Trovador

Clara Pierre · Capítulo 16 de 32

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15. Navidades en Ventadour

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NAVIDADES EN VENTADOUR

 

E ra la noche de los pastores, la víspera de la gran fiesta del año. Los licántropos aullaban en los campos de Ventadour. Sólo sus voces rompían el silencio de una noche en la que bastaba estirarse un poco para poder tocar las estrellas. Después de haber sido invitado a buscar sitio más cerca del castillo, el carro de los cómicos se acurrucaba bajo la sombra de la fortaleza. Dentro de él, varios niños encogidos sobre montones de paja soñaban con murciélagos malévolos, leones de ojos llameantes y perros negros. Y aunque la noche estaba llena de cosas extrañas, el aire olía a paraíso y te resecaba la nariz con el filo acerado de su pureza.

Gaucelm, que volvía a gozar del favor de Marie, tenía que organizar las ceremonias navideñas. Estaba presidiendo el círculo de mesas extra esparcidas por la gran sala de banquetes cuando de pronto se abrió la puerta y todo el recinto se inundó con la luz de las antorchas. Un estallido de vítores acogió a Pons y el hijo de un aparcero cuando entraron en la sala cargados con el tronco navideño. Lo pasearon tres veces alrededor de la sala aparatosamente y luego, entre jadeos y resoplidos, lo llevaron a la chimenea, donde acabaron depositándolo para que aguardara allí las libaciones de vino y monedas con que sería obsequiado por Douce antes de la bendición final.

—¿Dónde puede haberse metido? —se preguntó Gaucelm.

La verdad era que Douce se había escabullido. En ese momento estaba en los establos, donde adornaba los collares de los chivos con moras y flores silvestres. Previamente había preparado los collares con cuerdas en las que había entrelazado trozos de telas de colores robados del costurero de su madre. Emparejadas por el cuello mediante cintas, las cabras, los chivos y las gallinas entrarían en la sala entre una fanfarria de trompetas inmediatamente después de la mascarada de los cómicos. Gaucelm admitía de buena gana que todo el mérito del entretenimiento correspondía a Guilhelma, ya que lo de los animales había sido idea suya.

La velada era fruto de las circunstancias. Desde la marcha de Gui, Douce no paraba de hablarle de él a Guilhelma hasta que, finalmente, Guilhelma le sugirió a Marie que permitiera que la joven se encargara de supervisar los adornos de la fiesta. En cuanto Douce tuvo algo que hacer, el plan obró milagros. Douce estaba muy ocupada remendando estandartes, discutiendo la preparación de las almendras garrapiñadas para la mesa con Alba, persiguiendo a Pons para preparar la expedición del tronco navideño y atendiendo a mil detalles más. El desfile de los animales, sin embargo, era una innovación y tuvo que vencer cierta resistencia inicial.

—¡Pero tienen más derecho a estar presentes que nosotros, porque el niño Jesús nació en su establo! —gritó Douce después de tener que enfrentarse a las tozudas objeciones de Marie.

Su madre suspiró y acabó dándose por vencida, ya que el desfile de los animales siempre sería preferible a que la muchacha se pasara el día rondando por las habitaciones de la servidumbre con cara de pena. La consecuencia más inmediata fue que Pieter, el paje extranjero, tuvo que encargarse de reunir al rebaño antes de su aparición en la sala. Pero cuando vieron a Douce tratando de adornar los cuellos de las gallinas con cintas, los mozos de cuadra pensaron que estaba llevando las cosas demasiado lejos.

A diferencia de los demás, Gaucelm se inclinaba a permitir que Douce se saliera con la suya, y no veía nada de raro en lo del desfile de animales. De hecho, había compuesto la música que acompañaría su entrada en la sala, y había estado ensayando con Douce la pastoral que cantaría la joven una vez su rebaño estuviera reunido delante de la mesa principal. Después de haber jurado que todo sería mantenido en el más absoluto secreto, Gaucelm la había ayudado a componer la canción. Con los animales finalmente preparados, Douce estaba hecha un manojo de nervios. Pieter aún no había llegado. Temiendo que alguno de sus animales lograra desprenderse de los adornos, Douce pidió a gritos a un mozo de cuadra que vigilase a sus pupilos hasta que les llegara el momento de entrar en la sala.

Tras haberse asegurado de que todo iba bien, Douce se recogió su falda de seda color azafrán con manos temblorosas y corrió a la sala donde aguardaban los comensales. Había llegado el momento de encender el tronco con las cenizas de la ofrenda del año pasado y repartir las porciones navideñas. Gaucelm dio la orden. Con las mejillas sonrojadas, Douce se alisó la falda y cogió un puñado de monedas y una jarra de manos de Pons. Puso las monedas en un extremo del tronco y roció el otro con el vino mientras Pons se disponía a encenderlo. Todos contemplaron cómo la corteza reseca empezaba a arder detrás de los negros postes gemelos de los morillos, cuyas curvas siluetas se alzaban tan majestuosamente como mitras de obispos. Después Gaucelm extendió los brazos para pedir silencio y dejó el resto de la ceremonia en manos del capellán.

