Atrévete a retarme

Megan Maxwell · Capítulo 35 de 76

Páginas del PDF

Atrévete a retarme

Capítulo 32

 

 

La comitiva continuó por las calles de Dirleton. A su paso salían cientos de personas para saludarlos, y las mujeres volvían a gritar enloquecidas el nombre de su esposo. Tras un ratito de subida hacia la fortaleza, las puertas de la misma se abrieron y de ellas salió un joven que exclamó levantando la mano:

—¡Padre!

Sin necesidad de que le dijeran quién era, Carolina lo comprendió. Se trataba de Iver, el hermano pequeño de los McGregor. Era una mezcla entre Ethan y Peter, y de entrada su sonrisa ya le gustó.

Acto seguido, tras él apareció una mujer perfectamente engalanada. Alta y rubia, de ojos claros. Su gesto era serio. Su porte intimidante. Y, consciente de quién era aquella, Carol murmuró para sí:

—Madre mía...

En silencio, todo el mundo prosiguió su camino, pero de pronto la elegante mujer, tras levantar un arco que se sacó de la espalda, lanzó una flecha al aire que cayó en el camino y gritó:

—¡Ni un paso más!

Sorprendidos por aquello, los McGregor se detuvieron y Cailean siseó molesto:

—Arabella, ¿qué clase de recibimiento es este?

—¡Madre! —protestaron sus hijos.

La mujer, incapaz de reprimir lo que pensaba, clavó entonces la mirada en su marido y siseó:

—¿Cómo has podido permitirlo? ¿Qué hace Peter casado con una sucia y asesina Campbell? ¡Y nada menos que con la hija del Diablo!

Según oyeron eso, todos supieron que su tío Arthur se había encargado de informar a su madre antes de que ellos llegaran.

—¡Por unas malditas tierras esa Campbell está ahora en mi familia! — continuó la mujer.

Peter se volvió y miró a Carolina. Comprobó que observaba a su madre con seriedad, y su gesto le hizo saber que no estaba pensando nada bueno.

—Arabella, cálmate —oyó que decía entonces Cailean—. Hablaremos ahora de ello.

—¡¿Que me calme?! ¡¿Que me calme?! —voceó aquella—. Pero ¿cómo me voy a calmar, esposo? Me traes una Campbell a la puerta de mi casa, ¿y esperas que no la mate?

—¡Madre! —protestó Iver acercándose a ella.

Peter, ofuscado por aquel recibimiento, se apeó del caballo y, andando en su dirección, siseó:

—Madre, ¡basta ya!

Rápidamente Cailean e Ethan bajaron también de sus corceles y, cuando caminaban ya detrás de Peter, este llegó junto a Arabella.

—Madre, escucha...

—No, hijo, no. Escúchame tú a mí. Esa asesina solo traerá deshonra y desgracias a nuestra familia.

—Por Dios, Arabella, ¿quieres cerrar esa boca de una vez? —la cortó Cailean, que era consciente del modo en que sus guerreros los miraban.

Pero la mujer estaba fuera de sí. Nunca se imaginó que en su familia pudiera ocurrir algo parecido. Y cuando se disponía a responder, su marido la agarró del brazo con fuerza y siseó:

—Deja de avergonzarme ante mis hombres, o por primera vez en nuestras vidas tendremos un gravísimo problema.

Arabella miró a su esposo, que jamás le había hablado de ese modo, y él, con gesto ofuscado, insistió:

—¡Entra en casa!

Furiosa, ella asintió, pero masculló:

—Que no entre esta Campbell o no respondo de mis acciones.

Cailean, enfadado como en su vida, insistió con tozudez:

—Es mi fortaleza. Eso lo decidiré yo, no tú.

Ella, ciega por el enfado, se dio la vuelta y desapareció tras la puerta, momento en el que el laird se dirigió a su hijo Ethan.

—Que los hombres vayan a descansar a sus hogares —indicó, y luego añadió mirando a Peter—: Dile a tu mujer que venga. Entrará en esta fortaleza como yo me llamo Cailean McGregor.

