Águilas en tinieblas
Capítulo V
D urante unas cuantas semanas Peter y John no hicieron más por el túnel de la cocina de lo que habían hecho por el túnel de Stewart en el abort . Hicieron de centinelas apostados en frías esquinas batidas por el viento, vigilaron horas y horas desde varias ventanas o se dedicaron a contar los alemanes que salían o entraban por las puertas del campo. Pero en el plan de Tyson formaban parte de la combinación aunque sólo ocuparan los puestos treinta y dos y treinta y tres en la lista. Así merecía la pena su aburrida labor de centinelas.
Como Tyson lo había previsto, los equipos de excavación tuvieron que pasar muchísimo tiempo reforzando las paredes del túnel y reparando los daños causados por las infiltraciones, antes de avanzar. Peter y John perdían las esperanzas; les parecía que nunca se movería el túnel ni entrarían ellos a trabajar en él.
Pero empezaron a animarse cuando un cierto número de sus compañeros de vigilancia y algunos de los que formaban parte del equipo de dispersión, hartos ya de tantas decepciones y demoras, se retiraron. De este modo adelantaron varios puestos en la lista.
Cuando empezó en serio la excavación, Peter y John eran ya miembros de una cuadrilla de dispersión y llevaban la tierra al barracón en las jarras de agua. La metían en bolsitas hechas de camisas y ropa interior. Algunas de estas bolsas se las colgaban del cuello con una cuerda y, llevándolas así a los aborts, tiraban el contenido en los boquetes. El resto de las bolsas las escondían bajo las literas y, en el breve intervalo entre el oscurecer y la hora del cierre, enterraban su contenido fuera de los barracones. Era un trabajo lento y fastidioso y sin el menor interés, pero de todos modos constituía un paso adelante. Era mejor esto que hacer de centinela.
Y una tarde, después de almorzar, llegó Tyson al cuarto de ellos.
—¿Estáis de verdad dispuestos a pasar un rato abajo esta tarde?
—Desde luego —dijo John.
—Muy bien. Venid a la cocina tan pronto como podáis. Poneos vuestros trajes de tunelistas bajo la ropa corriente y traeros un pañuelo o algo así para la cabeza.
Se marchó en seguida, dejando tras él un embarazoso silencio que rompió Saunders:
—No nos habéis dicho que estabais metidos en un dienst —dijo—. ¿Cuánto tiempo lleváis en esto?
—Poco tiempo —dijo Peter tratando de quitarle importancia—. No tenemos muchas probabilidades de salir. Ni siquiera estamos entre los diez primeros.
—Es una pérdida estúpida de tiempo —dijo Loveday—. ¿Por qué no sentaréis de una vez la cabeza? Tenéis que estudiar, como hago yo. Perfecciono mi mente. —Y se dio unos golpecitos en la frente—. El impulso de fugarse es una reacción psicológica natural. Cuando un individuo está encerrado, es natural que quiera escaparse. Pero debéis venceros. Fijaos en Otto, no pierde tiempo intentando escaparse, porque es un viejo kriegie. ¿Verdad, Otto? —y pinchó a Otto en las costillas con su largo y huesudo dedo —. Nosotros, los prisioneros de guerra veteranos, no hacemos ni tanto así por fugarnos, ¿eh, Otto? Estudiamos y perfeccionamos nuestro espíritu.
Peter miró a Otto, que sonrió y se encogió de hombros.
—¿Cómo os arreglasteis para que os admitieran? —le preguntó Saunders a John, que se había sumergido de nuevo en la lectura—. ¿Por qué os han escogido precisamente a vosotros dos?
John miró con aire inocente:
—Pues, la verdad, es que se fijaron en nosotros porque les parecimos tipos fuertes y decididos y nos pidieron que les hiciéramos el túnel.
—¡Tipos fuertes y decididos! —gritó Loveday—. ¡Qué fatuos sois! Y nosotros, ¿qué? Pero ya veo que el capitán Clinton tiene siempre que aislarse de los demás. No merecemos que se nos hable.
—Lo ha dicho en broma, Alan —dijo, conciliador, Otto—. No lo dijo en serio.
—Pues debe decir exactamente lo que piensa —replicó Loveday—. No hay manera de vivir tranquilos en sociedad con tantas bromas y dobles sentidos. Pero ¿por qué no nos dijisteis que trabajabais en un túnel?
—No creímos que os interesara. —Peter sacaba a toda prisa su ropa de fútbol de su alacena.
