Trovador
Tercera parte. Mondragón 1202
TERCERA PARTE
MONDRAGÓN
1202
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AL SERVICIO DEL AMOR
U na flecha pasó silbando tan cerca del joven caballero que éste abrió los brazos con asombro. Pero una segunda flecha hizo blanco en su mano y el joven cayó de su montura en absoluto silencio, como si estuviera ejecutando una pirueta con impecable precisión. Ni siquiera un pestañeo ensombreció su caída.
Cuando por fin abrió los ojos, Gui despertó al dolor para sentir cómo su cabeza palpitaba bajo la venda que la rodeaba en sustitución de su casco. Sin que él lo supiera, su cuerpo había estado batallando con el ángel negro. Gui fue localizando sus miembros gradualmente, como si examinara a tientas las distintas partes de una oscura cueva. Bajó la vista hacia su brazo y movió la mano derecha, y después miró hacia la izquierda: la tenía vendada e inmóvil, como un animal dormido junto a él, pero no la sentía. El pánico se adueñó de él, pero siguió sin sentir nada. El pánico se agudizó y Gui se incorporó sobre su codo izquierdo para examinarla más de cerca. Aquella criatura paralizada siguió durmiendo al final de su antebrazo. Gui se desplomó sobre la cama, exhausto y sin ánimos de proseguir con sus exploraciones.
Casi se había dormido cuando un susurro de faldas y un tintineo de recipientes lo despertó. Olfateó la leche caliente y el pan traídos por la sombra de una joven. Y entonces vio su rostro bajo las primeras luces del alba: era Douce.
—Estás aquí… —murmuró.
—Shhh —dijo ella poniéndole un dedo sobre los labios—. No intentes hablar. — Se apresuró a retroceder y se apoyó contra la pared para no desmayarse de puro alivio. Gui viviría. Fue hacia él y le cogió tímidamente la mano derecha—. Te caíste del caballo cuando una flecha te hirió la mano. Te golpeaste la cabeza con algo y perdiste mucha sangre. Béatritz dice que no has parado de recuperar y perder el conocimiento desde bastante antes de la Nochebuena. Estamos en el nuevo año, Gui. Es el tercer día del año 1202 de Nuestro Señor. —Hizo una pausa—. ¿Gui?
Él volvió la cabeza hacia ella, pero sus ojos permanecieron cerrados.
—¿Mi padre…? —Logró preguntar con un hilo de voz.
—Lo sabe. Pasó por aquí de camino hacia el sur.
—¿Dónde está ahora? —balbuceó, intentando obligar a sus torpes labios a que articularan las palabras—. ¿Quién se lo dijo?
—Béatritz. Estamos en su casa. Tu padre ha ido a reunir tropas al sur de aquí — repitió ella—. Eso fue antes de que yo llegara.
Gui seguía contemplándola con ojos expectantes. Douce vio cómo su deseo de saber más se doblegaba ante el sueño. Cuando oyó que su respiración se volvía más lenta y regular, se sentó sobre los talones y suspiró. ¡Qué insensatez! Soldados aburridos que buscaban alguna guerra para entretenerse. Las lágrimas resbalaron por su mejilla. Era tan estúpido y desgarrador como una baja después de un alto el fuego. Los hombres de Alfonso sólo habían conseguido tomar el castillo de Mondragón, y Béatritz decía que las auténticas batallas aún estaban por llegar. Douce deseó que Béatritz se diera prisa en volver.
Gui dormía, y se acomodó junto a él para velarlo. Los primeros albores de la mañana fueron convirtiéndose en el resplandor del día. Douce contempló cómo un haz de sol rebasaba el alféizar de la ventana para iniciar un lento deslizamiento sobre el suelo de piedra, iluminando cada objeto de la sencilla habitación. La luz reveló su capa colgada de la clavija detrás de la doble puerta cuya mitad superior daba al camino. Douce siguió el avance de la claridad con los ojos hasta posar la mirada en el montón de paja que le servía de cama, y pensó en lo incongruente que parecía el tapiz doblado encima de ella. Béatritz lo había rescatado del castillo junto con unas copas de plata, un gran cuenco rematado por garras —ahora lleno de manzanas invernales en el centro de su tosca mesa—, y un cobertor de piel que había usado como manta. Douce pensó que Gui había tenido mucha suerte al poder ser atendido por aquella mujer. Pero qué humillante debía de ser para ella, hija del viejo barón de Mondragón, verse deportada a una de las casas de alquiler de su padre, al que ahora sólo podía visitar en su castillo con permiso de sus captores. A pesar de ello, Béatritz se comportaba como si nada hubiera ocurrido.
Volvió a mirar a Gui. Un mechón negro había escapado de la venda que le ceñía la frente. Douce lo acarició con el índice, recordando cómo los cabellos de Gui siempre le recordaban a una gorra hecha de relucientes plumas de pájaro. Apartó la mano lentamente y el mechón se negó a quedarse plano. Sonrió al recordar cómo, durante una de las siempre incómodas pausas en el banquete, Gui había intentado recogerse un rizo rebelde detrás de la oreja y éste se había empeñado en seguir escapando. Aquel día sus ojos, sobre cuyos párpados cerrados montaba guardia ahora, habían brillado con la animación del vino para clavarse tímidamente en la mesa cada vez que se encontraban con los suyos.
Pero aquí, en las acogedoras estancias de Béatritz, ya no tenía que invocar los recuerdos, porque ahora podía contemplar el rostro de Gui hasta saciarse. Aun así, le gustaba recordar cómo, después de que se hubiera ido de Ventadour, le bastaba con pensar en su hermosa mejilla y las minúsculas arruguitas de las comisuras de su boca para enloquecer de pasión. Estaba despabilando una vela o cortando con los dientes el hilo de una puntada, cuando de repente se quedaba inmóvil y una ancha —y Douce suponía que boba— sonrisa aparecía en sus labios. Alguien que no la conociera seguramente habría pensado que estaba loca. Pensó en el aspecto que debían de tener las rodillas de Gui debajo de su cota de malla: ovaladas y duras como piedras alisadas por la corriente, con las pantorrillas tan nudosas y robustas como las de un potro. Gui siempre la hacía suspirar. Durante los últimos meses había puesto patas arriba toda su vida.
Estar enamorada no era como se había imaginado. En cuanto vio por primera vez a Gui d’Ussel, hacía ya casi dos veranos en Ventadour, Douce sintió no amor, sino peligro. Sin embargo, viéndolo respirar con tanta placidez ahora, aquella sensación parecía extrañamente fuera de lugar. Pero tampoco podía librarse de ella, porque sabía que estaba corriendo algún riesgo extraordinario. Al mismo tiempo, sentía una paz tan completa que podía oír el latir de su corazón y la susurrante brisa de su aliento en los pulmones. No había huida o escapatoria posible, y nada podría salvarla de aquel peligro: de hecho, nunca se había sentido más viva.
