Águilas en tinieblas
Capítulo VI
T odas las semanas ponían en el tablón de anuncios del comedor una lista con los nombres de los que iban a pasar a un campo permanente. A esto le llamaban la «purga». Aquella semana la «purga» fue destinada al Oflag XXI B en Polonia y el nombre de Peter se hallaba en la lista. Se alegró al ver que John Clinton iría con él. Había algo en la seguridad en sí mismo de aquel joven oficial del ejército que se había ganado el respeto de Peter. Una vez pasado el primer arrechucho de pánico ante la perspectiva de otro campo desconocido, Peter se tranquilizó y pasaba casi todo el tiempo leyendo. Parecía como si hubiera cambiado por completo de actitud mental, pero seguía controlándose. Sabía que su estancia en aquel campo era muy breve y que llegaría el tiempo en que se concentraría por completo en el problema de la fuga.
En cuanto supo que por fin se marchaban, empezó a pensar intensamente en la mejor manera de fugarse. Las largas horas de la noche pasadas reprochándose lo que él consideraba su vergonzosa captura le había transformado su desesperación de los primeros días en una fría resolución. Convencido de que no había sabido aprovechar sus oportunidades y negándose a disculparse a sí mismo, se juró no fallar esta vez.
En el forro de su capote se cosió bolsillos secretos donde escondió los bisturíes y el poco alimento que había conseguido reunir. Pasó muchas horas en la biblioteca estudiando lo que le interesaba en una enciclopedia de la que el censor había olvidado quitar los mapas. Copió alguno de éstos en papel higiénico y los escondió con las demás cosas. Pero la muerte del médico le había hecho aún más pesimista sobre la posibilidad de saltar de un tren, y en el fondo sabía que todos sus preparativos los hacía para convencerse a sí mismo de que estaba haciendo todo lo posible.
Por fin quedó reunida la expedición fuera de los barracones, cada uno con su equipaje. Peter quedó asombrado de la cantidad de cosas que algunos de los prisioneros habían almacenado en tan poco tiempo. Les hicieron andar hasta la estación, situada a varias millas, y Peter se alegró de haber decidido ir ligero de equipaje.
John Clinton llevaba todas sus cosas en los bolsillos, incluyendo un libro que había cogido de la biblioteca. Marchaba con una divertida expresión en sus ojos.
—¿Qué te hace tanta gracia? —le preguntó Peter.
—Todos ésos con sus líos al hombro. Parecen las tribus errantes de Israel.
—Quizás hayan sido prudentes. No sabemos adónde nos van a llevar. —Y al decir esto, se cambió Peter su pequeño envoltorio—. Quizás no sea tan disparatado llevarse algo para empezar a vivir. Pudiera resultar un campo nuevecito, sin nada preparado todavía.
—No tiene sentido prepararse como para establecerse allí —murmuró Clinton—. Si te instalas con esa idea, te faltarán ánimos para escaparte. ¡Mira a aquel fulano! —y señaló a un corpulento artillero de aviación llamado Saunders, que mantenía difícilmente el equilibrio bajo el peso de un gran lío sujeto con una manta. Tenía grandes bigotes y llevaba casco «balaclava» y botas de aviador.
—Me gustaría saber qué lleva el buen Will en ese petate.
—Es igual. Demuestra que se prepara para pasar todo el tiempo que sea preciso.
En la estación los mandó alinearse el Feldwebel y luego el oficial que mandaba la expedición les dirigió una alocución:
—Caballeros —dijo—, pasarán ustedes varios días en el tren. Si se portan ustedes sensatamente, serán bien tratados. Si intentan escaparse, dispararemos contra ustedes. Y conste que no es una vana amenaza. Los guardias han recibido órdenes rigurosas. Dispararán contra cualquier prisionero que intente escaparse. Eso es todo, caballeros.
Los metieron en coches divididos en compartimientos totalmente separados y con asientos de madera. Peter fue empujado hacia un rincón frente a un alto teniente aviador y Saunders, que había llegado triunfante con su lío, pero que no podía colocarlo en el suelo, entre sus piernas. Por fin, lo consiguió. Junto a Peter se sentó Clinton, que apenas interrumpió la lectura de su libro.
—¿Hay alguien más para Margate? —gritó Saunders, dispuesto a animar el viaje.