—¿De manera que no me creéis capaz de interesarme por eso? ¿Por quién me habéis tomado? ¿Creéis que no soy leal a nuestro grupo?
—Vamos. —Peter le tiró a John su ropa—. Ya debíamos estar allí, John.
—Bueno, vamos. —John puso el libro en el estante de su litera y empezó a cambiarse de ropa.
Las escenas que veía en la cocina central le recordaban a Peter la disposición de un ballet moderno. Los cuatro fogones, como enormes calderas de brujas, tapaban la pared del fondo. Debajo del último de los fogones, que ya no se usaba, se abría la estrecha entrada al túnel; y a su lado, la trampilla hecha de cemento sobre madera. A cada lado, unas ventanas pequeñas iluminaban las figuras de los pinches que atendían a los fogones y el primer equipo de los tunelistas que acababan de salir a la superficie. Éstos vestían camisetas de lana y pantalones largos remendados con parches de múltiples colores, como los arlequines. Llevaban gorros de lana o pañuelos atados a la cabeza y, como los bailarines, iban descalzos.
Tyson, ya vestido de tunelista, esperaba a que acabaran de salir.
—De prisa, chicos —les decía.
Peter y John se quitaron rápidamente la ropa de encima y se unieron al nuevo equipo que esperaba para bajar. Hacía frío y sintieron escalofríos. Tyson se deslizó el primero por debajo del fogón y, después de mucho gruñir y esforzarse, desapareció. Peter, yendo tras él, encontró un boquete de unos dos pies cuadrados en el suelo. A un lado había una escalerilla y al fondo del pozo brillaba una luz que iluminaba las piernas de Tyson mientras se arrastraba. Antes de desaparecer le advirtió a Peter:
—Ten cuidado. Baja despacio por la escalera.
En el fondo del pozo había una cámara cuadrada en la cual un hombre en cuclillas hacía funcionar una tosca bomba de aire que parecía un acordeón. A su lado, la lámpara le iluminaba su rostro sudoroso. Las paredes y el techo de la cámara y la boca del túnel que se abría allí mismo, estaban recubiertos de madera, tablones de cama puestos uno al lado del otro; pero el suelo era fangoso.
Tyson seguía con medio cuerpo dentro del túnel y medio fuera. En ambas manos llevaba lámparas humeantes, una de las cuales pasó a Peter.
—¡Sígueme!
Hablaba en un susurro como si pudieran oírlo a través de doce pies de tierra.
El túnel, una vez que se hubieron alejado de la cámara, no estaba ya recubierto de madera. De las paredes y del techo brotaba agua que formaba largos charcos en el suelo. Peter, mientras se retorcía detrás de Tyson en la oscuridad, sentía que la frialdad del agua le calaba hasta los huesos.
Después de arrastrarse más de quince pies, la luz de enfrente dejó de moverse y cuando Peter llegó a aquel punto encontró a Tyson asomado a un agujero que se abría en el suelo del túnel.
—El verdadero túnel arranca del fondo de este pozo. El de arriba es sólo un engaño. Camuflamos la entrada de este pozo cada vez que salimos, de manera que si los goons descubren el túnel superior creerán que termina aquí. En tal caso se limitarían a rellenar el pozo de la cocina y este pedazo de túnel y cuando pasara algún tiempo podríamos llegar al túnel de abajo abriendo otro pozo. De ese modo sólo perderíamos este pequeño trozo de encima y salvaríamos el que de verdad nos importa. —Se rió entre dientes y bajó por la segunda escalerilla a la galería inferior.
Peter, dominando su pánico, lo siguió. En realidad, esto es lo que él había deseado tanto. Ahora que lo había conseguido, debía aceptarlo tal como era.
Aquello parecía de una grandísima profundidad. El segundo pozo daba la impresión de ser cien veces más profundo que el primero y de que nadie podría ayudarles desde la superficie. A intervalos, donde había habido desprendimientos de tierra, se alabeaban peligrosamente los pedazos de madera de revestimiento. Peter tuvo que controlar sus nervios para poder continuar.
Le parecía llevar ya media hora arrastrándose cuando alcanzó a Tyson, que había llegado al final del túnel.
