Trovador
20. El hospicio
20
EL HOSPICIO
F inalmente, la mañana de las calendas de febrero, el primer día del nuevo mes, Douce supo que había llegado el momento. Gaucelm y Guilhelma habían ido al pueblo en el corcel para comprar harina y vino y cerciorarse de que la tumba hubiera sido llenada y señalada. Antes de que el sonido de cascos se hubiera desvanecido en la lejanía, Douce ya había envuelto un trozo de pan en un paño. Acordándose de la mañana gris y fría del funeral de Gui, se puso toda la ropa que tenía. La sorpresa que se llevó al abrir la puerta fue agradable: el aire era casi tan cálido como en primavera. Había salido el sol. La nieve derretida goteaba del tejado. Volvió a entrar en casa y, quitándose una gruesa falda de lana y una blusa, conservó únicamente la camisola y el tosco traje casero debajo de la capa. Después cerró la puerta sintiéndose más alegre y animada.
Había adivinado su ruta mediante una mezcla de instinto, sentido común y el eco de las palabras de Béatritz: «Al norte de aquí, en las colinas…». Si se perdía, pensó, siempre podía regresar. Para no enloquecer, se dijo que tenía que haber una próxima vez y que seguramente Gaucelm no anunciaría aquella noche, con su tono de «nada de síes o peros» que mañana se irían de Mondragón. Confiando, pues, en lo que de hecho era puro azar, su plan consistía en seguir el camino principal hasta que torcía hacia el oeste para ir al pueblo. Daría un rodeo alrededor de Mondragón, y cuando lo hubiera dejado atrás seguiría andando en dirección norte hasta que viera colinas.
Y así partió la mañana de lo que Alba la cocinera gustaba de llamar «un día picazo». En Ventadour, eso quería decir que los elementos habían convergido para producir un paisaje blanco, negro y marrón. La nieve se derretía, los peñascos mostraban sus flancos, y vetas de esquisto reluciente salpicado de barro brillaban en cada hondonada.
Todo crujía y murmuraba alrededor. Ramajes de nieve caían pesadamente al suelo y ocultaban las cunetas ya llenas de restos al tiempo que los abanicos verdinegros de las higueras, recién liberados de sus cargas de nieve, parecían saludarla ceremoniosamente.
Pero los montones de nieve medio derretida y los restos vidriosos de hielo astillado dificultaban la marcha. Douce se vio obligada a rodear las grandes zanjas fangosas surcadas por roderas de carros que atravesaban el camino. Aun así, se alegraba de poder estar sola, lejos de los cuidados asfixiantes de Guilhelma y las continuas preguntas sobre su estado de ánimo que le dirigía Gaucelm. Aunque sólo fuese para variar, quería ser una nulidad en vez del centro de toda la atención, y mientras andaba notó que sus piernas parecían ir recuperando las fuerzas. En el camino podría ser lo que quisiera y dejar atrás las muertes de sus seres queridos.
Pero aquella libertad imaginada no la acompañó durante mucho tiempo. Se disponía a salir del camino para ir hacia el norte cuando vio a un jinete que venía hacia ella. Douce empezó a andar más despacio, esperando que el hombre pasara y se perdiese en la lejanía. Sabía que los caminos nunca eran seguros, pero su deseo de encontrar el hospicio había vencido a su miedo. Bajó los ojos, pero el jinete hizo que su montura aflojara ominosamente el paso. Con creciente temor, Douce cerró la mano sobre el rubí de Gui. Cuando el jinete detuvo su caballo junto a ella, Douce estaba tan asustada que sólo podía oír el sordo retumbar del pulso en sus sienes. Cuando logró reunir el valor necesario para levantar la cabeza, se encontró con los ojos del tío Raoul. Lanzando un grito de alegría, abrazó su bota en el estribo y su capa. Se lanzó sobre él con tal ímpetu que el caballo respingó hacia la derecha, y Raoul tuvo que concentrarse en el asustado animal para evitar que se desbocara.
