Águilas en tinieblas
Capítulo IX
D espués de la noticia de la muerte de Otto, Loveday se aisló en su mundo íntimo. Muy raras veces hablaba con los demás, y cuando lo hacía era para lanzar alguna vaga amenaza contra ellos. Quiénes fueran ellos, los otros no lo pudieron saber nunca. No eran solamente los alemanes, sino alguna fuerza maligna que trabajaba secretamente en la sombra para minarle a él su personalidad.
Peter y John se sintieron menos afectados que Hugo y Saunders por esta actitud de su compañero. Trabajaban de nuevo en el túnel durante el día y se pasaban las tardes, que se prolongaban mucho en el verano, en el teatro. Hugo y Saunders, que estaban más tiempo junto a Loveday, se sentían deprimidos por su largo silencio más que antes se habían sentido con sus ruidosas discusiones. Parecía como si, aunque estuviera callado, ejerciera influencia sobre ellos y ambos vivían en nerviosa espera de no sabían qué.
De pronto, sin razón alguna aparente, anunció que de allí en adelante se encargaría él de prepararse su comida.
—No puedes hacer eso —le dijo Peter—. No resulta económico.
—Más vale eso que lo otro.
—¿Qué es lo otro?
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—No lo sé, Loveday.
—Entonces, es que me tomas por un idiota en mucha mayor escala de lo que yo me creía.
Saunders, como de costumbre, intentó animarlo a fuerza de chistes, pero fue inútil. Insistió en que le dieran la quinta parte de todas las raciones del grupo para disponer de ello como se le antojara. Se guisaba sus platos y comía a horas impropias. Era evidente, por su horror a comer lo que le hubieran preparado otros, que sospechaba que intentaban envenenarlo.
Poco después, un día en que Peter regresaba del túnel, le salió al encuentro Hugo y le invitó a dar un paseo por el circuito. Peter comprendió por la actitud de su compañero, que se trataba de algo más que de dar un simple paseo.
—¿Cómo os va con el túnel? —le preguntó Hugo.
—No saldremos hasta fines de mes. Va muy lento.
—No puedo comprender por qué lo hacéis. —Hugo se pasó la mano por el cabello—. Hay muy pocas probabilidades de que os escapéis. Sinceramente, ¿crees que las hay?
—No lo intentaríamos si no lo creyéramos.
—Sé honrado contigo mismo. Dime la verdad, Peter, ¿cuántas probabilidades crees que tendréis?
—El noventa por ciento.
—De salir del campo, desde luego. Pero ¿de qué sirve eso? Recuerda lo que pasó la última vez. Los trajeron a todos menos a dos. Y a esos dos los mataron. Si le llamas a eso un buen resultado…
—Sigo creyendo que merece la pena.
—¿Por qué?
Peter anduvo en silencio unos momentos sin saber qué decir. Se preguntaba cómo describiría su anhelo de volver a volar y a la vez el miedo a volar de nuevo, cómo describir el desafío constante que suponía para él aquella alambrada. Parecía absurdo hablar de libertad ni de la vida en el mundo exterior a la alambrada. Hugo probablemente la deseaba tanto como él. Pero Hugo estaba dispuesto a esperar todo el tiempo que hiciera falta. Ante la imposibilidad de expresarse, Peter prefirió decir:
—Es una manera de pasar el tiempo.
—Una manera bastante fútil, me parece.
—Pero tú, ¿qué haces? —le preguntó Peter—. Siempre pareces estar haciendo algo, pero, concretamente, ¿en qué te ocupas?
—Estoy aprendiendo mucho.
—¿Qué?
Hugo se rió:
—En primer lugar, aprendiendo a pasar el tiempo. Creo que he estado toda mi vida haciendo eso mismo. Ya sabes que mi tía me dejará cien mil libras cuando se muera. Lo único que he de hacer es esperar. Sería un idiota si hiciera que me metiesen una bala en las tripas después de arrastrarme por un túnel, ¿no lo crees así?
—Hombre, claro, en tu caso… Te refieres a tu tía la del gato, ¿no?
—Sí, es la única pariente que tengo. Odio a esa vieja bruja. Fue heredando todas las propiedades de la familia una a una y ya lo tiene todo por culpa de un testamento disparatado que hizo mi abuelo.
—¿Qué edad tiene?
—Unos ochenta años. Ya no puede tardar mucho. Todo mi trabajo consiste en lograr que pase el tiempo lo más rápidamente posible. Es lo mismo que hacéis los tunelistas, como tú mismo reconoces. Algunos de vosotros os aficionáis tanto a esos malditos túneles que olvidáis para qué sirven y seguís cavando por pura afición. Estoy seguro de que muchos de vosotros teméis que llegue el día en que no sean ya necesarios los túneles.
