Atrévete a retarme

Megan Maxwell · Capítulo 21 de 76

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Atrévete a retarme

Capítulo 18

 

El día de travesía fue largo y complicado. Muchos de los guerreros McGregor miraban a la joven y a Blake con guasa, se reían de ellos. Ethan, el hermano de Peter, soltó también por su parte varios comentarios desafortunados que tanto ella como Blake fingieron no oír. Estaban en minoría y tenían todas las de perder contra aquellos.

Durante el trayecto Carolina había intentado acercarse a Peter en varias ocasiones para charlar con él, pero en cuanto la veía aproximarse siempre se las arreglaba para alejarse de ella, y eso comenzó a molestarle.

Antes de que anocheciera se detuvieron cerca de un lago para que bebieran los caballos y pasar la noche allí. En un momento dado Ethan se alejó del grupo y Carol decidió acercarse a él. Por cómo la miraba y por sus feos comentarios, sabía que le caía tan mal como al resto de los McGregor, pero ella no quería desistir. Si algo había aprendido con el tiempo era que hablando se entendía la gente. Por ello, en silencio y sin hacer ruido, se acercó a él oculta entre la maleza y se sorprendió al oírlo susurrar agachado junto al lago. Durante unos minutos escuchó lo que decía. No lo entendía bien. Solo comprendía el nombre de una mujer llamada Eppie.

De pronto Ethan se volvió y, al verla, inquirió con mirada furiosa:

—Maldita Campbell... ¿Acaso me espías?

Pillada, y siendo consciente de que malinterpretaría la situación, ella trató de buscar una excusa, pero cuando vio sus ojos rojos y llorosos, se le acercó.

—¿Qué te ocurre, Ethan? —preguntó con interés.

El guerrero no esperaba oír eso y, sin dudarlo, replicó:

—Mujer, ¡aléjate de mí!

A Carolina, que estaba acostumbrada a los desplantes y las malas caras de sus hermanos, no le dio miedo su tono y, aproximándose más a él para devolverle la medalla que la noche anterior había encontrado tirada en el suelo, dijo:

—Tengo algo para ti.

Ethan la miró.

—¿Qué puede tener para mí una sucia Campbell? —inquirió con gesto fiero.

Oír eso le molestó. ¿Por qué era tan desagradable? Y, sacando la mano del bolsillo donde llevaba la medalla, siseó sin entregársela:

—Pues ya que lo dices, absolutamente nada.

Ethan y ella se miraron a los ojos con dureza, hasta que, viendo su lamentable aspecto, ella le tocó el brazo conmovida.

—Menudo chichón tienes en la cabeza, ¿cómo te lo has hecho? — preguntó como si no supiera nada.

El highlander maldijo. No quería responder a aquello y, apartando la vista, miró hacia otro lado, pero la joven insistió.

—¿Por qué llorabas?

—¿Quién lloraba? —gruñó él sin dar crédito.

Consciente de lo que los ojos de él decían, Carol asintió. Seguro que era por la tal Eppie. Estaba claro que lo había encontrado en un mal momento para él, e, intentando suavizar la situación, iba a hablar cuando este soltó con desprecio:

—No vuelvas a ponerme tu sucia mano encima, ¿me has oído?

—No te pases.

—No te pases tú, y aléjate de mí si no quieres tener problemas.

—¿Por qué voy a tener problemas?

—Porque saber quién eres ¡me pone enfermo!

Ver el desprecio en su mirada y en especial en sus palabras hizo sonreír a la joven. Eso enfadó a Ethan, y más cuando ella cuchicheó:

—Ah, ya..., ¡que soy una Campbell y la hija del Diablo! —Y, sonriendo con la misma acidez que él, añadió consciente de que tenía que comenzar a mostrar su carácter—: Mira..., ni tú ni doscientos McGregor como tú me dais miedo. Pero, tranquilo, que no volveré a acercarme a ti aunque vea que te estás atragantando. Serás idiota y engreído...