—¡Es un milagro que hayas escapado! —exclamó, contemplando su tonsura de monje y sus ojos hundidos.
—Fue pura suerte. Al menos en parte —dijo él, todavía jadeando, y se inclinó sobre el cuello de su montura para tranquilizarla con unas palmaditas—. Mi trabajo consiste en advertir a quienes comparten nuestra fe cuando hay peligro. Había cruzado el río y acababa de dejar atrás Saint-Etienne cuando supe lo de Béatritz. Es una pérdida terrible para nosotros. Cuando las cosas se hubieron calmado un poco, fui a ver a su padre, el viejo barón.
—¿Cómo se lo tomó?
—Está bastante enfermo, y la cabeza ya no le rige muy bien. —Raoul tomó las riendas en la mano izquierda y desmontó—. No pareció entender lo que le estaba diciendo, y no paraba de preguntarme por qué está encerrado en su propio castillo. Creo que esperaba ver entrar a Béatritz en cualquier momento trayéndole vino y comida.
Douce asintió con tristeza.
—¿Y adonde va esta joven dama sola por los caminos?
—Béatritz me habló de un hospicio, un lugar donde la acogieron y le dieron protección…
—¿Tienes problemas?
—¡Oh, no! —repuso enfáticamente ella, temiendo que Raoul la hubiera malinterpretado.
—En ese caso, bien hallada seas —dijo él—. Te acompañaré al hospicio. Ibas por el buen camino, pero te he evitado tener que tomar por esa bifurcación de ahí delante, en el caso de que fueras hacia allí. Y ahora, deja que te ayude a subir.
Cuando se hubieron acomodado sobre la silla, Raoul volvió la cabeza para que pudiera oírle.
—Debo admitir que estoy un poco asustado. Me sé el camino de memoria, pero hace muchos meses que no voy por allí. Está en uno de los distritos a los que no me dio tiempo de llegar antes de que el cielo volviera a caérsenos encima, así que cualquiera sabe lo que encontraremos. Te presentaré a las parfaites que lo dirigen, Johana y Marda… si todavía están allí. Pero luego no podré esperarte, porque debería haber pasado esta última hora en la casa segura donde agoniza el hermano Lucien. Quizá ellas puedan encontrar a alguien que te traiga de vuelta. Pero por si acaso, ve fijándote en el camino que seguimos.
Cabalgaron en silencio durante un rato. Douce, que a duras penas podía contener su alegría ante la repentina aparición de Raoul, decidió interpretarla no sólo como un signo de buena fortuna sino como una confirmación espiritual: sí, realmente iba por el «buen camino». Absorta en aquellos pensamientos, no se grabó en la memoria ni una sola casa, establo, peñasco o recodo del sendero. Veía todo lo que la rodeaba como distintos tonos de blanco, plata, gris y negro, el borrón familiar de un paisaje picazo.
Raoul la miró. La lana de su capa, que había exudado un frío de nieve aquella noche hacía poco más de una semana cuando se plantó delante del fuego de Béatritz, ahora estaba tan caliente como una manta bajo los dedos de Douce.
—¿Puedo preguntarte por qué quieres ir al hospicio? Perdóname, pero ahora ya sabes quién soy y cuáles son mis creencias. Dado que he de llevarte allí y presentarte a mis compañeros en la fe, quizá podrías contarme qué vas a hacer.
Douce cambió de postura, inclinándose hacia el flanco del caballo para que pudiera oírla sin dificultad.
—Tuve un sueño —dijo, pero no supo cómo continuar. Raoul volvió la cabeza hacia ella, animándola a seguir—. Había voces —murmuró. Volvió a contemplar el perfil de Raoul y se preguntó si se estaría riendo para sus adentros. Decidió que no y, armándose de valor, prosiguió—. Durante el sueño me ocurrió algo. Vi a un ángel vestido de blanco que no quería darme alas, y entonces el ángel vio los cuernos que me salían de la nuca y corrió hacia mí con un crucifijo. ¡Oh, te parecerá una insensatez! Suena ridículo, lo sé. Pero cuando desperté supe que había encontrado mi fe, y que tenía que ir al hospicio de Béatritz.