Distribuyó cigarrillos y pronto se llenó el aire de humo. Cuatro prisioneros sentados en el otro extremo del compartimiento empezaron a jugar a las cartas. Peter se preguntó cuál de ellos habría sido derribado con una baraja en el bolsillo o si las habría cogido en el Dulag-Luft. Saunders se había aprovechado bien, a juzgar por el tamaño de su envoltorio. Peter lo miró con atención. Un rostro muy colorado, rebosante de buen humor, con una boca que sonreía fácilmente bajo su grotesco bigote, una sonrisa que le era difícil contener, como la de un chico de la escuela. Tenía el pelo muy revuelto y hablaba de un modo dogmático, pero que no resultaba antipático ni agresivo. En fin, un hombre con el que se podía pasarlo bien. El teniente-aviador era de otra clase. Rubio y delgado, tenía un aspecto impecable incluso con aquel uniforme de ocasión. Su bigote estaba muy bien recortado. Se llamaba Hugo y por su manera de estar sentado y en toda su actitud daba la impresión de que consideraba aquel viaje como una excursión de placer que le hubiesen preparado para su exclusiva diversión, y en que él, aunque un poco fastidiado en el fondo porque tenía otro plan, no quería demostrarlo por buena educación.
Dos horas más tarde no se había movido aún el tren de la estación. Había hecho varias falsas arrancadas, pero siempre volvía a su posición primitiva. Por fin, como si estuviera ya satisfecho de la lección de paciencia que les había dado a los prisioneros, lanzó un silbido que parecía irónico y se puso en marcha lentamente.
Largas horas sentados en un asiento de madera… Nada en qué pensar… Dormirse, despertarse con todo el cuerpo entumecido… Fumar, bostezar, moverse inquietos… pensar en el hogar tan lejano…
A veces se detenía el tren sin razón aparente, a muchas millas de una estación. En cada una de estas paradas, los soldados alemanes se apeaban y, situándose a los lados de la vía, apuntaban con sus fusiles hacia los coches hasta que el tren volvía a ponerse en marcha. Cada vez que el tren se detenía, Peter concentraba todas sus energías, dispuesto a escaparse en el primer instante propicio, pero todas las veces se convencía de que era imposible. A los extremos de cada coche habían instalado unas garitas dotadas de ametralladoras.
… Largas horas de parada en las estaciones, con una multitud de curiosos agolpada para mirarlos como se mira a los criminales que llevan detenidos… Entumecimiento, un fastidio inmenso… Hambre, sed… La angustia de saber que por fuera de las ventanillas se extendía un dorado paisaje bajo el sol de invierno, y, de vez en cuando, algún canal o un arroyo de curso vacilante… Sabiéndolo, pero sin poderlo ver porque las ventanillas estaban ahumadas y ellos no podían ni siquiera limpiarlas… Sabían que pasaban sobre un río ancho surcado por embarcaciones, lo sabían por el hueco estruendo del tren sobre un puente…
… Doce hombres en un compartimiento y sólo a uno de ellos le permitían los guardias ponerse en pie un rato: diez minutos por cada dos horas de estar sentado en el insoportable banquillo de madera. Aquel deseo de estirarse, de dar unos pasos para desentumecerse y tener que seguir sentados, rígidos, ansiando que el tiempo pasara lo más pronto posible… Y hablar, hablar sin cesar…
Cuando John Clinton acabó de leer su libro, que a los demás no les interesaba… porque eran versos en latín, resultó ser un ameno compañero de viaje. Les contó que había nacido en Malaya, que su padre era dueño de una plantación de goma y que había vivido allí hasta que lo mandaron a estudiar a Inglaterra. Precisamente acababa de ingresar en la Universidad de Oxford cuando estalló la guerra. Entonces, se apresuró a alistarse en el Ejército. Los tuvo varias horas distraídos contándoles historias de su asistente, que le vigilaba implacablemente para ver si se cambiaba de calcetines y de ropa interior, que le administraba laxantes que él no necesitaba y escribía todas las semanas una carta a la madre de John contándole minuciosamente cómo le iba a su hijo. De tarde en tarde recibía la madre una carta encabezada en estos términos: «Señora: le alegrará saber que hemos sido ascendidos y somos ya capitanes…», o bien: «Señora: nuestras camisas están ya un poquito gastadas…». A Clinton le había divertido la vida que llevó en el Ejército; y hablaba con buen humor de los soldados que había tenido a sus órdenes. Peter llegó a la conclusión de que, si quería buscar un compañero para escaparse, no lo encontraría mejor que John Clinton.
A Saunders, que tenía en unión de su hermano una verdulería en el norte de Londres, no parecía preocuparle la perspectiva de pasarse varios años de cautiverio. Allá en Inglaterra, el negocio seguiría igual y Saunders volvería a ocupar su puesto cuando terminara la guerra. Tomaba la vida como venía, encontrándola siempre muy divertida y llena de curiosos incidentes y él invitaba a los demás a que los vieran desde su propio punto de vista caricaturesco. Se reía de todo entre dientes, pero en seguida se contenía y miraba por el rabillo del ojo, porque temía ofender a alguien. Había empezado su carrera de vendedor con un carrito en la calle Oxford y todavía conservaba la rápida y furtiva mirada del vendedor ambulante que teme a la policía.