—Tú trabajas aquí —le dijo Tyson—. Aquí tienes un cuchillo. La tierra que saques la vas poniendo sobre este tobogán. —Y le enseñó una vasta bandeja de madera de unas dieciocho pulgadas de largo por doce de ancho—. Cuando tires de la cuerda dos veces yo lo subiré hasta el pozo inferior, lo pasaré al túnel de arriba y Clinton lo mandará al otro pozo en otro tobogán. Ahora comprenderás por qué necesitamos tanta gente.
Cuando Tyson lo dejó solo, conoció Peter el silencio más completo de su vida. Parecía como si los dieciocho pies de tierra que había sobre su cabeza presionaran sobre ésta sin cesar. Pero al cabo de un rato oyó el débil silbido de aire producido por la bomba que manejaba el hombre de la cámara. Ese aire circulaba por una tubería fabricada con latas de mermelada unidas unas a otras por los extremos desfondados. Este tubo de metal recorría el túnel superior, bajaba por el segundo pozo y a lo largo de la pared del túnel inferior. Esa tubería y la cuerda para tirar del tobogán eran la comunicación de los tunelistas con el mundo exterior. Peter cogió el cuchillo y empezó a quitar tierra de la pared frente a él.
Una hora después le mandó parar Tyson. John ocupó el lugar de Peter a la cabeza del túnel, mientras que Peter se ocupaba de transportar la tierra. La cuerda, hecha con trozos de bramante de los paquetes de la Cruz Roja, le cortaba las manos, y le dolían los hombros del esfuerzo de tirar del pesado tobogán. Ya tenía ampollas en las palmas de las manos de manejar el cuchillo y al descargar la tierra en latas de mermelada para pasárselas a Tyson, que estaba a la entrada del pozo, empezó a pensar que lo del «tunelismo» era más duro de lo que él había creído.
Cuando pasaron las dos horas, la primera cuadrilla subió a la superficie. Ahora comprendía Peter por qué los tunelistas a quienes habían relevado ellos se tambaleaban cuando salieron al suelo de la cocina. Había pasado dos horas sudando y tenía la ropa interior de lana empapada tanto de sudor como de la humedad del túnel.
Los compañeros les habían preparado un baño de agua caliente; era un auténtico baño de hierro galvanizado. Peter desconocía que existiera una cosa así en el campo de prisioneros. Sentado en el agua tibia y fangosa, empezó a pensar que quizás no fuera tan duro el tunelismo.
El túnel avanzaba y cada vez le parecía a Peter que había más probabilidades de escapar. Seguía jugando al fútbol en el equipo de su barracón, pintaba decoraciones para el teatro, se paseaba a veces por el circuito y les hacía retratos a pluma a sus compañeros de prisión; pero siempre estaba pensando en el túnel. Desde que se despertara hasta la hora de dormir tenía en la mente el confortador pensamiento del largo y resbaloso túnel, casi asfixiante, que les permitiría un día a John y a él pasar por debajo de las alambradas y salir a aquel mundo, ya irreal para ellos, que estaba a tan poca distancia y, sin embargo, tan lejos. Siempre que andaba por el sendero entre la cocina y el campo ruso sabía que andaba sobre el túnel, se recordaba tendido allí oyendo los pasos de los que pasaban por encima, como él ahora.
Le encantaba trabajar en el extremo del túnel. Tendido sobre el estómago, arrancando tierra frente a su cara sin que nadie lo viera, tenía la sensación de estar haciendo una labor positiva y hallarse a cada momento más cerca de la libertad. Sobre todo, estaba solo, más solo de lo que pudiera estar en ningún sitio del campo. Arriba, en el atestado barracón o en el circuito, siempre se hallaba rodeado de sus compañeros, de sus charlas con frecuencia fastidiosas y de la proximidad física tan desagradable. En cambio, en el túnel existía una perfecta soledad y Peter canturreaba mientras sacaba la dura tierra y lamentaba que se acabara su turno y le tocase volver a su puesto en el pozo.
Una tarde, cuando ya los habían encerrado para pasar la noche, charlaban John y Peter en voz baja sentados en la litera del primero. Como es natural, hablaban del túnel.
—Es curioso —dijo Peter—. Me produce la misma sensación que estar con una mujer. —Se reía con una leve sensación de vergüenza—. Cuando estoy allí solo, aquella paz me deja tan tranquilo como cuando se ha estado con una mujer.
—En fin, que es una especie de simbolismo —dijo John.
—No sé; quizás. No creo que sea porque aquello nos acerque a la libertad, sino por el túnel mismo. Es como retirarse del mundo, casi como volver al vientre materno. Quizás sea una tontería. Creerás que me estoy volviendo idiota.