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—… y que Dios proteja del mal a esta casa y a cuantos viven en ella durante el próximo año. Que la alegría sea con nosotros: Dieus nous alègre.

Las familias de granjeros con sus niños, la servidumbre del castillo, los pajes, Ebles, Marie, Douce, los invitados, Gaucelm y Guilhelma: todos permanecieron inmóviles con la cabeza inclinada hasta que el capellán hubo acabado de enunciar las solemnes palabras.

Tímidamente, los granjeros empezaron a hacer cola para reclamar su porción de hogaza y una jarra de vino de manos de Ebles. Después fueron seguidos por los sirvientes del castillo, los cuales tenían derecho a recibir un complemento de higos y almendras. Todos inclinaron la cabeza y murmuraron su gratitud mientras recibían el regalo. Luego se dirigieron a los rincones de la gran sala para esperar el resumen del trabajo y los acontecimientos del año. Ebles, majestuoso en su manto de armiño, esperaba el momento de tomar la palabra.

Finalmente todo quedó en silencio salvo por los ruiditos de Cabriolas, un galgo que, oliendo la cena, deambulaba nerviosamente de un lado a otro con sus largas uñas marfileñas repiqueteando sobre las losas. Pero una orden de Gaucelm bastó para que buscara refugio debajo de un caballete, donde se adormiló mientras Ebles iniciaba un soporífero discurso sobre los tributos, la cosecha, las deudas, los nacimientos, las muertes, las subidas de salario y las pensiones. Pendiente de lo que ocurriría después de la cena, Douce escuchó a su padre sin prestar demasiada atención a lo que decía y empezó a remover distraídamente los junquillos del suelo con la punta del pie. Los rostros familiares, la luz del fuego, los estandartes de vivos colores, los gruñidos satisfechos de los perros adormilados y los olores que llegaban de detrás de la puerta, donde pajes y servidores esperaban con los pasteles de anguilas y las bandejas llenas de lampreas asadas, se combinaban como cada año para aturdiría con una mezcla de hambre y temblorosa expectación.

Douce miró a Gaucelm, que aparentaba prestar una educada atención al discurso de Elias, aunque por la forma en que sacaba el labio inferior, Douce supo que estaba ensayando las líneas de la canción que había compuesto especialmente para aquella noche. Guilhelma estaba sentada junto a él, con sus piernecitas de rana cómodamente cruzadas por los tobillos bajo unas amplias faldas púrpuras. Las pantorrillas, redondas como dos palillos de tambor, asomaban por encima de las botas. Douce suspiró y siguió removiendo los junquillos con el pie.

Marie, que se sabía de memoria las sumas que estaba recitando su esposo, pensaba en otros asuntos. Lanzó una rápida mirada de soslayo a Elias d’Ussel. No había vuelto a Ventadour desde el banquete de los Comborn, y la disputa sobre las tierras tampoco había sido resuelta. Pero ahora Elias estaba aquí después de haber aceptado su invitación. Las leyes de la cortesía así lo exigían, ya que Elias no tenía esposa. Marie intentó imaginarse cómo sería la Navidad en Ussel, con aquel hombre hosco y siempre despeinado solo en un castillo casi vacío mientras su hermano reunía tropas en algún lugar del Languedoc después de que Gui se hubiera ido a luchar en Mondragón. Bueno, la Navidad era el momento ideal para enterrar el hacha de guerra, suponiendo que ésta pudiera ser enterrada. Ebles le había dicho que durante esas fiestas el deseo de ser buenos vecinos se impondría en ambos bandos y Elias, entusiasmado con sus planes para unir al sur, sería una excelente compañía. Su esposo tenía razón.

Aun así, su presencia la ponía un poco nerviosa. Con él nunca podías estar segura de que no abusaría del vino y acabaría peleándose con alguien, como había hecho muchas veces anteriormente. Elias era una extraña combinación de contrastes, con su escrupulosa asistencia a la iglesia por una parte y la avidez digna de un libertino con que se entregaba a la guerra o las discusiones por otra, y siempre producía una vaga impresión de descuido general.