El familiar siseo de unas suelas sobre la gravilla llegó hasta ella desde el exterior, rápidamente seguido por un chasquido de barro sobre piedra cuando un cántaro de leche fue depositado en el umbral. La puerta de madera giró sobre sus goznes con un crujido y Béatritz entró en la habitación.
El fuego se avivó en el hogar cuando una ráfaga de aire casi la llevó en volandas al interior de la pequeña estancia. Su capa se hinchó, esparciendo una rociada de escarcha mientras su dueña cogía la falleba de la puerta para cerrarla. El fuego se calmó y Gui se removió en sueños. Béatritz dejó el cántaro encima de la mesa y apartó la capucha de su abundante cabellera color miel. Quitándose la capa, la sacudió desperdigando cristales por todas partes y la colgó de una clavija junto a la de Douce, que era un poco más corta.
—El sábado que viene los puestos ya estarán en sus lugares habituales —anunció alisándose los cabellos—. Todo vuelve a la normalidad. Dicen que el mercado abrirá después de misa como de costumbre. Bueno, ¿qué tal está el paciente? —preguntó, lanzando una rápida mirada a Gui antes de cruzar la habitación para calentarse delante del fuego, con sus largas manos extendidas hacia el calor de las llamas.
—Ha despertado. Me reconoció. ¡Habló!
Béatritz corrió hacia ella para darle un abrazo y después puso la mano sobre la frente de Gui.
—Alabado sea Dios —dijo volviéndose hacia Douce—. Tenemos que hablar del futuro.
Pero Douce se sentía como una escaladora que, agotada y sin aliento, acabara de llegar a la cima. No podía pensar en lo que la aguardaba al otro lado y sólo quería permanecer donde estaba, saboreando aquel momento perfecto, sin importarle que pudiera estar punteado por pizcas de inquietud. Béatritz, en cambio, era todo planes y sentido práctico. La palabra «Ventadour» zumbó en los oídos de Douce. Pero no podía centrar la atención en nada, y unos instantes después ya volvía a estar muy lejos de allí. Era como si flotara en un vacío donde sólo era consciente del parpadeo de las llamas. Necesitaba la serenidad de la casita de Béatritz, y lo único que quería era poder quedarse en ella.
—Nunca dejaré a Gui —murmuró como si hablara en sueños.
—Piensa en tus padres. Piensa en mi responsabilidad.
—He de estar aquí —dijo Douce, mirando a aquella desconocida que le había dado cobijo.
La mera presencia de Béatritz atraía la luz y el calor. Todo en ella era esbelto y flexible, casi felino, desde su dorada piel imperceptiblemente curtida por el sol hasta los chispeantes ojos verdes. Llevaba un sencillo traje negro hecho en casa y un cinturón de oro labrado cuyos extremos se cruzaban para sostener un talismán, una piedra de un delicado verde lechoso incrustada en un óvalo dorado. Su abundante cabellera envolvía su rostro con un aura de autoridad que Douce nunca se cansaba de admirar.
—¿Ha comido algo? —preguntó Béatritz—. La leche de su cuenco no ha sido tocada.
—No. Iba a dársela con un poco de pan, pero volvió a quedarse dormido —dijo Douce.
Moviéndose con una seguridad que hizo que Douce contuviera la respiración, Béatritz echó leche fresca en el cuenco y se arrodilló junto a Gui. Levantándole la cabeza con un brazo, le puso el cuenco en los labios casi antes de que hubiera tenido tiempo de despertar.
—¿Ves? —dijo mirando a Douce—. Imagínate que le estás dando de comer a un bebé. No le preguntes si tiene hambre. Beberá por reflejo. ¡Mira, ya está!
Gui lamía la leche, y en un momento dado incluso llegó a sostener el cuenco con la mano. Pero no tardó en darse por vencido y se dejó alimentar por Béatritz.
—¿He muerto? —susurró ridículamente.
—Casi —murmuró Douce, ingeniándoselas para sonreír.
—¿… y Douce?
—Está aquí —respondió Béatritz.
Gui volvió a cerrar los ojos y su rostro fue calmándose gradualmente. De pronto se incorporó y vomitó leche sobre el cobertor. Douce corrió a coger una palangana del aparador. Gui vomitó una y otra vez, apoyándose en la mano de Béatritz que le sostenía la frente. Cada nueva acometida de su estómago le obligaba a torcer el gesto. Finalmente se desplomó sobre la cama como si estuviera borracho. Béatritz le soltó y Douce trajo un trapo para recoger los riachuelos de leche antes de que fuesen absorbidos por la gruesa lana del cobertor, y después salió a vaciar la palangana sobre el suelo helado.
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Al tercer día Gui ya se encontraba lo bastante fuerte para sentarse en la cama. El dolor de cabeza había dejado de ser constante, y su debilidad le parecía una mera ondulación en un mar apacible y acogedor. Después de pasar tantos días durmiendo, su cuerpo había conocido una parte de la tierra crepuscular que separa la vida de la muerte, el sueño de la vigilia. Había tenido ocasión de experimentar un sufrimiento exquisito que no tenía relación con la herida de su mano, y eso le complacía. Toda su compostura de caballero se había desvanecido en cuanto perdió el conocimiento. Su escudo invencible y la lanza con sus colores ondeando al viento le habían fallado.
Una vez fuera de peligro, empezó a verlo todo con una nueva claridad. Ahora sabía valorar las pequeñas cosas: el suave roce de los vendajes de lino que Douce aplicaba bajo la supervisión de Béatritz; el trocito de gallina asada que le preparó. Incluso la cataplasma de vino y romero tenía sabor para él, por mucho que hiciera una mueca de dolor cuando entró en contacto con la herida de su mano. Le complacía el dominio del arte de mezclar las hierbas que veía en Douce, quien afirmaba haberlo aprendido de una mujer llamada Guilhelma. Bajo la tutela de Béatritz, cada vez sabía aplicarlas con mayor habilidad.
Atendido por aquellas dos enfermeras, Gui iba recuperando algo más que la salud. Todo su cuerpo parecía estar impregnándose del fluido de sus sentidos, como si flotara en una poción hecha de cosas que le habían pasado desapercibidas durante sus horas de vigilia, cuando la mente está concentrada en las cuestiones prácticas. Ahora le bastaba con respirar, habitar su propia piel y sentirse a salvo del mundo. Gui era todo cuerpo, el blando colchón en delicioso contacto con su espalda. Su columna vertebral parecía poseer una existencia propia, como si estuviera grácilmente suspendida entre dos postes. Podía identificar y mover cada uno de los músculos de las partes sanas de su cuerpo. Su sexo se mantenía alerta día y noche, respingando en cualquier minuto desde debajo del cobertor. Comer se convirtió en una ocupación exquisita, y Gui comprendió que durante toda su vida se había limitado a ingerir comida sin saborearla.
