Águilas en tinieblas
Capítulo IV
C uando llegaron a Frankfort despidió el cabo al otro militar y se llevó a Peter por una calle muy transitada. Esperaron en una cola la llegada del tranvía y a Peter le sorprendió la banalidad de su llegada. Había esperado una escolta armada o, por lo menos, un camión, y allí estaba, con su único vigilante, esperando un tranvía junto a muchos paisanos que volvían del trabajo.
El cabo no habló mientras estuvieron en la cola y a Peter también le pareció mejor no descubrir que era inglés.
Fueron de pie en la plataforma del tranvía, a prudente distancia de los estribos y recorrieron una gran distancia. El aire suave de la noche traía un extraño perfume casi de incienso. Más tarde, pudo descubrir que éste era olor de carbón quemado. Era un olor que iría siempre asociado para él con el tranvía atestado que recorría una ciudad enemiga.
El campo de prisioneros, cuando se acercaron a él andando en silencio sobre un terreno blando, tenía un aspecto sombrío e inhóspito; un arpegio de postes y alambradas. Sobre éstas había arcos voltaicos suspendidos a gran altura que iluminaban una buena extensión en torno al campo. El interior del recinto se hallaba en la oscuridad, pero de vez en cuando lo recorrían poderosos reflectores que barrían los grises tejados de las barracas y acariciaban las alambradas con sus largos dedos de luz.
Los centinelas, bien protegidos del frío, se calentaban los pies pisando fuerte, con lo que levantaban nubecillas de polvo en la carretera que bordeaba la alambrada. El aliento de aquellos hombres salía como humo a la luz de los focos. Fuera había luz y animación. Dentro, todo era silencio y oscuridad.
El cabo enseñó su pase a la entrada y entraron sin más requisitos.
Lo dejaron sólo en una amplia habitación mientras el cabo fue a informar de su llegada. Aquello era, sin duda, el comedor. Peter se sentó a una de las largas mesas y observó un retrato de Hitler que pendía de la pared del fondo. El Führer llevaba un uniforme caqui que parecía estarle demasiado grande y en aquella penumbra su mirada parecía hipnótica. Se aburrió de mirar a Hitler y se entretuvo leyendo los avisos de un tablón de anuncios que había cerca de la puerta. No los entendía, pero tenían un aire familiar de órdenes rutinarias.
Escuchó pasos detrás de él y mirando por encima del hombro vio a un soldado con uniforme gris, sin gorra, que se había parado en la puerta. El soldado, sin hacerle ningún caso a Peter, tenía los ojos fijos en el retrato de su Führer y levantó el brazo en silencioso saludo. Luego se acercó al tablón de anuncios y empezó a leer las órdenes.
Mientras Peter esperaba al cabo entraron varios soldados para leer los papeles clavados en el tablón y todos ellos saludaron al retrato con el brazo levantado, antes de entrar en la habitación. El gesto del saludo nazi, tan divertido cuando era representado en broma en los escenarios o en la pantalla, adquiría allí una fuerza servil y fanática. No era un saludo formulario, como el que el mismo Peter hacía ante su bandera. Era un homenaje al hombre, una manifestación de terror y de servidumbre.
En el pequeño despacho de paredes grises, entregó el cabo su prisionero a un gordo Feldwebel que estaba sentado, con la guerrera desabrochada, detrás de una mesa. El cabo entregó un gran sobre y a cambio le firmó el Feldwebel un recibo. Era como si hubiera entregado un paquete. Le sonrió a Peter:
—Ahora me voy con mi novia, que me espera en Frankfort. —Hizo un gesto vago con las manos queriendo describir las curvas de la chica y chasqueó la lengua.
—Muy bien —dijo Peter—. Ya sé. Para mí la guerra ha terminado.
Empezó a contarle al Feldwebel el robo de su chaqueta de aviador.
El Feldwebel, que hablaba inglés con acento americano, escribió despaciosamente toda la historia de la chaqueta; pero Peter tenía la sensación, mientras dictaba lo ocurrido, que el asunto terminaría allí y que si aquel hombre escribía tanto es porque no tenía otra cosa que hacer en aquel momento. Pensó: «Este tipo está aquí tan prisionero como yo, porque si pudiera ya estaría con su chica en Frankfort».
El Feldwebel dejó por fin la pluma y cogió su gorra de uno de los cajones de la mesa del despacho. Condujo a Peter por un largo pasillo cuyas paredes estaban formadas por dos filas de puertas idénticas. El pasillo era gris y nada ventilado, pero limpio y los pasos de ambos sonaban con fuerza en el suelo de madera.
Mientras pasaban ante las puertas, notó Peter que cada una ostentaba un pequeño número encima de una ventanilla enrejada que podía taparse con una tabla corrediza. Algunas de las ventanillas estaban cerradas y otras no y delante de casi todas las puertas se veían botas de aviador y zapatos puestos allí seguramente para que las limpiaran. También observó que entre puerta y puerta salía de la pared un pequeño brazo rojo de madera que parecía una señal ferroviaria.
