Trovador

Clara Pierre · Capítulo 26 de 32

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Trovador

25. Vidal Redux

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VIDAL REDUX

 

L a sincronización tenía que ser perfecta. Yves, el paje, montaba guardia junto al establo mientras Garsen, el mayordomo de las bodegas, se encargaba de custodiar la tabla. Vidal, todavía cansado de su viaje a través del Ródano, se agazapaba entre las sombras del establo.

No tuvieron que esperar mucho. Durante los dos últimos días, y desde que Guilhelma se había mudado a los alojamientos de las mujeres, Gaucelm iba a verla por la mañana después de haber ensayado y volvía a visitarla antes de vísperas. Aquella mañana llevaba un poco de retraso. Yves dio la señal justo cuando las vísperas empezaban a sonar desde la capilla. En un sigiloso estallido de actividad, los dos jóvenes levantaron la tabla de madera con Vidal a bordo de ella, erguido sobre un codo y con la mano libre encima de la boca para reprimir su hilaridad. Silenciosamente, la procesión empezó a cruzar el patio.

Se acercaron a Gaucelm por detrás, y Vidal empezó a hacer malabarismos con su gorra y a cantar en el mismo instante en que casi chocaban. Vidal se incorporó y se dio de narices con su viejo amigo. Entonces el patio vibró con sus exclamaciones de bienvenida y palmadas en la espalda. A Gaucelm la sorpresa lo dejó sin habla. Los dos amigos se abrazaron antes de que Gaucelm encontrara palabras.

—¡Con todo ese pelo no puedo verte los ojos! ¿Cuánto tiempo llevas en los caminos?

Vidal no contestó, pues la barba de Gaucelm lo tenía fascinado.

—Mirad, ¡tiene canas! —exclamó, y la cintura agrandada de su amigo no se libró de recibir un codazo.

—¿Cuánto tiempo puedes quedarte? ¡Si he de presentarte en la corte, lo primero que debemos hacer es visitar al barbero! —dijo Gaucelm.

—¡No tan deprisa, viejo buey! Tengo muchas cosas que contarte. ¡Muchísimas! —dijo Vidal, extendiendo los brazos para abarcar el patio entero con su gesto—. ¿Hay algún sitio donde podamos hablar en privado?

Gaucelm asintió, y notó que se le estaba hinchando el puente de la nariz, lo cual siempre era señal de lágrimas.

—Pensaba que nunca volvería a verte —dijo sin tratar de ocultar su inmensa alegría y alivio ante la reaparición de Vidal.

—¿Dónde podemos ir? —preguntó Vidal, y echó a andar delante de él.

Gaucelm se pasó el dorso de la mano por los ojos. Después alcanzó a Vidal, le dio una palmada en el hombro y lo condujo hacia la cocina.

—Si tienes hambre, ésta es la dirección correcta.

—Ya me conoces, amigo mío. Estoy famélico.

Visto de perfil, Vidal parecía el mismo, pero estaba más delgado y sus pequeñas rarezas y gestos le recordaron más que nunca a una marioneta movida por hilos invisibles. Pero la frente serena y despejada y la sonrisa levemente irónica de sus labios seguían allí, y el paso de los años no había alterado su expresión. Alrededor de sus ojos había una extraña palidez, como si la piel hubiera sido blanqueada por el sol, pero los ojos negros cual carbones eran tal como los recordaba Gaucelm. Vidal llevaba un jubón que en tiempos lejanos tenía que haber sido magnífico, pero años de uso habían desgastado la seda. De hecho, la prenda se hallaba en un estado lamentable, con agujeros en los codos y una brecha en el hombro izquierdo causada por el roce. Pero había una mejora en su apariencia: una gorra de terciopelo bordado cubría parte de su rebelde cabello.

—Me alegra ver que por fin te has librado de esa vieja gorra tuya —observó Gaucelm.

—Un camello la confundió con su cena —repuso jovialmente Vidal.

Gaucelm puso cara de perplejidad.

—He estado en ultramar —dijo Vidal, como si eso explicara la existencia de camellos que se alimentaban de gorras.

—No puedo creer que estés aquí —resopló Gaucelm mientras abría la puerta de la cocina.

Los dos amigos se detuvieron en el umbral como dos bufones cómicamente opuestos, un oso de pesados andares y un lobo siempre alegre, cada uno con un brazo sobre el hombro del otro.

—Y ahora siéntate y cuéntamelo todo —dijo Gaucelm señalando el fondo de la cocina, que era donde comía la servidumbre.

Pero el cuerpo flaco y nervudo de Vidal ya estaba temblando de expectación mientras sus ojos recorrían la habitación.

—¿Qué nota le pondrías a la mesa del señor de Courthézon en el caso de que tuvieras que calificarla?

—La mesa de Raimbaut no destaca por su brillantez —contestó Gaucelm—. Pero seguí tus consejos y me hice amigo de la cocinera.

—¡Que me cuelguen, Gaucelm! Veo que eres un alumno aventajado. ¿Y tu amiga permitirá que husmeemos en sus pucheros tal como hicimos durante tu primer día en la corte de Raimundo?

La cocina, desierta, parecía haber sido saqueada por un ejército. Las sobras de la cena habían sido amontonadas sobre una tabla colocada encima del lavadero, y el fuego había quedado reducido a unas ascuas rojizas dentro del vasto hogar. Ninguna criada había considerado necesario renunciar a las delicias del buen tiempo para dedicarse a la limpieza. Gaucelm miró en torno frunciendo el ceño mientras Vidal iba directamente al montón de sobras y cogía un trozo de asado prácticamente intacto.

—No hay agua con la que rebajarlo —dijo Gaucelm, alzando una jarra de vino que había descubierto debajo de una mesa.

—Lo beberemos tal cual —dijo alegremente Vidal—. Y yo he encontrado dos vasos —añadió, llevando un taburete a la mesa y atacando el trozo de cordero con su cuchillo.

Gaucelm fue a buscar pan a la despensa, y volvió con una naranja bastante marchita y un poco de mazapán seco.

—No es una cena muy elegante —anunció.

—Servirá —dijo Vidal entre bocado y bocado—. Pero nada de platitos femeninos para mí, aunque te agradezco la oferta.

Gaucelm apartó el mazapán y se sentó enfrente de su amigo.

—¿Cómo te has enterado de que estaba en Courthézon?

—No tuve que preguntar por tu paradero. ¡Tu fama se ha extendido igual que la plaga por toda Tolosa!

