Trovador
19. Requiescat in pace
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REQUIESCAT IN PACE
Y después llegó la lluvia, una lluvia pálida y fría. Goteaba de las punteras de las botas de piel de becerro de Gaucelm, sus suelas adelgazadas por el uso. Sacó los pies de los estribos para estirar las piernas un momento. Sacudiendo las gotas de sus nuevas calzas azules allí donde se habían acumulado como niebla encima de la lana, gritó:
—¡Caramba con el gran sol del sur!
—¿No se te ha ocurrido pensar que Dios nos está castigando por la desaparición de Douce? —repuso Guilhelma.
—Te castiga, tal vez —gruñó Gaucelm—. Yo no tuve nada que ver con el asunto, como bien sabes. Además, estoy seguro de que Dios reserva sus castigos para pecados más grandes que ése. Aun así, y dado que ya lleva cinco días diluviando, al menos Dios podría darnos aletas. —Contempló el horizonte grisáceo—. ¿Qué nos tienes preparado, Señor? ¿Un segundo Gran Diluvio, quizá? —Y, empezando a entusiasmarse con su nuevo papel de viajero quejumbroso, alzó el puño hacia el cielo y rugió—: Seigneur, a cambio de las penalidades con que nos has afligido durante nuestro viaje, te suplico me permitas cometer un pecado del que pueda disfrutar, un pecado realmente espléndido, uno que tenga el privilegio de planear y ejecutar a mi antojo, un pecado de tal magnitud y audacia que te sientas obligado a descargar auténticos torrentes sobre mi cabeza… ¡en vez de este patético e incesante babear del cielo, esta miseria a la que llamas lluvia!
Guilhelma rió.
—Y además, Seigneur, ya que mencionamos el tema, la lluvia no es el único castigo que nos infliges. ¿Qué me dices de todos esos horribles pueblos de las colinas que has ido poniendo en nuestro camino? Hay uno en cada precipicio. Oh, sí, desde aquí abajo parecen fortalezas de los ángeles. Muy bonitos, desde luego. Pero cuando ves que para llegar hasta ellos tienes que escalar un peñasco detrás de otro, entonces ya no te parecen tan hermosos. Y cuando por fin llegas a la cima, te tropiezas con la misma clase de imbéciles que encuentras en las llanuras: nobles avaros y mezquinos, y los pobres esclavos de sus campos y cocinas. ¡Oh, Seigneur! ¿No podías haber construido algunas ciudades en las llanuras de los alrededores, unos cuantos asentamientos humanos bien repartidos para que así pudiéramos tener un techo decente sobre nuestras cabezas y un plato caliente para cenar sin tener que subir hasta tan cerca del cielo cada noche?
De pronto, sumiéndose en un silencio malhumorado, Gaucelm se acordó de la horrible ascensión de la noche anterior. Esperando encontrar una posada, habían subido penosamente por las calles serpenteantes de un pueblecito, fijándose en cómo las casas iban volviéndose cada vez más pequeñas conforme avanzaban, hasta que llegó un momento en que las construcciones casi se confundían con el gris del cielo. Un último esfuerzo a través del barro los llevó a la cima. Allí entraron en lo que otrora fuera la plaza mayor y ahora era un mundo en miniatura de rocas y ruinas, un cementerio de piedra, todo lo que quedaba de una aldea saqueada cuyos restos se pudrían lentamente en las alturas.
Desmontando para dar un descanso a los caballos, contemplaron el valle de abajo a través de la llovizna y se preguntaron adonde habría ido la gente del pueblo. No había ni rastro de vida humana en kilómetros a la redonda. De pronto un violento aguacero empezó a cruzar lentamente los campos. Nada podía frenar su impasible acometida, y lo vieron avanzar hacia ellos como un ejército erizado de lanzas. Cuando llegó al pueblo, convirtió sus adoquines en piedra pómez y los dejó empapados y surcados por riachuelos de agua. Las alcantarillas gorgoteaban y se llenaban de lluvia, escupiendo la que no podían absorber. Con los pies firmemente plantados en el suelo, ellos resistieron el tirón del agua cuando ésta empezó a retirarse, aspirando la gravilla debajo de sus suelas como si hubiera resaca.
—Me asombra que no se haya llevado los cimientos de las casas —dijo Gaucelm.
Volvieron a montar e iniciaron el descenso, y faltaba poco para que dieran las laudes cuando por fin encontraron a un monje en un priorato perdido que accedió a proporcionarles alojamiento a cambio de unas monedas.