Una vez que el laird desapareció tras la puerta, Ethan se volvió hacia un descolocado Peter y le preguntó:

—¿Acaso esperabas un bonito recibimiento?

Y, dicho esto, pasó por su lado y comenzó a dar órdenes a los guerreros, mientras Iver se acercaba a Peter y, tras darle un abrazo que a este le gustó, susurró:

—Lleva así desde que tío Arthur mandó a un hombre para advertirla.

Peter asintió ofuscado. E Iver mirando a Carolina añadió:

—Tu mujer es más bonita de lo que imaginé.

Sin mirarla, Peter aclaró:

—No es mi mujer, es mi molestia . Y me guste o no, lo será durante un año.

Iver asintió y, volvió a mirar a Carolina, que hablaba con Carson.

—Es bueno saberlo. ¡Bonita molestia ! —afirmó.

Según oyó eso, su hermano lo miró e Iver, viendo su gesto, cuchicheó:

—Siempre me han gustado las mujeres de pelo claro, pero esta tuya, aunque sea morena, ¡no está nada mal!

Molesto por aquello, Peter resopló.

—Mantente alejado de ella, ¿entendido? —le advirtió a su hermano.

Iver sonrió, pero, deseoso de ver las reacciones de Peter, insistió:

—Por supuesto. Durante este año simplemente será mi cuñada. El año que viene..., ¡ya se verá! Por cierto, ¿qué dirá Rowena?

—Iver, por favor, ahora no —protestó Peter.

—¿Crees que madre la habrá asustado? —preguntó entonces Iver.

Según oyó eso, Peter volvió a mirar a su esposa; si algo le sobraba a aquella era carácter.

—Lo dudo —afirmó.

Unos instantes después, cuando Carol llegó hasta ellos con Carson, su gesto era serio. Estaba claro que aquel recibimiento no le había gustado nada. E Iver, dirigiéndose a su hermano, inquirió:

—¿Me la presentas o me presento?

Peter le advirtió con la mirada, pero asintió. Y, consciente de que tenía que seguir con el teatrillo ante su madre y sus hermanos, empezó a decir:

—Iver, ella es Carolina, mi...

—Molestia —lo cortó la aludida.

Iver sonrió. Peter, no. Y, tomando aire, prosiguió:

—Él es Iver, mi hermano pequeño.

Carol, que estaba seria por lo que suponía que iba a pasar, miró a aquel muchacho, y entonces él, con una sonrisa, le cogió la mano y dijo tras besársela:

—Encantado de conocerte, bella Molestia. Eres mi cuñada y quiero que sepas que, sea cual sea tu apellido, me hace inmensamente feliz conocerte.

Peter lo miró. Le molestó que empleara con su mujer aquella galantería que él en otros tiempos le había enseñado.

—Iver... —cuchicheó.

El aludido lo ignoró y continuó mirando a la joven, que sonreía:

—Como habrás comprobado, madre tiene...

—¿Muy mal carácter? —lo cortó ella.

Eso hizo reír a Iver, y Carolina, que estaba de los nervios, se mofó:

—Creo que llamarla «mami» o «suegrita»..., ¡como que no!

—¡Cielo santo, ni se te ocurra! —Iver rio.

Peter suspiró al oírla.

—Vayamos dentro —indicó—, y por favor, contén tu lengua.

Ella asintió. Y en silencio los tres entraron en el castillo.

Una vez dentro, Carolina se fijó en la decoración que los rodeaba. Estaba claro que los McGregor tenían buen gusto. Y entonces se oyeron las voces de Arabella y Cailean.

—Si la cosa se pone fea y hay que salir huyendo, detrás de esa cortina marrón hay una puerta que da a la parte de atrás de la fortaleza. Sal por ahí, ¡nadie te verá! —indicó Iver burlón.

Eso hizo sonreír a Carolina, que miró la cortina, y Peter, molesto por aquello, gruñó:

—¡Iver!

Los dos hermanos se miraron, y en ese momento su padre soltó un bramido e Iver señaló con un suspiro:

—Están en el despacho.

En ese instante entró Ethan en la fortaleza y, tras mirar a sus hermanos, se encaminó hacia el despacho; los demás lo siguieron.

