Trovador
6. L´Eretria dels Preires
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L’ERETRIA DELS PREIRES
E l 13 de septiembre, los enviados del Santo Padre entraron en Tolosa y se llevaron por la fuerza a un sacerdote cátaro llamado Aymar. La advertencia estaba muy clara: Aymar fue desterrado en virtud de un interdicto papal, a causa de haberse negado a jurar lealtad a la Iglesia. El abad cisterciense que encabezaba la delegación papal no era otro que Folquet de Marsella.
Hasta ese momento todo había sido un mero espectáculo de marionetas. Las manos que ponían fin a las vidas de los cátaros, amontonando las ramas y empuñando el pedernal causante de que la pira y sus víctimas cátaras fueran presa de las llamas no pertenecían a nadie de aquella ciudad cuyos ciudadanos disfrutaban de las ventajas del gobierno ilustrado de su propio Rai Mundi.
¿Dónde iniciar la búsqueda de alguien a quien poder culpar? Tolosa era una ciudad administrada por poderosos burgueses que habían forjado su derecho a rendir culto a Dios como les viniera en gana, y que eran conocidos por el celo con que defendían esa libertad. Tolosa era una ciudad en la que hasta las mujeres podían participar en las elecciones del concejo municipal. Y aunque a veces su Rai Mundi pecara de exceso de tolerancia, nadie podría decir que los ciudadanos de Tolosa no estuvieran abiertos a las nuevas ideas.
Pero aquel frío y ventoso día de otoño de 1201, las manos se revelaron a sí mismas, los hilos finalmente se hicieron visibles y el espectáculo de marionetas llegó a su fin.
q Gaucelm trabajaba frenéticamente sin prestar atención a las habladurías de la corte. Una petición urgente de Raimundo le había puesto en un apuro: el conde quería algo nuevo, y lo quería para esa misma noche. Imposible, rugía Gaucelm para sus adentros. Odiaba componer bajo presión, y el hacerlo siempre le provocaba gases. Estaba tan indignado como un luthier al que se hubiera ordenado montar un instrumento en un solo día. Podía unir las distintas partes, sí, pero ¿cómo confiar en que producirían los sonidos que se esperaba de ellas?
Poco a poco, y conforme la creciente estima en que le tenía Bernard iba volviéndose más importante para él, Gaucelm se percató de que empezaba a hartarse de complacer a Raimundo. ¿Qué sabía Raimundo del arte de componer, después de todo, por no hablar del hecho de que su trovador tuviera un sorprendente as en la manga? Ahora tendría que embutir la tornada en el rígido corsé de los versos terminados como si lo único que quedara por hacer fuese dar un pequeño toque aquí y allá y pulir los detalles finales.
Harto de estar confinado en sus minúsculos aposentos, decidió ir a la gran sala, donde al menos dispondría de un poco de espacio para echar pestes, componer y producir las rimas. La presencia de otras personas era exactamente lo que necesitaba, y el ajetreo de los músicos y la servidumbre que atendía a sus obligaciones disipó parte de su irritación.
Le sorprendió ver allí a Bernard tan temprano. Sentado en su sitio de costumbre con un laúd en el regazo, el anciano le llamó con un gesto de la mano. Moviendo los labios en silencio, articuló las palabras «Esta noche habrá acompañamiento completo» y señaló el arpa, la mandolina, el salterio, el rabel y la reluciente viola nueva de seis cuerdas que rodeaban su asiento. Gaucelm contempló el despliegue de instrumentos sin entender nada. Un aprendiz practicaba cerca de allí, rasgueando su instrumento para trenzar cadencias como un sastre enhebra ojales.
—Esta noche tocaremos mi canción de la alondra ante los asistentes al banquete —anunció solemnemente Bernard.
¡La lauzeta, claro! Gaucelm aplaudió de puro deleite. Bernard había dejado de ser un anciano que se aferraba al pasado y se conformaba con repetir sus viejos éxitos, como para convencerse de que aún no había pasado a la historia. Una expectación infantil había rejuvenecido sus facciones. Pero si la lauzeta requería un acompañamiento completo, pensó Gaucelm, entonces quizá debería interpretar su Eretria con una guitarra española en vez de hacerlo con su laúd. Gaucelm prefería el dorso redondeado de la guitarra española, tan parecido a una nalga de mujer, a la versión latina de lados rectos. Inclinándose sobre los instrumentos, cogió el que más le gustaba.
—En honor de Folquet —estaba diciendo Bernard.
Gaucelm asintió sin mirarle mientras posaba las manos sobre las cuerdas del instrumento. Un instante después, como solía ocurrirle, oyó las palabras de Bernard bajo la forma de un eco.
—¿Folquet? —Se encaró con el anciano—. ¿Folquet el Gordo? —Estaba asombrado—. ¿Va a asistir al banquete de esta noche?
Bernard asintió, y lo hizo con evidente placer y expectación. Obviamente, nadie se había molestado en contarle cuáles habían sido las últimas maniobras políticas del abad.
