Águilas en tinieblas

Eric Williams · Capítulo 9 de 18

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Águilas en tinieblas

Segunda parte

CAPÍTULO PRIMERO

 

A ntes de la guerra, el Oflag XXI B había sido un reformatorio de muchachos. Cuando los alemanes invadieron Polonia, se empleó como campo de concentración y después de la caída de Francia sus defensas de alambre espinoso fueron reforzadas para encerrar a los prisioneros franceses.

El campo estaba construido sobre una pendiente y lo cercaban las habituales alambradas dobles, de unos doce pies de altura, guardadas a intervalos por torretas armadas con ametralladoras y dotadas de reflectores. Las dos cercas estaban separadas por seis pies y el espacio entre ellas, hasta una altura de unos cuatro pies, lo llenaba también alambre espinoso retorcido.

Poco tiempo antes de caer prisionero Peter, cuando los prisioneros militares franceses pasaron a trabajar en las industrias alemanas, se convirtió el Oflag XXI B en campo de prisioneros para la aviación británica. Entonces se produjeron algunas fugas. A los franceses los contenía el temor de las represalias contra sus familias, pero los ingleses no tenían que temerlo. Eran prisioneros menos seguros para los alemanes y antes de que hubieran pasado muchas semanas, un buen número de ellos había logrado cruzar las alambradas. No disfrutaron de la libertad mucho tiempo y cuando el Kommandant hizo ir a aquel campo a algunos de los «chivatos» que los conocían del campo anterior, ya estaban llenas las celdas de castigo.

Los «hurones» o «chivatos» volvieron a instalar las alambradas para darles mayor seguridad. Instalaron una alambrada baja a unos treinta pies de la cerca principal y advirtieron a los prisioneros que serían fusilados si intentaban cruzarla. Hicieron levantar más torretas sobre la alambrada y enterraron sismógrafos debajo de las alambradas. Los sismógrafos estaban conectados con un cuarto de control central donde era detectada, con un plumín que marcaba con tinta sobre un cilindro de papel giratorio, cualquier vibración producida bajo tierra por las actividades «tunelísticas». Los prisioneros permanecían encerrados en los barracones desde el atardecer hasta el alba y durante las horas de oscuridad, jaurías de perros salvajes rondaban por el recinto, husmeando a las puertas de los barracones y quitándoles a los prisioneros todo deseo de asomarse al exterior.

A la derecha de las puertas de entrada al campo, al pie de la pendiente, la Casa Blanca presentaba su formidable fachada hacia la carretera que conducía a la estación. Cerca de la Casa Blanca y a lo largo de la alambrada que bordeaba la carretera había un estrecho recinto reservado a los prisioneros rusos que trabajaban en las granjas vecinas. Este recinto, dentro del campo principal, formaba otra barrera entre los prisioneros británicos y el mundo exterior.

Detrás de la Casa Blanca, en un terreno algo más elevado, había otro edificio, que en tiempos fue la residencia de los profesores del reformatorio y luego se usó como hospital y cocina general del campo. En un recinto especial se elevaba una pequeña iglesia, un edificio de ladrillo rojo en el que parte de los prisioneros cumplían cada domingo con sus deberes religiosos. A la izquierda del hospital y separados de la carretera por el recinto ruso se hallaban el pétreo campo de fútbol y la letrina, conocida esta última, incluso para los ingleses, por su nombre alemán, abort. Dentro del abort había dos largas y profundas trincheras cubiertas por rústicos asientos de madera para cuarenta y ocho personas. Por las mañanas, el abort estaba atestado de gente y se formaba una larga cola que se extendía hasta la mitad del campo de fútbol, casi hasta donde se encontraba el hospital.

El resto del campo era de terreno resbaladizo, y en forma de terrazas abiertas en esta pendiente estaban los grandes y feos barracones de ladrillo de un solo piso en que vivían los prisioneros a razón aproximadamente de un centenar por cada barracón.

Ahora las puertas del recinto estaban abiertas y una fila de guardias, con las cabezas inclinadas a causa de la lluvia y los rifles cruzados a la espalda, pasaban por delante de la Casa Blanca y se abrían camino por la pendiente cubierta de fango hacia los barracones. Era por la mañana temprano, y la lluvia caía inagotablemente de un cielo plomizo, martilleando sobre los tejados de las torretas y convirtiendo la tierra tan pisada en un mar de fango. Los goterones se detenían un momento en el alambre espinoso para caer en la honda zanja que habían abierto por fuera de la alambrada para desanimar a los «tunelistas».

Dentro del barracón número cuatro había gran humedad a causa del agua que rezumaba por el suelo de cemento formando manchas en los muros, en los lavabos; ambiente cargado, además, por la respiración de cien prisioneros, que no podían salir a causa del mal tiempo y por el vapor que emanaba de la ropa puesta a secar.

