Águilas en tinieblas

Eric Williams · Capítulo 6 de 18

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Águilas en tinieblas

Capítulo V

 

R esultaba excitante hallarse otra vez al aire libre después de la cargada atmósfera de la celda con el permanente olor a desinfectante. El aire era fresco y cortante, impregnado del aroma de los pinos que rodeaban al campo. A Peter le sorprendió la nieve que cubría el suelo, le extrañó mucho ver los niños que jugaban y gritaban, todos ellos con esquíes, alrededor de los prisioneros, mientras éstos recorrían los pocos centenares de yardas que los separaban del campo situado en el valle. Los prisioneros hablaban mucho entre ellos. A Peter le llegaban retazos de conversación en que se disculpaban y explicaban lo que les había sucedido: —«Total, que se nos ocurrió pasar sobre Hamburgo en el viaje de regreso…», «… y nos atiborraron de plomo…», «… el navegante nos metió en Colonia». «Y nos encontramos de pronto tan iluminados como si hubiera sido mediodía», «… desde luego, quisimos abrirnos paso, pero…», «fue absolutamente inútil…»

Peter no sentía ni el menor deseo de hablar. Su solitario encierro le había secado el fluir de la conversación en vez de fomentárselo. En aquellos momentos no le hubiera importado comprometerse a no hablar más de aviación en su vida.

Junto a Peter iba un joven oficial del ejército, un capitán con uniforme caqui y barba crecida, que tarareaba sin preocuparse de lo que hablaban los demás.

Bordeando la carretera había unas casas de madera a estilo de los chalets suizos, con balcones que se extendían a todo lo largo del edificio. Parecían casitas de juguete y Peter sentía ganas de entrar en ellas y ver lo que había dentro. Se figuraba que tendrían allí manteles a cuadros y acogedores muebles de madera clara.

Los recién llegados fueron acogidos a la entrada del campo por un pequeño comité de recepción que formaban los prisioneros más antiguos. Eran tres, cuyas desaliñadas figuras hacían un curioso efecto esperando a los nuevos desgraciados para darles la bienvenida. El primero —que parecía presidir a los otros— era un hombre de mediana edad y de buena presencia que vestía una capa caqui atada al cuello con un broche de metal y llevaba un gorro redondo de punto y zuecos. Se presentó como «el ayudante inglés». Los otros dos, dijo, eran el doctor y el Padre.

Mientras los otros se saludaban, miró Peter en torno suyo a los largos barracones de madera pintados de verde con sus tejados cubiertos de nieve, las altas alambradas dobles y las torretas de los centinelas que se elevaban sobre las alambradas. Mientras se hallaban allí, un soldado británico, con camisa caqui sin cuello, salió de detrás de una de las chozas tirando de un carro de madera de aspecto muy extraño en el que se apilaban unas cajas vacías. Le habló en alemán al guardia de la puerta. Le hablaba enérgicamente, diciéndole, era evidente, que abriera la puerta y que lo hiciera rápido. El alemán obedeció con sorprendente docilidad.

—Vengan, muchachos, entren —dijo el Padre cordialmente. Era delgado y llevaba una guerrera de la R. A. F. con insignias de piloto, breeches caqui y botas de aviador. Era jefe de una escuadrilla—. Llegan ustedes a tiempo para tomar el té.

Los condujo a la construcción más cercana, que parecía ser el teatro. Tenía al fondo un escenario pero habían instalado allí el comedor. Pasaron a una habitación más pequeña, también acondicionada para comedor pero con mesas más pequeñas y manteles blancos.

—Ésta es la «república» de los oficiales —les dijo el ayudante—. Los soldados comen en la habitación mayor. —Se corrigió en seguida—: Bueno, aquí sólo comen los soldados de tránsito. Los mandos permanentes lo hacen en otra barraca.

Todo esto le sonaba a Peter a cosa familiar. Incluso allí, en el corazón de un país enemigo, funcionaba el sistema de jerarquías y precedencias. Le hubiera gustado hallarse de nuevo en la celda.

Cada uno de ellos cogió de una mesa un grueso jarro de barro y se sirvió té de un gran recipiente. El té estaba cargado y muy dulce.

—Dios mío, esto es té de verdad —dijo uno.

—Nos llega en los paquetes de la Cruz Roja —explicó el ayudante—. Esto nos sirve para luchar contra el frío. Verdaderamente, es bastante bueno. No nos mandan suficiente cantidad, pero lo que mandan es de buena calidad. Aquí llevamos un sistema comunal para la comida —decía esto un poco a la defensiva— y las comidas las guisan los asistentes. Estarán ustedes aquí unos diez días y luego los llevarán a un campo permanente. Este sitio es sólo de paso.

