Trovador

Clara Pierre · Capítulo 24 de 32

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Trovador

Cuarta parte. Courthézon 1209

CUARTA PARTE

 

COURTHÉZON

1209

23

 

JALOSIA

 

E n el Languedoc se incubaba una terrible tormenta. El descontento y la sequía asolaban los alrededores de Tolosa y se extendían hasta Foix para detenerse en Carcasona y Béziers, ya casi en la frontera con Provenza. Cuando acabaron de recoger la cosecha de 1202, los granjeros se maravillaron de lo inmóviles y silenciosos que permanecieron los campos durante el verano, como si esperasen que los truenos y rayos llegaran desde más allá de las montañas para caer súbitamente del cielo. El implacable calor había quemado el trigo hasta volverlo de un feo color marrón; las reses morían de sed encima de las costras secas de sus propias heces; y la lluvia no llegaba.

Aquel año se cerraron muy pocos acuerdos en las ferias de septiembre. Algunos de los puestos estaban vacíos; otros exhibían algunas piezas de muselina y montoncitos de naranjas y manzanas del invierno; y el queso duro había sustituido a la carne como relleno de los pasteles. Las tabernas eran las únicas que hacían negocio, porque los hombres se reunían en sus oscuros y frescos interiores para beber y hablar del pésimo verano.

Las riñas surgían, y en todas partes los hombres se enfrentaban unos a otros con una hosca y ceñuda ira: granjero contra granjero, leñador contra guardia, alguacil contra magistrado.

Cerca de Fanjeaux, un clérigo castellano llamado Domingo inflamaba las pasiones contra los que daban la espalda a la verdadera Iglesia. Alrededor de Pamiers y Galhac, los campesinos estaban inquietos, divididos y enfrentados entre sí: algunos eran seguidores de los párrocos de Roma y otros de los predicadores proscritos que proclamaban la nueva fe. Varias incursiones contra familias cátaras en las regiones montañosas del Aude y las comarcas del Albigés dejaron el familiar espectáculo de casas reducidas a escombros humeantes y esqueletos calcinados. Pero la primera década del nuevo milenio traería consigo cambios más graves que una mala cosecha y algunas persecuciones de herejes.

A finales de 1202 el nombre de Folquet de Marsella ya era conocido en todas las cortes del sur. Él y un puñado de píos seguidores habían organizado la Hermandad Blanca, y juntos alzaban sus voces contra la nueva religión en todos los púlpitos influyentes a los que lograban acceder. En Albi y Tolosa, Folquet había proclamado públicamente su intención de limpiar el reino de Raimundo de aquellos a los que llamaba «infieles más inmundos que los sarracenos, blasfemadores de la Santa Sede, azote de la civilización». Y antes de que hubieran transcurrido tres años, aquel hijo de un mercader de Marsella, aquel trovador fracasado y mujeriego arrepentido fue nombrado, contra toda lógica, obispo de Tolosa. Tras haber sido ascendido a tan alto cargo, Folquet ya podía medirse en pie de igualdad con su vieja némesis y antiguo anfitrión Raimundo, Luz del Mundo. Por fin podrían enfrentarse cara a cara en lo que prometía ser un combate a muerte.

El nuevo obispo enseguida supo ganarse el favor del Papa. A comienzos de 1208, Folquet ya había trazado su estrategia y estaba preparado para humillar a Raimundo.

En primer lugar, el papa Inocencio III administró una severa reprimenda al conde de Tolosa por no haber logrado acabar con los cátaros, y después lo amenazó con el anatema. Finalmente, y a instancias de Folquet, envió una delegación encabezada por Pierre de Castelnau, cisterciense y uno de los hombres del obispo Folquet. Reaccionando con la flexibilidad que siempre había caracterizado a su política, Raimundo se dijo que humillarse de palabra ante las autoridades siempre sería preferible a correr el riesgo de verse excomulgado. Aquel temible edicto, en efecto, no se limitaba a indicar una mera desgracia espiritual de naturaleza personal, sino que disolvía los vínculos entre el vasallo y el señor y, por extrapolación, podía llegar a excluir a toda una población de la práctica religiosa. Para Raimundo, las consecuencias de semejante desafío eran impensables. Así pues, se tragó su orgullo y el día de enero fijado juró solemne lealtad a Castelnau como enviado papal.