Marie admiró las mangas de su camisa. Como tributo a las circunstancias especiales de aquella noche, llevaba un vestido de seda rojo anaranjado y los cabellos sueltos debajo de su tiara. Sus ojos recorrieron la gran mesa con su mantel blanco en una rápida comprobación de toda su parafernalia, y pensó que parecía un enorme tablero de ajedrez que invitara a iniciar la partida. Muy majestuosa, pensó. Había oído decir que en cortes provenzales como la de Les Baux, la mesa navideña estaba llena de juguetes: conejitos de cuerda, tortugas con correa y otras tonterías por el estilo. Los visitantes que habían cenado en la mesa de los condes de Marsella también hablaban de peces enteros y jabalíes con librea hechos de mazapán, así como otras extravagancias que, supuso Marie, servían para mantener entretenidos a los cocineros. Marsella se había enriquecido gracias al comercio, por supuesto, y sin duda era proclive a otros excesos cuya naturaleza no deseaba imaginar. Por su parte, Marie opinaba que esos alimentos ilusorios eran demasiado ostentosos y, mientras fuera ella quien diese las órdenes, seguiría vetando cualquier forma de orgullo culinario. Alba y los demás se quejaban, por supuesto. Como era lógico, querían poder lucir sus talentos en las ocasiones especiales. Pero Marie nunca iría más allá de los pájaros encerrados en una jaula de repostería —como los del banquete de los Comborn—, e incluso aquellos pájaros habían sido una excepción. Los días normales procuraba dar buen ejemplo a su cocina, y conseguía que alabaran su sopa de repollos. No, las cuestiones domésticas requerían mano dura. Marie había decidido permitir que mañana sirvieran salsa de moras con el venado, y había removido cielo y tierra para conseguir naranjas de Valencia, que costaban un ojo de la cara. En cuanto al vino, siempre era un motivo de preocupación, como el banquete de los Comborn había servido para recordarle. Hoy en día había que tener mucho cuidado con todas las cosechas que no procedieran de tus propias tierras, y debías cerciorarte de que el vino fuese guardado como era debido para evitar que se volviera rancio. Después del desastre de los Comborn, Marie había ordenado a un paje que no perdiera de vista al encargado de las bodegas. En cuanto a los coperos, aquel año había aumentado su número a seis. Con más de cien personas en la sala en noches como aquella, había que asegurarse de que todas serían servidas a su debido tiempo sin que llegaran a producirse según qué excesos. En Ventadour los invitados no eran atiborrados, y nunca acababan emborrachándose como hacían los ingleses en sus celebraciones del vasallaje.

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Douce se removió nerviosamente mientras Ebles concluía su discurso y los aparceros con sus familias, los villanos y los sirvientes del patio salían de la sala. ¡Por fin podrían ir a la mesa! Aunque aquella noche no habría carne en preparación para el generoso banquete de mañana, sintió que se le aceleraba el pulso mientras contemplaba aquel desfile de bandejas llenas de pasteles, estofados de pescado, congrios y anguilas asadas. Más tarde habría bandejas de tortas cuya sabrosa harina caliente estaría reforzada con trozos de lamprea, y no había olvidado lo exquisitas que eran. Luego vendrían los sollos bañados en crema de queso y los pasteles navideños especiales rellenos de frutas confitadas; y, después de todo eso, los nísperos y las nueces garrapiñadas de Alba. Sólo de pensarlo se le hacía la boca agua.

Cogió una granada y estudió sus vetas rosadas y su coronita marchita. El fruto estaba tan duro como una manzana invernal, y su piel parecía cuero. Douce lo atacó ferozmente con los dientes, pero tuvo que acabar recurriendo al cuchillo. La granada reventó bajo la hoja y esparció zumo sobre sus dedos. La acidez del fruto le encogió deliciosamente la lengua. ¿Dónde celebraría las Navidades Gui? ¿En un barracón con los otros soldados o en la gran sala de algún noble? ¿Iría a confesarse esta noche antes de oír misa? ¿Rezaría en soledad? Vio a su amado pequeño y solitario, arrodillado en alguna capilla anónima con una mano apoyada en el casco que había dejado en el suelo. ¿O estaría cabalgando bajo las estrellas rumbo a alguna misión, con el cabello ondeando al viento como una bandera negra? ¿Qué aspecto tendría ahora, y cómo andaría entre los otros caballeros? Gui era suyo. Se secó las manos en el mantel y tragó saliva para contener la marea de miedo que amenazaba con alzarse. ¿Correría peligro? ¿Y si… muriese? No tengo nada para recordarle, pensó. No me ha dejado ningún recuerdo, ni siquiera un mechón de su cabello negro como ala de cuervo.

Gaucelm se levantó. Aquella noche su canción parecía haber sido compuesta únicamente para ella y aunque supiese que no era así, Douce se permitió el lujo de creerlo mientras duraba el hechizo.

El amor que me envuelve en su luz,

Con el cuerpo calmado y radiante

Y con tanta frecuencia complacido,

Ése es el que da los mejores frutos.

Ai, Seigner Dieus, merces!

Su grave voz de barítono a veces la hacía reír. Pero esa noche sus palabras le llenaron los ojos de lágrimas y, súbitamente rebosante de bondad y amor, pensó en lo mucho que amaba a Gaucelm y se dijo que aquella noche amaba a todos los seres del mundo.

Después llegó la hora de la familia y los regalos para los sirvientes de la casa. El acontecimiento siempre se veía atemperado por cierta emoción contenida pues, a diferencia de la porción navideña a la que todos tenían derecho, los presentes indicaban qué valor tenías para la casa. Una vez al año todos se volvían niños delante de Marie de Ventadour, recibiendo elogios o reproches según los deseos de su señora. Recibir una moneda de plata en vez de una de oro o unos guantes en vez del esperado traje nuevo podía crear revuelo; en tanto que una recompensa que adquiriese la forma de un par de botas, una barra de azúcar, un caballo o una espada causaba un suspiro de satisfacción. Los malos humores eran contenidos a duras penas hasta después de la cena, cuando los receptores podían reunirse para comparar las fortunas y los favores.