—¿Qué posibilidades hay aquí de escaparse? —preguntó un oficial del ejército, muy joven.

—Ni hablar de ello, muchacho. Aunque se escapara usted, esta nieve le denunciaría al momento. Dejaría huellas por donde quiera que fuese. Les aconsejo que no piensen en fugarse desde aquí. Es preferible que esperen a encontrarse en el campo permanente. Y deben hacerlo en el verano, porque con este tiempo no irían lejos… ¿Qué tal van las cosas en Inglaterra? ¿Dónde lo derribaron a usted?

—En Libia.

—¿En qué aparato volaba?

En los ojos del joven oficial se reflejó que aquello le divertía. Respondió:

—En un B. S. A.

El ayudante se quedó asombrado. Al principio no entendía lo que le había dicho la menuda figura en traje de batalla, caqui, hasta que fue dándose cuenta:

—¡Ah! ¿De modo que es usted del ejército de tierra? —en su voz había una inmensa condescendencia—. ¿Cómo diablos le mandaron a usted aquí? —Los ojos azules del ayudante miraron glacialmente al otro.

El capitán se encogió de hombros.

—Bueno, lo cierto es que está usted ya aquí —dijo el Padre. Se volvió a Peter—: Y a usted, joven, ¿cuándo lo capturaron?

Peter le respondió que el diecisiete de diciembre.

—De manera que ha pasado usted la Navidad en la nevera, ¿no?

Peter pensó entonces en el tiempo que había pasado en la celda tratando de aclarar cuál de aquellos días había sido Navidad. Pero todo su encierro formaba una larga cadena de días y noches, que se sucedían monótonamente:

—Supongo que la pasé en la celda, pero no podría saber qué día fue.

—Aquí los días son todos iguales —murmuró el médico sentándose en uno de los bancos—. Llevo dieciocho meses aquí. A veces creo que han sido dieciocho años y en algunos momentos creo en cambio que sólo fueron dieciocho días. Es asombroso cómo corre el tiempo cuando se instala uno en un sitio.

—Creí que esto era un campo de tránsito —hablaba otra vez el capitán del ejército. Había cierta sequedad en sus palabras.

—Es que nosotros constituimos el mando permanente. Somos los encargados de pasarlos a ustedes al campo de los pukka. Como fuimos los primeros en llegar, nos dieron estos puestos.

El capitán lo miró por encima de su taza de té, pero no llegó a decir nada.

—¿Qué tal están los campos pukka? —preguntó Peter.

—Pché. Unos son buenos y otros malos —le respondió el ayudante—. Si tienen ustedes la suerte de ir a uno de los buenos, tendrán juegos, funciones de teatro, barracones bien acondicionados… Sinceramente, no están mal.

—¿Ha estado usted en alguno? —preguntó el capitán.

—Pues… no. Pero nos lo han contado. ¿Quieren ustedes otra taza de té?

—El día de Navidad acudieron muchos al servicio religioso —le dijo el Padre a Peter, a quien había cogido del brazo—. ¿Es usted creyente?

Peter eludió el asunto y se perdió entre la multitud de prisioneros. Cuando terminaron de tomar el té, el ayudante los llevó a una habitación cerrada donde se almacenaba ropa militar en estanterías que cubrían todas las paredes. Les dio a cada uno un cepillo de dientes, una pastilla de jabón, una toalla, ropa interior de lana, un jersey y un capote de la R. A. F. Cuando entregaba aquellas cosas, lo hacía el ayudante a disgusto, como si fueran de su propiedad. Dijo:

—Todo esto lo manda la Cruz Roja. Luego firmarán ustedes, porque supongo que esto se lo descontarán a ustedes allá de los sueldos. Supongo que ahora les gustará tomar un baño.