A la mañana siguiente y después de que la delegación hubiera partido hacia Roma una vez cumplida su misión, Pierre de Castelnau vadeaba un arroyo de gélidas aguas cuando fue herido de muerte por una jabalina de caza. Ese acto llevado a cabo por un asesino desconocido bastó para atemorizar a todo el mundo. Raimundo fue excomulgado. La chispa por fin había encontrado la yesca: el papa Inocencio proclamó una cruzada contra los cátaros, pidiendo a su mejor aliado, el obispo Folquet, y a los príncipes cristianos de todas las tierras que aniquilaran a los herejes.

Esta llamada a las armas fue atendida por el implacable barón norteño Simón de Montfort, quien se apresuró a movilizar sus tropas. Una guerra a gran escala contra los herejes estaba a punto de estallar.

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Poco después de que Tolosa resultase derrotada en Mondragón y Mornas el año 1202, las guerras por los feudos fueron cesando poco a poco. Raimundo, sometido a una creciente presión por el Papa, renunció a sus pretensiones sobre Provenza para atender asuntos más acuciantes y cercanos. El que Raimundo depusiera las armas permitió que Alfonso de Aragón viera confirmados aquellos derechos sobre Provenza que, proclamaba, en cualquier caso se remontaban a casi un siglo atrás. Raimbaut de Orange, liberado de esas incursiones militares que violentaban tanto su carácter, pudo invertir sus energías —e ingresos— dentro del acogedor círculo de su corte. Cuando se enteró de que Castelnau había sido asesinado, se limitó a encogerse de hombros y dijo: «Raimundo ha cometido una grave imprudencia… De hecho, un auténtico suicidio». Pero los nobles del Languedoc eran así. Provenza, por su parte, se hallaba en paz.

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Courthézon, marzo de 1209. Guilhelma estaba aparatosamente embarazada. Cada mañana, cuando apenas había abierto los ojos, se llevaba la yema de otro dedo a la palma. Si sus cálculos eran correctos, sólo le quedaban por contar los dedos de una mano antes del parto. Con el paso de los años había empezado a aceptar su esterilidad, considerándola un castigo del Altísimo a aquellos días en el barrio del Chantier, cuando tenía que evitar un nacimiento accidental por todos los medios a su alcance. En aquellos tiempos había comido semillas de zanahoria maceradas y sorbido incontables pociones de raíces de jengibre aromatizadas con menta, y apuró muchos vasos de amargo aceite de poleo. Había tenido la prudencia de evitar los peligros de la corteza de avellano, pero siempre recurría a los trapos empapados en vinagre. Eran la mejor protección, aunque por aquel entonces ya temía que su uso constante pudiera afectar a su capacidad para concebir en el futuro. Finalmente, y después de todo aquel tiempo, en Dieus le había sonreído. Guilhelma se juró que no permitiría que Gaucelm volviera a mofarse de su Iglesia.

Dejó el cuchillo y se secó las manos. Echó otro vistazo al puchero y salió de la cocina para coger otra raíz de bardana y un puñado de tréboles rojos. El huerto de hierbas y plantas aromáticas de Courthézon era pequeño, pero aunque la primavera aún no había llegado y todavía hacía bastante frío, su verdor acidulado crecía con tal exuberancia que cada planta amenazaba con invadir el territorio de sus vecinas. Guilhelma avanzó cautelosamente sobre las piedras y arrancó un puñado de tréboles. Antes de trinchar sus tallos, siempre le gustaba estrujarlos entre los dedos para disfrutar de la mancha de dulce fragancia que dejaban: aquel aroma la hacía soñar. Una vez dentro, una mirada a la tabla de trinchar le dijo que se había olvidado de coger la bardana. Furiosa consigo misma, echó el manojo de tallos de trébol dentro de la marmita sin molestarse en cortarles sus peludas cabezas.

Cuando el guiso llegó a su primer hervor, cogió un cucharón y hundió las hierbas hasta el fondo: aquella marmita saldría lo bastante potente sin necesidad de añadirle bardana, y pensar en aquella fea raíz bastó para provocarle una mueca. Sopló sobre el guiso hasta que se enfrió, probó una gota y la olisqueó aprobadoramente. Se había acostumbrado a ocupar la cocina cuando quedaba vacía a primeras horas de la tarde, y aprovechaba esos ratos para llenar los huecos en el armario donde se guardaban las medicinas —pociones, tisanas y ungüentos— que iba preparando a lo largo del año. A esas horas estaba sola, y todo se hallaba en silencio salvo por los golpes sordos que se oían cada vez que el encargado de las bodegas sacaba el vino para la cena.