—Ese maldito santurrón pagado de sí mismo… —masculló Gaucelm, dándole la espalda a Bernard—. ¿Qué vendrá a hacer aquí? ¿Y por qué nadie me ha avisado que iba a venir? ¿Qué estará tramando Raimundo? Creía que lo habían ascendido a las cumbres de la jerarquía de un puntapié y había ido a parar a no sé qué gran diócesis —dijo, volviéndose hacia el viejo trovador sin ocultar su inquietud—. ¿No lo habían enviado a Le Thoronet? Oí decir que incluso se había casado…
Las palabras salieron de sus labios atropelladamente y demasiado deprisa para Bernard, que alzó una mano. Viendo formarse un «¿Que?» en el rostro del poeta, Gaucelm le puso el índice en los labios para impedir que le pidiese una explicación.
—Así que vas a tocar la lauzeta, ¿eh? ¡Me alegro! —dijo a continuación, cambiando de tema y volviendo a articular muy despacio en beneficio de Bernard.
—Voy a dirigir a los aprendices —le corrigió el anciano con su estridente sonsonete de sordo, y Gaucelm palmeó el hombro de su maestro con afectuoso respeto.
Bernard agradeció aquella atención alzando la mano para estrecharle los dedos. Consumido por la impaciencia y la curiosidad ante la noticia de la reaparición de Folquet, Gaucelm se limitó a asestar otra palmadita al huesudo hombro de Bernard. Por un momento pensó con cierta inquietud en las repercusiones políticas que podía tener su canción, pero enseguida desechó aquellos temores. Lo que hizo fue refugiarse en la reconfortante certeza de que Raimundo, gracias a su larga experiencia con las adversidades, había llegado a dominar tanto el arte de buscar el contraste de opiniones con sutileza que casi siempre lograba imponerse a las objeciones de la corte. Con tal que la discusión mantuviera un tono civilizado y no se encendiera demasiado, el conde siempre prefería alentar el debate a evitarlo.
Gaucelm empezó a ensayar. Tendría que volver a repasar toda la composición con el joven juglar al que había enseñado a cantar las secciones intermedias, y luego terminaría el acompañamiento para su tornada. Estuvo practicando hasta que la campana de la capilla dio las vísperas.
El sol de principios de otoño se deslizaba bajo los arcos de piedra de los ventanales de la sala. Una mirada a la humeante chimenea de la cocina le indicó que los preparativos ya habían alcanzado su apogeo. El enorme recinto estaba siendo transformado en una sala de banquetes: los domésticos cubrían el suelo con junquillos, los caballetes eran dispuestos en un gran semicírculo y los blancos manteles cubrían los tableros de las mesas. Un sirviente entró cargado con la nave ceremonial llena de sal.
Gaucelm sintió un familiar estremecimiento de aprensión. Después de todos aquellos años en la corte, aún temblaba de ansiedad antes de actuar, y la noticia de que Folquet asistiría al banquete le había puesto todavía más nervioso. Corrían rumores de que el Papa pensaba en él para un alto cargo.
Ah, mi querido Raimundo, pensó Gaucelm. Últimamente se lo veía tan… envejecido. Pero la presencia de Folquet demostraba que a Raimundo todavía le gustaba hacer equilibrios en la cuerda floja que separaba la libertad de la perdición. Sin duda pensaba que invitar a aquel bastardo pomposo sería muy instructivo, o tal vez se tratara de un mero acto de cortesía. De todas maneras, ése era su estilo. Por otra parte, Gaucelm se dijo que Raimundo debía de ser consciente de que le convenía aliarse con Folquet a pesar de sus diferencias ideológicas. Si los rumores estaban en lo cierto y realmente lo habían nombrado administrador de Le Thoronet, entonces no cabía duda de que el gordo abad estaba subiendo muy deprisa. ¿Por qué no obsequiarle con un poderoso recordatorio de los esplendores de la corte de Tolosa? Raimundo aún sabía organizar grandes espectáculos. Aunque fracasara, seguiría siendo un gesto magnífico.
Aún estaba ensayando su tornada, sin sentirse satisfecho del todo, cuando empezó la procesión de la cena. Folquet, más gordo que nunca, llevaba la capa blanca de los cistercienses y no paraba de sonreír. Las trompetas entonaron su breve anuncio. Folquet elevó una breve oración y los pajes se apresuraron a ocupar sus puestos. Absorto en una interminable serie de consultas con su juglar, Gaucelm no comió nada y apenas prestó atención a la actividad que se desarrollaba a su alrededor.
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En la mesa principal, Raimundo hablaba con Folquet del místico español que acababa de terminar un tratado sobre el panteísmo. Folquet le quitó importancia con un movimiento de su mano enjoyada.
—Mi querido Raimundo, ¿quién puede tener necesidad de la erudición de Ibn Arabí hoy en día, especialmente cuando viene expresada en treinta y cuatro volúmenes? Ibn Arabí ha malgastado una vida entera estudiando a los antiguos, lo cual siempre sirve para llenar las bibliotecas. Pero yo veo en ello un signo de que los árabes por fin empiezan a asistir al ocaso de su sol. —Sus manos quedaron suspendidas en el aire sin llegar a terminar el leve revoloteo de impaciencia que habían iniciado—. Su misticismo sólo sirve para mantener con vida a sus extraños dioses, y no me cabe duda de que ésa es precisamente su intención —añadió mientras sus dedos enjoyados jugueteaban con la copa de vino—. Si continúan por ese camino, llegarán a estar tan intelectualizados que acabarán extinguiéndose.
