Águilas en tinieblas
Capítulo VIII
A la mañana siguiente, como siempre, los guardias alemanes, con sus uniformes verdes y la bayoneta calada, se dirigieron hacia los barracones y abrieron las puertas gritando el habitual: «Raus! Raus!» que llamaba a los prisioneros para que empezaran otro día.
Pero con ello terminaba la semejanza con los demás días. En vez de las tres rebanadas delgaditas de pan negro, Saunders y Hugo habían preparado una comida sustanciosa, no para celebrar lo ocurrido sino porque pronto se concentraría a todos los prisioneros en el campo de fútbol mientras registraban los barracones y examinaban el túnel.
Aquella mañana, para que las columnas parecieran tan nutridas como siempre, formaron los prisioneros en filas de tres en vez de cinco. Iban vestidos por completo, llevaban sandwiches y, algunos de ellos, cajas de cartón llenas de pan. Nadie sabía lo que iba a suceder y era mejor estar prevenidos.
Todos observaron al Hauptmann Mueller cuando subía la cuesta, como todas las mañanas. Alineados frente a los diferentes barracones, no se notaba a primera vista la ausencia de los fugados. El barracón de Peter era el primero que había de ser contado. Tyson ocupaba el lugar del comandante Stewart. Con su uniforme completo, parecía cansado y temeroso.
Al acercarse Mueller, saludó Tyson. El alemán le devolvió el saludo.
—¿Dónde está Mr. Stewart?
—No está aquí esta mañana.
—Ach so? —Mueller recorrió lentamente con la mirada las filas de los prisioneros. Hasta que los guardias empezaron a contar no se dio cuenta de que ocurría algo extraño. Su redonda cara empezó a palidecer y luego a enrojecer y después se puso otra vez pálida. Peter notaba el esfuerzo de aquel hombre por dominarse.
Se volvió hacia Tyson:
—En filas de cinco, por favor —dijo con voz tranquila—. Siempre en filas de a cinco, Mr. Tyson.
—Muy bien. Chicos, de cinco en cinco.
Los prisioneros obedecieron de mala gana y acabaron formando una masa compacta a la que faltaba una cuarta parte de su longitud normal. Mueller, resuelto a no descubrir sus sentimientos, guardó silencio mientras sus hombres contaban. Faltaban quince prisioneros.
Luego repitieron la operación con los del barracón siguiente. Acabó Mueller de contar a todos los prisioneros y después se puso a hablar con el Lagerfeldwebel, a cierta distancia de los ingleses. Éstos podían ver sus gestos de terrible desconcierto y preocupación. El Feldwebel llamó a uno de los guardias y éste marchó a paso muy rápido a la Kommandantur.
Los prisioneros esperaban con gran impaciencia. Aquello era un suceso extraordinario, una ocasión que rarísimas veces podría presentarse. Mueller se paseaba con las manos a la espalda mientras el Feldwebel desprendía piedrecitas del sendero con la punta de su bota derecha. Luego las lanzaba de un puntapié contra la pared del barracón.
Se abrieron las puertas del campo y entró un pelotón de guardias armados con fusiles ametralladoras y cubiertos con cascos de acero. Se dirigieron al campo de fútbol. Allí se detuvieron frente a los prisioneros apuntándoles con sus fusiles-ametralladoras.
—Ejecución en masa en el Oflag XXI B —murmuró John.
—Sólo están cerrando la puerta del establo —le aseguró Peter. A pesar de que su túnel estaba en peligro, lo estaba pasando muy bien, como casi todos los prisioneros, con aquella interrupción de la rutina diaria.
Corrió un murmullo entre los prisioneros cuando apareció el Kommandant en la puerta del campo. Llevaba polainas de montar y una capa larga y flotante. Andaba con rigidez. El Hauptmann Mueller le salió al encuentro. Novecientos prisioneros observaban este encuentro. El Lagerofficier saludó y quedó en posición de firmes mientras el Kommandant, después de devolver el saludo, escuchaba el relato del otro.
—No quisiera estar en el pellejo de Mueller —dijo Saunders, riendo entre dientes con nerviosismo.
Los dos alemanes hablaron durante unos minutos. Los soldados esperaban inmóviles en el campo de fútbol, sin dejar de apuntar a los prisioneros. Entonces Mueller volvió a saludar, giró sobre sus talones y se dirigió hacia los barracones. Cuando llegó a lo alto de la cuesta, traía un gesto forzado como si quisiera ocultar su indignación. Los ingleses debían convencerse de que él tenía sentido deportivo.