Raoul la había escuchado en silencio, con su cabeza meciéndose al compás de los andares del caballo. Después se volvió hacia ella.
—Lo que has dicho me ha dejado muy impresionado, pues está marcado por el sello de una auténtica conversión. No intentaré disuadirte. Pero te ruego por tu propio bien que pienses en lo que estás haciendo. Me oíste decirle a Béatritz que existe un grupo organizado, la Hermandad Blanca, que quiere acabar con nosotros. Con un fanático enemigo de los herejes al frente de ellos y aliados como Alfonso de Aragón, podemos estar seguros de que no hablan por hablar. Ya has visto con qué fervor odian las tropas de Alfonso a los cátaros, y ahora ya sabes hasta dónde pueden llegar en su violencia. ¿Estás segura de que quieres encaminar tu futuro hacia semejante destino? Tu joven vida siempre correrá peligro.
—Te agradezco tus palabras, Raoul —dijo ella tras una pausa—. He pensado mucho en esto. Estoy preparada para enfrentarme a todo lo que conlleva ingresar en esta Iglesia… incluso el máximo sacrificio final. Mi vida encontró un nuevo propósito cuando entré en la casa de Béatritz.
—En ese caso, Douce de Ventadour, ¡que Dios sea contigo! —exclamó Raoul, secretamente complacido por su ardor.
Douce se estiró detrás de él para echar un vistazo al paisaje, y le dio un vuelco el corazón al ver colinas en la lejanía. El hospicio ya no podía estar muy lejos. Se inclinó hacia adelante.
—¿Puedes decirme qué se espera de mí? —preguntó—. ¿Hay alguna respuesta que debiera conocer de antemano?
—¿Béatritz no te instruyó?
—No hubo tiempo para ello. Béatritz no tenía ni idea de que yo…
—¡Comprendo! ¿Has ayunado?
—No. No conozco el ritual, y lo único que sé de vuestra doctrina es que creéis en el Consolamentum y el beso de la paz. Oh, y en la endura.
—¡La endura! Pero eso es el ayuno que termina con la muerte… ¡Eso no es para los croyants!
—¿Es eso lo que soy?
—Eso serás cuando hayas elevado los votos. Si tenemos suerte, Marda y Johana estarán allí para guiarte. Cuando hayas dado las respuestas e intercambiado el beso de la paz serás una «creyente». Para muchos de nosotros eso sólo es el principio. El hermano Lucien, a cuya cabecera no tardaré en acudir, es un parfait. Ya ha recibido el Consolamentum.
—¿Es algo como la extremaunción?
—¡No lo quiera Dios! No, Douce, nuestra fe prohíbe todos los sacramentos salvo uno, y ése es el bautismo por el Espíritu Santo… el Consolamentum.
Douce guardó silencio. Tenía muchas preguntas que hacer, pero el camino se volvía cada vez más escarpado a medida que subían y comprendió que Raoul debía de tener el cuello un poco dolorido de tanto volverlo en su dirección y que necesitaba concentrarse en el estrecho sendero. No obstante, había una cosa que ardía en deseos de saber. Después de un intervalo, murmuró:
—¿Eres uno de ellos? Como el hermano Lucien, quiero decir… ¿Eres un parfait?
—Lo soy —se limitó a decir Raoul.
Satisfecha, Douce volvió a acomodarse sobre la silla de montar. No podía pedir un guía mejor.
Un rato después Raoul señaló algo a la derecha de ellos.
—Allí está. ¿Puedes verlo entre los árboles?
Douce se irguió.
—¡Sí! —exclamó al divisar una casita medio escondida entre los pliegues de una ladera.