Peter se despertó lentamente y sacó la cabeza de bajo la delgada manta alemana. Estaba vestido del todo, incluso con su capotón de la R. A. F. Llevaba un gorro de lana y mitones en las manos. Habían vuelto a cortarles la ración de carbón, por lo que tuvieron que acostarse muy temprano, completamente vestidos, para protegerse del frío y la humedad. La madera de su camastro e incluso la manta con que se había cubierto la cabeza, parecían haber sido mojadas directamente por la lluvia, de tan húmedas como estaban.

Aquel día le tocaba a Peter ser «avisador» y encargado de los servicios de su grupo. Loveday y Otto habían insistido en hacer ellos los turnos que les correspondieran a los recién llegados durante las primeras semanas para que éstos tuvieran tiempo de habituarse a sus nuevas condiciones de vida. Pero ya estaban perfectamente acostumbrados. Los últimos dos meses les habían parecido dos años.

Peter se demoró un poco bajo las mantas, concentrando todas sus energías para arrancarse de la litera. Un trompetazo de la Kommandantur alemana había sido su despertador, y en pocos minutos se presentarían allí los guardias para abrir las puertas y dejarlo salir. Uno de los deberes de Peter era ir a la cocina para calentar agua con destino al té del desayuno. Se formaría una concentración de doce ingleses por cada barracón; o sea, noventa y seis hombres que se empujarían unos a otros para llegar primero, porque los del final de la cola se encontrarían con que el agua ya no hervía al cogerla ellos y además llegarían a sus respectivos grupos con muy poco tiempo para tomarse el té a gusto antes de la hora de pasar lista. Cada uno de ellos tendría que incurrir en la desaprobación de siete pares de ojos, suponiendo que no les dijeran algo más expresivo.

Peter se arrancó de las mantas y estaba sacando los zuecos de madera que tenía escondidos junto a la almohada cuando se abrió la puerta con gran ruido y entraron dos guardias que, chorreando en sus capotes y por sus botas altas y polainas, gritaban:

—Raus! Raus!

Los prisioneros, que estaban ya despiertos, contestaron como un solo hombre. En su respuesta iba todo el odio que sentían por los guardias alemanes y todo su desprecio por el Tercer Reich. Después de gritar a coro su rotundo insulto, volvieron a hundirse bajo las mantas. Era un gesto inútil porque sabían que deberían levantarse inmediatamente, pero, en fin, era un gesto de protesta.

En cuanto los guardias se marcharon, cogió Peter la jarra de metal que estaba encima de la mesa, echó dentro un puñado de hojas de té y se dirigió a través del fangoso terreno en dirección a la cocina. De todas partes venían tristes figuras, ninguna de ellas totalmente vestida, apresurándose para llegar pronto a la cola. La primera docena de la cola quedaba protegida de la lluvia por un techo saliente de hierro acanalado. Los demás tenían que mojarse.

Peter se encontró junto a Bandy Beecham, que llevaba pantalones de rugby. Bandy tenía la teoría de que era más fácil secarse las piernas que secar los pantalones. En cambio, el frío parecía no afectarle.

—¿Vienes hoy al teatro, Howard? Todavía tenemos que pintar dos decorados más. Todo ha de estar listo para el lunes por la tarde.

Miraba a Peter con mudo reproche por llevar levantado el cuello del capotón. La mayoría de ellos habían destrozado sus abrigos militares usando la tela para hacerse zapatillas, trajes para el teatro o ropa de paisano destinada al Comité de Fuga. El chaquetón de Bandy terminaba en unos harapos bajo los cuales sus piernas desnudas y coloradas surgían agresivas, con los pies en enormes zuecos de madera.

—Iré si puedo, pero estos días estoy muy ocupado. Quizás pueda echar un vistazo a los ensayos esta tarde. —Peter había sido reclutado por Bandy para ayudarle a pintar las decoraciones destinadas a la próxima función. Como había predicho el comandante, su vida estaba ya tan ocupada que le era muy difícil atenderlo todo—. ¿Cómo ha resultado el último ensayo? —Quería demostrar algún interés para disculparte por no haber ido a ayudar el día anterior.

—Fue un caos completo. —Bandy asumía el papel del empresario aplastado por las contrariedades del mundillo teatral—. Primero, no pudimos empezar porque utilizaban el teatro para una maldita conferencia. Luego, la Reina de las hadas tuvo que ir a jugar al rugby. Si esto sigue así lo dejaré todo plantado. Nadie sabe apreciar mis esfuerzos.

—Espera hasta que oigas los aplausos del estreno —le animó Peter—. Entonces pensarás que ha merecido la pena.

—No sé si llegará el estreno. —Y Bandy se retiró enfurruñado.

Cuando Peter regresó a su «república» se encontró con que John había untado con mantequilla unas finas rebanadas de pan negro —dos por cada hombre— y las cubría con una leve capa de mermelada. Recordaba cómo en los primeros días de su cautiverio dejaban el bote de mermelada sobre la mesa para que cada uno se sirviera lo que se le antojara. Y recordaba también que aquel sistema dio muy mal resultado, llegándose rápidamente al agotamiento de la reserva de mermelada.

