Trovador
2. Rai Mundi
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RAI MUNDI
E l vasallo informó a Gaucelm que el conde Raimundo tenía por costumbre dar instrucciones a la servidumbre a la hora del desayuno. Pero al entrar en la sala, Gaucelm no vio ni rastro de comida. En vez del desayuno, caballeros con sus atuendos de gala y espadas golpeándoles suavemente los muslos llenaban la estancia de conversación y risas, mientras los sirvientes de librea dorada y carmesí formaban grupos expectantes a la espera de recibir órdenes.
Habían encendido el fuego y Gaucelm, restregándose las manos, fue avanzando hacia él a través del gentío. La inmensa arcada de la chimenea terminaba a medio camino del techo, y el joven se dijo que aquel hogar era lo bastante grande para asar dos bueyes enteros a la vez. Cuando se detuvo delante del dintel de piedra y acercó las manos a las llamas para calentárselas, se sintió minúsculo y sucio con sus mocasines cubiertos de barro seco. Cuatro hombres con sombreros que parecían almohadas aplastadas se pararon junto a él. Hablando en voz alta y muy seguros de sí mismos, estaban sopesando las posibles consecuencias de la petición de exención de tributos que acababa de presentar uno de los nuevos distritos fabriles. Gaucelm supuso que aquellos hombres pertenecían al muy respetado ayuntamiento de Tolosa. Su padre, que mantenía informado a Gaucelm de los asuntos políticos, solía hablarle de los ilustrados «cónsules» de Tolosa que, al igual que sus predecesores romanos, habían dado fama de gobierno independiente a la ciudad. Gaucelm vio que un grupo de caballeros discutía animadamente y escuchó algunos fragmentos de su conversación: monopolios de la sal en Narbona, restricciones a la construcción de molinos de viento… Las palabras revoloteaban «igual que plumas zarandeadas por una ventosidad», como solía decir su padre.
Al volverse, no pudo evitar fijarse en un grupo de damas que reían luciendo el nacimiento de sus senos por encima de ceñidos corpiños. Gaucelm dio un respingo: incluso él, que no era muy devoto de la iglesia y apenas la frecuentaba, había oído condenar aquellas indumentarias desde el púlpito en Uzerche. Pero ¿qué podían saber de la moda allí? Alzó la cabeza y se apartó un poco del calor de la chimenea. Las damas del castillo vestían largos trajes cuyas faldas se arrastraban por el suelo como la cola del traje de una reina, con mangas que dejaban al descubierto elegantes manos adornadas con anillos, guantes o pañuelos lánguidamente sostenidos. Aun así, lo que le dejó boquiabierto fue la forma de sus peinados y los tocados que lucían. Acostumbrado a las púdicas gorras de lino que ocultaban la frente de su madre, Gaucelm se asombró ante aquella exhibición mundana de cabelleras. El lustroso esplendor de sus ondas y mechones escapaba de grandes peinetas tachonadas de perlas, o quedaba recogido bajo redes llenas de joyas resplandecientes.
Gaucelm se asombraba de la audacia que lo había traído hasta allí para colocarlo en el centro de una estancia donde no conocía a nadie, cuando de repente hubo un nuevo movimiento al otro extremo de la sala. El joven se puso de puntillas, pero sólo logró divisar un mar de cabezas. Un instante después una oleada de murmullos recorrió la multitud y llegó a sus oídos: «¡El conde!». Una figura encorvada y medio calva seguida por un paje se abrió camino a través de un grupo de caballeros. El recién llegado, vestido con una sencilla sobrepelliz azul, se detenía con frecuencia para saludar posando la mano en un hombro, decirle unas palabras a alguien o conceder un apretón de manos o un rápido abrazo. La forma del saludo permitió adivinar a Gaucelm quién gozaba de mayor estima por parte del conde: un caballero, al parecer recién llegado después de una larga ausencia, recibió un estrecho abrazo entre los pliegues azules de la capa del conde.
Estaba tan absorto en el avance de Raimundo que casi no se dio cuenta de que las damas, que se habían retirado hacia los lados de la sala, inclinaban ligeramente la cabeza ante él y extendían sus faldas hacia los lados mientras su señor pasaba. El conde se movía con tan majestuosa dignidad que más que andar parecía surcar el suelo como un navío impulsado por el viento, con los pliegues de su vestimenta hinchándose tras él conforme avanzaba a través de la estancia. De hecho, tenía una presencia tan imponente que Gaucelm se olvidó por completo de su excitación anterior. Un instante después, sin embargo, un escalofrío de emoción le recorrió cuando el conde fue hacia él mirándole con ojos sonrientes y prescindiendo de todo saludo formal.
—Ya veo que llevas una vida errante —dijo, fijándose en la descuidada apariencia del joven mientras el paje miraba con ceño sus mocasines manchados de barro.
—Y también canto, mi señor —dijo Gaucelm inclinándose ante el conde.
—Y sin duda tus bolsillos están vacíos.
—Así es, mi señor.
—¡Aunque esa bolsa que llevas delante está bastante llena para alguien tan joven!
Gaucelm intentó hundir el estómago, sabiendo que su gula estaba empezando a hacer que le saliera tripa igual que a su padre.
—¿Cómo te llamas, muchacho?
—Gaucelm Faidit de Uzerche, señoría.
—¿Y qué te ha traído del Lemosín?
—Deseo serviros, mi señor —respondió Gaucelm, y él mismo se sorprendió de su audacia.
—Has hecho un viaje muy largo hasta aquí.
—No hay viaje demasiado largo para quien sueña con cantar para vuestra señoría.
—Así que quieres hacer fortuna, ¿eh? Eso es algo que me gusta en un joven — dijo Raimundo, poniéndole afablemente las manos en los hombros y dando un paso atrás para contemplarle.