Y, sin más, dio media vuelta y se marchó, sin percatarse del gesto de sorpresa de Ethan. Estaba claro que la joven tenía agallas. Muchas agallas.

* * *

En silencio, y sentado en un lateral del campamento junto a su perro, Blake observaba cuanto lo rodeaba. Estaba claro que los McGregor no se lo iban a poner fácil ni a Carolina ni a él.

Entonces la joven, acercándosele, se sentó sobre una manta y, tras saludar a Sir Arthur , preguntó:

—¿No ayudas a preparar la cena?

Blake negó con la cabeza.

—Lo he propuesto, pero el cocinero me ha dicho que no. Creo que temen que un Campbell los envenene...

Carolina asintió y, al ver a varios hombres pasar por su lado y mirarlos con reproche, musitó:

—Nos odian.

—Era de esperar —repuso él acomodando su manta.

Oír eso hizo que Carolina resoplara. Los Campbell y los McGregor nunca habían sido muy amigos, pero aquello era exagerado.

—Algo me dice que va a ser un año durito y muy largo —murmuró incapaz de callar.

Sin poder evitarlo, los dos sonrieron.

En ese instante un guerrero se les acercó y Sir Arthur se puso en pie. Al ver cómo el perro lo observaba, el hombre empezó a decir con gesto incómodo:

—Blake Campbell...

—Con Blake valdría —lo cortó él.

El guerrero, consciente de que otros lo miraban, repitió:

—Blake Campbell..., Peter McGregor, el hijo de mi señor, quiere hablar contigo.

Sin dudarlo, el aludido se levantó mientras Carolina susurraba sujetando al perro:

—Ve. Sir Arthur y yo te esperamos aquí.

Sin moverse de su sitio, la joven siguió con la mirada a su amigo hasta que lo vio desaparecer en el interior de una tienda.

—Tranquilo. Todo está bien —cuchicheó mirando al perro.

Durante un rato permaneció sentada observando a su alrededor. Los guerreros McGregor caminaban cerca, pero o no la miraban o, si lo hacían, era para observarla con cierto gesto desafiante.

¿En serio ser una Campbell y la hija del Diablo era tan grave?

¿Qué les había hecho ella?

Cansada, finalmente se levantó con Sir Arthur y se dirigió hacia su yegua. Cogió una bolsa que esta llevaba colgada y, tras sacar de ella una pequeña toalla, decidió acercarse al lago para lavarse el rostro y deshacerse del polvo del camino.

En silencio, llegó hasta él con el perro y, al ver allí al laird Cailean, padre de Ethan y Peter, sentado sobre una roca mirando el agua cristalina, comentó:

—Bonitas vistas, señor.

—Son una belleza —afirmó el hombre al oír su voz.

A la vista de cómo la trataban todos y huían de ella, Carolina imaginó que aquel haría lo mismo, por lo que, sin querer molestar, silbó al perro y, cuando este llegó a su lado, se acercó a la orilla. Allí se mojó las manos, se lavó enérgicamente el rostro y, después, se alejó para sentarse sobre una piedra y secarse.

Su acción, como otras muchas cosas, no le pasó desapercibida a Cailean, que había sido testigo de cómo su hijo Peter ignoraba a la joven. Por ello, levantándose de donde estaba, caminó hacia ella y preguntó al ver que el perro lo miraba:

—¿Puedo sentarme contigo?

Sorprendida y gustosa por su deferencia, Carolina asintió. Que aquel hombre hiciera eso era un bonito detalle. Sin embargo, al ver cómo los miraban sus guerreros, susurró:

—Señor, ¿cree que sentarse conmigo es lo mejor?

Cailean miró a sus hombres. La gran mayoría de ellos tenían cosas contra los Campbell, y al que no las tenía al principio lo había envenenado su querida mujer Arabella para que así fuera.

