Trovador

Clara Pierre · Capítulo 10 de 32

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Trovador

9. Juglaresa

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JUGLARESA

 

L os recién llegados no tardarían en descubrir que los oscuros amaneceres de Ventadour eran tan gélidos que hasta los dedos de los pies se te encogían de frío. Cuando sonaron las campanas de la iglesia, Guilhelma se levantó y se echó agua en la cara inclinándose sobre la jofaina. Aquel agua medio helada era un castigo, pero siempre era preferible a tener que extraerla del pozo. Lanzando una última mirada de desaprobación al dormido Gaucelm, se ató el pañuelo y echó a andar pasillo abajo procurando no hacer ruido.

Dos sirvientes llevaban leña a la gran sala para encender los fuegos. Guilhelma los saludó con la cabeza y echó un vistazo al patio interior a través de uno de los largos y estrechos ventanales. Una delgada columna de humo surgía de la chimenea de un edificio redondo, seguramente la cocina. Siguiendo aquella prometedora señal distinguió dos pozos, uno casi invisible bajo las malas hierbas y otro con la tapa levantada. Un par de cuervos que parecían ansiosos por discutir graznaban en las ramas desnudas de un roble.

Sintiéndose constreñida por el muro de piedra que circundaba el patio y un poco desorientada, y no sabiendo si iba en dirección norte o sur, atravesó el patio. Una gran brecha en el muro estaba ocupada por una vieja parra, sus brazos paralizados en el aire como si hubiera estado luchando con las rocas y la argamasa para acabar siendo vencida, arrastrando consigo una parte del muro en su derrota. Pero la brecha quedaba a más de dos cabezas por encima y Guilhelma no podía ver a través de ella. ¿Dónde estaban las traicioneras cañadas por las que viajaron ayer? ¿Dónde estaba el pueblecito de Ventadour, aquel puñado de casas a lo largo del camino? ¿Qué había más allá de aquel lugar rodeado de rocas? Frustrada, se volvió hacia la cocina, pero su mirada fue atraída hacia arriba. Al lado del castillo, las severas torres cuadradas de la fortaleza se alzaban por encima como una ciudadela. Verlas tan cerca le cortó la respiración. El frío de la mañana había empezado a trepar por sus faldas, atravesando la protección de sus medias de lana como si éstas no existieran. Guilhelma fue hacia el pequeño edificio redondo y abrió su gruesa puerta de madera.

Dentro había un auténtico caos. Un infierno de calor, una confusión de cuerpos, juramentos, réplicas, instrucciones, estrépito de ollas y sartenes, repiquetear de los zuecos de madera sobre el suelo, el zumbido siseante de la grasa al ser consumida por las llamas. Nubes de humo de leña la dejaron boquiabierta. Entrecerrando los ojos para tratar de ver algo entre toda aquella confusión, logró distinguir a una robusta matrona. Un pañuelo de muselina blanca ocultaba su cabello y se doblaba sobre su frente, haciendo que sus ojos parecieran danzar bajo los párpados hinchados. Sus hombros eran tan sólidos como jamones y los antebrazos, gruesos como rodillos de amasar, parecían muy fuertes. Esa mujer tiene más majestad en los brazos que aquella condesa tan tiesa de cuerpo, pensó Guilhelma. Estaba viendo a alguien que, de no ser por los azares del nacimiento, ahora estaría dirigiendo asedios en vez de remover pucheros. Mientras los demás corrían de un lado a otro enarbolando cucharones y trinchantes o colgando calderos de los ganchos de los hogares, aquella mujer trabajaba sola en su puesto.

No hubo ningún intercambio de cortesías. Antes de que pudiera contar hasta tres, la mujer ya le había entregado una gran tabla de madera y una ristra de gallinas para desplumar. Sujetando un ave por las patas, Guilhelma puso manos a la obra y empezó a arrancar una pluma tras otra.

—Veo que tienes buena mano con las aves. Eres nueva, ¿verdad? —Guilhelma asintió, y la mujer echó la gallina recién desplumada al caldero—. Me llamo Alba y soy la jefa de cocina.

Guilhelma ya lo había adivinado, pues aquella mujer ocupaba sus dominios con tanta autoridad que podías tener la certeza de que era toda una veterana, alguien que llevaba mucho tiempo reinando sobre el gallinero. Alba puso un montón de cebollas en la encimera y las troceó con un cuchillo.