—Lo que supondría una gran pérdida para nosotros —repuso Raimundo, dejándose llevar por su instinto de polemista.
Folquet mordió el anzuelo.
—¿Qué pueden ofrecerle de nuevo a nuestro mundo? ¡Otro ermitaño sufí escribe un grueso tomo sobre los sátiros y los demonios mientras nosotros nos las vemos y deseamos para mantener con vida a un solo Dios! —Se inclinó hacia el hombro de Raimundo para dar más énfasis a sus palabras—. Viven en las edades oscuras, mi querido amigo —siseó como si estuviera revelando un gran secreto—. Juegan con la alquimia y calientan metales malolientes en negras marmitas con la esperanza de abolir el mal, o cualquier otra tontería similar —añadió, repantigándose en su asiento con cara de satisfacción—. ¡Confieso que esperaba una reacción más ilustrada por tu parte, Raimundo! Estamos rodeados de oscuridad, y no necesitamos mirar dentro de los calderos para encontrar demonios. Satanás anda suelto por los campos… especialmente los tuyos. Las deidades con cabeza de Pan de Ibn Arabí existen allí donde pueden hacer más daño: en las mentes de sus súbditos, no sólo confinadas en los libros.
Raimundo le escuchaba sin inmutarse, asintiendo de vez en cuando con una tenue sonrisa. Después recorrió su mesa con la mirada diciéndose que las pontificaciones de Folquet eran de lo más tedioso, y empezó a pensar en sus otros invitados. Le encantaba que hubiera tantos extranjeros presentes: un griego hablaba latín con su vecino de mesa, con el hermoso siseo cadencioso de su lengua nativa; el joven Peire Cardenal, cuya pasión de mendicante por el verso lo había impulsado a recorrer medio mundo después de sacarlo de la más absoluta pobreza, contaba anécdotas de sus viajes en un provenzal impecable. Gaucelm había dicho que sus canciones tenían espinas. Después de todo, Cardenal había osado llamar «castellano mentiroso» a Domingo de Guzmán y escribía versos satíricos sobre los nobles. Pero ¿qué podía importarle a Raimundo que su Mauvais barons hubiera enarcado unas cuantas cejas entre la pequeña nobleza? La mayoría de ellos se tenía bien merecidas las burlas que les dedicasen.
Enfrente de él se sentaba Raimon de Miraval, aquel querido amigo suyo al que Raimundo llamaba «Audiart» para evitar confusiones, dado que los dos compartían el mismo nombre de pila. Había algo en aquel joven caballero de las colinas de Carcassès que se ganó el afecto de Raimundo desde su primer encuentro. Se habían conocido durante una de las expediciones secretas emprendidas por Raimundo para visitar a la Loba, la famosa castellana de Pennautier a la que todo el mundo conocía con ese apelativo. Cuando llegó a su castillo, el conde se encontró con que ella también había sucumbido a los encantos de aquel irresistible muchacho. ¿Sería ir demasiado lejos suponer que su aprecio por Miraval nació de que tuvieran los mismos gustos en cuestión de mujeres? Sus labios reprimieron la sonrisa con que intentaban confesar aquella verdad oculta. Ah, pero eso era antes de Juana, y ya hacía muchos años de todo aquello. La sonrisa volvió a aflorar a sus labios. Seguramente por eso le caía tan bien el joven Miraval: no por sus versos ni por sus modales, aunque ambos fueran irreprochables. De hecho, todo en él era más que irreprochable, y además tenía una cabeza digna de figurar en una moneda romana. Su impecable perfil poseía una extraña cualidad que siempre le recordaba los rostros de la juventud romana. Esa indefinible permanencia capaz de desafiar el paso del tiempo parecía encarnar los ideales enseñados por los griegos primero y por los romanos después, y ahora por el propio Raimundo; aquellos ideales que, como el paratge, perdurarían más allá de su reinado. ¡El rostro de Miraval decía a todos los que tuvieran ojos para verlo que la posesión de un perfil clásico podía garantizar la supervivencia de una forma de vida!
Posó la mirada en su trovador, que estaba sentado en la mesa de enfrente del estrado. Gaucelm no poseía ni rastro de la gracia de Miraval, y nunca la tendría. Era excesivamente indulgente consigo mismo. Comía y bebía demasiado, y los resultados de ello ya llevaban mucho tiempo visibles en su cintura. No podía estar más alejado del código clásico de la moderación, la antigua mesura.
Aun así, poseía la rara cualidad del paratge. Raimundo supo reconocerla en él, y por eso permitió que el talento de Gaucelm se declarara a sí mismo. Para sus ojos de experto, estaba claro que algún día aquel joven llegaría a convertirse en un cantor del fin’amor. Había visto cómo Gaucelm iba dejando atrás su inocencia provinciana para entrar en una edad adulta un tanto atolondrada. Todavía se tomaba demasiado en serio asuntos como el incidente de Amalarico y todo el resto de la medicina papal, pero eso lo volvía todavía más entrañable y digno de ser querido.
