Águilas en tinieblas
Capítulo III
U na vez que las persianas quedaban cerradas y las puertas aherrojadas para toda la noche, los prisioneros estaban a merced de sus guardianes. La casi inexistente luz de los compartimientos se podía apagar con un pequeño movimiento del conmutador y cada uno de aquéllos se convertía en una cueva oscura donde unas figuras desdibujadas se arracimaban en torno a las malolientes lamparillas. Cuando las luces se apagaban había que renunciar a la lectura, el dibujo y a todos los quehaceres y distracciones. Sólo se podía intentar la más elemental de las maneras de cocinar. Los prisioneros volvían a las costumbres de sus antepasados y se sentaban a contarse historias hasta que las luces volvían.
Mientras duraba la luz eléctrica, la gran sala era un enorme zumbido de conversaciones, salpicado a intervalos con ruidosas carcajadas, retazos de canciones y el persistente tap-tap de alguien que se fabricaba una sartén o una jarra con latas viejas. En cada una de las doce celdas de esta inmensa colmena, ocho hombres se alimentaban, jugaban, discutían, trabajaban, gritaban, soñaban o se reconcomían sus corazones en soledad. Sobre todo ello flotaba una densa nube de humo de tabaco, el vapor de la ropa tendida a secar y los olores de los guisos y cocimientos.
A Peter, mientras yacía en su litera esperando a que le tocase el turno de usar la estufa del barracón y escuchando la monótona voz de Loveday, le parecía justo que en su grupo no hubiera más que seis hombres. Loveday equivalía a tres individuos normales. Durante el día, en que podían separarse y salir a dar una vuelta por el circuito si se les antojaba o por otras partes del recinto, se soportaba mejor. Si Loveday se ponía pesado, bastaba con no hacerle caso y marcharse a la primera ocasión. A las horas de comer era desde luego un fastidio porque no había escapatoria; pero por las noches, cuando estaban encerrados sin remedio, era inaguantable y cada vez se estaba poniendo peor.
Los otros eran muy llevaderos. Todos ellos eran capaces de absorberse en lo que estaban haciendo, como Saunders con sus extraños inventos, Otto con sus recuerdos e incluso Hugo con su deseo de mantener allí las sutilezas de la vida de sociedad. Todos ellos podían pasarse horas enteras con sus respectivas personalidades envueltas en ellos mismos, lo mismo que los gatos cuando se encierran en el semicírculo de su cola. Peter pensó en John, que se estaba las horas muertas concentrado en su lectura. Si lo mirase ahora mismo lo vería con su largo cabello negro y su barbita, como un vagabundo vestido con toda la ropa que posee, envuelto en una manta y dos pares de calcetines en sus zuecos de madera. Inmóvil y en silencio absoluto. Si Peter le hablaba, para decirle, por ejemplo: «¿Qué te parece esto, John? ¿Está bien la perspectiva?», levantará la cabeza y responderá: «¿Qué hay?», como si volviera a este mundo, «¿Qué me decías?» Y le daría la opinión solicitada para sumergirse de nuevo en su libro y en sí mismo. La mayoría de los prisioneros eran así. En casi todos los grupos se producían largos períodos de silencio. Se habían dicho tanto unos a otros, se conocían tan bien, que podían sentirse a gusto aislados y en silencio.
Pero Loveday no era así. No era capaz de meterse en sí mismo; tenía que pasarse todo el tiempo discutiendo con alguien. Ver refugiados a los demás en sus respectivas intimidades constituía para él una especie de desafío. Sentíase entonces impulsado a desalojarlos de sus posiciones, de sus refugios espirituales. Y entonces, en el silencio, lanzaba una de sus proposiciones de controversia. Y no se dirigía a ninguno en particular sino que hacía lo mismo que los pescadores cuando lanzan su anzuelo en la quietud del lago. Al poco tiempo, ya había «prendido» la discusión, cualquier tema estúpido que les conducía siempre a un callejón sin salida como el que ahora se hallaba en su momento culminante. Loveday se emborrachaba con sus silogismos. Recordaba lo que había dicho cada uno varios días antes y que a ellos mismos se les había olvidado por completo. Citando las palabras de ellos quería demostrar Loveday que no eran normales. Para curarlos, les hablaba en complicadas parábolas e intentaba psicoanalizarlos. Con él no había manera de estar tranquilos.
Cuando Hugo y Saunders discutían, y lo hacían a menudo, el tema de su discusión quedaba entre ellos. Pero si Loveday debatía con uno, los demás tenían que intervenir quisieran o no. Había en su voz una insistencia imposible de rehuir. Era una voz dirigida a los demás tanto como a la persona a la que parecía dedicada.