Como siempre, Pons y su predecesor, el ya muy anciano mayordomo retirado del castillo, fueron hacia la cabecera de la mesa a la que se sentaba Marie y luego volvieron sosteniendo con dignidad dos piezas idénticas de paño azul. Cuando le tocó el turno a Guilhelma, Douce sintió un nudo en el estómago. Había ayudado a escoger aquel regalo. Vio con expresión expectante cómo Guilhelma sacaba el collar de cuentas de su bolsa de seda y exhalaba un jadeo de placer. Las cuentas, discretas y todas del mismo tamaño, alternaban el cuarzo con el ámbar. Guilhelma se las puso encima del corpiño púrpura para examinarlas a la luz. Después le dio las gracias atropelladamente y las sostuvo ante ella mientras volvía a su sitio, donde muchas manos se extendieron hacia las cuentas para sopesarlas y determinar su valor. Los murmullos de admiración reconocieron que el collar de cuentas de Guilhelma equivalía a un voto de confianza por parte de Marie.

Gaucelm intentaba mantener el orden, pero sus esfuerzos no lograron evitar que la sala se convirtiese en un hervidero de voces: los pajes y los sirvientes de menor rango con sus familias todavía no habían sido recompensados. Cuando les tocó el turno a los niños, sus chillidos de placer apenas pudieron oírse entre la algarabía. Peonzas, balones y muñecas rodaron bajo los caballetes. Los perros, que hasta el momento sólo habían comido sobras, entraron en un estado de febril excitación mientras perseguían los arcos y flechas que acababan de ser entregados a los pajes, gruñendo y tirando de las espadas de juguete y los tableros de juegos que volaban por los aires. Cuando Cabriolas subió de un salto a la mesa principal y se hizo con una porción de pastel, quedó claro que las cosas habían ido demasiado lejos. Los niños fueron desalojados de la sala, dejando a sus padres para que recogieran sus pertenencias de entre la confusión de juguetes.

El silencio fue momentáneo. Las copas volvieron a ser llenadas y después llegó la hora de gritar «¡Queremos ver la historia de Griselda!». Los juglares ya estaban esperando en la entrada. Ése era su gran momento.

—¿Con qué nos van a obsequiar los actores esta noche?

—¡Griselda en Nochebuena no! ¡Mejor Papagayo!

—¡O Cara de mono!

—No, nada de esposas que se mantienen fieles a sus votos matrimoniales. Eso está bien para el resto del año, pero es muy aburrido. Esta noche estamos obligados a asegurar la diversión de…

—¡Pues entonces Birgorne! —insistió uno de los invitados.

—¡Sí, sí! —corearon todos.

—¡Oigamos la historia de Birgorne, que se come a los esposos sumisos y está muy gordo!

Poniéndose en pie, Gaucelm alzó las manos para silenciar a la multitud.

—Los cómicos nos obsequiarán con lo que han preparado —les recordó a todos —. He visto unos cuantos dragones y cabezas de asno tiradas por ahí, así que tened paciencia y enseguida veremos qué piensan depararnos…

Douce esperaba que no fuese una Natividad como el año pasado. Todo el mundo conocía la historia, y además era demasiado solemne.

Unos instantes después sus temores fueron disipados por la aparición de una criatura con cuernos y rabo que se abrió paso a través de las mesas, saludando alegremente mientras sus dedos pinchaban costillas, acariciaban pecheras de clérigo y hurgaban entre los tocados. Cogiendo una gran espina de pescado de una mesa, la agitó en el aire pidiendo silencio e inició un recitado más siseado que murmurado. Cuando llegó a la parte preferida de Douce —su exposición de los presagios de la noche—, el cómico supo estar adecuadamente siniestro, puntuando su discurso con suaves meneos de su negra cola. Finalmente, pidió a su audiencia que se confesara en la capilla antes de que la velada hubiera terminado, advirtiéndoles de los hechizos que podía llegar a lanzar en caso de que descuidaran sus almas y recordándoles que debían mantener rectos los pábilos de las velas y evitar que los gatos maullaran hasta que hubiera amanecido, ya que tanto los pábilos torcidos como los maullidos eran muy malos signos.

Estaba terminando su discurso cuando un joven actor vestido de caballero entró en la sala con la espada desenvainada. Douce se sobresaltó: en estatura, habría podido pasar por Gui. Pero su ilusión pronto se convirtió en hilaridad. Vestido de blanco igual que un príncipe, lucía una corona de hojas alrededor del casco que, de hecho, era un puchero cogido de la cocina. Esto provocó tales carcajadas que el joven no pudo continuar con su discurso mientras Satanás, plantado delante de la mesa principal como si no supiera qué hacer, siseaba y agitaba su espina de pescado. El príncipe tuvo que quitarse el puchero de la cabeza, dado que éste le resbalaba con cada movimiento y las hojas ya se le estaban metiendo por el cuello de la túnica. Su traje también le estaba dando problemas. Una gran estrella de tela se había desprendido de su sobreveste, quedando precariamente suspendida de ella.