Cuando se adentraron en el bosque pudo ver que sus paredes encaladas estaban llenas de musgo, tal como se las había imaginado. Pero cuando estuvieron más cerca vio que el «musgo» era el verdor de las enredaderas y parras que habían crecido con densidad sobre el dintel, agrietando la mayor parte de la escayola por debajo del tejado. Salieron del sendero y desmontaron en un pantano. La vegetación húmeda y maloliente engulló sus pies hasta los tobillos, lo cual indicaba que hacía meses que nadie se atrevía a limpiar aquel lugar. El rostro de Raoul se ensombreció mientras guiaba al caballo hacia la puerta del hospicio.
Afortunadamente, su llamada provocó un murmullo de voces seguido por unos pasos. La puerta fue entreabierta unos centímetros por un par de figuras, una de las cuales atisbaba por encima del hombro de la otra.
—¡Es el tío Raoul! —exclamó una de ellas.
La puerta se abrió de par en par, y las dos mujeres salieron corriendo por ella para reclamar la mano libre de Raoul mientras éste intentaba calmar a su asustada montura con la otra. Las mujeres eran opuestas en todos los aspectos, una alta y majestuosa (como la reina Leonor, imaginó Douce); en tanto que la otra, que era más bien baja, lucía una ancha sonrisa y tenía un cuerpo que hacía juego con la sonrisa.
—Os he traído a una creyente —dijo Raoul, atando el animal a un grueso tronco y volviéndose hacia Douce—. Ésta es Marda.
La más alta de las dos, de rostro afable y bondadoso, le tendió la mano y Douce palpó anillos en sus esbeltos dedos cuando la estrechó.
—Y ésta es Johana.
La segunda parfaite tomó las manos de Douce en las suyas, robustas y un poco gordezuelas.
—Bienvenida —dijo.
Marda les sostuvo la puerta para que entraran.
—¿Cómo te llamas? —preguntó cuando Douce cruzó el umbral.
—Soy Douce, la hija del conde Ebles de Ventadour.
—¡Estás muy lejos de casa! —exclamó Johana—. Tío Raoul, ¿patrocinas a Douce de Ventadour?
—¡No, no! —exclamó Douce—. Béatritz de Die me… me habría enviado aquí.
—Una gran amiga. La echaremos de menos.
Marda llevaba unas sayas de una tela esponjosa ribeteada de armiño, el atuendo de una mujer de un noble. No viste de negro y no tiene aspecto de cátara, pensó Douce. Debía de haberse quedado mirándola fijamente, porque Johana le leyó la mente.
—Han capturado a tantos de nosotros que el disfraz se ha vuelto necesario para no despertar sospechas —dijo.
—¡Un disfraz de lo más convincente! —exclamó Raoul echándose a reír—. Dos mujeres de alcurnia y de cierta edad, ambas vestidas con sedas y pieles, escondiéndose en una miserable casita del bosque. Especialmente tú, Marda… ¿Eso es terciopelo o ardilla? —Cogió una punta de sus sayas y la hizo crujir—. Si estuvierais en una gran sala o en unos aposentos suntuosos, entonces podríais lucir todos los terciopelos de Persia. Pero ¿en esta cabaña? ¡Incluso el más estúpido soldado aragonés sospecharía que aquí hay gato encerrado!
—Pero es que no tengo otra cosa —declaró Marda—. Que piensen lo que quieran.
—En cuanto a ti, Johana, ya veo que no se te puede acusar de haberte engalanado en exceso —le dijo Raoul a la más baja de las dos con un brillo de maliciosa diversión en los ojos.
Douce vio que el rostro de Johana rayaba en lo rubicundo, y que sus ojos eran del mismo e intenso azul que su traje.
—Ya sé que las últimas modas exigen un poco más de elegancia y austeridad en el atuendo, pero no podemos seguir sus dictados —dijo.
Raoul rió.