Luego oyó gritos procedentes de una de las celdas y golpes sordos como si alguien estuviera aporreando alguna de las gruesas puertas por la parte interior. Pero el Feldwebel no hizo el menor caso y continuó con Peter hasta el final del pasillo, donde estaba sentado el carcelero en una silla de madera. Este hombre, que leía una revista ilustrada, era de avanzada edad, usaba gafas y más parecía un celador de un urinario público, que un soldado. Se puso en pie cuando se acercó el Feldwebel, y abrió una de las puertas.
—Aquí es —dijo el Feldwebel—. Es preferible que se quite usted ahora sus cosas.
—¿Para qué?
El Feldwebel era paciente:
—Tengo que registrarle a usted. Mi deber es convencerme de que no oculta usted armas ni nada que le pueda servir para fugarse, ¿comprende? —y sonrió mostrando unos dientes en mal estado—. De todos modos, no llegaría usted muy lejos, pues tenemos la costumbre de quitarles de la celda las botas por la noche. ¿Ve usted?
—Tengo derecho a que el que me registre sea un oficial de mi propia graduación —dijo Peter.
—Ya sé, ya sé, todos dicen igual. —El Feldwebel no era agresivo pero Peter comprendió que no podía seguir haciendo muchas objeciones—. Sea usted sensato —prosiguió el Feldwebel—. Todos los oficiales se han marchado ya por esta noche ¿comprende? Además la ropa interior de los ingleses suele estar tan sucia que a los oficiales no les gusta andar con ella.
Cuando Peter se desvistió tuvo que reconocer que había algo de cierto en lo que había dicho aquel individuo. Su ropa interior estaba muy sucia, y sus pies impresentables. Pensó en explicar que él no solía estar así sino que era el resultado de días y noches de huida a campo traviesa; pero pensó que el Feldwebel lo sabría tan bien como él.
Conforme se iba desnudando Peter, el Feldwebel cogía las prendas una por una y las dejaba caer en un rincón de la celda hasta que formaron un pequeño montón. Luego las llevarían —le dijo a Peter— para que las examinaran con rayos X. El carcelero trajo un uniforme caqui que olía mucho a desinfectante y se llevó la ropa vieja.
Cuando Peter estuvo por completo desnudo, el Feldwebel le hizo ponerse con las piernas separadas y los brazos en alto mientras él, de un modo bastante despectivo, realizaba un registro íntimo de lo más embarazoso. Al no encontrar nada escondido en los sitios de costumbre expresó su satisfacción por ello y le dijo a Peter que se acostara en cuanto apagaran la luz, que sería muy pronto.
El ruido que hacía el guardián de noche abriendo los cierres exteriores de las ventanillas, le despertó. Era ya de día y la luz del sol que entraba a través del oscuro vidrio de la ventana, recortaba la silueta en los barrotes de hierro.
Examinó la celda, que la noche anterior apenas había mirado por su gran cansancio. Era de diez pies de larga por cinco de ancha y las paredes también eran grises, de un gris sucio. Los anteriores ocupantes de la celda habían ennegrecido la pared con sus hombros y cabeza por encima de la litera. Hacía de colchón un saco de viruta o paja. Peter había dormido bastante bien, pero ahora sentía todo su cuerpo entumecido. Había una mesilla en un rincón de la celda y un pequeño taburete de cuatro patas. Sobre la mesa, una jarra de metal y un vaso de grueso cristal desportillado por el borde. Debajo de la mesa había un orinal de metal. La celda parecía bastante limpia y seca pero su absoluta falta de personalidad aterraba a Peter. Olía a sanatorio o mejor a reformatorio; era una limpieza mantenida, a fuerza de desinfectante. Allí se sentía más encerrado que en ninguna parte. Aquel lugar parecía demasiado eficaz. Se lanzó fuera de la cama y se puso el basto uniforme caqui sobre su sucio cuerpo. Era un uniforme francés o polaco con una guerrera de cuello alto y unos breeches con bolsones. Las mangas le estaban demasiado cortas y no pudo abotonarse los breeches en la cintura. Le habían quitado las botas, de modo que tuvo que estarse en la cama con los pies metidos debajo de las mantas. También le habían quitado el reloj, así que no tenía ni idea de la hora que era. Sentía mucha hambre y otra necesidad, pero se contuvo porque no quería usar el orinal.
El Feldwebel le había dicho que para llamar al vigilante bastaba con que hiciera girar el pomo que había en la pared cerca de la puerta. Esto haría salir en el pasillo el brazo rojo de madera correspondiente a aquella celda. Peter se levantó de la cama, dio la vuelta al pomo y volvió a acostarse en espera de que apareciera alguien. Pero transcurrieron diez minutos sin que se presentara nadie. Se irritó otra vez. Se levantó nuevamente y martilleó la puerta con los puños. En aquel frenético golpear iba toda la rabia y el sentimiento de frustración que le producía el encarcelamiento. Siguió aporreando la puerta hasta que los puños le dolieron insoportablemente. Al poco rato, oyó pasos en el corredor y gritos en alemán.
Otra vez empezó a golpear la puerta con un renovado ataque de ira:
—¡Ven aquí, cochino! —gritaba—. ¡Abre la puerta! ¡Te digo que me abras la puerta, tío imbécil!
—Usted cree que no entiendo el inglés —dijo una voz alemana a través de la pesada puerta—. Pero sepa que lo hablo… Me ha insultado usted y ahora yo le hago esperar. —Peter oyó que los pasos se alejaban por el pasillo.
