Atrévete a retarme

Megan Maxwell · Capítulo 65 de 76

Páginas del PDF

Atrévete a retarme

Capítulo 63

 

 

Carolina, que por segundos sentía que se le rompía el corazón, pensó en acercarse a Peter después de estar bailando durante un rato. Tenía que hablar con él. Sin embargo, prefería posponerlo hasta que estuviera más tranquila o, conociéndose, podría hacer una tontería.

Por ello, y viendo que Peter reía con sus hermanos, se alejó todo lo que pudo y se aproximó a una mesa que había junto a una de las ventanas para tomar algo de beber. Se encontraba abstraída en sus pensamientos cuando oyó a su lado:

—Los de fresa están muy buenos. Te los recomiendo.

Aquella era la voz de Rowena. No..., no..., no..., ¡ahora ella no!

Y, tras tragar el nudo de emociones que pugnaba por salir de su interior, después de dar un trago a la bebida que tenía en la mano, se volvió para mirarla y aquella, con una malvada sonrisa, cuchicheó con desagrado:

—Campbell, qué horrible placer volver a verte...

—Lo mismo digo, McGregor.

Ambas se miraron como rivales. Estaba claro que no se soportaban. Y entonces Rowena cogió un pastelito, se lo metió en la boca y, tras masticarlo, murmuró:

—Ya me ha dicho Arabella que te ha contado que estoy de dos faltas. — Carolina ni se movió y ella añadió—: ¡Está como loca de contenta! Y Piti no cabe en sí de alegría.

Sin poder evitarlo, Carolina miró a Peter, que en ese instante salía del salón con Harald. Que lo llamara «Piti» la sacaba de sus casillas. Y, volviendo a mirar a aquella, a la que deseaba matar, se disponía a intervenir cuando Rowena susurró:

—Pero, chissss..., nadie puede saberlo todavía.

Carolina miró la bandeja de pasteles y se imaginó cogiéndola y restregándosela a aquella por toda la cara. Pero entonces Rowena, tras sacarse algo del bolsillo, se lo mostró y preguntó:

—¿Sabes de quién es esto?

Al verlo, Carolina dejó de respirar. Lo que Rowena tenía en las manos era la medalla de Sarah que Blake siempre llevaba puesta. Bloqueada, parpadeó y se le erizó el vello del cuerpo. ¿Por qué la tenía Rowena? Pero cuando iba a hablar, esta añadió:

—Su vida a cambio de que desaparezcas y renuncies a Peter.

Un terrible calor le subió a Carolina por el cuerpo. Que aquella idiota retuviera a quien ella quería la enfadaba y mucho, por lo que siseó:

—Si le tocas un pelo a Blake, esta vez no te dejo calva..., sino que directamente te mato.

Rowena sonrió. Sabía que ahora ella tenía la sartén por el mango y, cuando vio que aquella se movía para agredirla, cuchicheó:

—Varios ojos nos observan, querida: si me tocas, tienes todas las de perder. No olvides que tú eres una Campbell y yo una McGregor. ¿Acaso crees que quienes nos rodean iban a permitir que me hicieras daño?

Carolina se detuvo mientras sentía cómo la rabia que le subía por el cuerpo la quemaba. Aquella imbécil tenía razón. Y, dándose la vuelta para poder pensar con lógica antes de hacer una tontería, abrió la ventana para que el fresco de la noche le diera en el rostro. Lo necesitaba.

Rowena se acercó entonces a ella, se apoyó en el marco de la ventana y prosiguió:

—Que tu amigo muera o viva depende exclusivamente de ti. Has de valorar si sigues siendo la esposa de Peter, entonces Blake morirá, o si por el contrario Blake vive, y la que se casa con Peter soy yo. Tú decides.

Carolina, bloqueada y con los ojos inyectados en sangre por lo que estaba oyendo, era incapaz de pensar; Rowena, con una maldad que incluso a ella la sorprendió, señaló más allá y susurró:

—¿Ves las copas que lleva Diana en la mano?

Enseguida Carolina miró y luego aquella añadió:

—En cuanto Diana se las entregue a sus tíos y estos beban de ellas, en pocos minutos ¡morirán!

—Pero ¿qué dices?