Echó en la jarra varias cucharadas de leche condensada. También la leche había sido libre, hasta que un día Otto descubrió que Hugo se estaba comiendo una cucharada cuando creyó que todos se habían marchado a pasar lista. Ahora el que se hallara de turno era también el encargado de repartir la mermelada, la leche o la mantequilla. Así era más justo.

En las otras once repúblicas del barracón, el encargado de cada día realizaba a su manera la misma tarea de Peter y en todo el inmenso local se formaba una impresionante algarabía: bostezos, gritos, risas, protestas y charla general, todo ello dominado por el inútil deseo de seguir durmiendo. Los hombres del grupo vecino al de Peter continuaban el «bridge post-mortem» que hubieron de interrumpir la noche anterior por las protestas de sus vecinos.

En el grupo de Peter se notaba un gran cansancio. Loveday no había dejado de sermonearles desde que llegaron. Al principio habían acogido bien sus consejos a pesar del tono didáctico y pedante que solía emplear. Pero ya no necesitaban ningún guía en la vida del campo. Querían que los dejara en paz.

John leía sentado mientras se comía las rebanadas. A Peter le pareció que su amigo empleaba el libro para protegerse contra la conversación de Loveday.

—Vosotros leéis demasiado —dijo Loveday—. La lectura convierte al hombre en un tonto, como dijo el clásico.

—¿Qué ha dicho usted? —Hugo, asombrado, se había detenido entre su litera y la mesa. Siempre estaba estupefacto ante las cosas que decían los demás.

—Dije que la lectura convierte al hombre en un tonto.

—No es en un tonto —dijo Hugo—. Sino en un hombre completo[1].

—En cambio, no puede decirse que este desayuno sea completo. — Saunders intentaba cortar la discusión que se avecinaba. Pero lo mismo podría haber querido detener la lluvia.

—Es tonto —dijo Loveday—. Lo escribió Thomas Babington Macaulay.

—No; fue Bacon. —Lo dijo John con la boca llena de pan y mantequilla y sin levantar la vista del libro.

—Tenga la amabilidad, Clinton, de no dirigirse a mí con la boca llena. Aquí nos sobra tiempo para todo. No hay prisa. En fin, ¿qué decía usted?

—He dicho Bacon, Francis Bacon.

Loveday se estiró en toda su altura y enrojeció de indignación:

—¡Macaulay!

—Bacon —gritó Hugo. John se había retirado de la polémica refugiándose otra vez en la lectura como hacía siempre que se iniciaba una discusión ruidosa.

—¡Por Dios! —gritó alguien desde el grupo vecino—. ¿No pueden

ustedes dejar de hablar siempre de comida?[2].

—Insisto en que se lee demasiado. —Loveday, impermeable a todas las interrupciones, consideraba que había convencido a todos de que él llevaba razón y que era Macaulay el autor de la frase—. Hay demasiada radio, demasiado cine. Nadie tiene tiempo para pensar. ¿Por qué no os pasáis dos horas al día aislados, como hago yo, para pensar con calma?

—¿Por qué no lo hace usted a las horas de comer? —le espetó Hugo.

Pero no había manera de hacer blanco en Loveday.

—Porque no es la ocasión adecuada para meditar. Mientras como no puedo pensar. Por eso no leo en las comidas, como otros.

—Pero habla usted lo suyo, caramba —dijo Saunders.

—Hablo en las comidas, porque esto me facilita la digestión. Y medito por las tardes porque es cuando el metabolismo del cuerpo está más bajo. Leo inmediatamente antes de almorzar y a primera hora de la tarde porque es cuando la mente se halla en mejores condiciones de receptividad.

—Entonces, ¿reconoce usted que lee? —Hugo parecía incapaz de dejarlo tranquilo.

—Leo para aprender, no para escaparme de la vida. Para mí, leer es la comunión de dos almas. Solamente leo un libro…

—El Tratado de Psicología —dijo Saunders.

—Exactamente. Y permítame decirle que un cuidadoso estudio de esta gran obra…

—Appel! —Era Stewart, el jefe inglés del barracón—. Vamos, todos fuera. —Esperaba a la entrada de la habitación—. Tenéis que vigilar hoy, chicos.

—Muy bien —dijo Peter—. ¿Cuándo nos necesita usted?

—A las tres en el abort.

—Bien.

—Toda esta tontería de vigilar y avisar —gruñó Loveday—. De todos modos, nunca van a fugarse. Son ganas de perder el tiempo de los demás, además del suyo. ¿Por qué no se las arreglarán?

—¡Un oficial en la puerta principal! —Era Otto que vigilaba desde la ventana del compartimiento, la única que dominaba el sendero que conducía a la entrada del campo.

—¡Todos fuera! —gritó Stewart—. Un oficial sube por la colina. Todos fuera.