Hugo, en cambio, parecía desprovisto de humor. Era amable, lánguido y metido en sí mismo. Era un excelente blanco para las puyas de Saunders. Sus principales ocupaciones en aquellos momentos eran que no encontraría facilidades para lavarse en el campo —y, desde luego, en el tren no había ninguna— y que no le darían suficiente comida. «Si por lo menos me dieran un buen bisté», suspiraba, «con que sólo le añadieran unas patatas fritas…».
—Yo prefiero pescado y patatas fritas —dijo Saunders.
—A mí, en cambio, lo que me vendría bien sería una lata de spam —dijo Peter.
—Sólo piensan ustedes en la comida —les interrumpió John—. Cuando yo estaba en el desierto…
—¡Miren ustedes —exclamó el bromista Saunders—, otra vez sopla el simún…!
Pero los cuatro se pasaban muchas horas en silencio intentando dormir o sumidos en sus pensamientos.
De los demás que ocupaban el compartimiento le llegaban a Peter jirones de charla, trozos de anécdotas archiconocidas…
—… creo que luego habrá muchas oportunidades. Estudiaré Derecho o algo así.
—… entonces apareció por entre las nubes cuando menos lo esperaba y nos derribó…
—Voy a poner una taberna en Devonshire…
—… descendimos a tanta velocidad que el altímetro se paró…
—Creo que nos permitirán dar algunos paseos. En la guerra anterior…
—No me convence trabajar de minero; es lo más sucio que hay…
—… disfrazado de alemán. Sólo se necesita un uniforme y la documentación. Si hablas alemán es una gran ventaja.
—… su marido era viajante de comercio.
—Hombre, el capitalismo, en cierto modo…
—… y el mejor paseo a caballo que…
—Pero el convenio de Ginebra dice que mientras vayas con uniforme…
Recuerdos, explicaciones, proyectos, pura especulación…
Más allá de la ahumada ventanilla se extendían millas y millas de bosques de pinos, oscuros en su interior, pero con los altos troncos enrojecidos por el sol. Dentro del compartimiento: aburrimiento y depresión, hambre y sed. Olor a calcetines sucios, densa atmósfera de humo.
Además, por no funcionar la calefacción, un frío horrible.
Al tercer día se habían comido ya sus raciones y Peter había renunciado a sus esperanzas de escaparse. Cogió los alimentos que había escondido en su capote y los distribuyó con su grupo. Siguiendo su ejemplo, John Clinton sacó también sus reservas y, como Peter, las repartió entre ellos cuatro. «Más vale comérselo a que nos lo quiten los alemanes», dijo. Miraron a los otros dos compañeros para ver cómo reaccionaban, pero pensaran escaparse o no, no debían de tener comida.
A última hora de la tarde del cuarto día, el tren hizo una de sus paradas en un apeadero, pero esta vez era diferente. La escolta bajó del tren gritando:
—¡Raus, raus! ¡Ausgehen, alle ausgehen!
Mirando por la puerta abierta vio Peter que los rodeaba un cordón de soldados con casco de acero y armados de fusiles ametralladoras.
—Muy bien —dijo Saunders—. Veo que nos rinden honores militares.
Cuando salieron del tren estaba oscureciendo. Caía una llovizna helada que les salpicaba los capotes y les impedía ver. Hacía más frío que en Frankfort y Peter sólo veía una sábana de nieve.
—Parece que hemos llegado por fin a Siberia —dijo Saunders.
Lucían arcos voltaicos a ambos lados de la vía. Los prisioneros formaron en filas para pasar lista. Los tuvieron que contar tres veces para que los guardias se convencieran de que no les faltaba ninguno. Entonces emprendieron la marcha hacia el campo de prisioneros.
Una carretera les condujo, a través de una inhóspita llanura, a un pueblo cuyas escasas y pálidas luces parpadeaban entre la nieve que caía. El camino era sólo una vereda, deshecha por los carros, pero que mejoraba al acercarse al pueblo hasta convertirse en una carretera bastante aceptable. Pronto sintieron las piedras que la pavimentaban. Los guardias —había casi tantos como prisioneros— marchaban al lado de éstos con sus fusiles-ametralladoras dispuestos a disparar, mientras que delante y detrás de la columna iban camiones con focos y ametralladoras. Al acercarse al pueblo, varios de los hombres que encabezaban la columna empezaron a cantar. La canción fue contagiándolos a todos hasta que el grupo entero cantaba. Peter, que marchaba en silencio y con cierta sensación embarazosa por no unirse al coro, creía que cantaban para demostrarles a los pueblerinos que a pesar de haber sido capturados, no se sentían derrotados. Se alegró de que no hubieran escogido una canción patriótica sino el Bendícelos a todos.