El agua estaba caliente. Peter se quitó la ropa interior, muy sucia, y permaneció durante unos veinte minutos bajo la ducha dándose jabón y dejando que el agua caliente le empapara bien la cabeza y el cuerpo. La habitación se llenó del vapor de las doce duchas. El tamborileo del agua que caía se mezclaba con trozos de canciones, y pasaban cuerpos enrojecidos llamándose a gritos. Peter volvió a sentirse a gusto. Si podía darse una ducha como aquélla todos los días, mejorarían las cosas. Se estuvo el mayor tiempo posible por el temor de que sólo le dejaran ducharse una vez a la semana. Permaneció bajo el agua caliente hasta que estuvo bien empapado y con la piel coloreada de tanto calor. Luego dio salida al agua fría, que le hizo castañear los dientes. Se secó con la toalla nueva y, dirigiéndose al lavabo sujeto a la pared, se lavó los dientes con su flamante cepillo. Tardó en esta operación por lo menos diez minutos y después se afeitó con el mismo cuidado que si hubiera tenido que ir a un baile. Le produjo una sensación magnífica este afeitado con una hoja nueva. Era una delicia sentir que los duros pelos de la barba desaparecían inmediatamente bajo el agudo filo. Después de afeitarse se vistió con la ropa limpia que le habían dado y volvió a la habitación donde, según le había dicho el ayudante, podía disponer de una cama.

Había seis camas en aquella estancia. En una de ellas estaba sentado el capitán del ejército secándose el cabello.

—¿Hay alguna cama libre? —preguntó Peter.

—Creo que todas están libres. —Dejó de frotarse la cabeza y añadió—: Me pareció preferible ésta, pero no me importa dejársela si le gusta estar cerca de la puerta.

—No, gracias. Me da lo mismo —le dijo Peter—. Me quedaré con ésta — colocó su ropa en una de las camas próximas a la ventana—. Me llamo Howard. Peter Howard.

—Soy John Clinton. Oiga, ¿qué lío es éste?

—¿A qué se refiere?

—Eso del mando permanente. He hablado con uno que lleva aquí varios días. Dice que esos oficiales comen aparte y les dan raciones especiales y muchas ventajas. ¡Mando permanente! Lo curioso es que se les ve en seguida. Ese maldito ayudante rezuma orgullo. —Clinton rebosaba de juvenil indignación, con la toalla entre sus manos finas y tostadas. Daba la impresión de un hombre demasiado joven y vital para que lo encerraran en esta atmósfera estéril.

Al principio sintió Peter el impulso de defender su arma contra este ataque de la infantería, pero en la indignación del capitán no había rencor. De manera que Peter lo tomó a broma:

—Ya me pareció que le hacía a usted mal efecto.

—Me molestó su actitud derrotista —dijo Clinton— aconsejándonos que no intentáramos escaparnos de aquí. Supongo que les fastidia la idea de que pudiéramos trastornar la rutina en que se encuentran tan a gusto. —Sentado en el borde de la cama, con su negro cabello alborotado, se ataba los cordones de sus botas de desierto, mientras repetía despectivamente—: ¡Mando permanente! ¡Tiene gracia!

—En cierto modo, tiene razón el ayudante —dijo Peter—. No iríamos lejos con esta nieve.

—Eso no es más que una disculpa, y hay que tener cuidado de que esta actitud no se convierta en un freno continuo. —Se puso en pie y empezó a arreglarse la cama—. En cuanto vea la menor oportunidad, saldré de aquí.

—Yo no sería tan optimista —dijo Peter.

Mientras se dirigía hacia el barracón final, donde, según le había dicho el ayudante, encontraría a sus compañeros de tripulación, pensaba Peter en John Clinton y en su juvenil indignación. También él había sido así en tiempos. Pero ahora, a los treinta años, se había hecho más tolerante. Llegó a la conclusión de que Clinton no tendría más de veintidós o veintitrés años. Seguramente habría ido directamente de la Universidad al Ejército.

Encontró a su tripulación en un pequeño cuarto con otros diez sargentos. Era increíble que cupiesen todos allí. Parecía no haber sitio más que para las literas de dos pisos. En la estufa de hierro ardía un buen fuego. Hacía un calor insoportable y un desagradable olor a calcetines usados, uniformes puestos a secar y humanidad prensada en aquel cuchitril.

Mac, el artillero de cola neozelandés, fue el primero en verlo:

—¡Peter! —exclamó—. ¡Chicos, mirad quién está aquí!

Peter entró. Todos sus compañeros se encontraban allí y se alegró de estar con ellos de nuevo, pero se sentía molesto de que su categoría de oficial le permitiera vivir en condiciones mucho mejores. Ya había experimentado esta molesta sensación en Inglaterra —a pesar de haber compartido con ellos el mismo bombardero— cuando la observancia de las jerarquías ordenaba que durmieran y comieran en diferentes secciones. Aquí, rodeados por el enemigo, parecía aún más absurdo.

Wally le dejó sitio cerca de la estufa. Estaba guisando algo en una lata cuyo contenido movía a intervalos con un palito.