La penetrante mirada de aquellos ojos color topacio, enmarcados por arruguitas que irradiaban hacia las sienes y los volvían aún más bondadosos y afables, le llegó hasta el fondo de su alma. Pensó en los ojos de esmalte incrustados en un mosaico en el muro de la iglesia de Saint-Pierre de Uzerche. Aquellos ojos habían obsesionado a Gaucelm durante su infancia, porque poseían una notable propiedad: estuvieras donde estuvieras, siempre permanecían fijos en ti. El conde Raimundo poseía aquella misma mirada capaz de verlo todo.
—Me encantaría que te quedaras una temporada con nosotros, querido muchacho. Haré que alguien se ocupe de tu caballo y te proporcione alojamiento.
—Ya han… —empezó Gaucelm, y después se apresuró a rectificar con una frase más adecuada a las circunstancias—: Se me ha tratado con la máxima cortesía, mi señor, cosa de la cual estoy muy agradecido.
Una chispa de diversión iluminó los ojos del conde ante la formalidad con que había hablado el muchacho.
—Bravo, Gaucelm, tu réplica nos honra. Esperas cantar… y así lo harás esta noche durante el banquete. Pero antes, dime, ¿te gusta ir de caza?
Gaucelm se miró los pies. Sus mocasines se hallaban en un estado lamentable, pero lo peor era que nunca había ido de caza. Hacía poco que había aprendido a montar, y se creyó en la obligación de ahorrar a su anfitrión el nada atractivo espectáculo que ofrecerían sus rodillas bamboleándose junto a los gordos flancos de Ventar.
—Gracias, mi señor, pero como vos mismo acabáis de decir, he hecho un viaje muy largo. Si me lo permitís, reservaré ese placer para otra ocasión.
—Como quieras. En ese caso, esta noche volveré a saludarte —añadió, y los pliegues de su capa ondularon detrás de él mientras se alejaba hacia el siguiente súbdito.
Gaucelm se fijó en cuán pocas palabras pronunciaba el conde y que, no obstante, la charla que dispensaba a cada miembro de su corte parecía satisfacer a todos. El conde no llevaba corona ni diadema, dejando al descubierto el círculo de su no muy abundante cabellera pulcramente recortada. Ninguna joya o anillo, ni una sola fíbula. ¡Imposible! Y lo más increíble era que su capa parecía salida de un sencillo telar doméstico. Había algo realmente notable en aquel noble. Gaucelm pensó que ser observado por aquellos ojos color topacio era un acto tan simbólico como participar en un sacramento.
Retrocedió hacia la chimenea, posponiendo el momento de la conversación intrascendente que traería consigo el desayuno. Los sirvientes de librea oro y carmesí de la gran sala habían entrado en acción y Gaucelm se dedicó a contemplar las actividades que tenían lugar alrededor, fascinado por cada detalle culinario. Allá en el norte, por las tierras del Lemosín donde había nacido, el pan salía del horno en gruesas barras y hogazas. Aquí lo llevaban a la sala bajo la forma de grandes losas redondas que disponían formando un precario montículo sobre una mesa colocada en el centro de la estancia. Nadie se sentó salvo el conde, que comió con unos cuantos comensales selectos en una mesa separada donde su desayuno les fue servido en porciones sin que ningún otro cortesano se acercara mientras los pocos elegidos mantenían una animada conversación. De vez en cuando iban a la mesa y cortaban una rebanada de pan con la pequeña daga que todos usaban para servirse. Las damas llamaban a los pajes con una seña para que les sirvieran el pan en bandejas, y las sirvientas circulaban de un lado a otro con jarras de vino rebajado con agua. De esta manera los cortesanos seguían conversando mientras que, aquí y allá, alguien alzaba su vaso para que volvieran a llenárselo. Los jóvenes domésticos deambulaban entre el gentío cargados con grandes cántaros que llevaban sobre el hombro.
Gaucelm fue con paso rápido y decidido hacia el pan. Aún tenía hambre y, aunque carecía de daga para servirse, sus ojos seleccionaron la rebanada correspondiente. Una voz familiar le dirigió la palabra cuando empezaba a trocear un pan con las manos. Era la vieja sirvienta de anoche, que le ofrecía un cuchillo. Gaucelm retrocedió, confuso y avergonzado, pero la sirvienta se limitó a sonreír y, con el mismo acento de antes, comentó que había dormido como un tronco. «Tronco» sonó a «tranco», pero Gaucelm asintió y tomó el cuchillo que le ofrecía.
—Te han asignado un nuevo alojamiento. Encontrarás tus cosas en el extremo inferior de la cámara del caballero. —La sirvienta le miró fijamente—. Dicen que vienes del Lemosín. ¿Eres de allí? —preguntó con un tono casi desafiante que pilló desprevenido a Gaucelm.
—Veo que las noticias viajan deprisa —dijo.
—Estás en Tolosa, muchacho, y aquí siempre tenemos hambre de noticias — replicó ella—. Es natural, ¿comprendes? Vemos llegar a muchos viajeros, y el castillo siempre está lleno de ellos. ¿Cuánto tiempo piensas quedarte?
Gaucelm tragó el pan que se había metido en la boca y se pasó la lengua por los dientes.
—Eso depende —dijo.
—¿De qué?
—Del tiempo que él quiera que me quede —dijo Gaucelm, pensando que en el sur quizá fuese costumbre que los sirvientes hicieran preguntas tan impertinentes.
La mujer señaló al conde con una inclinación de la cabeza.
—¿Te refieres a Raimundo? —replicó—. Así que te ha dado la bienvenida, ¿eh? —añadió al ver que Gaucelm ponía cara de perplejidad, y sonrió al verle asentir—. Es impresionante, ¿verdad? —Con aire de conspiradora y bajando la voz, dijo en un murmullo enronquecido—: Y la forma en que sus ojos parecen atravesarte… Tiene una mirada increíble, ¿no? —susurró entornando los ojos.