Dejaron el pueblo atrás y subieron por una larga pendiente, resbalando muchos de ellos por el hielo. Estaban ya tan cansados que dejaron de cantar. Vieron por fin las luces del campo, el gran círculo de arcos voltaicos y los reflectores que barrían lentamente el vacío recinto. Cuando estuvieron más cerca, uno de los reflectores se dirigió a ellos ofuscándoles la vista y extendiendo interminables sombras en la lisa superficie nevada. La potente luz ponía en relieve sus pálidos rostros, las barbas de varios días, las bufandas enrolladas de cualquier modo por la cabeza y los petates que llevaban al hombro.
Abrieron las puertas y la fila titubeante de prisioneros fue entrando en el campo. Todos miraban con la mayor atención para descubrir el aspecto de aquello. Pero la oscuridad era demasiado densa y sólo veían la alambrada brillante y dura a la luz de los arcos voltaicos y la garita rojinegra del centinela. Cuando les dieron el alto, formaron unas filas torcidas y esperaron. Les cerraron las puertas en cuanto pasó el último de ellos. Se oyó un crujido y el ruido de las cadenas que aseguraban las puertas.
Los prisioneros pusieron sus petates en el suelo. Algunos encendieron cigarrillos. Un Feldwebel recorría la columna diciéndoles que no podían fumar, pero ellos no le hicieron ningún caso. La nieve les blanqueaba la cabeza y los hombros mientras el haz horizontal de un reflector los iba recorriendo.
Entonces los contaron varias veces. Peter oyó a los alemanes discutiendo sobre el número exacto. Estaba deseando que los guardias se movieran. Lo único que deseaba en aquel momento era salir de la nieve, no sentirla más bajo sus pies. Pensó con nostalgia en la habitación seca del Dulag-Luft. Incluso el vagón de ferrocarril había sido preferible a esto.
Por fin, los guardias se pusieron de acuerdo en la cuenta y condujeron a los prisioneros a una gran edificación con fachada de cemento situada más allá del círculo de luz de los arcos voltaicos.
Mientras aguantaba en la larga cola en espera de que le llegara su turno se preguntó Peter por qué los estarían registrando otra vez. Ya los habían registrado al salir del Dulag-Luft; ¿qué se figurarían los alemanes que habían podido coger durante el viaje? Cuando le llegó la vez, Peter miraba al guardia encargado de desatar los complicados nudos con que había asegurado su petate (los alemanes nunca usaban cuchillos para estos menesteres, seguramente por su afán de ahorrar material). Peter deseó haber añadido unos cuantos nudos más. Las cosas que el médico le había dado, la pequeña brújula y los mapas que había copiado de la enciclopedia los tenía seguros en los bolsillos que se había confeccionado y logró pasarlos sin que los descubrieran.
Una vez registrado el último prisionero, los llevaron a todos a una amplia estancia, una especie de vestíbulo donde fueron confiados al oficial británico. Había varias mesas con hojas para rellenar. A los recién llegados les dieron una taza de té y dos rebanadas de pan negro untadas con una leve capa de mermelada, a cada uno. Después de este pequeño refrigerio les dirigió una alocución el seco capitán inglés. Su rostro arrugado reflejaba cansancio y fastidio bajo su gastada gorra de servicio:
—Caballeros, antes de que los instalen a ustedes quisiera decirles unas palabras sobre el régimen de este campo. Su organización es sencilla y quiero que siga siéndolo. Yo, como oficial mayor británico, soy responsable ante las autoridades alemanas de todo lo que ocurra en este campo; pero de esto ya les hablaré más tarde.
»El edificio en que se encuentran ustedes se llama la Casa Blanca. Fue en tiempos un reformatorio, y hasta ahora no han dormido aquí prisioneros. Se emplea como teatro, sala de conferencias y biblioteca. Normalmente, no se permite la entrada en él a los prisioneros una vez oscurecido.
»Hay diez barracones en este recinto. Cada barracón se divide en doce grupos. Cada grupo está formado por ocho oficiales. Manda cada barracón un comandante o un jefe de escuadrilla. Cada grupo tiene su oficial mayor, responsable ante el comandante del barracón de la conducta de su grupo.
»No tendrán ustedes que pasar mucho tiempo en este campo para darse cuenta de que todas nuestras energías se dedican a una guerra incesante contra el enemigo: para llevar a cabo esta guerra, es esencial que tengamos un espíritu de lealtad y de servicio. Ese espíritu lo encontrarán ustedes en este campo.