—Precisamente estábamos hablando de ti —dijo Wally—. Creíamos que habías conseguido escaparte. —Y volvió a preocuparse de su guisado. El serio y metódico Wally se interesaba por lo que hacía ahora con la misma escrupulosidad con que pilotaba su avión. Era un hombre sin sentido del humor.

Peter fue sintiendo cómo le envolvía la cordialidad de sus compañeros con más fuerza que todas las diferencias de condición debidas a la jerarquía militar:

—Pues sí, estuve a punto de escapar —les dijo—. Llegué a entrar en Holanda pero me pescaron. Tuve yo la culpa, por andar al descubierto a plena luz del día. Y a vosotros, chicos, ¿qué os pasó?

—Junior no pudo alejarse mucho —dijo Wally—. ¿Verdad, Junior?

Éste asintió con la cabeza. Era canadiense y el miembro de más edad en la tripulación. Estaba echado en una de las literas de abajo, con ambos pies vendados.

—Se le cayeron las botas —explicó Wally—. Sí, se le cayeron las botas al abrirse el paracaídas y el tonto anduvo por ahí dos noches en calcetines.

—Ya te he dicho que no anduve gran cosa —protestó Junior.

—Bueno, pero es que cuando lo cogieron le hicieron andar siete millas en calcetines —dijo Mac en broma.

—El suelo era bastante blando —suspiró Junior adoptando una posición más cómoda en su camastro—. De todos modos, me las arreglé mejor que Mac.

Mac tenía una fea cicatriz en la frente y uno de sus ojos se le estaba volviendo amarillo. Evidentemente, poco antes había estado negro.

—¿Qué diablos te ha ocurrido? —preguntó Peter.

—Muy sencillo: caí sobre un árbol. El paracaídas se enredó en las ramas de arriba y me dejó colgando a unos quince pies del suelo.

—¿Y qué hiciste entonces? ¿Te soltaste del todo?

—Claro; y me caí de espaldas.

—¿Y así te pusiste negro un ojo?

—No; fue… de otra manera. Me arañé la cabeza al caer entre las ramas, pero lo del ojo me lo hizo un maldito campesino… Creí que estaba en Holanda.

Todos los aviadores presentes rompieron a reír y uno de ellos dijo:

—Es el típico artillero de cola. Fue un milagro que no se le ocurriera creerse en Inglaterra.

Mac no hizo caso de la interrupción.

—Me figuré que estaba en Holanda y me dirigí tranquilamente a una granja cercana donde pedí de comer —miró resentido a Peter—. ¿Qué crees que pasó entonces? Pues que el hijo de tal a quien le pedí comida me contestó con un directo al ojo. Me di cuenta de que no les era grata mi presencia y llegué a la conclusión de que no me encontraba en Holanda. El hombre empezó a gritarme en alemán, de modo que salí corriendo lo más ligero que pude. Después de la guerra vendré a buscar a este tipejo… —Se acarició tiernamente el ojo hinchado—. ¡Maldita sea…! Después penetré en un bosque y me dirigí hacia el oeste. Seguí así un par de días hasta que me pescaron unos fulanos vestidos de verde. Quise escaparme pero empezaron a disparar, tropecé con una raíz y me caí cuan largo soy. Pensé que lo mejor era quedarme quietecito allí tumbado. ¿Cuánto tiempo te han tenido en la celda, Peter?

—He salido hoy.

—Tengo aquí unas cosillas —Mac se abrió paso por entre la ropa tendida en la habitación y sacó de uno de los cajones de madera unas cuantas galletas y un pedazo de queso—. Me lo ha dado Aussie en la cocina. —Las galletas estaban sucias y el trozo de queso lo habían mordido por un pico, pero Peter aceptó encantado el obsequio.

Wally seguía moviendo el contenido de su lata sobre la estufa:

—Un momento, Peter; estamos haciendo un brebaje. Te vendrá bien para tomarlo con el queso. Dame una taza, Teddy.

El mecánico le entregó dos jarritas de las que habían usado para tomar el té por la mañana. Eran de barro, de las que se suelen utilizar para la cerveza. Wally las llenó del lechoso líquido.

—¿Qué es eso? —preguntó Peter.

—Son las tabletas de Junior. Pudo salvarlas del registro. ¿Cómo lo pasaste en la nevera, Peter? ¿Te visitó el tipo que dice que nos ha derribado?

—Sí. Me dijo que tú le habías explicado que nos perdimos.