—Por la misma razón, hemos permitido que la casa esté tal como la ves —dijo, agitando una manga ribeteada de armiño en un gesto de derrota.
Lo cierto era que la sala en que habían entrado ofrecía un aspecto bastante lamentable. Una mesa volcada no había sido enderezada, y las dos mitades de un gran cántaro de barro roto seguían en el rincón donde habían caído. Toda la entrada mostraba signos de haber sido saqueada recientemente.
—Así que vinieron aquí —dijo Raoul—. Ya me lo temía, pero no pude avisar a todo el mundo en tan poco tiempo.
—No te culpes —dijo Marda—. En cualquier caso, logramos escapar antes de que pudieran vernos. Fuimos colina arriba.
—A casa del hermano Lucien… —dijo Raoul.
—Sí —confirmó Marda.
—Ahora iré allí —dijo él.
—Hemos pensado que si vuelven por aquí así verán que la primera vez no nos pasaron por alto —explicó Johana—. De esa manera, y si Dios quiere, irán en busca de otros blancos más tentadores.
Raoul meneó la cabeza.
—Si Dios quiere… —repitió—. Y ahora, mis queridas amigas, dejo a mi pupila en vuestras bondadosas manos. La cabecera del hermano Lucien me aguarda. Espero no llegar demasiado tarde.
—Cuando le leímos el Evangelio de Juan aún fue capaz de responder —dijo Marda—, pero tememos que ya no le quede mucho tiempo.
—Douce… —Raoul fue hacia ella y Douce se encontró envuelta en su paternal abrazo. Después, mientras le cogía las manos y la contemplaba, sintió un nudo en la garganta—. No des la espalda a la gracia de Dios —le dijo y, antes de irse, la miró a los ojos y añadió—: Hazlo por Béatritz.
—Ven, Douce de Ventadour —dijo Marda—. Síguenos a nuestro lugar de culto.
Encendió una antorcha que proyectó sombras en sus marcados pómulos y el arco aristocrático de su nariz. Douce se sorprendió al ver la profundidad que la luz confería a sus facciones. Marda llevaba su fino cabello plateado recogido en una tiara como Béatritz, pero en su caso reposaba sobre la nuca como un nudo que hubiera resbalado por detrás de su cabeza. Con la antorcha en alto, pasó ante Douce y los pliegues de sus sayas de terciopelo ondularon cuando abrió una trampilla en el suelo. Johana le puso la mano en el hombro y las dos siguieron a Marda por una escalera de caracol y un largo pasillo de piedra hasta que, con un estremecimiento de excitación, Douce comprendió que se encontraban muy por debajo del suelo.
Acabaron llegando a una cámara de paredes encaladas en la que había un altar cuadrado de piedra. El mobiliario se reducía a dos bancos de madera y una mesa toscamente tallada del tipo que se usaba en los refectorios de los monjes. Johana trajo un mantel de lino blanco que Marda desplegó sobre el altar, y después Johana cogió dos cirios y los encendió con la antorcha. Marda le señaló uno de los bancos a Douce y se sentó a su lado mientras Johana colgaba la antorcha de un aro de la pared y se reunía con ellas.
—Así que deseas hacerte creyente en la fe —dijo Marda. Douce ya había advertido que Marda siempre parecía llevar la iniciativa en todos los asuntos ceremoniales, mientras que Johana, más joven y enérgica, se ocupaba de las cuestiones prácticas—. ¿Has ayunado? —le preguntó.
—No —dijo Douce—. He estado enferma.
Y de pronto se sintió invadida por una especie de respetuoso temor ante su presencia que casi la asustó, a pesar de que eran más jóvenes que su madre y no mucho mayores que Béatritz y que, de hecho, habían sido amigas de Béatritz. Así pues, ¿a qué venía aquel pánico?
—¿Qué sucede, na Douce? —preguntó Marda, usando el diminutivo.