—En el primer encuentro… —comenzó Gaucelm.
—Sí, en el primer encuentro —le interrumpió ella, agitando un dedo delante de su cara—, y tanto si conoce tu nombre como si no, siempre te parece que tu alma no tiene secretos para Raimundo. —Retrocedió un paso y puso los brazos en jarra. A Gaucelm le recordó a la vieja arpía de Uzerche a la que algunos llamaban María la Sabia mientras que otros la tenían por una bruja. Después la sirvienta volvió a acercársele—. Pero te lo advierto: si te quedas, cambiará.
—¿El qué?
—Tú. Tú cambiarás.
Y se alejó, dejando al muchacho boquiabierto.
Gaucelm se quedó en la sala mientras los sirvientes se llevaban los restos del desayuno y desmontaban las mesas de caballete. El suelo de piedra vibraba a medida que los gruesos tablones caían sobre él. Los sirvientes los amontonaron contra la pared y después, echándose los caballetes al hombro, se marcharon.
Entonces un resonar de cuernos acompañado por gritos y vítores llegó desde abajo. Gaucelm se acercó a una ventana al fondo de la sala. Estaba cerrada. Gaucelm forcejeó con la barra de hierro hasta sacarla de su soporte, después de lo cual el postigo de madera se abrió sin oponer resistencia. Arrodillándose sobre el asiento de la ventana, vio una multitud reunida en el exterior. ¡Qué algarabía! Los perros correteaban ante las perreras cerradas mientras jóvenes cargados de collares y cadenas les servían los últimos cuencos con comida y agua. Después vio llegar a los caballos, con sus cascos recubiertos de laca reluciendo sobre los adoquines. Los ecos del estrépito rebotaban en todas las piedras del palacio. Gaucelm contempló con deleite cómo la esplendorosa partida de caza se preparaba para disfrutar de la gran diversión del día.
Raimundo ya había montado y hablaba con un hombre alto y delgado que estaba de pie junto a su estribo. El hombre vestía una túnica verde de la que colgaban cuchillos, tiras, cinturones, bolsas y cuerdecillas de cuero; un cuerno de caza de cobre se curvaba sobre su pecho. Tenía más aspecto de estar al mando de la partida que Raimundo. A una señal suya todos los caballeros montaron, cada uno con un mozo sujetando las bridas de su cabalgadura. Gaucelm nunca había visto semejante profusión de colores —verdes, gules y azules reales, el rojo más oscuro y el más pálido de los marfiles—, y le parecieron más deslumbrantes que todos los brocados de su padre. El conde llevaba una capa de caza bordada con hilo de oro, y ribetes de una piel blanca como la nieve remataban sus mangas.
Los sirvientes acabaron de ponerles las correas y los collares a los sabuesos, dejándolos preparados para iniciar la cacería. Los caballos, una multitud de flancos cepillados hasta dejarlos tan brillantes como el satén que dilataban sus delicados ollares árabes para olisquear el viento, piafaban y arañaban el suelo con los cascos. El hombre de verde montó por fin. Sin casi darle tiempo a que hiciera sonar su cuerno, la partida de caza se dirigió hacia la puerta principal.
Gaucelm volvió a sentirse muy impresionado por el conde, que se había puesto al frente del multicolor tropel. Viendo desfilar al cortejo bajo las colinas aquella hermosa mañana de primavera, con los estandartes oro y rojo sangre de Tolosa ondeando mientras sus cortesanos seguían al conde, Gaucelm comprendió la importancia del orgullo y el esplendor de la corte. Siguió arrodillado delante de la ventana un buen rato, y no se apartó hasta que la última montura hubo desaparecido con una delicada ondulación de piel reluciente extendiéndose sobre sus cuartos traseros. El calor y el clamor de tantos caballos juntos fue disipándose del aire primaveral, pero Gaucelm aún podía oler el aroma de los sedosos pelajes de los animales. Viendo cómo sus colores bañados por el sol relucían con destellos rojos, oro y azabache, volvió a pensar en Ventar y en aquellos gordos flancos suyos, tan llenos de bultos como un plato de gachas.
La sala había quedado desierta y el silencio era absoluto. Gaucelm cayó en la cuenta de que, con todo el mundo fuera del castillo salvo los sirvientes, ahora podía ir al piso de arriba e investigar un poco. La llama solitaria de una lámpara de junquillos tembló en el aire mientras subía por la escalera de caracol que había detrás del estrado. Se detuvo al final de la escalera con la mano apoyada en su gruesa balaustrada. El aire cargado de humedad olía muy bien. Alguien cantaba un salmo. Gaucelm se acercó al sonido, andando sobre el suelo de madera con lentos y silenciosos pasos. Se detuvo a examinar un tapiz colgado del muro del corredor. El tapiz, viejo y ya un tanto deshilachado, mostraba una apacible escena de caballeros y damas a caballo, y uno de los jinetes llevaba un halcón posado en el guante.
Un suave murmullo de voces femeninas procedente de la sala de abajo alertó a Gaucelm, que se alejó entre una serie de columnas delgadas como flautas que se perdían galería abajo. El acabado de cada una era distinto: una estaba llena de grifos, otra había sido adornada con un motivo de cruces entrelazadas, la de más allá lucía un enrejado de celdillas de panal. Cada columna acababa en una magnífica protuberancia de piedra esculpida en un manojo de tallos que se prolongaban por el techo. El punto en que se cruzaban estaba marcado con una roseta de piedra. Gaucelm se maravilló ante aquel trabajo que superaba en delicadeza al de la iglesia más esplendorosa.