Wally se rió:

—Lo siento, Peter, pero creí que diciéndole eso nos evitaríamos muchas preguntas molestas. Se enfadó conmigo. Le dije que nuestro aparato era un Anson. —Le entregó a Peter una de las jarritas humeantes y, abriendo la portezuela de la estufa, sacó media docena de patatas que se estaban asando allí.

—Parece que Mac ha tenido mucho que hacer —dijo Peter.

—Sí, yo soy algo así como el comisario —replicó Mac mientras distribuía las patatas calientes entre los sargentos—. En un sitio como éste se necesita un sindicato.

Peter pensó en la lealtad y la agudeza de Mac, un hombre que le sacaría al cautiverio todo lo que pudiera y volvería a la vida civil tan duro y despiadado como siempre, pero con una gran experiencia.

—Nos trasladarán a Lamsdorf dentro de pocos días —dijo Wally—. Hemos decidido no separarnos.

—Eso está muy bien —dijo Peter—. Yo, en cambio, no sé todavía a dónde me llevarán.

—Tú irás a un campo de oficiales —dijo Mac sin amargura—. Tendrás que cuidar de ti mismo, Peter. Si no lo haces tú, nadie se encargará de ello.

—Descuida —dijo Peter—. ¿Habéis pensado en escaparos?

—No hay la menor esperanza —respondió Mac—. Nos aguantaremos hasta que termine la guerra.

—Yo me dedicaré a estudiar —dijo Wally—. Aprovecharé la ocasión. Después de todo, tenemos la suerte de estar vivos. Ahora podemos prepararnos para una profesión o un empleo cualquiera para cuando termine la guerra. —Peter miró aquella cabeza grandota que parecía tallada en madera, con su mata de pelo revuelto, y decidió que Wally también se abriría camino en la vida.

—Luego vino un tipo con gafas, después del otro que dijo que nos había derribado. El de las gafas vestía de paisano y llevaba un distintivo de la Cruz Roja en el ojal. Nos presentó una hoja de la Cruz Roja para que la rellenásemos. Allí se nos preguntaba nuestra graduación, nombre, número… Luego empezó a preguntarnos otras cosas: la composición de nuestra escuadrilla, la carga de bombas que llevábamos… Desde luego, no tuve inconveniente en darle la graduación, el nombre, y el número, pero al darme cuenta del engaño, rompí la hoja. El tipo se puso lívido. Creí que le iba a dar un ataque. Porque, la verdad, no parecía muy fuerte. Para tranquilizarlo, le dije que había aprendido a volar en los Tigres.

—Ése fue el mismo que me visitó a mí —intervino Teddy, el mecánico, que procedía de Glasgow—. Me preguntó si me gustaría dirigirle unas palabras a mi gente por la radio, pero le contesté que mi familia no tenía radio en casa y no podrían oírme.

—¿Dónde te capturaron? —le preguntó Peter.

—Tuve poca suerte. Cuando se dio la serial de tirarnos, busqué mi paracaídas. Podría haber jurado que lo había dejado en su sitio, en la cola. Pero cuando fui por él, no estaba allí. Además, hacía un calor insoportable allí atrás. De manera que fui y pensé unos instantes y me dije: «Me lo he dejado junto a la escotilla de escape cuando subimos al aparato.» Mi idea había sido ponerlo después en su sitio, pero se me olvidó. Quise llegar hasta donde lo había dejado pero las llamas no me dejaban dar un paso. Tuve que ir gateando y allí estaba balanceándose en el borde de la escotilla abierta. Creí que iba a caerse de un momento a otro. Todos vosotros os habíais marchado hacía un siglo excepto Wally, que estaba sentado en su sitio con toda calma manteniendo el aparato en equilibrio. Cuando por fin pude ponerme el paracaídas y tirarme estaba a quinientos pies del suelo, de manera que me di un porrazo que me dejó sin sentido y cuando lo recobré estaba rodeado de soldados alemanes.

Peter se volvió hacia Wally para preguntarle lo que más le interesaba. Parecía imposible que el piloto hubiera salido vivo del aparato en llamas:

—¿Cómo pudiste salir vivo de aquella hoguera, Wally?

—No salí del aparato. Creí que me iba a estrellar cuando vi de pronto un lago y me tiré a él.

—¿Es posible que todo fuera tan sencillo?

—Sí; el lago era muy grande.

—De modo que te zambulliste con el avión… —dijo Peter. Sabía que de no haber sido por el lago, Wally no habría sobrevivido. Y de no haber sido por Wally, que no se había movido del aparato incendiado, haciendo frente a la muerte para que la tripulación pudiera escapar, ninguno de ellos habría conservado la vida—. De modo que te tiraste en medio de esta maldita Alemania.