Por la mañana el cielo ya estaba despejado. El monje les indicó por dónde se llegaba a un pueblo llamado Joyeuse en el que, les dijo, encontrarían un arroyo que
desembocaba en el Ardèche. Joyeuse hacía honor a su nombre[1]. Allí encontraron una sencilla fonda en la que desayunaron y dieron de comer a los caballos antes de emprender la última etapa de su viaje. Las cañadas y grutas de la Dordoña, tan escarpadamente traicioneras y difíciles de cruzar, ya sólo eran un recuerdo. Las tediosas llanuras del valle del Lot y las cumbres barridas por la lluvia de los últimos dos días no tardaron en quedar atrás. Delante de ellos había pequeñas colinas que parecían dormitar bajo el sol del invierno, con sus lisos flancos descendiendo en una suave pendiente hacia la gran meseta por la que fluía el Ródano. Nada más entrar en ella, les dijeron, encontrarían Pont Saint-Esprit, y justo enfrente y al otro lado de las aguas, estaría Mondragón. Dos días más de viaje en dirección sur a partir de allí, calculó Gaucelm, bastarían para llegar a la tierra natal de Guilhelma, que formaba parte del marquesado de Provenza, pero su misión les obligaba a seguir adelante hasta encontrar a Douce.
Los vendedores del mercado de Saint-Esprit no daban abasto. La pareja fue por la «calle de oro», llamada así por sus cambistas de moneda. Allí cambiaron las suyas por la nueva moneda acuñada en Orange y estampada con la efigie de su apuesto conde, Raimbaut IV. Llenaron sus alforjas con remolachas, puerros, pescado seco y naranjas de Valencia. Guilhelma no había vuelto a ver barriles llenos de olivas desde que se fue de Alès. Mientras el tendero les daba la espalda, metió la mano en un barril lleno del fruto aceitoso y, sonriendo de placer, le ofreció los dedos a Gaucelm para que se los lamiera.
—En Tolosa teníamos olivas españolas —dijo él—. Son más verdes y ácidas.
—Éstas son olivas de verdad, porque las han dejado madurar hasta ponerse negras —dijo ella—. Su aceite es dorado, no verdoso. Ya lo verás.
Compraron un par de puñados para Douce, y unas naranjas para Gui.
—Os prepararé un estofado del sur como es debido —dijo Guilhelma con alegre expectación.
Volvieron a montar, pasaron por delante de un judío que vendía avellanas y dejaron atrás el mercado. En el límite del pueblo, cabañas de trabajadores y burdeles se amontonaban en precaria confusión. Siguieron avanzando entre montones de basura y charcos de agua sucia —lo que Gaucelm llamó «el sistema digestivo del pueblo»—, tapándose la nariz para no oler sus hedores. Los muros de Mondragón ya eran visibles más allá del puente.
—¡Se acabaron las judías y las patatas! —exclamó Gaucelm cuando salieron de Saint-Esprit—. A partir de ahora, higos y peras, turrones y mazapán, vino nuevo… ¡y sol!
—Mira, un huerto de olivos —le interrumpió Guilhelma señalando con un dedo.
Gaucelm sólo vio un campo que rielaba en la lejanía. Pero cuando estuvieron más cerca, divisó una frondosa masa de árboles de cuyas ramas parecían colgar miles de monedas de plata que temblaban bajo la brisa.
—¿Dan fruto incluso en invierno? —preguntó.
—¡No, bobo! Conservan las hojas durante todo el año, pero las olivas se recogen en otoño —replicó ella.
—Sus hojas son como laureles hechos de metales preciosos —dijo él con voz pensativa mientras seguían la linde del huerto, y cuando cruzaron el puente Guilhelma le oyó canturrear.
Detuvieron sus monturas delante de los muros horadados de Mondragón y Guilhelma se puso seria.
—Parece una ciudad desierta —dijo mientras contemplaban el recinto diezmado.
—¿Dónde te dijeron que debíamos buscarla? —preguntó Gaucelm.
—El viejo mayordomo de los D’Ussel sólo me dijo que debíamos ir a la casa de Béatritz de Mondragón.
Gaucelm fue hacia el primer hombre que vio para preguntarle por dónde seguir. El soldado se limitó a encogerse de hombros y escupir en el suelo. Gaucelm insistió con tono apremiante. El hombretón, que llevaba una cota de malla llena de desgarrones, no pareció entenderle. Entraron en la plaza, donde una hilera de estandartes desconocidos colgaban de las puertas de la iglesia. Debajo de los estandartes había una plataforma vacía envuelta en paños negros. Lo único que se movía era el humo que se elevaba de varias hogueras. Aquí y allá había personas inclinadas sobre marmitas. Un olor a carne hervida flotaba en el aire y se oía el gimoteo de niños.