Bebió un sorbo de vino con expresión pensativa mientras esperaba la llegada de la carne, y una súbita oleada de cálido e intenso orgullo se extendió por todo su ser. Tal como estaban las cosas, él era el único gobernante capaz de reunir bajo el mismo techo talentos tan raros y diversos, una meta a la que había dedicado todos los esfuerzos de su vida. En ese momento se sintió supremamente satisfecho de sí mismo, porque incluso la presencia de Folquet era una prueba más de ese delicado equilibrio que tanto le complacía cultivar.
Como recompensa, permitió que su mirada fuera atraída por Lombarda, la esposa de un rico mercader de Narbona sentada junto a Miraval. Le daba igual que su cara pudiese delatar sus emociones. De hecho, le complació sentir que su expresión pasaba de la benevolencia solemne y absorta al franco deleite que le produjo contemplar su opulenta morenez y su denso cabello. Pensar en los fragantes recovecos de su cuerpo actuó sobre él como si hubiera un lugar para ella en su vida actual, en vez de pertenecer a sus años de juventud.
Los ojos de Juana se encontraron con los suyos, y Raimundo retornó súbitamente a la realidad. Las copas volvieron a ser llenadas, y la corte no tardó en impacientarse durante la pausa que precedía al inicio de los entretenimientos de la noche. Finalmente, el conde golpeó tres veces la mesa con los nudillos.
—Milores, caballeros, damas: esta noche hay muchos rostros familiares entre nosotros. La mayoría de vosotros conocéis a Folquet, cuyos versos han inspirado tan grata camaradería en esta mesa. Esta noche ha vuelto con un nuevo atuendo ascético, pero confiamos en que será posible revivir sus ánimos, a pesar de que hace algún tiempo pasara a ser un responsable cabeza de familia… y de que ahora se haya convertido en un buen cisterciense. —Una ola de carcajadas recorrió la sala—. He confiado esta tarea a Gaucelm, quien, sometido a una cruel presión de la cual asumo toda la responsabilidad, ha completado una sátira…
Juana estiró el brazo y tiró de la túnica de Raimundo.
—Bernard —siseó.
—Os pido disculpas —anunció Raimundo—. Estoy seguro de que Gaucelm permitirá que la experiencia preceda a la juventud. Hemos llegado a estar tan acostumbrados a la presencia de Bernard de Ventadour que olvidamos que ya no es el tesoro silencioso de nuestro reino. Bernard ha vuelto a tocar, y todos nos alegramos de ello. Esta noche dirigirá el acompañamiento de su gran canción… —Miró a Juana, quien le animó a seguir con una inclinación de cabeza— Can vei la lauzeta.
Bernard fue ayudado a llegar al centro de la sala por dos aprendices, uno de los cuales cargaba una silla en la que dejó instalado al anciano. El otro aprendiz le ofreció su laúd.
Gaucelm tragó saliva, sintiéndose extrañamente nervioso. Pero enseguida vio con qué tranquila despreocupación afinaba su instrumento Bernard, como si no llevara años sin tocar ante la corte. Admiró sus gestos precisos y seguros y la forma en que sostenía el laúd como si formara parte de su cuerpo. Después volvió a preocuparse al percibir el leve temblor que recorría sus dedos, y entonces el anciano se removió en el asiento y acunó el instrumento entre el pecho y el estómago. Gaucelm sabía que eso le permitía «oír»: Bernard estaba afinándolo a través de las vibraciones que el vientre del laúd producía sobre su estómago. Cuando acabó de ajustar las cuerdas, el temblor de sus dedos desapareció de repente.
Los dos aprendices ya estaban preparados. Uno cantaría y tocaría el arpa mientras el otro, que había traído consigo su viola, acompañaría al anciano durante los solos instrumentales. Bernard tañó la frase introductoria y la voz del joven, pura y dulce, surgió de sus labios:
Cuando veo volar a la alondra
Aleteando bajo la luz del sol
Y que, olvidándose de sí misma, se deja caer
Desde la dulzura que le atraviesa el corazón,
Ah, cómo envidio entonces
A aquellos a los que veo gozar
Y me maravilla que en un instante
No se me derrita el corazón de deseo…
Gaucelm quedó cautivado por la magia de aquella conocida primera estrofa. Como el asistente a una pantomima que ya conoce la rutina del acto, llevaba el compás con los dedos y articulaba las palabras antes de que fueran cantadas. «Enveya m’en ve…», murmuraba, aspirando el verso como si quisiera pegárselo a los dientes para acabar lanzando un rápido «Veya jauzion!» al final de la frase. Sin prestar atención a nada que no fuese la melodía, siguió canturreando entre dientes para creciente irritación de sus vecinos de mesa.
Ay de mí, que tanto creía saber del amor
Cuando tan poco de él conocía.
No puedo evitar amar a aquella
De la que nunca favor alguno recibiré.