»Nuestra principal actividad es… la fuga. No olviden ustedes que hay aquí hombres que intentan escaparse desde que fueron capturados. Ahora mismo, está en marcha la construcción de un túnel en dirección a la alambrada. Ya está a medio camino. No, no se alarmen ustedes. Puedo hablar con toda libertad. Los guardias se han marchado y tenemos “avisadores” en cada ventana. Les digo esto porque quiero prevenirles contra los intentos imprudentes de fuga. Si quieren ustedes aprovechar la primera ocasión que se les ofrezca sin detenerse a considerar el pro y el contra, lo más seguro es que fracasen. Pero eso no importa; lo importante es que al fracasar pueden ustedes dejar al descubierto otro plan muy estudiado y que hubiera podido triunfar de no ser por la precipitación y la imprudencia de algunos.
»En este campo hay un cuerpo especial de oficiales, el Comité de Fuga. Su tarea consiste en coordinar y ayudar a los que procuran escaparse. Si tienen ustedes una idea, comuníquensela a ellos. No teman que al hacerlo pierdan el control de su plan. Cada plan pertenece al que lo propone y, si da buen resultado, él será el primero en escaparse. El Comité de Fuga se ocupa de los pasaportes falsificados y los trajes de paisano. Contamos con secciones especiales encargadas de esas cosas. Repito que si tienen ustedes alguna idea, acudan con ella al Comité. Lo constituyen hombres de gran experiencia que pueden serles a ustedes de positiva ayuda.
»Por supuesto, los alemanes tienen aquí también su vigilancia. Le llaman la Abwehr. Utilizan individuos especialmente entrenados a los que llamamos “hurones”. Los reconocerán ustedes en el campo por sus monos azules y sus largos pinchos de acero. Son peligrosos. Todos ellos hablan inglés y están especializados en descubrir las actividades de fuga. Lo mismo pueden encontrarlos ustedes escondidos debajo de los suelos de los barracones que en el tejado o escuchando por el ojo de la cerradura y en las ventanas. Tengan mucho cuidado con ellos.
»Pero nosotros disponemos de “contrahurones”. Los llamamos “avisadores”. Cada “hurón” que entra en el campo es vigilado constantemente por uno de los nuestros. Ahora, mientras les hablo a ustedes, nos protegen en todas las puertas y ventanas. Antes de empezar yo a hablar, ya habían buscado los mejores escondites. También a ustedes les pedirán que se presten a este deber. Es el único deber que se les pedirá y espero que lo hagan con gusto.
»Si intentan ustedes escaparse —y espero que lo hagan— verán que es una tarea muy ingrata. Pero siempre ejerce una gran función: levantar la moral de los compañeros. Todos piensan que mientras hay en marcha un intento de fuga estamos realizando algo contra el enemigo y no nos limitamos a vegetar. Como ya les dije, existe un magnífico espíritu de disciplina en este campo. Espero que, con la llegada de ustedes, sea aún mejor ese espíritu.»
Cuando el capitán se marchó, la nueva hornada fue dividida en grupos para ser distribuida entre los diez barracones. Peter y John Clinton formaron un grupo con Saunders, el artillero y Hugo, el inmaculado teniente aviador. Mientras se dirigían a su barracón, pensaba Peter que el capitán inglés les había infundido mucho ánimo. Era un hombre que tenía algo positivo que ofrecer, un hombre a quien se podía seguir. ¡Qué diferencia entre esto y el blando oportunismo del Dulag-Luft! Casi estaba contento otra vez, impaciente por tomar parte en la guerra que continuaba en este campo.
Seguía nevando. Los tejados de los barracones estaban cubiertos de nieve. La puerta de su barracón estaba cerrada con cerrojo y una barra atravesada. Peter notó que era una cerradura moderna y que la traviesa de madera tenía cuatro pulgadas de grosor y la sujetaban dos soportes de hierro. El guardia abrió la puerta y los hizo pasar a un pequeño vestíbulo. El olor que ya les era familiar y que tanto les había sorprendido durante sus primeros días en el Dulag-Luft, les anunciaba lo que iban a encontrar detrás de la puerta que había al fondo del vestíbulo. Era un olor a desinfectantes alemanes para prisioneros de guerra. Había otras dos puertas dobles a su derecha que abrieron los guardias sin ninguna ceremonia.
