Águilas en tinieblas

Eric Williams · Capítulo 8 de 18

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Águilas en tinieblas

Capítulo VII

 

P eter fue llevado a cenar por un teniente aviador que le dijo llamarse Tyson. Con la voz de Loveday resonándole todavía en los oídos, siguió Peter, encantado, a Tyson.

—¿Ha empezado ya Loveday a darles a ustedes la lata? —Tyson tenía una voz agradable. Era alto y de fuertes mandíbulas. Vestía un sweater negro de cuello alto bajo su guerrera. Andaba con rapidez sobre el húmedo suelo de cemento, con sus fuertes botas de aviador—. No le haga usted caso; está un poco chalado.

—¿En qué sentido?

—Es lo que llamamos la «fiebre de la alambrada». Esto viene por oleadas. Unos la cogen con más intensidad que otros. A algunos les deprime mucho y en cambio otros se vuelven sólo un poco raros. Pero el caso de Loveday es diferente. Ya antes de ser hecho prisionero debía de estar algo trastornado.

—¿Quiere usted decir que siempre ha sido así?

—Más o menos… Pero nunca se pone violento. Ha recorrido todos los grupos del barracón. Nadie puede aguantarlo mucho tiempo.

—Pobre hombre. —Peter se lo imaginaba sin amigos, emigrando de grupo en grupo.

—No lo compadezca; es feliz a su manera. Más feliz que la mayoría de nosotros. A quien hay que compadecerle es a usted. Ya hemos llegado. — Entraron en un compartimiento en el que tres hombres estaban sentados a la mesa. Miraron a Peter como si esperasen su llegada.

—Es el teniente aviador Howard —dijo Tyson—. El comandante Drew, el teniente Crawford y el teniente Simpson. Los demás están preparando la cena. —Le indicó a Peter que se sentara—. ¿Quiere usted un trago?

Peter manifestó una sorpresa que hizo reír a los otros.

—No; no crea que es whisky ni nada de eso —se apresuró a desengañarle el comandante—. Es un menjunje que hacemos con uva. Lo guardamos para las ocasiones especiales. —Llenó cinco potes con un líquido incoloro contenido en una lata—. Perdone el servicio; no hay más «cristalería» que ésta.

El brebaje era fuerte y sabía a petróleo. Peter se alegró de que los potes de barro no admitieran más cantidad.

—Vamos a ver, ¿cuánto cree usted que durará todavía la guerra? —El comandante, de bruces sobre la mesa, hablaba como sí estuviera preguntando quién ganaría el Derby de aquel año. Era un hombretón de ojos azules que se había dejado una impresionante barba.

Peter pensó con rapidez. No tenía la menor idea de cómo ni cuándo iba a terminar la guerra. Pero comprendió que aquellos hombres querían tranquilizarse.

—Le echo un año —acabó diciendo.

—Ay —suspiró el comandante y se enderezó como si se le hubiera quitado un gran peso de encima—. Ésa es la misma impresión que tengo yo.

—Yo creo que durará más —dijo Crawford. Era de más edad que los otros y tenía una mirada inquieta, casi angustiada. Llevaba un largo chaquetón caqui y su gorra de punto de lana la tenía encasquetada hasta las orejas. Añadió—: Tenemos que utilizar toda nuestra potencia de bombardeo. Hasta ahora sólo estamos jugando a bombardear. Yo no veo el final hasta antes de dos años. Quizás dos y medio.

—¡No digas tonterías, Tom! —exclamó el comandante sonriéndole a Peter—. Una guerra no se puede ganar sólo con bombardeos.

Simpson, más joven que sus compañeros, llevaba el traje de batalla azul marino de las fuerzas aéreas. Sacó un paquete de cigarrillos y le ofreció a Peter fuego acercándole la pequeña lámpara que tenían sobre la mesa, una lata de tabaco medio llena de una extraña grasa. Habían hecho un puente de metal sobre la abertura de la lata y por este puente pasaba una mecha de lana que ardía con una llamita azul.