—¿Cómo?

—Folquet.

—¿Folquet?

—Folquet, obispo de esa hermosa ciudad. El que remueve el aire tras de sí…

Levantándose del taburete y alzando su cuchillo, Vidal dio unos pasos bamboleantes al tiempo que meneaba las caderas aparentando nadar.

—¡Folquet, el viejo pedorro! —gritó Gaucelm, deleitado por la pantomima de su amigo.

—El viejo pedorro tocado con una mitra de obispo —dijo Vidal, volviendo a sentarse—. Ha oído tu planh. Esa declaración tuya ha circulado por todo el país, y Folquet no ha podido hacer nada para impedirlo. Tengo entendido que critica todas las guerras entre religiones, ¿verdad? Un sentimiento muy noble.

—¡Si Folquet ha oído mi planh, al menos por una vez habrá respirado un poco de aire puro!

Gaucelm parecía muy satisfecho de sí mismo, pero Vidal se puso serio. Olvidándose de la carne, apartó su taburete de la mesa.

—Escúchame con atención, Gaucelm —dijo, quitándose la gorra para volver a encasquetársela mientras clavaba la mirada en su amigo—. Creo que deberías ir pensando en desaparecer. No lo he oído, cuidado, pero al parecer tu pequeño planh contiene ciertas referencias a un respetadísimo eclesiástico que se atrevió a flirtear con el catarismo en su juventud. ¿Cómo has podido ser tan imprudente, hombre de Dios?

Su observación hizo que Gaucelm recordara lo que le había contado Guilhelma sobre el Folquet de los viejos tiempos. Llevaba años sin pensar en el secreto de Guilhelma, en cómo Folquet iba a verla al Chantier, lleno de versos juveniles e inclinaciones heréticas. El recuerdo de haber oído todo aquello se había infiltrado de alguna manera en el planh, de la misma forma en que muchas cosas acababan incorporándose a sus poemas, casi sin que él se diera cuenta. Ardía en deseos de contarle a Vidal lo que le había revelado Guilhelma, pero no era momento para ello. De pronto comprendió el auténtico significado del adiestramiento sufrido por Folquet a manos de Marie y la señora Audiarde. La lección erótica del dolor sobre uno mismo podía traducirse con facilidad en dolor infligido a los demás primero, y al enemigo después. Ahora todo encajaba. Si unías el misterioso pasado de Folquet con su afición a las ataduras de seda y los cuchillos para damas, obtenías un obispo instruido en todas las sutilezas de la desviación dotado de unas cualificaciones realmente poco usuales entre los predicadores de la guerra santa. La ironía, pensó Gaucelm, era que en el caso de Folquet el enemigo eran los demonios de su propio pasado: los cátaros. En consecuencia, y aunque Folquet no pudiera saberlo, su tarea consistía en vencer a sus propios demonios. Folquet, comprendió Gaucelm en un arrebato de inspiración tan súbito como un rayo, estaba destinado a dirigir aquella cruzada.

—Dieus! —exclamó, volviendo a la observación de Vidal y acordándose de que tenía algo que ver con su planh—. ¿Es que Tolosa va a traicionarme por segunda vez?

Vidal se encogió de hombros al tiempo que alzaba las manos en un gesto de impotencia.

—Ah —dijo Gaucelm—. Ya lo entiendo. Traición. Amenazas papales y todo eso. —Respiró hondo, como queriendo restar importancia al peligro—. Vamos, vamos… No pensarás que el gordo Folquet malgastará su valioso tiempo con alguien como yo, ¿verdad? ¡Tiene peces más grandes que freír! —La expresión de Vidal no cambió—. Además —añadió Gaucelm—, la referencia sólo era una alusión de pasada. No mencioné a Folquet, así que podría tratarse de cualquiera. —De pronto se enfureció —. ¿Qué puede hacerme? No puede freírme. ¡No soy ningún hereje!

—Traición —se limitó a decir Vidal.

Gaucelm alzó las manos en un gesto de protesta.

—Espera un momento —dijo—. Si Folquet decide tomarse esa frasecita de una manera tan personal, eso equivale a una admisión de culpabilidad.

—Traición —repitió Vidal—. ¿Quién puede saber lo que Folquet considera una provocación? Pero tu planh no te ha ayudado en nada, amigo mío. Para Folquet, no seguir fielmente las consignas equivale a traición.

Gaucelm necesitó unos momentos para entenderlo.

—Si no ser un buen católico fuera un acto de traición, entonces todas las mazmorras y calabozos del sur estarían llenos. Pero si han empezado a detener a los poetas, todavía no he oído hablar de ello.

—La herejía, Gaucelm… —dijo Vidal—. Ofensa a la Iglesia y el Estado.

—¿Quién correría el riesgo de denunciarme por herejía? Ni siquiera tengo amigos entre los cátaros… ninguno que Folquet conozca, al menos.

Vidal fingió no haberlo oído.

—Tanto si lo sabemos como si no, todos tenemos amigos que son cátaros. Y además déjate de falsas modestias, Gaucelm. Eres un pez lo bastante grande para Folquet.

—¡Aunque lo fuese, eso no constituye traición! —insistió él—. ¿Tendrías la bondad de explicarme en qué podría basar sus acusaciones?

—¡Folquet no necesita basar sus acusaciones en nada! Estás en la lista, viejo buey.

Gaucelm le miró. Con un incipiente alivio, se le ocurrió que su amigo podía estar tomándole el pelo, y que todo aquello formaba parte de su temible encanto de bromista.

—¿Una lista? ¿Qué lista? —preguntó alegremente.

—Oh, digamos que es una especie de relación de descarriados redactada por los secuaces de Folquet. Se hacen llamar la Hermandad Blanca. Pero los nombres son incorporados a esa lista por instigación de Folquet, naturalmente.

—¿Quién más figura en ella?

—Yo. Toda la gente importante. Eso incluye a Raimundo, claro, lo cual quiere decir que estamos en buena compañía. Cualquiera que haya expresado alguna idea no ortodoxa en verso. Cualquier amigo del conde de Tolosa o de su sobrino Trencavel. En resumen, cualquier persona a la que Folquet odie lo suficiente. Puede ser por cualquier cosa que hayas hecho, tanto política como personal. En mi caso, probablemente sea por cierta dama de Marsella…

—Pero ¿por qué va a odiarme Folquet?