Tembloroso, se sentó en la cama. Podía esperar. No usaría el orinal a pesar de todos los malditos alemanes. Pegando las rodillas a la barbilla, se abrazó las espinillas y en esa postura se dispuso a esperar lo que fuera preciso.
Poco tiempo después abrió la puerta un soldado armado con una pistola automática. Era joven y su cara, rugosa y pálida, tenía un tic nervioso. Recorrió la celda con la mirada.
—Toilette —dijo Peter—. ¡Lavarme!
—Toilette besetz —replicó el soldado con tono impaciente. Aquel lugar estaba ocupado.
—¡Desayuno! —siguió Peter—. Alimento… —y se indicaba la boca.
El soldado señaló su reloj de pulsera y marcó con un dedo media esfera:
—Halbe stunde (media hora).
—Toilette —repitió Peter.
—Toilette besetz —dijo el soldado y se marchó cerrando con llave la puerta.
Parecieron largas horas lo que tuvo que esperar sentado incómodamente en el camastro intentando olvidar la terrible presión de su vejiga. Había hecho cuestión de honor de no usar el orinal. Por fin, oyó que abrían con llave y el soldado —que ahora se le aparecía como un ángel de misericordia— ocupó con su corpulencia todo el marco de la puerta. Dijo: Toilette frei y le dio las botas de aviador.
Peter salió pasillo adelante. Le seguía el soldado, que permaneció vigilándole a través del hueco de la puerta sin hoja. A Peter le daba igual. Los segundos siguientes fueron de una pura delicia.
De vuelta en su celda examinó las botas. La brújula estaba todavía donde él la había escondido, bajo el forro exterior de lana.
Sentose a esperar el desayuno. Los minutos le parecían horas. Volvió a oír pasos en el corredor y sonidos metálicos. Cuando el desayuno llegó, hacia la mitad del corredor pudo oír cómo se abrían y cerraban las puertas de las celdas. Esperó con febril impaciencia. Luego creyó que habían pasado por delante de su puerta, que se lo habían saltado. Quizás estuviera castigado sin desayuno. Por fin, la llave giró en su cerradura y le entraron el desayuno: dos finas rebanadas de pan negro y un vasito de té muy claro. Abarcó el vaso, pequeño pero de cristal muy grueso, con las dos manos y bebió a sorbitos su «té». Lo hacían con una hierba desconocida para Peter y que sabía algo a menta. Comió el pan negro y duro lo más despacio que pudo, haciendo que le durase lo más posible cada bocado.
A media mañana el carcelero entró en la celda y le entregó a Peter una escoba. Peter lo miró interrogativamente. El hombre le indicó por señas que debía barrer la celda y él negó con la cabeza. El carcelero, sin expresar la menor indignación, cogió otra vez la escoba y se marchó cerrando la puerta con llave. La celda, por supuesto, quedó sin barrer.
Peter se tumbó de espaldas en el camastro y esperó a la hora de almorzar. Le fastidiaba no tener reloj. Le parecía que ya debían de ser las cuatro de la tarde, por lo menos. Cuando llegó el almuerzo, le preguntó al carcelero la hora. Era la una y media.
Consistía el almuerzo en un plato de legumbre hervida y tres patatas cocidas con piel y todo.
Volvió a tumbarse en espera de la cena. Cuando oscureció, las luces se encendieron fuera y un soldado fue echando las persianas por el exterior del barracón. Con las persianas echadas parecía más pequeña la celda y Peter tuvo que reprimir una sensación de pánico que le impulsaba a aporrear otra vez la puerta para que lo dejaran salir de allí.
La cena se componía de dos rebanadas de pan negro y de una taza de café ersatz.
Después de la «cena» entró el carcelero y le pidió las botas. Mientras veía cómo las ponía el hombre en el pasillo junto a su puerta, se rió Peter de cuando se le ocurrió pensar que las sacaban para limpiarlas.
Poco después las luces se apagaron y encendieron dos veces. Peter pensó que quizás fuera una avería o que estaban cambiando de circuito; por eso le cogió desprevenido cuando, cinco minutos después, se apagaron del todo las luces para toda la noche. Se desnudó en la oscuridad; pero la noche siguiente y todas las que tuvo que permanecer en aquella celda, comprendió y obedeció la señal.
Al día siguiente, después del desayuno, volvió a ofrecerle el carcelero la escoba. Peter la rechazó otra vez y la celda se quedó sin barrer otro día.
Una de las cosas que se le hacían más insoportables en la celda era el cristal esmerilado, muy oscuro, que, aunque dejaba pasar toda la luz necesaria, le ocultaba el exterior. ¿Qué había allí: campo, ciudad, más barracones? Era un martirio no poderlo saber. Intentó atisbar algo por algún resquicio pero le fue imposible ver nada. Desde luego, no podía abrirse la ventana en modo alguno.
La horrible vaciedad de aquel día sólo fue amenizada por las comidas que únicamente le servían para exacerbarle el hambre. Había otra distracción también periódica: sus visitas al water. Peter había descansado ya y la forzada inmovilidad le ponía de punta los nervios. Se acordó de Pop Dawson y de que esto lo hacía el enemigo con un propósito evidente, pero no podía sobreponerse a su nerviosismo. Si por lo menos tuviera algo que leer… con tal de que sus ojos pudieran seguir las líneas impresas. Cualquier cosa sería deseable para apartar sus pensamientos de esta caja de cemento gris.