Todo lo que había bajo el techo del conde le parecía precioso, incluso los detalles de su techo. Hasta ese momento las únicas riquezas que había logrado imaginar eran las que conjuraba del pequeño libro de horas de páginas rígidas de su madre: visiones de cálices de cristal y regalos de un esplendor bizantino tachonados de perlas o marfil tallado, esmeraldas sin tallar del tamaño de nudillos, dorados abalorios africanos cosidos a sedas venecianas y, en conjunto, la clase de tesoros que hubiera podido desear un potentado oriental. Pero pensar en el conde Raimundo hacía que la riqueza cobrara otro significado, y Gaucelm empezó a comprender que el hecho de ser rico implicaba algo más que la mera posesión de riquezas. En el caso de Raimundo, ser rico significaba dar la bienvenida a los invitados con la cabeza desnuda y llevando una sencilla capa doméstica.
Siempre había imaginado al conde vestido de púrpura y coronado como un rey, y no pudo evitar avergonzarse de aquellas tontas fantasías de aldeano. La corona del conde era su cortesía. Pero su poder llegaba mucho más lejos que el del auténtico rey, Felipe, su primo del norte, que se conformaba con ejercer su insignificante dominio desde aquella estrecha tira de tierra a la que llamaban lie de France.
Gaucelm salió de la galería del segundo piso sonriendo tan triunfalmente como si acabara de descubrir uno de los grandes secretos del conde. Por unos momentos también él se sintió ilimitado… y rico. En instantes así podía ver con toda claridad a su señora madre señalándole una lejana estrella que resplandecía en un cielo despejado mientras explicaba al pequeño Gaucelm que algún día aquella fuente de luz sería suya. Si Dios me deja vivir en Tolosa el tiempo necesario para aprender, se juró, llegaré a ser el mejor trovador del país.
Entrando inadvertidamente por una puerta se encontró en un enorme dormitorio. Su aparición sorprendió a un par de sirvientas que sacudían una colcha. Pero cuando Gaucelm empezó a retroceder, una de ellas lanzó una rápida mirada a su compañera y después llamó a Gaucelm curvando un dedo. El muchacho se acercó, poniendo ojos como platos conforme se aproximaba a la cama con dosel. El suelo estaba lleno de cobertores de piel. La tela transparente como la gasa suspendida de la gran estructura de madera fue apartada igual que los pliegues de un cortinaje, y las dos jóvenes pusieron en su sitio los colchones, colchas y almohadas sin dejar de sonreír.
Gaucelm se quedó paralizado ante un aroma de hierbas mezclado con vapor caliente que llegaba de algún lugar cercano. Las dos sirvientas le miraron con extrañeza, pero él ni se enteró. Las notas del salmo tiraban de él y un instante después se encontró en el umbral de una segunda estancia, pequeña y llena de vapores. Antes de que las dos jóvenes lo sacaran de allí, Gaucelm vio la espalda de una mujer, reluciente como una serpiente y chorreando agua, que se ponía en pie dentro de una bañera colocada delante de la chimenea. Hacía mucho calor.
—¡Floritz! ¡Joia! —llamó la mujer de pronto.
Las dos sirvientas corrieron hacia ella, ruborizadas después de haber expulsado a Gaucelm de la estancia con un vigoroso empujón antes de que la dama tuviera ocasión de volverse.
Gaucelm corrió pasillo abajo. Nunca había visto a una mujer desnuda. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo al pensar en la larga y esbelta espalda surgiendo de la bañera. Pero ¿quién era aquella mujer? Bajó las escaleras y cruzó corriendo la sala. Luego, ya más calmado y a paso normal, se encaminó hacia su nuevo alojamiento. El vapor perfumado, aquella fortuna en pieles que había visto en la cama del conde… Con la mente llena de aquellas misteriosas revelaciones, le entraron ganas de ponerse a bailar.
Pero lo que hizo fue quedarse inmóvil. Una vez más, oía cantar. Esta vez la melodía parecía venir de una de las estancias privadas del otro extremo. Gaucelm fue hasta el final del pasillo y escuchó. La voz que cantaba fue sustituida por el tañido de un laúd. La tenue melodía se interrumpía y volvía a empezar: alguien ensayaba una y otra vez la misma frase musical. La canción subió en una serie de cadencias para descender como una cascada de bronce, concluyendo con la tornada que le ponía fin. Gaucelm siguió adelante y la tornada volvió a sonar. Después, una voz gritó una obscenidad y un objeto chocó ruidosamente con la piedra.
¡Oh, que sea otro juglar!, rezó Gaucelm. Pasó por delante de una serie de pequeñas habitaciones y ya casi había llegado a los servicios cuando se detuvo delante de la última habitación.
Una figura estaba arrodillada en el suelo junto a un banco de madera. Observándola desde atrás, Gaucelm vio una abundante cabellera negra asomando bajo una gorra con la punta garbosamente inclinada. La habitación apenas tenía muebles. El joven, que había oído sus pasos, se volvió hacia Gaucelm con un arco de laúd roto en una mano. Mascullando un feroz juramento, amenazó a la varilla con el índice y empezó a reñirla.
—¡Éste ha sido el último castigo que te tenía reservado, asqueroso trozo de madera podrida! —Después lanzó el arco partido contra la pared, se levantó ceremoniosamente y, mirando a Gaucelm, fue a estrecharle la mano—. Siento haber armado tanto jaleo, amigo mío. Me llamo Peire Vidal. ¿Cómo te llamas?
—¿Eres el mismo Vidal que compuso la Canción de Proensa? —preguntó Gaucelm con incredulidad.
—El mismo —repuso él, complacido.
—He oído muchas de tus baladas. Supongo que te imaginaba… más viejo — balbuceó Gaucelm—. Tus versos son realmente maravillosos, y siempre están muy bien compuestos —se apresuró a añadir.
—Me honra que conozcas mis cancioncillas, aunque no me sorprende —dijo Vidal, quitándose la gorra después de haberse inclinado ante él.