—No voy al appel —dijo Hugo—. Me siento krank (enfermo) esta mañana.

—Como quieras —dijo Stewart—. Vuelve a acostarte.

—Ven, John. —Peter recogió de la litera el capotón y se lo echó por los hombros. John cerró el libro, terminó su té y cogió también su capotón.

—Gran tipo este Marco Aurelio. Escucha, Peter, lo que dice aquí. —Y le leyó unas líneas del libro: «Buscan para ellos retiros, como aldeas, playas, montañas. Tú mismo anhelas esos sitios. Pero debes saber que todo esto es sencillísimo. En cualquier momento que lo desees está en tu poder retirarte dentro de ti mismo y descansar de todos los negocios humanos.»

—¡Cómo se conoce que Marco Aurelio no estuvo encerrado en un campo de prisioneros!

Seguía lloviendo. Unos cuantos prisioneros formaban pequeños grupos pegados a los muros de los barracones vigilados por los guardias, que no se divertían más que ellos. El Lagerofficier acababa de entrar en el recinto por la puerta situada al pie de la pendiente. Devolviendo, rígido, el saludo del centinela, subió por el fangoso sendero atento a mancharse lo menos posible.

A mitad de camino, miró hacia los barracones y empezó a andar más despacio. Era una batalla entre voluntades. El oficial se negaba a llegar antes de que todos los prisioneros estuvieran formados en fila y los prisioneros se negaban a esperar formados a que el oficial llegara.

Ya había habido muchas dificultades con este asunto y algunos días se había prolongado el appel de la mañana hasta bien entrada la tarde, lo cual suponía un castigo para todos: los prisioneros, los guardias y el mismo oficial, más para los alemanes que para los prisioneros, porque éstos no tenían otras cosas que hacer. En cierto modo, constituía una victoria para ellos. Pero habían llegado a aburrirse de la espera tan prolongada y existía ya un tácito acuerdo con sus vigilantes. Quedaba entendido que formarían filas cuando a ellos les conviniera, pero no después de haber llegado el oficial a lo alto de la colina. Sin embargo, el oficial no se fiaba de ellos. Viendo las filas incompletas cuando ya estaba a medio camino, siempre se alarmaba y andaba más despacio porque no quería perder en su dignidad llegando arriba antes de que los prisioneros estuvieran listos. Pero no podía dejar de andar, ya que si se detenía también sufría su prestigio. Los avisadores que lo observaban desde las ventanas dejaban hasta el último momento el aviso «¡El oficial sube la cuesta!» Entonces se producía un súbito rebullicio y salían por puertas y ventanas los prisioneros a medio vestir y, en apariencia, llenos de pánico. El oficial seguía entonces su paso normal y el honor quedaba a salvo.

En lo alto de la cuesta le esperaba el ayudante inglés, un hombre bajito que siempre maniobraba para colocarse en un terreno más alto y tener así la ventaja de mirar por encima a aquel oficial alemán con gafas cuando le devolvía su saludo.

Los prisioneros formaban grupos de cinco y los guardias los contaban lentamente. Se decía que los alemanes sólo sabían contar hasta cinco. Otro guardia entraba en el barracón para contar a los indispuestos o enfermos, los krank im Zimmer.

Aquel día el oficial presenció la operación empapado de lluvia. Los prisioneros esperaban como un rebaño resignado con la seguridad de que la lluvia había de cesar más pronto o más tarde.

El guardia que había contado a los enfermos en el barracón, informó al Obergefreiter, que a su vez informó al Feldwebel, el cual comunicó el informe al Lagerofficier. Éste volvió a saludar al ayudante inglés y los prisioneros pudieron romper filas. Ya no les molestarían los alemanes hasta el appel de la tarde.

De regreso en el barracón, reunió John los cacharros del desayuno para fregarlos bajo el chorro de agua fría en los lavabos, mientras que Peter barría el suelo y limpiaba la mesa de madera. Otto y Loveday se tendieron en sus literas. Hugo, sentado en el borde de la suya, se contemplaba el cabello en un pequeño espejo de mano.

Peter atacó el húmedo suelo de cemento con una escoba que le habían prestado los de al lado. Ya era bastante difícil barrer bien cuando no había nadie, pero un día de lluvia como aquél, con todos «en casa», era todavía peor. Peter le levantó a Hugo los pies del suelo y se los puso sobre la cama.

—Oye, estate quieto —le dijo Hugo.

—¿Cómo demonios crees que voy a barrer debajo de las literas con tus pies colgando?

—No debías preocuparte; yo nunca barro por ahí debajo. —Y Hugo volvió a su auto-contemplación.