Han percibido mi inquietud, pensó Douce, y lo peor es que no sé por qué estoy tan nerviosa. En ese momento, una imagen de sacerdotes barbudos con sus vestimentas bordadas, nubes de incienso y recitaciones de las Escrituras en latín —la Iglesia tal como había llegado a serle familiar durante su infancia— surgió en su cabeza. En aquella pequeña habitación no había ningún vestigio de su antigua fe.
—Aquí sólo hay… mujeres —no pudo evitar decir.
Marda rió.
—Resulta un poco extraño, sí. Perdona, pero a veces se nos olvida que todo esto es nuevo para ti y que no estás acostumbrada a ver mujeres como nosotras.
—Pero Béatritz… —dijo Douce, pensando en ella y en la señora Belot—. Aun así, parece extraño.
—Béatritz era un caso un poco especial. No estaba destinada a guiarte por el camino de la fe como nueva miembro, como creyente. Estás aquí gracias a ella, pero seremos nosotras las que escucharemos tus respuestas de acuerdo con el ritual cátaro. Con nosotras y aquí, en esta habitación, estás escogiendo tu vida, na Douce. Eso es lo que hace que este viaje sea tan notable.
Douce inclinó la cabeza. Sí, tenía razón.
—Béatritz quizá no te haya contado que nuestra práctica está tan dirigida por las mujeres como por los hombres —siguió diciendo Marda—. Como has tenido ocasión de ver por el ejemplo del tío Raoul, los perfectii pueden ser tanto hombres como mujeres. Las mujeres suelen encargarse de predicar. Los hombres pueden cuidar a los enfermos y velar a los agonizantes, y son capaces de hacerlo tan bien como las mujeres. Ahora Raoul, como ya sabes, irá a una casa segura para velar a nuestro hermano Lucien en su lecho de muerte. Nuestra religión no da ninguna importancia al sexo: lo importante es hacer las cosas, no quien las haga.
La explicación era sencilla y alivió la sensación de extrañeza de Douce. Su suspiro fue claramente audible.
—Y ahora, empecemos con tu instrucción —dijo Marda y, recostándose en el banco, le hizo una seña a Johana.
Johana alisó la seda de su regazo y entrelazó las manos encima de él.
—No te asustes ante nuestra falta de decoro —dijo—. Vivimos tiempos extraños. Lo tradicional es que este momento venga marcado por una reunión de los fieles. Normalmente para la ceremonia seríamos diez o doce y llevaríamos túnicas negras con capucha, como probablemente sabes. En primer lugar todo el mundo participa en una lectura del Nuevo Testamento. Después nos cogemos de las manos y nos inclinamos tres veces ante el altar. A continuación empiezan las respuestas…
—No conozco las palabras —dijo Douce.
—Nosotras te iremos guiando a través de ellas —dijo Marda—. Yo prepararé la lectura mientras tú vistes a na Douce, Johana.
—Ven conmigo —dijo Johana dulcemente.
Douce siguió a la parfaite hasta un pequeño vestíbulo detrás del altar, donde había unas cuantas túnicas de lana negra encima de un banco. Johana escogió una para Douce, asegurándose de que no le quedaría demasiado larga, y cogió dos prendas más antes de que volvieran a reunirse con Marda.
Cuando las tres mujeres hubieron ocupado sus lugares después de haberse puesto las túnicas negras, con Douce entre ellas en uno de los bancos, Marda abrió las Escrituras por el Evangelio de san Juan y leyó:
—«Soy un rey… Para esto nací y por esta causa he venido al mundo, para poder dar testimonio de la verdad. Que todo aquel que pertenezca a la verdad oiga mi voz».
La parfaite hablaba en voz tan baja, casi en un susurro, que las mismas paredes de la sala parecieron acercarse a ella para escucharla.