—Cuando hayas acabado con las gallinas las ataremos —declaró con deleite. Guilhelma vio que, a diferencia del resto de su persona, sus manos eran tan duras y fibrosas como un trozo de carne lleno de tendones—. Reconozco una cara nueva en cuanto la veo —dijo Alba—. La próxima Candelaria hará doce años que estoy aquí. Comencé en la lavandería, ¿sabes? Cuando empezó a dolerme la espalda de tanto cargar recipientes, me pusieron a trabajar trinchando verduras, limpiando aves y cortando y ablandando la carne. He cortado tanta que ahora no aguanto el olor de la carne cruda. Mi hija se ocupa del guardarropa de la señora y mi esposo es el herrero. ¿De dónde eres?

Guilhelma respondió que de Tolosa.

Los ojos de la mujer se entornaron.

—No hablas como una chica de la ciudad —dijo Alba—. ¿Dónde naciste?

—En Alès.

Alba sonrió de oreja a oreja.

—Ya me parecía que habías nacido en algún lugar del sureste. Así que eres una auténtica provenzal. S’en venir de Proensa, ¿eh? —canturreó una tonada del sur—. En Ventadour hay gente de todas partes. ¿Has conocido a Pons? Es de los Pirineos. Es mayordomo y jefe de criados, sirve el vino y corta el pan de los señores y las damas. Le encanta exhibir las insignias de su cargo, las llaves, los cuchillos y todo lo demás. Él decide quién hace qué en la cocina. Y también le encanta aspirar. El polvo color rubí, ya sabes… Le gusta demasiado.

Qué manera tan extraña de hablar, pensó Guilhelma sin apartar los ojos de su gallina mientras Alba reanudaba su canturreo.

—¿Y tú de dónde eres? —se atrevió a preguntarle.

—De aquí mismo. Nací en Ventadour.

—¿En el castillo?

—En el pueblo. Y no creas que da igual haber nacido en un sitio o en otro, mi joven y hermosa dama. Si hubiera nacido detrás de estas murallas, ahora no podría decir lo que probablemente acabaré contándote. Si quieres conocer realmente bien un lugar, tienes que venir de fuera. Necesitas verlo un poquito de lejos, ¿entiendes? — Dejó el cuchillo encima de la tabla y miró fijamente a Guilhelma—. Voy a darte un consejo, y procura hacerme caso: no permitas que se aprovechen de ti. Al principio te mandarán hacer un poco de todo para averiguar qué se te da mejor. Bueno, pues te aconsejo que decidas qué quieres hacer… y no te luzcas en otros trabajos, o tendrás que cargar con ellos. Amasarás la pasta para los rellenos y las cortezas de los pasteles, prepararás la masa, clasificarás el pan de ayer para que lo corten y lo sirvan en las bandejas de la cena, y pelarás verduras para las sopas y los estofados. Te harán hacer todo lo que se les ocurra y más, así que decide qué prefieres hacer antes de que lo decidan ellos.

Adorna su historia con pequeños consejos como si estuviera preparando un budín y lo fuese recubriendo con frutas confitadas, pensó Guilhelma.

—¿Cuánta comida estamos preparando para esta noche? —preguntó.

—Lo habitual: doce brazadas de aves y tres costados de res, puede que más.

—Pero eso es una cena para… ¡cincuenta personas!

—Exactamente —asintió Alba con aprobación, viendo que la chica sabía sumar —. ¡Oh, sí, es mucho trabajo! Pero Ebles es rico. Verás, la despensa está repleta de azúcares finos, almendras, miel y toda clase de frutos secos. Incluso tenemos arroz, e higos de la feria de Limoges cuando es la estación. Con tanto remover y probar los platos he engordado un poco, ¡pero eso siempre es mejor que comer raíces y pan! Ah, sí, cuando el castillo está lleno, te pasas el día entero corriendo de un lado para otro. Y el castillo casi siempre está lleno, claro.

No me extraña que tengan dos pozos, pensó Guilhelma. Sacudió los dedos para quitarse las plumas, cogió el ave y metió la mano dentro de ella. Mientras buscaba las entrañas calientes y escurridizas, recorrió la cocina con la mirada. Ya se sentía como en casa entre toda aquella confusión, pues ¿acaso no estaba acostumbrada al ajetreo y la algarabía? Sólo que aquí sabías con exactitud qué trabajo te aguardaba: había que desplumar y preparar veinticuatro gallinas, y después le tocaría el turno a las verduras. Más tarde, las aves calientes tendrían que ser despojadas de sus huesos y habría que cortar la carne. Los pucheros de los estofados debían ser vigilados. Guilhelma decidió que aquello era más que agradable: era perfecto.