Al otro lado de la mesa, Loveday, en la litera de abajo, le explicaba a Otto, que ocupaba la de encima, por qué estaba tan atrasada Polonia respecto a Inglaterra en el avance de la civilización. Otto escuchaba cortésmente. Había pasado varios meses en una celda de la Gestapo donde, según se decía, empleaban la tortura para sacar informes militares. Otto nunca hablaba de esto y Peter lo veía siempre rodeado de ese halo misterioso que envuelve a todos los que han sufrido violencia. Le habría gustado hablar con Otto en confianza para que le contara su historia, pero el polaco nunca animaba a los demás a que se tomaran confianza con él. Vivía tranquilamente con el secreto de su experiencia dedicándose sólo a Loveday, a quien trataba con una ternura que los otros no comprendían.

Saunders solía pasar la mañana dando vueltas al circuito o contemplando un partido de fútbol. No era aficionado a leer. Las mañanas de lluvia se le hacían insoportables. Ahora se acercaba tímidamente a Peter para preguntarle:

—¿No te importa que encienda la estufa?

—¡Por amor de Dios! —Peter se enfadó al principio, pero cambió de actitud al ver la mirada de Saunders—. Bueno, hombre; pero encárgate de limpiarlo todo bien. Además, es mejor que abras la ventana.

Saunders sacó la estufa de debajo de su litera. Parecía una vieja cafetera mohosa. La parte de arriba servía para el agua, la de en medio estaba formada por un mecanismo de su invención para que pasara el aire y abajo había un pequeño horno hecho con una lata de Klim. La estufa se alimentaba con viruta que Saunders había cortado de un tablón con uno de los cuchillos de mesa.

Pronto se llenó el compartimiento de un denso humo que se extendió en seguida a los cuartos vecinos.

—¡Apaga ese puñetero cacharro! —Llovían las protestas de todos los grupos.

—Ya está a punto de hervir. —Saunders se vanagloriaba de poder hervir media taza de agua antes de que se dieran cuenta de que la estufa estaba encendida—. Muy bien, chicos, ya está apagada. —Conteniendo la risa, volvió a guardar el aparato debajo de su litera, cerró la ventana y se sentó a la mesa, dispuesto a afeitarse.

—¡Cierra esa maldita ventana! —gritó alguien del grupo vecino.

—¡Si ya la he cerrado! —gritó Saunders.

—Espero que no irás a afeitarte aquí, ¿verdad, Saunders? —le preguntó Hugo desde su litera.

—¿Por qué no?

—El sitio propio para afeitarse son los lavabos.

—No me puedo afeitar allí porque siempre está lleno.

—No es posible.

—Si hubieras tenido energía suficiente para ir a lavarte esta mañana, lo habrías visto tú mismo. No tienes absolutamente nada; estás tan sano como yo.

—Lo que me pone malo es ver cómo conviertes este cuarto en un lavabo de caballeros. —Hugo guardó el espejito en el estante que tenía encima de la litera—. Además, quizás te sorprenda saber que me di una ducha y me afeité antes de que ninguno de vosotros se despertara esta mañana. Sencillamente, no me sentía con ganas de acudir al appel.

—Pues tienes suerte de que no hagamos todos lo mismo que tú —le replicó Saunders.

Cuando John volvió con los utensilios fregados, Peter había terminado de barrer el suelo y frotaba la mesa con un cepillo de alambre.

—En los lavabos hay un jaleo tremendo. —John parecía divertido—. Ve por allí.

—Tengo mucho que hacer —dijo Peter.

—Anda, lo pasarás bien. Yo terminaré de limpiar la mesa.

—Bueno, si insistes… Traeré un poco más de agua ya que voy allí. —Se llevó el jarro de metal y se dirigió hacia los lavabos por el largo pasillo. Los lavabos eran comunes a aquel barracón y el siguiente.

Era una habitación sencilla, de ladrillos, suelo de cemento y paredes blanqueadas. Había muchos grifos en fila y bancos de madera donde unos prisioneros lavaban su ropa. Debajo de una primitiva ducha, fabricada con un tubo de goma y una lata agujereada, bailaba un hombre desnudo bajo el agua helada mientras que los lavanderos, maldiciendo, recogían su ropa y se retiraban de los salpicones que les llegaban de la ducha.

Aquella mañana había más gente y más ruido que de costumbre. Dominando el tumulto de gritos, canciones y el ruido de la ropa mojada sobre los bancos de madera, oyó Peter un cauto tap-tap-tap. En un rincón un hombre emergía del suelo con un cincel fabricado con un cerrojo de ventana.

—¿Para qué es todo esto? —preguntó Peter.

—Es la pandilla de locos del barracón de al lado —dijo indignado el comandante—. ¿Cómo va un hombre a trabajar con un escándalo como éste?

—No tienen ninguna probabilidad —dijo Tyson—. No hacen más que molestar a los demás.

—Desde luego, no les durará mucho. Pronto acudirán los goons como las moscas a la miel. —El comandante golpeaba su ropa con una mano que parecía una pala—. Es un esfuerzo inútil.