—No tengas miedo, Douce —susurró Marda después de haber guardado silencio durante unos momentos—. Lo único que has de hacer es hablar con el corazón. —Se levantó, fue al altar y se arrodilló. Después se puso en pie y miró a Douce—. Y ahora repite estas palabras: «Comparecemos ante Dios y ante ti y ante el poder de la Santa Iglesia para recibir servicio, perdón y penitencia por todos los pecados que hemos cometido de obra, palabra o pensamiento desde nuestro nacimiento hasta ahora, y rogamos de tu piedad y de la piedad de Dios que reces por nosotros al Santo Padre de piedad para que nos perdone».
Frase tras frase, la voz de Douce se hizo eco de la suya.
—¿Pides perdón por tus pecados? —le preguntó Marda a continuación.
—Lo pido —replicó Douce sin vacilar, permitiendo que las palabras llegaran hasta ella desde algún lugar que no trató de identificar.
—Si deseas recibir la verdad de esta Iglesia debes observar todos los mandamientos de Cristo —prosiguió Marda—. ¿Renuncias, en primer lugar, al credo católico y a todos los sacramentos de la Iglesia ortodoxa, incluido el del matrimonio?
—Renuncio.
—¿Prometes no comer carne, no matar y no prestar juramento?
—Lo prometo.
—Prepárate para tu iniciación —dijo Marda.
Douce sintió que una llamita se encendía en su interior, y se levantó sin necesidad de que se lo pidieran.
—Deseas ser recibida en la Iglesia de Dios y que tu confirmación como croyante sea sellada con la santa plegaria y el beso de la paz. Ahora escucha las palabras de san Juan en su Epístola: «Amado, no ames el mundo ni las cosas que son de este mundo. Quien ama el mundo y sus deseos perecerá, pero quien hace la voluntad de Dios perdurará eternamente».
Douce sintió un súbito temblor en la espalda. ¿No le había oído decir eso mismo a Béatritz la noche en que el tío Raoul fue a su casa?
—¿Posees esa voluntad? —le preguntó Marda.
—Sí, la poseo —respondió Douce—. Y pido a Dios que me permita conservarla mientras viva —añadió solemnemente.
—Que Dios te bendiga. Que arrebate tu alma al mal y te lleve a un buen final.
Así Béatritz vivirá en mí, pensó Douce.
Las dos mujeres se adelantaron hacia ella. Los Evangelios fueron colocados sobre la cabeza de Douce y las tres intercambiaron el beso de la paz, uno en cada mejilla. Los actos no podían ser más sencillos, y sin embargo Douce se sintió tan transformada como si hubiera atravesado el fuego de su fiebre. Después se arrodilló delante del altar y rezó durante largo rato mientras las mujeres esperaban detrás de ella sosteniendo los cirios.
Cuando por fin se levantó, Marda le tomó las manos en las suyas.
—Na Douce de Ventadour, ahora eres una de nosotras en la fe.
Johana abrazó a la nueva croyante y la ayudó a quitarse la túnica. Después se quitó la suya y extendió un brazo para recibir la de Marda antes de devolver las tres prendas al vestíbulo. Las llamas de los cirios temblaron mientras iban por el pasillo que llevaba a la trampilla. Douce dio un paso y se volvió. Las mujeres se detuvieron. Douce se sacó el anillo de Gui y lo dejó encima del paño blanco del altar.
—Para dar de comer a los pobres —se limitó a decir, y las dos parfaites inclinaron la cabeza.
Cuando salieron a la luz del día, el cielo estaba nublado.
—Es mejor ir por el viejo camino romano, el cami roumieu —le aconsejó Johana cuando Douce les contó que quería pasar por Courthézon—. Los peregrinos lo usan, así que tu presencia no resultará sospechosa.
—Recuerda que siempre debes ir disfrazada —añadió Marda.
—Sólo debes vestir de negro cuando estés entre nosotros y nunca en público, porque de lo contrario atraerías la atención sobre la fe —dijo Johana—. Y la carne nunca debería tocar tus labios.
Una pausa indicó que se aproximaba el momento de la despedida, pero de pronto Marda exclamó:
—¡El mapa, Johana!