Gaucelm estaba fuera con el conde Raimbaut, cazando jabalíes como de costumbre. A esas alturas, Guilhelma ya sabía que un trovador con una audiencia a la que complacer tocará siempre que se lo pidan con palabras suficientemente elogiosas. Raimbaut había insistido en que tanto si iban a pie como si cabalgaban, sus partidas de caza siempre cobraban más piezas cuando disponían de las canciones de Gaucelm para darles ánimos. De hecho, había llegado al extremo de sugerir que la voz de Gaucelm hacía salir de sus escondites a las liebres, ciervos y jabalíes y daba suerte a los cazadores. Como consecuencia, y tanto si la cacería había ido bien como si volvían con pocas presas, Gaucelm siempre regresaba de las monterías muy satisfecho. Era puro y simple halago por ambas partes.

Puso el guiso al fuego para darle un segundo hervor. Suspiró cansinamente y se sentó lo bastante cerca de las llamas para poder remover su preparado si éste amenazaba con dejar de burbujear, y se sumió en la clase de meditaciones a que solía entregarse últimamente.

Para ella aquél era un tiempo de milagros. Amaba aquellas horas de paz y somnolencia en las que nadie le exigía nada y lo único que tenía que hacer era alimentar el centro de su propio ser. ¡Y cómo había bajado aquel centro! Era como si su gravedad interior descendiera del corazón, los brazos y la cabeza para acabar posándose en algún punto situado por debajo de su estómago. Sus piernas, cada vez más rechonchas y cortas, parecían tocones cuya única función fuese servir de taburete al niño que llevaba en su seno. ¡Un niño! No era más que un fruto en proceso de crecimiento que sólo daba molestias, a veces suspendido como una pera y otras agazapado como una rana. Guilhelma ensayó su nacimiento, aquel momento en que el fruto caería por fin a través de un torrente de aguas benditas. Un bebé saludable y lleno de energía, con la graciosa nariz de Gaucelm y sus arrugas en la frente, la deliciosa boca de Guilhelma, las orejitas como capullitos de rosa, las venillas azules agolpándose en las sienes, los párpados fruncidos… y luego aquellos berridos que no eran de agonía sino de alivio por haber nacido.

Nunca había sido de naturaleza contemplativa, pero en su nuevo estado la compañía no tardaba en agobiarla y evitaba charlar con los sirvientes. Quizá también se estuviese volviendo perezosa. «Dama de compañía» había sonado muy bien cuando lo oyó por primera vez en boca de Raimbaut, pero de hecho Tiburge no necesitaba ni compañía ni muchas atenciones. La hermana de Raimbaut era una mujer emprendedora que siempre se había bastado a sí misma, y de hecho las atenciones de Guilhelma la incomodaban. El que estuviera tan absorta en su nuevo estado había sido una bendición para todos, e incluso llegó a esperar con cierta impaciencia aquellos inexplicables períodos regulares de agotamiento. Estaba sólidamente instalada allí donde siempre había querido estar, en el centro de una vida tranquila y acogedora. Guilhelma tenía la certeza de que la maternidad le sentaría de maravilla. Era más feliz de lo que jamás lo hubiera sido o hubiera creído tener derecho a ser.

No podía evitar maravillarse ante la sucesión de estaciones transcurridas desde que se confiaron a la amable hospitalidad de Raimbaut, pero cada vez que intentaba contar los años acababa perdiendo la cuenta. Habían celebrado el día de la Virgen tantas veces que la vida en Ventadour bajo la lúgubre custodia de Marie parecía algo muy lejano, y Tolosa parecía aún más distante. La terrible ordalía de Mondragón fue quedando atrás y acabó esfumándose, al igual que el constante temor de Douce a ser descubierta, que tanto había ensombrecido sus primeras semanas en Courthézon. Cuando se hubieron acostumbrado a su nuevo hogar, y a petición de Guilhelma, Douce informó de su paradero a Ventadour. Marie les envió una seca réplica dándose por enterada que, leída entre líneas, expresaba su confianza en Guilhelma como guardiana de su hija.

Con aquel mensaje, Guilhelma se había anotado su último tanto: incluso después de la fuga de Douce y en su propia derrota, Marie había comprendido que Guilhelma sabría cuidar de su hija mejor que ella. El recuerdo le arrancó un gesto de satisfacción. Nada más ver a Marie, algo le había dicho que por muy condesa que fuese, aquella mujer acabaría comiendo en la palma de su mano.