Por un momento se vio mandando sobre los cocineros que preparaban las sopas y las mujeres que se ocupaban de las aves, dueña y señora del reino del sótano y los depósitos inferiores en los que, suponía, estarían guardados los barriles de aceite, harina y vino, y la despensa con todos sus dulces tesoros. Casi podía oler las manzanas invernales, el tocino puesto a curar, el queso y la miel en sus cántaras. Se oyó impartir órdenes a cada sirviente, desde las hoscas mozas de cocina hasta los robustos muchachotes que llenaban los espetones y alimentaban los fuegos. Supervisaría cada movimiento. Imaginó la ordenada procesión de bandejas que dejaban de estar bajo su tutela, atravesaban el patio y eran recibidas con aplausos en la gran sala.

Acabó de sacar el último puñado de vísceras de la segunda gallina y su estómago gruñó.

—Ahora que has acabado —dijo Alba, como haciéndose eco del hambre de Guilhelma—, prepararemos el desayuno. Hay misa a la hora de prima. ¿Nadie te lo había dicho? No importa, es tu primer día.

La enorme mesa de trabajo fue despejada, y los cántaros de vino subieron de la bodega. Jarras de agua sacada del pozo empezaron a sudar en aquella atmósfera recalentada. Los restos del pan de la noche anterior fueron esparcidos en las bandejas, con los trozos más grandes y planos apartados para las tablas de los comensales. Todo el mundo pareció aceptar la presencia de Guilhelma con naturalidad, como si llevara toda la vida en la cocina y sólo hubiera salido un rato a estirar las piernas. Siguió a Alba, cogió un taburete y lo llevó a la mesa. Con una jarra de agua en una mano para rebajar el vino de su tazón de madera, Guilhelma se atrevió a formular otra de las preguntas que le rondaban.

—¿Siempre hay tanto trabajo a primera hora? ¿Cuándo tenéis un rato libre?

—¡Niña, ya tendrás tiempo libre de sobras el día del Juicio Final cuando el castillo por fin quede vacío!

—¿Es que nunca se vacía?

—¡Claro que sí, y benditos sean esos días! Cuando se les ocurre ir a cazar de noche o salen de montería, entonces puedes recuperar el aliento. Pero nunca te avisan de lo que van a hacer. Una mañana despiertas y oyes cómo llevan las bestias de carga al patio y el ruido de los carros siendo enganchados a sus tiros. ¡Y menudo lío se organiza entonces! Las camas y las alacenas se vacían de golpe, hay que doblar las sábanas y guardar los utensilios, las lavanderas protestan porque no habrá manera de que todo esté seco cuando llegue la hora de partir, y las mozas de la cocina se quejan de que no les dejarán ni una olla para preparar la comida. Marie se pone nerviosa, empieza a tartamudear y va por ahí azotando a todo el mundo con su lengua temblorosa. Pero en cuanto se han ido, lo primero que hago es dar un largo paseo por la muralla. Visito los gatos, inspecciono el huerto y echo un vistazo a las conejeras. Después voy al palomar que hay detrás del establo y me entretengo viendo cómo los pájaros entran y salen de él. Sus zureos siempre me tranquilizan, y me encanta oírlos. A veces preparo una fritura especial para los pocos que nos hemos quedado de guardia en las cocinas. Pero te advierto que eso sólo ocurre tres o cuatro veces al año.

—Debéis de tener muchos invitados que vienen de lejos, ¿no?

—¡Oh! Los días de fiesta parece que el castillo va a reventar, sobre todo porque cuanto de más lejos vienen, más tiempo se quedan. En un abrir y cerrar de ojos tendrás a cien personas sentadas a la mesa esperando ser servidas. ¡Es terrible, te lo aseguro! Piensa en la persona famosa que quieras, y seguro que se le ocurre pasarse por Ventadour. Hemos tenido arzobispos, cabezas coronadas… ¡Aparte del Papa, todos han pasado por aquí! Y entonces no paras de trabajar hasta que llega la noche. Apenas se ha acabado el desayuno y ya tenemos que empezar con la comida. Las trompetas se desgañitan antes de que hayamos podido poner la comida en las bandejas de servir, y habrán terminado la acción de gracias antes de que tengamos la sopa a medio preparar. —Se inclinó para hablarle al oído—. ¿Te has dado cuenta de que Pons siempre va corriendo de aquí para allá como si algo le mordiera el rabo? Bueno, nosotros siempre decimos que eso le pasa a todos los que han empezado sirviendo en la cocina. ¡El mundo entero se convierte en una emergencia!