—No te preocupes, a mí me ocurre algo parecido.
Peter se rió:
—¡Ah! ¿También a ti?
—Yo preferiría una mujer —dijo John.
De pronto, Loveday los interrumpió:
—Ya sé de qué habláis —gritó—. Estáis hablando de mí. Siempre tenéis que meteros conmigo. ¿Por qué no os ocupáis de vuestros asuntos?
Peter lo miró asombrado.
—No seas imbécil; no tenía nada que ver contigo.
—Entonces, ¿de qué hablabais? ¿Por qué hemos de tener secretos entre nosotros?
—Te digo que no era nada referente a ti —dijo Peter.
—Pues yo he visto que Clinton me miraba continuamente.
—Te miraba porque respirabas con dificultad —dijo John—. Creí que te ibas a desmayar o algo así.
—Estaba haciendo sus ejercicios yogui —dijo Saunders.
—Eres muy listo, Clinton —prosiguió Loveday—. Sois todos muy listos. —Y miraba a su alrededor con ojos alocados—. Pero yo sé defenderme, no os saldréis con la vuestra. Ya sé lo que estáis tramando.
—Bueno, como quieras —dijo Peter—. ¿Quieres que lo dejemos de una vez?
—Una manera muy fácil de libraros de mí.
Loveday volvió a caer en un molesto silencio. El ambiente se había cargado de resentimientos.
—Vamos a hacer cualquier brebaje —propuso Otto—. Es cerca de las nueve. La jarra está sobre la estufa desde las seis.
Ninguno contestó.
—Bueno, voy a ver si ha hervido. —En el momento en que Otto iba a salir de la habitación se apagaron las luces—. Ahora tendremos que esperar. —Encendió la lámpara.
—Saunders, ahora te toca a ti contar algo —dijo Hugo—. Procura que sea lo más picante posible.
—Os contaré lo que nos pasó en Montreal.
—Está bien, pero suprime los detalles inútiles —le advirtió Hugo.
—Acercaos, no quiero que se enteren nuestros vecinos.
Rodearon a Saunders, el cual, grotesco con su casco balaclava y su andrajoso capotón, empezó su historia.
—Fue mientras hacíamos la instrucción en el Canadá. —Se peinó hacia arriba los bigotes con el reverso de la mano—. Bueno, yo ya había terminado mi instrucción. Nos mandaron a la escuela de tiro. Habíamos fracasado en la parte de aeronáutica… No, no fue entonces. Me estoy confundiendo. Ocurrió después de haber terminado en la escuela de tiro, cuando volvíamos a Inglaterra.
—¿Qué importa todo eso? —preguntó Hugo.
—Hombre, tengo que localizar bien mi historia.
—Tienes razón, Saunders —le dijo John—. Tómate el tiempo que necesites.
—Sí, ha pasado mucho tiempo desde que ocurrió aquello y han ocurrido después otras muchas cosas.
—Está bien, hombre —dijo Hugo—. Lamento haberte interrumpido.
—Entonces, ¿está todo claro? —preguntó Saunders.
—Sí, sí, sí…
—Bueno, de manera que estábamos en Montreal, lo recuerdo muy bien porque todos los letreros estaban en francés. Circulaban muchos coches de caballos y alguien me dijo que la gente de allí no sabía hablar inglés…
—Extraordinario —murmuró Hugo.
—Todo el mundo debía saber hablar inglés —dijo John solemnemente.
—Eso mismo les dije yo. Imaginaos una ciudad en medio del Canadá y la mitad de sus habitantes no saben una palabra de inglés.
—Después de la guerra enviaremos allí una misión —dijo John— para enseñar inglés a los canadienses. Haremos presidente a Saunders.
—Que siga con su historia —dijo Peter.
—Pero si no hablan inglés es inútil que cuenten nada —dijo Hugo.
—Ella, por lo menos, aseguró que no lo hablaba —continuó Saunders—. Seguramente, la habrían importado de Francia.
—Sería mejor que empezaras por el principio —sugirió John.
—Muy bien. Estaba yo en Montreal…
Se encendieron las luces.
—Lo dejaré para luego —dijo Saunders—. Dentro de un rato volverán a apagarse.
—Haremos el cacao mientras tanto —dijo Otto.
—Es el único adulto entre todos vosotros —dijo Loveday cuando Otto hubo salido—. No sois más que unos críos.