—Estoy con mi nuera y nadie me ha de decir con quién he de hablar o no —repuso acariciándole la cabeza al perro, que se había acercado a olerlo—. ¿Cómo se llama este precioso animal?

—Sir Arthur .

Eso hizo gracia al hombre, que indicó divertido:

—Pues se llama como mi cuñado... —Ambos rieron y luego él añadió—: Mejor que él no se entere o seguro que se ofenderá.

La joven sonrió y entonces Cailean se fijó en sus muñecas.

—Bonitas pulseras —señaló.

Con gusto, Carolina se las miró.

—Hacerlas me relaja —dijo, y rápidamente comenzaron a hablar con cordialidad.

Durante un buen rato la muchacha y el que era su suegro dialogaron de forma distendida mientras los guerreros McGregor los observaban con curiosidad.

¿En serio el laird confraternizaba con una Campbell?

Cailean y Carolina eran buenos conversadores. Al ver la medalla que él llevaba colgada del cuello, que era como la que ella había encontrado y suponía que era de Ethan, comentó apreciativa:

—Bonita medalla, señor.

Cailean se la tocó encantado y musitó mientras observaba cómo el perro bebía agua en el lago:

—Es una reliquia familiar. —La joven asintió y luego él aclaró—: Esta medalla perteneció primero a mi abuelo, después a mi padre, y ahora la tengo yo. Las que llevan mis tres hijos fueron un encargo de mi padre para que ellos se las entreguen en su día a sus hijos.

—Es muy bonito lo que cuenta, señor.

El laird asintió y la joven, viendo emoción en su mirada, indicó tras darle tiempo para reponerse:

—Me agrada su consideración hacia mí, siendo yo una Campbell.

Consciente de por qué decía eso, el hombre asintió, tomó aire y explicó sonriendo:

—Soy de los que prefieren la paz a la guerra, y siempre he tenido en cuenta que, para que las cosas cambien, los primeros que hemos de cambiar somos nosotros; ¿no estás de acuerdo?

—Eso mismo le digo yo siempre a mi padre.

—Pues siento decirte, jovencita, que o tu padre no te escucha o poco caso te hace —afirmó él.

Carolina suspiró. Aunque quisiera a Munro, y con ella fuera un amor, sabía quién era su progenitor y por qué lo llamaban «Diablo».

—Tiene usted mucha razón, señor —aseguró sonriendo.

Cailean, que si por algo era conocido era por su bondad y su disposición a escuchar a todo el mundo, consciente de la inquina con que alguno de sus hombres la miraba, y sabedor de que el recibimiento en el castillo no sería el mejor, añadió:

—Creo que he de advertirte que mi preciosa mujer, Arabella Steward...

—Un momento —lo cortó ella, que con picardía preguntó—: ¿Por casualidad su esposa tiene algo que ver con George Steward, que vive en Perth?

El hombre se apresuró a negar y, al ver cómo ella sonreía, dijo a su vez:

—¿Puedo saber por qué lo preguntas?

Incapaz de dejar de sonreír, Carolina cuchicheó:

—George Steward tiene un hijo medio tonto llamado Julian. Mi padre me lo presentó en una fiesta de clanes y, cuando ese insufrible idiota osó tocar mi cabello sin permiso, le mordí un dedo.

Al oír eso, Cailean soltó una carcajada y ella, riendo como él, agregó:

—Ni que decir tiene la bronca que me echó padre después...

Divertido, Cailean no podía parar de reír. Le gustaba aquella jovencita y su particular manera de expresarse.

—Por suerte para ti, mi mujer y ese George Steward no tienen nada que ver. —Y, resoplando, prosiguió—: Pero cuando Arabella te conozca...

—... y vea que no soy Rowena McGregor, ¡se enfadará!

Sorprendido por eso, él la miró.

—¿Mi hijo ya te ha hablado de esa mujer? —preguntó.