Fue en este segundo día de encierro cuando se enteró de que tenía que girar el pomo de la pared por lo menos media hora antes de que necesitara ir al water.
Así pasaron varios días interminables. Días en que Peter se maldecía por no haber aprovechado las ocasiones que creía haber tenido para escapar; días en que le parecía imposible cualquier ulterior intento de fuga y el futuro se extendía ante él como una infinita sucesión de días iguales, que pasaría encerrado entre aquellas estrechas paredes, alimentado como un animal en una jaula. Parecía como si únicamente el carcelero y el Feldwebel supieran que él estaba allí. Cada vez que su guardián le llevaba la comida, pedía Peter que lo condujeran a presencia del oficial de guardia, pero el hombre se limitaba a mirarlo indiferente y a encogerse de hombros.
Peter se despertó de repente. Era de noche, las persianas seguían echadas pero la luz eléctrica le daba de lleno en la cara. Hacía muchísimo calor y la luz parecía tener un voltaje exagerado. Se preguntó qué ocurriría. Sonaron voces en el corredor y luego volvió un silencio absoluto. Luego, inexorablemente, se apagaron las luces. Procuró dormirse, pero no lo consiguió. Hacía tanto calor en la celda que tuvo que apartar las mantas y se quedó sobre la cama en paños menores.
Por lo visto, se había dormido porque de pronto notó que las luces estaban encendidas. En la celda hacía aún más calor. Peter sudaba copiosamente. Escuchó con angustiada atención pero no oyó absolutamente nada. De pronto, inexplicablemente, se apagaron otra vez las luces.
A la mañana siguiente, cuando levantaron las persianas, trató de ordenar en su mente los acontecimientos de la noche anterior. ¿Había estado soñando o era verdad que la luz se había encendido varias veces y había hecho un calor espantoso? Quizás hubieran llegado nuevos prisioneros, lo que explicaría que encendieran las luces, y el calor se lo habría figurado él. También era posible que la temperatura y el voltaje subieran durante las noches y él no se hubiera dado cuenta hasta entonces. También podía ser que estuvieran tratando de quebrantarle la moral.
Por fin, el cuarto día, mientras esperaba a que le llevaran el desayuno, se abrió la puerta y el carcelero se apartó, en posición de firmes, para dar paso a un oficial, que entró después de una espectacular pausa. Era un joven rubio que más parecía inglés que alemán, un oficial de la Luftwaffe con la insignia de piloto en su guerrera y las condecoraciones de la Cruz de Hierro y la Cruz de Caballero. Peter, que estaba sentado en el camastro, se levantó y sintiose absurdo en su uniforme caqui. Se adelantó a decir:
—Buenos días.
—Buenos días —le correspondió el oficial, cuyo acento alemán era como el que suelen emplear los malos actores—. Pasaba por aquí y me dije: entraré a preguntarle cómo sigue.
—¿No quiere usted sentarse? —dijo Peter.
El alemán se sentó muy tieso en el borde de la cama y sacó un paquete de cigarrillos. Olía intensamente a masaje facial para después del afeitado, pero esto era un alivio después de tanto olor a desinfectante.
—Volaba usted muy bien —dijo después de unos momentos de silencio.
—¿Cómo? —se extrañó Peter.
—Digo que volaba usted muy bien. Fui yo quien tuvo la suerte de derribar su avión.
Peter se sintió más tranquilo. Esto caía dentro de las lecciones de Pop Dawson.
—Le felicito —le dijo.
—Fue sólo la suerte. Usted evolucionaba perfectamente. Éstas son alternativas de la guerra; qué se le va a hacer.
Peter pensó que el alemán se estaba excediendo en su papel.
—Querría estrecharle a usted la mano —añadió éste.
Peter le tendió la mano preguntándose cuándo le daría el cigarrillo. Pop lo había anunciado. Es probable que el cigarrillo viniera después del apretón de manos.
Sí, Pop tenía razón. El alemán le ofreció un cigarrillo y era inglés.
Sentado en el borde de su lecho, Peter fumó con delectación su primer cigarrillo en varios días. Hubiera preferido una pipa, pero al fumar el pitillo sintió que la nicotina le soltaba el azúcar en la sangre, le aliviaba el hambre y le calmaba los nervios.
—Los Wellington no son aparatos fáciles de derribar. —La voz suave e insistente del alemán le traía de nuevo al tema.
—¿No?
—Con los motores Merlin, no es fácil. Porque supongo que el bombardero de usted llevaba motores Merlin.
—No sé.
—¿Que no lo sabe usted? —Y el piloto se rió con esa risita de superioridad característica de todos los pilotos del mundo—. Claro, usted es el navegante. Acabo de hablar con su piloto. Me dijo que se perdieron ustedes.
De modo que Wally estaba allí también. Peter sintió un deseo fortísimo de preguntar por el resto de la tripulación pero se dio cuenta de que esto era precisamente lo que estaba esperando el piloto alemán. Quizás fuera una trampa y sus compañeros anduvieran todavía en libertad. Guardó silencio.