—Aquí es casi imposible contar con fósforos —explicó Simpson—. Por eso tenemos encendida esta lamparilla. ¿Qué es lo último que se ha estrenado en Londres?

Peter, mientras encendía su cigarrillo, procuró recordar. Desde que se había incorporado a la escuadrilla no había ido al teatro.

—Un espíritu burlón, es una buena comedia —dijo al buen tuntún.

El comandante protestó:

—Eso ya lo ponían cuando me derribaron a mí. Es del año de la nana.

Peter volvió a pensar:

—En el Windmill hay una buena obra pero no me acuerdo cómo se llama. Temo decepcionarlos a ustedes, porque no estoy muy enterado de espectáculos.

—¿En qué aparato volaba usted? —le preguntó Tyson.

Peter se encontraba allí más a gusto y respondió con toda confianza:

—Stirling. Empecé con un Wimpey y luego cambiamos. Sólo he hecho cinco vuelos en los Stirlings, casi todos sobre Italia.

—No me gustan esos cacharros —dijo Crawford, que, evidentemente, era reaccionario en técnica aeronáutica—. A mí que me den siempre Wimpeys. ¿Qué tal la metralla italiana?

—Un encanto —le dijo Peter—. No dan una. Nos quedábamos dando vueltas para ver desde dónde disparaban.

—¿Dónde los derribaron a ustedes?

—Sobre Alemania. Un caza nos pescó y nos prendió fuego. —Estaba dispuesto a contar toda la aventura cuando llegaron para cenar los demás miembros del grupo. Eran tres y cada uno traía algo.

El comandante intentó continuar la conversación pero no cabía duda de que le interesaba más la comida que los vuelos sobre Italia. Indicando los rudimentarios platos y potes, se disculpó:

—Aquí todo es muy primitivo, pero tenemos el mejor cocinero del barracón, ¿verdad, Jonah?

—Lo que tenemos es el mayor apetito —replicó Jonah. Era un canadiense gordo y colorado que tomaba muy en serio el arte de cocinar. Comieron salchichas en lata, tomates también de conserva, patatas fritas y guisantes; todo bien caliente y dispuesto con atractiva simetría en una fuente construida bastamente por ellos mismos. Observándola con detenimiento, descubrió Peter que la fuente había sido hecha con varias docenas de pedazos de lata unidos por sus bordes doblados y machacados.

Jonah parecía no tener prisa en servir para no descomponer su artístico adorno. Por fin, distribuyó el alimento en los potes.

—¡Date prisa, Jonah! —El comandante se había sentado a la cabecera y se mesaba impaciente la barba.

Peter estaba sentado junto al comandante:

—¿Tienen ustedes un cocinero distinto en cada grupo? —preguntó.

—Sí, en cada «república» guisamos aparte. —El comandante comía con gran apetito—. En la mayoría de los grupos se establecen turnos para la cocina pero nosotros tenemos mucha suerte con Jonah porque le entusiasma guisar y nos quita ese fastidio de encima. Desde luego, le echamos una mano para pelar las patatas y fregar los platos…, si se le puede llamar platos a esto.

—Es que así es la única manera de que yo pueda comer tranquilo — explicó Jonah. Peter se preocupó mucho: nunca había sabido cocinar más allá de un huevo pasado por agua. Deseaba fervorosamente que uno de las de su «república» resultara un cocinero amateur como Jonah.

—¿Cenan ustedes así todas las noches? —preguntó.

El comandante sonrió:

—No; creo que Jonah se ha superado esta noche. En cada grupo recibimos cuatro paquetes de la Cruz Roja por semana. Solemos hacer una sola comida caliente al día. Pero no tan buena como la de hoy. En las demás comidas nos las arreglamos con pan y cualquier cosa. Algunos se acostumbran bien, pero yo debo reconocer que siempre estoy hambriento. —Y suspiró.