Tenía absoluta fe en los cuidados que Douce dispensaba a su mano, pero ésta seguía insensible. Poco a poco, tuvo que admitir que no tenía demasiada prisa por recuperarse del todo. Sus heridas le proporcionaban una última ocasión de volver a ser un niño, y se dedicó a disfrutar de las atenciones de Douce como si fuera un principito mimado. El proceso curativo natural no tardaría en devolverlo a los campos de batalla, razonó, y de todas maneras ya había tenido suficiente guerra por el momento.
De no ser por la curiosidad de Douce, habría olvidado las batallas para entregarse a sus nuevas comodidades. Pero Douce quería que le hablara de la guerra.
—¿Qué se siente, Gui? —le preguntó con voz suplicante—. ¿Tenías miedo?
—No fue una auténtica guerra, ¿sabes? Sólo fue una… escaramuza sin importancia.
—Pero ¿por qué luchabais?
—Por el castillo.
Sus palabras hicieron que Béatritz cogiera un taburete y se sentara junto a su cama.
—Cuando llegué allí todo estaba tranquilo —prosiguió Gui—. Nos helábamos de frío en las tiendas sin nada que hacer aparte de afilar nuestras espadas y esperar. Tenía tanto frío que acabé pasando la mayor parte del tiempo cepillando a los caballos sólo para estar cerca del calor que desprendían.
—¿Hubo un ataque por sorpresa o qué? —preguntó Douce impacientemente.
—Bueno, sí… pero no contra nosotros. Todavía no estoy muv seguro de qué sucedió. Supongo que los hombres de Alfonso se estaban poniendo nerviosos y su comandante dio la orden de tomar el castillo. Lo único que sé es que nos enteramos en el último momento y que Brial, que era mi oficial superior, nos despertó poco antes del amanecer. Mis hombres llegaron al castillo con las primeras luces del alba, pero fuimos los únicos en subir hasta allí. ¡No apareció nadie más! Las tropas de Alfonso acababan de tomar el castillo y ya habían aceptado la rendición del viejo…
—Ese viejo del que hablas es mi padre, el barón de Mondragón —murmuró Béatritz.
—Dieus! —Gui se llevó la mano a la cara en un gesto de sorpresa—. ¿Cómo he llegado hasta aquí?
—Dos de los soldados de Raimundo te trajeron a esta casa, y llevas más de dos semanas yaciendo en ese lecho.
—Entonces te… te ruego me perdones. Pero… ¿quién eres exactamente?
—Soy Béatritz de Die, y antes de casarme era Béatritz de Mondragón.
Douce sonrió triunfalmente y sus ojos fueron de Gui a Béatritz. Él estaba tan asombrado que se había quedado sin habla.
—¿Cómo te hirieron? —insistió Douce, aunque ya veía por su expresión que Gui no respondería a ninguna pregunta hasta que se hubiera enterado de todo lo ocurrido.
—Espera un momento —dijo él—. ¿Cómo supiste que debías venir aquí?
Sólo después de haberle contado todos los detalles de su aventura —cómo Elias se levantó de la mesa de Navidad y el viaje hasta Ussel con Guilhelma para averiguar su paradero de labios de Isard, el anciano mayordomo—, pudo convencerle de que continuara con su historia.
—Después de la rendición del barón… —empezó, y Douce le animó a seguir—. Bueno, cuando estuvo claro que llegábamos demasiado tarde y el castillo ya había sido tomado, nos dispusimos a volver a nuestro campamento. Pero los malditos aragoneses querían más. Tenían ganas de pelea, ¿comprendéis? Supongo que tenían que demostrarse a sí mismos que saben luchar. No les bastaba con haber tomado un castillo indefenso, y necesitaban celebrarlo de alguna manera. Se pusieron como locos: gritaban, reían, disparaban flechas al aire… Recuerdo lo mucho que me enfureció que Brial nos hubiera sacado de los catres para aquello. Lo único que quería era regresar al campamento a galope tendido y meterme debajo de mi manta. Entonces oí una flecha, sentí que me caía de la silla y eso fue todo.
Los tres guardaron silencio durante un rato. El vínculo que los unía no necesitaba ser sellado con palabras, pero mientras miraba a las dos mujeres sentadas junto a su lecho, Gui sintió que se le hacía un nudo en la garganta y supo que si no hablaba se echaría a llorar.
—Gracias —murmuró.
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Unos días después insistió en tratar de caminar. Con Douce y Béatritz a los lados logró incorporarse apoyándose en ellas, pero en cuanto intentó sostenerse por sí solo le fallaron las piernas.
—Igual que un potrillo recién nacido —sonrió Béatritz mientras Gui se agarraba a su brazo y volvía a dejarse caer sobre el colchón de paja.
Gui se castigó a sí mismo volviendo a intentarlo, pero enseguida quedó claro que una pierna debía haberse doblado debajo de él cuando cayó de la silla de montar, porque ahora quería ceder apenas se la obligaba a sostener un poco de peso. De momento, su convalecencia estaba asegurada.
Durante las semanas siguientes, Béatritz se convirtió en su conexión con el mundo exterior, su lutz clar, y los dos jóvenes acabaron apodándola Ángel de Luz. Cuando volvía a casa trayendo agua de la fuente de la plaza del mercado o vino de la taberna de Mathilde, también traía las últimas noticias: un paciente había escapado de la leprosería, un hombre había sido arrestado en la calle de los Judíos porque se paseaba por ella vestido de mujer. A veces iba un poco más lejos y llegaba hasta la cabaña de la tonta del pueblo, donde obtenía saúco y romero para los vendajes de Gui y las pociones que le ayudaban a digerir los alimentos. Y a pesar de ello, cada día iba a visitar a su padre. La rendición le había salvado la vida, pero los hombres de Alfonso habían decidido convertir su subyugación en un ejemplo público y obligaban al anciano a depender de su hija para la comida.
Douce se asombraba ante la calma y el dominio de sí misma de que daba muestra Béatritz. Aquella mujer no necesitaba las llaves de una castellana para ejercer la autoridad sobre su pequeño reino. Los troncos ardían alegremente en el hogar, y siempre había sopa en la olla. El pan, la leche y el vino aparecían en las alacenas como por arte de magia incluso cuando el mercado estaba cerrado. En beneficio de Gui, el brasero quemaba hierbas en vez de carbón de leña y los olores del saúco y el enebro subían hacia el techo en alas de sus vapores. Las losas del suelo eran barridas, y la ropa de la cama era pulcramente doblada cada mañana. Los vendajes de Gui ondeaban encima del hogar como estandartes blancos colgados a secar. Los orinales y las palanganas para las cataplasmas esperaban en un rincón. Béatritz reinaba con abandono sobre aquel pequeño espacio. Douce sabía que su vida se había salido del curso fijado, obligándola a escoger un camino muy alejado del de la mujer de noble cuna convencional para el que la habían educado, y que aquello la había afectado hasta el extremo de volverla casi vengativa en su buen hacer.