Gaucelm desmontó y fue hacia un joven harapiento sentado junto a una hoguera.
La réplica a su pregunta consistió en un gruñido cínico.
—¿Cómo voy a saber quiénes se han ido después de que arrestaran a los herejes? —acabó murmurando el joven—. ¡Lo próximo que harán será quemar la iglesia! Si es una de ellos —añadió con un tono menos hosco—, aún quedan algunos escondidos.
—¿Cuándo los quemaron? —preguntó Gaucelm.
—No quemaron a nadie. Ayer fueron juzgados y luego se los llevaron, sabe Dios adonde. ¡Ya está bien, por la sangre de Cristo! Nos han echado mal de ojo a todos. Ellos tienen una fe por la que morir, pero va siendo hora de que dejen en paz a los demás. ¿Quién eres?
Gaucelm no respondió, pero abrió su alforja y le ofreció un manojo de puerros.
—Bendito seas —dijo el joven.
Siguieron buscando por todo el pueblo, llamando a la puerta de cada casa donde les parecía que pudiera vivir Béatritz de Mondragón. Gaucelm vio cómo el pánico se adueñaba lentamente de Guilhelma, creciendo como un charco que ahogaba sus esperanzas hasta que acabó siguiéndole sin abrir la boca. Más decidido que nunca a cumplir con su misión, siguió metiendo la cabeza por todas las ventanas hasta que apenas hubo luz suficiente para ver.
Cuando por fin llegaron a la casa de Béatritz, la pregunta que se había convertido en una rutina para Gaucelm murió en sus labios en cuanto vio que Douce salía para recibirlos con abrazos, exclamaciones de alivio, lágrimas y besos. Pero después de darles la bienvenida, Douce se mostró extrañamente reservada. Guilhelma se fijó en lo pálida que estaba y lo hundidos que tenía los ojos. Se movía con una extraña ligereza, y cuando caminaba parecía flotar. Sin decir palabra, los cogió de la mano y los llevó hasta el lecho en que Gui yacía. Guilhelma se inclinó sobre la cama y apartó el cobertor.
—¡Mi querida niña! —exclamó mirando a Douce.
La joven abrió la boca, pero no pudo decir nada.
—¿Dónde está Béatritz? —preguntó Gaucelm, tomándola por los hombros.
—Béatritz ha muerto —dijo Douce—. Era una hereje —murmuró con un hilo de voz, y faltó poco para que se desmayara.
Gaucelm y Guilhelma la sostuvieron y la depositaron en un jergón. Guilhelma cogió el manto de piel de la cama de Béatritz y la tapó. Cuando Douce advirtió la presencia de Béatritz cerca de sus ojos cerrados, el palpitar de su cabeza empezó a disiparse y se sumió en un profundo sueño.
Una fiebre ardía dentro de ella. Le parecía que no pesaba nada, como si estuviera rodeada por un círculo de fuego blanco. Gaucelm y Guilhelma se turnaron para sostenerle la mano; despierta, Douce aún no podía pronunciar palabra. Dormida, empezó a hablar en sueños. Se sentía como si la hubieran enterrado viva. Mientras la llama de la vela temblaba junto a su cama, no tardó en estar segura de que la habitación se había llenado de criaturas malignas. Pese a la presencia de Guilhelma, el aire parecía lleno de susurros que solían convertirse en chasquidos estridentes como los grillos en invierno. Nada parecía hallarse en la estación correcta: los juglares de la Navidad se burlaban de ella; el joven caballero vestido de blanco con la corona torcida había vuelto para torturarla, su armadura tan radiante como una luna llena. Los árboles se cubrieron de flores y Douce se echó a reír. Solía despertar empapada en sudor, con un rumor de alas sobre su cabeza. La mano de Guilhelma, o la de Gaucelm, siempre estaban allí; la vela seguía ardiendo. Pero el fuego blanco se negaba a apagarse. De noche oía voces que le hablaban con acentos que apenas entendía. Las voces poblaban pesadillas durante las que murmuraba y gemía, tirando de la colcha y debatiéndose tan frenéticamente que acababa despertando a Guilhelma, que se acercaba a su lecho para escucharla.
—¡No lo haré, no lo haré! Antes quiero que me tomes las medidas —farfullaba Douce—. ¡Mídeme!
Guilhelma oía una y otra vez aquella súplica.
