Atrévete a retarme

Megan Maxwell · Capítulo 6 de 76

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Atrévete a retarme

Capítulo 3

 

Castillo de Sween, Escocia

El día en el impresionante castillo de Sween, propiedad de los Campbell y situado en la preciosa península de Knapdale, estaba siendo muy ajetreado.

La fortaleza, una de las más antiguas de Escocia, estaba preparándose para una de sus multitudinarias cenas, que terminaría con una divertida fiesta. Si algo les gustaba a los Campbell además de la lucha, para la que siempre estaban listos, eran las celebraciones: adoraban el baile y el bullicio.

Además, aquella fiesta tenía una finalidad. Tanto el laird Munro como su sufrida esposa, Lorna, buscaban marido para Carolina, su díscola hija menor, una complicada muchacha de carácter afable, pero con unas ideas y una resolución que para muchos, entre ellos sus progenitores, no eran fáciles de sobrellevar.

Sus otros seis hijos, Greg, Daviana, Ronette, Bhaltair, Brod y Rob Roy, habían asumido sus responsabilidades llegado el momento, aceptando matrimonios que favorecieran a su clan.

Pero con Carolina no estaba resultando así. Ella traía a sus padres por la calle de la amargura desde el mismo instante en que nació. Lo achacaban a que, mientras sus hermanos vinieron al mundo tranquilamente en el castillo Campbell, rodeados de paz y sosiego, ella nació en mitad de una incursión.

A diferencia de sus hermanas, a las que les encantaban sus vidas acomodadas, a Carolina le interesaban otras cosas, y se desvivía por ayudar a quienes lo necesitaran, les gustara o no a sus padres.

Cuando era una niña, a su padre, el laird Munro Campbell —al que muchos apodaban «el Diablo de Escocia» por su mal carácter—, aquello que la diferenciaba de sus hermanas le hacía gracia. Carolina siempre le había demostrado que era valiente, lista, perspicaz e insistente como un niño, pero con la belleza, la sonrisa y las artimañas de una niña.

No obstante, aquello que en un principio había sido gracioso para él y una incomodidad para su esposa, según fue creciendo la joven se convirtió en una losa. Carolina era desafiante y desobediente, y los pocos incautos que se acercaban a ella salían escaldados para no regresar jamás.

Por suerte para Munro y para Lorna, todavía quedaban ingenuos que deseaban conocer a su hija y, como les habían enseñado sus progenitores, la esperanza era lo último que debían perder.

Munro estaba mirando por la ventana del salón del jardín trasero del castillo mientras pensaba en ello cuando su mujer entró en la estancia y se le acercó.

—Ha llegado John Campbell con su mujer y su hijo Kendrick —le dijo con una sonrisa.

—Excelente noticia —afirmó el laird.

Desde que era niño, Kendrick Campbell había bebido los vientos por Carolina. Durante años, y a pesar de las trastadas que esta le hacía, intentó conseguir su amor, pero ella nunca se lo concedió. Ambos eran dos titanes con demasiado carácter, pero si algo horrorizaba a la joven era el lado sanguinario de aquel. Kendrick Campbell, como antaño había hecho su padre, buscaba la confrontación, la guerra con cualquiera que no se apellidara como él, y eso era algo que Carolina no podía soportar.

—Ronette y Ervin los están recibiendo —declaró Lorna—. Siendo Ervin sobrino de John, me ha parecido una buena opción.

—Estoy contigo —convino Munro.

Ella, al ver entonces a su marido mirar a su alrededor, añadió con coquetería mientras se atusaba el cabello:

—Me consta que tras ellos llegarán Liam, Lucas y Walter Campbell con sus hijos.

Munro asintió y añadió mirando un papel que sostenía en la mano:

—Yo espero al laird Cailean McGregor.

Sorprendida al oír ese apellido, pues los Campbell y los McGregor nunca habían sido buenos amigos, Lorna preguntó:

—No vendrá a lo mismo que el resto, ¿verdad?

Munro se apresuró a negarlo. Ni loco permitiría que uno de esos McGregor se casara con su hija.

—No, no —repuso—. Solo viene a preguntar por unas tierras.

Ella afirmó con la cabeza y, sin darle mayor importancia, añadió:

—Por la tarde vendrá también Leonard Campbell con sus nietos.

Munro suspiró esperanzado y a continuación tomó aire.

—Las expectativas son buenas —dijo.

Viendo el gesto de su marido, y segura de lo que aquel pensaba, Lorna añadió:

—Carolina seguirá rechazando a Kendrick Campbell.