—Lo que oyes.

A la joven se le encogió el estómago. Pero ¿qué estaba ocurriendo allí?

—Pero ¿por qué ellos? —quiso saber.

—Porque me molestan para mis planes. Y porque, si mueren por tu culpa, Peter nunca te lo perdonará.

Carolina tomó aire. Debía pensar. Debía buscar una solución al problema. Y, como necesitaba tiempo para hacerlo, preguntó:

—¿Dónde está Blake?

—En el río que cruza el bosque. Junto a los rápidos. —Y, al ver cómo aquella la miraba, añadió con un puchero—: Pobrecillo, algo me dice que debe de estar congelado...

Carolina se demudó al oírlo.

—Lo confieso —continuó Rowena—. He forzado el momento de tu desaparición en mi propio beneficio. Pero ¿qué querías que hiciera si rechazaste mi anterior oferta? —Y, viendo su bloqueo, añadió señalando a Diana—: Las copas llevan un veneno que, por cierto, Diana y yo hemos dejado en tu habitación para que, tras el trágico desenlace, todos crean que fuiste tú quienes los envenenó.

—¡¿Qué?! —Y al ver que aquella sonreía, insistió—: ¿Diana y tú?

Rowena asintió al oírla, y Carolina inquirió:

—¿Qué tiene que ver Diana con todo esto?

Complacida por sentirse poderosa, Rowena escupió:

—Como dice Arabella, ni Gordon ni Campbell. Solo McGregor y Steward.

¿Ethan y Diana? ¿Eppie tenía razón?

Boquiabierta, Carol comenzó a unir las piezas, hasta que Rowena cuchicheó:

—El tiempo corre.

—Eres un ser terriblemente maligno.

—Lo sé. Pero cuento con la ventaja de que aquí todos creerán que lo eres tú. —Aquella se mofó.

Carolina miró a su alrededor. Peter no estaba, pero sí vio a Ethan, que reía mientras charlaba con unos hombres.

—Si se te ocurre avisarlos, nunca encontrarás a Blake —le advirtió Rowena.

Atada de pies y manos, pues lo último que quería era que Blake muriera, Carol tomó aire y, mirando a aquella que tanto odiaba, siseó:

—Cuando Peter o cualquiera de sus hermanos se den cuenta de esto, os...

—Sí, sí, sí. Bla-bla-bla... —la cortó, y, al ver que Diana ya llegaba junto a sus tíos, la apremió—: Si no quieres que esos vejestorios mueran en unos minutos, haz que te echen del castillo para que puedas ir en busca de Blake. Por cierto, como soy un ser maligno, como tú dices, allí te encontrarás con alguna que otra sorpresita... No te lo iba a poner fácil.

Horrorizada por aquello, y con el pulso a mil, Carolina apretó los puños. Adoraba a Peter, daría su vida por él, pero tenía que hacer lo que aquella le pedía sin rechistar para que a Blake, Cailean y Arabella no les pasara nada.

Por eso, al ver cómo Diana les entregaba las copas a sus tíos y luego se alejaba, corrió hacia ellos sin pensarlo y, cuando estos iban a beber, gritó mientras soltaba sendos manotazos:

—¡Nooo!

Las copas de ambos se estrellaron con estruendo contra el suelo.

Cailean la miró boquiabierto, y Arabella, con gesto de enfado, gruñó:

—Maldita Campbell..., ¿qué acabas de hacer?

Quienes estaban junto a aquellos la miraban con gesto de reproche. Lo que acababa de hacer había sorprendido a todo el mundo, pero, sin tiempo para explicaciones, Carolina se disponía a darse la vuelta cuando Cailean, agarrándola del brazo, la detuvo y preguntó con seriedad:

—Muchacha, ¿a qué ha venido eso?

—Cailean, ahora no.

—¿Cómo que ahora no? —replicó él enfadado por su acción.

Con el corazón en la garganta, al ver que Rowena se acercaba para preocuparse por lo ocurrido, y sabiendo que si decía algo Blake lo pagaría caro, Carol cambió entonces el gesto y exclamó:

—¡Suéltame, sucio McGregor!

—¿Qué has dicho? —gruñó el hombre descolocado.