—No era Alemania, sino Holanda —protestó Wally, imperturbable.

A la hora de almorzar encontró Peter un sitio junto a John Clinton, que era uno de los pocos prisioneros que vestían de caqui. Los de las fuerzas norteamericanas habían cambiado el dril caqui por la sarga azul de la R. A. F. que vestían los suboficiales y la escena le recordaba a Peter sus primeros días en la unidad de instrucción. La conversación giraba casi exclusivamente en torno a la aviación y Peter sentía simpatía por aquel militar silencioso que tenía al lado. Le preguntó:

—¿Cuándo lo detuvieron a usted?

—El diecisiete de diciembre.

—Exactamente el mismo día que a mí. Es extraordinario. ¿Cómo le trajeron a usted aquí?

—Por vía aérea —respondió el capitán con una mueca—. Siento decirlo, pero es la primera vez que he volado.

—No crea usted que la mayoría de éstos han volado mucho más que usted. Mientras más hablan de ello, menos tiempo han pasado en el aire.

—Ya me lo figuraba. Nunca me ha parecido bien que se hable tanto de estas cosas.

—En la otra guerra, en la del 14, se hablaba menos. ¿Quién es ese que está en la cabecera de la mesa? —El individuo venía intrigando a Peter desde que entró en el comedor. Tenía una cara que parecía cincelada de mala manera en roca caliza. Una de sus orejas era de las llamadas «de coliflor», como las que tienen los boxeadores. Vestía un «mono» camuflado de los que usan las unidades de paracaidistas.

—Es un oficial médico —le aclaró John Clinton—. Le han asignado una cama en nuestro cuarto. Es un individuo muy extraño. Trae una maleta llena de material quirúrgico.

—Es muy útil para nosotros tener a mano un cirujano. A lo mejor tiene también tabletas alimenticias.

Clinton, bajando la voz, le dijo a Peter:

—En nuestro cuarto pensamos abrir un túnel. Querríamos saber si usted está dispuesto a unirse a nosotros.

—Pueden ustedes contar conmigo —Peter miró al médico, que comía en silencio en la cabecera de la mesa. Parecía un hombre metódico y decidido, incluso inflexible—. Lo curioso es que no tiene aire de médico —dijo.

—Empezó como boxeador —le explicó Clinton— y luego decidió hacerse médico. Estudió y logró lo que se proponía. Cuando empezó la guerra trabajaba en una misión médica en los barrios pobres de Londres. Es la persona más amable que he conocido.

—Pero su aspecto…

—No importa. Es tan fuerte que puede permitirse el lujo de ser amable, como esos perros enormes…

Cuando terminaron de comer, Clinton le presentó el médico a Peter. El doctor propuso dar un paseo alrededor de los barracones. Parecía desde luego un boxeador y andaba con un típico balanceo de atleta. Llevaba un sweater caqui que le daba cierto aspecto de futbolista americano o de héroe de esas historietas que publican los periódicos.

No parecía muy convencido de la eficacia del proyecto de abrir un túnel:

—He estado hablando con el oficial médico alemán —explicó— y me dijo que si lo solicito me pueden trasladar a uno de los hospitales para prisioneros de guerra. Me llevarían vigilado por un guardia o, todo lo más, dos. Creo que tengo más posibilidades aceptando eso que permaneciendo con vosotros. Lo malo es que, si no consigo dar el salto por el camino, una vez entre en el hospital estaré bajo palabra de honor y no podré escaparme. Esto me preocupa. No sé qué hacer.

—¿Qué le parece a usted la idea del túnel? —preguntó Peter.

El doctor se rió:

—Ésa es una idea de Clinton. La verdad es que no tenemos ninguna probabilidad de terminarlo. No hay tiempo. El oficial médico alemán me dijo que dentro de unos cuantos días nos trasladarán a todos. Sería preferible que saltaran ustedes del tren en que los trasladen y que abandonen lo del túnel. Hace falta mucho tiempo para realizarlo.

—Adonde vayamos tendremos tiempo de sobra —dijo Clinton con sorprendente amargura.

—Cuando me trajeron aquí, hice un largo viaje en tren —les contó Peter —. No es tan fácil saltar de un tren como usted se figura. Le vigilan a uno sin cesar. Además, aunque lograra uno escaparse, no hay que olvidar el uniforme. Creo que lo mejor sería abrir un túnel en el campo a donde nos lleven. Así habría tiempo de preparar ropa adecuada y todo lo demás que hiciera falta.