Poco a poco fueron volviéndose más cautos y ya ocurría que los peces no picaban en el anzuelo.
Peter miró su reloj. Le tocaba ya el turno de la estufa común. Se llevó unos pedazos de madera que había robado en el teatro y la fuente con el famoso y extraño pisto de salmón… y los demás aditamentos.
La cocina estaba llena de humo y en completa oscuridad. Se acercó a la llave y encendió.
—¡Apaga esa luz!
El cocinero del turno anterior estaba cenando junto a la estufa.
—Tuve que apagar la luz —le explicó a Peter— porque se atascó la chimenea y me vi obligado a abrir la ventana para que saliera el humo. Un centinela nos plantó aquí una bala la otra noche porque vio luz.
Cuando el otro se marchó, Peter cerró las persianas y encendió la luz. La estufa estaba ocupada por latas de todas clases, polizones. Las empujó a un lado, puso su fuente en el centro, avivó el fuego y tuvo que apagar rápidamente la luz para precipitarse a la ventana y abrirla. Casi se asfixiaba. Alguien entró en ese momento y encendió la luz.
—¡Apaga esa luz!
El visitante se apresuró a obedecer el grito de Peter y éste cerró otra vez la ventana.
Era un hombrecillo regordete con el cabello cuidadosamente dividido en dos mitades por una raya en medio y arropado con una manta sobre los hombros. Llevaba una lata de Klim llena de agua.
—¿Tienes un poco de sitio?
—Mira tú mismo.
El hombre se acercó y dijo que volvería más tarde.
Peter tuvo que apagar otra vez la luz y abrir las persianas. Pronto le faltó combustible a la estufa y Peter salió entre nubes de humo, para buscar más. Su media hora de cocinero fue una pesadilla de oscuridad, humo y guiso quemado hasta que por fin pudo regresar ufano a su «república» con la comida lista para decirle a John que tenía la estufa libre para tostar los bizcochos.
—Esta tarde he hablado con el viejo Bandy —dijo Saunders con la boca llena de comida—. Le ha escrito su tía diciéndole que su mujer anda por ahí con un norteamericano.
—Siempre es preferible a un polaco, ¿no crees, Otto? —dijo Hugo.
Otto hizo una divertida mueca.
—La tía se lo explica con todo detalle. El otro está casado y tiene dos hijos.
—A mí no me serviría eso de consuelo —comentó Hugo.
—Pero ¿por qué se meterá esa mujer en lo que no le importa? —se indignó Peter—. ¿Qué puede hacer Bandy?
—Eso es lo que yo digo —asintió Saunders, que ya había terminado su ración—. Vale más no enterarse. Seguro que es una solterona.
—¿Quién?
—La tía. Si estuviera casada, tendría otras cosas de qué escribir.
—Lo mismo puede decirse de la mía —intervino Hugo—. No sabe hablar más que de su asqueroso gato. Es más rica que Creso y se pasa varias horas al día en una cola para comprarle cordilla al animalito. A pesar de todo no se gasta mucho en alimentarlo.
Cuando Peter acabó su plato, fue a ayudar a John. Se lo encontró hablando con el individuo de la lata de agua.
—Ve a comer, John. Me encargaré de esto.
—He abierto la ventana de los lavabos para que haya corriente. Ya he frito tres bizcochos. Me los llevaré. Este muchacho tiene prisa.
—Es que celebramos un aniversario la semana que viene y estoy haciendo una tarta —explicó el desconocido.
—No tardaré —le dijo Peter. Metió el resto de la leña en la estufa y se puso a freír con margarina de la Cruz Roja los bizcochos remojados.
—¿Cómo va la función que se prepara? —preguntó el otro.
—Resultará muy bien. Es una especie de melodrama burlesco.
—Eso es lo que nos conviene. Nos ponen demasiadas tragedias, Luz de gas, Hamlet y cosas por el estilo. Lo que queremos es reírnos.
—Para la primavera preparamos el Sueño de una noche de verano. Quieren que Saunders, uno de mi grupo, haga el papel de Botton. Le iría muy bien.
—Ese Loveday que tenéis ahí es un tío raro, ¿no?
—No; no le ocurre nada de particular.
—Es que el otro día me paró en el circuito para decirme que yo tenía un halo muy bien definido. ¿Qué me querría decir con eso? Antes de que pudiera responderle, se había alejado.
—Es su manera de entender el humor —dijo Peter.
Recogió las cosas de cenar y con ello terminó su tarea de cocinero. John haría el último brebaje y los cacharros sucios no los fregarían hasta la mañana siguiente. Satisfecho, se subió a su litera a terminar un dibujo que estaba haciendo del interior del barracón dividido en compartimientos idénticos; idénticos en la forma pero distintos por su contenido y su arreglo.