—¿Porque tus canciones son mejores que las suyas, tal vez? —Vidal cogió un trozo de asado—. ¿Qué dice exactamente ese planh tuyo? ¿Y quién es esa Douce a la que está dedicado? Estoy impaciente por oírlo. —Agitó el trozo de carne delante del rostro de Gaucelm—. ¡Acuérdate de la Eretria dels preires!

—¡Pero de eso hace siglos!

Gaucelm no daba crédito a sus oídos. Era como si Vidal hubiera vuelto de entre los muertos para recordarle sus pecados.

—Folquet tiene muy buena memoria —dijo Vidal entre bocado y bocado—. En todo caso, está claro que su memoria es mejor que la tuya. No olvides la escenita que provocaste delante de Raimundo la noche en que cantaste en la corte. Todavía se me pone la piel de gallina cuando lo recuerdo. —Sonrió maliciosamente—. Folquet te llamó hereje, y dijo que los cátaros te recibirían con los brazos abiertos. Después se fue hecho una furia gritando que todo aquello llegaría a oídos del Papa. ¿Te acuerdas, o has borrado…?

—Pero eso fue mucho antes de que…

—Antes de que lo nombraran obispo, cierto. Bueno, eso demuestra que ha tenido paciencia. Folquet almacena sus resentimientos igual que una ama de casa sus conservas. Pero en cuanto pudo cerrar su gorda mano sobre el báculo ceremonial, empezó a revisar su lista de cuentas pendientes. De ahí la famosa lista. Y si cree que la Verdadera Iglesia está en juego, Folquet es muy capaz de combinar la venganza personal con las cuestiones eclesiásticas. Las cosas están que arden, viejo amigo, y no me refiero únicamente a las piras. Oh, disculpa, no tendría que haber mencionado las piras.

Gaucelm ya había olvidado lo irritantes que podían llegar a ser las bromas de Vidal, pero lo que acababa de decir sirvió para recordárselo.

—Y además de los nombres que has mencionado, ¿quién más figura en esa relación? —quiso saber.

—Todos nosotros: toda la pandilla de versificadores ambulantes, desde el primero hasta el último. La lista es tan larga que parece un censo. Simón de Montfort podría ser coronado rey antes de que llegaran a nuestra página.

—¿Bornelh figura en ella?

Vidal asintió.

—Y Guillaume de Béziers. Y Bernard de Marjevoir. Peire Cardenal, por supuesto… Pero ¿para qué continuar? Tú y yo debemos reflexionar, y deprisa. Sólo por si acaso, deberíamos ir pensando en la huida. Marcharnos del país, ya sabes.

—Pero yo no puedo…

Vidal le interrumpió alzando una mano.

—Tengo un plan —dijo—, y un posible mecenas. He puesto los ojos en Boni di Monferrato.

—Italia… —murmuró Gaucelm.

—Boni es lombardo, y muy rico. Pero Italia no tiene nada que ver con mi plan. No; estoy pensando en ultramar.

—¿Monferrato?

—Olvídate de Conrado. ¿Crees que sería capaz de aliarme con semejante bribón? Aparte de que sería bastante difícil, teniendo en cuenta que lo asesinaron en Jerusalén hace no sé cuántos años. ¿Ves lo beneficioso que es viajar, mi querido Gaucelm? Tendrías que salir más de casa. —Hizo una pausa—. No, nuestro Monferrato es un hombre bastante menos complicado. Pero tiene los bolsillos repletos, cuidado, y como descubrí mientras estaba allí, lleva mucho tiempo acariciando la idea de organizar una segunda expedición a ultramar.

Monferrato… A Gaucelm aquel nombre le sonaba de algo.

—¿Su trovador es un gascón llamado Cadola? —preguntó.

—Exacto —dijo Vidal—. Los conocí a ambos en Constantinopla.

Por un instante Gaucelm volvió a sentir la vieja atracción de los lugares exóticos.

—¿Y cómo es Constantinopla?

—Arrebatadora. Pero los francos la han dejado en un estado lamentable. La saquearon implacablemente, ¿sabes? Los venecianos tuvieron la culpa de todo, por supuesto. Cuando llegué allí, la ciudad estaba en ruinas. Monasterios, iglesias, bibliotecas… todo había sido devastado. Corrían rumores de que los soldados bebieron tanto vino griego que al final enloquecieron. ¡Oí decir que bebieron de los vasos sagrados de Santa Sofía mientras una prostituta sentada en el trono del patriarca cantaba esas horribles canciones licenciosas que tanto gustan a los francos! Lamento haberme perdido esa parte del espectáculo, porque al parecer duró tres días. Cuando llegué a Constantinopla ya habían organizado un supuesto «imperio latino», más que nada porque esperaban que eso permitiría que los cristianos pudieran hacerse con el control de la ciudad. Y ahí fue donde entré yo. Pero ya te hablaré de eso más adelante. Volvamos a la lista, que es lo que realmente importa en este momento. ¿Qué opinas de mi plan?

—Es un buen plan y merece ser examinado con atención —dijo Gaucelm evasivamente. Quería saber más cosas sobre la situación en Tolosa. Sus propias noticias, Guilhelma y la paternidad, parecían aburridamente domésticas en comparación, y podían esperar—. Así que Folquet por fin ha conseguido convertirse en la plaga que siempre estuvo destinado a ser…

—Oh, lo está pasando en grande. Ha descubierto su auténtica vocación. Ejercer las funciones de obispo parece ser la única forma de redimir su lamentable fracaso en la profesión de trovador. Era su gran cruz, ¿recuerdas? —Vidal alzó el cuchillo sin dejar de masticar—. Ese maldito gordo nunca supo colocar una palabra detrás de otra. ¡Su sitio está en la Iglesia! Deberías oír lo que compone ahora: hace enrojecer de pura vergüenza ajena, créeme —concluyó, y vació su vaso de vino de un solo trago.

—¿Sigue componiendo? No lo sabía. ¿Y qué compone? Tonterías eclesiásticas, supongo.

—Auténticos horrores. Al parecer se ha enamorado de Nuestra Señora, y lo peor es que la gente se lo toma en serio porque es obispo. ¡Dios, es para vomitar! ¡Escucha! —Vidal giró sobre su taburete y, poniendo las manos encima de la mesa, juntó los dedos en un gesto de piedad. Después alzó los ojos hacia el techo y se echó a reír—. Eso sí, Folquet usa frases de la más consumada originalidad. Como ésta, por ejemplo… —Poniéndose serio y retomando su devota pantomima, recitó—: «Nada apartará de ti mi fiel corazón…». O esta otra: «No acataré deseo u orden alguna que de vos no proceda…».