Alba se metió un trozo de pan en la boca y siguió hablando mientras lo masticaba.

—Y luego está el séquito de los señores y todos los criados que se traen consigo cada vez que vienen a parlamentar a Ebles. Cuando han acabado de parlamentar, se instalan en el castillo para disfrutar de una justa o una cacería. No olvides que Ventadour es el único castillo digno de ese nombre en leguas a la redonda, y que a su alrededor sólo hay rocas y precipicios. Cuando por fin consiguen llegar aquí, muchos echan raíces en el castillo durante una estación entera: no se van hasta que se han labrado una reputación o se han llenado la bolsa, o ambas cosas. Por no mencionar a los pajes de las casas cercanas que se alojan aquí y a los eclesiásticos, escribanos, sacerdotes, mensajeros y contables que duermen un par de noches en el castillo antes de seguir viaje. Y cualquier conde, barón o duque, con todo su séquito, al que se le ocurra pasar por este lugar, naturalmente. ¡Ah, por todos los santos! Supongo que he de agradecer al cielo no haber estado aquí en tiempos de guerra. Nunca hemos alojado a soldados. De todas maneras sería imposible encontrarles alojamiento, porque sólo con los habituales ya no cabe ni un alfiler. Si algo he aprendido durante mis cinco décadas, es que cuantos más cuerpos hay metidos en un lugar cerrado, más quisquillosa se vuelve la gente. Pase lo que pase, siempre procuro no meter las narices en lo que no me incumbe.

La puerta de la cocina se abrió y se cerró con un estridente siseo y un seco portazo. Guilhelma sintió una ráfaga de aire frío por debajo de sus faldas.

—¡Pero si es nuestra damita! —canturreó Alba mientras Douce entraba en la cocina—. Y apuesto a que ha venido en busca de un poco de sustento antes de ir a la capilla, ¿verdad? ¡Pues me temo que no nos queda ni un mendrugo, porque le hemos dado todas las sobras de anoche al mendigo! —añadió inclinando la cabeza mientras veía venir a Douce, y luego se levantó para inspeccionar los espetones que giraban sobre las llamas.

Guilhelma cogió otro trozo de pan y contempló a Douce. Su dorada cabellera le caía sobre los hombros como una cortina descorrida. Su túnica, bordada con triángulos rojo y oro, se alzaba sobre su esbelto cuerpo en rígidos pliegues, y debajo de ella una falda de delicada muselina ondulaba por encima de los dedos de sus pies. Douce lucía la expresión solemne y satisfecha de la niña que acaba de cumplir impecablemente algún complicado encargo y busca otra tarea para aliviar su aburrimiento. Sus manos se deslizaban distraídamente sobre la pared mientras recorría la cocina en una concienzuda investigación. Sus dedos rozaban los cantos de las mesas, se detenían sobre el borde de los calderos y jugueteaban con una tapa, un cucharón o una espita sin llegar a ser conscientes de su presencia. Entonces vio al gato de la cocina y se acercó a él entre un revoloteo de faldas.

—¡Gris, Gris!

Gritando su nombre, agarró al gato por la cola, lo levantó del suelo y lo llevó a un taburete junto al hogar. Guilhelma se fijó en el curioso gesto de impaciencia con que se apartaba la redecilla de brocado de la frente para subírsela hacia la coronilla como si fuese una visera, y después la vio iniciar una conversación con el gato que, prisionero en su regazo, no parecía tener muchas ganas de estar allí.

Terminado el desayuno, la cocina empezó a vaciarse con la llegada de la pausa que precedía a los preparativos para la comida del mediodía. Alba le dijo a Guilhelma que iba a salir, pero que si quería podía quedarse allí. Guilhelma regresó a su puesto, donde la aguardaba una cesta llena de patatas. Sus ojos volvieron a posarse en Douce sentada junto al fuego, y luego pasaron a la ristra de hierbas secas suspendida de las vigas encima del hogar. Pensó que lo que veía colgar de las vigas —manojos de romero para los asados, cucharones oxidados llenos de hojas de laurel, masas de albahaca ennegrecida, verdes nudos de camomila cubiertos de polvo, y diminutos ramitos de tomillo, con sus flores marchitas todavía de un tenue color malva— debía de ser la versión invernal del huerto del castillo.