Cuando Peter volvió al cuarto, Saunders estaba desempaquetando el misterioso petate que había llevado, liado en una manta, desde el Dulag-Luft. Al principio sus compañeros se entusiasmaron con los utensilios de cocina que contenía: sartenes fabricadas con latas viejas y fuentes hechas con latas de mermelada desenrollada. Pero ya no les hizo tanta gracia el material que sacó luego. Había pedazos de alambre y de cuerda, latas llenas de clavos mohosos, un cortaplumas con una hoja rota, montoncitos de latas aplastadas, fotografías recortadas de revistas, las innumerables cosas que suele almacenar celosamente un chico de la escuela y que vuelven a tener el mismo valor para un prisionero de guerra.

Hugo, de pura indignación moral, tuvo que salir a dar un paseo. John leía para no escuchar la discusión entre Otto y Loveday, que se ocupaban de temas religiosos y psicológicos, a lo que iban a parar en último término todas las conversaciones con Loveday.

—¿Qué tal va aquello? —preguntó Saunders, levantando la vista de su manta extendida, que parecía un baratillo.

—En el barracón de al lado están empezando un túnel.

—Entonces no nos dejarán en paz hasta que los descubran —dijo Loveday.

—Tampoco tenemos mucha paz sin ellos —rezongó Saunders—. Todo el mundo ha de meter la nariz en lo que hace uno.

—Ha dejado de llover, Peter. Vamos a dar un paseo.

—No tengo tiempo. Debo preparar el almuerzo.

—¡Buenos días, chico! —Un desconocido se había detenido en la puerta —. ¿Me dejáis vigilar desde vuestra ventana? Tenemos un dienst en los lavabos.

—¿Veis? —dijo Loveday—. ¿Qué os dije?

—De acuerdo, John —dijo Peter—. Vamos a dar un paseo.

Fuera, los prisioneros hacían ejercicio. Daban vueltas por el lado de acá de la alambrada, por el eterno sendero que habían abierto con sus pies paralelamente al otro sendero, el que habían abierto los centinelas del lado de fuera de la alambrada.

A aquello le llamaban el «circuito» y los prisioneros lo recorrían innumerables veces, pero de distinta manera, según el estado de ánimo que tenían. Algunos iban en grupos de tres o cuatro, hablando en voz alta y bromeando; otros en parejas, enfrascados en discusiones serias o en evocaciones del reciente pasado o, quizá, planeando una fuga. Algunos paseaban solos, con las manos en los bolsillos y las cabezas hundidas, encerrados en una cárcel íntima dentro de la prisión general, desesperados en su soledad. Andaban con los ojos fijos en el suelo ante sus pies. De nada iba a servirles levantar la mirada. Sólo verían la alambrada y esto les recordaba su cautiverio. Era mejor ignorar las barreras de su libertad.

Y el hombre que hoy andaba solitario, marcharía mañana junto a los otros, mezclado con los otros, porque aquel abatimiento era periódico; la depresión desaparecía y de nuevo podían mirar el cielo sin ver demasiado las alambradas. Era difícil, en los malos momentos, recordar que éstos pasaban con facilidad.

—¡Gracias a Dios que ha dejado de llover! —dijo Peter. Miró el campo, que la lluvia había barrido—. Es imposible quedarse allí cuando están todos.

—De todos modos es imposible vivir así, haya más gente o menos. Lo malo es el encierro —dijo John—. Ha llegado el momento de que hagamos algo para salir de aquí.

—De nada servirá que lo digas y lo repitas hasta la saciedad. Todas las ideas que se nos han ocurrido las ha rechazado el Comité de Fuga. Lo malo que nos pasa a nosotros es que caímos prisioneros tres años más tarde de la cuenta. Todos los sitios posibles han sido usados ya por lo menos una vez. Piensa en lo que han iniciado en los lavabos. Empezaron allí porque no tenían otro sitio disponible. Incluso Tyson asegura que no tienen ninguna probabilidad de buen éxito.

—Tyson me divierte. Siempre tiene un aire furtivo —dijo John—. Es el típico personaje melodramático. Estoy seguro de que se habla a sí mismo en lenguaje cifrado.

—Sabe cuanto hay que saber respecto a túneles.

—Para lo que le sirve… Sigue aquí.

—Ha logrado salir varias veces. Una vez fuera de la alambrada, debe de ser cuestión de suerte llegar más o menos lejos. Lo que requiere ingenio es salir de aquí.

—¿Es el túnel la única manera de escaparse? —preguntó John.

Para Peter, lo mejor aparte de la fuga era hablar de fugas. Y se dedicó encantado a su tema favorito:

—Examina el problema en todos sus aspectos. ¿De qué se trata? De pasar al lado de allá de la alambrada. Hay tres medios: por encima, por debajo, o a través de la alambrada. Sólo hay que escoger entre esas tres posibilidades.

—En lo que a mí respecta, pasar por encima de los alambres queda descartado —se apresuró a decir John.

—Estoy de acuerdo contigo. E incluso en el caso de poderlo hacer, no podrías llevarte un petate. No llegarías muy lejos.