La pobre niña cree que le están probando un vestido en Ventadour, pensó. Pero en su sueño Douce era una huérfana sucia y harapienta, perdida en el mundo después de que los merodeadores hubieran atacado la aldea de sus padres. Había llegado a otro pueblo, y no sabía dónde estaba. Buscó un baño público, pero lo que más necesitaba eran alas. Vio unas cuantas en el escaparate de una tienda. La tendera era una joven novicia cátara, alta, delgada y vestida de blanco, cuyo negro cabello le llegaba hasta la cintura. La novicia la llamó con una seña y, al ver su sucia carita, le dijo:
—Primero ve a bañarte y luego te tomaré las medidas.
Douce se resistió: quería sus alas ahora, temiendo que la tienda, el mercado y el pueblo entero se desvanecieran de repente.
—¡Ahora! —insistió—. ¡Ahora!
Pero la mujer la cogió por los hombros y, dándole la vuelta, se dispuso a llevarla a los baños. Entonces se dio cuenta de que la niña tenía un par de cuernos en la nuca, y se asustó. Volvió a la tienda, descolgó un crucifijo de la pared y echó a correr detrás de Douce, finalmente la alcanzó, y acababa de colgarle el crucifijo de uno de los cuernos cuando Douce despertó gritando y castañeteando los dientes.
Gaucelm se hizo a un lado mientras Guilhelma la cogía en brazos. Douce temblaba y se retorcía, sollozando como si hubiera perdido el juicio. Su cuerpo buscaba desesperadamente algún consuelo, pero no podía estarse quieta lo suficiente para que Guilhelma pudiera proporcionárselo.
—Vamos, vamos… Yo te ayudaré a soportar el dolor. Dámelo, ¿quieres? Anda, dáselo a Guilhelma… —murmuraba Guilhelma, intentando mecerla como si fuera un bebé hasta que Douce volvía a quedarse dormida.
A la mañana siguiente fue a hablar con Gaucelm.
—He de preparar el cuerpo de Gui para el entierro —le dijo—. Ve al pueblo y habla con un sacerdote y con el sepulturero. Diles que preparen el funeral para esta tarde, y luego tráete a un joven robusto. Si puedes encontrar a alguno que tenga una carreta, tanto mejor. Y una cosa más, Gaucelm —le dijo desde la puerta—: asegúrate de que lo entierran en un buen ataúd. Habla con el tonelero, y no lo dejes en manos del sepulturero.
Una vez recibidas las instrucciones, Gaucelm bajó a Mondragón.
Después de haber comprobado que Douce seguía durmiendo, Guilhelma empezó a trabajar. Lavó el cuerpo de Gui con agua de nieve, le cruzó los brazos encima del pecho y lo envolvió primero en su capa y luego en el cobertor con que lo había tapado Douce. Estaba tan absorta en su tarea que no oyó despertarse a Douce, pero cuando se irguió después de haber remetido las esquinas del cobertor, la vio sentada en la cama con el rostro apacible y sereno.
—¡Mi querida niña! —exclamó sobresaltada—. ¿Cómo te encuentras? —Sin esperar respuesta, sacó del hogar la olla de gachas que había preparado y le sirvió un plato. Douce, famélica, se las comió sin rechistar—. Muy bien, gatita —dijo Guilhelma, satisfecha—. Si quieres puedo calentar más.
—Estoy mejor, gracias —repuso Douce en un tono casi ceremonioso.
Volvió a acostarse en el lecho de paja, todavía medio dormida. Pasado un rato las gachas empezaron a avivar los fuegos de su cuerpo, y cuando abrió los ojos por segunda vez lo hizo para despertar del todo, agradecida por el sustento que le había proporcionado Guilhelma. Incorporándose sobre un codo, contempló el cuerpo de Gui con una nueva serenidad.
—¿Te acuerdas de lo que me dijiste en una ocasión en Ventadour, Guilhelma? Me dijiste que el amor puede cambiar. Entonces no sabía a qué te referías, pero ahora lo entiendo. —Por fin lo entendía, pensó mientras se decía que la religión de Gui y la suya quizá nunca se hubiesen encontrado. Gui se rió de Béatritz cuando les habló de la endura y el beso de la paz, y después le dijo que aquellas cosas no eran para ella. Pero no podía contarle todo aquello a la perpleja Guilhelma, y se limitó a decir—: Ahora que Gui se ha ido he de vivir su vida por él… a mi manera.
Los pensamientos de Guilhelma, mientras tanto, iban por otro camino.
—Seguramente tuvo una muerte noble… —murmuró.
—Una flecha le atravesó la mano.
—Ah, bueno, en ese caso… —dijo Guilhelma con un suspiro—. Murió en la batalla.