Mientras pelaba las patatas, sus pensamientos buscaron en su memoria los recuerdos de aquellas hierbas curativas que tan bien conocía desde hacía mucho tiempo. Recordaba haberlas recogido de niña en los alrededores de una vieja casa capitular medio derrumbada, no muy lejos de Alès. Decían que la casa se alzaba sobre cimientos puestos por los hombres de César en la antigüedad. Los campos, de hecho, estaban llenos de lo que habían dejado en ellos: un promontorio de piedras mordisqueadas por el liquen que quizá hubiera pertenecido a un muro construido por los romanos, o un peñasco que había formado parte de un fuerte o una guarnición. Entre aquellas piedras, Guilhelma llenaba su delantal de verdes tallos que luego llevaba a casa para preparar tisanas o emplastos. Su madre le enseñaba a convertirlos en paquetitos que calmaban las molestias y los dolores, y aquella parte siempre resultaba muy divertida.

Había un nombre latino para cada una de aquellas plantas. Su madre no entendía mucho de etiquetas, y sólo podía identificar algunas por sus verdaderos nombres. Pero a la hora de medir y preparar las mezclas que le dabas a beber a una persona enferma, era tan hábil como la más experta herbolaria. Preparar las pociones había sido la parte más difícil. Era una ciencia tan exacta como decisiva, y a veces podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Volvió a contemplar las ramitas de camomila seca e intentó recordar sus propiedades. ¿Dónde había visto usar aquella hierba, y de qué manera? Seguramente la habría recogido, pues crecía abundantemente en los alrededores de Alès. El recuerdo volvió a su memoria de pronto: su patrona en Uzès, la mujer del tejedor, afirmaba haber visto cómo los ataques de temblores y balbuceos que padecía un muchacho desaparecían para siempre gracias a la cataplasma de camomila que una curandera le había aplicado en el cuello. Guilhelma recuperó aquel fragmento de conocimiento y lo guardó en su cabeza con satisfacción, sabiendo que podía ser muy útil. Ya había decidido que intentaría curar a Marie de su tartamudeo. Pero todo a su debido tiempo.

De pronto Douce apareció junto a su codo. La niña cogió una patata y empezó a pasársela de una mano a otra.

—¿Cantas sus canciones? —preguntó de repente.

—¿Las de quién?

—Las de tu esposo.

—¿Las canciones de Gaucelm? Oh, sí. No, quiero decir… No. Casi siempre las canta él.

—¿Entonces tocas el laúd?

—Gaucelm toca el laúd.

—¿Quieres decir que no sabes cantar?

Guilhelma hundió su cuchillo en una patata y extrajo el nudo de un brote.

—No; sé cantar.

—¿Compones tus propias canciones?

—Algunas —murmuró Guilhelma.

—¡Pues entonces cántame una!

—Ah… En otro momento, ¿de acuerdo? Ahora no.

—¡Ahora!

Guilhelma, súbitamente irritada por la impertinencia de la niña, se encaró con Douce.

—He de pelar estas patatas para la olla del estofado, jovencita —declaró, apoyando las manos en las caderas—. ¿No sabes que esta noche tendremos el comedor lleno de invitados?

—Ahora. ¿Por favor?

—Dompna, Dieus María!

—Te ayudaré a pelarlas… si me cantas.

Douce cogió un cuchillo del montón de los utensilios. Guilhelma fingió exasperación, pero en realidad se sentía complacida. Cogiendo dos puñados de patatas, las puso delante de Douce.

—Aquí tienes, jovencita. Y ahora, coge una de esta manera y asegúrate de sacar cada brote verde, así.

Trabajaron en silencio una al lado de la otra, con Douce concentrada en las patatas.

Había algo que Guilhelma quería preguntarle. Miró a Douce, titubeó y después se armó de valor.

—¿Eras tú la que estaba anoche en el jardín con una cesta?

El cuchillo de la niña quedó inmóvil entre sus dedos. Su mirada se volvió todavía más fija y penetrante, y después entrecerró los ojos como un conejo asustado. Luego volvió a inclinarse sobre la patata.

—Canta para mí —se limitó a decir.