Se produjo un breve silencio, pues nadie quería empezar una discusión. Entonces volvieron a apagarse las luces.
—Vamos a ver, Saunders —le animó Peter—, ¿cómo seguía esa historia?
—Veréis. —Saunders encendió la lámpara—. Acercaos aquí. Ven tú también, Loveday. Bueno, ¿por dónde iba?
—Estabas en Montreal —le recordó Peter.
—¡Ah, sí! Pues nos habíamos detenido para unas horas, camino de Halifax. Regresábamos a Inglaterra… o quizás no. Es muy posible que hubiéramos acabado en aquellos días nuestro curso de aeronáutica.
—Ya habíamos aclarado todo eso —dijo John—. Estabas en Montreal y aquella gente no hablaba inglés.
—Sí, sí; eso es. Tuvimos que cambiar de tren o algo así. Lo cierto es que nos encontrábamos en Montreal sin nada que hacer por una o dos horas.
—¡Cielos! —exclamó Hugo—. ¡Qué estupendo no tener nada que hacer durante un par de horas!
—Sigue, Saunders —le dijo Peter.
—Pues como decía, había muchos coches de caballos en forma de cochecitos muy grandes para niños, pero con caballos, ya saben ustedes a qué me refiero. Tomamos uno y le dijimos al cochero que nos diera una vuelta por la ciudad… El cochero era un carcamal; he visto pocos hombres tan viejos como él. Arrancamos al trote, tan contentos. Nunca he sido muy aficionado a contemplar monumentos, pero pasearme en un coche abierto como aquél y mirar a la gente que pasa por la calle, me gustaba mucho. Era un día caluroso y las chicas llevaban ligeros vestidos de verano. Las tiendas tenían echados los toldos. Subimos hasta lo alto de Mont Royal, que es una especie de colina con un parque arriba de todo y desde allí contemplamos la ciudad. Luego bajamos a la ciudad y miramos desde allí el monte. Yo tenía ya mucha sed y le dije al cochero que nos llevara a algún sitio donde pudiéramos tomar una taza de té.
—Un inglés típico —dijo John.
Saunders guiñó un ojo:
—Eso mismo debió de pensar el cochero. El viejo diablo me miró malicioso y me dijo: «Quieren ustedes un buen sitio, ¿eh?» «Sí —le dije—, llévenos al mejor sitio que haya». Entonces nos llevó al extrarradio. Había allí muy buenas casas, como las de Kensington. Y no se veían tiendas ni salones de té por ninguna parte, de modo que empecé a preguntarme adónde diablos nos llevaría aquel viejo idiota. Paró el coche frente a una casa magnífica con columnas y escalinata. «¿Es aquí?», le pregunté. Me contestó que sí. Diablos, pensé, esto va a costarnos un dineral. Pero venía conmigo Dicky Hawthorne, que no es hombre de volverse atrás. «Dile que espere —me encargó— y así podremos marcharnos en seguida si no nos gusta».
»Le dije al cochero que nos esperase y él volvió a sonreírme con gran malicia. Era un hombre que se tomaba mucha confianza. Todavía me parece estar oyendo su risita mientras subíamos la escalinata. En fin, subimos y tocamos la campanilla. Volví la vista un momento hacia el coche y vi que el vejestorio se había puesto la gorra sobre los ojos preparándose para un buen sueño. Abrieron la puerta y apareció una señora vestida de negro. Yo creo que era tan vieja como el cochero. Su vestido negro estaba adornado con unas cuentas negras muy brillantes.
»Pero tenía un aspecto muy digno. Cubría su cabeza con un gorrito de terciopelo negro como el que solía usar mi abuela y un crucifijo colgaba de una larga cadenita dorada. También usaba pendientes. Ahora que lo pienso, me parece que iba maquillada. No puedo asegurarlo, pero se diría que era de buena familia. La saludé; entonces yo no era más que sargento y no tenía tanto mundo: “Buenas tardes, señora; el cochero nos ha traído”. Es todo lo que se me ocurrió decir.
—Fuiste muy sucinto —dijo John.
—En fin, la señora nos llevó a una especie de salita de espera a un lado del vestíbulo. Estaba decorada de un modo muy moderno, con las puertas pintadas en rojo y adornos plásticos pegados a las paredes. Los muebles eran cromados, había buenas butacas forradas de rojo y la alfombra era tan gruesa que los pies se hundían en ella como al entrar en el Gaumont. ¡Y los dibujos de las paredes! —Saunders emitió un silbido de admiración—. ¡Qué dibujos! He recorrido casi todo el Oriente Medio, pero nunca he visto unos dibujos como aquéllos.