—Que me sueltes si no quieres que te arranque la cabeza.

Como un resorte, él la soltó mientras Arabella la miraba sin palabras. En todo el tiempo que la joven llevaba en el castillo nunca le había hablado de esa manera a su marido.

—Está visto que me equivoqué contigo —siseó el laird horrorizado—. ¡Fuera de mi vista, maldita Campbell!

Con el corazón encogido al ver la decepción en los ojos de Cailean, Carol tragó saliva y respondió tomando aire:

—Nada podría proporcionarme mayor satisfacción, maldito McGregor.

Rowena, poniéndose al lado de aquellos junto a Diana, al oír eso dijo alto y claro para que todos los que estaban alrededor lo oyeran:

—¿Cómo puedes dirigirte de esa manera al laird de estas tierras, que encima es el padre de tu marido?

Carolina vio sorpresa y decepción en la mirada de Cailean. Lo que acababa de hacer ante sus invitados era algo imperdonable. E, incapaz de seguir allí, tras dar un empujón a Rowena, que cayó en los brazos de su suegro, se dio la vuelta y abandonó rápidamente el salón ante el gesto de sorpresa de quienes los rodeaban.

Como era de esperar, Arabella se llevó la mano a la cabeza y fingió un desmayo, mientras Cailean y los más próximos a ellos se preocupaban por ella. Las primeras, Rowena y Diana.

* * *

Mirando hacia atrás para comprobar que nadie la siguiera, Carolina subió a su habitación.

Una vez allí, y sin cambiarse de ropa, pues el tiempo apremiaba, se limitó a coger su piel para protegerse del frío, su talega de medicinas y sus armas. No necesitaba más.

Provista con su espada, el arco y el brazalete de cuero, y consciente de que si bajaba al salón sería interceptada no solo por Cailean y Arabella, sino también por Peter y sus hermanos, decidió lanzarse por la ventana que había en la escalera. Estaba muy lejos del suelo, pero no tenía otra opción si quería salir del castillo.

Al saltar, rodó por el suelo y, por fortuna, la nieve amortiguó su caída, por lo que, tras levantarse, cogió su arco y el carcaj con las flechas y, colgándoselos a la espalda, corrió hasta las caballerizas para llevarse a Mysie .

Al llegar allí se encontró con Alan, el amigo de Iver, que se acercó a ella.

—Escucha, Carolina...

—Ahora no, Alan —lo cortó.

El aludido, al ver que aquella no quería escucharlo, la cogió del brazo e insistió:

—Carolina, creo que...

Pero no pudo decir más. Tras oírse un golpe seco, Alan cayó al suelo y, cuando la joven lo miraba boquiabierta, oyó:

—Te la debía. Por si no lo recuerdas, me quitaste de encima al gusano de Conrad.

Carol no sabía si reír o llorar, y entonces Alison apareció de entre las sombras y, tirando el trozo de madera que llevaba en la mano, dijo:

—Tranquila..., cuando despierte le dolerá la cabeza y poco más.

Ella asintió y su amiga preguntó entonces:

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—¿Y adónde vas con el arco y con tanta prisa?

Carol negó con la cabeza. No quería meter en aquel lío a Alison. Pero aquella, que había presenciado lo ocurrido en el salón, insistió:

—Tienes dos opciones: o me dices qué pasa, o ¡por Tritón que no te mueves de aquí!

Horrorizada, Carolina maldijo y, consciente de que el tiempo apremiaba, le contó lo sucedido por encima.

Al cabo, Alison se apresuró a montar en su caballo.

—Te acompañaré —afirmó.

—No... Que yo me meta en un problema no quiere decir que tengas que meterte tú también.

A Alison le hizo sonreír oír eso. Los problemas siempre habían sido su especialidad. Y, segura de sí misma, declaró:

—Aunque Harald se enfade, no pienso dejarte sola. ¿Y sabes por qué? Porque eres mi amiga, y yo por los amigos mato. Y ahora vamos, déjate de tonterías, que no tenemos tiempo que perder.

Y, sin más, las dos salieron de las caballerizas al galope, mientras muchos de los guerreros que por allí estaban las miraban sorprendidos y se preguntaban adónde irían con tanta prisa.

OceanofPDF.com