Su esposo la miró. Sabía que la fama de aquel no era buena, pero, consciente de quién era su hija, indicó:

—Querida, te guste o no, ese guerrero es el único que sabría llevar a Carolina.

—¿Acaso pretendes que se maten entre sí?

A Munro no le gustó oír eso. Él jamás lo permitiría.

—No presupongas cosas que no sabes —repuso—. También me llaman a mí «Diablo» por mi vena sanguinaria en combate, y nuestra hija Carolina, la mujer más terca y desobediente de Escocia, sigue viva.

—Munro...

—El que Kendrick sea un fiero y temido guerrero no significa que con ella vaya a ser igual. Y antes de...

—Munro —lo cortó Lorna—. Mejor no presupongas tú nada. Y deja de pensar que Carolina y él se casarán, porque eso nunca ocurrirá.

Ambos se miraron. Tenían un buen matrimonio, y siempre habían hablado las cosas; pero en ocasiones Carolina y su particular manera de ser los alejaban.

—Deja de mirarme así, esposo —murmuró ella resoplando—. No me intimidas.

Munro maldijo, y Lorna, para que la cosa no fuera a más, comentó:

—Anoche hablé muy seriamente con ella.

—¡Como siempre! —afirmó el hombre nada esperanzado.

Ella suspiró. Su hija desconcertaba a todo el mundo con sus actos, y al primero, a su padre. Carolina era una muchacha valiente, desafiante y muy desobediente, pero Lorna, como su hijo Greg, sabían que tras aquella fachada de dureza había una joven que deseaba encontrar el amor.

Estaba pensando en ello cuando añadió para contentar a su marido:

—Le hice entender que su actitud ha de cambiar porque su deber es casarse como hicieron anteriormente sus hermanos, y pareció entenderme, pues no rechistó.

Saber eso hizo que Munro asintiera, y a continuación la puerta del salón se abrió y entraron sus hijos Bhaltair, Brod y Rob Roy.

—¿Creéis que esta vez Carolina se comportará? —preguntó Bhaltair dirigiéndose a sus padres con mofa.

—Más le vale —terció Rob Roy y, recordando el último episodio vivido entre la chica y el hermano de un amigo, cuchicheó—: No estoy dispuesto a disculparla de nuevo como tuve que hacer con el hermano de Sam.

Lorna y su marido se miraron cuando Brod preguntó al tiempo que Greg, otro de los hermanos, entraba en la estancia:

—Padre, ¿por qué consientes tanto a Carolina?

—Eso digo yo —afirmó Bhaltair.

—Porque es la niñita de padre, madre y Greg —siseó Rob Roy.

—Hijos, no seáis celosos —indicó Lorna—. Simplemente Carolina es la pequeña y hay que tratarla como tal.

—Madre —se quejó Bhaltair—. Hablas de ella como si aún fuera una niña cuando no es así; es una maleducada a la que le falta disciplina.

Munro se aclaró la garganta. Carolina había llegado a sus vidas cuando nadie la esperaba y desde pequeña fue un terremoto inquieto, cariñoso y juguetón. A diferencia de sus hijas Daviana y Ronette, e incluso de sus hijos varones, Carolina era valiente, intrépida y sagaz, y eso, como el buen guerrero que era, a Munro le llamaba la atención, aunque ahora lo llevara por la calle de la amargura. Estaba pensando en ello cuando Greg, el hijo mayor, tras darle un cariñoso beso a su madre en la mejilla, indicó:

—¿Qué tal si os ocupáis de vuestros propios problemas y dejáis en paz a Carolina?

Sus hermanos lo miraron molestos, pero él, ignorándolos, le tendió unos documentos a su padre.

—Luego échale un vistazo a esto —dijo—. Te interesará.

Munro asintió y segundos después sus hijos salieron de la estancia para atender sus asuntos. Lorna vio entonces el gesto preocupado de su marido y musitó:

—Tarde o temprano Carolina entrará en razón. No hemos de perder la fe.

—¡Y no la pierdo! —exclamó él mirando hacia otro lado.

Su esposa sonrió. En ocasiones era imposible no reír por las trastadas que su hija les hacía a sus pretendientes.

—Todavía no he olvidado cuando en Edimburgo empujó por un barranco al joven Lenneth McLeod —comentó.

—Su padre tampoco lo ha olvidado —gruñó Munro.

—¡Ni su madre!

A Lorna se le escapó una risotada. Su hija era tremenda. Pero, sintiéndose culpable, cuchicheó:

—Me parece terrible estar riéndome por ello.