En ese momento se encendieron las luces.
—Sigue —dijo Peter—. ¿Qué ocurrió entonces?
—No, no —protestó Saunders—. Tenemos que guardarlo para luego.
—Hombre, ya casi habías acabado —dijo Peter.
—No, apenas había empezado. Tenéis que esperar hasta que se vuelvan a apagar las luces.
—No se apagarán porque hay un goon en los lavabos —anunció Otto que entraba con la jarra de agua caliente.
—Te has perdido el segundo folletín de la historia de Saunders —le dijo Peter.
—No te preocupes. Se dará un resumen de los capítulos anteriores antes de empezar el tercero —dijo John—. Antes de entrar en situación necesita referirse a lo anterior. De todos modos, las luces se apagarán dentro de un minuto.
—No lo creo. —Otto estaba serio.
—¿Por qué no?
—El goon.
—Déjate de bromas —dijo Peter—. ¿Lo dices en serio?
—Sí, es el Hauptmann Mueller. —Otto vació medio paquete de cacao en la jarra de agua caliente.
—¿Y los del túnel? Ahora estaban trabajando.
—El tipo llegó desde el extremo del otro barracón. Varios muchachos lo entretuvieron hablándole mientras volvían a poner la trampilla. A algunos les ha cogido dentro y tendrán que quedarse allí hasta que el goon se vaya. No pueden exponerse a que los descubran llenos de barro.
—Espero que no se quede mucho tiempo —dijo John.
—Me extraña que haya venido. —Peter se levantó—. Es mejor que escondamos las bolsas, John. —Recogió las bolsas que tenían guardadas entre las latas debajo de la litera de Saunders—. ¿Dónde las metemos?
Saunders hizo la sugestión habitual, pero nadie se rió:
—Echadlas en los retretes.
—Entonces tendríamos que hacer otras.
—Un solo hombre no puede registrar todo el barracón —les dijo Otto—. Están bien debajo de la litera.
—¡Un goon en el barracón! —Fue circulando en voz baja el habitual aviso, insólito a aquella hora de la noche.
Oyeron a Stewart que saludaba al alemán a su entrada en el barracón:
—Buenas noches, Herr Mueller. ¿Viene usted a tomar una tacita de algo?
—Esta noche, no; gracias, míster Stewart.
El alemán parecía preocupado.
Peter se asomó a la puerta del cuarto y vio al oficial parado en el pasillo. Estaba solo. Empezó a andar lentamente mirando al interior de cada compartimiento conforme pasaba ante ellos.
—¿Busca usted algo, Herr Mueller? —le preguntó uno.
«¿Qué demonios querrá? —pensó Peter—. ¿Se habrán olido algo? Si registran bien los lavabos y encuentran el túnel, seguirán registrando por todo el barracón, y ¿qué ocurrirá entonces con nuestras bolsas? Si nos encierran en la nevera perderemos nuestros puestos en el dienst de la cocina. No debíamos haberles dejado abrir el túnel en los lavabos. Ha sido una imprudencia lamentable.» Volvió a sentarse a la mesa. Mueller estaba ya en el umbral del cuarto.
—Buenas noches —dijo Peter.
El alemán entró sin hablar. Era un hombre de nariz aguileña, barrigudo y con gafas de concha que le aumentaban sus pálidos ojos azules.
—¿Una taza de cacao, Herr Mueller? —Hugo se levantó para hacer los honores.
—No, gracias. —Mueller, parado a la entrada del cuarto, con los dedos pulgares metidos en el cinturón de cuero que sostenía su pistola automática en la sucia vaina, miraba fijamente a las dos pin-up girls pegadas en la pared encima de la litera de Saunders.
—Ésa me gusta —dijo—. Pero esa otra no. Quizás sea porque es demasiado delgada.
Saunders se sintió herido en su amor propio.
—No sé. Yo preferiría dormir con ella que con un guardia.
A Mueller le brilló la mirada. No podía creer lo que decía Saunders.
—So? ¿De modo que en Inglaterra no está prohibido dormir con los guardias?
Todos se rieron con tantas ganas que Mueller se puso muy colorado y, desconcertado, se marchó en seguida, no sólo de aquel cuarto, sino del barracón.