—Se habían desviado ustedes demasiado si es que venían de Hannover, ¿verdad?
La persuasiva voz del alemán trataba de hacerle picar con el natural deseo de defender su pericia aeronáutica. Peter vio claramente la trampa y dijo:
—Lo siento, pero ya comprenderá usted que no puedo hablar de estas cosas.
El alemán se rió y Peter observó que tenía muchos dientes de oro.
—¡Hombre, no soy del servicio secreto! Soy, sencillamente, un aviador como usted. Estoy aquí descansando después de mi primera serie de vuelos de combate. He pilotado Junkers 88. ¿Usted no se ha entrenado pilotando?
—No estoy autorizado a hablar de asuntos de aviación.
—Escuche; he venido sólo por el gusto de charlar con usted. No le estoy interrogando. Por Dios, no supondrá usted que he caído tan bajo. —Se levantó, ofendido—. Pero si usted toma esa actitud, iré a hablar con cualquier otro.
A Peter no le interesaba que se marchara… Por muy peligroso que fuera, representaba el mundo exterior. Por eso, se disculpó:
—Lo siento. Naturalmente, me alegra poder hablar. Pero comprenda usted que no nos permiten hablar de las cosas del Servicio.
—Ya lo sé, hombre, ya lo sé. Es que, siendo los dos aviadores, me parecía… —y volvió a sentarse en el borde de la cama—. Dígame si puedo hacer algo por usted. Sólo soy un visitante, no lo olvide…
—Pues, mire… en primer lugar, querría afeitarme. No me han dejado lavarme desde que estoy aquí. Además, me gustaría mucho leer… Y que me abrieran la ventana de la celda. Aquí no se puede respirar.
—Haré lo que pueda —y entonces, olvidando el papel que estaba representando, añadió—: pero temo que en vista de que no desea usted cooperar con nosotros, encontrará usted un poco difíciles las cosas al principio. La vida se le haría aquí mucho más agradable si se decidiera usted a ser sensato y nos contestara a las pequeñas e inofensivas preguntas que le hacemos. Comprenda usted que no se trata de asuntos importantes. Son cosas que preguntamos sólo para llevar las fichas de los prisioneros.
—Lo siento mucho, pero no estoy autorizado para hablar de esas cosas.
—Muy bien. —Y el oficial se levantó otra vez, pero Peter no intentó esta vez retenerlo—. Si continúa usted con esa obstinación, temo que no podré lograr nada para usted. —Recogió el paquete de cigarrillos y los fósforos de encima del camastro y volvió a ponerse la gorra—. Si cambia usted de idea, dígaselo al vigilante y vendré a verle otra vez.
Durante los días siguientes continuó Peter sin hacer ningún ejercicio y la comida que le daban no varió ni una sola vez. Desde que le había visitado el joven rubio, no volvió a tener más contacto con el Servicio Secreto, pero ya no se preocupaba. El primer interrogador había seguido tan estrictamente el plan previsto por Pop, que ya no temía Peter los probables interrogatorios subsiguientes; suponía que todos se atendrían a lo previsto. Pasaba casi todo el día tumbado en el saco de viruta al que había hecho recobrar su primitiva forma a fuerza de puñetazos, y soñaba con fantásticas comidas.
Por lo pronto, nada podía hacer y era un consuelo estarse echado sin hacer absolutamente nada. Era como estar muerto sin olvidar lo estupenda que puede ser la vida y con la esperanza de recobrarla. Sí, volvería a vivir. Y cuando tornase a la vida, ¡qué maravilloso sería el simple hecho de vivir en libertad!
En cierto modo, era agradable verse aislado de la vida de pronto y relevado de toda responsabilidad. A Peter le recordaba su situación actual los días en que una indisposición le permitía librarse de los deberes escolares. Ahora, ocurriera lo que ocurriese, no podía hacer absolutamente nada por impedirlo. Las cuentas sin pagar, las cartas sin contestar…, nada de ello tenía remedio. Todos le creerían muerto. Hasta que no lo sacaran de la celda nadie sabría que estaba prisionero. Cuando lo dejaran con los demás en el campo, podría escribirle a su hermano sobre el automóvil y la cuenta del garaje. Por lo pronto, era inútil preocuparse.
Con el pensamiento revivió Peter casi toda su vida lo más atrás que podía recordarla. Había sido una vida activa, nunca había estado solo más de unas cuantas horas seguidas. Ahora podía repasar tranquilamente todo lo que había hecho. No era demasiado: unos cuantos dibujos que no le parecían mal y muchísimos amigos.
Había tenido buena suerte con sus amigos. Fue recordándolos uno a uno y reviviendo los buenos ratos que habían pasado juntos. Con Ian había ido a cazar patos en los pantanos de Neston bajo el cielo rojizo que cubre las colinas galesas y el agua fría y salada recogida en pantanos. También la cara de Ian era rojiza y lo veía ahora con su escopeta de largos cañones que debía haber estado en un museo de antigüedades. Los patos llegaban en bandadas y sonaban los tiros secos y espaciados que paralizaban el vuelo de las aves y las derribaban verticalmente. Y pensando en cuando él también fue derribado en pleno vuelo comprendió lo que habrían experimentado los patos salvajes.