Gaucelm torció el gesto.

—Y también tenemos su «Anhelo vuestro amor, pero no sé cómo pedíroslo», un verso que consigue ser toda una confesión de ineptitud verbal. Magnífico, ¿eh?

—¿Cómo es exactamente? —preguntó Gaucelm, pues su oído había captado algo que le sonaba familiar.

—Ja par verjan ni per fuelh ni per flor —cantó Vidal—. Mon fin cor maisnon viraray de re de vos, cui tenc per don’e vuelh amar… —Gaucelm abrió los ojos desmesuradamente mientras Vidal seguía cantando sin apartar la mirada del techo—. Qu’autra el mon non envey ni honor…

Y entonces Gaucelm, incapaz de seguir conteniéndose, cantó el estribillo:

—E no-s vaira mos cors, e sai per que!

Vidal le miró con asombro.

—Tú no… No puedo creerlo… ¿Es realmente tuyo? —preguntó finalmente, cogiendo su vaso y volviendo a dejarlo encima de la mesa.

—Respóndeme a esto: después del estribillo «Mi corazón nunca cambiará», ¿termina con Que nulh autra non vuelh ni non deman mas vos, vui am mais que dire no sabría?

—Casi —balbuceó Vidal con ojos desorbitados—. No es exactamente así, pero… ¡pero casi, por las llamas de santa Cecilia! Esto es maravilloso —dijo, golpeando la mesa con los puños—. El obispo de Tolosa, un plagiario. ¡Y mira a quién le ha robado los versos! —exclamó—. ¿Qué vas a hacer al respecto?

—Hombre, los versos tampoco están tan mal —murmuró Gaucelm, poniéndose a la defensiva—. Nacieron de la necesidad de halagar…

—¿A quién?

—Oh, Vidal. Yo… Bueno, en aquel entonces mi situación me imponía ciertas obligaciones y… esa canción fue compuesta para Marie de Ventadour.

—¡Bueno, pues según Folquet, obispo de Tolosa, Marie de Ventadour ha sido coronada Reina del Cielo!

La risita que esa observación arrancó a Gaucelm creció gradualmente hasta convertirse en carcajada.

—¿Y ha compuesto algo más en esa línea?

—Vamos a ver… —Vidal reflexionó—. La composición más admirada por su rebaño se titula «Todos debemos pensar en Dios» —dijo, y sucumbió a un nuevo acceso de hilaridad—. ¿Puedes imaginártelo? Sí, más vale que todos vayamos pensando en Dios… especialmente Folquet. Pensar en esa montaña de grasa esforzándose por componer algo para que luego resulte que son… —Bajó la voz hasta convertirla en un murmullo— el recuerdo de unos versos oídos en algún lugar. Folquet no sabe dónde, pero acaban insinuándose en sus versos como si siempre las hubiera llevado en la cabeza…

—Cántame el de Dios. Vamos a ver de quién ha sacado ése.

Vidal así lo hizo sin apartar los ojos de su amigo. Pero Gaucelm le escuchó sin inmutarse y acabó alzando la mano para interrumpirle.

—Será de algún otro pobre idiota —dijo.

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Vidal hundió sus dientecillos de depredador en el último trozo de carne.

—Yo también tengo noticias importantes —anunció Gaucelm—. Has llegado justo a tiempo de asistir a un gran acontecimiento.

Vidal le miró, se limpió las manos en el borde de la tabla y chupó los restos de grasa y las briznas de carne adheridas a los dedos.

—¿Y bien? —preguntó en cuanto hubo acabado con el último dedo.

—¿Te acuerdas de los cuatro ducados que me ganaste la primera vez que jugamos?

—Cristo. ¿Todavía lo recuerdas?

—¿Cómo iba a olvidarlo? ¡Tus dados me condujeron a un camino de vicios del que ya no saldré hasta que muera! Estábamos con los mozos de cuadra en el patio, después de que me hubieras enseñado el castillo aquel primer día.

—Estabas muy verde, Gaucelm.

—Tú me hiciste madurar deprisa, amigo mío. Pero también me despojaste de cuatro ducados, y he jurado recuperarlos. Bien, pues ahora dejaré que hagas tres intentos de adivinar qué importante acontecimiento está a punto de tener lugar.

—Eso está chupado: mi presentación al conde de Orange.

—No.

—¿Cómo osas insultarme así? ¡Doblaré tu deuda! —Todavía hambriento, Vidal miró el hueso pelado que había dejado sobre la tabla—. Oh, de acuerdo, jugaré. Has… has tomado las santas órdenes.

Gaucelm esperó en silencio.

—Has descubierto cómo sacar oro de los excrementos de un cerdo.

Gaucelm enarcó una ceja.

—Oh, venga… ¡Dilo de una vez! —exclamó Vidal.

—Puedes hacer otro intento.

Una sensación extraña se adueñó de Gaucelm mientras estudiaba el rostro de su amigo. Sintió que el tiempo pasaba deprisa, como las páginas de un libro vueltas por el viento. Ver que Vidal no había cambiado, en tanto que la dirección de su propia vida le parecía tan incierta, hizo que sintiera una vaga inquietud.

—¡Me rindo, maldición! ¿Qué otra cosa se puede celebrar, eh? El sur está a punto de arder, a Rai Mundi le han arrancado las uñas, el gordo Folquet se tragará Tolosa de un solo bocado, y tú y yo tendremos que poner pies en polvorosa si no queremos acabar asados en los espetones de los cruzados. Así pues, admito mi derrota.

—Voy a ser padre.

—¿Tú? ¡Conque sí hay algo que celebrar después de todo! Bravo, mi querido Gaucelm. Brindemos por el incunabulum. ¿Cuándo romperá el cascarón?

—Pronto. Cualquier día de éstos. Puede que ahora mismo lo esté rompiendo. ¡Dieus, Vidal, me entra pánico sólo de pensarlo!

Pero Vidal parecía pensar que la ocasión requería celebración más que consuelo. Cogió su vaso y brindó por el futuro padre.

—¡Ya veo que he llegado en buen momento! Te ayudaré a darle la bienvenida al mundo, aunque tal como están las cosas quizá no tarde en arrepentirse de haber venido a él. ¿Y quién es la madre?