Carolina suspiró.

—No, señor. Pero oí que la pretendía.

Cailean resopló. Rowena McGregor y aquella muchacha nada tenían que ver. Y, pensando en su mujer, añadió:

—Mi Arabella no te lo va a poner fácil.

Carolina no se extrañó al oír eso. Lo raro era que alguien se lo pusiera fácil alguna vez. Y sin perder la sonrisa preguntó:

—¿Por apellidarme Campbell?

Cailean asintió sin dudarlo y ella, con mofa, mirando a los guerreros que los observaban, susurró:

—¿Por qué será que no me sorprende?

Ambos rieron y luego Carol preguntó:

—¿Puedo saber por qué su esposa y sus hombres odian tanto a los Campbell?

—Porque sois complicados —dijo Cailean sin dudarlo.

Carolina sabía de la mala fama que tenían, y más aún su padre, pero cuando iba a hablar él explicó:

—Un Campbell mató al abuelo de mi mujer.

—Vaya...

—En lo que a mí respecta, mi propia familia también tiene rencillas con los Campbell, pero pienso que hay que avanzar en la vida. No quedarse anclado en un pasado que nada bueno puede traer.

La joven asintió. Le gustaba la manera de pensar de aquel hombre, y, recordando lo que le había oído decir a su madre, indicó:

—Yo también podría odiar a los Steward.

—¿Y eso?

Carol sonrió.

—Sé por mi madre que unos Steward mataron a un tío suyo para hacerse con unas tierras en Roxburgh, pero ella nunca me inculcó el odio por ellos.

Cailean asintió. Lo que la madre de aquella muchacha había hecho era para él lo correcto.

—He de admitir que en los tiempos que vivimos lo que ha hecho tu madre es lo mejor —declaró—. Bastantes problemas tenemos como para cargar también con los del pasado. Pero, por desgracia, en el caso de mi mujer poco he podido hacer.

Saber eso a Carolina la hizo suspirar. Ahora entendía mejor la reacción de Ethan y Peter en lo referente a su familia, y se encogió de hombros.

—Estoy deseando conocer a su esposa —dijo con sorna.

El hombre levantó las cejas con curiosidad y cuchicheó:

—Campbell tenías que ser.

Eso los hizo reír a los dos; estaba claro que tenían un sentido del humor parecido.

—Como decimos en nuestra familia —señaló él más tarde—, la lealtad se premia, pero la deslealtad se castiga.

—¡Buen lema, señor!

Ambos asintieron y entonces la joven, mientras observaba que Sir Arthur se tumbaba a sus pies, y sintiéndose cómoda con aquel hombre, comentó:

—¿Sabe, señor? Mamaíta siempre dice que la vida está repleta de problemas, pero que de nosotros depende superarlos o no. Y en mi caso en particular le diré que he tenido tantos problemas en la vida por ser la hija de quien soy que ya han dejado de asustarme.

Conmovido por aquellas palabras, que le demostraban que la joven no era la típica mujercita plácida y calladita, el highlander iba a hablar cuando le entró un ataque de tos. Rápidamente se sacó del bolsillo un pañuelo y, tapándose la boca con él, siguió tosiendo. Alarmada, Carolina lo atendió, se preocupó por él, y, una vez que el ataque de tos remitió un poco, Cailean susurró:

—Agua, por favor.

Sin dudarlo, ella se ocupó de darle lo que le pedía. El hombre bebió despacio y luego Carol preguntó:

—¿Desde cuándo tose así?

—Desde hace unos meses.

Ella asintió y, mojando su toalla en agua, se la pasó con mimo por la frente.

—Está pálido, creo que debería echarse un ratito y descansar.

El guerrero negó con la cabeza. No quería demostrarles ni a sus hijos ni a sus hombres su debilidad, pero la joven insistió:

—No sea cabezón como un Campbell.