Echado en la cama, pasaron de nuevo por su memoria las bandadas de patos que cruzaban serenos el cielo a primera hora de la mañana y los veía acelerar de pronto el batir de sus alas ante el extraño objeto que descubrían en el suelo. Era como si cambiaran de velocidad. Al sonar los tiros rompían su formación y los que salían ilesos volvían a formar filas para seguir en dirección a la seguridad del mar.
O cuando iba a hacer alpinismo con John McGowan en las altas montañas del país de Gales. John era muy resistente pero se asustaba de la resbaladiza roca de Tryfan. Y cuando por fin escalaban aquella inmensa altura veían bajo ellos, a una gran distancia, el lago Ogwen y les parecía un charquito. Más tarde, ya de noche, bebían cerveza en el hotel Pen-yr-Pas.
O cuando Punch y él iban de caza. El campo estaba verde, azul y marrón y el aliento de los caballos formaba nubecillas en el neblinoso aire invernal. Recordaba muy bien el olor a madera quemada y los estremecedores sonidos de los cuernos de caza. Peter sabía ya entonces que Punch era un pesado que hacía muchas tonterías pero había sido un buen amigo suyo y cuando murió en un accidente, Peter estuvo muy triste varios días.
Luego vino la guerra. En los primeros días tuvo que aprender de nuevo todo lo que había olvidado de trigonometría. Y, por supuesto, las complicadas artes de la navegación aérea. Durante los cansados meses de enseñanza, volvió a ser como un niño en la escuela. Después, la emoción de volar en su aparato y el íntimo compañerismo de una escuadrilla de bombardeo.
Recordaba su primer encuentro con los hombres que habían de formar su tripulación. Eran siete, todos ellos entrenados en lugares diferentes y que no se conocían unos a otros. A partir de aquel día formaron ya un grupo de camaradas que había de realizar treinta incursiones aéreas sobre territorio enemigo. Recordó las primeras desconfianzas sobre lo que podían valer los demás, tratando de figurarse las capacidades de los otros. A pesar de que Peter era el único oficial de la tripulación, todos ellos se hicieron amigos muy pronto y se llevaron bien juntos no faltando ninguno de los siete en veinticuatro de las treinta expediciones aéreas. Se preguntó otra vez Peter dónde estarían los demás y si alguno de ellos habría conseguido lo que él no pudo lograr.
En Pat, su esposa, ya muerta, no quería pensar. La herida era demasiado reciente, y él demasiado vulnerable…
En cambio, pensó mucho en sus amigos de la escuadrilla. En Ginger Grant, el buen Ginger que se había esforzado tanto en ocultar el niño que llevaba dentro del gigantesco oficial, con un tremendo bigote y una gorra de servicio muy deformada de tanto uso. Aunque la verdad es que su gorra había tenido ese aire bélico desde el comienzo. Se decía que el mismo día en que Ginger recibió su primer uniforme había atado la gorra a una pelota con una cuerda y dejando flotar la pelota en el pilón de agua donde se lavaban, la había dejado empapándose durante toda la noche para que tuviera desde el principio lo que él llamaba «un aire de operaciones». Y lo había conseguido, pero las señales de la cuerda siguieron notándose en la gorra incluso cuando ya había logrado importantes condecoraciones y era jefe de escuadrilla.
Ginger había sido un entusiasta en todo y se tomaba un gran interés hasta por las cosas más insignificantes de la vida. Quizás intuía que lo iban a matar pronto. En un baile de Cambridge encontró a una muchacha con la que bailó la popular canción No es cosa de risa y al día siguiente volvió a Cambridge para comprar el disco de gramófono. Lo trajo cuidadosamente envuelto, lo puso en la radiogramola, fijó el resorte de repetición y lo estuvo escuchando durante media hora seguida sentado en el borde del mueble y retorciéndose truculento sus enormes bigotes en actitud desafiante para evitar que nadie lo parase.
Luego llegó aquel día en que Ginger se emborrachó en Cambridge. Perdió el tren de regreso y tuvo que dormir en el andén hasta que pasó el tren lechero a las cuatro de la madrugada. Había llamado al jefe de estación y le preguntó dónde podría dormir. Llovía y Ginger se sentía muy fastidiado después de la borrachera. El jefe de estación le dejó tumbarse en la caseta de señales y allí se quedó Ginger entre las brillantes palancas y los alambres. Su última impresión antes de conciliar el sueño debió haber sido la semejanza de aquella caseta llena de aparatos con la carlinga de su Stirling. Apenas se había adormilado cuando un estruendoso timbre señaló, exactamente encima de su cabeza, la entrada de un tren en agujas. Se despertó sobresaltado y furioso por el insistente ruido. Su única preocupación era hacerlo callar a todo trance. Para ello no se le ocurrió más que hacer funcionar todas las palancas y enchufes que encontró a mano. Tardaron muchas horas en arreglar el lío que se formó en la estación…
Poco después tuvo que salir Ginger en un vuelo contra Duisburg. Peter lo vio arrancar, disparatado hasta el último momento con el descomunal bigote pelirrojo saliéndosele de la careta de oxígeno. Nunca se supo lo que fue de él.
