Águilas en tinieblas
Notas
CAPÍTULO X
A la mañana siguiente, mientras desayunaban, entró Stewart en el cuarto. —Buenos días, chicos.
—Hola, Stewart —dijo Peter—. ¿Qué pasó anoche? ¿Sabes algo?
—Sí. —Stewart estaba muy serio—. Anoche mataron a Loveday.
Se quedaron todos muy impresionados y en silencio. Por fin, preguntó Saunders:
—¿Quién lo mató? ¿Los goons?
—Me lo ha contado el jefe británico. Por lo visto, habían encargado a uno de nuestros asistentes que lo acompañara todo el tiempo, pero salió un rato en busca de cigarrillos y en su ausencia Loveday se subió al tejado en pijama.
—¡Pero si llovía torrencialmente! —dijo Saunders.
—Se tiró luego del tejado —continuó Stewart— e intentó saltar la alambrada cerca de la puerta principal. Lo vio un centinela y le ordenó que bajara. Loveday no hizo ningún caso, y el centinela le atravesó el estómago de un tiro.
—Pero ¿es que trataba de escaparse? —preguntó Saunders.
—No lo creo. El jefe británico me dijo que cantaba y gritaba con toda la fuerza de sus pulmones.
—Ese centinela asesino… —dijo Saunders.
—Uno de vosotros debe asistir al entierro —le dijo Stewart—. Será mañana por la tarde. El que vaya debe llevar uniforme y gorra. Los alemanes le rinden honores militares.
Cuando se marchó Stewart, se sentaron los cuatro y se miraron apenados.
—Yo no voy —dijo Saunders—. No, no me gustan los entierros. Pero, pensándolo bien… —vaciló—. No, decididamente, no iré.
—Yo iré —dijo Hugo—. Será estupendo alejarse de las alambradas durante unas horas.
Peter se aclaró la garganta:
—No pretendo reclamar privilegios, pero a John y a mí nos sería utilísimo asistir al entierro. Podríamos observar el terreno por estos alrededores.
—Es evidente —dijo Saunders—. Uno de vosotros dos debe ir.
—Lo siento, no pensé en ello —dijo Hugo—. Decidid vosotros cuál de los dos irá.
—Es mejor que vayas tú, Peter, ya que eres de la R. A. F. Además, en todo el campo no encontraremos un buen uniforme del ejército.
—Yo tendré que pedirlo prestado —dijo Peter—. No sé si Stewart me prestaría su guerrera.
—Serás comandante por un día —le dijo Saunders.
Cuando Peter bajó al túnel aquella mañana, le parecía que alguien le había hecho un importante regalo. Salir de las alambradas por unas cuantas horas, pasar por el pueblo y ver gente que vivía normalmente… Procuró contener su alegría, darse cuenta de que iba al entierro de Loveday. Pero se disculpaba a sí mismo de ese contento porque iba a reconocer el terreno para su inminente fuga. Tenía la sensación de que le había tocado un gran premio en un sorteo.
El túnel estaba casi terminado y Peter estaba ya convencido de que nada podría evitarles la fuga.
A última hora habían tropezado con una capa de piedras grandes y lisas que probablemente, opinaba Tyson, habían formado en tiempos el lecho de un río. En aquel lugar era aún más húmedo el subsuelo, pero, superado aquel obstáculo, el túnel había avanzado hacia la superficie a través de una tierra más seca. Pero había muy poco aire a causa de la inclinación y Peter tenía que volver a la base de la pendiente, de vez en cuando, para respirar. Acababa de volver al punto más avanzado para seguir trabajando otro rato cuando la lámpara que llevaba sujeta a la cabeza empezó a gotear y llenó el túnel de un humo acre.
«Me arrastraré otra vez hasta abajo y charlaré allí con John —pensó Peter —. Así se despejará un poco el aire.»
Cuando llegó al sitio donde John debía estar trabajando, no encontró a nadie. Le pareció extraño, subió la escalerilla del pozo en la oscuridad y gateó por el túnel de arriba. No había luz ninguna y el silencio era absoluto. Con un pánico repentino, Peter se apresuró a llegar al fondo del pozo de entrada procurando dominar el miedo. Creyó que estaba solo, que los demás se habían marchado y lo habían dejado enterrado. Jadeaba en la oscuridad. De pronto tropezó con John.