—Volverán ustedes a sus alojamientos, caballeros —les dijo.
Los prisioneros regresaron a sus respectivos barracones y los encerraron.
En seguida se extendió el rumor: el Kommandant había pedido a Berlín que enviaran la Gestapo. En el cuarto de Peter se formaron largas colas para asomarse a la ventana y ver lo que ocurría en el campo de fútbol. Los afortunados que tenían los primeros puestos transmitían las noticias a sus compañeros.
—Llegan más goons.
—Por la carretera vienen varios centenares de goons.
—Se han desplegado en torno al campo. Nos están rodeando.
—Se nota que no tienen idea de dónde desemboca el túnel.
—Tampoco saben dónde empieza.
Hubo un largo silencio que intranquilizó a los de detrás.
—¿Qué ocurre ahora?
—Nada de particular. Andan de un lado para otro como idiotizados.
—Ya traen los perros.
—¿Dónde? No los veo.
—Allí; mira, por el camino que se ve detrás de aquella torreta.
—Pues es verdad; entonces va a terminarse todo en seguida.
—Ahora viene un auto. Dos, tres coches… Todo un convoy. Son Mercedes-Benz. Se detienen ante la puerta. Han bajado unos tipos con uniformes marrones. Deben ser los de la Gestapo. Se están saludando unos a otros. Heil Hitler a todo meter.
—¿Qué hacen los perros?
—Están husmeando los alrededores del campo, cerca de las alambradas…
—¡¡Han descubierto el túnel!!… —dijo uno de los que estaban asomados a la ventana. Se hallaba excitadísimo—. ¡Se han agolpado todos en aquel sitio! Gritan como locos. Uno ha salido corriendo en busca del Kommandant. Ha tropezado con su propio fusil y se ha caído. ¡Qué imbéciles! Están apuntando por la boca del túnel, como si hubiera alguien allí. —Y el prisionero, exaltado, empezó a gritarles—: ¡Imbéciles, hatajo de tontos! ¡Se marcharon hace ya muchas horas!
—Cállate, Bill —dijo uno—. Te van a meter una bala en el cuerpo si no te callas.
—Lo siento, pero es que son de verdad unos cretinos. No hay más que verlos alrededor de la salida del túnel, como si esperasen que fueran a salir por allí todos los que faltan.
—Ya llegan los demás: el Kommandant, los de la Gestapo y hasta un operador de cine. Parece que van a un entierro.
—¿No habéis estado bastante en la ventana? Ahora les toca a otros.
Los de la ventana se retiraron y los situados inmediatamente detrás ocuparon sus sitios.
—¿Qué sucede ahora?
—Se han reunido con los otros junto a la salida del túnel y agitan mucho los brazos. No puedo ver lo que hacen; creo que el Kommandant le está diciendo a Mueller que baje por el agujero. Y él se niega.
—Mueller le dice a uno de los guardias que baje… ¡pero también se niega el guardia!
—Buena cosa, eso es un plante. Espero que los fusilarán.
—¿Qué hacen ahora? —preguntaban todos a la vez con impaciencia.
—Uno de ellos vuelve hacia acá en bicicleta.
—El Kommandant enciende un cigarrillo. Están sacando una foto del agujero. ¡Les va a servir de mucho!
—Chico, eso es para el archivo. Se titulará «Lugar de la asombrosa fuga del Oflag XXI B. Treinta desesperados sueltos por Polonia. Los Luft-gansters en busca de la libertad.»
—Ahora viene hacia el campo un pelotón de goons. Van directamente hacia el abort. Deben de saber ya que el túnel empieza allí.
—¡Izquierda, derecha; izquierda, derecha; izquierda, derecha! —cantaban los prisioneros siguiendo la marcha de los soldados. Fueron disminuyendo el ritmo, hasta romper en carcajadas. Los alemanes habían cambiado el paso. Peter estaba al fondo del cuarto escuchando los comentarios. Se alegraba de la victoria de los treinta prisioneros sobre sus guardias, pero, como ocurre siempre en momentos victoriosos, sentía cierta piedad por los vencidos.
—Izquierda, derecha; izquierda, derecha… —Una ráfaga de ametralladora rozó el tejado del barracón produciendo un ruido como si pasaran un bastón por el hierro acanalado.