Todas las mañanas el carcelero le traía a Peter la escoba y todas las mañanas se negaba éste a barrer; hasta que un día estaba ya la celda tan sucia que no tuvo más remedio que hacerlo en propio interés. El carcelero, en vez de mostrarse reticente por haber ganado la partida, estuvo muy simpático y por la tarde entró con aire de conspirador llevando en la mano una maquinilla de afeitar de baquelita:
—¿Lavarse? ¿Afeitarse? —dijo.
Se llevó a Peter a los lavabos, que estaban hacia la mitad del corredor. Era la puerta junto al water pero a él nunca le habían permitido entrar allí. Vio una fila de lavabos a lo largo de la pared y frente a ellos una ducha. El guardián le dio la maquinilla, un trozo de jabón y una brocha:
—Schnell, schnell —le dijo. (¡Rápido! ¡Rápido!)
La hoja de afeitar estaba roma y le costó muchísimo trabajo afeitarse. Se raspó lo más que pudo y estaba secando las cosas cuando volvió el carcelero.
—¿Puedo darme una ducha? —le dijo Peter señalándola.
El alemán movió la cabeza:
—Nein, das ist kaput. Kalt —dijo—. ¡¡Frío!!
—Muy bien —dijo Peter—. Un baño frío será mejor que nada. Kalt está bien —repitió.
El carcelero miró nervioso a ambos lados del corredor y asintió con la cabeza:
—Ja… schnell —dijo.
Peter se desvistió lo más rápidamente que pudo mientras el guardián soltaba la ducha. El agua fría hacía daño pero también era una delicia para Peter. Se frotó las piernas y los pies y consiguió quitarse casi toda la porquería. El carcelero no hacía más que instarle a que se apresurara y no recobró la tranquilidad hasta que lo vio vestido y camino de su celda.
Después del baño se sintió Peter con más energías y empezó a explorar la celda. Vio que si pudiera conseguir una especie de palanca podría abrir la ventana. El cable de la luz eléctrica estaba sujeto a la pared con unos clips de metal muy grandes y fuertes y después de mucho tirar consiguió quitar uno de ellos y presionar con él el cierre de la ventana. Ésta se abrió hacia adentro. Por fuera había unos sólidos barrotes de hierro que penetraban profundamente en la armazón de madera.
Apoyó los codos en el marco de la ventana, metió la cabeza entre los barrotes y respiró el aire húmedo y fresco. Le llegaba un débil aroma a pinos y un olor como a incienso, de madera quemada. Frente a él había un campo de fútbol, fangoso y abandonado, con las porterías torcidas; y más allá los pinos, altos, brillaban al sol. Se estuvo mirándolos mucho tiempo, hasta que oscureció y sintió frío.
A partir de entonces, abrió la ventana cada vez que se sintió muy solo y muchas veces estuvo a punto de que lo sorprendieran sin haber tenido tiempo para cerrarla. Porque ahora lo visitaban con frecuencia sus interrogadores.
El joven piloto alemán había vuelto varias veces, pero sus visitas fueron cortas e infructuosas. Un visitante más asiduo fue un Feldwebel con gafas y bigote a lo Hitler que aseguraba haber sido camarero en Londres antes de la guerra. Hablaba mucho de cuestiones sociales, de arte, del carácter de las diferentes naciones y de que Alemania no odiaba a Inglaterra sino que, por el contrario, le había sorprendido mucho y se había sentido herida cuando aquélla le declaró la guerra. También esto entraba en lo que le había enseñado Pop Dawson y Peter pudo disfrutar de la charla sin caer en la trampa.
Un día le llevó el Feldwebel un trozo de salchicha sobre una rebanada de pan. Y le dijo a Peter:
—Ya es tiempo de que lo trasladen a usted al campo de prisioneros. Aquí está usted perdiendo sus energías.
—¿Cuándo me trasladarán? —le preguntó Peter.
—Amigo mío —dijo el Feldwebel mirándole a través de sus gruesos cristales—. Amigo mío, ésta es una cuestión burocrática. Sí, de papeleo. Todos los oficiales que hay aquí son profesores de Universidad. Tienen mentalidades estrechas y rutinarias y no pueden ver las cosas como hombres de mundo. Les han enseñado que hay que rellenar los formularios, pero una vez que los han rellenado, los olvidan. Sí, los olvidan por completo. Los colocan en un archivo y nadie vuelve a ver esos papeles. Amigo mío, en su propio interés le pido que llene esas hojas. Y entonces lo mandarán a usted al campo central, donde encontrará usted a sus compañeros. En Alemania hay demasiado formulismo. Hay que rellenar hojas para obtener cualquier cosa. Y si no se aviene usted a ello, amigo mío, veo que se pudrirá usted en esta celda. —El hombre parecía estar llorando de la pena que le inspiraba Peter y éste tuvo que hacer un esfuerzo y acordarse de Pop Dawson para no ceder y escribir lo que pedían las hojas; hojas que, estaba seguro de ello, llevaba el Feldwebel preparadas en su bolsillo interior.
A intervalos durante su encierro se repitió el extraño espectáculo nocturno de apagarse y encenderse las luces y aumentar el calor hasta hacerse insoportable. Pero nunca pudo descubrir Peter si se trataba de un procedimiento de tercer grado o era simplemente una consecuencia de la llegada de nuevos prisioneros.