Peter pensó que era inútil tratar de explicarle. En cierto modo, llevaba razón. Peter dedicaba al túnel más tiempo del necesario. Todavía se preguntaba por qué le habría propuesto Hugo el paseo. Naturalmente, no sería para hablar de túneles, ya que éstos, como se ve, no le interesaban a Hugo en absoluto. ¿O hablaba así para disimular y buscaba precisamente un puesto en el túnel de la cocina ahora que estaba ya casi terminado?
—Estoy bastante preocupado por Loveday —dijo Hugo—. De eso quería hablarte, Peter. Encontré un cuchillo en su litera el otro día.
—Bueno, eso no tiene importancia. Deberías ver las cosas que me encuentro en mi cama algunas veces.
—No, lo digo en serio. No ha dejado allí el cuchillo por olvido. Vi cómo lo escondía. —Había algo en la voz de Hugo que intranquilizó a Peter. Hugo, que generalmente no le daba importancia a nada, no era de los que se asustaban fácilmente por una tontería—. Le pedí explicaciones de aquello y me dijo confusamente que necesitaba protegerse.
—¿Protegerse? ¿De quién?
—No sé. Ya sabes cómo es. Se puso más misterioso todavía y luego se encerró en su caparazón. Me pone nervioso.
—¿Qué crees que debemos hacer?
—Creo que debíamos prevenir a Stewart. Loveday debería estar atendido como un enfermo.
—Hablé con el jefe británico a la mañana siguiente de darle a Loveday aquel ataque —dijo Peter—. Pero no puede ser. Los goons dicen que no está lo bastante mal para hospitalizarlo. Creen que es un simulador.
—Entonces habría que trasladarlo a otro grupo.
—Eso sería como reconocer nuestra derrota.
—Pues bien, o él o John tienen que salir de nuestro cuarto. —Hugo lo dijo recalcándolo mucho.
—¿Por qué John precisamente?
—Parece que él lo solivianta más que nosotros. Loveday no puede soportar que John lea. Se pone frenético en cuanto lo ve con un libro.
—Ha empeorado desde que Otto se fue —reconoció Peter.
—Desde luego.
—Entonces, ¿qué propones?
—Ya te digo, o se va John o se va él. Si no los separamos, ocurrirá algo desagradable.
Peter no contestó. Procuraba recordar la animadversión de Loveday contra John. No se había dado cuenta de ello. Le parecía que Loveday los trataba a todos con la misma desconfianza.
—¿Qué hacemos? —dijo Hugo—. Te aseguro que estoy preocupado, Peter.
—Ya no tardaremos mucho en marcharnos —dijo Peter—. Lo más tarde, a fin de este mes.
—No podemos darlo por seguro.
—Como quieras. Veré a Stewart —dijo Peter—. Ya lo hemos tenido cerca de cuatro meses con nosotros. Ahora les toca a otros.
Cuando volvieron al barracón se encontraron allí con una enorme algarabía. Olía mucho a madera quemada y todo el local estaba lleno de humo. Los prisioneros se agolpaban hacia un extremo del barracón, aquel donde se hallaba el cuarto de Peter.
Hugo y Peter se abrieron paso entre la masa de prisioneros y encontraron a Saunders, que estaba muy pálido, él que se distinguía por su colorado rostro. Estaba de pie sobre un montón de ropa de cama quemada en medio del suelo.
—¿Qué demonios pasa aquí? —preguntó Peter.
—¡Ese loco de Loveday, que ha incendiado la ropa de la cama y ha tirado a las llamas todos los libros de John! Ha estado a punto de arder todo el barracón. El desgraciado se puso a bailar en torno al fuego cantando hasta desgañitarse.
—¿Dónde está ahora?
—Se lo han llevado al hospital.
—¿Dónde está John?
—No sé. No lo he visto desde la hora de almorzar.
Peter pasó un momento de pánico, pero recordó luego que su amigo se había marchado directamente al teatro.
—Es mejor que arreglemos esto —dijo.
—Está más loco que una cabra —dijo Saunders—. Había que verlo cantando y bailando como un indio alrededor del fuego mientras iba arrojando los libros de John. Estuvo a punto de matarme; me agarró por la garganta. Había tanto humo que los demás compañeros no se daban cuenta de lo que ocurría. Entonces entré yo y me encontré con Loveday.
—No hay mal que por bien no venga —dijo Peter—. Así estaremos tranquilos.
Las semanas siguientes transcurrieron para Peter con gran rapidez.
Llevaban cuatro meses prisioneros y habían adquirido ya esa ecuanimidad que tanto admiraban en los veteranos del campo. De vez en cuando, seguían padeciendo rachas de abatimiento y desesperación, pero ya sabían controlarse para no desanimar a los más jóvenes. Su túnel, que era la única vía de escape no descubierta aún por los alemanes, se aproximaba cada vez más a su término y, por las tardes, sin la pesadez de Loveday, lo pasaban muy bien.