—¿Qué diablos ocurre? —le preguntó—. ¿Por qué han apagado las luces?
—Los goons están registrando la cocina —murmuró John—. Yo venía en tu busca. Los chicos han cerrado la trampilla y tendremos que quedarnos aquí hasta que termine la inspección.
—Ojalá no convoquen un appel. —Era la voz de Tyson que llegó, suave, por la oscuridad.
—¿Crees que sospechan algo?
—Lo dudo —murmuró Tyson—. Es sólo la inspección rutinaria. Aquí hace un frío que pela.
Peter se dio cuenta de que también él sentía un frío atroz ya que la tierra mojada le absorbía todo el calor del cuerpo. Temblaba de frío.
—Voy a arrastrarme hacia la salida del túnel. Será mejor hacer ejercicio.
—Yo te acompaño —dijo John.
Se detuvieron en la boca del segundo pozo para respirar un poco.
—¿Cuánto tiempo crees que estaremos aquí dentro? —preguntó Peter.
—Pronto será la hora de almorzar; tendrán que terminar pronto. —Se habían sentado uno frente a otro en el túnel de arriba, con las piernas colgando por el pozo.
—Cada vez se respira peor —dijo Peter.
—Me gustaría tener un cigarrillo.
—Seria peor. Sabe Dios lo que será esto el día en que cuarenta de nosotros ocupemos el túnel en espera de salir.
—Entonces estará abierta la salida y entrará algún aire —dijo John—. Me alegro de que nuestros puestos sean los primeros.
—Yo también —dijo Peter—. No creo que este aire dure mucho.
—Durará lo bastante para que salgamos —dijo John—. Hay suficiente para unas horas.
—Volvamos para ver qué pasa. —Peter quería acercarse al pozo de entrada. Llegaron al fondo del pozo, donde estaba Tyson acurrucado.
—Hace un momento había arriba un movimiento impresionante —les dijo —. Parecía como si todo el ejército alemán estuviera en la cocina.
—Probablemente será un registro blitz.
—Aquí el aire está muy mal. —Tyson parecía preocupado—. Es mejor esperar un rato y, si no oímos nada, daremos por cierto que los goons se han marchado. Si levantamos la trampilla con cuidado podemos echar una ojeada y respirar un poco.
Se quedaron media hora más en la obscuridad del túnel, jadeantes. El aire se hacía irrespirable y el frío los tenía inmovilizados. Muy juntos en la pequeña cámara del fondo del pozo, podían generar algún calor. Tyson había desconectado el tubo de la bomba de aire y hacía funcionar el aparato para cambiar un poco de aire.
Peter, sentado en el suelo y con la espalda apoyada contra el muro de la cámara, esperaba que los alemanes no los descubrieran. Comprendía ahora que lo había puesto todo en el túnel; que mientras más cerca estaban del momento de la fuga, más importante se le había convertido el túnel. Y era extraño esto, porque desde que Loveday se marchó de su grupo había disfrutado de su encierro.
Y ahora Loveday había muerto. Se preguntó qué le habría hecho saltar la alambrada. Habían hablado de él cuando ocurrió aquello. Recordó las observaciones de sus compañeros cuando oyeron los disparos y cómo les había preocupado si aquello afectaría al túnel de Peter y John. Ahora estaba ya muerto. Quizás fuera mejor así. Se tranquilizó con el viejo tópico, como si la muerte fuera mejor que la peor vida. ¿Qué habría inducido a Loveday a escaparse por el tejado, en pijama y además cantando y gritando, según había dicho Stewart? Luego se había precipitado hacia la alambrada y había intentado saltarla. El centinela de fuera, que pasaba ante la alambrada, se había detenido frente a él ordenándole bajar. El centinela le advirtió que dispararía, pero Loveday no le había hecho caso. Estaba lloviendo y Peter se lo podía figurar en su pijama demasiado corto, con el cabello pegado a la cara por la lluvia, subiendo por los alambres espinosos y cantando. Cantando mientras la lluvia lo empapaba. ¿Qué habría cantado? Quizás un himno. El centinela, en su pánico, le había disparado al estómago. Tres tiros y luego la ráfaga de la ametralladora desde una de las torretas, una ráfaga disparada a ciegas, histéricamente, y Loveday, con las entrañas hendidas por el plomo, había dejado de cantar. Peter se sentía mal al pensar en aquello. Quizás hubiera tenido él en parte la culpa. Quizás si todos los del grupo hubieran sido más comprensivos… Quiso desterrar este pensamiento, pero volvía insistente; tenía que aceptar algo de la culpa. Podía haber hecho un esfuerzo. Recordaba las palabras de Hugo. «Eso lo lleva dentro. Nosotros no podemos hacer nada…». Pero no se convencía. ¡Qué ligados estaban todos ellos; cuánto dependían unos de otros! Era imposible llevar una vida «libre de todo cuidado». ¿Qué había dicho Marco Aurelio? «Siempre que lo desees, podrás retirarte en ti mismo y descansar libre de todo cuidado». Algo así.