Se inclinó ligeramente para aliviar a sus nalgas del peso de su cuerpo y suspiró. ¡Douce! Los problemas la seguían allá donde iba, por mucho que ella no hiciese nada para enturbiar las aguas. Poco después de que el mensaje de Marie llegara a Courthézon, Raimbaut empezó a «cuidar de los intereses de Douce», para usar la frase de Gaucelm que, por su delicadeza, Guilhelma sospechaba se había originado en el mismo Raimbaut.

Se acordó de cómo empezó el día siguiente a su llegada, cuando Douce, haciendo caso omiso de la advertencia de Gaucelm, fue a ver a Raimbaut para decirle que Béatritz había muerto. Gaucelm se puso hecho una furia. Guilhelma lo recordó con una sonrisa secreta. Entonces había pensado que lo tenía bien merecido: ser desobedecido por una jovencita de dieciséis años con ideas propias. Después de su estallido de ira, Gaucelm estuvo muy frío con Douce durante varios días sin que eso pareciera afectarla. Tan reservada y serena como siempre, Douce siguió haciendo su vida hasta que a Gaucelm se le pasó el enfado. Tanto grito y tanto reproche para nada, pensó Guilhelma.

Los acontecimientos tomaron un derrotero inesperado. Cuando el conde Raimbaut se hubo recuperado del terrible golpe que supuso la muerte de Béatritz, mandó llamar a Douce.

—Me preguntó quién era, naturalmente —le explicó después Douce a Guilhelma —. Y yo se lo dije… Oh, claro que no le hablé de mis votos —añadió, viendo la alarma de Guilhelma—. Le dije que soy la hija de Ebles de Ventadour.

A partir de entonces todo cambió. La primera cena de Douce en Courthézon también fue la última que compartió con la servidumbre. Después de haber hecho público su linaje, Douce fue tratada como cualquier otra dama de cierta alcurnia. Aun así, y para no dar pie a murmuraciones dentro del castillo y a fin de no suscitar sospechas fuera de él, algo que hubiera podido tener consecuencias muy graves, fue nombrada encargada de la ropa blanca y pasó a ser responsable de las existencias de sábanas y mantelería. Raimbaut interpretó con elegancia y caballeresco buen humor el papel de cómplice en todo aquel juego, asegurándose de no cometer ningún desliz que pudiera delatarla.

Y después empezó a cortejarla, aunque nunca directamente. Al principio Guilhelma se enteró de ello a través de Gaucelm. Raimbaut empezó a componer poesía, versos que Douce tardaría mucho tiempo en oír. Gaucelm le habló de un período de concentración del que Raimbaut emergió con dos cansons enteras: un auténtico récord, observó Gaucelm, pues la última canción que había compuesto databa de hacía siete años, antes de que la catástrofe de Mondragón apartara su atención de la poesía. Siguiendo la gran tradición del trobar dos perfeccionada por sus antepasados, le hizo una senhal a Douce ocultándosela a todos salvo a Gaucelm, cuya habilidad en aquellos apartados tan especializados del arte de los trovadores hubiera acabado permitiéndole descubrir su significado en cualquier caso. Ay, pensó Guilhelma… ¡poesía! Eso bastaba para demostrar que, aunque fuera casi doce años mayor que ella, el conde Raimbaut de Orange se había enamorado de Douce de Ventadour.

Se levantó e inspeccionó la marmita, dentro de la que ya empezaban a formarse burbujas. Cogió el asa con un trapo y subió la marmita una muesca por la armazón del gancho para alejarla un poco del calor. Una senhal. Se dijo que ni siquiera Gaucelm había llegado al extremo de introducir un misterioso nombre en clave para su amada cuando empezó a ensalzarla en verso aunque, y eso hubiese podido jurarlo por la Virgen María, ella se había alegrado el corazón muchas veces imaginándose su nombre disfrazado en alguno de los poemas de Gaucelm. En cuanto al planh que compuso para Douce, decía que hablaba de política, no de amor. Gaucelm lo definía como su manifiesto contra todas las guerras de religión. Pero ella sabía lo que él sentía por Douce, y también sabía que llevaba años sintiéndolo. Era algo casi… contra natura o, al menos, algo que iba más allá de lo natural. Se había preguntado muchas veces si estaba celosa de Douce. Ahora que llevaba en su seno al hijo de Gaucelm, aquello era lo único que enturbiaba su felicidad.