Aunque parezca extraño, mientras más se acercaban al final del túnel, más virtudes le encontraba Peter a la vida del campo de prisioneros. Tenía allí compañerismo, altruismo y libertad en muchas cosas de las cuales nunca había podido disfrutar. Pero —pensó— él era un prisionero muy reciente. La novedad pasaría. Debía prohibirse a sí mismo esas ideas de acomodamiento y seguir preparando sus planes de fuga con objeto de que no le hicieran volver como a los del otro túnel. Pero a la vez, sacaba el mayor provecho posible de esas virtudes negativas del encarcelamiento. Se ocupaba en los decorados del Sueño de una noche de verano, y John se aprendía el papel de Lisandro. A Saunders lo habían convencido para que interpretara a Botton, mientras que Hugo se había decidido a aceptar el papel de Peter Quince, el carpintero.
—Vamos, Saunders —dijo Hugo—. Escuchemos, dulce Botton.
—Preferiría ensayar otra vez el acto primero —dijo Saunders—. El principio de la segunda escena.
—Muy bien. ¿Quieres apuntar, Peter? —Hugo le pasó el libro y se aclaró la garganta—. ¿Está aquí toda nuestra compañía?
—Mejor harías llamándolos uno a uno, según se indica en la comedia. — Saunders hablaba con una voz falsa y hueca, sin ninguna inflexión.
—Es como cuando nos pasan lista en el appel —dijo John, que estaba copiando un mapa de Yugoslavia que le había prestado el Comité de Fuga.
Hugo no le hizo caso.
—Aquí está el nombre de cada uno de los que han sido considerados aptos entre todos los ciudadanos de Atenas, para actuar en nuestro intermedio teatral ante el duque y la duquesa la noche de sus bodas.
—No es «la noche de sus bodas» —dijo Peter—, sino «el día de sus bodas por la noche».
—Quizás sea una errata —dijo Saunders.
—Así lo dice aquí.
—Es que no suena bien si se dice «el día de sus bodas por la noche». Lo mejor es decir «en su noche de bodas». Así lo diré yo.
Saunders estaba horrorizado:
—No puedes hacer eso. Tienes que atenerte exactamente a lo que dice la comedia.
—¿Por qué?
—Hombre, porque es de Shakespeare.
—Debemos de escribirla toda de nuevo a estilo kriegie —dijo John—. Algo así:
Oye, tú, ¿están todos listos para el «appel»?
Hay que preguntarles: «Was haben Sie?»
Estos tipos trabajarán bien
«Blond genug», ¿qué papel hago yo?
—No, eso no sirve —dijo Saunders—. No puedo trabajar en esta casa de locos. Mañana ensayaremos en el circuito.
—No te apures. Tienes semanas para aprendértelo, y ninguna otra cosa que hacer —le dijo Hugo—. Si te aprendes el papel demasiado pronto, se te quedará rancio.
—Es verdad —asintió Saunders, aliviado—. Creo que seguiré construyendo ese horno. —Sacó unas hojas de lata y empezó a martillear.
—Lo pasamos muy bien desde que se marchó Loveday —dijo Peter.
—¿Qué dices? —gritó John, ensordecido por los martillazos de Saunders.
—¡Digo que lo pasamos muy bien desde que se marchó Loveday!
—No sé cómo sigue.
—Continúa en el hospital —le dijo Hugo—. Estuve allí esta mañana. El médico quiere mandarlo a Obersmassfeld, pero los goons no quieren. Les ha dicho que declina toda responsabilidad si se empeñan en tenerlo aquí.
—La verdad sea dicha: yo lo echo de menos en cierto modo. —Saunders dejó de martillear y se sentó a horcajadas en el banco—. Yo creo que no es mal hombre.
—Es demasiado egoísta para la vida de prisión —dijo John.
—Hombre, no sé.
—No, lo malo es que no es lo bastante egoísta. —Peter cogió del estante sus cosas de dibujar—. Se interesaba demasiado por los asuntos de los demás. Es una generosidad especial. Loveday quiere compartir siempre sus pensamientos con los otros.
—Pues yo creo que es egoísta —dijo John— porque no puede soportar que no le tengan en cuenta para todo.
—Es que no está seguro de sí mismo —dijo Hugo— y necesita tener una seguridad. Para ello ha de tener la sensación de que los demás lo necesitan.
—¡Pues sí que pone de su parte para conseguirlo!
—Insisto en que es un buen hombre —dijo Saunders—. Si quemó tus libros, John, fue porque creía que te perjudicaban.
—Quizás debiéramos haber hecho más por ayudarle —dijo Peter.