—Meteos para dentro, muchachos —recomendó uno—. Si no, tirarán directamente a la ventana.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó uno.
—Han cerrado la puerta del abort y han dejado fuera una pareja de goons.
—Como ya han descubierto el túnel, supongo que nos dejarán salir.
—No te hagas ilusiones; estaremos aquí muchos días.
—Apuesto a que no encuentran la trampilla de entrada. La dejamos muy bien cerrada y camuflada.
—Ahí va el equipo de cavadores. Son prisioneros rusos con palas. Los obligarán a abrir el túnel.
—¿A la entrada?
—No, no; por la salida. Están fuera del campo. Ahora meten a un ruso por el agujero. Pobre hombre, saldrá directamente, por el otro extremo, a la zanja de los retretes.
—Tiene suerte, porque le dejarán que tome un baño.
—Nunca se olvidará de esto. Creo que la mitad de los que se han ido se habrán tenido que dejar las provisiones porque no se las podrían llevar todas.
—Yo vi a Kee que iba cargado como un camello.
Se produjo un silencio mientras introducían el prisionero ruso, cabeza abajo, en el túnel. Poco después volvió a prender el entusiasmo en los observadores:
—Mira, ahí llegan unos camiones llenos de goons… Centenares de soldados con petate y todo.
Saunders se reunió con Peter y Loveday detrás del racimo de curiosos.
—No han tenido suerte —les dijo.
—Es que han salido demasiados —dijo Peter—. Por uno o dos escapados, los goons no se hubieran tomado esta molestia. Que se hayan fugado treinta los ha aterrado. Serán capaces de poner en movimiento la mitad de su ejército.
—Esto va a dificultaros la tarea a los del otro túnel —dijo Saunders.
—Para entonces ya lo habrán olvidado —le dijo Peter.
—Espero que Otto se salve —dijo Saunders—. Tiene más probabilidades que los otros, por ser polaco.
—Más probabilidades de que lo fusilen si lo pescan. —Peter sorprendió la mirada de Loveday y hubiera preferido no haber hablado.
Los prisioneros permanecieron encerrados en el barracón todo aquel día, y, naturalmente, por la noche. A la mañana siguiente los llevaron a todos al campo de fútbol donde fueron rodeados por guardias armados, mientras registraban los barracones. Pasaron la mañana sentados y de pie, según podían, ya que no había bancos para todos, o formando cola para usar la letrina provisional que habían abierto en un rincón del campo. Saunders se había llevado su estufa portátil patentada, y Peter y los prisioneros que lo rodeaban pudieron beber té tibio.
A última hora de la mañana los alemanes instalaron una mesa en una de las porterías de fútbol. Uno a uno tuvieron que acercarse a la mesa los prisioneros, donde eran identificados de acuerdo con la documentación personal que conservaban los alemanes en sus archivos: fotografía, huellas dactilares, señales de nacimiento y una relación de empastes y fundas de oro en los dientes. Cuando cada prisionero fue identificado, lo registraron y luego lo dejaban pasearse libremente por el circuito, pero no entrar en los barracones.
Los prisioneros se dieron cuenta en seguida de que mientras más tiempo durase este desfile de identificación, más probabilidades tendrían los fugados. Por eso, cada vez que los guardias llevaban a uno hacia la mesa, se resistía como si lo llevasen a degollar y, una vez ante el oficial encargado de la identificación, se hacían los tontos y provocaban confusiones y errores que alargaban, por lo menos, unos diez minutos la operación. Después de media hora de poner en práctica este truco, los guardias comprendieron la intención y los obligaron a darse prisa a punta de bayoneta.
Cuando Peter comprendió que le tocaría pronto su turno, empezó a preocuparse de los objetos verboten que tenía escondidos entre su ropa. Durante la próxima semana habría una gran escasez de mapas y de brújulas y no quería marcharse sin esta valiosa ayuda. A pesar del pesimismo de Tyson, seguía confiando en que su túnel no sería descubierto. Seguramente, a los goons les bastaría con descubrir un túnel aquella semana.
Miró a su alrededor para ver lo que hacían los demás. Muchos de ellos removían la tierra suelta del campo de fútbol o la aplastaban con los pies. Tuvo Peter un momento de indecisión y luego, con gran rapidez, se sacó de la cinturilla de los calzoncillos los mapas y la brújula y los enterró. Poco después lo llamaron. Mueller comenzó el interrogatorio:
—¿Número?