—Estabas ensayando —se disculpó Gaucelm—. No debería haberte molestado.
—Cuando la música no quiere portarse bien, agradezco cualquier interrupción — replicó Vidal—. Mira esto —añadió mientras hacía girar la gorra en un dedo y la lanzaba al aire. La gorra acabó aterrizando sobre la cabeza de Vidal, quedando inclinada encima de una oreja. Adelantando el mentón con la destreza de un acróbata, Vidal la enderezó sin ayuda de las manos e inició una pantomima de gestos, una especie de mascarada fantasmal que Gaucelm reconoció vagamente.
Vidal barrió el suelo con una ondulación de túnicas invisibles, moviendo sus brazos grácilmente e inclinándose a izquierda y derecha mientras saludaba, asentía y murmuraba.
—¿Quién soy? —preguntó.
—Peire Vidal.
—¡No! ¿Quién soy?
—Oh. Yo no… Sólo llevo en el castillo desde anoche.
—Mi querido amigo, la real exhibición de esta mañana en la sala no puede haberte pasado desapercibida. Estabas allí, ¿verdad? Nadie está exento de pagar tributo a Rai Mundi, la luz de nuestro pequeño universo, el representante de Dios en estos parajes.
—Oh, sí, por supuesto —dijo Gaucelm.
Todas las estrellas de su señora madre se habían esfumado de repente. La satisfacción que había sentido el día anterior cuando acabó de componer la melodía para su canción de las flores amarillas desapareció, así como toda noción sobre cómo cantarla. Ése era el gran problema de no saber qué se esperaba de ti. Gaucelm no estaba a la altura de Vidal, capaz de ofrecer toda una función improvisada tan despreocupadamente como si repartiera las sobras de un banquete. Sintió una punzada de inquietud. Vidal imitó a la mujer del conde.
—Y ahora su esposa, nuestra querida y canosa Juana.
Hundió la barbilla en el cuello y empezó a andar a saltitos, chasqueando la lengua mientras cabeceaba como un títere.
Gaucelm se echó a reír ante su imitación de una gallina, pero un instante después el recuerdo de la espalda reluciente que había visto surgir de la bañera puso brusco fin a su risa.
—¿Es alta? —preguntó.
—¿Quién?
—Juana.
—No. De hecho, es más bien bajita. Cuando anda se escora igual que un barco con la carga mal repartida —dijo Vidal, fingiendo ser un navío que se inclinaba hacia un lado.
—¿Y entonces quién estaba bañándose en la habitación del conde esta mañana después de que todos se hubieran ido?
Vidal dejó de hacer payasadas, se inclinó sobre Gaucelm hasta que su nariz casi rozó la del muchacho y apoyó un codo en su hombro.
—Voy a darte tu primera lección sobre la corte —dijo, disponiéndose a pontificar —. La regla número uno es que nunca debes dar por sentado que las personas a las que sorprendes en la habitación de otra persona tienen algún tipo de… —carraspeó— de vínculo oficial con esa persona. O, de hecho, que cuentan con alguna razón para estar allí. La regla número dos es que nunca debes permitir que te descubran. Y ahora dime, novicio, ¿cómo te las ingeniaste para no ir de caza, por no hablar de cómo conseguiste adentrarte en los sagrados dominios de Rai Mundi?
—¿Se espera que los visitantes participen en la cacería?
—En absoluto: sólo forma parte de la rutina. La mayoría de visitantes suelen aceptar la invitación, por lo menos la primera vez.
Gaucelm abrió la boca. No estaba muy seguro de qué debía decir.
—No… no me gusta cazar —balbuceó finalmente, clavando la vista en las punteras de sus zapatos—. Es decir, nunca he… he ido de caza.
—Yo aborrezco la caza. No es más que otra repugnante cortesía, otro aburrido juego de la corte. Y además, a los hijos de los mercaderes no se les enseña a matar. Por cierto, ¿cómo te llamas?
—Faidit, Gaucelm.
—¡Faidit! ¿Me estás diciendo que tu padre es el mismo Faidit que comercia en sedas y jametes, el que hace negocios en Narbona y Limoges?
—Sí… y en Beaucaire e Ypres —añadió Gaucelm, alzando levemente el mentón con orgullo.
—He oído hablar de él a mi padre, que está metido en el negocio de las pieles. Se ha encontrado con el tuyo en muchas ocasiones, y si no recuerdo mal siempre lo llama «Viajero». Sí, eso es: Faidit el Viajero.
—Hace bien llamándolo así, y además mi padre se ha ganado ese apodo. Nuestro apellido significa «vagar».
—¡Ajá! ¿Y acabas de escaparte de casa?
—No, en realidad no. Es decir, yo… Sí. Quiero decir que no deseaba ser mercader, así que me fui.
—Bueno, pues te felicito. Yo tampoco quiero ser mercader. ¡Menudo oficio! Con las pieles todo depende de la estación, el tiempo que haga, si hay buena cosecha o si la gente pasa hambre… y de la cantidad de personas que estén lo bastante desesperadas para trabajar por las cuatro monedas que les pagarás para que te abastezcan de pieles. Es una vida de lo más ruin.
Gaucelm asintió.
—El riesgo, puro y simple —prosiguió Vidal—. Todo se reduce a una cuestión de riesgo. Básicamente tratas con campesinos, por supuesto, pero las personas en las que realmente confías son tus suministradores clandestinos. Y sólo son una pandilla de bandidos, créeme: furtivos, forajidos, aparceros y, de hecho, cualquier persona de la comarca que tenga buena mano con el arco y las flechas o sepa poner trampas. Ellos siempre saben qué peletero les comprará la mercancía sin hacer preguntas.
Gaucelm se acordó de una de las observaciones de su padre («Es lamentable que quienes no saben ganarse la vida de otra manera maten animales para hacerse con sus pieles»), pero no la mencionó.