Pronto aprendió a ahorrar una de las tres patatas que le daban para almorzar, guardándola para comérsela por la noche. La mantenía caliente poniéndola encima del radiador de metal al final de la celda.
Un día notó que tenía un vecino —por su acento, debía ser norteamericano o canadiense— y era evidente que deseaba ir al water con grandísima urgencia. Cada vez que caía la mano indicadora en el corredor — Peter la oía desde su celda— el prisionero se ponía a pasear desesperadamente maldiciendo a gritos hasta que llegaba el carcelero con su habitual «Toilette besetz… Kamarad», o sea «El water está ocupado, camarada». La quinta vez que ocurrió esto oyó Peter gritar al prisionero: «Oye, ¿quién es ese tipo, Konrad? Parece que se ha quedado a vivir en el water».
Su vecino recibía también visitas del Servicio Secreto y una vez, en lo más exaltado de una discusión, oyó Peter un ruido sordo como de un cuerpo humano caído al suelo. Poco después trasladaron al norteamericano a algún otro sitio.
Paulatinamente fue acostumbrándose a su celda. Había veces en que habría hecho cualquier cosa por salir de allí, veces en que se paseaba por el angosto cuarto como un animal enjaulado y tenía que esforzarse para no gritar y golpear la puerta. Pero también había muchas veces en que dejaba pasar las horas tumbado en su camastro soñando despierto y se entretenía imaginando historias de fuga más emocionantes que las de cualquier novela, ensueños de los que tenía que arrancarse repentinamente para habérselas con uno de sus interrogadores o para comer el simulacro de comida que le daban. Casi se le había quitado el apetito, tenía el pulso flojo y vivía cada vez más a fuerza de ensueños.
También tenía momentos de exaltación, momentos en que su debilidad y los estímulos externos se combinaban para producirle una especie de éxtasis como el del monje en su celda o el ermitaño en su cueva. En esas ocasiones se paseaba por la estrecha celda lleno de una extraña alegría. Pero aquel estado de ánimo se le pasaba en seguida y volvía a sentirse desgraciado y con el único deseo de que lo trasladaran al campo central, donde se enteraría por fin de lo que les había ocurrido a sus compañeros, charlaría con los demás prisioneros y empezaría a sondear las posibilidades de fuga.
Todas las mañanas colocaba la mesa y el taburete sobre el camastro para tener más espacio, se desnudaba hasta la cintura y realizaba ejercicios gimnásticos: una mezcla de ejercicios respiratorios yogui y gimnasia sueca. Una vez entró un interrogador en la celda mientras Peter se hallaba ocupado en estos solemnes ejercicios y, con gran regocijo del inglés, el oficial alemán llamó al carcelero e hizo, intrigado, que registrara le celda minuciosamente.
Una tarde, cuando estaba echado en la cama, notó la sombra que arrojaba sobre la pared, por encima de su cabeza, el barrote central de la ventana. Después de verlo mover a medida que el sol recorría el cielo, pensó en hacer un reloj. Cuando llegó el desayuno a la mañana siguiente, hizo Peter una señal en la pared debajo de la sombra con el tacón de su bota. Lo mismo hizo a medio día cuando le llevaron el almuerzo y a la hora de la cena. Subdividió el espacio entre estas señales y completó así el reloj. Luego descubrió que las comidas no llegaban siempre a la misma hora. Unas veces se adelantaban una hora y otras se retrasaban también una hora. Lo cual destruyó la eficacia del reloj.
Se confeccionó un puzzle rompiendo una hoja de papel en muchos trozos irregulares y entreteniéndose luego en hacerlos coincidir hasta formar la hoja; pero esta ocupación era tan tonta que acabó abandonándola.
De cuando en cuando llegaban los interrogadores y empezaban a charlar con él, siempre con la apariencia de una conversación amistosa; pero volvían indefectiblemente a los temas prohibidos.
A la décima mañana —las había contado marcando cada día una raya en el marco de la ventana con el clip de metal que arrancó de la pared— le llevó el carcelero un libro. Era una obra voluminosa y Peter empezó a leerla con toda calma. Como creía estar allí para mucho tiempo, no quería saltarse ni una palabra para que le durase más la lectura. Se demoraba en cada línea, buscando la intención del autor, criticando la elección de las palabras y viviendo con intensidad la vida de los personajes del libro.
Había terminado el cuarto capítulo cuando entró un vigilante en la celda para devolverle su uniforme y decirle que se preparase para ir al campo central. Lo sorprendente resultó que ya no quería ir. La celda se le había hecho un sitio conocido, familiar, que había cambiado imperceptiblemente de ser una prisión a convertirse en un refugio. Preguntó si podía llevarse el libro, pero le respondieron que eso estaba streng verboten (rigurosamente prohibido).
Otros doce prisioneros esperaban en el pasillo preparados para dirigirse al campo central. Peter recorrió sus caras rápidamente con la vista pero no vio a nadie conocido. Iban vestidos con los más variados uniformes de la R. A. F., trajes azules de batalla, camisa caqui y shorts y calzados con zuecos de madera, botas de aviador, zapatos… Pero todos ellos tenían la misma palidez y el mismo aspecto desaliñado.
Después de algunos movimientos vacilantes acabaron por formar una fila y se pusieron en marcha entre guardias armados. Así salieron a la fuerte luz del aire libre.