Douce no intentó sacarla de su error. La puerta se abrió de golpe y Gaucelm entró en la casa, resoplando y pateando el suelo para calentarse los pies. AI ver que Douce ya estaba recuperada, corrió a abrazarla. Sentándose en su cama, le pasó el brazo por los hombros mientras Guilhelma le reñía.
—¡No hagas eso, Gaucelm! ¿Acaso quieres que la pobre Douce pille un resfriado? Quítate esa capa. ¿Has encontrado a alguien del pueblo para que nos eche una mano?
—No tardará en llegar —dijo Gaucelm, librándose de los pliegues atiesados de su capa de lana y arrojándola al suelo—. Y ahora cuéntanos qué ocurría dentro de esa cabecita tuya mientras dormías, Douce. ¿Qué te hacía retorcerte como si fueras una contorsionista? ¡Pensábamos que te habías vuelto loca!
—Debió de ser un sueño —dijo Douce con dulzura, pero sin revelar su contenido.
—¡Bah! Parecía como si estuvieras luchando con el mismísimo diablo…
—Cuando desperté de mi sueño comprendí que se me había encomendado una misión —dijo en voz baja y suave, y miró a Guilhelma y Gaucelm—. He de ir a Courthézon para hablarle de Béatritz al conde Raimbaut.
—¿Para hablarle de…? ¿Y qué quieres contarle? —preguntó él.
—Cómo murió.
Paseó la mirada por la habitación, y sus ojos acabaron posándose en el cuerpo envuelto de Gui. Después miró la cama de Béatritz, su silla y su telar. Sólo cuando se permitió recordar a la propia Béatritz, viva hacía tan poco tiempo y remendando la capa que había llevado cuando murió, descubrió que su cuerpo aún no era capaz de resistir aquella terrible imagen. Cuando por fin hubo dejado de llorar, volvió a mirar a Gaucelm y Guilhelma.
—No podéis imaginaros su expresión cuando me miró, allí en la plaza, unos momentos antes de que se la llevaran. Su cara estaba absolutamente serena y sus ojos llenos de confianza. Me buscó con la mirada… —No pudo evitar que las lágrimas volvieran a acudir a sus ojos, pero esta vez el llanto cesó enseguida, porque quería describirles a Béatritz—. Era tan competente en todo lo que hacía… Encender el fuego, remendar una capa, curar la herida de Gui… —De pronto se sintió mucho mejor, como si el hecho de mencionar las virtudes de Béatritz pudiera hacer que llegara a poseerlas—. Y tenía un cabello maravilloso, de color miel, y siempre lo llevaba así… —Se cogió un mechón y, enroscándolo sobre la coronilla, lo sostuvo por un momento antes de dejarlo caer. Gaucelm sonrió al ver aquel gesto, interpretándolo como el de una joven que anhelaba crecer—. Y además estaba enamorada… —No estaba muy segura de si conseguiría contarles aquella parte sin echarse a llorar. Guilhelma arqueó las cejas expectantemente— enamorada de Raimbaut, conde de Orange —concluyó.
El nombre no provocó ninguna reacción en Guilhelma, pero Gaucelm tragó saliva con un jadeo ahogado.
—Ese hombre es una espina en el costado de Elias d’Ussel —dijo—. Pero sabe componer buenos versos.
Douce no pareció oír su comentario.
—Y ahora ya sabéis por qué he de ir a ver a Raimbaut, por qué he de contarle lo radiante que estaba Béatritz antes de su muerte y lo mucho que aún le amaba. De otra manera él nunca lo sabrá.
Gaucelm ya estaba pensando en las cuestiones prácticas.
—Tendremos que comunicarle a Elias que Gui ha muerto. ¿Cómo demonios vamos a dar con ese hombre? Supongo que Gui murió luchando contra Aragón, ¿no? Espero que así fuera, por el bien de su padre.
—Pierre quizá no sea tan difícil de localizar como Elias, así que tal vez deberíamos enviarle un mensajero —dijo Guilhelma y, volviendo la mirada hacia el cuerpo exhausto de Douce, contestó por ella—: Una flecha le atravesó la mano mientras se enfrentaba a los hombres de Alfonso.
Gaucelm asintió y después se asestó una palmada en la frente.
—¡Mornas! —exclamó—. Estábamos en el patio de Ventadour, y Elias le había cogido la espada al muchacho para dibujar un mapa en el suelo. Estoy seguro de que dijo que si Mondragón caía, Mornas sería la siguiente. —Miró a las dos mujeres—. Apostaría a que ahora Elias está allí. En cuanto hayan enterrado al muchacho, buscaremos a algún pobre desgraciado que vaya hacia el sur para que avise a su padre.