—Guilhelma… aunque no hemos llegado a casarnos.

Vidal fingió desmayarse sobre el banco.

—¡Entonces fuiste tú quien despojó al Chantier de su más prominente dama! Oí decir que Guilhelma había dejado los estofados, pero no tenía idea de que… Así que Guilhelma Monja, ¿eh? ¿Desde nuestra primera noche en la ciudad?

—Desde esa misma noche.

—¡Que me aspen! Eres un auténtico diablillo, Gaucelm. ¿Y Raimbaut sabe quién es?

—Mi querido Vidal, ni siquiera tú la reconocerías. Ahora no tiene nada que envidiar a la más noble de las damas, y es más inteligente que la mayoría de ellas. No podrías distinguirla de la hermana del conde Raimbaut.

—¡Por el pie de Dios, Gaucelm! Hemos de contarnos los diez últimos años de nuestras vidas, y no sé por dónde vamos a empezar. ¡Esto requiere más vino! Desde que te vi por última vez, he ido hasta el fin del mundo y he regresado.

—Primero mis cuatro ducados, por favor —sonrió Gaucelm extendiendo la mano —. Ya veo que sigues teniendo la lengua más rápida del país, pero aun así has perdido la apuesta.

Vidal rebuscó en su bolsa.

—Aquí tienes ocho. Eso debería bastar para cerrarte la boca, ¿no? Es la primera vez que pago doble una apuesta perdida, pero son para Guilhelma, no para ti. Y ahora hagamos justicia a esta jarra de vino, ¿eh? Como principio no ha estado nada mal — añadió, empujando el hueso con el cuchillo—. ¿Queda algo más de comida? —Sin esperar respuesta, pasó una pierna por encima del taburete y empezó a hurgar en el montón de tablas—. Dieus, aquí no hay ni para dar de comer a un perro callejero — observó, añadiendo su tabla al montón para pasar a inspeccionar estantes y aparadores, levantando un cuenco aquí y una tabla allá mientras mascullaba entre dientes—. ¿Dónde demonios guardan las cosas?

Una súbita inspiración lo llevó al hogar, donde un caldero lleno de estofado de cordero colgaba del gancho. Vidal lo descolgó con un grito de triunfo y lo arrastró por el suelo hacia su taburete mientras le pedía a Gaucelm que le echara una mano.

Gaucelm ayudó a su amigo a depositar el caldero encima de la mesa. El borde quedaba tan arriba que apenas si podía ver a Vidal, pero contempló con una sonrisa cómo empuñaba el cuchillo y se disponía a pescar un trozo de carne.

—Vino, por favor —pidió.

Gaucelm llenó ambos vasos.

—Y ahora quiero una respuesta —dijo—. ¿Por qué te fuiste de Tolosa?

La pregunta pareció sorprender a Vidal.

—¿Y por qué no hubiese debido irme?

—Desapareciste sin más. ¡Me enfurecí, maldita sea! Te largaste y me dejaste abandonado a mi suerte. ¿Por qué?

—Ah, te refieres a eso… Me olí que no tardaría en haber problemas, y ya estaba harto de intrigas. O quizá fue que sencillamente tenía ganas de cambiar de aires. Quería ver ultramar. Viajar. Ya sabes, Gaucelm: las razones habituales. La verdad es que ya no me acuerdo. Ah, pero puse broche final a mi estancia en tierras lejanas siendo emperador de Constantinopla.

Gaucelm decidió seguirle la corriente.

—¿De veras? Cuéntamelo.

—Oh, es una historia muy larga. ¿No deberías estar cuidando de Guilhelma?

—Mi querido amigo, he sido temporalmente expulsado de sus aposentos: soy un varón inútil que no hace más que estorbar. Ya sabes cómo son las mujeres. —Decir aquello hizo que tuviera la sensación de que Guilhelma le pertenecía. Pero decírselo a Vidal en particular también lo hizo sentir un poco extraño, como si hubieran intercambiado sus papeles y él, Gaucelm, hablara como el más viejo y experimentado de los dos—. Para empezar, cuéntame cómo llegaste a Constantinopla.

Vidal se echó a reír.

—Creo que estaba borracho —dijo—. Sé que estaba loco. ¿De qué otra manera se puede sobrevivir en estos tiempos enloquecidos?

—No tengo razón para dudar de tu palabra —repuso Gaucelm—. Y ahora cuéntame qué dicen sobre ti cuando tienes las narices metidas en la copa. ¿Que además de estar loco estás borracho, tal vez?

—Cuando estoy sobrio pueden llamarme loco. Cuando estoy borracho, mi borrachera no se diferencia en nada de la de cualquiera…, salvo por el hecho de que no pierdo la lucidez. Ésa es mi gran tragedia —concluyó, sonriendo melancólicamente.

—¡El bueno de Vidal! Me alegra ver que, borracho o sobrio, sigues siendo el mismo de siempre. —Irguiéndose como si fuera a dictar sentencia, apoyó las manos en la mesa—. Eres un fanfarrón y un mujeriego impenitente, y has hecho todas las locuras posibles y unas cuantas más. Pero ¿cómo esperas que crea que sólo estás lúcido cuando has bebido?

—¡Ah, quieres pruebas! —dijo Vidal, viéndose acorralado. Se levantó, dio un par de vueltas a la mesa y acabó deteniéndose con la mano sobre el hombro de Gaucelm —. Pues las tendrás: mi aventura en Oriente te lo demostrará. ¡Porque tanto si quieres creerlo como si no, fui coronado emperador de Constantinopla! —Volvió a su lado de la mesa y, quitándose la gorra, se inclinó ante Gaucelm—. La locura permite hacer cualquier cosa, ¿comprendes? Al igual que la bebida, da valor.

—¿Valor para qué?

—Para dedicarse a la política, mi querido amigo. ¿Dónde estaríamos sin un gramo de locura y el deseo de participar en los asuntos de los grandes hombres? ¿Te acuerdas de las sirventés que compuse para el rey de Aragón? No sólo osé pedirle un caballo, sino que además le dije cómo debía administrar su reino. Se trata de un valor muy especial, cierto, pero puede hacer milagros. Los trovadores desplegamos nuestros poemas allí donde los soldados no se atreven a poner los pies. ¿No es así? — preguntó, encorvándose sobre su taburete y empezando a cabalgarlo como si fuera un caballo.