Después del aire fresco de la noche, el ambiente cargado de aquella habitación oscura resultaba irrespirable. Por entre el humo y el vapor, vio Peter varias filas de literas que disminuían en la confusa perspectiva. Cuando sus ojos se acostumbraron al humo, comprendió que las literas habían sido separadas de las paredes para formar una serie de pequeñas habitaciones. En cada una de éstas había una mesa de madera en la que una lámpara de fabricación casera proyectaba un débil resplandor rojizo. El humo de estas lámparas de petróleo se unía al vapor que despedía la ropa puesta a secar en tendederos improvisados. El suelo de cemento presentaba charcos formados por el agua que goteaba incesantemente de la ropa tendida. Había ventanas en cada una de las paredes laterales que estaban tapadas por fuera con postigos especiales. No parecía haber la menor ventilación.
En torno a cada mesita jugaba a las cartas un grupo de prisioneros y algunos intentaban leer a la escasísima luz de las lamparillas que arrojaban siniestras y disformes sombras sobre las paredes. Esas paredes habían sido blancas pero eran ya grises y estaban manchadas de humo y humedad. La mayoría de los hombres tenían barbas, el cabello muy largo y calzaban zuecos de madera o, sentados en sus literas, se cubrían los hombros con las mantas y aparecían fantasmales en la penumbra. El zumbido de las conversaciones se interrumpió en seco con la entrada de los nuevos.
En un rincón de la estancia un chirriante gramófono lanzaba una música de baile que sonó estridente en el repentino silencio.
Una figura se destacó de las sombras y avanzó hacia ellos. Llevaba una guerrera de la R. A. F. muy usada, en la cual, bajo la insignia de piloto, aparecía la cinta del D. F. C. En las mangas tenía los tres anillos de coronel. Era moreno y barbudo y calzaba unos descomunales zuecos que producían un gran ruido en el suelo de cemento.
—Hola, chicos, ¿sois los nuevos del Dulag?
—Sí, señor.
—Muy bien. Siento que no tengamos luz. Creo que la volverán a dar. Ha sido una represalia de los goons. Me llamo Stewart. Mal viaje, ¿verdad?
—Bastante malo, sí, señor.
—Bueno, les hemos guardado a ustedes algo de comer. Y a propósito, no me llamen señor. Aquí no gastamos esas cosas. Supongo que desearán ustedes lavarse antes de comer. Dejen aquí sus cosas y yo les llevaré. Espero que traerán toallas y jabón.
Stewart los condujo por el pasadizo central, formado por estrechas tablas que ocultaban las habitaciones. Peter, mirando por las rendijas, vio que los grupos estaban divididos por literas que formaban ángulo recto con la pared. Cada grupo tenía una mesa y dos largos bancos de madera. Aquello parecía un barrio miserable de unos suburbios, impresión que se acentuaba con la ropa tendida en las habitaciones. Al entrar en los lavabos, al extremo del barracón, llegó de nuevo la luz eléctrica. Los prisioneros lanzaron el consabido ¡Oooh!
—No durará mucho —les dijo Stewart—. Los goons lo hacen para divertirse. Es preferible que la aprovechen y se laven ustedes mientras no la vuelven a apagar.
Peter miró los dos largos lavabos de cemento por encima de los cuales pasaba una tubería interrumpida a intervalos por grifos. En el suelo había cubos casi llenos de agua grasienta. Stewart les explicó:
—Se han atascado otra vez las tuberías. Nos quejamos todos los días, pero no sirve de nada.
Los recién llegados se dedicaron a quitarse de encima parte de la suciedad que se les había acumulado en el viaje de cuatro días. El agua estaba muy fría.
Se abrió la puerta de comunicación y llegó el ruido súbito de una conversación general y estruendosas carcajadas en el barracón. El prisionero que había abierto la puerta entraba en los lavaderos con una gran lata que empezó a llenar de uno de los grifos. Vestía una chaqueta corta sin mangas confeccionada con un trozo de manta. Tenía el cabello cortado casi al rape y mientras esperaba a que se le llenara la lata, canturreaba. Peter lo observó furtivamente. Parecía casi increíble que aquel individuo fuera un oficial británico. Cuando el hombre se marchó, Peter se acercó a John, que se estaba lavando la barbita, y le preguntó:
—¿Qué te parece este sitio?
—Mejor que el anterior —le respondió John—. Aquí hay una especie de disciplina. Sabemos por lo menos a qué atenernos.
—A mí me parece deprimente —intervino Hugo, que se estaba peinando cuidadosamente marcándose una onda con la mano—. Es una atmósfera de boy-scouts.
—Yo creo que aquí estaremos bien —comentó Saunders mientras lavaba en el chorro del grifo su dentadura postiza. Sin dientes parecía su cara más vieja y gastada—. De todos modos, es preferible estar aquí que bajo la metralla antiaérea, sobre Duisburg.