—En cuanto a cruzar a través de los alambres, caben dos modos de hacerlo: por la puerta o por en medio de la alambrada propiamente dicha. — John se dejaba arrastrar por el proyectismo de su amigo.

—Cortar el alambre es imposible. De manera que nos queda la puerta. Y en este caso, hay dos sistemas.

—Disfrazarse o esconderse de polizón en algún vehículo.

—Exactamente, John. Para salir escondido tenemos el carro del pan o el de la basura. El disfraz no sirve a no ser que consiga imitar con toda exactitud a uno de los goons, y ninguno de nosotros dos podría lograrlo. —Al decir esto, Peter miraba sonriente la cara de John, con su incipiente barbita.

—El truco de los carros está ya inservible. Lo han probado tantas veces que los goons los registran palmo a palmo. Pero has olvidado el carro de la noche.

Peter se estremeció.

—Un fulano lo hizo una vez —prosiguió John—. Sobornó al polaco que lo conducía para que sólo llenara el tanque a medias y se metió hasta el cuello en aquélla porquería. Completamente desnudo y con toda la ropa y las demás cosas que se llevaba atadas en un gran paquete sobre la cabeza…

—Me extraña que no se muriera antes de salir —dijo Peter—. ¿Consiguió escapar?

—Lo cogieron en la misma puerta. Ahora obligan a los polacos a llenar del todo el tanque.

—Tendrá que ser el túnel, John. Es la única manera. —Siempre llegaban a esta misma conclusión.

—Eso parece. Pero ¿dónde hay que abrirlo? Sólo hay un sitio en que no hemos pensado: la iglesia. —Y esta idea exaltó a John—. ¿Por qué no? Está muy cerca de la alambrada y no creo que los goons vayan nunca allí.

—¿Cómo vamos a entrar? Ya sabes que está cercada por una valla de alambre.

—Entramos con el servicio de la mañana, nos quedamos allí todo el día cavando y salimos con los que van al servicio de la tarde. Un francés llamado Atger hizo eso mismo en la pasada guerra mundial. Recuerdo que me lo contó mi padre. Podríamos llevarnos todo el alimento necesario para el día y trabajar tranquilamente. La entrada podría estar debajo del altar.

—¿Dónde íbamos a meter la tierra que sacásemos?

—Creo que podríamos esconderla debajo del suelo o quizás en el tejado. O bien distribuirla entre los que acudieran al servicio de la tarde. Cada uno podría llevarse un poco.

—No sé lo que diría el Padre… —Peter suponía que debía de haber un fallo en algún lado.

—No tiene por qué enterarse.

—Merece la pena que lo probemos —dijo Peter—. Vamos a decírselo a Tyson.

—Es mejor que nos guardemos esta idea para nosotros.

—No te preocupes por Tyson; es muy buena persona y le prometí que le contaría cualquier idea que se nos ocurriera. Sería tonto meternos en esto sin contar con nadie. Es un plan demasiado bueno para estropearlo por falta de preparación. Además, Tyson forma parte del Comité de Fuga.

—Yo preferiría que lo hiciéramos por nuestra cuenta.

—No podemos. Incluso podría estar trabajando allí alguien sin que lo supiéramos nosotros. Estoy casi seguro. Es un sitio demasiado bueno para que no se le haya ocurrido a alguien.

—Bien. Vamos en busca de Tyson.

Encontraron a Tyson fumando una pipa y dando los últimos toques a una chaqueta de paisano que estaba confeccionando con una manta.

—Buenos días —dijo Peter—. ¿Podemos pasar? —Era la «república» en que había cenado la noche de su llegada.

—¡Pasad, pasad! —Tyson les acercó un taburete y dejó libre el que ocupaba él, sentándose en el borde de su cama—. Sentaos. —Los miró, interrogante.

—Tenemos una idea para un túnel —dijo Peter.

—¡Cómo! ¿Otro túnel? —se admiró Tyson en tono de broma.

Explicaron su plan brevemente. Al contarlo, les pareció excelente. Mientras hablaban, llenaba Tyson su pipa y la encendió con la colilla del cigarrillo que fumaba John.

—Sí, es una buena idea —dijo cuando hubieron terminado—. Ya la he propuesto hace tiempo. Desgraciadamente, hemos dado palabra de honor de no utilizar la capilla para proyectos de fuga. Y lo mismo ocurre respecto al teatro. Lo siento, pero tendrán ustedes que pensar otra cosa.

Peter contemplaba a Tyson, que fumaba y cosía con toda calma la chaqueta y se sintió desanimado. Aquel hombre llevaba allí varios años y continuamente había estado haciendo algo para fugarse. Ellos dos, en cambio, todavía no habían empezado a actuar en ese sentido. Al principio le había parecido que sería fácil. «Lo primero es hallarse en el campo permanente; luego preparar un buen plan de fuga». Miró en torno suyo y la sordidez de aquel ambiente le dejó abatido. Sintió una súbita náusea. Hizo un esfuerzo para intentar algo.