La verdad era, y eso tenía que admitirlo, que nunca había tenido muy claro qué significaba exactamente para él. Pero ¿celosa? No. Se dijo que la Douce a la que amaba Gaucelm no era la dama de la senhal de Raimbaut. Con Gaucelm todo eran juegos vertiginosos, «princesa de los dorados cabellos» y coqueteos de corte. Y Douce le había seguido de la misma manera en que los niños siguen al juglar del pueblo… hasta Mondragón. Entonces había crecido de pronto ante sus ojos. La adversidad hace que todos aprendamos deprisa, pensó. La muerte de Gui había provocado que Douce siguiese su propio camino, y si alguien se quedó rezagado fue Gaucelm. Guilhelma ya había observado con indulgencia cómo Gaucelm intentaba dejar de llamar «niña» a alguien tan mayor como Douce. Finalmente creó su propio apelativo llamándola «damiselinda», porque no soportaba tener que dirigirse a ella llamándola donzella. ¡Qué tonto podía ser a veces! Bueno, suspiró, Douce hizo bien obligándoles a dejar de llamarla «niña». Se había ganado el derecho a ser adulta de la manera más dura posible: a través de la pérdida de las personas que amaba. Y ahora, a sus veintitrés años, era toda una mujer.

Recordó con ternura cómo Douce solía caer sobre ella inesperadamente en los aposentos de Tiburge o en la cocina cuando estaba ocupada con sus ollas, o con Gaucelm, para pedirle consejo acerca de las sábanas o preguntarle qué puntada había que dar para que no se deshilacharan los dobladillos, o qué cantidad de sosa cáustica era preciso tener a mano. Venía a verla a cualquier hora del día o la noche, para pedirle consejo o sencillamente para estar con ella. Y de pronto dejó de hacerlo. Guilhelma, perpleja por aquel súbito cambio de conducta, no le preguntó a qué era debido. En una ocasión se atrevió a preguntarle a qué venía aquel voto de silencio y si se había tragado un sapo, pero Douce se echó a reír y no dijo nada. Todo era muy extraño. El patito que se dejaba acariciar por todos estaba transformándose en un soberbio cisne que algún día se iría para no volver jamás. Aun así, el instinto le decía que la distancia entre ella y Douce desaparecería el día en que naciera el niño.

Se acordó de que Gaucelm había percibido aquella diferencia en una fecha tan temprana como la primavera de su primer año en Courthézon. Comentándole a Guilhelma los cuidados que Douce dedicaba a su atuendo, le dijo:

—Es como si quisiera contemplar su propia imagen pero tuviera que conformarse con ser admirada por los demás.

—Por supuesto —replicó ella—. A su edad, todas las mujeres prestan mucha atención a la forma de andar y la ropa que se ponen.

—Raimbaut está fascinado por ella. Eso sólo puede terminar en una desilusión.

—¡No será ella la que acabe pagando los platos rotos! Aunque su nueva fe no le permita casarse, aún es libre de amar a Raimbaut si quiere.

—No me gusta.

Ella pensó que Gaucelm estaba sufriendo lo que sufren todos los padres, y le pasó el brazo por los hombros.

—Deja que viva su propia vida, Gaucelm. Los dos tenemos que dejar que Douce viva su vida.

Las sayas color óxido que Douce había reservado para los viajes no tardaron en reaparecer. Aquella primavera, y a medida que iba haciendo más calor, el traje de seda de Béatritz salió de su baúl. Douce lo adornaba con la cadenilla de oro o el broche de oro rojizo. Una noche en la gran sala, cuando todo el castillo había acudido para escuchar al trovador Raimon de Miraval, Douce lució en su cuello el mejor tesoro de la arqueta de Béatritz: un gran cierre de esmeraldas. Entonces Guilhelma estuvo segura de que Raimbaut de Orange se había enamorado de Douce, de la que no podía apartar la mirada a pesar de la prominencia de su invitado. Douce, igualmente fascinada por él, se comportó como si Gaucelm y Guilhelma no estuvieran allí. Su abandono le dolía incluso ahora, cuando contaba con la promesa de tener descendencia.

Al pensar en aquello, tuvo que admitir que al principio no había estado muy segura de querer tener un hijo de Gaucelm. ¿Para qué quería un hijo de un hombre que solía presumir de haber perdido su caballo y su único traje en una partida de dados, un hombre que se pasaba media vida en los caminos; y que cuando llegaba a un pueblo no preguntaba por la casa de baños, sino por la taberna? Pero ahora sabía que su cuerpo había anhelado que ocurriera precisamente aquello porque ardía en deseos de renunciar a sí mismo, de expandirse y pertenecer a otro ser para sentir cómo crecía dentro de él. Recordó aquel momento del verano anterior en el que, rechazando todas las insinuaciones de las hierbas, fue a ver a Gaucelm con un rubor secreto y la certeza de que se llevaría consigo su esencia para cuidarla dentro de ella de la misma manera en que hubiese podido preparar una poción, una mágica combinación de dos seres que conjuraría una vida. ¡Alquimia! Y entonces había ocurrido, y todas sus viejas dudas se disiparon. Corrió el riesgo sabiendo que, cualesquiera fuesen los resultados, había hecho lo debido.