Unas ruedas chirriaron junto a la casa.
—Será el muchacho del pueblo —dijo Gaucelm, poniéndose en pie—. Mis oídos me dicen que ha venido en una carreta; dijo que traería unas parihuelas —añadió, respondiendo a la mirada interrogativa de Guilhelma.
—Espero que sea lo bastante robusto, porque yo diría que aún no tiene doce años. ¿Qué le ofreciste?
—Le di unas monedas que me quedaban en la bolsa de cuando cambiamos en Saint-Esprit, y le prometí que habría más. El sepulturero cobrará ocho cobres. No queda ni un solo sacerdote en todo Mondragón: registré toda la iglesia, desde la cripta hasta el campanario. —Abrió la puerta y se volvió hacia Guilhelma—. Ojalá no hubiéramos comprado todas esas provisiones en Saint-Esprit. Tengo el dinero justo en la nueva moneda para ir tirando hasta que hayamos vuelto a los caminos.
—Lo que compramos en Saint-Esprit nos mantendrá con vida hasta que hayamos vuelto a los caminos —replicó Guilhelma.
Douce se dirigió al aparador. Mientras Gaucelm y el muchacho del pueblo entraban las parihuelas con Guilhelma sosteniendo la puerta, Douce cogió la arqueta de las joyas de Béatritz del estante de abajo. Sacó un delgado collar de oro, un par de brazaletes adornados con piedras sin tallar y, por si conseguían encontrar un sacerdote en el último momento, un broche de oro rojizo lo bastante grueso para sujetar una capa. Después volvió a dejar la arqueta en el estante y escondió aquellos objetos de valor en su grueso cinturón, se lo ató y esparció los pliegues de su blusa encima del nudo para ocultar los bultos de las joyas. Luego, como si acabara de acordarse de su existencia, cogió el pequeño Evangelio de san Juan de Béatritz antes de cerrar el aparador.
El ayudante de Gaucelm era un muchacho nervudo que llevaba casaca y pantalones de cuero. Les hizo saber que se llamaba Ulf como su padre, un albañil que gozaba de excelente reputación en Mondragón. Con Gaucelm como público obligado, siguió ensalzando las cualidades de su padre incluso mientras ponían a Gui encima de las parihuelas. Guilhelma se limitó a sacudir la cabeza y descolgó la espada de Gui del gancho en que había estado colgada su capa. Douce fue a sujetar al caballo mientras Gaucelm y Ulf pasaban el cuerpo de las parihuelas a la carreta. Guilhelma salió a la calle, depositó la espada de Gui junto a él y le ordenó a Douce que volviera a entrar en la casa.
—Pasaremos toda la tarde fuera —dijo—. Abrígate bien para no pillar frío.
Gaucelm, mientras tanto, estaba en el establo intentando ensillar al corcel de Gui. El caballo ya le había enseñado el blanco de los ojos, como si percibiera algo amenazador en la presencia de Gaucelm. Pero después de una serie de gruñidos ahogados y secos «¡Ho!» seguidos por «Tranquilo, chico, tranquilo», Gaucelm consiguió ensillarlo y ceñirle la cincha de cáñamo. Retrocediendo hacia la puerta del establo, lo contempló. Luego, obedeciendo un impulso repentino, se acercó al corcel y cruzó los estribos sobre la silla de montar. Así todos podrían ver al caballo de Gui ceremoniosamente falto de su jinete.
Sujetando las riendas por debajo del bocado, sacó al caballo del establo y lo colocó en posición a unos respetuosos ocho pasos por detrás de la carreta. Ulf subió al pescante, ayudó a subir a las mujeres y la pequeña procesión se puso en movimiento. Avanzaron con precaución sobre la gruesa capa de nieve, formando un solemne cortejo bajo un cielo gris acero: caballo y carreta, Douce y Guilhelma mirándose por encima del cuerpo, y Gaucelm en último lugar llevando de las riendas al corcel.
Cuando llegaron al cementerio de la iglesia, el sepulturero todavía estaba luchando con el duro suelo. Viendo que aún tendrían que esperar un rato, Gaucelm llevó el corcel hasta la carreta y pidió a Ulf que sujetara las dos monturas mientras volvía a registrar la iglesia en busca de su ilocalizable sacerdote.
—¡Voy contigo! —gritó Douce cuando lo vio marchar, y saltó de la carreta—. ¡Espera, Gaucelm!
Él se volvió, ella lo alcanzó y ambos entraron en la iglesia juntos, pero Douce fue directamente al ábside. Allí, en vez de ofrecer una plegaria, lo que hizo fue desatarse el cinturón y dejar que el broche, la cadenilla y los brazaletes cayeran con un estridente tintineo sobre las losas debajo del altar.