Cuando la hilaridad se hubo calmado, el príncipe presentó armas e inició su denuncia en verso de Satanás, hendiendo el aire con la espada a intervalos apropiados y tratando de ofrecer un aspecto lo más majestuoso posible al tiempo que se esforzaba por recordar sus líneas. Pero Satanás, harto de tanta devoción, se arrastró por debajo de la mesa y reapareció detrás del príncipe, agitando la cola, poniendo los ojos en blanco y arrancando nuevas carcajadas a los comensales.

El príncipe, que no se había enterado de nada, seguía con su interminable discurso. Pero cuando Satanás vio que la sala volvía a quedar en silencio, los adversarios iniciaron una nueva serie de payasadas para deleite de todos los presentes salvo Marie. Esta vez se persiguieron por entre las mesas, con Satanás blandiendo la espina de pescado y azotando a la audiencia con su cola. El príncipe cogió su casco y echó a correr, olvidándose de la espada y pisoteando los restos de su atuendo, cuya estrella de tela quedó tirada en el suelo como un pétalo gigante después de su apresurada partida. La mascarada fue muy aplaudida y los actores volvieron a entrar con los rostros sudorosos y enrojecidos, recogiéndose las faldas y sujetando los restos de sus disfraces sobre sus cuerpos como damas sorprendidas a medio vestir.

Sin dejar de reír, Gaucelm llamó a un copero para que le sirviera más vino. Vio que Douce le miraba y, dirigiéndole un guiño de conspirador, sacó algo azul de su envoltorio. Douce pensó que sólo era un trozo de tela, ni siquiera una túnica. La joven se preguntó si estaría decepcionado y le transmitió la pregunta con un arqueamiento de cejas, y él le mostró un par de calzas. ¡Qué amable era al darse por satisfecho con tan poco! Le devolvió la sonrisa, sin saber que la auténtica fuente de la satisfacción de Gaucelm le esperaba en sus habitaciones, escondida debajo de su colchón, dentro de una bolsita que le había entregado su madre.

Pons entró corriendo en la sala y se inclinó sobre Ebles para susurrarle al oído. Ebles se incorporó en su asiento y pareció buscar a alguien entre la multitud. Después señaló a Elias y ordenó a Pons que fuera en su busca. Elias salió con Pons. Ebles les siguió con expresión seria.

Su partida apenas fue notada salvo por Douce y Gaucelm, quien le dio un codazo a Guilhelma. Una súbita melancolía se adueñó de Douce, a pesar de que ya faltaba poco para su desfile de animales. Intentó calmarse, pero su mente se había vuelto tan negra como un escenario sin iluminar en el que la figura de Gui no paraba de surgir bajo las más extrañas apariencias. Tan pronto lo veía envuelto en llamas como ataviado con la sobreveste blanca del príncipe de la mascarada. Pero aquello era ridículo. La repentina entrada de Pons seguramente no tenía nada que ver con Gui, y Douce se preguntó si Ussel estaría ardiendo. Aquella noche no debía de haber casi nadie allí; con su señor en Ventadour, los sirvientes habrían ido al pueblo. O quizá se tratara de algún incidente sin importancia, una discusión entre granjeros que había acabado llegando a las manos o la muerte de algún villano enfermo. Sí, seguramente se trataría de eso: una muerte en Nochebuena era un mal presagio, y tenía que ser comunicada enseguida.

Aun así, la expresión que vio en su padre cuando volvió a su asiento no le gustó nada. Si el asunto sólo afectaba a Elias, ¿a qué venía ese ceño? Ebles se inclinó hacia Marie y le susurró un par de palabras. La expresión que apareció en el rostro de su madre cuando buscó la mirada de su hija sólo podía significar una cosa. El terror se adueñó de Douce: ¡Gui, entonces! Corrió hacia Ebles, tropezando con los juguetes todavía esparcidos por el suelo y enganchándose la falda en la esquina de la mesa. Sus mejillas ardían con la pregunta que surgió de sus labios.

—¿Le ha pasado algo a Gui?

Pero Ebles no se inmutó.

—No te preocupes, niña. No es nada que debas saber —dijo y, como si eso fuera a dar más crédito a sus palabras, se levantó, salió de la sala, volvió con Elias cogido del brazo y lo sentó en su sitio.

Douce siempre había confiado en su padre, y no había ninguna razón para negarle aquella confianza. Pero de pronto, y como si fuera un sabueso que acaba de oler un rastro, supo que algo andaba terriblemente mal. Para calmarse fue a sentarse entre Gaucelm y Guilhelma. Los cómicos no se habían enterado de todas aquellas interrupciones. Un acróbata que empuñaba una antorcha entró en la sala dando saltos mortales, pero sus bufonadas no obraron efecto alguno sobre Douce. Dándose cuenta de que le pasaba algo, Gaucelm intentó distraerla dándole instrucciones sobre su pastoral.