—La metralla no me importa —dijo Hugo mientras se peinaba el bigote —. Lo principal es vivir de un modo civilizado. Así se puede aguantar cualquier cosa.
—¿Oís lo que dice? —dijo Saunders—. ¡Vida civilizada! No se da cuenta de que ha salvado la vida —y, acercándose a Hugo, le espetó—: Apuesto a que en tu vida has pasado hambre.
—No la pasé hasta que llegué a Alemania.
—Entonces has tenido muy buena suerte —le dijo Saunders.
El coronel los reunió. Bajo su barba parecía aún más delgada su cara:
—Creo que el oficial mayor les ha soltado a ustedes un discursito, y ahora tendrán que aguantarme a mí otro. Voy a colocarlos a ustedes en el grupo final, pero esta noche cenarán cada uno en un grupo diferente, en parte porque todavía no contamos con las raciones que les corresponderán a ustedes y en parte para que satisfagan la curiosidad de los muchachos. Desde que llegamos aquí no había venido nadie de Inglaterra, de manera que tendrán ustedes que contestar a muchas preguntas. Háganlo con la mayor amabilidad que puedan. No olviden que estos muchachos llevan aquí mucho tiempo.
»El teniente Tyson es nuestro representante en el Comité de Fuga, y si se proponen ustedes escaparse, les proporcionaremos toda la ayuda que necesiten. Las probabilidades de salir de Alemania son prácticamente nulas. Les digo esto porque no queremos vernos obstaculizados por gente que no esté dispuesta a poner toda la carne en el asador al no darse bien cuenta de las dificultades.
»Otra cosa: No sean corteses con los hurones ni dejen que ellos sean corteses con ustedes. Si nos comportamos bien, les bastaría con la décima parte de las fuerzas que tienen que emplear para nuestra vigilancia. No olviden ni por un segundo que son nuestros enemigos. Hagan ustedes todo lo humanamente posible para obstaculizarles su tarea.
»Como les digo, formarán ustedes parte del grupo final. Allí encontrarán a un tipo muy extraño que les fastidiará mucho al principio. Pero tendrán ustedes la ventaja de ser sólo seis en vez de los ocho de costumbre. Aguanten lo más que puedan y si llegan a desesperarse demasiado, avísenme.»
—¿Qué quiere usted decir exactamente respecto a ese tipo extraño? — interrumpió Saunders.
—Es que está un poco chalado. Ya saben ustedes, los efectos del excesivo cansancio, las emociones… También hay un polaco que se llama Otto Sechevitsky. Él se encarga de cuidar a Loveday, que es el individuo a quien me refería. Yo que ustedes me dejaría aconsejar por Otto hasta conocer mejor la vida de este campo, que encontrarán ustedes extraña al principio. Otto sabe por dónde anda. Si se dejan ustedes guiar por él, les irá bastante bien.
Los llevó hasta el final del barracón cerca de la entrada y en la desagradable vecindad de la letrina.
Otto y Loveday jugaban al ajedrez. El coronel los presentó. Inmediatamente después se despidió:
—Aquí les dejo a ustedes. Otto se cuidará de ustedes.
En cuanto se marchó el jefe, Loveday se puso en pie. Era un individuo alto y huesudo con una frente protuberante. Los ojos, hundidos, miraban oblicuamente hacia arriba dándole una expresión astuta en contraste con su boca grande entre la revuelta barba. Llevaba zuecos, un capotón y un casco balaclava.
Carraspeó para aclararse la garganta:
—Quien va a cuidar de ustedes voy a ser yo. Todos ustedes sufren de shock, por eso no es extraño que estén un poco desequilibrados. Pero ya me hago cargo. —Hablaba lentamente, subrayando cada palabra con un seco movimiento de sus manos sarmentosas—. Comprendo la situación de los recién llegados y les paso muchas cosas. Ha sido la fatalidad la que los trajo a ustedes aquí. Y también fue la fatalidad la que me tenía reservado el cuidarles a ustedes. ¿Es verdad o no, Otto? —Rió mirando a Otto y éste le sonrió azorado—. Quizás crean ustedes que el individuo disfruta de libre voluntad, pero no es cierto. La vida es un tablero de ajedrez y todos nosotros somos peones. —Para recalcar esta idea, dio un golpe a una de las piezas que estaban sobre el tablero y la envió al suelo—. ¿Es verdad o no? —añadió dirigiéndose a Peter.
Peter vaciló:
—Pues… sí, claro, sí.
Loveday le miró fijamente durante un buen lato mientras Peter se ruborizaba.