Allí el espectáculo era colosal. Arabella, furiosa, tiraba todo lo que encontraba a su paso, mientras que Cailean, con gesto serio y fiero, le gritaba sin parar.

Durante varios segundos Peter permaneció en silencio junto a sus dos hermanos y Carolina, hasta que la mujer, al darse cuenta de su presencia y ver a Carol, siseó:

—He dicho que no la quería en mi hogar. He dicho que...

—Madre, ¡basta ya! —la cortó Peter levantando la voz—. Ella es mi... mi...

—¡Molestia! —terció Carolina, consciente de lo que le costaba decir que era su mujer.

Peter asintió al oírla. Si él la llamaba así, su madre podría hacerlo también.

—Y como tal, tienes que aceptarla —finalizó.

—¿Cómo has permitido que mi hijo se casara con esa asesina por unas malditas tierras cuando sabes perfectamente que yo quería que se casara con la preciosidad de Rowena McGregor?

Cailean resopló.

—Lo de «asesina», señora, se lo puede ahorrar —sugirió Carol.

Ambas se miraron en silencio, dejando claro que las dos tenían carácter, e Ethan, viendo el apuro de su hermano Peter, decidió intervenir:

—Madre, sosiégate. La unión solo durará un año.

Pero Arabella negó enloquecida con la cabeza y, quitándole a su esposo la espada que llevaba al cinto, exclamó empuñándola:

—¡El año se acabó aquí y ahora! ¡La voy a matar!

—¡Madre! —protestó Iver.

Sin dudarlo, Ethan y Peter le arrebataron la espada de las manos. Pero ¿se había vuelto loca? Y Carolina, dispuesta a no dejarse amedrentar por aquella, tocó entonces la espada que llevaba colgada en su cintura y le advirtió:

—Señora, no juegue con fuego o se quemará.

—¡Maldita Campbell! —bramó la mujer.

—... dijo la Steward —replicó la joven con la misma rabia.

—¡Carolina! —la regañó Peter.

—¡¿Carolina, qué?! —gritó ella.

—Vaya, ¡menudo carácter! —opinó Iver burlón.

La joven suspiró molesta. Sabía que aquella mujer no la iba a recibir con un abrazo, pero de eso a la que estaba montando había un mundo. Así pues, sin dejar de mirar a la mujer, que la estaba matando con la mirada, siseó:

—Mire, señora. Créame que me hace tan poca gracia como a usted estar donde no soy bien recibida. Pero mientras esté aquí le voy a pedir que, por el bien de todos, contenga los insultos hacia mi persona y mi familia o al final tendremos un problemita. —Y, dicho esto, miró a su marido e indicó —: Lo siento, Peter, pero delante de mí nadie insulta a mi familia.

Él resopló; estaba desconcertado por la actitud de su madre. Entonces, sin pensar en la posición de Carolina, le advirtió de malos modos:

—Deja de sentirlo y ¡cállate!

Molesta por aquello, e incapaz de morderse la lengua, la joven siseó entonces:

—A mí no me hables así.

—¡Carolina! —bramó Peter.

A continuación la joven, sin importarle cómo la observaban todos, miró al que era su marido.

—Mi paciencia comienza a agotarse —gruñó—. Te lo advierto, McGregor, ¡no me enfades más!

—A mi hijo tú no le adviertes nada y le tienes un respeto, ¡¿te queda claro?! —gritó Arabella.

Carolina, al oír eso y ver la furia en el rostro de aquella, decidió cambiar de táctica. Sabía que si empleaba la sonrisa podía sacar de sus casillas a cualquiera.

Entonces Ethan, viendo aquello, tocó el brazo de su hermano para que lo mirara y, poniéndose en su piel por vez primera, pidió:

—Vamos a tranquilizarnos todos, ¿de acuerdo, Peter?

—Vaya, don Dramitas..., por fin estamos de acuerdo en algo —señaló Carol sonriendo.

Entendiendo sus palabras, Iver exclamó de pronto con mofa:

—¡Qué maravilla de mujer!

Y, acto seguido, todos se quedaron en silencio. Estaba claro que alcanzar la paz entre todos ellos sería complicado.

