Águilas en tinieblas

Eric Williams · Capítulo 1 de 18

Páginas del PDF

Águilas en tinieblas

Prefacio

 

En un libro anterior conté cómo se escaparon Peter Howard y John Clinton del Stalag-Luft-III por medio de un caballo de madera de los que se emplean para saltar en los gimnasios. El Stalag-Luft-III fue en realidad el tercer campo de prisioneros en que los alemanes habían encerrado a estos dos hombres; y en «Águilas en tinieblas» hablaré de los dos campos anteriores y de otros intentos de fuga que no fueron tan afortunados, pero que prepararon el camino para el buen éxito del plan que siguieron con el caballo de madera.

Los primeros días de encierro solitario de un prisionero, inmediatamente después de haber sido capturado, los pasa éste por lo general tumbado en la cama y fraguando planes de fuga. Cuando lo encerraron en el primer campo, el prisionero concreto al que ahora me refiero no pensaba ni hablaba más que de fuga. Aburría con sus constantes especulaciones a los prisioneros que llevaban allí más tiempo. Trataba de relacionarse con los que ya habían salido, escuchaba sus historias y discutía sus métodos. Supo así que algunos de los fugados se habían abierto paso por la alambrada cortándola, otros habían engañado a los guardias y lograron salir del campo como alemanes, y algunos se las habían arreglado para escaparse durante los traslados de uno a otro campo; pero la mayoría opinaba que el mejor medio era abrir un túnel. Así, el nuevo prisionero empezó a planear su propio túnel, para encontrarse, a cada intento, con que ya habían sido agotados todos los puntos posibles de arranque.

Finalmente, el recién llegado cayó en un estado de sopor. Deseaba todavía fugarse, pero ¿qué oportunidad podía haber en un campo que contenía un millar de hombres la mayoría de los cuales había ya intentado salir de allí? Se refugió en la literatura y en el arte y esperó esa inspiración que, para la mayoría, nunca llegaba.

Algunos no podían esperar, porque eran de naturaleza inquieta o ansiaban demasiado su libertad. No soportaban que la guerra continuara sin ellos. Estos individuos, o bien se escaparon para caer acribillados a balazos poco más allá, o pasaron los años de la guerra en una continua y torturante lucha contra la alambrada infranqueable.

Al escribir «Águilas en tinieblas» rindo homenaje a todos los prisioneros que intentaron la fuga, fracasaron, volvieron a intentarla y siguieron tratando de escaparse hasta el final de la guerra. Sobre todo, rindo homenaje a los que, al intentar huir, fueron asesinados por los hombres que dominaban al pueblo alemán en aquel tiempo.

El que pudo escaparse con buen éxito sabe demasiado bien cuánto debe a la suerte; y sabe también que los muchos que procuraron fugarse y fracasaron deben su fracaso a la misma ciega diosa. Por muy ingenioso que fuera su plan y por mucho cuidado que hubieran puesto en los preparativos, no pudieron evitar un golpe aciago del azar que todo lo echó a rodar en un instante: un carro que pasara sobre el túnel; el casual descubrimiento de una pequeña cantidad de tierra excavada, o la súbita petición de los documentos de identidad en un café de puerto.

Lo importante siempre es intentar, y en este libro he procurado recrear algo de la atmósfera de aquellos angustiosos y furtivos días —que también fueron a veces divertidos— en que nuestras vidas estaban llenas totalmente de dos impulsos diferentes: salir de aquel lugar y, a la vez, hacer lo más llevadero posible el encierro. La prisión era un crisol en que todos los rasgos de un carácter se endurecían; un invernadero en el cual crecía la personalidad hasta hacer mayor a cada uno de la edad que tenía. De este crisol, de este invernadero, salió el prisionero no precisamente cambiado sino endurecido en el molde dentro del cual tenía que formarse inevitablemente su personalidad en años sucesivos.

Los campos de prisioneros descritos en este libro son el Dulag-Luft, cerca de Frankfort y el Oflag XXI B, cerca de Schubin, en Polonia. La época es 1942-43.