—Vamos a repasar esas rimas —dijo, y empezó a recitarlas—: Volria… amia… que sia…

Pero ya las habían ensayado cuidadosamente antes, y sólo consiguió aumentar sus recelos. Douce se preguntó si Guilhelma le habría hablado de sus sentimientos hacia Gui, y si habría revelado los secretos de sus largas conversaciones en la cocina. Queriendo disipar su confusión y su miedo, decidió ir a los establos para echar un vistazo a los animales. Guilhelma le palmeó la mano y le susurró al oído:

—No puede ser Gui, porque en ese caso su padre no habría vuelto a la mesa.

Douce se escurrió entre los bancos, pasó por encima de los perros y salió por la puerta cercana a la chimenea en la que ardía el tronco navideño. Pero se detuvo y, obedeciendo a un impulso repentino, volvió a entrar, cogió un puñado de cenizas del hogar y volvió a salir de la sala.

Era magia. Si había algo que pudiera proteger a Gui y ahuyentar a los demonios que le carcomían, era aquello. Douce sabía que los campesinos solían añadir cenizas del tronco navideño a sus medicinas, o que las guardaban todo el año en sus cabañas para protegerlas de los incendios. Cuando llegó a los establos aún no había ni rastro de Pieter, y el mozo de cuadra estaba dormido. Un gavilán se había soltado de su percha y se mofaba de los animales desde las vigas. Un chivo se había comido el collar, pero por lo demás la procesión se hallaba intacta. Los animales estaban encantadores. Impaciente por empezar, Douce despertó al mozo y le dijo que fuese a la sala para esperar la señal de Gaucelm.

La hilera de animales cruzó el umbral de la gran sala detrás de Douce. Cuando el primer par de ovejas vio a la multitud y se negó a seguir adelante hasta que un acróbata con los dedos cargados de platillos los convenció, Douce temió que sus intérpretes animales la dejarían en la estacada. Pero en cuanto el sonido de los platillos hubo atraído hasta el centro de la sala a las asombradas ovejas, los gansos y los chivos se apresuraron a ir tras ellas, tirando de sus collares y arrastrando a sus parejas.

Finalmente fue la música procesional de Gaucelm la que evitó el caos. Empezó con una fanfarria de trompetas interpretada por dos jóvenes pajes a los que Gaucelm había escogido como aprendices de músico. Todavía no eran lo bastante rápidos para seguir la línea melódica sin tropiezos, pero la instrucción de Gaucelm les permitió lucirse con unas cuantas frases musicales al tiempo que evitaban los estallidos metálicos habituales. Su composición sirvió a los animales con idéntico aplomo, y su decidido compás proporcionó una ilusión de orden allí donde no había ninguno.

Animada por su audiencia, Douce ejecutó elegantemente la pastoral, aunque se saltó un verso sin darse cuenta. Después los animales fueron sacados de la sala por el mozo de cuadra, que había esperado en el patio. Guilhelma estrechó a Douce y Gaucelm le ofreció una copa de vino que la joven vació sin respirar. Los dos pajes volvieron a hacer sonar sus trompetas para anunciar el fin de la celebración, y los invitados apuraron sus copas antes de prepararse para ir a la capilla. Los sirvientes empezaron a descolgar las antorchas de las paredes mientras los comensales se dispersaban.

Agotada y acordándose de su palma manchada de ceniza, Douce se miró las manos. Guilhelma vio la cara que ponía, le separó los dedos, asintió y volvió a cerrárselos sobre la palma. Douce se persignó y se apoyó en ella.

—No te duermas. Las plegarias —anunció Gaucelm, levantando un mechón rubio y enrollándoselo en los dedos. Una de sus canciones le vino a la cabeza—. Levantaos, hermosa dama —canturreó, fingiendo hacerle la corte—, pues el alba ya se aproxima y seremos descubiertos…

Douce le sonrió. Después de la procesión, las trompetas y su pastoral, Gui parecía estar muy lejos. Esperaría a haber salido de la capilla para averiguar qué le había ocurrido. Mientras tanto, rezaría.

Una ráfaga de aire frío agitó el tapiz allí donde cubría la pared detrás del asiento de Ebles. Los invitados empezaban a salir al patio dejando las puertas abiertas de par en par detrás de ellos, pero ninguno de los tres se movió de su sitio. Un tenue rumor de voces llegaba del pueblo, donde las familias de los granjeros estarían cantando villancicos alrededor de sus fuegos. Los más impetuosos ya estarían apurando los últimos restos de sus porciones navideñas directamente de la jarra. Mañana estarían haciendo cola delante de la puerta de la cocina, con las manos extendidas a la espera de las limosnas del día de Navidad.

—Las plegarias —insistió Gaucelm—. La capilla.