—Quiero a esa Campbell... —empezó a decir de nuevo Arabella.

Pero Peter e Iver la cortaron al unísono:

—Se llama Carolina.

Su madre los miró. No pensaba llamarla por su nombre.

—La quiero fuera de mi fortaleza ¡ya! —insistió.

—Encantada de desaparecer de aquí —terció Carol.

Pero cuando iba a echar a andar, Peter la agarró de la mano y le exigió con la mirada que no se moviera de donde estaba.

—Si se va ella, yo también me iré —le advirtió a su madre en un tono alto y claro.

—¡Peter! —La mujer sollozó.

La mirada que le dirigió Arabella lo destrozó, pero, sabiendo que le había hecho una promesa a la familia de Carol, replicó:

—Donde ella no es bien recibida no lo soy yo. Y te advierto, madre, que como salga por esa puerta no volveré a cruzarla te pongas como te pongas. Por tanto, o cambias tu actitud u hoy perderás a un hijo... ¡Tú decides!

La mujer se quedó sin aire. Oír que Peter le decía eso fue devastador para ella. Lo amaba. Adoraba a su hijo.

Entonces Cailean, viendo a su esposa bloqueada, sacó el genio que siempre había hecho de él un líder ante su gente y siseó:

—¡Mujer, recapacita! Y por una vez en la vida, antepón a tu hijo a tus propios fantasmas.

—Padre... —musitó Ethan.

Cailean y su mujer se miraron y él, sabedor de que sus hijos lo observaban con atención, masculló en voz baja:

—Steward..., me da igual si no vuelves a hablarme en tu vida, pero no voy a permitir que me desacredites ante nadie, ¿me has entendido? Esta es mi fortaleza, y mi hijo Peter y su mujer están en su casa. —Ella no respondió y él prosiguió—: Nuestro hijo se ha casado con una joven llamada Carolina y...

—¡Una Campbell! —exclamó entonces Arabella interrumpiéndolo—. Oh, Dios, hijo mío..., ¿cómo puede ser ella tu mujer?

—Dejémoslo en que de momento es mi molestia —matizó Peter.

Cailean, que no estaba en absoluto de acuerdo con lo que su hijo acababa de decir, pero entendiendo la desazón de su mujer, aunque no la compartiera, levantó la voz:

—Arabella, aunque solo sea por respeto a nuestro hijo y al trato que hicimos con la familia de la muchacha para la boda, deberías comportarte como una madre y no como una loca. Peter y Carolina, con intención de no deshonrar ni a los Campbell ni a los McGregor, van a cumplir su promesa de estar casados durante un año. ¡No hay más que hablar!

La mujer temblaba de frustración. La situación podía con ella.

—Mi intención era estar aquí un tiempo con vosotros —indicó Peter entonces—, pero viendo el recibimiento, creo que...

—Os quedaréis —aseguró Cailean—. Quiero enseñarle a Carolina nuestras tierras.

—Yo estaré encantado de acompañaros, padre —se ofreció Iver.

Oír eso hizo que Peter lo mirase, y entonces Iver añadió sin importarle los gestos de asombro de su madre y de su hermano:

—Disfrutaré de mi preciosa cuñada mientras me sea posible.

Un extraño sentimiento de posesión invadió a Peter en referencia a Carolina; de pronto fue consciente de que todavía tenía la mano de ella entre las suyas, e, intentando hacerle saber que estaba con ella a pesar de lo ocurrido, se la apretó.

La joven resopló. Deseaba decirle lo que pensaba de la bruja de su madre, pero, comprendiendo que no era ni el momento ni el lugar, simplemente asintió.

Arabella se revolvió por dentro al ver aquello. Estaba claro que Peter no le iba a permitir meterse en su relación, y como minutos antes había hecho Carolina, decidió cambiar de táctica. Llorar siempre le funcionaba, y, consciente de que aquella maldita Campbell había embaucado a su marido y a sus hijos, dijo con la barbilla temblorosa:

—Pido disculpas por mi comportamiento...

—Madre, eso te honra —susurró Ethan conmovido.