—Los McGregor también somos cabezones —apuntó él mofándose.

Ambos sonrieron por aquello, e, interesada en saber, ella preguntó:

—¿Qué síntomas tiene?

—No quiero hablar de eso, muchacha, ¡fin del asunto!

Esa frase, que ya se la había oído decir a sus hijos, le hizo gracia; estaba claro que los McGregor empleaban aquella frasecita de continuo. Sin achicarse, indicó mientras contemplaba a Sir Arthur cuando se metía en el lago:

—Fin del asunto, fin del asunto... Pero ¿cómo puede decir eso cuando está enfermo y necesita ayuda?

—No la he pedido.

—Pero yo se la estoy ofreciendo —insistió Carolina.

Cailean, a quien no le gustaba hablar de aquel tema, iba a protestar cuando ella preguntó levantando una mano para acallarlo:

—¿Acaso no quiere conocer a sus nietos para darles esa medalla?

Él sonrió con tristeza. Imaginarse rodeado de nietecitos era una de las cosas que más deseaba en la vida.

—No sé si conoceré a esos niños —afirmó.

—¡Claro que los conocerá! —exclamó la joven.

Eso le hizo gracia a Cailean, y más cuando ella cuchicheó con zalamería:

—Si me permite ayudarlo a sanar, casi... casi le puedo asegurar que podrá coger a sus nietos en brazos y disfrutar de ellos.

Conmovido por lo que aquella decía, el hombre suspiró.

—La verdad es que sería algo muy bonito.

Carolina asintió y, viendo el modo en que él la miraba, indicó:

—Lo sé. Entiendo que no le guste hablar de enfermedades ni mostrar su debilidad ante nadie. Pero la única manera de buscar una solución a lo que le ocurre es encarándolo y contando lo que pasa. Y mire por dónde —le guiñó un ojo— que ha tenido la buena suerte de que yo entiendo de plantas medicinales y quizá pueda echarle una mano.

—¿Tú? —inquirió él sorprendido.

La joven asintió y, viendo su cara de asombro, añadió:

—Sé que soy una Campbell y, por consiguiente, creerá que mi intención es envenenarlo para después dejarlo tirado en cualquier camino. Pero créame, laird McGregor, cuando le digo que mi intención siempre, siempre, siempre será ayudarlo para que mejore y pueda conocer a sus preciosos nietos.

El desparpajo y la gracia de la muchacha lo hicieron sonreír.

El hombre suspiró, puesto que estaba acostumbrado a criar a tres hijos varones, con los que casi nunca se hablaba de debilidades. Era la primera vez que conversaba con una desconocida de un asunto tan personal, pero algo le decía que ella era diferente. Y, dejándose llevar, contó:

—Me duele el estómago y eso, en ocasiones, me provoca vómitos. Además, tengo una tos infernal que va en aumento y a veces me falta el aire.

Carolina asintió y, pasando su toalla primero por el rostro de aquel y después por sus manos, musitó:

—Señor, tiene las manos muy frías... ¿Los pies también?

Sin dudarlo, él dijo que sí, y ella, valorando lo que había oído, insistió:

—¿Qué toma para su dolencia?

Él resopló y cabeceó.

—De vez en cuando, unas horribles hierbas que me da mi mujer.

Eso hizo sonreír a la joven.

—Las hierbas no suelen estar buenas, pero si sanan, deben tomarse — afirmó.

El laird no contestó. Su mujer era la única a la que le había hablado de lo que le ocurría. Y Carolina, señalándolo con el dedo, apostilló:

—Que se las tome solo de vez en cuando no lo hará mejorar. Por tanto, eso debe cambiar, ¿entendido?

—No seas marimandona y diabla ...

Ella sonrió divertida.

—El último que me llamó «diabla » no salió bien parado.

—Por Dios, muchacha, ¿he de preocuparme por lo que he dicho?

—Ni confirmo ni desmiento —cuchicheó ella divertida.