—Usted aprenderá muy pronto —dijo por fin Loveday—. ¿Verdad, Otto? —miró a los otros uno por uno—. Creo que todos van a aprender muy bien. —Volvió a mirar el tablero de ajedrez y lanzó de nuevo su risita cortada—: Sí, lo mismo que los peones. —Empezó a tamborilear con los dedos sobre la mesa.
—Todas las literas están libres —dijo Otto—, excepto estas dos. —E indicó la litera doble situada más lejos de la puerta. Otto era un hombrecillo con ojos grises, tranquilos y pacientes bajo su cabello pajizo. Junto al desaliño de Loveday, presentaba Otto un aspecto acentuadamente militar—. Instálense cómodamente. Voy a hacerles té. Ya les llamarán los otros cuando tengan ustedes que cenar.
La cena. El estómago de Peter se contrajo con un espasmo de náusea. La cena. No había tomado una comida caliente desde que salió del Dulag-Luft. Esperaba que no tardarían demasiado en llamarlos.
En cada litera había un saco de viruta que hacía las veces de colchón y otro más pequeño que servía de almohada. Había unas mantas muy estropeadas, dos sábanas y una funda de almohada de algodón basto. Peter escogió la litera de encima de la que John había elegido dejando a Hugo que eligiese con Saunders. Loveday los observaba mientras desempaquetaban sus petates.
—Veo que no están ustedes acostumbrados a estas cosas —fue su comentario—. Vienen ustedes directamente de sus cómodos hogares y es natural que les trastorne nuestro ambiente. Padecen ustedes de shock. Todos los que se hallan en este campo padecen de shock. ¿Verdad, Otto?
Otto sonrió:
—Muy bien, Alan; todos sufrimos de shock. Pero no pensemos en ello y hagamos el té. —Sacó un paquete de té de un estante. Puso la mitad en una jarra grande de metal y salió de la habitación.
Peter empezó a disponer sus escasas propiedades en el basto estante que el ocupante anterior había instalado sobre su litera. Todo el entusiasmo que había sentido al principio se le desvaneció al hallarse metido en la vida de aquel hormiguero. ¿Cómo era posible fugarse estando sumergido en aquel torbellino? El gran local retumbaba con un centenar de voces. El alboroto se comunicaba por el espacio libre de arriba por toda la nave. Peter seguía trajinando en silencio consciente de la vigilancia de Alan Loveday.
—Tengo aquí un libro. —Loveday cogió del estante que había sobre su litera un libro de gran formato—. En él se entera uno de cómo se maneja a la gente. En un sitio como éste hay que saber manejar a la gente.
Peter miró a John y levantó las cejas.
—¿Cómo se llama el libro? —preguntó John.
—Tratado de Psicología. La psicología es el estudio de la mente. Éste es un buen lugar para estudiar psicología, porque todos han sufrido un shock. Podemos asegurar que aquí son todos un poco anormales.
—Sí —dijo John—. Creo que tiene usted razón.
—No necesita usted decirme si tengo o no razón —gritó Loveday—. ¡Soy yo quien se lo dice a usted! —Miró irritado a John—. Porque hable usted con acento de Oxford no hay motivo para que me diga si tengo o no razón.
John guardó silencio.
—Éste es un mundo diferente al que ustedes habitaban —prosiguió Loveday. Se apoyaba en un pie mientras tenía el otro sobre un taburete. Con sus manos cubiertas a medias con mitones se acariciaba inquieto la barba—. En nuestro mundo hay que estudiar a los demás individuos. Las cosas son aquí muy diferentes. Todos…
—Goon in the block! —Era el grito de alarma qué hacían circular los «avisadores» por todo el barracón. Pronto el grito se repetía por todos los rincones—. Goon in the block! Goon in the block!
—¿Qué es eso? —preguntó Peter.
—Los guardias alemanes están haciendo la ronda —explicó Loveday—. Cuando se acercan, nos avisan los compañeros. Por mi parte, no les hago caso. Cuando un individuo…
Peter se asomó a la entrada y miró al fondo del pasillo central. Seguido por los silbidos y las burlas de los prisioneros, avanzaba un alto y forzudo alemán. Acompañaba a este soldado un gigantesco perro alsaciano.
—Ahí vienen dos goons —gritó un prisionero—. Uno detrás de otro.
El guardia, muy digno con sus pesadas botas y su largo abrigo verde ceñido por un cinturón mate de cuero, recorría muy despacio el pasillo mientras el perro, impaciente, tiraba de la correa que lo sujetaba.
—¿Para qué hacen eso? —preguntó Peter.
Loveday rompió a reír:
—Es un truco psicológico. Lo hacen para asustarnos. Todas las noches, sueltan los perros en el recinto. Muerden como fieras a cualquiera que no sea su amo. Un hombre para cada perro. Ninguna otra persona puede manejarlos.