—Vidal, estás más loco que un lobo envuelto en una piel de oveja, y además lo sabes. Para ti todo es un juego.

—No, no. Ahí te equivocas, Gaucelm. Es una cuestión práctica, no un juego. Siempre mido cuidadosamente mi grado de locura para ajustarla a mis necesidades, y la locura me proporciona muchas cosas. ¿Por qué debería renunciar a ella? Las mentiras también funcionan, pero la locura es más entretenida.

Gaucelm soltó una risotada.

—¿Y cómo se las arregló un trovador, hijo de un peletero, para llegar a emperador de Constantinopla?

Después de haber acabado con varios trozos suculentos de la olla, Vidal se dedicó a pinchar distraídamente los restos del estofado.

—Muy sencillo. No tienes ni un real. Te enamoras.

—Eso suena como una doble invitación al desastre. Explícate.

—¿Qué ha sido de ese manjar para damiselas que me ofreciste hace un rato?

—¿El mazapán? Dijiste que no lo querías. Toma, cómete esto —dijo Gaucelm, señalando la naranja de Valencia.

Vidal ensartó su cuchillo en la piel, tan arrugada como la de una vieja. Mientras la pelaba, la naranja desprendió una fragancia tan maravillosa que Vidal acabó soltando el cuchillo para llevársela a la nariz.

—El aroma de ultramar —murmuró—. ¿Dónde estaba?

—Sin un real y enamorado, como de costumbre.

—Así que decidí recorrer los caminos. ¿Y dónde ha de estar un trovador que se respete a sí mismo sino en la tierra de nadie del exilio, mi querido Gaucelm? Fui hacia el este y llegué a Génova con la idea de encontrar un barco. Bueno, los genoveses le habían declarado la guerra a los pisanos y no zarpaban barcos del puerto, así que, para abreviar, me quedé allí una temporada para disfrutar de la diversión y me gané el pan componiendo. Compuse un envoi para un naviero genovés en el que denostaba a los pisanos, y después presté el mismo servicio a los pisanos. Ya conoces el truco, Gaucelm: funciona siempre que sepas que no tardarás en irte de allí. Finalmente conseguí sitio en un navío que iba a Chipre. No era el destino que tenía en mente, pero cierto noble de Pisa andaba tras de mí con la muerte en los ojos y, dadas las circunstancias, me habría subido a cualquier cosa que flotara.

—Pero esa dama de la que dices te enamoraste…

Vidal alzó una mano, adelantándose a su pregunta.

—Logré llegar a Constantinopla, y allí la conocí. Se hacía llamar la emperatriz latina de Constantinopla, ¿sabes? Como te dije al principio, después del saqueo de la ciudad crearon el imperio latino. No tengo por costumbre meter las narices en asuntos de legitimidad, pero ella se hacía llamar emperatriz y quienes la conocían me confirmaron que su esposo reinaba sobre todo Bizancio. Y después de que él muriera me fui a vivir con ella, porque contaba historias maravillosas y también estaba un poquito loca. Asumí el título de emperador mitad en broma y mitad en serio… como una especie de seudónimo útil para mi trabajo, ¿comprendes? Queda muy bien en los poemas. Incluso hizo que me tallaran un trono, en el cual me sentaba para componer. Ai, era una mujer extraña y sorprendente, de origen griego, y despreciaba las convenciones corrientes. —Suspiró—. Bueno, finalmente llegó el momento en que decidí cambiar de aires. Llevaba tanto tiempo lejos de casa que ya casi había olvidado qué aspecto adquieren las colinas aquí al anochecer, y ya no me acordaba de lo que es tocar un muro de piedra en vez de uno de arcilla. En resumen, que añoraba Provenza, aunque por aquel entonces no me daba cuenta de que la echaba de menos. Estaba decidido a no volver a Tolosa, pero los acontecimientos conspiraron para llevarme allí. Y quizá fuese mejor así, porque de esta manera el pobre Raimundo, sin él saberlo, me ha pagado el viaje hasta aquí con lo que probablemente sea su último estipendio.

—¿Su último estipendio? ¿Qué quieres decir?

Vidal enarcó una ceja.

—Mi querido amigo, no me digas que no lo sabes. El Papa había amenazado con volver a humillarle. Juró que Raimundo, desnudo hasta la cintura, sería flagelado en público hasta que su espalda quedara convertida en un mapa de verdugones ensangrentados ante los ojos de todos…

Vidal hablaba cada vez más deprisa, como le ocurría siempre que tenía ganas de pelea.

—Así que fue peor que el… acontecimiento del año pasado.

—Mucho peor. Y en enero pasado yo estaba en Saint-Gilles. Lo vi todo. Dios mío, Gaucelm… ¡Menuda escena! El Papa debía de llevar meses planeándolo. Fue casi tan impresionante como un auto de fe, con toda la fanfarria y los delegados de Roma. Había docenas de estandartes ondeando en la gran fachada de la abadía, que con todos esos colores parecía un arco de triunfo. —Vidal se puso serio—. En el pasado yo había tenido mis diferencias con Raimundo, pero aun así me rompió el corazón verlo allí, arrodillado sobre los escalones de la iglesia. Primero leyó su juramento de lealtad al Papa. Luego se levantó y le ordenaron que rindiera homenaje al pontífice inclinándose ante Castelnau, esa condenada marioneta papal. El problema, naturalmente —añadió en voz baja—, es que el Papa había escogido al hombre equivocado para obligarle a tragarse ese sapo: la humillación sufrida por Rai Mundi sólo sirvió para hacerle más popular entre su gente.

—Me alegro. Menudo triunfo para la Santa Sede, ¿eh? —resopló Gaucelm.

Los recuerdos ensombrecieron el rostro de Vidal.

—La verdad es que todo fue bastante patético. En cuanto corrió la voz de que su Portador de Luz iba a ser humillado por el papa Inocencio, la multitud se agolpó alrededor de la iglesia. Vi rostros llenos de rabia, pero muchos lloraban. Había una atmósfera de luto. Más que un acto de reconciliación con la Iglesia, aquello parecía el final de Raimundo. —Miró a Gaucelm con expresión pensativa—. Fue como si un capítulo de la historia hubiese llegado a su fin. El siglo había terminado hacía poco, y lo lógico sería esperar que la gente volviera a tener esperanzas. Pero en vez de eso, lo único que hemos tenido ha sido muerte y desolación. Y justo antes de que me fuera, la luz de Bernard se extinguió como… como la llama de una vela. Ya hacía mucho tiempo que apenas alumbraba, claro, pero aun así…

—¡Bernard! ¿Bernard de Ventadour ha muerto?