Con una teatralidad que a Carolina le hizo gracia, tras su frialdad inicial, la mujer prosiguió:

—Me avergüenzo de mí misma. Sé que no he estado acertada con mi animadversión a los Campbell. Me he dejado llevar por los nervios y las inseguridades y no he recibido como corresponde a la esposa de mi hijo.

Dicho esto, comenzó a berrear como si no hubiera un mañana, mientras su marido, Ethan e Iver intentaban consolarla.

Boquiabierta, Carolina ni siquiera se movió. Estaba claro que aquella embaucadora de emociones buscaba meterlos de nuevo en su redil a través de la pena.

Y entonces la mujer, mirando a Peter con los ojos llenos de lágrimas, añadió:

—Hijo mío..., si he de ponerme de rodillas para disculparme por mi terrible comportamiento, lo haré. Pero nunca, nunca, nunca te alejes de mí. Si lo haces, ¡moriré de tristeza y desasosiego!

Carol parpadeó mientras pensaba: «¡Menuda bruja!».

¿En serio Peter creía lo que su madre estaba haciendo?

Sin moverse, observó cómo los McGregor se desvivían por la mujer, y en ese momento comprendió de quién habían heredado la frialdad que demostraban Ethan y Peter cuando les interesaba.

Conmovido por las palabras y las lágrimas de su madre, Peter soltó entonces a la muchacha de la mano, fue hasta ella y, ante sus emocionados hermanos y su padre, susurró sin tocarla:

—Madre..., agradezco tus palabras y acepto tus disculpas. Pero, por favor, te ruego que no me llores. Sabes que no puedo con tus lágrimas.

—Yo tampoco, mi preciosa Arabella —musitó Cailean enternecido.

Sin moverse, Carolina observó a los cuatro hombretones emocionados. Se estaban tragando el teatrillo de aquella. ¿En serio eran tan tontos? Vio cómo las lágrimas de cocodrilo de Arabella les encogían el corazón. Estaba claro que sabía manejarlos, por lo que decidió que lo mejor era no abrir la boca.

Pasados unos minutos en los que todos ignoraron a la joven, cuando por fin la mujer supo que volvía a tenerlos donde quería, miró a la esposa de su hijo, que no se había movido del sitio.

—Ahora te pido disculpas a ti... —dijo con voz trémula.

Los cuatro hombres miraron a Carolina. Por su expresión estaba claro que esperaban que aceptara sus disculpas. E indicó sin muchas ganas:

—Disculpas aceptadas, señora.

Entonces la mujer tomó aire y, dando un paso hacia ella, añadió sin rozarla:

—Hemos comenzado con mal pie por mi parte, pero, por favor, llámame Arabella. —Y, tras ganarse la sonrisa de su hijo Peter, insistió—: Bienvenida a mi fortaleza..., Carolina.

Ambas se miraron a los ojos. Eso de «mi fortaleza» volvía a dejarle claro a Carolina la clase de mujer que era aquella, por lo que sonrió con falsedad y respondió:

—Gracias por tu bienvenida..., Arabella.

Sin abrazarse, pues eso ya habría sido exagerado y con seguridad a Cailean le habría hecho sospechar, Arabella intercambió una mirada con su esposo que le hizo comprender por un gesto suyo que aquello era lo que tenía que hacer. Acto seguido miró a Peter.

—Entiende mi sorpresa al enterarme de esta boda, hijo —declaró—. Yo te veía casado con la preciosa y delicada Rowena McGregor, una mujer tremendamente culta y elegante a la que le tengo mucha estima, y que incluso en vuestra ausencia estuvo unos días aquí.

—¿Que estuvo aquí? —preguntó Peter sorprendido.

Arabella asintió.

—Sabía que estaba sola y vino a hacerme compañía. ¿No crees que es un amor de muchacha al preocuparse por mí?

Cailean y sus hijos se miraron. Por suerte o por desgracia, aquella no sabía lo que ellos sabían.

—Me enteré de tu enlace al día siguiente de marcharse Rowena —siguió diciendo la mujer—. No quiero ni imaginar el disgusto que se habría llevado ella si hubiera estado aquí. Es tan encantadora y sensible que seguramente habría enfermado del disgusto.