Mientras comía, Peter notó el tacto de estos antiguos prisioneros, la consideración con que se trataban unos a otros. Se veía que procuraban hacerse el encierro lo más agradable que permitieran las circunstancias. Recordó la vida atropellada del Dulag-Luft y se preguntó si estos hombres habrían sido así al principio. Estaban tan tranquilos y atentos que él se sentía desplazado. Aún no había llegado a aquella serenidad. Temía incurrir en la desaprobación de este grupo.

Después de cenar tomaron nescafé en los mismos potes donde habían bebido el brebaje de uvas. Todos le preguntaban cosas de la patria y Peter no sabía qué contestar. Pensó: «Si hubiera previsto que me iban a derribar, me habría preparado.» Por lo menos, pudo decirles lo que costaba entonces la cerveza y el whisky. Pero cuando quisieron saber lo que daban de racionamiento y otras cosas corrientes, se dio cuenta Peter de su absoluta falta de preparación en la vida cotidiana de su país.

—¿Cómo andan allá de tabaco? —preguntó Simpson.

—Bastante mal por ahora —respondió Peter—. Los estanqueros disponen siempre de algunos paquetes que tienen bien escondidos pero han de conocerlo a uno mucho para sacarles algo. Yo he recorrido varios estancos inútilmente.

—Eso es lo bueno de aquí —dijo el comandante—. Tenemos más cigarrillos de los que podemos fumar. Es lo único que nos pueden mandar los parientes y amigos en la cantidad que deseen. No les permiten enviarnos alimentos, de modo que todos envían cigarrillos. ¿Quieres algunos?

—Fumo en pipa —respondió Peter—. Pero ya que son ustedes tan amables, cogeré algunos para mis compañeros de grupo.

El comandante se levantó y, dirigiéndose a su cajón, sacó un «cartón» y una lata de tabaco de pipa.

—Aquí tienes doscientos y cuatro onzas de Capstan. Avísame cuando necesites más.

—Muchísimas gracias. Esto es magnífico. —Peter hizo una columna con los diez paquetes y puso al lado la lata de Capstan—. Veo que las cosas no están aquí tan mal como yo creía al principio…

El comandante sonrió:

—En esta «república» tenemos un brujo de las finanzas. Antes de la guerra trabajaba en la Bolsa y ahora es un «as» del mercado negro en este campo.

Peter no comprendía.

—Mañana verás el mercado negro —le dijo el comandante—. Está en una cabaña junto a la Casa Blanca. Funciona por un sistema de puntos. Supón que recibes de Inglaterra un paquete y viene en él algo que no necesitas. Pues bien, en vez de cambiarlo por algo que otros tampoco van a necesitar, vas al mercado negro y te dan unos puntos por la mercancía. Con esos puntos puedes adquirir otra cosa que se te presente en aquel momento o bien te los apuntan en los libros y dispones de ellos para cuando los precises.

—Todo eso me parece muy complicado. —Peter había vivido tanto tiempo en una «república» de la R. A. F., donde no tenía que preocuparse de nada en cuanto a comida, vestimenta, etc., que le aterraba la idea de tenerse que ocupar personalmente de todos esos detalles.

—Y lo mismo puedes hacer con los paquetes que envía la Cruz Roja — prosiguió el comandante—. Nuestro brujo de las finanzas, que no está aquí esta noche (lo han invitado a cenar en otro grupo), ha establecido un valor nominal para cada artículo de los que vienen en nuestros paquetes. Tardó varias semanas en establecer el sistema. Y ahora, gracias a su talento bursátil, el valor de cada artículo fluctúa según la situación del mercado, la mayor demanda de ciertas cosas, etc… Por ejemplo, la avena es más barata en verano que en invierno y lo contrario ocurre con la limonada en polvo. Lo que se valora más es el Klim.

—¿El Klim? —Peter se extrañaba de todo.

—Leche en polvo —le aclaró Jonah—. Viene en los paquetes de la Cruz Roja canadiense. Es mucho mejor que la leche condensada que nos llega en los paquetes ingleses. Se conserva mejor y sirve mucho más para cocinar.