—No hubiera servido de nada —le replicó Hugo—. Lo lleva dentro. Nosotros no podíamos haberlo cambiado.
—¿A quién nos traerán en su puesto? —Saunders se ajustó el gorro de lana por detrás—. Supongo que no nos dejarán sólo cuatro en la «república».
—Pronto habrá una nueva purga —dijo Hugo—, y entonces seremos ocho. Es una lástima, porque cuatro es el número ideal para una «república» que marche bien.
—Cuando llegue la nueva remesa de prisioneros, nos mandarán a otros cuatro —insistió Hugo—. Ahora que no está Loveday, no hay disculpa para quedarnos solamente seis.
—Entonces, necesitaréis seis más —dijo John—, y otro que haga el papel de Lisandro.
—¡Ah, el túnel! No tenéis grandes probabilidades —dijo Saunders.
—Eso es lo que tú crees.
—¿Cuánto habéis adelantado desde que volvisteis a abrirlo?
—Treinta pies.
—¿Cuándo creéis que será la salida?
—Cuestión de otra semana —dijo John.
—¡Qué ilusiones!
—Es un hecho matemático —confirmó Peter.
—¿Cómo haréis… el viaje? —Saunders parecía admitir por primera vez la posibilidad de que Peter y John se marcharan.
—Yo iré como italiano —dijo Peter—. Y John pasará por mi hija.
—¡A ver si hay formalidad!
—Lo digo en serio. Lo hemos pensado muy bien. Caminaremos de noche y si alguien nos ve, nos arrimaremos a una valla o a una pared… y nadie pensará en molestarnos. Es lo más natural del mundo.
—Nada natural —contestó Hugo—. Eso es incesto.
—No creas; saben lo que hacen —dijo Saunders—. ¿Y la ropa?
—Yo me estoy haciendo una especie de jersey con un sostén hinchado y un pañuelo para la cabeza.
—¡Ah, por eso te estás dejando crecer el pelo!… —Saunders estaba estupefacto—. Sois listos. ¿Y a dónde os dirigís?
—A Yugoslavia.
—No está mal —aprobó Saunders—. Sois los dos lo bastante morenos para pasar por italianos. Vuestro plan es de esas cosas idiotas que dan un resultado estupendo. Yo no estaría tan…
Un tiro los hizo callar. Sonó muy cerca. Siguieron otros dos tiros casi simultáneos y luego el silbato del guardia y el tableteo de una ametralladora.
—Alguien ha intentado saltar la alambrada.
Peter sintió un escalofrío. Empezó a oírse una algarabía de exclamaciones y comentarios excitados. «¡Silencio!», chilló uno; y todos volvieron a callarse en espera de más tiros.
—Sonaron detrás del abort —murmuró Saunders.
—No; me parece que fue por el otro lado.
—Yo creo que fue aquí cerca; se oyó muy fuerte.
—A mí me dio la impresión de que fue cerca del hospital —dijo Hugo.
Volvieron a escuchar, pero sólo oyeron la lluvia que tamborileaba sobre las persianas y el mugido del viento sobre los tejados de los barracones.
—Vaya una noche para saltar la alambrada —comentó Saunders, riendo nervioso.
—Sólo en una noche como ésta puede hacerse —dijo John—. Esto nos va a costar otro retraso.
—Depende de lo que haya sido —dijo Peter—. Quizás haya sido un goon asustadizo que ha disparado contra su propia sombra, alarmando a los demás. Por lo menos, esperemos que sólo haya sido eso.
Peter soñaba. Estaba tumbado de espaldas en la hierba de los Downs y mucho más abajo se oía el rugir del mar estrellándose contra los acantilados. A su lado, la muchacha (nunca era Pat; ¿por qué no soñaba nunca con Pat?) con un liviano vestido veraniego, apoyaba la cabeza en sus desnudos brazos morenos y miraba al sol. Bajo su vestido, sus piernas eran largas, suaves y morenas. No podía verlas, pero lo sabía. El sol le daba a la joven en la cara y le nimbaba el cabello. Detrás de la cabeza de ella se extendía la insondable inmensidad azul del cielo, con nubecillas blancas que navegaban lentamente procedentes del mar.
Cuando la chica se volvió a mirarle, sus ojos eran tan azules y profundos como el mar y, al inclinarse hacia él, Peter vio la suave curva de sus pechos.
De pronto la vio ya sin el vestido y la sintió fresca y tibia a la vez. Cuando se inclinaba para besar a Peter, éste la sintió como en una escena real. El ruido del mar aumentaba y todo se volvía tibio, húmedo y frío, y otra vez templado y entonces se despertó Peter en la oscuridad del barracón, a cuyo extremo alguien gritaba en sueños: «¡Jesús, hay fuego! Jesús, Jesús. Apagadlo. Jesús».