Peter suspiró. La verdad, a él lo que pensara Rowena no era algo que le quitara el sueño. Tanto ella como él sabían el tipo de relación que había entre ambos, pero sin querer dar más explicaciones de las necesarias, dijo mirando a su madre:

—Mi boda con Carolina debe considerarse como una transacción comercial.

Oír eso hizo que la joven se tensara. Sabía que Peter llevaba razón, pero lo que ella comenzaba a sentir por él era tan grande que le dolía saber que para él ella no era más que una simple transacción comercial.

—Cuando este año acabe, las tierras serán de los McGregor —añadió él con frialdad—. Hemos de pensar en eso.

Arabella asintió gustosa al oír aquel matiz. Que su hijo dijera aquello delante de la joven era lo que deseaba.

—El sacrificio que has hecho por tu padre es de admirar —afirmó sin rozarlo.

—Gracias, madre.

—Anteponer su felicidad a la tuya, casándote con alguien que no está a tu altura, para conseguir lo que tu padre ansiaba me demuestra lo buen hijo que eres.

—Por Dios... —exclamó Carolina con mofa intentando sonreír.

Peter, al entender que si su madre proseguía por ese camino Carolina no tardaría en saltar, iba a hablar cuando la mujer preguntó:

—¿En tu camino de regreso paraste para ver a Rowena?

—No.

—¿Y cuándo lo harás? ¿Cuándo le explicarás el porqué de esta absurda boda?

Peter, molesto por la intromisión de su madre y necesitando que callara, sentenció:

—Lo haré cuando yo lo decida. Fin del asunto.

A continuación todos se quedaron en silencio, hasta que Arabella echó a andar y, tras arrugar la nariz al pasar junto a Carolina, soltó:

—¿No oléis a algo sucio y desagradable?

Todos entendieron aquella indirecta, y la joven, sin perder su fingida pero perfecta sonrisa, respondió:

—Sí. La verdad es que huele a pura mierda.

Las miradas de todos se clavaron ahora en ella. Pero ¿qué decía?

Y entonces, con picardía, señaló la bota de Ethan y afirmó con actitud angelical:

—Ha pisado una boñiga de caballo, de ahí el olor... ¿Por qué me miráis así?

Con cierta complicidad, los cuatro McGregor se miraron. Carolina, como ellos, había entendido la indirecta de la matriarca.

—Imagino que estaréis cansados tras el viaje —señaló la mujer a continuación.

Ethan, Peter y Cailean asintieron y Arabella, clavando la mirada en Peter, preguntó:

—Querrás descansar antes de cenar, ¿verdad, hijo?

Él asintió incómodo, y su madre levantó el mentón.

—¿Deseas compartir habitación con... con...? —preguntó.

—Carolina —aclaró Cailean.

Peter, agotado de aquello, y viendo el gesto de guasa de Carol, que le molestó, dijo finalmente:

—Mejor habitaciones separadas.

Al oír eso, Carolina asintió despreocupadamente. Aquel hombre la desconcertaba. Tan pronto era cálido y se acercaba a ella como era un témpano de hielo que se alejaba. Pero cuando se disponía a replicar, él añadió:

—Ocuparé mi dormitorio y a ella que la ubiquen en la habitación colindante.

Cailean protestó al oír eso.

—Pero, hijo, esa habitación es tan pequeña como un armario y...

—Carolina tiene de sobra —lo cortó Peter.

Arabella, feliz al saber que su hijo no pedía ninguna deferencia para aquella, iba a hablar cuando Carolina, molesta, intervino:

—Preferiría regresar al campamento y dormir al raso.

Al oírla, Peter negó con la cabeza. Inexplicablemente la quería cerca de él, e indicó con cierta seriedad.

—Te quedarás en la habitación que está al lado de la mía.

—No quiero.

—¿No quieres? —preguntó él ofuscado.

—No —respondió la joven.

Arabella, que los observaba igual que todos, cuchicheó llevándose la mano al cuello:

—Oh, ¡qué osadía! ¿Qué manera es esa de hablarle a tu esposo, jovencita?