Después de pensárselo unos momentos, Guilhelma empezó a cantar una canción de hacía mucho tiempo, una delicada melodía que la mujer del tejedor de Uzès solía cantar cuando hacía las cosas de la casa.

—«El otro día vi junto a un matorral a una pobre doncella, la joven hija de un campesino. Ribetes de piel lucía en la gorra y el traje, y de tela eran su blusa y su jubón…».

—¡Sabes cantar!

—Silencio, niña. Si quieres oír una canción tendrás que estarte calladita.

—No soy una niña. Ya casi tengo quince años. Pronto me casarán.

—¿Con quién?

—Oh, no lo conozco… Creo que se llama Comborn.

Guilhelma no hizo comentarios.

—Tienes una voz muy bonita —declaró Douce—. Sigue cantando. Por favor… ¿Qué le ocurrió a la doncella?

Guilhelma carraspeó. Cantar mientras pelabas patatas no era tan mala idea después de todo.

Ninguna de las dos oyó abrirse la puerta cuando Gaucelm entró en la cocina y se quedó sorprendido al oír cantar a Guilhelma.

—Si cum filla de vilana, cap e gonel’e pelissa, vest e camiza treslissa, sotlars e caussus de lana…

Guilhelma, consciente de una presencia, se volvió y lo vio boquiabierto. Gaucelm parecía no saber qué hacer.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó al cabo, yendo hacia ella y apoyando el mentón en su hombro desde atrás.

—Nunca me lo preguntaste. Y si se trata de cantar, te aseguro que no encontrarás a ningún trobairitz o juglaresa que lo haga mejor que yo —dijo ella, poniéndose en jarras como una pescadera ofendida—. ¿Vidal nunca te lo dijo? Ah, el viejo bribón, el mareng villein… —Gaucelm detuvo el torrente de insultos campesinos tapándole la boca con la mano, un gesto que no tardó en convertirse en un beso—. Y por si quieres saberlo —prosiguió ella en cuanto la soltó—, me enseñó a cantar. ¡Me enseñó a cantar, cosa que a ti nunca se te ha pasado por la cabeza intentar!

—Aun así, algún instinto debe de haberme susurrado la idea al oído. Supongo que no habrás olvidado cómo te presenté anoche, ¿verdad?

—¡Me acuerdo! —intervino Douce—. ¡Dijiste que era juglaresa!

—Y yo que creía habérmelo inventado… —murmuró Gaucelm.

—¿No vas a acabar de contar qué le pasó a la doncella? —suplicó Douce. Pero dándose cuenta de que había dejado de ser el centro de la atención de Guilhelma, y como si Gaucelm no estuviera allí, hizo su gran anuncio—: Cantarás en la gran sala. Yo lo arreglaré todo.

—Pero…

—¡Quiero que lo hagas! ¿Esa canción era de Bernard?

—¿Bernard?

—Sí, nuestro Bernard. Se hace llamar Bernard de Ventadour. El famoso, ya sabes. Mamá dice que su madre trabajó para nosotros aquí mismo, en esta cocina.

—No, no es suya. Creo que es de Marcabrun.

Miró a Gaucelm, que asintió.

—¿Quién es ese Marcabrun?

—Un gascón que odiaba a las mujeres —repuso Gaucelm.

—Entonces a mi mamá no le habría gustado —proclamó Douce y, volviéndose elegantemente sobre un talón, salió corriendo de la cocina.

En cuanto la niña se hubo marchado, Gaucelm se volvió hacia Guilhelma. Levantándole la barbilla con el índice y con la sonrisa más radiante de que era capaz, le dijo:

—Ahora entiendo por qué Vidal siempre decía que la cocina es el lugar más importante de una casa. Aquí se puede encontrar de todo, ¿verdad? ¿Qué vamos a hacer contigo ahora que sabemos que puedes cantar, mi querida muchacha? No puedo permitir que me hagas sombra en la corte. ¡Pero juro por san Esteban que siempre supe que eras una mujer de muchos recursos!

q

—Di Mirepoix.

Guilhelma, de pie junto a la ventana bajo la cada vez más tenue luz del atardecer, estudió la posición que Gaucelm había hecho adoptar a sus labios. Cuando dijo «Mirrrrepoix», Gaucelm se encogió sobre sí mismo.

