagaz mirada en Guilhelma.

—Como defensora de la participación de la mujer en las artes musicales —estaba diciendo—, te felicito. Pero seguramente acompañar a Gaucelm no debe de ocupar todo tu tiempo, ¿verdad? ¡Pons! —El mayordomo surgió de la penumbra de la gran sala para plantarse junto a ella, con su daga de hoja plana golpeando suavemente los pliegues de su jubón color azafrán. Gaucelm se dijo que le recordaba a un cangrejo insólitamente veloz—. Tú tienes que saberlo, Pons. ¿Podemos encontrar alguna ocupación para un par de manos extra? ¿Sabes si Alba necesita ayuda en la co-co-co…?

Guilhelma tragó saliva. Había tenido un cliente que padecía el mismo impedimento, y sabía que lo único que podías hacer era no cambiar de expresión, contar los latidos de tu corazón y esperar. Pero Pons enseguida dio una palmada e inclinó el mentón en un vigoroso asentimiento.

—Lo agradecerá inmensamente, mi señora —dijo.

Fueron dispensados de asistir al banquete. Después de haber recibido instrucciones de traerles un cuarto de carne asada y un poco de vino, lo primero que hizo Pons fue sacar una antorcha del aro de la pared en el que ardía y alumbrarlos hasta sus aposentos, precediéndolos por el pasillo con un rápido susurro de sus botas de piel.

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Guilhelma nunca había dormido en un colchón de plumas y enseguida tomó posesión de la colcha. Además, su piel nunca había estado protegida por una lámina independiente de algo que parecía gasa. Estaba encantada con su nuevo entorno y su nueva identidad. ¿Juglaresa? Bueno, ¿y por qué no? Pero de momento se conformaría con echar una mano en la cocina del castillo. Gaucelm, sumido en lúgubres meditaciones, apenas había prestado atención a lujos tan raros como los colchones de plumas y las sábanas de lino.

—¿Qué clase de homenaje creía estar rindiendo a Bernard con ese discursito suyo sobre «el trovador que era mi mayor tesoro»? Bernard lleva doce años sin poner los pies en su corte. ¿Es que vive en el pasado o qué? ¡Y eso de que espera que yo pueda llenar el vacío que dejó Bernard! Hablaba de mí como si fuese un perrito faldero, un adorno que puede ser comprado y vendido…

—Sólo intentaba mostrarse simpática y darnos la bienvenida —dijo Guilhelma.

Gaucelm la miró con una réplica sarcástica a medio formar en los labios. Pero las palabras se disolvieron en su boca ante la visión de ese perfil tan familiar para él en aquella austera estancia. El rostro de Guilhelma, de grandes huesos, boca sensual y expresión abierta y sincera, no podía estar más sereno. Gaucelm apoyó la barbilla en la palma de una mano para contemplarla: las mismas cejas aladas, la misma carnosidad del labio inferior, las mismas pequeñas hendiduras en las comisuras de su boca.

—Sonríe —le ordenó.

—¿Porqué?

—Haz el favor de sonreír.

—¿Por qué iba a sonreír cuando te comportas como un sepulturero?

Guilhelma se volvió hacia su codo y sonrió. Gaucelm extendió el pulgar y el meñique de su mano libre y le rozó los hoyuelos.

—Cuando sonríes se hacen más profundos.

—¿Qué dices que les pasa?

—Oh, da igual.

Echándose hacia atrás, volvió a apoyar la cabeza en la almohada. ¿Cómo podía explicarle que su boca le recordaba la suave papada de un corderito, o que cuando lo miraba con su expresión más confiada parecía un enorme poni contento y feliz? Tonterías. Empezó a canturrear.

—Ssssh —dijo Guilhelma—. Despertarás a los demás.

—Los demás, mi dulce neófita, aún estarán en la sala esperando a que Marie acabe de dictar sus sentencias mientras se preparan para librar sus duelos de palabras. Ya imagino qué clase de juegos enseña. Folquet parece haber aprendido muy bien sus reglas, desde luego. —Se volvió hacia ella y puso el canto de la mano entre sus pechos. Guilhelma volvió a sonreír, aunque él no podía verle la cara—. ¿Te fijaste en esa chica? —preguntó, con la voz medio ahogada por la almohada.

—¿La hija, Douce?

—No oí su nombre.