—Debe de haber pasado media hora —dijo John.
—Yo estaba pensando en lo mismo —dijo Tyson—. Iré a ver qué pasa. — Subió por la escalerilla, pero bajó en seguida—. Había olvidado que no se puede abrir la trampilla por abajo. Tienen que retirar el fogón.
—Entonces tendremos que esperar —dijo John.
Peter pensó en la discusión que habían tenido sobre el centinela. Saunders lo había censurado duramente diciendo que había asesinado a Loveday y él, Peter, había disculpado al soldado. ¿Cómo iba a saber que Loveday estaba loco? Suponiendo que hubiera estado cuerdo y que el centinela lo hubiera dejado bajar por fuera de la alambrada, podía haberlo conducido otra vez al interior del campo. Pero entonces, otros habrían intentado saltar la alambrada. Si a unos cuantos hombres armados se les encarga vigilar a un millar de prisioneros tienen que disparar, si han advertido que lo van a hacer, en el caso de no ser obedecidos; en caso contrario, perderían toda autoridad. Saunders había añadido que el centinela podía haber disparado a una pierna o a un brazo. Pero, en una noche de lluvia y de tormenta como aquélla, era muy difícil semejante precisión. Además, el hombre se había asustado. ¿Quién no se asustará ante una figura enloquecida, cantando a todo pulmón y escalando las alambradas bajo la lluvia? Pobre Loveday, ¡qué manera de acabar su vida!
—Ya habrá pasado hace mucho la hora de comer —dijo John.
—Creo que los goons habrán pasado lista otra vez —dijo Tyson.
—¿Qué ocurrirá si nos echan de menos?
—No pasará nada, porque los compañeros lo arreglarán. Podrán cubrir muy bien nuestra ausencia. Solamente somos tres.
«Sí —pensó Peter—, ahora estarán pasando lista. Los compañeros nos cubrirán y los alemanes no se darán cuenta de que faltamos. No podemos ser descubiertos ahora. Nos faltan sólo unos cuantos días para vernos en libertad. No es posible que nos descubran ahora.»
Pensó de nuevo en Loveday deseando encontrar una manera de verse libre de su remordimiento. Pero no podía. Loveday, los prisioneros rusos, la tortura y la muerte de Otto…, todo ello era culpa de todos. Pero ¿cómo remediarlo? Si por lo menos Loveday estuviera vivo y él pudiera ayudarle en algo, si pudiera empezar a oponerse a la crueldad que reinaba en el mundo. Imaginaba a millones de pequeños focos de resistencia contra la crueldad, millones de individuos negándose a retirarse a sus egoísmos y luchando contra la crueldad de abajo arriba, empezando desde el interior de la crueldad misma…
Se oyeron pasos en el suelo de la cocina, el ruido del fogón al ser retirado. Se levantó la trampilla. Apareció en la abertura la cabeza y los hombros de uno de los avisadores.
—Lo siento, chicos. Era la comisión sueca. Unos tipos de la Cruz Roja que vinieron a inspeccionar la cocina. Creíamos que no nos libraríamos ya de ellos. Daos prisa. Los goons, han preparado una comida especial.
—Os hemos guardado el almuerzo. —Hugo les indicó los dos tazones de sopa, dos pedacitos de salchicha y dos panecillos de pan blanco.
—El té está todavía caliente —dijo Saunders—. La jarra está aún en la estufa.