Cailean, sorprendido por la fuerza que veía en aquella joven, que no se amilanaba ante él, sonrió.

—Miraré entre las hierbas que llevo —dijo ella a continuación—. Quizá tenga alguna que lo pueda aliviar, aunque no esté muy buena.

El hombre asintió gustoso. Aquella muchachita, a la que apenas había prestado atención, era un encanto.

—Agradezco tu preocupación, Carolina —declaró.

—Es lo mínimo que puedo hacer por usted y en agradecimiento a su amabilidad.

Y, sonriéndole al hombre con la misma intensidad con la que solía sonreírle a su padre, se retiró el pelo del rostro.

—Gracias a ti, he recuperado algo muy preciado y eso te lo agradeceré el resto de mi vida —añadió él conmovido.

A la joven le gustó oír eso. Sin duda hablaba de las tierras. Optó por no contarle lo que sabía al respecto y a continuación musitó sin mencionar para nada a su hijo:

—Es un placer saberlo, señor.

Durante unos minutos ambos permanecieron callados mirando a Sir Arthur , que jugaba en la orilla.

—Muchacha... —dijo el laird al cabo.

—¡Guauuu, «muchacha»! —exclamó ella con burla cortándolo. Y cuando él la miró, indicó—: Si mal no recuerdo, su hijo Peter le reprochó a mi padre que lo llamara «muchacho» en vez de Peter McGregor. Pero, tranquilo, usted puede llamarme como quiera, porque las palabras muchacha o diabla , dichas como usted las dice, no me ofenden. ¿Y sabe por qué? —Cailean, rendido a aquella joven, negó con la cabeza y ella aclaró—: Porque algo me hace suponer que en los próximos días me van a llamar cosas peores...

Muerto de la risa, el laird dio una palmada al aire. Aquella muchacha alegre y vivaracha le gustaba más a cada segundo que pasaba.

—Ahora que te has casado con mi hijo Peter, sería agradable que me tutearas y me llamaras por mi nombre, Cailean, o, en su defecto, «suegro» o «padre»... —dijo sorprendiéndola—. ¿Qué te parece?

Carolina parpadeó con comicidad y, bajando la voz, bromeó:

—A mi padre en la intimidad lo llamo «papaíto»... ¡A ti podría llamarte «papi»!

La risotada de Cailean retumbó en el país entero. Aquella muchacha era desternillante. Y, antes de que pudiera responder, ella añadió con mofa:

—Si se me ocurre llamarte «papi» delante de tu mujer o de tus hombres, creo que podría temblar Escocia...

Cailean no podía parar de reír. Estaba claro que cuando alguien deseaba entenderse con otra persona podía ser fácil, y ellos dos, con su excelente sentido del humor, se entendían.

Estaba pensando en ello cuando, fijándose en el brazalete de cuero que la joven llevaba en el brazo, musitó:

—Es muy bonito tu protector de brazo.

Ella asintió y, con añoranza en la voz, afirmó:

—Me lo regaló mi hermano Greg, y para mí tiene un valor incalculable.

Cailean asintió. Entendía el valor que podía tener para ella. Y, mirando el carcaj con las flechas que llevaba colgado a la espalda junto con el arco, preguntó:

—¿Sabes utilizarlo?

—¿Acaso lo dudas?

—De ti ya comienzo a no dudar nada. —Él rio.

Oír eso provocó que la joven se burlara sin perder su sonrisa:

—Suegrito..., ¿puedes creer que tu hijo Peter me preguntó lo mismo?

Oír aquel diminutivo tan gracioso hizo que Cailean volviera a reír con ganas, y ella, complacida al ver su felicidad, señaló:

—Por cierto, lo reté y gané.

—¡No me digas!

—Ajá. Gané yo.

—Pero si Peter es un excelente...

—Yo soy mejor —lo cortó Carolina.