—Murió el día antes de mi marcha. ¿Y sabes una cosa, Gaucelm? Al final acabé cogiéndole cariño al viejo. Últimamente estaba demasiado enfermo para que pudieran cuidar de él en la corte, así que Raimundo hizo que lo llevaran al monasterio de Dalon. Lo vi allí un par de veces. Daba pena. La piel se le había vuelto casi transparente. Ya sabes que llevaba años viviendo con un pie en el otro mundo, pero al final se volvió… Oh, no sé cómo expresarlo. Parecía un profeta o un vidente, como si ya nada tuviera secretos para él. No era más que un anciano decrépito, pero encontró una manera de seguir siendo útil. Hablábamos, aunque quizá debería decir que yo gritaba y él me contestaba. Desde que nombraron obispo a Folquet, Bernard estaba seguro de que Raimundo sería traicionado y el papa Inocencio tendría su cabeza. Temía que pudiera desatarse una guerra civil. Parecía saberlo todo sobre la Hermandad Blanca y la lista.

Pero Gaucelm ya no le escuchaba. Su pena fue tan repentina como intensa, y le obligó a apoyar la cabeza en los brazos cruzados como si estuviera a punto de desmayarse. Nunca podría explicarle aquello a Vidal. Apenas podía explicárselo a sí mismo, y no entendía por qué sentía aquel nudo en la garganta o por qué el cuerpo se le encogía como si acabaran de golpearlo. Un viejo había muerto. Pero el viejo era Bernard de Ventadour, el maestro para ver al cual había ido a Tolosa y con cuya presencia había soñado desde que era pequeño; el pobre espectro sordo para el que había cantado la noche de su primer éxito; el poeta a cuyos pies había depositado la ofrenda de su primera canción. Vio desfilar mentalmente los patéticos años del declive de Bernard, seguidos por su mágico renacimiento cuando Gaucelm descubrió que no podía seguir adelante sin su guía y el vínculo entre ambos quedó sellado para siempre.

Se apartó de la mesa con una mueca de furia, agitando la mano en una rápida disculpa.

—No tenía ni idea de que la muerte de Bernard te afectaría tanto —dijo Vidal—. Lo siento.

—Después de tu marcha pasamos muchas horas juntos. En cierta manera, se podría decir que llegamos a estar tan cerca el uno del otro como un artesano y su aprendiz. Pero lo inesperado de la noticia me ha pillado desprevenido. Te pido mil perdones.

—Estás perdonado, amigo mío. ¿Dejamos a Bernard para otro momento?

—No. Quiero oír el resto.

—Ah, bien. El pobre anciano todavía aguantó algún tiempo. Quizá tenía curiosidad por ver si sus predicciones acerca de Raimundo acababan confirmándose. El viejo narrador de historias que llevaba dentro no estaba dispuesto a darse por vencido tan fácilmente. Después de todo, eso hizo de él un buen poeta: su audiencia siempre quería saber qué ocurría al final, y él también quería saberlo. —Vidal clavó su cuchillo en la mesa como si quisiera sacar a la luz algún pensamiento oculto en ella—. Esta vez él era la audiencia. Y luego murió.

Gaucelm se levantó para traer un poco más de vino.

—Ya veo que vienes cargado de buenas noticias, ¿eh? ¿Cuánto tiempo estuviste en Tolosa esta vez?

—El suficiente para ver cómo Folquet echaba chispas hasta que pudo apuñalar a Raimundo por la espalda. El suficiente para presenciar el declive de Raimundo. El suficiente para acabar harto de verlos y oírlos…

—¿Y después te fuiste, con la noble misión de ponerme al corriente de las últimas novedades del reino de Raimundo como único objetivo de tu vida?

Gaucelm se paseaba por la cocina, tan nervioso y preocupado como un puercoespín metido en un saco. Ya se había olvidado del vino.

Vidal ignoró el comentario de su amigo. Apartó su taburete de la mesa y se desperezó, abriendo la boca en un bostezo tan descomunal que su gorra de rufián resbaló por su frente hasta acabar tapándole los ojos.

Gaucelm se detuvo delante de él.

—Hay más. Hay algo que no me estás diciendo.

Vidal se ajustó la gorra y se irguió sobre el taburete.

—¿Acerca de por qué me fui? ¿No te basta con que me las haya ingeniado para no caer en las garras de la Hermandad Blanca de nuestro querido Folquet, el cual no sabe distinguir a un trovador de un cátaro? —Hizo una pausa—. Y también estaba la Loba, naturalmente.

Silencio. Gaucelm le animó a seguir no pronunciando las preguntas que sabía esperaba oírle: «¿La Mujer-Lobo de Penautier? ¿La dama que ha sido cortejada por hombres como Rai Mundi y Raimon de Miraval? ¿Te refieres a esa Loba?». No, no le daría aquella satisfacción.

—La Mujer Lobo de Pinautier —dijo finalmente Vidal—. La famosa Loba, esposa de todos esos parajes agrestes que se elevan sobre Tolosa… —Ladeó la cabeza y le miró—. Me pregunto si has oído esta canción: «Y si me llaman lobo / no me insultan con ello. Vientos, nieves y hielos atravesaré / para reunirme con ella».

Gaucelm sacudió la cabeza.

—No me extraña que no la hayas oído. La compuse la semana pasada mientras venía hacia aquí. —Vidal sonrió—. Pero tienes razón. Esa cuarteta explica una parte de la razón de mi presencia.

—¿Un esposo celoso?

—Un esposo celoso dispuesto a llegar al asesinato.

Gaucelm no tuvo más remedio que sonreír.

—Tendría que haber adivinado que había motivos más complicados que el gordo Folquet y su lista —dijo—. Aunque me temo que Courthézon no podrá ofrecerte mucha protección contra un esposo dispuesto a llegar al asesinato —añadió, poniéndose en pie al ver que ya no había mucha luz—. Te enseñaré dónde puedes dejar tus cosas, y luego iré a ver cómo se encuentra Guilhelma.

Antes de que salieran de la cocina, Vidal, que había abusado un poco del vino, encontró una hogaza de pan y se la metió debajo del brazo. Mientras cruzaban el patio, Gaucelm sonrió al pensar en la reacción de los comensales cuando vieran cómo se les había encogido la cena. La muerte de Bernard lo había afectado hasta tal punto que prefería no encontrarse con Raimbaut, y tampoco tenía ganas de presentarle a Vidal a nadie. Aquella noche ni él ni su amigo cenarían en la sala, decidió.