—Supongo que ya sabréis las noticias —dijo Hugo.
—¿Lo de la Comisión sueca? —preguntó Peter.
—No. El traslado.
—¿El traslado? —Peter dejó de comer. La salchicha se le atragantó como plomo en la garganta. Se figuraba lo que Hugo iba a decirle.
—Nos llevarán en cuatro hornadas. Al nuevo campo creo que lo llaman el Stalag-Luft-III. Creo que se está muy bien allí.
—¿Cuándo nos llevan? —pudo preguntar Peter, al fin. Quizás tuvieran tiempo de terminar el túnel antes del traslado. Quizás hubiera todavía posibilidad de ello.
—El lunes por la mañana. Nos llevan en cuatro «purgas» —repitió Hugo —. Personalmente, me alegraré de perder de vista este campo.
Peter sintió tanta indignación al oírle esto, que hubiera sido capaz de asesinarlo. Sentado ante el almuerzo especial, lo consideraba todo perdido. Hubiera sido bastante malo ser descubierto en el túnel; pero el traslado en el preciso momento de ir a escaparse, era todavía peor. Se volvió hacia John.
—Tendremos que dejarlo, eso es todo —dijo John—. Hay por lo menos otra semana de trabajo. No podemos terminarlo antes del traslado. —Hablaba con indiferencia, como si el túnel no tuviera ninguna importancia; pero Peter sabía cuánto significaba aquello para su amigo y el control que había de ejercer sobre sí mismo para hablar con naturalidad.
—¡Vaya una suerte perra! —exclamó Saunders—. Sobre todo, cuando ya estabais a punto…
—¿Pero se llevan a todos los prisioneros? —Peter no acababa de creérselo.
—No dejarán ni uno aquí —dijo Hugo.
—¿Quiénes vendrán a este campo cuando nos hayamos marchado? — preguntó Peter.
—Dicen que ya no lo usarán como campo de prisioneros —dijo Hugo—. No posee las condiciones imprescindibles de salubridad. Se lo entregarán probablemente a la Gestapo.
—Si trajeran más prisioneros, ¡vaya ganga cuando descubran un túnel completamente listo para ser utilizado! —rió Saunders.
—No hablemos más de eso —dijo John. Abrió un libro salvado de la quema de Loveday y empezó a leer.
—¿Cómo ha ocurrido tan de repente? —Peter quería enterarse del todo.
—Órdenes de Berlín —dijo Hugo—. Creo que después de la última fuga.
—Pero eso fue hace varias semanas.
—Habrán reaccionado tarde; lo cierto es que hay que evacuar esto en cuarenta y ocho horas.
—Apuesto que fue la Comisión sueca —dijo Saunders—. Seguramente habrán dicho que éste no es un sitio sano.
—No, no será eso —dijo Hugo—. Los alemanes no actuarían con tanta rapidez porque les hayan hecho los suecos una recomendación. Es mucho más verosímil el rumor de Berlín.
—Entonces, ¿nuestra marcha está completamente decidida? —Peter seguía creyendo que podía haber todavía alguna esperanza.
—Pasado mañana —dijo Hugo.
Después de tanto tiempo preparándose para un desengaño, Peter no podía ocultar la impresión que le causaba.
—Puedes ir al entierro, si quieres —le dijo a Hugo—. Ahora no tiene objeto que vaya yo.
—No —dijo Hugo—. Tú ya tienes listo el uniforme. Es mejor que vayas.
—¿Cómo es el Stalag-Luft-III? —preguntó Peter—. ¿Es un campo nuevo?
—Eso creo. Me parece que está en un bosque de pinos.
Peter podía imaginárselo. Un terreno virgen. Se levantarían temprano y empezarían a preparar un túnel. En cuanto llegaran se ocuparían de ello. El túnel anterior había sido una buena experiencia; ahora podían hacer uno por su cuenta procurando que fuera corto y sin correr riesgos inútiles.
—¿En qué expedición entramos nosotros?
—En la primera. Salimos a las ocho de la mañana. Tenemos que empezar en seguida a hacer el equipaje.
—Espero que habrá un teatro —dijo Saunders—. No quiero perder toda la energía que empleé aprendiendo mi papel.
Stewart llegó con un manojo de cartas.