—¿Cómo voy a enseñarte a ser una dama si eres incapaz de seguir las instrucciones que te doy? —Exasperado, se sentó en la cama—. Si Douce se sale con la suya y tienes que debutar delante de los nobles de la región, más vale que vayas aprendiendo a pronunciar la p y la q.

Todo había comenzado hacía unos días cuando Gaucelm decidió bajarle los humos después de haberla oído cantar en la cocina. Envolviéndose en el chal de Guilhelma, empezó a contonearse por sus habitaciones mientras daba vueltas a un manojo de llaves imaginario. La pantomima sólo pretendía ser un suave reproche, porque le parecía que Guilhelma había empezado a darse aires de gran señora desde que Douce le abrió la perspectiva de actuar en la sala de banquetes. Aunque una parte de él aplaudía tanto su valor como su voz, Guilhelma había ido demasiado lejos. Le irritaba su comportamiento en general y, en particular, el que estuviera tan pendiente de Marie y Ebles. En el poco tiempo que llevaban en Ventadour, Guilhelma había hecho notar su presencia mucho más allá de la cocina. Se sabía de memoria todo el horario de actividades y ofrecía sus pequeños servicios allí donde eran más apreciados.

Ya había conseguido prepararle el baño a Ebles y asistir al despertar de Marie, y le informó que Ebles dormía en una cama llena de pieles y mantas de pelo de camello y que el agua con que se lavaba siempre era calentada dos veces en la cocina antes de ser llevada a su cámara. Encontró capullos de rosa secos en la despensa, se los llevó a Marie y le dijo que si los echabas en el agua del baño obtenías una solución muy relajante. Siempre estaba pensando en ese tipo de cosas. ¡Por san Esteban, pero si ya sabía cómo funcionaba Ventadour mucho mejor que él! En un abrir y cerrar de ojos, Guilhelma se había convertido en la nueva reina de los aposentos de la servidumbre.

Gaucelm se levantó de la cama y decidió hacer otro intento.

—Procura no arrastrar las erres y deja de añadir ges al final de palabras como marrain. La otra mañana dijiste que Vidal era un mareng villein, ¿te acuerdas? — Pero cuando Guilhelma se limitó a enarcar una ceja como diciéndole «Y lo es, ¿no?», la expresión adusta de maestro de escuela que había adoptado se disolvió en una carcajada—. ¡Sí, por supuesto que lo es! Has sabido calar a nuestro Vidal, desde luego: ¡es un niño travieso que se merece una buena azotaina!

Esta vez fue Guilhelma la que se puso seria.

—¿Qué quieres decir con eso de que no arrastre las erres?

Gaucelm tragó saliva e intentó calmarse.

—Bueno, volvamos a empezar. Mirepoix.

—Mirrrrrepoix.

—No, así… —Gaucelm abrió la boca para que ella observara la manera en que formaba las sílabas—. No digas «Mirrrrrepoix» —prosiguió extendiendo una retahíla de erres sobre el promontorio central de la palabra.

Guilhelma le miró con temerosa vacilación, como si no se atreviera a intentarlo.

—Dieus e Maria! —exclamó—. Mi lengua hace lo mismo que la tuya: ¡Mirrrrepoix! No veo la diferencia.

—¡No oyes la diferencia!

—Pues entonces explícamela. No te conformes con repetir «Mirepoix» a cada momento como si no te hubiera oído la primera vez.

Gaucelm volvió a suspirar e intentó pensar.

—Tienes que superar ese maldito vicio de las erres —dijo—. Deja de revolcarte en tus condenadas erres, o cualquier día acabarás ahogándote en un mar de erres. Inténtalo: Rosellón, Perpiñán. —La escuchó atentamente mientras repetía las palabras —. Eso está mejor. Y ahora, a ver si puedes oír la diferencia. Per-pi-ñán, no Perrrrr-pi-ñán. Mire-poix. Pierre. Prueba a decir Pierre.

—Pierrrre.

—¡Oh, Dieus! —gimió Gaucelm—. Escucha, el final de una palabra siempre resulta más difícil —le explicó con tono más suave—. Lo de cortar las erres, quiero decir. Di «Pierre de Tolosa».

—Pierre de Tolosa.

—Perfecto. Ahí tienes tu solución: una «r» final siempre debe ir seguida por otra cosa.

Guilhelma le lanzó una mirada entre perpleja y recelosa.

—Nunca digas Pierre a secas, o las erres no se acabarán nunca.

Guilhelma se lanzó sobre él.