—¿Eh?
—¿Número?
—¿Número?
Mueller procuró dominarse:
—Quiero decir su número de identidad como prisionero de guerra.
—¡Ah!, lo he olvidado.
—¿Dónde tiene su disco?
—¿Qué disco?
Mueller le hizo una señal a uno de los guardias, el cual, bajando el fusil apoyó suavemente la punta de la bayoneta en la espalda de Peter.
—¡Ah, mi disco! —Peter se abrió la camisa y rebuscó lo más que pudo para descubrir el disco de metal que le colgaba de un cordoncito al cuello. Cuando, por fin, lo «encontró», la cuerda era demasiado pequeña para permitirle leer el número. Se inclinó sobre la mesa para acercar el disco a la cara del oficial.
Mueller tuvo un instintivo movimiento de retroceso:
—So! ¡Neunundachtzig!
Buscó en una pequeña caja de cartón y extrajo de ella una tarjeta en un rincón de la cual pudo ver Peter su fotografía con expresión pétrea y un número sobre el pecho.
—Teniente-aviador Peter Howard. —Mueller estudió la fotografía y luego miró a Peter con dureza—. Veo que ha estado usted en mala compañía. No se felicite, amigo mío. No andarán por ahí mucho tiempo. Y le indicó al guardia que se lo llevara para ser registrado.
Por último, una vez registrados todos los prisioneros y soltados en el circuito, una nutrida fila de guardias fue recorriendo el campo de fútbol muy despacio revolviendo el suelo con las botas. Peter contemplaba desde lejos, angustiado, la aparición de cuchillos, brújulas, mapas, tinta china, pastillas de tinte y demás material de fuga. Todo ello era colocado en dos grandes mantas que los guardias se llevaron a la Kommandantur.
En cuanto les permitieron a los prisioneros entrar en el campo de fútbol, Peter se dirigió adonde había escondido sus cosas; la brújula y los mapas habían desaparecido.
Durante los diez días siguientes despertaron a los prisioneros cinco o seis veces cada noche para contarlos, colocaron minas en el terreno que rodeaba al campo y pasaban lista durante el día en inesperados appels. Los avisaban por medio de una trompeta. En cuanto ésta sonaba, tenían que abandonar los prisioneros lo que estuvieran haciendo y reunirse ante los barracones. Mientras se pasaba lista, los «hurones» registraban los barracones, los aborts, la cocina y los lavabos con la esperanza de encontrar un túnel que, a causa de la súbita llamada, hubieran dejado los prisioneros al descubierto.
En aquellas condiciones era imposible seguir con el túnel de la cocina y Tyson decidió dejarlo hasta que se les hubiera pasado a los guardias aquel exceso de celo. Peter y John, fastidiados por la demora, pasaban el tiempo paseando por el circuito para conservarse en forma y haciendo planes para su largo viaje a través de Polonia y Hungría, con destino a Yugoslavia.
La excitación fue apagándose y, uno a uno, a veces en parejas, eran conducidos de nuevo al campo los tunelistas del abort. La «nevera» estaba ya llena con las víctimas de la irritación del Kommandant en la misma mañana siguiente de la fuga y los escapados vueltos a capturar fueron encerrados en la Casa Blanca en espera de su proceso. A menudo, en su paseo diario por el circuito, veían Peter y John los rostros pálidos y desesperados que se asomaban por las ventanas del piso de arriba.
Para aumentarles la ración, todos sus compañeros cedieron parte de la suya.
Sólo Otto y un comandante inglés estaban aún en libertad. A medida que pasaban las semanas, los prisioneros tenían una mayor esperanza de que por lo menos estos dos se hubieran escapado. Cuando llegaron noticias de que los habían «matado a tiros porque se resistieron a su detención», todos se negaban a creerlo. Suponían que era sólo un rumor. Pero el oficial mayor británico lo anunció en una reunión especial y los prisioneros tuvieron que creerlo.
Se vengaron aumentando sus pinchazos contra los goons hasta que se llegó a una guerra declarada entre los prisioneros y sus guardias. Los alemanes, asustados por este odio, usaban sus fusiles para mantener el orden y sólo el tacto del oficial británico pudo salvarles la vida a varios de los más exaltados.