—Es el último correo que recibiréis en unas cuantas semanas. Será mejor que le saquéis todo el jugo posible.
—¿Es absolutamente cierto que nos vamos? —preguntó Peter.
—Sí —dijo Stewart—. Habéis tenido muy mala suerte. Ya casi habíais terminado, ¿no?
—Nos íbamos el viernes próximo —dijo Peter—. ¿Cómo es el nuevo campo?
—Barracones de madera —dijo Stewart—. Ocho en cada cuarto. Por cierto, los asistentes al entierro se reunirán a las dos de la tarde en la puerta principal. —Dejó las cartas sobre la mesa. Entre ellas, todas de tipo uniforme, autorizadas por la censura, había un sobre con una orla negra. Estaba dirigido a Hugo. Stewart miró la carta y luego a Hugo, pero no dijo nada.
Todos observaron a Hugo mientras la abría y le vieron palidecer mientras leía su contenido.
—¿De quién es? —le preguntó Saunders—. ¿Tu tía?
Hugo luchaba por dominar sus sentimientos:
—No —dijo con voz quebrada—. Es el gato.
—¡Vaya día! —dijo Saunders—. ¡Qué día más jorobante!
Mientras sacaba brillo a los botones del uniforme para asistir al entierro, tuvo Peter una idea. El campo ruso. ¿Por qué no abría un grupo de ellos un ramal desde la mitad del túnel y salían al campo ruso? Podían esconderse allí hasta que los otros se hubieran marchado y terminar entonces el túnel con toda tranquilidad. Se calzó los zuecos y se dirigió a toda prisa al cuarto de Tyson.
Tyson estaba sentado sólo a la mesa, metiendo barras de chocolate en un paquete.
—Tengo una idea —dijo Peter.
—Muy bien —dijo Tyson—. Hay avisadores ahí fuera.
—¿Por qué no salimos al campo ruso y nos escondemos allí hasta que los demás se hayan marchado?
—Ya hemos pensado en eso —dijo Tyson con una amable sonrisa—. He hablado con el cabecilla de los rusos, pero no están dispuestos a ayudarnos. Dice que los fusilarían a todos si nos descubrieran. Además, lo creo. Incluso llegó a asegurarme que, si lo intentamos, se lo dirán a los goons.
—¿Necesitan enterarse los rusos?
—Saben por dónde va el túnel; nos han oído cavar. Y ahora vigilarán, por si acaso. En cierto modo, comprendo su actitud.
—Yo tampoco los censuro —dijo Peter—. Sencillamente, es mala suerte.
—Yo pienso esconderme allí —dijo Tyson sin levantar la vista del paquete que cosía.
Peter esperó.
—Me quedaré dentro hasta que se hayan marchado todos y luego saldré por la entrada. Hay la posibilidad de que dejen el campo sin vigilancia.
—No te puedes quedar dentro —dijo Peter—. Ya lo vimos esta mañana. Hay que quitar el fogón.
—Me he puesto de acuerdo con el polaco que conduce el carro de la basura para que venga y me deje salir.
Peter sintió que aumentaba su admiración por aquel hombre. No había desperdiciado tiempo desde que supo el traslado. Y ahora cosía con toda calma sus alimentos en unas bolsas impermeables, confiando su vida a un individuo a quien no conocía apenas.
—¿Y si el polaco no viene? —dijo Peter.
Tyson siguió cosiendo.
—Quizás tenga demasiado miedo —dijo Peter—. Y pudiera ocurrir que se quedaran aquí algunos alemanes.
—Merece la pena arriesgarse —dijo Tyson.
—¿Hay sitio para dos? —Peter, mientras lo decía, pensaba que estaba abandonando a John, pero, evidentemente, no habría sitio para tres.
—Ya sabía que me lo pedirías —dijo Tyson— y la respuesta es no. No hay aire suficiente para dos. He estudiado el asunto con el Comité y han decidido que este plan sólo puede ser para uno.
Peter se reunió con el acompañamiento del entierro. Había un representante de cada barracón en la puerta principal y, después de la demora habitual en los alemanes, se dirigieron en auto al cementerio.
Peter iba sentado junto a Mueller en los asientos de detrás de un pequeño auto alemán y pensaba abatido en los infructuosos meses que había pasado haciendo avanzar el túnel lentamente. Hugo tenía razón: era mucho esfuerzo para nada.