Una tarde en la que Gui durmió más de lo habitual, Douce se sorprendió pensando en Ventadour. Vio a sus padres organizando un gran banquete de bodas para celebrar su matrimonio con Humbert de Comborn. Después de la repentina desaparición de su hija, Ebles y Marie debían de estar haciendo todo lo posible para averiguar su paradero. Se preguntó si Guilhelma mantendría su juramento de silencio. Ser una princesa que había huido de casa era muy emocionante, y se estremeció de satisfacción al pensar en su secreto.
Fuera cual fuera el futuro que la aguardaba, sería más tolerable que quedar a merced de un hombre al que sólo había visto una vez, el cual siempre estaría guerreando lejos de casa mientras ella se veía obligada a ejercer las funciones de un mayordomo sobre sus vastas propiedades. Cualquier cosa sería preferible a tener que criar un niño detrás de otro, dando instrucciones a los sirvientes y jugando a ser la señora de la casa en banquetes de cien invitados. Douce nunca podría soportar las interminables cacerías, la vida en un castillo tan lleno de gente que parecía una aldea, las quejas de los vasallos, las disputas familiares y las pequeñas contiendas locales, las visitas y peregrinaciones obligatorias y, además, la soledad que llevaba implícita el hecho de ser la única responsable de todo el frente doméstico. No, no sentía ningún aprecio por la tradición cuyo estandarte había sido designada para enarbolar. Prefería ser Béatritz o incluso Guilhelma, libre en su persona, unida a una gran casa porque así lo había elegido o para ganarse la vida, no por obligación. Había visto a su madre consumida por los deberes de dirigir una gran mansión, jugando a la anfitriona literaria al tiempo que organizaba debates y justas de ingenio para entretenerse y mantener entretenidos a sus invitados.
Nunca volvería a Ventadour. Ni siquiera podía pensar en aquel lugar durante mucho rato sin que su recuerdo fuese eclipsado por la vivida entrada de Gui. Mientras atendía las necesidades del convaleciente, se divirtió recordando las miradas furtivas durante la cena en su segundo encuentro, o su visión de Gui, ataviado de plata y azur, cuando salía de la capilla para alejarse bajo la nevada.
Pero su recuerdo más preciado era el de su primer encuentro. Evocaba una y otra vez aquella verde mañana de mayo en la que Gui llegó a Ventadour con Elias para discutir de lindes con su padre. Entonces lo vio detenerse delante de ella en la sala, con sus cabellos negros como ala de cuervo, aquellos labios curvados y el hoyuelo de su barbilla. Una extraña llama le inflamó el corazón, avivándose rápidamente hasta extender su fuego por toda la prisión de sus costillas. En ese instante, los vientos cambiaron de dirección tan súbita y violentamente dentro de ella que necesitó estar sola. Una vez en su habitación, sintió algo nuevo, algo cuyo nombre siempre había sido un misterio para ella hasta ese momento. Decidió llamarlo pasión.
Lloraba con frecuencia. A veces se sentía enferma, como si tuviera fiebre. Perdió toda noción del tiempo, y empezó a llegar tarde a las comidas. ¡Qué extraño e incomprensible era todo aquello! Además, pensó, el amor era la contradicción encarnada. Estaba a punto de reventar de pasión y, al mismo tiempo, se sentía en comunión con un mundo más grande. Podía estar en sus habitaciones y, al mismo tiempo, pertenecer a horizontes situados más allá de su ventana, unida a cada insecto y cada tallo de hierba por una red invisible que la comunicaba con todos los seres vivos. Aquello la había dejado tan perpleja que sintió la necesidad de hablar con Dios. ¿Era Él quien dirigía aquella magia? ¿Le ocurría a todo el mundo, o sólo a quienes era voluntad suya que les ocurriera? ¿De qué manera la había elegido a ella para aquella aventura? La respuesta de Dios debía de estar contenida en algún pasaje de las Escrituras, pero ¿dónde podría encontrar la paz espiritual necesaria para semejante lectura mientras su corazón siguiera ardiendo?
El hechizo había sido conjurado. Así que aquello era el amor, esa poción compuesta de dos ingredientes, medicina y vino a partes iguales. Bien, pues con ella había surtido su efecto. Ya nunca podría recobrar su antigua vida, las partidas de ajedrez, las ociosas noches rodeada de aquellos a los que se pagaba para que la ensalzaran. Esa rutina podía ser muy seductora, pero ya nunca sería capaz de sucumbir a ella. Lo que hizo fue centrar su atención en Gui, que seguía durmiendo con la mortecina luz del atardecer avanzando lentamente por su rostro.
Béatritz estaba visitando a su padre en el castillo, y Douce volvía a estar sola. Examinó el fondo del aparador en busca de un trapo para limpiar la lámpara que había junto a la cama de Gui, y encontró un cofrecillo de marfil con figuras talladas que representaban a los cuatro elementos. Tan compacto como un relicario de iglesia, estaba lleno de joyas. Abriendo la tapa sobre sus goznes de cuero, quedó fascinada por un par de peinetas tachonadas de granates. Las miró fijamente y luego, como una niña ante una caja de golosinas, metió la mano y la sacó llena de tesoros: grandes discos de jade tallado, rubíes del tamaño de la uña de su pulgar con forma de caparazón de escarabajo, hebillas y broches para sujetar capas, pendientes y cintillos tejidos de oro. En el fondo había un cinturón adornado con perlas tan rosadas como la piel de un bebé.
Volvió a meterlo todo en el cofrecillo y, llevándolo a la luz, lo dejó en el suelo al lado de Gui, que había despertado y la miraba. Boquiabierto, metió un dedo en el cofrecillo y sacó el cinturón de perlas.
—Póntelo —susurró, mirándola con los ojos muy abiertos.
Ella le sonrió, se levantó y deslizó alrededor de su cintura la tirilla delicadamente tejida. A continuación cogió las peinetas y se las puso, y luego adornó uno de los hombros de su traje con un broche de esmeraldas. Riendo a carcajadas, metió las manos en la caja de los tesoros y los esparció por el suelo. Luego, con una ancha sonrisa, empezó a pavonearse, haciendo que el extremo de su falda rozara el lecho de paja de Gui.
—¿Me encuentras digna de admiración envuelta en esmeraldas? —le preguntó—. ¡Ojalá tuviéramos un espejo!