Se ha llevado mi corazón, mi todo…
Gaucelm no podía evitar maravillarse ante la forma en que las palabras se sucedían para fluir hacia la línea siguiente después de aquella conmovedora pausa marcada por el lamento melancólico del «Ai, las¡ tan cuidava saber d’amor e tan petit en sai!» y seguida por «Car eu d’amar no.m pose tener», concluyendo finalmente en ese cambio de clave y aquel lento deslizamiento hacia el modo menor de «Celeis don ja pro». Gaucelm suspiró con anhelo, desgarrado por el deseo de poder componer tan bien. Volvió a asombrarse ante la canción que lo había traído hasta allí. Sin apartar los ojos de Bernard, se recostó en su asiento sintiéndose tan lleno de orgullo y alivio como un padre que por fin cree ver asegurado el éxito de su hijo. Ahora ya podía limitarse a disfrutar de la interpretación. Cerró los ojos. Su alondra, el pájaro cantor que se precipitó al suelo porque estaba tan enamorado que se olvidó de volar, revoloteaba por la sala en un arco invisible suspendido sobre la cabeza de Bernard. Las abejas zumbaban a su alrededor, y también había flores, perros, vacas y todas las estrellas del verano. Las frases se ahogaban en un mar de amor.
Ya no soy dueño de mí mismo
Y no he vuelto a serlo desde la hora en que
Ella me permitió contemplar su rostro
En aquel espejo que tanto me complacía.
Escuchando las palabras con los ojos cerrados, Gaucelm empezó a oírlas de una manera distinta. Sabía que la canción hablaba de una mujer de carne y hueso para la que había sido compuesta, pero de joven se había limitado a pensar en ella como una especie de inspiración jamás encarnada, pues su nombre nunca aparecía en los versos. De pronto comprendió quién era, y por fin pudo ponerle un nombre. Era un nombre famoso para todos los que conocían a las grandes familias del pays d’Oc. ¡Oh, sí, tenía que tratarse de Marie de Ventadour! Su nombre era pronunciado con el mismo respeto que el de Leonor de Aquitania, y ambas eran famosas por sus cortes del amor llenas de damas. Se decía que en ellas mandaban las mujeres. Gaucelm había oído hablar de los juegos con que se entretenían, las pruebas de amor que concebían para los jóvenes caballeros prendados de ellas, y las decisiones inapelables con que dirimían las disputas románticas. Aquel extraño mundo siempre le había parecido tan incomprensible como apasionante. Sí, ella tenía que ser «la contessa» de la canción de Bernard, aquella Marie que, recordó, había contraído matrimonio con un conde que llevaba el extraño nombre de Ebles. Sus feudos se hallaban en el Lemosín, su tierra natal, pero quedaban muy al este de Uzerche.
¡La condesa de la juventud de Bernard! Mientras escuchaba la canción de la alondra, Marie de Ventadour —el primer gran amor de Bernard de Ventadour— se convirtió en alguien que vivía en el condado vecino. Ya que no su mano, al menos le había dado el nombre de su castillo. Gaucelm comprendió lo majestuosa e irresistible que debía de haberle parecido al joven Bernard, hijo de la panadera del castillo y del hombre que barría los suelos de piedra de su gran sala y se encargaba de traer la leña para sus chimeneas. Ah, su querido Bernard, que había crecido en Ventadour… ¿cómo no iba a enamorarse de su joven y hermosa señora, la esposa de su mentor?
La canción de la alondra nunca había sido tan real para él en el pasado, pero ello le trajo un nuevo motivo de preocupación. Escucharla cantar en público estaba haciendo que ya no le perteneciera exclusivamente a él. Ahora estaba «poblada» de personajes con nombres y caras. Tuvo la extraña sensación de que la alondra de la canción podía desvanecerse en cualquier momento, arrebatándole el noble propósito de la canción y haciendo que la delirante cascada del grito lanzado por la alondra en el primer verso se esfumara en la noche.
Miró a Bernard, que seguía tañendo su instrumento, y sintió una nueva y aguda punzada de temor. Se preguntó si un músico podía robarle la magia a su propia canción. Aquel momento espantoso empezó a girar locamente en su cabeza. Vio frases partirse por la mitad ante los ojos de su mente, saltando por los aires como los fragmentos del arco que había roto Vidal. Pero luego se rió de sí mismo y comprendió que se estaba comportando igual que el niño que presiona un diente dolorido con la lengua para sentir florecer el dolor, disfrutando así de un perverso placer. No, Gaucelm sabía que la canción seguiría siendo suya y que siempre podría atesorarla en su corazón: siempre estaría allí para él, la piedra de toque de su juventud y el talismán de sus viajes. Saber quién había sido Marie de Ventadour y poder imaginar la magnitud del loco amor que había inspirado en Bernard sólo añadía una nueva dimensión al significado de la canción.
Una nueva idea reclamó su atención, y se preguntó si el poema podía haber hecho famosa a Marie. Si el mundo había llegado a creer en lo que él acababa de descubrir hacía sólo unos instantes, entonces sin duda la canción de Bernard habría hecho que el nombre de Marie fuera reverenciado en tierras lejanas, por el norte e incluso en París. Los versos, como bien sabía Gaucelm, tenían ese poder. ¡Un humilde sirviente podía convertir a una gran dama en una leyenda! Nunca se había sentido más orgulloso de su vocación de trovador.
Los comensales empezaron a aplaudir. Bernard acababa de terminar y ahora le tocaba actuar a Gaucelm. Raimundo golpeó la mesa con los nudillos, pidiendo silencio.