No hablaron en el trayecto al cementerio. Peter comprendía que Mueller no quería hablar del tiroteo de la otra noche y él también prefería el silencio. Mientras cruzaban por las miserables callejuelas de la aldea polaca pensaba Peter lo diferente que habría sido si no los mudaran a otro campo. Lo que ahora veía con un interés no demasiado grande, lo habría visto entonces con la intensa emoción de quien tiene que estudiar la mejor manera de cruzar el pueblo sin llamar la atención. Ahora estaba ligado por la palabra de honor y esto mismo ocurría con todos los privilegios: el teatro, la iglesia, los entierros. En todo ello se podía participar de un modo condicionado. Se aceptaba con un leve sentimiento de culpabilidad.
Se unieron al cortejo, dentro del cementerio. Había un destacamento de guardias alemanes armados alineados a cada lado de la senda de arenilla. Una gorra de servicio de la R. A. F., rodeada por una corona de hojas, descansaba sobre la tapa del sencillo ataúd de madera conducido en un carro de caballos.
Peter y los otros prisioneros levantaron el ataúd y siguieron al Padre inglés. Los soldados formaron detrás de ellos.
Junto a la tumba abierta, el Padre, con su sobrepelliz blanca movida por la brisa leía el servicio funerario, mientras la escolta alemana, que no comprendía las palabras, miraba indiferente en posición de descanso, distribuida en dos filas. Peter se preguntó si el guardia que había disparado estaría allí. Probablemente, no. Seguramente lo habrían enviado con permiso, como premio a su eficacia.
El Padre leía en su librito de pastas negras:
»Contuve mi lengua y no hablé nada. Guardé silencio, sí, incluso para las buenas palabras, pero sentía pena y dolor.
»Mi corazón me ardía y mientras estaba meditando surgieron las llamas dentro de mí; y por fin, hablé con mi lengua.
»Señor, haz que conozca mi fin y el número de mis días; que sepa yo con seguridad cuánto tengo que vivir…»
Peter miraba al ataúd colocado al borde de la tumba abierta. No habían podido cubrirlo con una bandera. La gorra militar, con sus dorados y rojos marchitos, hacía un efecto muy extraño rodeada de la corona alemana. Se preguntó a quién pertenecería la gorra.
Se recobró cuando estaban bajando el ataúd a la tumba y el Padre lo rociaba con tierra. Peter también arrojó un puñado. «Tierra a la tierra, cenizas a las cenizas, polvo al polvo…», leía el capellán en su libro. Peter, mientras se frotaba una mano en los pantalones, procuraba pensar en Loveday, recordar su amabilidad detrás de la capa de inquietudes y miedos. Pero aquella zanja oscura le recordaba demasiado al túnel, a Tyson que se encerraría en él casi asfixiado y en espera de que el polaco cumpliera su palabra. En cuanto al carretero polaco, creía Peter que cumpliría su cometido. Nadie sería tan malvado como para dejar morir a un hombre en esas condiciones. Pero ¡cuánto había que arriesgar! Se alegraba secretamente de que Tyson se hubiera negado a aceptarle como compañero. Se alegraba.
Abrirían otro túnel. Tenían que aprender a tratar cada fracaso como una preparación para el intento siguiente. Ya no podían dejarlo. Peter seguiría siendo tunelista hasta que se hubiera abierto paso hacia la libertad a través de la tierra.
El capellán acabó de leer el servicio funeral. Las gimientes notas de una trompeta alemana llenaron de tristeza el aire del cementerio polaco. Dispararon una salva con un fusil. Uno a uno, los oficiales británicos se adelantaron y saludaron a la tumba. Lentamente, el acompañamiento volvió entre lápidas y adornos de hierro retorcido hacia los coches que les esperaban para conducirlos de nuevo al campo; para librarlos de la palabra de honor, quizás para que emprendieran otro túnel en un campo nuevo, desconocido.
Notas
[1] Reading maketh a full man. Cita de Bacon. Loveday confunde full (lleno,
completo) con fool (tonto, alocado). <<
[2] Bacon significa tocino. <<
Terminaste Águilas en tinieblas
Eric Williams
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