—¿Qué es todo esto? —exclamó Gaucelm, que se había apresurado a seguirla por la nave—. ¡Por los ojos de Dios, muchacha! ¿De dónde las has sacado? ¿Son bienes robados?
—Servirán para pagar el funeral de Gui —dijo ella sin inmutarse—. Pertenecían a Béatritz. Quiero que las guardes.
Gaucelm las recogió y examinó, sosteniéndolas bajo la tenue luz.
—Mi querida muchacha… Si se te ocurriera darle aunque sólo fuera una de estas joyas a ese sepulturero, pensaría que lo habían canonizado y que acababa de entrar en el paraíso. Sus días de trabajar habrían terminado para siempre. Lo que tienes aquí, Douce, es el rescate de un rey.
—Hay más —dijo ella.
Gaucelm volvió a examinar los tesoros antes de guardárselos en la bolsa.
—Vamos —dijo ofreciéndole la mano—. Anda, ven conmigo y ayúdame a encontrar un sacerdote. Alguno tiene que haber en este pueblo olvidado de Dios.
Pero cuando salieron de la iglesia, vio al sepulturero apoyado en su pala al otro extremo del patio nevado. Junto a la fosa recién cavada había un ataúd que Guilhelma parecía contemplar con desaprobación. Cuando estuvieron más cerca, pudo ver por qué: el sepulturero se había limitado a traer una caja hecha con unos tablones. En su celo por encontrar a un sacerdote, Gaucelm no había seguido su consejo de encargárselo directamente al tonelero.
—Últimamente ha habido muchas muertes —estaba protestando el hombre, levantando una mano para indicar nuevas cimas de mortandad—, y no hay manera de encontrar un solo ataúd de madera pulida en todo Mondragón. Todos quieren un buen entierro para sus muertos. Pero estamos en guerra, señor, y cuando no queda de algo ni todo el oro del mundo podrá proporcionártelo.
Gaucelm intentó no sonreír y se abstuvo de sacar la cadenilla de oro de su bolsa para ponerlo a prueba.
—Qué se le va a hacer —dijo—. Vivimos tiempos difíciles. Si no fuese por esta horrible guerra, Gui habría tenido un entierro digno en Ussel.
—Si no fuese por esta guerra, Gui estaría vivo —declaró Douce—. Celebremos su funeral tal como él hubiese querido. Ulf, pon el cuerpo en el ataúd. Ayúdale — añadió con un gesto hacia el sepulturero, y después sacó el Evangelio de san Juan de su capa. Lo abrió al azar en un sitio marcado por Béatritz y se asombró al ver que el texto era casi milagrosamente apropiado. Lo leyó un par de veces para asegurarse de que realmente prometía una vida después de la muerte, y después le dio el libro a Gaucelm—. Cuando hayan sepultado a Gui lee esto, por favor —le pidió.
El sepulturero y el muchacho hicieron su trabajo, y el pequeño grupo vio cómo Gui desaparecía dentro del agujero cavado en el suelo. Después, con las cabezas inclinadas en actitud de pena impersonal, los dos pueblerinos se unieron al círculo mientras Gaucelm leía el Evangelio:
—«Mi reino no es de este mundo. En verdad, en verdad os digo que se acerca la hora, y que éste es el momento en que los muertos oirán la voz del hijo de Dios, y quienes la oigan vivirán…».
Levantando los ojos entre dos líneas, vio cómo la mano de Douce salía de entre los pliegues de su capa para buscar la de Guilhelma. Aparte de eso, la joven permaneció tan inmóvil como el báculo de un obispo. Gaucelm se dio cuenta de que no había vuelto a mirar la tumba, y además estaba llorando. Es lógico, pensó. Su fachada de bravura y su pequeña farsa de autoridad han llegado a su fin. La pobre Douce había sufrido mucho.
Una vez convencido de que habían hecho cuanto permitían las circunstancias, Gaucelm entregó unas monedas al sepulturero y a Ulf. Descolgando los estribos de la silla de montar, ayudó a Guilhelma y a una llorosa Douce a subir a la grupa del corcel. Después, adelantándose para coger las riendas por debajo de la cabeza del caballo, dio la señal y el cortejo volvió a casa.
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La mañana siguiente al funeral, Guilhelma insistió en que toda la casa debía someterse a una limpieza general. Todos los muebles, colchones y enseres domésticos fueron sacados a la calle mientras ella barría, quitaba el polvo, restregaba las losas con vinagre y aireaba la ropa de cama. Ollas de agua hervían sobre el fuego, nublando el aire con sus vapores. Guilhelma concluyó la limpieza esparciendo junquillos por el suelo, recortando los pábilos de las lámparas y encendiendo velas. A la hora de cenar, ya había acabado.