La visión de Marie y su tartamudeo entrecortado habían afectado hasta tal punto a Gaucelm que no pudo ser consciente de nada más. ¡Y pensar que aquella mujer que no tardaría en ser una vieja había sido la amia de Bernard!

—Perdiste el mundo de vista a mitad del discurso de Marie.

Así que la hija se llamaba Douce. Sí, pensó Gaucelm, está claro que es el fruto de un útero viejo. Extrajo de su memoria el fugaz atisbo de unos ojos solemnes y una cabellera rubia tan larga como un brazo. Después bostezó, volvió la cabeza y tiró de la colcha para taparse el mentón. Luego notó por primera vez el suave olor a limpio del lino, y no tardó en quedarse dormido.

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Guilhelma estuvo despierta hasta mucho después de que dieran las completas. Permaneciendo muy quieta y sin respirar, como si estuviera debajo del agua, podía oír todos los ruidos. Voces ahogadas y el tañido de un laúd llegaban hasta ella por el pasillo desde la gran sala. Los ronquidos de Gaucelm se elevaban hacia el alto techo para desaparecer, como si el aire engullera los sonidos. Si giraba la cabeza hacia la izquierda, podía ver el cielo nocturno a través de una ventana. El vaivén de las sombras de las ramas meciéndose sobre el suelo le indicó que la luna ya había empezado a crecer. Moviéndose sigilosamente para no despertar a Gaucelm, Guilhelma se levantó de la cama.

Un estremecimiento la recorrió en cuanto sus pies tocaron las losas. Buscó a tientas el hatillo, sacó de él su camisola y aspiró el querido aroma sureño de la lavándula seca que emanaba de sus fríos pliegues. No se la ponía desde el invierno, pero la prenda se calentó rápidamente apenas se hubo deslizado sobre su cabeza para desplegarse alrededor de su cuerpo. Antes de ir a la ventana se puso las medias de lana y se echó el chal por los hombros. Volvió a estremecerse, y después apoyó los codos en el repecho de piedra. Flotando como una esfera fantasmagórica entre las nubes negras y plateadas, una luna tan baja que Guilhelma podía ver sus cráteres se cernía sobre el castillo.

Ya me encontrarán un sitio en la cocina, pensó. ¿Habrá grandes banquetes con pavos reales y venados, y celebraciones especiales en las fiestas de guardar? ¿Las copas y las cucharas serán de plata, como dice Gaucelm que lo eran las de la mesa de Raimundo? ¿Habrá bailes?…

Con los ojos de la imaginación, Guilhelma volvió a ver a aquella dama desgarbada y llena de buenas intenciones cuyo impedimento del habla tan perplejos los había dejado a ambos. Obviamente, Marie se tomaba muy en serio los asuntos domésticos. Parecía el tipo de persona que siempre tiene las cuentas al día, exige mucho de la servidumbre y no se deja conmover por las desgracias privadas. Su esposo probablemente la acompañaba en un curso paralelo pero distante. Guilhelma pensó que costaba imaginársela trayendo al mundo a una hija como Douce. Apostaría a que caza con los hombres y da lecciones de latín a su hija cada día, pensó.

El frío aire exterior olía a limpio y mordía la piel con un filo cristalino. Guilhelma se acordó de cómo habían subido hacia el castillo por aquel camino envuelto en tinieblas, y se vio despierta en las alturas entre los árboles susurrantes. Pensó en el colchón de plumas, pero no echó de menos su acogedora calidez. Sentía un extraño júbilo, como si hubiera salido a pasear por el tejado del mundo. Aquella noche era especial, y ya habría tiempo para dormir en el futuro. Apoyó la cabeza en el brazo estirando el cuello para seguir viendo la luna, y pensó en cómo había cambiado su vida desde el momento en que subió a la grupa de la yegua de Gaucelm y salió de Tolosa para alejarse de las largas esperas entre clientes, el ahorrar monedas y el no saber nunca qué debería hacer la próxima vez, con quién o cuándo. Todo aquello había quedado atrás, y ahora Guilhelma pertenecía a las nubes. Allí incluso la luna parecía más cerca.

Un crujido debajo de la ventana la sobresaltó. Alzó la cabeza y escrutó el patio. Bajo la primera luz del amanecer, vio una silueta que andaba a toda prisa sobre el césped: una capa, una cesta medio escondida. Después entrevió los mechones rubios que escapaban de una capucha. Guilhelma reconoció la silueta: era Douce.