—Así que a ti tampoco te iba esa clase de vida, ¿eh? —se limitó a decir.
—¡Ja! Hace mucho tiempo decidí que si un hombre puede escoger sus preocupaciones, las mías no incluirían las pieles de conejo. ¿Nunca te ha parecido extraño que todo lo relacionado con el matar esté en manos de los furtivos o los sacerdotes? Compañeros en el crimen, eso es lo que son… Bueno, por mí pueden quedárselo todo: unos dedos manchados de sangre no pueden tocar buenas canciones.
—Estoy seguro de que las pieles se me darían todavía peor que las sedas — observó Gaucelm—. De vez en cuando mi padre tiene el capricho de incluir algunas pieles en su inventario, y entonces algún viejo buhonero aparece por la tienda con unos cuantos conejos obviamente robados al hombro. Los vendemos, pero siempre me han dado escalofríos. Puedo comerme una olla entera de estofado de conejo sin pensármelo dos veces, pero no me pidas que mire a los ojos a un conejo muerto.
Podía verlos claramente: las largas orejas inertes, los párpados entornados que sólo dejaban ver una ranura de ojo, los hocicos adelantados como si aún estuvieran dando saltos hacia algún olor, y el resto de sus cuerpos vaciados y tan planos como una tortita. Dieus! Uzerche parecía estar muy lejos. Gaucelm ya no tendría que seguir soportando la monotonía del medir, coser, calcular los costes, contar y comprobar los envíos, pero aún podía oír los secos chasquidos de sus dedos y sus manos moviéndose sobre una tela, un sonido que siempre le provocaba repugnancia. Y aquella mañana había despertado en otra tierra, un lugar cuya jerga no conocía y donde se veía obligado a escuchar en silencio. Allí su habitual facilidad para las medias verdades y las réplicas altivas no le servía de nada, y aquella extraña sensación de que su lengua no quería obedecerle era totalmente nueva para él.
—Está claro que no sientes ningún interés por los deportes sangrientos. ¿Y qué hará Raimundo contigo?
—Intentaré vencer mis prejuicios —observó Gaucelm, con la esperanza de pasar por inteligente hasta que pudiera volver a pensar con claridad.
—No te molestes. El conde es muy tolerante, así que por ese lado no tendrás problemas. Después de todo, somos como hermanos. —Vidal adoptó la postura afectada del vocero de un grupo de cómicos disponiéndose a pregonar—. ¡La historia de dos burgueses descarriados! —exclamó con voz de trueno, y ambos se echaron a reír.
De pronto Gaucelm sintió una extraña sensación y una revelación devastadora inundó su ser con una terrible certeza: «Quiero quedarme aquí». Ardía en deseos de empuñar el laúd y practicar para aquella noche. Cuando tocaba o cantaba para sí mismo, sentía tanto placer como si estuviera comiendo una deliciosa fruta madura. Pero aquella noche tendría que servir esa fruta a otros, y sólo pensarlo le llenó de terror.
La gorra de Vidal dejó de girar y se desplomó sobre su mano levantada.
—Bueno, ¿y qué tienes intención de hacer aquí?
—Canto.
—¿Tú también? —Vidal volvió a lanzarle una rápida mirada, como si estuviera evaluándolo por segunda vez—. En ese caso, deberías saber que Raimundo no tolera ninguna clase de enfrentamientos entre sus juglares.
—He de cantar esta noche. Quería preguntarte si…
—Veo que no pierdes el tiempo.
—¿Qué quieres decir?
—Que ya te han pedido que cantes.
—Bueno, preferiría estar preparado para ello. Oye, he de irme —dijo Gaucelm.
Pero Vidal prosiguió como si no le hubiera escuchado.
—Pretendía componer una pieza endiabladamente difícil, pero quizá haya pecado de exceso de ambición —dijo—. Si tuviera un gramo de seso seguiría con las baladas, porque les encanta todo lo que tenga una melodía y pueda tararearse. Esta noche quería probar suerte con una alborada que me ronda por la cabeza desde hace semanas, pero mi voz no está a la altura de las cadencias. Había pensado tocarlas con mi instrumento, pero ahora he echado a perder esa posibilidad —añadió, señalando el arco partido en dos que había tirado al suelo—. Como puedes ver, mi arco ha sido víctima de mi ira. Es el tercero que rompo en lo que llevamos de año.
Gaucelm se dijo que Vidal quería llegar a alguna parte con toda aquella charla, y comprendió que no era el momento más adecuado para irse. Cuando se entusiasmaba, aquel elfo de cabellos rebeldes y movimientos espasmódicos era capaz de hablar por los codos. Tejía sus charadas como una araña teje su tela, pegando una hebra a otra mientras las cascadas de frases caían sobre ti.
—Te prestaré el mío —dijo—. Esta noche no lo necesitaré.
—¡Qué amable eres! Te lo agradezco. ¿Cantas sin acompañamiento? Bien, entonces oigamos tu pieza.
Gaucelm torció el gesto.
—Antes preferiría oír la tuya para saber si he empleado la métrica adecuada.
—¿Métrica? ¿Métrica, dices? Mi querido Faidit, que ésta sea tu segunda… no, tu tercera lección: nadie te escuchará. Sólo prestarán atención a tu cara, porque eres una cara nueva.
—Por mí estupendo. Nunca he cantado ante una audiencia tan numerosa. Hasta ahora sólo he actuado en… bueno, ya sabes: tabernas, fiestas del campo y ferias.
En realidad Gaucelm nunca había actuado delante de una audiencia formada por más de dos personas, y a decir verdad sus experiencias con el público se limitaban a una ocasión en que algunos colegas de su padre lograron convencerle para que cantara en Saint-Gilles, durante el verano de los tafetanes de Jerusalén.
—¿Quién te enseñó a tocar el laúd? —preguntó Vidal.