—Yo no estoy dispuesto a que me lleven a un campo permanente. Tengo que huir antes. —John parecía desesperado.

—Hombre, no sé…

—Sí, sí. En los campos permanentes hay millares de individuos. Escaparse de allí es casi imposible.

—Creo que todos no intentarán escapar —dijo Peter—. Precisamente he estado hablando con mis compañeros de tripulación. Ninguno de ellos piensa hacer nada para fugarse.

—Lo harán, lo harán. —Clinton se paseaba a un paso terrible por el sendero que daba la vuelta al campo bordeando por dentro la alambrada. Andaba con tanta rapidez y energía como si ya estuviera emprendiendo la fuga—. Le digo que no haga usted caso de esos proyectos. La mayoría de ellos están atontados al principio pero luego cambian de idea. El momento adecuado para escaparse es ahora. Luego será demasiado tarde.

—He hablado también con el ayudante —dijo Peter—. Sigue recomendándonos que esperemos hasta encontrarnos en el campo permanente.

—A ése debían formarle consejo de guerra —dijo Clinton, que iba ya casi corriendo—. Debemos batir el hierro mientras esté caliente.

Aquella tarde hubo un concierto, organizado por el mando permanente, en el comedor. Sentado allí, en un duro banco de madera y mientras escuchaba la orquesta de jazz, bastante buena por cierto, pensaba Peter que lo mismo podría estar en cualquier aeródromo de Inglaterra. Las mismas canciones, los mismos arreglos sinfónicos de piezas de baile, los mismos coros sentimentales… Durante el descanso hubo convite de cerveza alemana. La segunda parte del concierto era ya más pretenciosa, al principio nostálgica y sentimental y luego grosera y obscena con canciones como Salomé y Mi hermano Silvestre. Fue una buena tarde en que lo único desagradable para Peter resultó una canción compuesta por los prisioneros y titulada Cuando termine la guerra. El derrotismo que se desprendía de su letra convenció a Peter de que todavía tenían que luchar contra muchas cosas.

Según la canción lo único posible era esperar a que terminase la guerra. Luego «las luces volverían a encenderse» y cada uno se encontraría de nuevo en su casa. Por lo visto, después no habría que preocuparse de nada.

Cuando regresó al dormitorio de su grupo, encontró Peter al médico cosiéndose un bisturí en el dobladillo de su chaqueta de paracaidista.

—Me marcho mañana —le dijo a Peter al verlo entrar.

—Buena suerte. Me gustaría ir con usted.

—También usted tendrá su oportunidad. —Miró su maleta de instrumental—. Siento tener que abandonar esto en el tren. ¿Le gustaría a usted quedarse con algo de lo que hay en la maleta?

Peter escogió un par de los instrumentos más afilados. No tenía ni la menor idea de cómo habría de usarlos, pero le pareció descortés no coger algo.

—Además voy a coger un par de vendas que pueden hacerme falta algún día. Y, si tiene usted Benzedrine, me vendrían muy bien unas tabletas. Podría necesitarlas para estar bien despierto.

El médico le dio las vendas y las tabletas y se metió en la cama, arropándose bien:

—Ahora tengo que dormir cuanto pueda.

También se acostó Peter, pero no pudo conciliar el sueño.

Clinton llegó algo borracho. Le dijo a Peter:

—¿Sabes, chico, que los de la R. A. F. no son tan malos como yo creía? Lo he pasado muy bien con ellos.

Durante los días siguientes, Peter vagaba desconsolado por el campo o charlaba con sus compañeros de encierro. Había una buena biblioteca en la «república» de los sargentos pero ahora que podía leer le era imposible sentarse tranquilamente a hacerlo. No había manera de encontrar la ocasión perfecta para fugarse; sin embargo, Peter no hacía más que dar vueltas en torno a la alambrada examinándola discretamente. En realidad, él sabía muy bien que aquél era trabajo perdido. La mayoría de sus compañeros parecían contagiados de su inquietud.

Al fondo del barracón había un cuarto que los prisioneros llamaban la antesala. Era una estancia bien amueblada y decorada con pinturas murales que se había entretenido en hacer un prisionero que pasó una temporada en ese campo. Representaban en su mayor parte escenas de cabaret y campestres, unos dibujos que, en un bar de Londres, quizás ni los hubiera visto Peter, pero que allí le llenaban de nostalgia.