Después de que hubieran recogido la alforja de Vidal del patio, llevó a su amigo a una gran estancia vacía, una parte de la cual estaba separada del resto por unas colgaduras para que los invitados pudieran disfrutar de cierta intimidad. Escogiendo una alcoba desocupada que tenía ventana, dejó en el suelo la alforja de Vidal.

—Mañana, si Raimbaut no está encerrado en su estudio, podremos ocuparnos de las presentaciones y demás asuntos de vital importancia para la corte y el país. Ah, y te advierto que lo primero que haré será llevarte al barbero. Y ahora, te dejo para que puedas deshacer tu equipaje —dijo, sabiendo que Vidal sucumbiría al sueño antes de haber abierto la primera alforja.

Las florituras verbales habían sido añadidas en beneficio de Vidal, y no mejoraron el estado de ánimo del orador. Gaucelm tampoco planeaba visitar a Guilhelma, o por lo menos no de inmediato. No queriendo compartir a Bernard con nadie durante un tiempo, decidió dejar que el acontecimiento fuera asentándose dentro de él. Le dolía que la alegría de ver aparecer a Vidal le hubiera sido arrebatada, o al menos ensombrecida, por la pena de la noticia que portaba. Estaba enfadado con Bernard por haberse muerto, y también lamentaba que semejante calamidad hubiera tenido que ocurrir en un período razonablemente tranquilo de su vida. Vagó por el recinto llorando por todas aquellas razones, tanto las generosas como las egoístas. También lloró a su yo desaparecido, aquel muchacho de dieciséis años que quería triunfar con la ayuda de un maestro y descubrió que tendría que hacerlo por sí solo. Se sentía traicionado por la muerte de la misma manera que, aquella primera noche en la corte, se sintió abandonado a su suerte cuando vio que Bernard estaba sordo. A pesar de todo, al pensar en aquellos años comprendió que la presencia de Bernard, el mero hecho de que estuviera allí, había bastado para asegurarle que iba por el buen camino, que alguna mano invisible estaba guiando sus pasos y que, tarde o temprano, llegaría a ser algo parecido a un trovador. Y ahora ese vínculo entre ellos se había roto, y Bernard había salido de su vida.

Se sentó en el suelo y apoyó la cabeza en los brazos. Sus pestañas humedecidas le distorsionaban la visión. Veía resplandores que rielaban en un sinfín de arco iris, y pensó que así debían de ver los peces debajo del agua. El pasado se había desprendido de golpe y le parecía estar viéndolo caer al mar, donde se alejaría flotando sobre las olas. Aquello era peor que perder a Vidal, a Guilhelma, a Douce o a sus padres, y el terrible dolor de aquel golpe sólo podía compararse con el que había sentido cuando Raimundo lo había expulsado de su corte tantos años atrás. Aún no había olvidado la primera y aguda punzada de aquel dolor que, todavía no acompañado por la ira, había sido como recibir una bofetada silenciosa.

Pero con Bernard las cosas siempre habían sido distintas a como lo fueron con Raimundo. En cierta manera Gaucelm se había convertido en el heredero del gran poeta, por mucho que aún no se sintiese preparado. Y de pronto comprendió que con la muerte de Bernard se le habían terminado las excusas. Hasta ahora había vivido su vida sabiendo que había alguien a quien podía recurrir en busca de consejo y aprobación. Eso se había acabado. Incluso durante todos los años pasados lejos de Tolosa, Bernard siempre había estado con él como un talismán, un amuleto, un símbolo que le daba suerte y guiaba sus pasos: su estrella mágica particular en los cielos. Ahora Bernard volvía a ser lo que había sido antes de Tolosa: un poeta con una sólida reputación encarnado únicamente en la imaginación de un muchacho, un fantasma que palpitaba al compás de sus versos con una vela solitaria encendida en su ventana, un santuario en el que Gaucelm había rendido culto a su deidad. ¿Dónde estará ahora?, se preguntó. ¿Sentado delante de alguna ventana en el cielo, contemplándome desde allí arriba?

Las palabras empezaron a cobrar forma en su mente: Planher vuelh en Bernard… Ab cor trist… ¡No!, gritó su corazón mientras las ahogaba. Ahora no, se dijo. Confiar la pena a la poesía, permitiendo que fuese engullida y mitigada por sus rimas, hubiese sido demasiado fácil. En el futuro tal vez, pero ahora no. Quería tener a Bernard para él solo, recordar al hombre en vez de ver cómo se esfumaba entre los versos y las estrofas.

Parpadeó para quitarse las lágrimas y apoyó la espalda contra uno de los viejos olivos que crecían alrededor del recinto del castillo. Plantando las botas entre sus ancianas raíces, se secó la cara con la manga. Tenía que volver a encontrar el rumbo, aprender a vivir con el dolor de aquella pérdida antes de volver al castillo. Pero no había ningún significado o lección que extraer de ella, nada que salvar excepto, quizá, su propia persona. Después de todo, aún estaba vivo. Seguía siendo el mismo ser al que Bernard había dicho: «Tienes el don, y llegarás a adquirir una gran habilidad». Y sí, Gaucelm la había adquirido.

Se acordó de sus advertencias, cuando Bernard le puso en guardia contra el peligro de dejarse seducir por la atractiva facilidad de los versos cortesanos convencionales. ¿Qué le había dicho? Que un trovador era alguien que encontraba, alguien capaz de trobar, no un mero malabarista de las palabras que sabía manejar hábilmente las rimas, sino un descubridor, alguien que decía la verdad… un poeta. No recordaba sus palabras con exactitud, pero había comprendido muy bien su significado. ¿Había sabido hacer lo que Bernard esperaba de él? Gaucelm estaba seguro de ir por buen camino: primero la Eretria, y luego el planh para Douce. Presentía que aún le esperaba una última tarea, una especie de grial cuya naturaleza exacta todavía no le había sido revelada. Sólo cuando echara a andar por el camino que llevaba a ella podría aspirar a cubrirse con el manto de Bernard de Ventadour.

Hacía frío, y se sobresaltó al ver que ya había anochecido y no tenía una antorcha. Andando muy despacio, pues no había luna para guiarle, volvió al castillo.