Ejecutó una serie de piruetas dignas de una derviche, evolucionando por la habitación como impulsada por el recuerdo del juego de Gaucelm, con las joyas de Béatritz destellando sobre su cabellera, cuello y cintura. Ayudándose con su mano buena, Gui logró incorporarse sobre su lecho y la contempló como si no diese crédito a sus ojos hasta que Douce acabó dejándose caer a sus pies.
—Me mareas —dijo sin dejar de mirarla.
Douce no dijo nada y siguió donde estaba, sintiendo la presión de la esmeralda encima de su esternón. Anhelaba un abrazo. Estaban solos. ¿Qué le detenía? ¿Se regiría quizá por algún código que ella desconocía? ¿Y si todavía no estaba seguro de los sentimientos de ella? Se irguió, súbitamente seria, y volvió a hurgar en el montón de joyas. Cogió una oscura gema y se la puso entre los senos.
—¿Crees que con esto sujeto a una túnica de seda amarilla parecería una gran dama? —preguntó burlonamente—. ¿O prefieres un broche de ámbar como éste?
Sacudió la cabeza haciendo oscilar su largo cabello sobre los hombros y la espalda.
—Y además llevaré una capa escarlata con una cola muy larga, toda ribeteada de armiño. Marta cebellina por dentro y con un motivo de trencillas que terminará en… A ver, déjame pensar… ¡Sí, en un ramo de flores con algunas de estas perlas por centro! Y para mi cabeza, un griñón de seda italiana…
—¡No! Te prefiero con el cabello suelto. Si lo llevas recogido, tu aspecto de «gran dama» hará que parezcas una hermanita de la caridad.
—¿Entonces quieres que me trence la cabellera?
—Siempre que me dejes hacerte las trenzas…
Se dirigió a la viga de la que colgaban los vendajes de Gui y cogió tres estrechas tiras de lino. Sujetándolas por los extremos, le mostró cómo hacer trenzas con una sola mano.
—Y ahora deja que practique contigo —dijo él.
Y cuando le trenzó el cabello, el roce de sus dedos y los suaves tirones hicieron que Douce sintiera escalofríos en el cuero cabelludo y rió, mordiéndose el labio. Aquello era embriagador.
La primera trenza le salió bastante torcida y Gui se impacientó, por lo que volvió a intentarlo. Sentada con el cuerpo erguido, sintió un cosquilleo de expectación. Cuando él hubo acabado de hacerle la trenza, le volvió la cabeza y la besó en la boca. Douce se estremeció y se apoyó en él, sintiendo la firmeza de su pecho en la espalda. Ella se volvió lentamente y le acarició el cuello. ¿Podría sentir él, o quizá incluso ver, el calor que ardía bajo la piel de Douce?
—Amor mío —susurró—. Amador…
Ambos cerraron los ojos y se estrecharon, buscando refugio en el cuerpo del otro como animalillos ciegos que avanzaran hacia el calor. Bastará con unos momentos, pensó ella mientras se abrazaban. Todo habrá terminado enseguida, ¿y qué mal puede haber en ello?
Pero el techo se desplomaría sobre sus cabezas y Dios Todopoderoso aparecería, espada en mano, para fulminarlos con su ira o, peor aún, tendrían que enfrentarse a un esqueleto sonriente armado con una afilada guadaña. Douce sonrió ante aquellas ideas descabelladas, manteniéndolas a raya con la proximidad de Gui y el deseo incontenible que temblaba en sus alientos, pero las amenazas del mundo real seguían allí. Se apartó un poco para contemplar aquel hoyuelo de su mentón que tanto amaba, queriendo que aquellos ojos violeta la absorbieran enteramente. Si lo hacían, se dijo finalmente, sería el fin para ambos. Ella se vería condenada a una vida de confesión, nunca podría casarse y quizá tuviera que cargar con un hijo; y él no podría tomar la Cruz, y sus pecados jamás serían expiados.
Y así llegaron al borde de aquel abismo hechizante que ella tanto había temido y hacia el que ahora se sentía atraída como presa del vértigo. Quedaron suspendidos en el borde, tambaleándose y sin llegar a caer, conteniendo la respiración, pero ninguno de los dos se atrevió a saltar. Se sintieron muy virtuosos, y eso tendría que servirles como recompensa durante un tiempo.
El suave chasquido de unos pasos acercándose por la calle les pasó desapercibido a los dos. Sólo se separaron cuando la puerta se abrió dejando entrar una gélida ráfaga de aire.
—¡Nieva! —anunció Béatritz bastante retóricamente, ya que una estela de copos de nieve entró con ella para arremolinarse sobre el umbral.
El resto de su exclamación se perdió en el anochecer sin que pudiera ser entendida mientras, de espaldas a los jóvenes, sacudía los pies contra el peldaño para desprender las pellas de tierra helada adheridas. Cuando hubo acabado de quitar los copos de nieve de la capa y la colgó en su clavija, Douce ya se había recuperado y estaba de pie. El cofrecillo seguía donde lo había dejado, en el suelo al lado de la cama.
Pero Béatritz estaba ocupada en devolver la sensibilidad a sus pies helados. Douce reavivó el fuego y empezó a poner la mesa para cenar.
Una sensación de dislocación se había adueñado de la pequeña habitación. Quizá sea la bajada de la temperatura, pensó Douce. Los cambios de tiempo bruscos siempre se hacen notar, incluso en el interior de una casa. Sin embargo había algo más, una indefinible extrañeza en el comportamiento de Béatritz cuando se sentó delante del fuego para calentarse los pies. Parecía absorta en sus pensamientos. ¿O se habría dado cuenta de que había interrumpido algo? Douce se acordó del cofrecillo y le hizo una seña a Gui, quien lo escondió debajo de la cama.
—Traigo noticias —dijo Béatritz cuando por fin se volvió hacia ellos—. No son buenas, y no sé qué pensar de ellas. Nunca os he hablado de Raimbaut. ¿O sí?
—No —repuso Douce mientras ponía una cuchara en cada sitio—. ¿Te refieres a Raimbaut Vaqueiras?
—No, no hablaba del trovador, sino de Raimbaut de Orange.
—Ese nombre me suena —dijo Douce—. ¿No fue el que le otorgó su señorío a los hospitalarios?
—No fue exactamente…
—Mi padre dice que es un hombre peligroso —intervino Gui.
En el súbito silencio que siguió a las palabras de Gui, Douce vio en el rostro de Béatritz una expresión tan extraña como fugaz, como si estuviese perdida en el recuerdo de hechos muy lejanos. Después rió y dijo como para sí misma:
—Un hombre peligroso… ¡Oh sí, lo es! Pero ¿por qué piensa eso tu padre, Gui?