Ésta se apresuró a volver a la entrada con Douce y Marda detrás. Un instante después las tres se inclinaban sobre un pergamino sujeto que Marda había apoyado en el canto de la mesa volcada. Era un tosco diagrama salpicado de cruces que parecían huellas de patas de cuervo. Douce se acordó de que Béatritz les había hablado de aquel mapa.
—¿Casas seguras? —preguntó.
—Exactamente —dijo Marda, señalando una gran marca negra un poco a la izquierda del centro—. Eso es Mondragón. —Su dedo se desplazó hacia el sureste—. Courthézon está aquí. El cami roumieu pasa por Mornas, y luego sigue por aquí — explicó—. Queda a medio día de viaje. Y a partir de ahora, estés donde estés siempre encontrarás alojamiento allí donde veas estos signos. —Señaló una de las muchas marcas negras, y que tenían la forma de cruces simétricas, como el pequeño talismán que le había dado la señora Belot. Marda se irguió y Johana cogió el mapa cuando ya empezaba a resbalar de la mesa—. No se me ocurre nada más que debas saber —dijo Marda mirando a Douce—. Siempre te recordaremos.
Pronunciando sus nombres, las tres mujeres volvieron a besarse en la mejilla.
—Entonces adiós —dijo Douce—. Os lo agradezco de todo corazón. Siempre os recordaré. —Y volvió a besarlas en la mejilla.
Al salir de la quietud del hospicio, se sintió cambiada. Sus sueños la habían conducido hacia una paz que de otra manera quizá habría buscado en vano durante toda su vida. Casi sonrió al pensar que la mayoría de personas hacían oídos sordos a aquella llamada, o se limitaban a recorrer una parte del camino para acabar retrocediendo asustadas. Ella, en cambio, no había tenido más remedio que seguir hasta el final. ¿Y por qué no ser totalmente transformada en fuego?, pensó con un repentino apasionamiento.
Sintió un súbito deseo de echar a correr, tan ligera se sentía. Pero el cielo se había puesto de un malva amenazador, el color de la tormenta. Sólo había dado unos pasos cuando la lluvia empezó a caer, primero como una fresca caricia y luego persiguiéndola juguetonamente para acabar azotándola. La lluvia se escurrió entre sus ropas mordisqueándole los talones como un cachorro, y finalmente se abatió sobre ella como un ejército lanzado a la carga. ¡Menudo bautismo! Douce echó a correr. El corazón le latía cada vez más deprisa. Aspiraba el aire a grandes bocanadas, como si pudiera llegar a agotarlo. El agua le escocía los ojos, fluía junto a sus fosas nasales y le entraba en las orejas. El mundo entero parecía haber quedado sumergido bajo el diluvio, y tuvo que atravesar lo que parecían torrentes. El cielo se había puesto tan púrpura como una anémona de mar, y el trueno retumbaba en sus confines.
Mientras la tormenta la perseguía con sus agujas de lluvia, una especie de alivio se adueñó de ella, para acabar sollozando como una niña mientras subía penosamente colina arriba. El sendero estaba lleno de fango y apenas era reconocible. Resistió el impulso de tumbarse a descansar. Estaba tan empapada que daba igual que se dejara vencer por aquel terrible vendaval.
Pero entonces, y tan repentinamente como había empezado a llover, el cielo se rasgó y Douce vio aparecer una cordillera de nubes color cobalto cuyos hirvientes centros sulfurosos burbujeaban encima del horizonte. La tormenta estaba amainando y una rebanada de luz iba ensanchándose rápidamente bajo el telón que la naturaleza se disponía a subir. No tardaría en dejar de llover. Pensó en Gaucelm y Guilhelma, aunque ahora ya no se sentía la heroína de sus preocupaciones. Había iniciado una nueva vida. Un recodo en el sendero enfangado le reveló un mojón de piedra, y después volvió a ver el camino.