—Y ahora, la sátira de Gaucelm —anunció—. Tengo entendido que lleva por título L’eretria dels preires, y estoy seguro de que todos la encontraremos muy graciosa.
Lleno de gratitud hacia Bernard, Raimundo y todos los presentes, Gaucelm se dirigió a la gran mesa con el corazón rebosante de felicidad por haber podido vivir aquel momento. Hincando una rodilla en el suelo delante de su mecenas, se embarcó en una jovial parodia de la obediencia debida al conde.
—Oh Luz del Mundo… —canturreó en latín, pero Raimundo le interrumpió afablemente.
—Déjate de halagos, Gaucelm, y danos un poco de poesía en vez de tanta retórica clásica. Hemos comido demasiada carne y ahora necesitamos algo que nos endulce el paladar.
—Pero fuisteis vos quien cobró las presas, mi señor —replicó Juana con burlona sumisión, y Raimundo arqueó las cejas.
—¡Oh, apiadaos de nosotros! —murmuró Folquet con cara de disgusto—. Pagáis a vuestro trovador para que se encargue de abastecer de ingenio a esta mansión, ¿no? Aunque oírle cantar una tonadilla con esa vocecita tan «dulce» que tiene seguramente me echará a perder la digestión.
—Muy bien. Entonces tal vez opte por cantar algo más afilado. O algo amargo, quién sabe —dijo Raimundo mientras arqueaba una ceja con aire de conspirador y miraba a Gaucelm, que seguía con la rodilla doblada ante él.
—Os pido mil perdones por mi voz —dijo Gaucelm, decidido a superar a Folquet en malicia e ingenio—. Nunca la había oído denigrar con semejante cortesía. —Se levantó y se volvió hacia Folquet—. Allí donde nací, en el Lemosín, un poeta confía en las palabras y no en la voz. No obstante, excelencia, y dado que no me está permitido pedir auxilio a un juglar hasta que hayamos llegado a la partición, me temo que de momento tendréis que conformaros con mis pobres cuerdas vocales.
—¡Basta, amigos míos, basta! —exclamó Raimundo alzando las manos—. ¿Acaso he reunido a los poetas más afamados del sur para ver cómo consumen su velada, y la nuestra, en una justa verbal? ¡Canta, Gaucelm! Juzgaremos tus palabras, no tu melodía.
—Entonces llenadme la copa para que pueda tragar vino en vez de insultos.
—Muy bien dicho, y así se hará —rió Raimundo, llamando a un sirviente con una seña—. ¡Y ahora, diviértenos!
Gaucelm colocó el instrumento morisco sobre su muslo derecho y empezó a cantar.
—Tan m’abelis per slatz reveillar. Que s’es trop endormiz… Cuánto disfruto del solaz de la vigilia, pues últimamente se duerme demasiado. ¡Despertad, vosotros que os hacéis llamar cristianos! Despertad y ved cuán opulentamente viven vuestros sacerdotes gracias a las monedas de los creyentes. Rojo les gusta el vino a nuestros clérigos, y blancas como la nieve las mujeres. Emulan al Papa en la riqueza del atuendo. Compran costosos caballos de Oriente. ¿Cuándo pidió Dios a los pobres que trabajaran como esclavos hasta el fin de sus días y que se mataran a ayunos para que los sacerdotes puedan atracarse de faisanes?
Un golpe sordo hizo vibrar la mesa cuando la manga de Folquet derribó su copa de vino. Todos los ojos siguieron la lenta progresión del charco rojo que se extendía por el mantel. Folquet no hizo nada para detener su avance.
Gaucelm siguió cantando. La pieza era larga, y se sintió bastante satisfecho de ella pese a un par de rimas un poco forzadas. Cuando acabó, hubo un breve instante de silencio antes de que se oyeran unos pocos aplausos.
Folquet estaba muy serio.
—Canta tus versos a los cátaros, que estoy seguro los escucharán encantados — masculló sin siquiera una inclinación de cabeza como gesto de cortesía, y se volvió hacia Raimundo—. Tener que oír cómo un viejo alababa el adulterio ya ha sido penoso. Pero… —añadió, señalando a Gaucelm con la cabeza— ¡con poetas como éste en vuestra corte corréis el riesgo de ser excomulgado! —Y se levantó para irse —. Esto es más serio de lo que me imaginaba —declamó solemnemente—. Oh, sí, mucho más serio. Esto no ha sido una sátira. ¡Es herejía! ¿Es que estáis ciego, sordo y mudo, hombre de Dios? ¡Reprimid esta escandalosa conducta ahora mismo si no queréis ganaros el anatema del Papa!
Raimundo, que se había puesto lívido, se levantó.