Douce le echó una mano de vez en cuando, sacando brillo al cuenco y las copas de plata de Béatritz con un trapo. A Gaucelm le pareció que se encontraba bastante bien, porque ni lloraba ni prestaba demasiada atención a los pequeños objetos de la casa que podían evocar la enormidad de su pérdida. Le contó que Ventadour había enloquecido después de su fuga, que Marie estaba hecha una furia y que Pieter había desaparecido. Esta última información pareció divertir a Douce.
—¿Quieres decir que no volvió a poner los pies en el castillo? —le preguntó—. Bueno, no me sorprende: Pieter odiaba Ventadour. Lo único que quería era volver a casa.
Pero más avanzada la noche hubo momentos en que Gaucelm empezó a preocuparse por ella. En un par de ocasiones la sorprendió examinándose los huesos de la mano con fijeza. Cuando le preguntó qué hacía, Douce le dijo que eso era lo más cerca que llegaría a estar de poder verse por dentro. Después se pasó las manos por las costillas y preguntó qué sentiría uno al ver su propio esqueleto, y si podría reconocer sus huesos y la forma de su calavera. Si la viera amontonada con otras calaveras, ¿sería capaz de decir «la mía es esa de ahí»?
Gaucelm se quedó atónito pero, no queriendo alarmarla, se limitó a responder:
—Qué idea tan curiosa. Nunca me había pasado por la cabeza.
Hablar de aquellas cosas le puso nervioso e hizo que ardiera en deseos de irse de Mondragón, con su olor a muerte. Estaba seguro de que Guilhelma sabría cómo manejar a Douce. Un rato después pudo hablar a solas con ella junto al hogar.
—¡Está enloqueciendo de pena! —le dijo.
—No; es como los últimos coletazos de unas fiebres —trató de tranquilizarle ella —. ¿Recuerdas cómo deliraba en sueños? No le hará ningún daño. Después de todo lo que ha sufrido, tiene derecho a ello. Debemos dejar que lo supere por sí sola. Ahora tiene que flotar a la deriva entre el cielo y el infierno durante unos días.
Pero Douce sabía lo que se hacía. Lentamente, como una forma emergiendo de entre las nubes o de la luz de una hoguera, comprendió el significado del sueño de los cuernos y el crucifijo con tanta claridad como si Béatritz le hubiera hablado al oído: Confía en tu fe y encontrarás el hospicio. En cuanto su meta estuvo tan clara como el Grial, ya sólo quedaba la cuestión del cuándo, y eso dependía de su cuerpo. Douce se sentía tan débil y vacía por dentro que no sabía cuánto tardaría en recuperarse. Tendría que valerse de su propio juicio, y en aquellos momentos no confiaba demasiado en él. Hasta que estuviera recuperada, tendría que conformarse con imaginar el lugar. «Está al norte de aquí —había dicho Béatritz—, en las colinas que se alzan más allá de Mondragón…».
Mientras tanto, comió. Le sorprendió la forma en que su cuerpo parecía absorber todo lo que Guilhelma preparaba con las provisiones de Saint-Esprit: pasteles de puerros y cebolla, remolachas con vinagre endulzado, espeso puré de judías. Sólo quedaba una naranja de Valencia y Guilhelma decidió guardarla hasta que se endureciese, sabiendo que entonces podría cortarla en rodajas para dar aroma a los estofados. Mientras llegaba ese momento, la naranja perfumaba toda la habitación junto al hogar.
La cuestión del tiempo seguía atormentando a Douce. Aún se mareaba al levantarse del lecho de paja, y las piernas se le habían adelgazado hasta parecer dos manojos de cordel. Sabía que Gaucelm quería volver a los caminos. Aunque no había hablado de irse, Douce casi podía oír su impaciencia zumbándole en los oídos. Estaba echando una carrera silenciosa con él y con el tiempo. No se atrevía a pensar mucho en ello, por miedo a que le pareciera imposible. Y además, como no se fiaba del corcel de Gui, tendría que ir a pie. ¿Qué distancia tendría que recorrer, y cuánto tardaría en llegar allí? Al no tener idea de la distancia, ni siquiera podía tratar de calcularlo. Aun así, no podía evitar que el hospicio cobrara forma una y otra vez en sus pensamientos. Se imaginaba una sencilla casa protegida por colinas e invisible desde cualquier camino, y vivía únicamente para llegar a verla.