—Aquí se utiliza el Klim para muchas cosas —añadió el comandante—. Con él se hace una pasta estupenda para arreglar libros rotos y pegar fotos. Uno compuso con esa pasta una pipa.

—Además, las latas en que viene sirven muy bien para hervir el agua — dijo Simpson. Y le enseñó una lata ennegrecida por el humo, de unas seis pulgadas de altura y seis pulgadas de diámetro. Le habían añadido un asa de alambre.

—Una lata llena de Klim vale por ciento cincuenta cigarrillos en el mercado —dijo el comandante—. Cuando nos llega algún paquete, Tollit lo lleva en seguida al mercado y vende todo lo que está por encima de la par y compra todo lo que esté por debajo de la par. Esto significa que nuestra comida no es muy variada, pero ganamos en cantidad de alimentos.

—A mí todo eso me resulta muy complicado —dijo Peter.

—Amigo —le replicó riendo el comandante—, es el sistema capitalista. Aquí somos todos veteranos como prisioneros de guerra, de modo que tenemos una buena reserva y podemos hacer jugadas de Bolsa en el mercado.

—¿Juegas al bridge? —le preguntó Simpson a Peter.

—No; y lo siento —tuvo que reconocer Peter.

—Pues no aprendas, chico —le dijo Crawford—. En un sitio como éste, el bridge se convierte en seguida en un vicio. Hay muchachos que se pasan el día jugando.

—Pero es una buena manera de pasar el tiempo —dijo Peter.

—Ya verás cómo se te pasa el tiempo —le advirtió el comandante—. Al principio se hace un poco pesado, pero de pronto, un buen día, te paras a pensar y te das cuenta de que te falta tiempo para todo lo que te propones hacer. Es asombroso con qué poco se llena la vida de un hombre.

—Y, ¿qué hay de fugarse? —preguntó Peter.

Se produjo una larga pausa en que Peter tuvo tiempo de arrepentirse de haber hablado. Podría ocurrir que aquella gente no fuera partidaria de los intentos de fuga o ¿habría roto él quizás una de las normas secretas del cautiverio hablando de aquel asunto?

Tyson rompió el silencio por fin. Sonreía astutamente mientras hablaba.

—Si tienes alguna idea sobre eso, ven a vernos. Pero piénsatelo bien antes de proponer un plan. Asegúrate. Si se te ocurre algo, debes decírnoslo primero a nosotros.

El súbito apagón de todas las luces evitó a Peter que le notaran su creciente azoramiento.

—¡Maldita sea…! —exclamó el comandante—. ¿Dónde está nuestra lámpara, Jack?

A la luz del pequeño encendedor vio Peter que Simpson se acercaba a una alacena y sacaba de ella una lámpara que encendía con un pedazo de papel. Estaba hecha la lámpara con latas viejas atadas una sobre otra y con una abertura lateral que le daba a aquel artefacto el aire de una linterna sorda. Daba una luz firme y dorada más brillante que el humeante resplandor rojizo que salía de los otros compartimientos.

—Es una buena lámpara —dijo Peter.

—Es el combustible —le explicó Simpson—. Margarina de la que hemos extraído el agua. Sale caro, pero da una luz estupenda. Algunos de los muchachos utilizan margarina en bruto, grasa de cocina e incluso betún. ¿Cómo van a tener buena luz?

—¿Qué mecha usan ustedes?

—Ésta la hemos hecho con un cordón de pijama, que parece lo más absorbente. También pueden emplearse pedazos de franela retorcidos, pero yo prefiero el cordón de pijama.

Peter miró hacia los demás compartimientos. La amplísima nave, sumida de pronto en la oscuridad, adquiría poco a poco una nueva personalidad a medida que iban encendiéndose las vacilantes luces de los improvisados quinqués. Las conversaciones sólo eran murmullos y los prisioneros se arracimaban en torno a las lámparas.