Quería casarse con él, por supuesto. Pero un anillo de boda nunca compraría el amor de Gaucelm. El amor era el amor, con o sin símbolos. Un anillo podía significar muy poco, y se echó a reír al pensar en el anillo con la gema azul que Marie entregó a Gaucelm como muestra de su estima durante aquellos vertiginosos primeros días en Ventadour. ¿Qué promesa había transmitido ese anillo? Ahora parecía una baratija insignificante, guardada junto con algunas monedas y otros vestigios en una bolsa olvidada dentro de algún cajón. No, lo que realmente valoraba eran las miradas traviesamente íntimas que le lanzaba Gaucelm cuando ella ayudaba a servir la cena, aquellas ocasiones en que cantaban juntos en su sala de ensayos, los nombres secretos que se daban el uno al otro cuando hacían el amor e incluso las discusiones que terminaban en un abrazo, porque estaba convencida de que aquellas cosas valían más que cualquier anillo. Disfrutaba sabiendo que el hombre al que acogía en su cama no era un mero juglar, sino un famoso poeta. Pero seguía preocupada. ¿Se interpondría aquella criatura entre ambos de alguna manera que ella no podía predecir ni entender? Un niño podía cambiar las cosas, y Guilhelma lo sabía. Y en el caso de una mujer que no estaba atada a ningún hombre, tener un niño podía marcarla para siempre con un estigma que la proscribiría del matrimonio.

¡Oh, maldita fuese la alquimia! Se levantó, removió la marmita y volvió a bajarla a la muesca inferior, en la que se posó con un quejumbroso chirrido. Si Gaucelm hubiera entrado en la cocina en ese momento para sorprenderla con un anillo, Guilhelma habría llorado de alegría. Se secó las manos y bostezó aparatosamente para estirar la espalda. Luego, brazos en jarras, contempló su guiso. Después se aflojó el corpiño y se sentó a esperar el último hervor.

Si no fuese por Douce, todo iría sobre ruedas. Por mucho que intentara ver las cosas de otra manera, debía admitir que la joven era una pequeña molestia que le impedía ser completamente feliz, y el tener que admitirlo traía consigo una incomodidad rayana en el dolor físico, justo allí donde ahora estaba instalado el bebé. Habitualmente ignoraba cualquier clase de dolor, pero la molestia solía escoger aquellos momentos de reposo para hacerse notar, y entonces le costaba ahuyentarla. Sus sentimientos hacia Douce eran tan complejos y tan entremezclados que ninguna palabra parecía capaz de explicar la causa de su dolor. ¿Envidia? La idea la sobresaltó. Se inclinó hacia adelante, súbitamente alerta. Quizá sea eso… envidia, pensó. Douce no depende de nadie. Yo dependo de todo y de todos, especialmente ahora.

Pero no. ¿Cómo era posible envidiar a alguien que podía amar pero no casarse? Aquel pensamiento le hizo ver a Douce bajo un enfoque más cotidiano, uno que siempre traía consigo la preocupación. Porque Guilhelma no podía evitar preocuparse por ella. El que su religión rechazara el sacramento del matrimonio al tiempo que permitía enamorarse le parecía tan escandaloso como incomprensible. Aquello no tenía sentido, y tarde o temprano acabaría llevando a la pobre muchacha a un callejón sin salida.

Quizá sus votos fueran consuelo suficiente, se dijo finalmente. Douce era constante en su fe: bastaba con mirarla para verlo. Últimamente siempre iba de negro, sin importarle que eso le diese una apariencia de palidez. Sin duda aún llevaba el Evangelio de san Juan en su capa, y su preciada hebilla cátara. Siempre que se encontraba con ella, Guilhelma la veía cansada y absorta en sí misma, pero aparentemente feliz. Su religión era su corazón y su alma, aunque a Guilhelma le divertía preguntarse si el conde sospechaba que había dado cobijo a una hereje bajo su techo o, mejor dicho, que adoraba a una hereje.