—¡Es una suerte que en tu nombre no haya ninguna erre, porque te las haría pagar muy caras! —Gaucelm extendió los brazos para mantenerla a raya. Guilhelma retrocedió un par de pasos—. Y además, si quieres que sea una gran dama, tendrás que tratarme como tal.

—¿Tendrías la bondad de explicarme en qué debería consistir ese tratamiento?

—¿Oro, tal vez?

—¿Y de dónde voy a sacarlo?

—Bueno, si te portas bien y sabes jugar tus cartas, obtendrás oro de ella. Pero te advierto que tendrás que pagar un precio, porque te tentará para que te conviertas en su más ardiente admirador. ¿Y qué gano yo entonces?

—Tienes la mía.

—¿Tu qué?

—Mi admiración. No todos los trovadores tienen su propia juglaresa.

—Cierto, y te lo agradezco —replicó ella—. Pero tu estima no puede cambiarse por monedas.

Gaucelm rió y se lanzó sobre ella.

—¿Detecto una sombra de envidia en tus palabras? —preguntó cogiéndola por los hombros—. ¿Todavía no te has dado cuenta de lo afortunada que eres? Tu Gaucelm te ha alojado en un castillo donde se te alimenta con exquisitos manjares. Pero todo esto no es gratis, naturalmente, y en eso tienes razón. Tu Gaucelm no es ningún lirio del campo. Es un trovador profesional, y como tal debe ganarse el pan ensalzando a su patrona y proclamando su amor por ella.

—¡Amor! ¿Cuándo se ha visto que un trovador profesional tenga que estar enamorado de la dama a la que ensalza?

—No he dicho que tenga que estar enamorado de ella. Pero el que parezca estarlo ayuda.

—¡Me sorprendes, Gaucelm! —le riñó ella—. Bien, entonces enamórate de su oro… pero compón tus poemas para mí. Y procura que tu patrona no acabe enamorándose de ti. Las mujeres ricas con esposos viejos necesitan admiradores, y las mujeres feas siempre son más vulnerables a los halagos que las guapas.

—¿Dónde has aprendido a ser tan sabia?

—En la cama.

—Qué chica tan lista.

Gaucelm se dijo que Guilhelma era eso y mucho más. Le asombraba la forma en que sabía adaptarse a las circunstancias y nunca se la viera asustada o insegura. Guilhelma se sentía tan a gusto entre los nobles como entre la servidumbre. «Soy Guilhelma tanto para los condes como para las mozas de la cocina», parecía decir su presencia. Desde que llegaron a Ventadour se la notaba más satisfecha de sí misma que antes. Gaucelm solía observarla mientras se vestía y veía cómo dedicaba un cuidado especial a su atuendo, y cómo se cepillaba los botines hasta dejarlos relucientes.

Ya casi había oscurecido. Gaucelm se desabrochó el cinturón y se quitó la túnica. Todos parecían sentirse atraídos por Guilhelma. Estaba el caso de Douce, por ejemplo. Gaucelm ya había empezado a darse cuenta de que Douce pasaba casi todas las mañanas en la cocina con ella.

—Douce parece haberse prendado de ti —observó mientras se quitaba la camisa.

—Pobre niña. ¿Te imaginas lo que debe de ser tener una madre como Marie, con esas llaves tintineando junto a su cadera y siempre pendiente de su trabajo?

—Parece más una carcelera que una madre —dijo él, pero Guilhelma siguió hablando como si no le hubiera oído.

—Con Ebles fuera la mayor parte del tiempo y sin hermanos o hermanas, Douce necesita a alguien. Además, cuando estoy con ella nadie puede darme órdenes.

—Muy astuta. —Gaucelm se metió en la cama—. ¡Y ahora acuéstate entre estas sabanas y caliéntame las partes inferiores, mujer!

—Antes cántame una canción.

—¡Yo sí te haré cantar!

—¡Sólo a cambio de oro!

Guilhelma escogió atacar por abajo, y se deslizó bajo las sábanas para mordisquearle los dedos de los pies. Gaucelm rugió y ella le hizo cosquillas en el estómago. Él se arrodilló sobre la colcha y empezó a darle almohadazos hasta que las plumas de ganso se esparcieron por el suelo y los dos se desplomaron sobre la cama.

—¡Silencio! —gritó una voz desde el pasillo—. ¡Haced el favor de guardar vuestros chillidos para la víspera de Todos los Santos!