—¿Qué pasa con las luces? —preguntó Peter.

—Son los goons —dijo el comandante—. El S. B. O. tuvo una pelea con ellos a propósito de las medidas sanitarias. Y, como represalias por su actitud, nos dejan sin luz.

Por lo visto, Peter debió de exteriorizar su asombro.

—Te explicaré, hombre —le dijo Simpson—. En nuestro lenguaje, goons significa alemanes; kriegies, prisioneros de guerra; S. B. O., oficial mayor británico (Senior British Officer)… Ya te irás acostumbrando… Es otro idioma.

—Llegarás a olvidar que hayas podido ser algo distinto a un kriegie dentro de una o dos semanas —dijo Crawford—. Y ése es, precisamente, el peligro.

Cuando se encendieron de nuevo las luces, las recibieron con un irónico abucheo. Apagaron las lámparas de tan diversos combustibles y los grupos se dispersaron. Las conversaciones volvieron a ser ruidosas y por el espacio común, por encima de las separaciones, corrían oleadas de risas, exclamaciones, preocupación y despreocupación en una misma algarabía.

—¿Cuáles son las ultimas noticias del Oriente Medio? —preguntó el comandante.

Volvió Peter a sentir su falta de preparación. Nada sabía del Oriente Medio. Le había bastado con volar y con olvidar todo lo relativo a la aviación cuando no estaba de servicio. Tuvo que confesar:

—No estoy muy enterado de lo que ocurre en ese frente. Pero en mi grupo tenemos un chico que fue capturado allí. Él estará mejor informado que yo.

La conversación languidecía. No quería Peter hacerles más preguntas y ellos, por su parte, tampoco parecían ya interesados en preguntarle nada a él. Empezaron a hablar entre ellos de los partidos internacionales de rugby. Hasta que no llevaban un buen rato con esta conversación no comprendió Peter que se referían a los partidos que jugaban en aquel campo de prisioneros y que lo de «internacionales» era una fantasía.

—¿Juegan ustedes aquí al rugby? —preguntó.

—¿De qué juegas tú? —le replicó Simpson.

—De full back.

—Muy bien. Te probaremos en cuanto desaparezca la nieve. ¿Has jugado recientemente?

—Hace cosa de un mes.

—¡Estupendo! Te daremos unas botas. ¿Tienes pantalones que puedan servirte?

—¿Largos?

—Hay muchas piedras. Conviene proteger las rodillas, ya sabes.

—Lo siento, pero no tengo —dijo Peter.

—Yo te dejaré unos —le ofreció Simpson.

La conversación languidecía otra vez.

—En fin, ya volveré.

Todos se pusieron en pie.

—Muchas gracias por la cena. —Quería devolverles la invitación, pero pensó en que sólo disponía de la sexta parte de su «república».

—No lo olvides: en cuanto pase la nieve —le dijo Simpson.

—Ven a vernos de vez en cuando —le indicó el comandante. Por la manera de decirlo, daba la impresión de que se trataba de un viaje largo y difícil.

En su compartimiento, se encontró con que sus compañeros habían regresado ya de cenar en los diversos grupos que los habían invitado y estaban sentados a la mesa bebiendo cacao:

—Llegas a tiempo —le dijo Otto—. Te hemos reservado una taza. —Y le sirvió cacao de una alta jarra de metal.

—Así dormirás mejor —le dijo Loveday—. Acabo de aconsejarles a estos individuos que se acuesten. Necesitan dormir lo más posible. Lo más importante…

—¿Qué tal te ha ido en la cena? —le preguntó John.

—No pensé que sabía tan poco —dijo Peter—. He quedado en que volvería allá contigo para que les contaras cosas del Oriente Medio.

—Muy bien —asintió John—. Nos dieron una conferencia sobre la situación en aquel frente precisamente el día antes de caer prisionero… Me han apuntado en una sociedad teatral de aficionados.

—Y a mí me han hecho de un equipo de rugby… que se juega en suelo de cemento —dijo Peter.