—A mí también me lo parece —la regañó Munro.

Lorna suspiró e, intentando hacerle ver a su marido que estaba de acuerdo con él, a pesar de la infinidad de fechorías que le ocultaba de Carolina, indicó:

—Querido, tarde o temprano todo se solucionará con respecto a ella.

Él calló. Otros en su lugar ya habrían decidido el futuro de su hija sin tantos miramientos.

—Le he pedido a Daviana que suba a la habitación de Carolina y la haga bajar —continuó Lorna—. Creo que antes de que lleguen nuestros invitados debemos volver a recordarle juntos las normas de comportamiento y lo importante que sería para nosotros establecer nuevas alianzas con los hombres que vienen a pretenderla.

—Me parece bien —afirmó Munro—. Nuestra hija es una joven indisciplinada que se cree indestructible como un guerrero sin pensar en los riesgos que ello conlleva —gruñó a continuación—. ¡Pero es una mujer! Por el amor de Dios, esposa, ¿cómo se lo hacemos entender? Y, sobre todo, ¿qué podemos hacer para que deje de ser tan desafiante?

Lorna, que lo comprendía perfectamente, murmuró:

—Entre tú y yo, no entiendo cómo todavía existen hombres que deseen conocerla.

El laird miró a su mujer. Sabía de primera mano en qué se fijaban los hombres.

—El motivo es que es mi hija —indicó—. ¿Quién no querría estar casado con la hija del Diablo? Y, además, es una joven sana y bella. Posee unos preciosos ojos oscuros como la noche y una sonrisa que atonta al guerrero más tenaz. Y eso, querida, se sabe en todas las Highlands y despierta la curiosidad de los hombres.

Lorna suspiró. Sabía que el hecho de que Carolina fuera hija del laird Munro Campbell era un buen reclamo que precisamente su hija odiaba. Pero cuando iba a hablar su marido añadió:

—Sé que no te gusta oír lo que voy a decir, pero Kendrick Campbell será nuestra solución.

—Munro, ¡no!

—Lo siento, esposa, pero al final veo que voy a tener que elegir yo.

Desesperada, Lorna lo miró. Aquel hombre que había mencionado era todo lo opuesto a lo que intuía que su hija deseaba en la vida, y resopló.

—Tú y Greg tenéis gran parte de culpa de que nuestra hija sea así — musitó.

—¡Ya estamos!

—¡Ya estamos, no! Es la verdad.

—Entonces tú también tienes tu parte de culpa —repuso Munro—. ¿O acaso crees que soy tonto y no sé los líos en que se mete y que tú me ocultas?

Lorna miró hacia la ventana disimulando. Lo último que quería era volver a discutir con su marido a causa de su hija.

—Uis... —dijo—, parece que se oyen más caballos que llegan.

Munro refunfuñó.

En ese mismo instante la enorme puerta del salón se abrió y Daviana entró con gesto de enfado.

—¡No está! —exclamó.

—Bendito sea Dios —susurró Lorna imaginando de quién hablaba.

Su hija siseó enfadada:

—Carolina se ha marchado aun sabiendo que el castillo se llenará de pretendientes para ella... ¡Su comportamiento es inaceptable, como siempre!

Lorna se retorció las manos. Aquello no pintaba bien, y menos viendo el gesto fiero de su marido. Pero, cuando iba a hablar, Daviana, que al igual que casi todos sus hermanos no soportaba a Carolina, agregó:

—Su caballo tampoco está, por lo que imagino que ya sabéis adónde ha ido.

Munro bramó furioso y Daviana, deseosa de que su padre castigara a su irreverente hermana, insistió:

—¡Padre! No sé cuándo vas a hacer algo para que deje de avergonzarnos.

El hombre maldijo y Lorna indicó dirigiéndose a su hija:

—Daviana, creo que...

Pero no pudo continuar, pues la puerta se abrió de par en par y entró su hija Ronette del brazo de su marido Ervin.

—Padre, madre, hermana... —anunció con pomposidad—, John, Eloise y Kendrick Campbell están aquí.

Cambiando su preocupado gesto por una esplendorosa sonrisa, Lorna los miró y, cogiendo la mano de su marido, se acercó a ellos.

—Bienvenidos a nuestro hogar —les dijo.

* * *

El tiempo pasaba. Los invitados fueron llegando y todos preguntaban por Carolina.

Munro, Lorna y sus hijos, azorados ante sus insistentes demandas, se miraban entre sí y daban continuamente absurdas explicaciones mientras para sus adentros se prometían matar a Carolina cuando apareciera.

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