—¿Tenemos alguna probabilidad de que nos admitan en uno de los proyectos que haya en marcha? —le preguntó a Tyson.

—En este momento sólo hay dos túneles en marcha. Uno sale del abort y el otro es la locura esa de los lavabos. El cupo del túnel abierto en el abort está completo y el otro no se lo aconsejo a ustedes. —Dudó un momento; luego se lanzó con entusiasmo—. Si he de decir la verdad, yo estoy preparando la apertura de un túnel. En realidad se trata de una reapertura. Es un túnel que empezaron y fue abandonado porque se inundó. Merece la pena hacer otro intento.

—¿Necesita usted ayuda? —preguntó Peter.

Tyson dio unas chupadas a su pipa.

—Todavía no hemos decidido empezar. Esta tarde precisamente tengo que ir a echar una ojeada.

—¿De dónde arranca? —preguntó John.

—De la cocina que hay detrás del hospital; de donde sacan ustedes el agua caliente por las mañanas. Si volvemos por fin a abrirlo necesitaremos la colaboración de algunos entusiastas y os tendré en cuenta. No podréis formar parte desde el principio en el equipo de perforación, pero por lo pronto podría colocaros en uno de los pelotones de «dispersión»… Ya sabéis, los que se llevan la tierra excavada.

—Muchísimas gracias. —Peter se levantó—. Es una lástima que lo de la iglesia no pueda ser.

—Tenemos que respetar la palabra de honor que hemos dado —dijo Tyson— aunque los goons no mantengan la suya.

Paseando de nuevo por el circuito, John le decía con entusiasmo a Peter:

—Por fin, ya estamos en camino. Mereció la pena que se nos ocurriera lo de la iglesia aunque sólo sea por esto.

Pero Peter no se quería entusiasmar tan pronto. Habían abusado del entusiasmo durante las últimas semanas. Prefería esperar a estar más seguro. Hablar ahora de eso podría echarlo a perder. Pero se sentía excitado y andaba con mayor rapidez, como si realmente se dirigiese a alguna parte en vez de estar dando vueltas sin objeto por el interior del recinto.

Anduvieron rápidamente sin hablar, adelantando a otros grupos y descendiendo luego por la cuesta que conducía al campo de fútbol. Pasaron ante el abort, dejaron a un lado el recinto ruso, la Casa Blanca, el hospital y la cocina, que para ellos tenía ahora un oculto sentido por su túnel abandonado. Subieron por la otra colina.

—¿Sabías que Otto participaba en el plan del abort? —dijo John.

—No; ¿lo han admitido?

—Yo tampoco lo supe hasta el otro día. Me encontré una ropa vieja manchada de tierra húmeda. Yo buscaba una patata que se me había caído y me asomé debajo de su litera. Entonces le pregunté y me lo confesó todo. Ese túnel va a una profundidad de quince pies. Creo que tienen muchas probabilidades de triunfar.

—¿Cuánto han avanzado?

—Ya llevan unos noventa pies. Estarán fuera dentro de un mes aproximadamente; es decir, si los goons no deciden abrir otro abort y condenan el antiguo llenando de tierra la zanja.

—Ya es hora de que lo hagan —dijo Peter—. Y, ¿de dónde sale el túnel?

—De uno de los lados de la trinchera. Hay que bajar al «pozo negro» para entrar en el túnel. Desde luego, hace falta estómago. Aquella ropa de Otto olía a demonios. Siempre la deja en el túnel, pero el otro día tuvieron que salir corriendo y no les dio tiempo de cambiarse.

—¿Cómo se las arreglaron para ir desde el abort hasta el barracón con la ropa de faena sin que los goons se dieran cuenta?

—No se lo pregunté. Supongo que se cubrieron con gabardinas o algo por el estilo. Desde luego, no podían haber escogido un sitio más desagradable para abrir un túnel… Aunque, verdaderamente, un prisionero de guerra nunca está demasiado lejos de un abort. Cuando me traían hacia acá, en Italia, intenté escaparme por la ventana de un sitio de ésos.

—¿También has hecho eso? —Peter pensaba, divertido, lo mucho que John le recordaba a Roy con su oscura vitalidad escondida bajo una chapa de indolencia.

—¿El qué?

—Tratar de escaparte por la ventana de un retrete.

—Todo aquel que desee fugarse ha de utilizar antes o después la ventana de un abort —dijo John—. Si quiere cambiarse de ropa o comer cuando huye, tiene forzosamente que encerrarse en un retrete. —Rió—. Ya en la escuela utilizaba yo el retrete para esos fines. Era el único sitio donde podía estar solo.

—Y, aquí, es desde luego el único sitio donde puede uno estar solo —dijo Peter—. Aunque, ¡a costa de qué!

—Pero en el grande no se puede estar solo —rectificó John—. En el de los cuarenta y ocho asientos, ¡es una soledad muy relativa!