—Nadie. El luthier me animó a tocarlo, y me enseñó a afinarlo y encontrar los acordes. El resto lo aprendí por mi cuenta. —Hizo una pausa, sabiendo que su madre merecía que se le reconociera una parte del mérito—. Y mi madre me ayudó, claro. Me enseñó las rimas latinas y me hizo estudiar la liturgia. También me enseñó las escalas y las claves, porque esperaba que eso acabaría guiando mis pasos hacia una carrera respetable dentro del ministerio eclesiástico. Yo adoraba la música pero odiaba la iglesia.
—Hmmm…
Vidal asintió como si supiera muy bien de qué hablaba Gaucelm, que decidió entretener a su amigo juglar con un par de historias de su infancia.
—Un amigo mío me había enseñado el truco de beber agua salada para ponerse malo, y un domingo se me ocurrió ponerlo en práctica. Mi madre me pilló haciéndolo, y acabé vomitando y encima me dio unos azotes. Después me obligaron a ir a la iglesia de todas maneras, y como había descubierto que no valía la pena tomarse tantas molestias para huir de mi destino, decidí probar algo nuevo: durante esas largas horas en que se suponía que debía estar escuchando, lo que haría sería hablar con Dios. Aquel domingo le hice muchas preguntas a Dios, pero no recibí ninguna respuesta. —Miró a Vidal, quien le animó a seguir con un asentimiento—. Al final me harté de hacer preguntas y renuncie a mis investigaciones. Nunca llegué a oír la palabra de Dios, así que pensé que debía de estar muy ocupado respondiendo a las plegarias de otras personas. A partir de entonces me olvidé de Él y me concentré en las melodías que me rondaban por la cabeza.
Habiendo revelado más de lo que pretendía, Gaucelm bajó la cabeza y se miró las manos.
Vidal había adoptado una expresión pensativa mientras empujaba las dos mitades de su arco con el pie, pero de repente empezó a pasearse por la habitación.
—No estoy de humor para ensayar. Y en cuanto a esta noche, deja de preocuparte. Puedes confiar en mí —dijo, y extendió los brazos como si fuera a presentar un nuevo acto encima del escenario—. ¡Ven! Te tengo reservada una sorpresa muy especial. Te enseñaré el castillo —prosiguió al ver que Gaucelm le interrogaba con la mirada—. Pese a su legendaria magnanimidad, nuestro señor Raimundo no malgastará su tiempo revelándote los misterios de los establos y las cocinas. Cualquiera que lleve aquí lo suficiente sabe que las personas con que es preciso llevarse bien, las personas realmente útiles, son las que trabajan en las cocinas y el patio del castillo. Conocerás sus nombres. Cuando necesites una montura extra, dale unas monedas a un mozo de cuadra. Cuando quieras cenar después de que hayan cerrado la cocina, soborna a un cocinero. Pero reserva tus poderes de persuasión para lo que realmente importa.
Otra lección. Gaucelm se removió nerviosamente. Estuvo a punto de preguntar qué era lo realmente importante. Quizá tuviera algo que ver con que se fijaran en uno. Vidal tenía sus pequeños trucos, y obviamente aquellos juegos formaban parte de su repertorio de habilidades profesionales. Lo que necesito es un signo, una clave, un amuleto, pensó Gaucelm. Lo que haga falta para ganarse la aprobación del conde, sea lo que sea.
—¿Te han clavado al suelo o qué? —Vidal parecía estar danzando en círculos a su alrededor, dando saltitos en pos de su gorra cada vez que ésta salía despedida del dedo que la hacía girar—. ¡Venga, vamos!
Los ecos de sus pasos resonaron en el castillo casi desierto. Cruzaron casi corriendo la gran sala, donde unos muchachos esparcían juncos limpios sobre las losas. Un paje cargado de estandartes rojo y oro entró en la estancia. Evidentemente, los preparativos de las festividades de la noche empezaban poco después del desayuno.
—¡Gandules! ¡A trabajar, a trabajar! —gritó Vidal mientras pasaban entre ellos. Acostumbrados a sus bromas, los muchachos no le prestaron atención—. Esta noche viene Amalarico el cátaro, y estoy seguro de que tendrás ocasión de contemplar a Rai Mundi en todo su esplendor —le explicó a Gaucelm mientras salían al patio trasero —. Su benevolencia —añadió con un brillo malicioso en los ojos— quizá sea digna de verse.
El tintineo de las ollas y utensilios de cocina y el zumbido de voces ya anunciaba la proximidad del centro de actividad del castillo. Un aroma a carne asada flotaba en el aire primaveral, y de otra dirección llegaba el hedor del estiércol fresco.
—¡Maldición! —masculló Gaucelm, que acababa de asimilar el comentario sobre el anciano cátaro—. Había decidido cantar una tonada. ¿Crees que debería escoger algo más… solemne?
Vidal se volvió para mirarle con fingido horror.
—¿Lo dices en serio? Ya veo que necesitarás un montón de lecciones. La corte de Raimundo no se ha ganado su fama insistiendo en las monsergas piadosas. El conde deja que sus clérigos se ocupen de esas cosas en la iglesia, que es donde deben hacerse. Lo que los clérigos quieren oír, por otra parte, es precisamente lo que nosotros podemos suministrar. ¡Canta tu tonada esta noche, y que sea lo más picante posible! Y ahora deja de pensar en la velada, y vamos a ver qué habrá de cenar.
Uno de los perros del castillo cruzó el patio hacia ellos. Vidal se inclinó para acariciarle la cabeza:
—No les caigo bien a los cocineros, ¿verdad, Loup? —observó mirando al perro —. Nunca pido permiso antes de probar sus guisos. Bueno, ven con nosotros; al menos a ti te darán un hueso.