Según la oyó, la aludida la miró.

—Señora, mi nombre es Carolina, no «jovencita» —soltó. Y, al ver cómo su marido la miraba, añadió dirigiéndose a él con retranca—: Recuerdo que a mi padre le aclaraste algo parecido y a mí no me molestó.

Peter, que era consciente de que todos esperaban que pusiera en su sitio a su mujer, replicó:

—Lo que te moleste a ti o no, como comprenderás, no es algo que me quite el sueño. En cuanto a lo de dormir en el campamento, olvídalo. Dormirás aquí y obedecerás.

Al oír eso Arabella estuvo a punto de aplaudir. Si ella no podía importunar a aquella Campbell, ver al menos que Peter lo hacía la reconfortaba. Y, mirando a la joven, dio unas palmadas al aire.

—Es mejor que obedezcas —señaló—. Mi hijo tiene mucho carácter.

—Yo también lo tengo —replicó Carolina para horror de Peter.

—No es bueno replicar —dijo la mujer.

Cada vez más molesta, Carol siseó entonces incapaz de callar:

—Lo que no es bueno es meterse donde uno no debe y..., suegrita , tú lo estás haciendo.

—¡Carolina! —gruñó Peter.

—Por todos los santos..., ¡qué descaro de muchacha! —afirmó Arabella, que, clavando la mirada en ella, exclamó mientras Iver sonreía—: ¡No vuelvas a llamarme jamás de ese modo!

La joven no respondió, y aquella soltó:

—Con lo comedida y educada que es Rowena McGregor... Pero, claro, ¿qué esperar de una Campbell?

—Venga..., ¡momento dramita! —Carolina se mofó.

—A madre no le hables así, ¡descarada! —protestó Ethan señalándola.

Carolina clavó la mirada en él. Si los McGregor pensaban que podrían con ella, lo llevaban claro.

—Ya sé de quién has heredado esa parte tuya tan dramática —apuntó.

—¡Carolina, basta! —exigió Peter con rotundidad.

De nuevo todos la miraban. Sabía que se estaba excediendo, que no debía hablarles así. Pero entonces Arabella, disfrutando por lo ocurrido, dijo al ver entrar a una mujer en la estancia:

—Lisa, dile a Constanza que habilite la habitación que está junto a la de Peter para su... su...

—Molestia —finalizó Carolina despreocupadamente.

La tal Lisa miró asombrada a la joven y luego salió rápida y veloz de la estancia.

Entonces Peter, que estaba deseoso de marcharse del salón, pues le estaba costando respirar, volvió a coger la mano de Carolina con fuerza y declaró:

—Familia, si nos disculpáis, he de subir a mi habitación con mi... molestia para hablar de ciertos temas con ella.

Nadie contestó, nadie dijo nada, y acto seguido ambos desaparecieron del salón. Una vez en la escalera, a solas, Carolina se soltó de su mano y se disponía a protestar cuando de pronto apareció una mujer y Peter, disimulando, la saludó:

—Hola, Constanza.

—Hola, Peter. Qué alegría verte de nuevo por aquí.

Un silencio incómodo se instaló luego entre ellos mientras la mujer observaba a Carolina.

—Constanza —añadió Peter al cabo—, ¿habéis llenado la bañera de mi habitación?

La mujer, que llevaba sirviendo toda la vida a la familia, asintió.

—Por supuesto, Peter. Como siempre.

Con gusto, él le dio un beso en la mejilla; sus hermanos y él querían mucho a la mujer. A continuación dijo con amabilidad, omitiendo la palabra esposa :

—Constanza, te presento a Carolina. Carolina, ella es Constanza. La persona que, junto a madre, siempre ha velado por mis hermanos y por mí.

Con gesto desconcertado, Carol la saludó y aquella, que había presenciado la bienvenida que le había dispensado Arabella, cuchicheó con una sonrisa:

—Tranquila, milady. Intentaré aconsejarle para que no tenga problemas con mi señora.

Eso hizo sonreír a Peter, que, viendo el gesto confundido de su esposa, prosiguió subiendo la escalera antes de que explotara.

OceanofPDF.com