El hombre asintió. La seguridad que veía en aquella joven le agradaba, aunque iba a ser un gran problema para su esposa. Y entonces ella cuchicheó:

—Pero no se lo recuerdes a Peter, ya que podría molestarle, y más porque hice una pequeña trampa para ganar...

Él asintió encantado. La frescura de aquella joven era algo que sin duda su hijo Peter debía valorar, y, consciente de la complicidad que se había creado entre ambos, preguntó:

—¿Le hiciste trampas a mi hijo?

Sin dudarlo, Carolina asintió mientras miraba a Sir Arthur .

—Está mal que lo diga, pero la realidad es esa.

—Pero, jovencita...

Ella se levantó entonces y dijo mientras gesticulaba:

—Íbamos empatados y, viendo la calidad del tiro de Peter, y sabiendo que podía ganarme, decidí no permitírselo y..., bueno, ¡lo conseguí!

Divertido como desde hacía mucho que no lo estaba, el hombre soltó otra risotada; pero de pronto oyó a su espalda:

—Padre, te estaba buscando.

Al volverse para mirar, Cailean y la muchacha se encontraron con Peter, que los observaba.

—¿En serio Carolina te ganó con el arco? —le preguntó su padre divertido.

Oír eso hizo que Peter abriera los ojos desmesuradamente, y Carolina musitó dándole en el hombro al laird:

—¡Serás chivato...!

Boquiabierto, Peter miró a la que era su mujer. ¿Había llamado «chivato» a su padre? Pero al ver al hombre sonreír de una manera que llevaba tiempo sin hacer, entendió que el momento estaba siendo distendido para ellos; por ello se acercó e indicó tras saludar al perro, que se aproximó a olisquearlo:

—Sí, padre, me ganó.

El laird, que no podía parar de reír, se mofó de su hijo, y Carolina se apresuró a decir:

—No seas malo, Cailean. Te he confesado que le gané..., pero haciendo trampas.

Que ella dijera aquello ante su padre de pronto a Peter le resultó encantador y, deseoso de continuar en la misma buena sintonía, indicó:

—Me ganaste con trampas, pero en tu defensa he de decir que eres una excelente tiradora y que, posiblemente, sin trampas también podrías haber ganado.

—¿Tú crees?

—¡Lo creo! —afirmó él.

Gustosos, los tres bromearon durante unos minutos, hasta que Cailean se levantó y dijo comenzando a caminar hacia el campamento:

—Voy a echarme un ratito antes de cenar.

Carol y Peter asintieron. Luego el hombre, que ya se había alejado unos pasos, se volvió y declaró dirigiéndose a ella:

—Carolina, ni te imaginas lo mucho que me alegra que te hayas cruzado en nuestro camino.

—Qué bueno oír eso. —La aludida rio.

Complacido por su sonrisa, el hombre añadió:

—Puede que vuestra boda al final no haya sido un desacierto, sino todo lo contrario...

Y, dicho esto, y sin perder la sonrisa, se alejó, y Peter, mirando a la que era su mujer, preguntó:

—¿Qué le has dicho para que piense así?

Carolina, tan sorprendida como él, se encogió de hombros.

—No lo sé —repuso.

Y al poco, mientras observaba cómo Cailean se alejaba, comentó:

—Tu padre me parece un hombre increíble.

—Lo es. Te aseguro que lo es —dijo él.

El silencio se instaló entonces entre ambos, y la joven, consciente de que tenían una conversación pendiente, dijo tras ver sentarse a Sir Arthur :

—Creo que debemos hablar.

Peter asintió, él también lo creía. Pero, consciente de que deseaba que fuera algo íntimo y que quedara entre ellos, respondió volviendo a levantar la barrera que los había separado durante todo el día:

—Lo haremos, pero cuando así lo decida yo.

Y, dicho esto, dio media vuelta y regresó al campamento dejando a Carolina con una extraña sensación.

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