—¿Acaso no es un aliado de Alfonso? —preguntó él—. ¿No apoya a la casa de Aragón contra Tolosa en toda esta estúpida guerra por adueñarse de las tierras? Mi padre dice que no hay hombre más tozudo que él en todo el sur, que los árboles no le dejan ver el bosque y que no pondrá sus fuerzas a disposición de nuestra causa hasta que sea demasiado tarde. ¿Qué le ha costado a Alfonso tomar este pueblo? Un par de muertos, unos cuantos heridos como yo, tu padre encerrado en sus habitaciones… ¡y se acabó! ¿No crees que eso habrá avivado sus ansias de conquista? ¡La próxima en caer podría ser Carpentras, Villeneuve o la propia Aviñón! ¿Qué les impedirá seguir avanzando hasta el siguiente pueblo, y el otro, y el de más allá…?
—Ya lo han hecho… —repuso Béatritz, pero él estaba demasiado furioso para prestarle atención.
—No se detendrán hasta que Tolosa decida plantarles cara, cosa que Raimundo no quiere hacer —prosiguió con creciente pasión—. ¡Y entonces el sur ya habrá consumido sus fuerzas en disputas internas y estará maduro para la conquista!
Se levantó, fue cojeando hasta la mesa, cogió una manzana del cuenco y le hincó el diente.
—Habla igual que un viejo guerrero, ¿verdad? —observó Béatritz.
—Me recuerda a su padre —dijo Douce—. Es lo malo que tiene el que te enseñen a hacer política: te induce a esperar lo peor de la gente.
—Esta vez tiene razón —dijo Béatritz poniéndose seria—. Te has adelantado a mis noticias, Gui. Cuando estaba en el castillo oí decir que Raimbaut ha enviado hombres a Mornas.
—¿Qué está pasando allí? —preguntó él frunciendo el entrecejo.
—Se están preparando para un asedio.
—Dieus! —Gui arrojó su manzana a medio comer contra la pared—. ¿En pleno invierno? ¡Debe de estar loco! ¡Y todo por unas cuantas leguas de tierra!
—Las cosas son más complicadas de lo que parecen, Gui.
—¡Oh, claro! Esas estúpidas querellas siempre son más complicadas. Cuanto más ridículas e insignificantes son, peores acaban siendo sus consecuencias. ¿Te preguntas cómo lo sé? ¡Douce te lo explicará! Una pequeña disputa por lindes estuvo a punto de destruir nuestro futuro.
Douce le miró, súbitamente esperanzada. Había dicho «estuvo a punto», no que lo hubiese destruido. Eso quería decir que estaba pensando en un futuro con ella.
—¡Las lindes son odiosas! —estalló—. Echan a perder las vidas. Desde que era pequeña nunca he oído hablar de otra cosa. Durante las cenas en la gran sala, en el estudio de mi padre, cuando mis padres se peleaban, y en esas interminables reuniones con Elias… —Miró a Gui y luego se volvió hacia Béatritz—. ¡Tuvimos que venir aquí para huir de las lindes!
Era cierto. Ahora podían olvidarse de ellas para siempre, dándoles la espalda de manera tan irrevocable como ella había dado la espalda a los planes de matrimonio con el hijo de Comborn cuando huyó de Ventadour.
Pero Béatritz se limitó a asentir comprensivamente.
—Vamos a dejar claras algunas cosas —dijo, decidida a explicárselo todo a Gui —. No sé qué te habrá dicho tu padre, pero Raimbaut no «regaló» Orange. Tuvo que dividirlo porque el legado de su tío no le dejaba otra opción, y por eso vive en Courthézon. Por eso apenas tiene hombres de armas a su servicio. Y si se encuentra bajo la protección de Alfonso, eso es debido a los hospitalarios…
—¡Oh, malditos sean los hospitalarios! Se las dan de estadistas, porque tienen riquezas.
—… y la razón por la que mi padre aún vive es que hace un año, cuando ya estaba claro que no tardaría en haber problemas, me arrodillé ante Raimbaut y le rogué que, si llegaba a haber guerra, le perdonara la vida a mi padre. Y Raimbaut así lo hizo por mí. Lo hizo sabiendo lo mucho que mi padre aborrece sus simpatías hacia Alfonso. ¡Lo hizo por mí! —Béatritz estaba al borde del llanto—. Oh, intenté hacerle entender que alzarse en armas contra Tolosa sería una locura: Raimbaut nunca ha tenido alma de guerrero, y apenas tiene tropas. No ha nacido para hacer la guerra, eso lo puedo asegurar. ¡Y ahora resulta que todo ha sido en vano!
Alzó las rodillas y apoyó la cabeza en ellas, volviendo el rostro hacia la chimenea. Gui fue hacia ella con sus andares de convaleciente y le rodeó los hombros. Béatritz le palmeó la mano.
—Ven a la mesa —dijo él.
Ella suspiró y se puso en pie.
—Hay más. Quizá queráis oírlo…
—Sólo si no te apena contárnoslo —dijo Douce.
Acabó de llenar la jarra de vino y la dejó al lado del pan. Después descolgó la marmita de repollo y cebollas que todavía burbujeaban en su baño de vino y la llevó a la mesa.
—Hablar de mi padre a las personas que quiero me hará bien —dijo Béatritz—. Después de todo, ahora ya no hay secretos entre nosotros. Ponme un poco de vino, Gui, y cenemos.
—Empieza por el principio —dijo Douce—. Pero antes háblanos de ti y de tu matrimonio. —Señaló la marmita—. El estofado aún tiene que enfriarse un poco.
—¿Queréis que os hable de mi esposo? Sé menos cosas sobre él que sobre… ¡sobre tu señora Belot, por ejemplo! —dijo Béatritz mirándola—. Puedo deciros que sus tierras quedan al este de ahí, en el río Drôme. Pero en cuanto a su paradero… — Se encogió de hombros sin saber qué decir—. Aunque, dado que me lo preguntáis, contraje matrimonio con mi señor el conde de Die a los trece años, siguiendo los deseos de mi padre. Las circunstancias conspiraron para separarnos casi desde el primer momento: él tuvo que pasar varios años en ultramar mientras que yo, aún casi una niña y demasiado falta de experiencia para administrar las propiedades de mi esposo, venía a vivir aquí. Mi madre murió al traerme al mundo y, con mis dos hermanos en Oriente, mi padre se quedó en Mondragón para cuidar de nuestras propiedades y de la gente del pueblo.
—¿No te sentías sola? —preguntó Douce.
—Teníamos compañía de vez en cuando, y siempre estaba muy ocupada. Cuando quería distraerme, componía versos y cantaba canciones. Y por suerte siempre he querido mucho a mi padre, aunque no parábamos de discutir de política. También tenía que ocuparme de la cocina, la lavandería y la ropa, y aprendí a llevar una casa.
—Y todavía sabes hacerlo —dijo Gui, cogiendo su cuchara y lanzando una mirada anhelante a la marmita de estofado.
—Adelante, pero luego no te quejes si está demasiado caliente —le advirtió Douce, y Gui dejó la cuchara.