Todas las mañanas, después del desayuno, se precipitaban los prisioneros para encontrar sitio en las pocas sillas de la antesala y allí se pasaban el día explicándose unos a otros incansablemente cómo los habían derribado, cómo los capturaron, etc. Llegó a convertirse aquella habitación en una especie de confesionario en el cual, a fuerza de hablar, se libraban del horror y de la sensación de fracaso que les había dejado su captura. Peter llegó a la conclusión de que casi todos ellos habían salido con vida por una chiripa; unos tranquilamente, casi de un modo imperceptible, como le había ocurrido a él; y otros en circunstancias horribles. Todos habían reaccionado de alguna manera. Unos retirándose a su propia intimidad, otros discutiendo a voces y exaltándose. Pero precisamente los más callados y tranquilos eran los que se despertaban de noche dando grandes alaridos.

Algunos de ellos no sabían con exactitud dónde habían caído. Casi siempre era una historia de reflectores, de metralla antiaérea, del insoportable olor a cordita quemada, el miedo creciente, y luego las implacables llamas, el humo negro y asfixiante y la mareante sacudida del paracaídas al abrirse.

A veces ocurría inesperadamente. Volaban tranquilamente durante millas y millas, después de haber realizado con buen éxito el bombardeo y charlaban animadamente bajo la luna y las estrellas viendo a una gran distancia los destellos de los reflectores que ya no podían descubrirlos. De pronto, el martilleo de unas balas de ametralladora o el desgarrador impacto de las granadas, al acercarse un caza por detrás. A veces respondían al ataque, pero casi siempre caían en tirabuzón, aterrados, y el aparato dejaba tras de sí una estela de fuego y humo.

Siempre se producía la misma desaparición del miedo al encontrarse frente al peligro verdadero, la tranquila aceptación de lo que iba a suceder y la enorme sorpresa, la inmensa sensación de alivio al encontrarse en tierra, fuera del fuego y del crepitar de los disparos.

No todos habían aterrizado con paracaídas. Algunos lo habían hecho en los mismos aviones. A algunos los habían sacado de las llamas sus compañeros y a otros los salvaron los propios soldados alemanes. Uno había llegado a tierra, desde una altura de siete mil pies, colgado boca abajo del correaje de su paracaídas. Otro no pudo moverse de su asiento, retenido por la fuerza centrífuga, cuando el aparato se precipitó hacia tierra. Luego el avión se hizo pedazos en el aire y él salió disparado con la suficiente consciencia para tirar de la cuerda de su paracaídas antes de desmayarse. Cuando se despertó hallábase en un campo labrado y tenía la ropa quemada. Pero no se había hecho daño alguno.

Allí, en Dulag-Luft, fue donde Peter escribió la primera carta a su casa; una carta difícil, pues no podía explicar cómo había llegado a encontrarse allí ni nada referente a sus capturadores. Pidió su ropa interior de abrigo y contó una serie de vulgaridades y de referencias veladas con las que esperaba tranquilizar a su madre, que sabría interpretar aquellas palabras. También le escribió a Roy diciéndole que su tripulación estaba de acuerdo en que se quedara él con el auto.

Pocos días después salieron los sargentos para Lamsdorf. Mientras los veía marchar, sintió Peter que perdía el último eslabón que lo unía con el mundo conocido. Al quedarse solo, no supo qué hacer. No se sentía con fuerzas para sumarse a las tertulias de la antesala. Allí era todo tan mezquino, tan sórdido, aquellas discusiones sobre si a uno le habían dado una rebanada de pan un poco mayor que a otro, aquel precipitarse para conseguir una silla… Y lo malo era que todo aquello resultaba contagioso y el mismo Peter acababa realizando muchas cosas de las que censuraba en su interior. En verdad, lo mismo le había ocurrido cuando se alistó; una multitud de adultos reunidos accidentalmente, sin lealtades comunes ni vínculos de ninguna clase. Después, cuando empezaron el curso de navegación aérea tuvieron por lo menos el objetivo común de los exámenes para la graduación, pero ahora no tenían nada. Ni siquiera la remota finalidad de procurar ganar la guerra. El porvenir se presentaba gris e interminable. Una infinita charla sobre cosas estúpidas, una infinita preocupación por el racionamiento y una absoluta falta de independencia a causa de la vida en racimo. Se metió las manos en los bolsillos del pantalón y dio otra vuelta a la alambrada. Llevaba la cabeza baja y los hombros encogidos: la actitud típica del pobre prisionero de guerra que ha perdido toda esperanza.

Aquella noche se enteró de que el médico paracaidista se había matado al tirarse del tren mientras lo conducían al hospital de Obersmassfeld.