—Algunos me consideran demasiado blando —dijo—, pero me enorgullezco de saber juzgar a los hombres. Ahora veo que esta vez me he equivocado: ¡he invitado a un hipócrita a mi casa! Tú, que te considerabas un trovador igual que los demás y loabas a las mujeres como cualquier otro juglar, tú que antes de venir a mi corte no eras nada y que viviste de mi hospitalidad… ¿Cómo osas amenazarme a mí con el Papa? ¡Muchos cátaros son parientes y amigos nuestros, por Dios! Los cátaros son gentes inofensivas que sólo quieren vivir en paz. Si quieres lamer los zapatos del Papa, ve y hazlo. Pero ¿arriesgarás tu corpachón en una guerra por él? ¡Qué imbécil eres, Folquet! Mira a tu alrededor. Esta corte es célebre por su amplitud de miras… —Su brazo trazó un arco y la manga se desplegó debajo de él—. Si fuéramos distintos a como somos, no te encontrarías sentado a mi mesa esta noche. No toleraré la crueldad humana, especialmente cuando los fines a los que sirve son tan obvios. Y tampoco estoy dispuesto a soportar la presencia de un renegado… ¡Así que sal ahora mismo de esta sala!
Folquet palideció, giró sobre los talones y salió bamboleándose de la sala. En la arcada de la puerta se detuvo y, volviéndose hacia Gaucelm, lo señaló con un dedo.
—La mezcla de poesía con política es un brebaje letal —siseó—. ¡Considérate advertido! —Y bajando la voz como si quisiera que sólo Raimundo pudiera oírle, repitió su admonición—: ¡Y ten por seguro que esto llegará a oídos del Papa! —Y se marchó.
—¡Cómo se atreve! —estalló Raimundo, dejándose caer en su asiento y meciéndose para acabar apoyando la frente en las manos con un gemido ahogado.
Juana estaba paralizada de furia.
—¿Ves adonde acaban llevando esta clase de fanfarronadas?
Gaucelm, la guitarra todavía apoyada en el muslo, no se movió. Volviendo la cabeza hacia Bernard, vio que el anciano se había enterado de todo lo que acababa de ocurrir. Con los brazos alzados como un profeta sumido en la desesperación, Bernard parecía mecerse de un lado a otro. Gaucelm temió por el frágil corazón del poeta. Volvió la mirada hacia Raimundo en busca de una señal, pero su señor seguía hundido en su asiento y parecía haberse olvidado de la compañía, la música y los buenos modales. Gaucelm no osó moverse. No podía apartar los ojos de Raimundo, inmóvil con la cabeza apoyada en las manos. Fragmentos de imágenes incongruentes desfilaron velozmente por su cerebro. ¿Qué haría Vidal en esta situación? Se imaginó a su alegre y vivaz amigo apostado bajo la ventana de Folquet, dándole una serenata al gordo abad con todas las picantes canciones de amor que había compuesto para Azalaïs hacía ya tanto tiempo, viendo cómo Folquet deambulaba por sus aposentos retorciéndose las manos regordetas, víctima de sus propias palabras y sin poder hacer nada salvo verter insultos sobre la cabeza despeinada de Vidal. Y Vidal, al despedirse, diría: «No tenía ni idea de que poseyeras semejante talento para la austeridad. Seguro que ahora la Virgen ha sustituido a la esposa de Barral como objeto de tus afectos, ¿verdad? ¡Bueno, en el futuro tal vez debas dedicar tu tiempo a la penitencia en vez de a hacerle los trabajos sucios al Papa!». Pero la escenita no logró consolarle.
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A la mañana siguiente Raimundo se presentó en los aposentos de Gaucelm y, sin disculpas o largos discursos, despidió a su trovador. Gaucelm no supo cómo reaccionar.
—Quedas liberado de mi protección —dijo Raimundo—, pero cuando las aguas hayan retornado a su cauce volverás a ser bienvenido en mi corte. Quizá he estado viviendo de prestado, no lo sé. Puede que haya pecado de ceguera, de negligencia o de ambas cosas, pero ahora escojo creer que la razón estaba de mi parte. Y aunque ostenten los títulos de Papa y abad, no me dejaré asustar por un par de idiotas arrogantes. Saldremos adelante, Gaucelm. Siempre lo hemos hecho.
Se abrazaron y se besaron en las mejillas. Cuando Raimundo lo separó de él extendiendo los brazos para contemplarlo por última vez, Gaucelm vio lágrimas en sus ojos.
Enrolló su jubón, lo envolvió con su capa y embutió las dos prendas en su alforja junto con las botas de Bretaña y el crucifijo de París. La furia se cebó en él, aguijoneándolo como un insecto invisible. Los mocasines de cuero, casi irreconocibles a causa del barro, fueron arrojados a un rincón. ¿Por qué Raimundo se limitó a alzar las manos y permitió que Folquet dijera la última palabra? ¿Habría perdido su antiguo ingenio? ¿Estaría cansado? Raimundo era capaz de pasarse horas ensalzando la generosidad de espíritu… hasta que el enemigo le miraba a los ojos. Quizá había optado por no correr riesgos, y sacrificar a Gaucelm era una manera de evitarse problemas en el futuro. La protección de un noble tenía sus límites, cierto. Por otra parte, también cabía la posibilidad de que estuviera usándolo como chivo expiatorio.
Mientras recogía sus pertenencias, la rabia perdió su agudo filo inicial para ser sustituida por una terrible desilusión. Gaucelm se sentó en su banco por última vez y se llevó los puños a los ojos. Había estado demasiado ciego para ver aquella faceta de Raimundo hasta que fue demasiado tarde: el conde siempre se dejaba llevar por la marea, y la parte de su ser que se encargaba de sopesar las pérdidas y las ganancias estaba dispuesta a desterrar al amigo que acababa de dar un paso en falso. Aquello transgredía todo lo que le había contado acerca del paratge. Durante seis años Gaucelm había sido el hombre de Raimundo, su trovador, su… hijo. Ahora todo aquello había terminado. Gaucelm lloró.