—¿Cómo conociste a Raimbaut? —preguntó.
—Ya llegaremos a eso —repuso Béatritz—. Una noche llegaron al castillo unos cuantos juglares para obsequiarnos con una velada de canciones. A la mañana siguiente me levanté temprano antes de que se fueran. Había pasado toda la noche en vela intentando reconstruir unos bellos versos que cantaron. Nunca había oído una composición musical tan ingeniosa.
—¿Qué decía? —preguntó Douce.
—No sé si me acordaré. Sí, esperad… «Escotatz, mas no say que s’es / Escucha, mas no me preguntes / Qué es lo que oyes. / Vers? estribot? sirventés? / No es ninguna de esas cosas / y en verdad no sé qué nombre darle…». No me acuerdo del resto, pero era un poema maravilloso en el que cada estrofa terminaba con una frase en prosa en vez de hacerlo con el pareado convencional. ¡De esa manera tan sencilla, su creador había inventado una nueva forma de componer!
—Y naturalmente el autor de aquella maravilla no era otro que Raimbaut, conde de Orange —dijo Gui, anunciando lo obvio con un ampuloso ademán y sirviéndose por fin de la marmita.
—¿Cómo termina? —preguntó Douce, soplando sobre el cucharón antes de servir el plato de Béatritz.
—¿El poema o mi historia?
—El poema.
—Pues… creo que terminaba así: «Si alguien pregunta quién escribió esto, decidle que fue aquel que sólo puede sacar sorpresas de un sombrero cuando no sabe lo que está haciendo». Pero mis palabras no le hacen justicia.
—Así que en cuanto descubriste quién lo había compuesto, quisiste conocerle — dijo Douce, retomando el hilo de la historia.
—Y lo conseguí, con la ayuda involuntaria de mi padre. Un primo mío iba a casarse en Aviñón, y le supliqué a mi padre que me llevara a la boda. Le pedí que pasáramos por Orange para ver el famoso anfiteatro y el arco de triunfo romanos. Averigüé cuanto pude sobre aquellas viejas ruinas y lo dejé impresionado con mi entusiasmo por el tema. Después de todo, forman parte de nuestra herencia, ¿no? Mi padre acabó accediendo a llevarme con él…
—Mi padre las ha visto —comentó Gui, desviando los ojos del estofado que humeaba en su plato—. ¡Habla del arco con tanta reverencia como si fuera una iglesia!
—Orange es magnífica, pero también un poco lúgubre: está llena de fantasmas romanos. Las piedras aún resuenan con los ecos de las legiones de César, sus grandes obras arquitectónicas, sus foros y sus plazas de mercado. Un poco al sur de la ciudad está Courthézon, un lugar muy pobre comparado con Orange. Pero allí es donde Raimbaut tiene su corte, y allí pasamos la noche.
—¿Y Raimbaut estaba allí? —preguntó Douce.
—Sí, afortunadamente para mí, porque de lo contrario hubiese hecho el viaje en vano. Se comportó como un buen anfitrión. Mi padre lo encontró un poco reservado, pero cortés. A mí me pareció el perfecto caballero y poeta.
—Te enamoraste de Raimbaut nada más verlo —declaró Douce con una sonrisa.
—Creo que el poema ya me había conquistado. Si Raimbaut hubiera resultado ser un monstruo quizá me habría sentido decepcionada, pero después de haber oído su canción habría hecho falta mucho para convencerme de que no era mi hombre. Por desgracia aquella noche mi padre y yo tuvimos una… discusión.
—Sobre política —observó maliciosamente Gui.
Béatritz se volvió hacia él.
—Antes mencionaste a los caballeros hospitalarios, por lo que supongo que ya sabrás que los condes de Orange prácticamente son vasallos suyos. Después de nuestra visita me enteré de que, a pesar de su título, en realidad las posesiones de Raimbaut han quedado reducidas a la minúscula Courthézon. El resto ha sido fragmentado, y la mayor parte de las propiedades han sido entregadas a los hospitalarios en pago de deudas o tiene que compartirlas con su tía y otros parientes.
—¡Y los hospitalarios son peones de Alfonso! —dijo Gui, tragando una cucharada de estofado.
—Seamos corteses y digamos que se hallan bajo la protección de Aragón y su rey —dijo Béatritz, que apenas había tocado su plato.
—… y ahora Raimundo tiene que enfrentarse a toda esa alianza. Comprendo — dijo Douce—. ¡Te enamoraste del enemigo!
—No fue tan sencillo, aunque suena más romántico como lo expresas tú.
—Y con todos esos obstáculos interponiéndose entre vosotros, ¿cómo conseguiste conocer a Raimbaut? —preguntó Douce.
—Mi padre se negaba a abrirle las puertas de Mondragón, así que siempre que iba a Aviñón yo encontraba razones para pasar por Courthézon. Después de su matrimonio, la familia de mi primo empezó a crecer con una rapidez que me pareció tan afortunada como providencial. Siempre había un nuevo bebé de camino y mucho trabajo para un par de manos extra. Naturalmente, yo viajaba con escolta, pero siempre dormía en el castillo de Raimbaut. Disfrutábamos de nuestra compañía tanto en la cama como, cuando estábamos separados, en los versos, y al final ya no intentamos ocultarlo. —Abandonó su estofado y cogió un trocito de pan que hizo girar entre el pulgar y el índice hasta convertirlo en una apretada bolita—. Pero el que nos enamoráramos no cambió las cosas en Courthézon —prosiguió—. Raimbaut era… es viudo.
—Pero tu padre… —intervino Douce—. ¿No sospechaba…?
—Por supuesto. ¿Cómo no iba a sospecharlo? Había visto la cara que puse aquella noche en Courthézon. Sí, mi padre estaba al corriente de lo nuestro, pero no le daba importancia. Mi padre es un hombre muy sabio y suponía que tarde o temprano acabaría enamorándome, aunque sólo fuese para huir de la soledad. Lo que hacía que Raimbaut fuera una espina era el hecho de que sus alianzas con Alfonso y los hospitalarios impedían que pudiesen estar en el mismo bando. ¡El barón de Mondragón no podía cobijar bajo su techo a un traidor al nombre de la familia! Al final tuvo que exiliarme a una de sus propiedades del pueblo… y así fue como me encontrasteis.
—¿Y qué pasó con Raimbaut? —preguntó Douce.
Béatritz dejó la bolita de pan con la que había estado jugueteando y suspiró.