La cocina del castillo tenía su propio clima. Los vapores del agua hirviendo se pegaban a las vigas y perlaban las paredes.
—Un lugar que debe ser evitado a toda costa antes de una cita —proclamó Vidal con una sonrisa traviesa mientras cruzaban el umbral—. Quien pasa un rato en esta cripta sale de ella con un vapor pestilente condensado sobre la piel que tarda horas en disiparse.
Gaucelm se enamoró de la cocina nada más poner los pies en ella. Todo lo que contenía le pareció maravilloso, desde la enorme chimenea hasta las mesas de trinchar.
—En primer lugar, la jefa de cocina —anunció Vidal a modo de presentación—. Ella me llama Chico Huesos. Yo la llamo Repollo Desdentado, un apelativo que no necesita explicación.
—Has venido por tu ración de grasa y cartílagos, ¿eh? —resonó un vozarrón femenino desde un ángulo de la cocina—. Tengo guardados por ahí unos cuantos huesos recientes para ti y para Loup.
Un robusto antebrazo señaló los huesos apilados en el canal reservado a los despojos. La jefa de cocina se volvió hacia Vidal y le sonrió con una mueca de arpía que contenía exactamente dos dientes. Su pálido rostro estaba tan arrugado como una hortaliza excesivamente hervida. Gaucelm le devolvió la sonrisa, y la mujer meneó la cabeza mientras su amigo se inclinaba sobre los huesos.
Vidal hurgó en el canal e inspeccionó distraídamente los especímenes más exóticos, pasándoselos de una mano a otra mientras contemplaba sus curiosas formas: las grandes articulaciones palmeadas, los grotescos nudillos, los tobillos pelados y medio rotos, protuberancias aplastadas que parecían diminutas calaveras adormiladas, la nobleza digna de la puerta de una iglesia del arco de un costillar, y varias espinillas tan delgadas que casi daba miedo tocarlas.
—Ésta es una buena manera de averiguar qué habrá para cenar: los restos requemados te indican qué ha estado dando vueltas sobre las llamas durante toda la mañana —le explicó Vidal—. Nuestra jefa de cocina siempre se asombra de que no me importe acabar hasta los codos de grasa, mientras que ella se afana con las cenizas para limpiarse las manos después de haber pasado el día en este agujero hediondo.
Gaucelm removió el contenido del canal. Algunos huesos se habían astillado, otros estaban misteriosamente envueltos, o tan llenos de surcos y rayas como aquella concha de un cangrejo que un peregrino trajo en una ocasión a la tienda de su padre afirmando que era el talismán de un cruzado. Dos pares de manos se hundieron hasta el fondo del canal. Por un momento, Gaucelm tuvo la sensación de estar contemplando los confusos inicios de la vida esparcidos sobre alguna ciénaga primigenia. Naturalmente, la mayoría de huesos sólo eran despojos corrientes ennegrecidos por las llamas o blanqueados por los hervores, y en realidad aquel canal sólo era un almacén para los perros del castillo. Loup ya estaba dando cuenta de su porción.
Vidal se irguió con un gruñido de satisfacción, se limpió las manos con exagerado deleite en el paño de Repollo y después le dio un rápido besito en la mejilla antes de dirigirse al enorme hogar abierto. La cocina estaba llena de mozas sudorosas y Vidal no tardó en retener a una de ellas sujetándola por los hombros mientras levantaba la tapa de un enorme caldero. Dentro de él, unas cuantas aves rosadas giraban entre el hervor del líquido.
—Avísame cuando esté listo —dijo, y luego le mordisqueó la nuca, consiguiendo que la moza le amenazara con la tapa mientras iba a contemplar los espetones seguido por Gaucelm—. Bueno, ¿y qué tenemos para esta noche? —le preguntó a una anciana que preparaba un cuenco para recoger la salsa y las peladuras.
—Pavos reales, grullas y conejo, y en ninguna de las tres cosas te dejaré meter las narices —replicó secamente la anciana.
—A este paso tendremos que conformarnos con los restos que deje algún comensal —comentó Vidal—. ¡Vamos, Loup!, veamos qué está pasando en el patio.
Abandonaron la cocina llena de vapores para salir a la luz del sol. Un tablón sostenido por dos caballetes ocupaba el centro del patio. Los mozos de cuadra habían abandonado sus carretillas, taburetes de cepillado y cubos puestos del revés para formar corro alrededor del tablón. Dos hombres se enfrentaban sobre la mesa improvisada, tirando los dados con profunda concentración.
—¡Ah, esto ya está mejor! —exclamó Vidal.
Uno de los hombres le miró y le espetó:
—Tres reales de la última vez o una botella de vino.
—El vino te sentaría mal —le aseguró Vidal. Sacó de su bolsa dos viejos dados gastados por el uso, observó en silencio a los jugadores durante unos momentos y se volvió hacia Gaucelm—. ¿Juegas?
—Sí —repuso Gaucelm con una sonrisa.
—Pues entonces manos a la obra. Aquí, encima de la plancha del pozo. Veamos si es lo bastante plana… Sí, puede pasar.
Se sentaron a horcajadas sobre el pozo y empezaron a tirar los dados. Antes de que sonaran las campanadas del mediodía, Gaucelm ya había perdido los cuatro reales que formaban su calderilla. La pomposidad de Vidal empezaba a irritarle. Sonriendo alegremente, Vidal le lanzó tres monedas al hombre y se levantó.
—Después de que te los hayas gastado te sabrán mejor que el vino. ¿Ves como cumplo mis promesas? —dijo, y se volvió hacia Gaucelm—. ¡Y ahora a trabajar! Los alegres cazadores no tardarán en volver y cuando lo hagan será para exigir una diversión que nosotros, pobres desgraciados, estaremos encantados de proporcionarles. ¡A trabajar, señor! ¿Y dónde está ese laúd que me has dicho que podía tomar prestado?