Pero en vez de levantarse, se hundió un poco más en su asiento y cruzó las manos encima del estómago. El carro de los juglares crujía rítmicamente en el patio a medida que su caballo comía la paja inclinándose entre los varales. Guilhelma pensó en los niños que dormían dentro del carro, acostados allí donde los actores se cambiaban de traje. Los adultos ya estarían volviendo a él para desvestirse, avivar la hoguera que ardía junto al carro y tapar al caballo con una manta. Desde donde estaban sentados, Douce podía mirar por la ventana y ver las gavillas que había colgado del viejo alerce del patio. Era una de las tareas que Guilhelma le había asignado, diciéndole que debería encargarse de proporcionar su porción navideña a los pájaros. Las gavillas mecidas por el viento temblaban sobre las frías estrellas.

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Nadie de Ventadour le diría la verdad, como si la creyeran demasiado joven para aceptar lo que ellos llamaban «vida». Douce sospechaba que Ebles y Marie habían urdido una conspiración para que no se apartara del estrecho sendero recto etiquetado «Comborn». Cualesquiera que fuesen sus razones, nada podía dolerle más que el ser mantenida en la ignorancia. Decidida a averiguar qué había ocurrido —pues a esas alturas la llama inicial de sus sospechas ya se había convertido en un auténtico incendio—, decidió que a la mañana siguiente iría a Ussel después de la misa navideña. Se haría acompañar por Guilhelma, y llevarían monedas, juguetes y pan de las fiestas en bolsas colgadas en sus sillas de montar. En caso de que la necesitaran, Douce ya había pensado en una noble coartada: visitar a los enfermos de la aldea cercana el día de Navidad.

Pero las cosas no salieron tal como las había planeado. Alba, que siempre acogía con deleite las visitas de su «joven dama», frunció el entrecejo en cuanto miró por la ventana de la cocina y vio a dos caballos esperando ser montados con Guilhelma, en vez de un mozo de cuadra, sujetando las bridas.

—¿Y adonde piensas ir con el pan si apenas ha amanecido? ¿Daniel irá contigo? No es su hora habitual…

No había habido tiempo para escoger monturas de damas. Douce dejó el pan sobre los adoquines del patio y vio que Guilhelma se recogía las faldas con una mano. Pegando la pierna derecha a la silla de montar, se subió a ella. Douce se apresuró a imitar su ejemplo, y salieron del patio olvidándose del pan. ¡Bah, daba igual! Alba, que las observaba desde la ventana con perplejidad, ya se encargaría de recogerlo. A lomos de su caballo, Douce se sintió extrañamente invencible.

No había estado en Ussel desde que era niña. Pero ahora todo era distinto: Ussel era el hogar de Gui, y la perspectiva de verlo hacía que sus sentimientos se insuflaran locamente. Aun así, no tardó en entender a qué se refería su padre cuando decía que Elias d’Ussel era un derrochador. Cuando el castillo apareció ante ellas, enseguida pudieron ver que de todos los edificios que había dentro del recinto sólo la fortaleza se hallaba intacta. Al largo granero de madera le faltaba una parte del techo y los establos eran túmulos de piedras derrumbadas. Cuando Guilhelma soltó un bufido, Douce supo qué estaba pensando: aquel cobertizo con un horno anexo difícilmente merecía ser llamado cocina. Todo se encontraba en un estado lamentable, y además no se veía ninguna capilla. Mientras el portero iba en busca del mayordomo, Douce intentó aceptar la triste verdad de que aquel feudo medio en ruinas era lo que Gui debería heredar algún día.

El mayordomo les abrió las puertas de bisagras de hierro. Se llamaba Isard, y Douce se acordaba de él. Ahora estaba encorvado por la edad y se mostró encantado pero también perplejo de ver a Douce, a la que al principio no pudo reconocer. Hablaron en los escalones mientras el portero sujetaba las bridas de su caballo, ya que Douce no tenía ningún deseo de entrar en la fortaleza.

—Mi señor partió hacia Mondragón esta misma mañana —les dijo con su marcado acento de campesino—. El joven amo está grave, aunque el paje de Die que pasó por aquí ayer no dijo nada de una herida mortal, gracias a Dios. ¿No fue a Ventadour? Le envié con las noticias…

Douce asintió, y luego quiso saber a qué parte de la ciudad de Mondragón habría sido llevado Gui.

—Por lo que dijo el paje, el joven amo estará convaleciendo en la casa de la señora Béatritz de Die. El muchacho añadió que el viejo barón de Mondragón, su padre, quizá haya muerto. Su castillo queda justo al lado del río Ródano y el paje había oído decir que fue asaltado por los hombres de Alfonso, que el diablo se los lleve. Y además…

—¿Quién es esa Béatritz de Die? —le interrumpió Douce.

—¡Ah, hacéis bien en preguntarlo! —repuso Isard con deleite, pues tenía sus propias opiniones sobre aquellos asuntos—. ¡Con esas ideas religiosas que tiene y su afición a meterse en política, sabe Dios qué clase de cuidados le estará proporcionando al amo Gui! Incluso aquí arriba sabemos cómo intentó administrar el reino de Raimbaut…

Pero Douce ya había oído suficiente y, con un gesto de impaciencia, llamó al viejo mayordomo para que enlazara las manos bajo su pie a fin de volver a montar.