—Pues que acabé comprendiendo que una mera mujer jamás podría usurpar su corazón. Raimbaut habría necesitado mucho más que una mujer para inducirle a abandonar esa alianza forzosa con Aragón y pasar a apoyar a Raimundo. No se podía esperar que arriesgara sus escasas propiedades por el amor de una mujer casada a la que nunca podría hacer su esposa, ¿verdad? ¿Quién era él, responsable de un feudo y considerado como un líder de caballeros en la guerra y un juez de sus derechos en tiempos de paz, para echar por la borda todas sus responsabilidades? —Tomó un sorbo de vino—. Nuestra relación estuvo condenada desde el primer momento. Y lo que acabó interponiéndose entre Raimbaut y yo, o entre nosotros tres, fue el veneno de la política —concluyó, y los ojos se le humedecieron.
—Yo recogeré la mesa —se apresuró a decir Douce, levantándose de su taburete.
—Gracias. Estás empezando a cogerle el truco a las verduras, Douce. La cena estaba muy buena. Y ahora, Gui, ¿podríamos tener un poco de música? Quiero trabajar en el telar hasta que se apague la lámpara.
Douce volvió a colgar la marmita del gancho, tapó la jarra de vino y metió los platos en un cubo. Béatritz ocupó sus pensamientos mientras limpiaba las tres cucharas y el cuchillo que compartían. Había presentido desde el primer momento que tenía una historia y que padecía alguna adversidad secreta, y lo que acababa de contar lo confirmaba. Pero había más. Douce se sorprendió sonrojándose al pensar en lo mucho que se parecían. Béatritz había sido víctima de un matrimonio acordado a espaldas suyas, y ella había logrado escapar por muy poco de un matrimonio similar. Béatritz también había conocido un gran amor. Había buscado aquel amor con todas sus fuerzas y había aceptado las consecuencias.
Pero había una cosa que no acababa de entender. Ardía en deseos de saber cómo era posible que pareciese tan dueña de su destino a pesar de sus infortunios. Béatritz se había entregado a algo más grande que ella, corriendo el riesgo de sentir la misma pasión que Douce sentía por Gui, y aun así eso parecía haberle dado una renovada confianza en sí misma. Le había proporcionado cierta serenidad cuando fue exiliada por su propia familia. Pero, a pesar de toda la franqueza con que les había contado su historia, seguía habiendo un núcleo inaccesible, como si una parte de Béatritz morase en otro reino.
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Aquella noche Douce no pudo dormir. Las revelaciones de la cena eran tan difíciles de digerir como un banquete en el que se hubiesen servido demasiados platos. Poco antes de que dieran los maitines, oyó que alguien llamaba a la puerta. Enseguida oyó un rumor en la cama de Gui, seguido por el roce casi imperceptible de su cobertor de piel y el suave susurro de la tela deslizándose sobre la paja. Después hubo una pausa y las botas de Béatritz se posaron sobre el suelo con un cloc familiar, y Douce comprendió que debía de haberse acostado vestida.
Contuvo la respiración. La habitación estaba tan oscura que las tinieblas casi eran tangibles. Sin la ayuda de una vela, Béatritz estaba cruzando la habitación con la parsimoniosa seguridad de una sonámbula, las manos extendidas ante ella. El rumor casi inaudible de sus dedos tanteando la pared y una repentina inspiración indicaron que había encontrado lo que buscaba. Estaba bajando un objeto. El crujido de paja que acompañó sus movimientos permitió a Douce identificar la cesta colgada de la viga junto a la entrada que Béatritz usaba para las compras en el mercado. La paja gimió suavemente bajo el peso de algo depositado dentro de ella. La apertura de la puerta dejó entrar una fugaz cuña de luz y luego la puerta se cerró silenciosamente. Béatritz se alejó calle abajo.
Douce se sentó en la cama, mientras el retumbar ahogado de los maitines flotaba sobre el pueblo coronado de blancura, y se acordó de sus viajes del sábado para llevarle comida a la señora Belot. Aquellas misiones habían sido su gran tesoro oculto, porque le proporcionaban la incomparable sensación de estar haciendo el bien… en secreto. Sin saber por qué, estaba segura de que Béatritz se hallaba involucrada en alguna actividad similar. Quizá por eso se sentían atraídas mutuamente, pensó. Sonrió al recordar cómo había engañado a Alba para que guardara sobras extra de la cocina y el vino sobrante de la cena, diciéndole que eran para sus visitas de caridad con Daniel, el limosnero. En el último instante siempre añadía a sus provisiones unos cuantos tallos de hierbas secas arrancados de las vigas de la cocina. Pero aunque el «montón de Douce» crecía, Daniel sólo veía una parte de él. El limosnero no podía sospechar que, aparte de las visitas en que le acompañaba obedientemente, Douce también tenía una cita periódica con la viuda Belot.
Los cínicos decían de ella que oía voces y podía embrujar a la gente, pero no cabía duda de que poseía auténticos poderes curativos. Podía curar cuerpos atacados por convulsiones: ella se lo había visto hacer. El día en que conoció a la señora Belot, Daniel tuvo que marcharse porque alguien de su familia había enfermado y Douce se encontró haciendo las visitas en solitario. La viuda Belot ya estaba trabajando en una de las casas de inquilinos de Ventadour cuando Douce llegó. La mujer empezó poniendo las manos sobre la frente del niño aterrorizado que se debatía en su lecho, y las mantuvo allí hasta que se calmó. Después, con unos polvos que sacó de la bolsita que colgaba de su cuello, le frotó el pecho y los miembros. Las convulsiones no tardaron en cesar.
Lo que la impresionó casi más que la curación fue el hecho de que aquella robusta anciana con aspecto de gnomo que vivía cerca de Egletons recorriera a pie medio día de camino para obrar su magia sobre los enfermos. Después de que el niño se hubiera sentado en la cama, la señora Belot le habló de su trabajo en la aldea de Ventadour y de la necesidad de pan, vino y, sobre todo, camomila y romero para sus polvos y cataplasmas. Douce le dijo que fuera a la puerta de atrás del recinto exterior del castillo cada domingo a la hora de los maitines. Allí la viuda Belot esperaba, tanto si Douce podía ir a su encuentro como si no, las provisiones que hubiera tenido ocasión de birlar para ella. Douce encontraba muy emocionante poder formar parte de aquella santa conspiración, y la viuda Belot recompensaba su ayuda trayéndole regalos muy especiales: una vez le llevó una crucecita minúscula de forma exótica, con todos los brazos de la misma longitud y rodeados por un círculo; y en otra ocasión le llevó una bolsita de hierbas que le dijo era una poción de amor. Y en aquel momento, mientras los ecos de las campanadas de la iglesia se apagaban, Douce sintió una punzada de remordimiento. La viuda Belot habría ido a la puerta justo a esa hora. Pero desde Año Nuevo estaría haciendo el viaje en vano, pues Douce se había olvidado por completo de la anciana en su huida de Mondragón, y tampoco tuvo tiempo de encomendarle la labor a Guilhelma. Turbada y llena de remordimientos, Douce por fin se quedó dormida.