Pero la relación entre Bernard y él aún no había terminado. No podía partir sin despedirse del hombre que había convertido tan recientemente su reverencia infantil en genuino afecto. La pena reemplazó a la angustia, y lamentó haber necesitado tanto tiempo para atravesar la sordera de Bernard. Pero aunque la Eretria hubiera causado su perdición, también había insuflado una nueva vida a Bernard de Ventadour.
Y gracias a ello, una extraña sensación de gratitud se deslizó como un hilo invisible a través de su ira y lo condujo pasillo abajo hasta los aposentos de Bernard. Mientras iba hacia allí compuso, en beneficio del sordo, un relato fragmentario de la conversación mantenida con Raimundo y un discurso de despedida: Escotatz, Bernard… Ha traicionado mi lealtad, y te ruego que trates de entenderlo. Te juro que siempre intentaré estar a la altura de tu ejemplo. Senher, amic… Siempre serás… e.l miéis trobar… Lo que los toscanos llaman il miglior fabbro…
Pero nada más entrar en los aposentos supo que Bernard ya había entendido lo que acababa de ocurrir. Sentado en su sillón, el anciano extendió las manos hacia Gaucelm quien, conteniendo las lágrimas, se dejó envolver por el afecto de Bernard.
Cuando se separaron y Bernard le preguntó adonde iría, Gaucelm ya había pronunciado la palabra «Ventadour». Nada hubiera podido complacer tanto a Bernard como oír de labios de su protegido el nombre del lugar en que había nacido.
—Pero antes he de contarte un par de cosas acerca de Marie —murmuró alzando un dedo—. Lo que dicen la canción y las leyendas… Bueno, es cierto que estuve enamorado de ella. Marie era demasiado joven para Ebles, y yo era demasiado viejo para ella. Cuentan que Ebles me desterró, pero no lo creas. Era un esposo demasiado tolerante, y le encantaba ver cómo la juventud y los logros de su esposa eran ensalzados en su corte. También le gustaba ayudar a los otros poetas, pues él mismo lo era, y a decir verdad siempre lo tuve por un auténtico maestro del trobar clos. Su generosidad llegó a atraer al mismísimo Folquet.
—¿Folquet?
—Llegó a Ventadour pisándome los talones, y él sí tenía la edad adecuada para Marie. Por aquel entonces yo ya había partido hacia el norte y acababa de cruzar las aguas para servir a Leonor. Ah… —dijo con voz pensativa—, aquella duquesa de ojos verdes, la hermosa y rubia reina de Inglaterra… Entré en un mundo nuevo, y dejé atrás Ventadour y todo lo ocurrido allí. Sólo sé lo que oí contar después: que Marie y Folquet urdieron ciertas intrigas juntos.
—¿Qué? —preguntó Gaucelm mientras otro inesperado destello de alarma recorría todo su ser.
—Marie siempre estuvo metida en política incluso cuando no era más que una joven esposa —murmuró Bernard—. Y ante ella, como ante cualquier otra gran dama, siempre se alzaba la figura de Leonor. ¿Quién, no conociendo a Leonor, no hubiese deseado imitar su corte? Pero en cuanto la conocías… Oh, puedo asegurarte que entonces veías las cosas de otra manera. Ah, bueno, ya hace mucho tiempo de eso —dijo, ahuyentando el pasado con un ademán—. Deben de haber transcurrido más de dieciséis años desde que vi a Marie por primera vez. Dale recuerdos de mi parte y saluda también a Ebles, si es que todavía vive. Es el momento ideal para que vayas allí, porque cuando llega la hora de cultivar nuestro arte todos parecemos sentirnos atraídos hacia Ventadour. Eres afortunado. Ah, y no lo olvides: sé un poeta, no un versificador —dijo, apretándole suavemente el hombro con la mano mientras sus ojos buscaban los de Gaucelm y le sostenían la mirada—. Tienes todo lo que se necesita para serlo, así que asegúrate de que no te perdemos.
Sus palabras hicieron que Gaucelm olvidara su pequeño discurso de despedida y, abrazando al viejo trovador, no pudo contener por más tiempo el llanto. Bernard se dejó abrazar, pero luego lo apartó con un cariñoso empujón y le habló con voz solemne.
—No olvides lo que te he dicho, Gaucelm. No soy vidente y no sé predecir el futuro, pero sí sé reconocer a un auténtico poeta cuando se cruza en mi camino. En cada generación sólo hay sitio para uno. Creo que el arte te perseguirá como el sabueso de los cielos y acabará dando contigo. Ve con Dios, muchacho.
Gaucelm sólo tuvo fuerzas para besarle la mano y después, con el rostro enrojecido por el llanto, salió de la habitación y cruzó el patio. Con las alforjas llenas y el caballo preparado, la expresión de Raimundo y la sensación del huesudo abrazo de Bernard todavía conmoviendo su corazón, fue en busca de Guilhelma.