Después se despidió de Isard mientras los caballos volvían grupas para encaminarse hacia la puerta. Guilhelma meneó la cabeza. Ahora ya nada detendría a Douce. Conocía los signos: se le habían subido los colores y tenía el rostro encendido. Atravesaron el pueblo de Ussel al trote. Cuando llegaron al camino, Douce tiró de las riendas y esperó a que Guilhelma se reuniera con ella.

—¿Tienes alguna idea de cuándo emprenderá su recorrido mi padre?

—Ya sabes que nunca informa al castillo hasta que llega el día de partir —repuso Guilhelma—. Pero si me lo preguntaran yo diría que antes de que acabe enero, porque el día de los pastores oí a tu señora madre hablar con Alba acerca de gastar las reservas de harina para que no se echaran a perder durante el año nuevo.

—¡Enero! No puedo esperar tanto tiempo…

—Mira, niña, tampoco puedes coger un caballo y partir al galope. Y mucho menos en pleno invierno, y con Provenza asediada… ¡No lo consentiré!

Douce le lanzó una dura mirada.

—Me llevaré a Pieter como escolta.

—¡Ese bergante!

—No puedo esperar hasta que la casa se haya vaciado. Me iré mañana.

—Douce, oh Douce… ¡No puedes desaparecer de esa manera! ¿No te das cuenta de que enviarán a todo el mundo detrás de ti? Sabes muy bien a qué clase de peligros te expondrás recorriendo los senderos con un paje por única escolta… ¡y además uno que habla una lengua que nadie entiende! —Guilhelma se interrumpió para recuperar el aliento—. ¿Dónde buscarás cobijo cuando anochezca? —prosiguió—. Nunca he oído hablar de Mondragón, pero si pertenece a los condes de Provenza entonces como mínimo está a una semana de aquí yendo a caballo. Y aun suponiendo que no haya guerra, puedo asegurarte que los caminos están llenos de rufianes que te cortarán el cuello para hacerse con un par de reales o una jarra de vino. Vas a arriesgar la vida por un muchacho al que apenas conoces, y que podría haber muerto mientras hablamos. ¡Y con el que nunca permitirán que te cases aun suponiendo que viva! ¡Recapacita, niña! No lo permitiré.

Continuaron al paso durante un rato, a través de los campos bañados por el sol invernal. Lo que quedaba del grano de los D’Ussel se alzaba del suelo en resecos penachos atiesados por las heladas. Los cuervos graznaban en las alturas. Cuando los rayos del sol rebasaron las colinas, Douce ya tenía un plan. En cuanto hubiera reñido al paje Pieter por no haber atendido sus obligaciones anoche, quedaría muy claro que Pieter le debía un favor. Sobornaría al portero. Se irían poco antes del alba, y Douce llevaría el segundo traje de Pieter. Se volvió hacia Guilhelma.

—Necesitaré pan y vino para una semana de viaje… y carne, si puedes echar mano a algún trozo antes de la cena de esta noche. Si te parece que alguien de la cocina sospecha algo, bastará con cualquier sobra de ayer. Y si Alba empieza a protestar, dile que son para el montón de Douce. Así pensará que las quiero para una de mis visitas al pueblo. Dejaré un par de alforjas detrás de la puerta de la despensa: con todas las provisiones que tendrán que recoger para dar de comer a los invitados, nadie se dará cuenta. Asegúrate de que estén llenas antes de maitines. Yo diré a Pieter que las recoja y lleve a los establos cuando todo el mundo esté en la capilla. Pero no olvides que deben estar listas antes de maitines. —Se acordó de los juguetes y las monedas—. Oh, y dale al viejo Daniel lo que contienen estas bolsas… —Palmeó los bultos colgados detrás de su silla de montar—. Él sabrá repartirlo entre los necesitados tan bien como lo hubiese hecho yo: después de todo, es su trabajo.

Guilhelma estaba furiosa.

—¡No puedo permitir que lo hagas! ¿Qué pasará si tu madre y milord Ebles se enteran de que te he dejado marchar? Piensa en mí, Douce. Y al menos deja que Gaucelm…

No llegó a terminar la frase, viendo que el hablar no serviría de nada. Douce no había vuelto la cabeza hacia ella y seguía mirando al frente entre las orejas de su caballo.

—Si tú o Gaucelm vinierais conmigo me echarían en falta mucho antes —dijo finalmente—. Necesito tiempo para llegar allí. ¿De qué servirá que me vaya si luego los tengo a todos pisándome los talones antes de haber podido cruzar el Luzège? Supongo que lo entiendes, ¿no?

—Santo Dios… —Guilhelma suspiró, dándose por vencida ante el tono inapelable empleado por Douce—. Necesitarás una antorcha y un paquete de velas — murmuró con resignación.

Douce le sonrió. Por primera vez en muchos años, se sentía completamente segura de lo que iba a hacer. Espoleó al caballo.

Las laderas de las colinas empezaban a relucir bajo los últimos rayos de sol, ardiendo como un gran ópalo surcado de vetas llameantes mientras las dos mujeres entraban en Ventadour.