—Nos equivocamos al juzgar a aquel ayudante, Peter. —John fue a sentarse junto a él en el borde de la litera.

—¿Qué ayudante?

—El de los mandos permanentes en el Dulag-Luft.

—¿En qué sentido?

—Me lo han explicado los chicos del grupo donde he estado. Es un secreto, de modo que no lo divulgues. El ayudante trabaja para nosotros. Les hace creer a los alemanes que está dispuesto a servirlos y a la vez recoge toda la información que puede para enviarla a Inglaterra.

—¿Cómo se las arregla para mandar esos informes?

—Sabe Dios, pero lo hace. Es una tarea de miedo. Hace falta valor.

—Sí, hay que tener muchos bemoles.

—Todos los nuevos tenemos que pasar revista mañana por la mañana — dijo Saunders. Estaba a medio desnudar junto a su litera.

—¿Para qué diablos…? —Hugo, ya acostado, lo miraba con asombro.

—Me lo han dicho en la cena.

—Creo que te han tomado el pelo.

Las luces se apagaron y encendieron rápidamente por dos veces.

—Quedan cinco minutos —advirtió Loveday—. Dentro de cinco minutos se apagarán las luces para toda la noche.

Peter, en la oscuridad, procuraba conciliar el sueño. El saco de virutas formaba jorobas. Estaba tan cerca del techo que, con levantar el brazo podía tocar las vigas. El ambiente estaba muy cargado con humo de tabaco y olores a sudor y ropa sucia. Recordó los hombres del grupo donde había estado aquella noche, cómo se esforzaban por vivir en armonía, por hacer lo más soportables posible las circunstancias en que se hallaban. Quizá podamos hacer aquí lo mismo, pensó, suavizar las aristas, y practicar un poco de autodisciplina. Pero también había que considerar aquello como una derrota. Era muy preferible salir de allí, volver al peligro y a la libertad de la guerra. Hablaría de eso con John a la mañana siguiente. Tenía que haber un modo de salir. El capitán les había dicho que estaban abriendo un túnel. ¿Cuántos hombres se necesitarían para aquello? Quizás pudieran admitir todavía a uno o dos más. Sí; a la mañana siguiente se enteraría bien de este asunto…

De vez en cuando se oía un gran estruendo. Era alguien que saltaba de una de las literas superiores con los zuecos puestos. Y se oía el arrastrar de los zuecos en dirección a la letrina y los crujidos de la puerta que se abría.

Peter oía en torno suyo los ronquidos y la pesada respiración de sus noventa y tantos compañeros de prisión. De vez en cuando, alguno gritaba o murmuraba en sueños. Algunas veces eran verdaderos gritos de terror que se cortaban en seco cuando el vecino de la litera sacudía al de la pesadilla y lo despertaba. A intervalos, los puntos luminosos de los cigarrillos revelaban el insomnio y el aburrimiento de algunos.

Pensó en el ayudante del Dulag-Luft, que seguía cumpliendo con su deber, pero de la manera más desagradable. Tenía que sufrir el desprecio hiriente de sus compatriotas y al mismo tiempo estaba haciendo cien veces más que todos ellos juntos para ganar la guerra. Pensó en todos los traidores de esta guerra, que podían ser espías. ¡Qué imposible era juzgar a nadie, qué poco razonable dar una opinión sin estar completamente seguro de todos los hechos! Envió con el pensamiento una silenciosa disculpa a aquel hombre que cumplía solitario su deber despreciado por todos, incluso por los alemanes, a los que estaba engañando.

Sintió suspirar a John en la litera de abajo. Se revolvía inquieto.

—¿Estás despierto, John? —murmuró.

—Me estoy preguntando cuánto tiempo podré resistir aún sin ir al retrete —le respondió John.

—Eso es el shock. —Era la voz de Loveday, que emitía su diagnóstico desde la litera de enfrente—. A todos les ocurre igual. Ya se os pasará a fuerza de tiempo.