Atrévete a retarme

Megan Maxwell · Capítulo 52 de 76

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Atrévete a retarme

Capítulo 49

 

 

Cuando Peter llegó aquella mañana a Edimburgo, tras despedirse de Carson y sus hermanos, se dirigió con pesar hacia el lugar donde vivía Rowena. Debía ser cortés con ella.

Una vez en su distinguido palacete, tras ser anunciado, Rowena ordenó que pasara a su salón privado, donde ella hizo después una entrada triunfal. Como siempre, se la veía hermosa, vestida con elegancia y, sobre todo, irresistiblemente tentadora.

Sin paños calientes, comentaron lo ocurrido con Carolina. Rowena seguía bastante afectada por aquello y, sin pelos en la lengua, le habló de aquella Campbell y de su mediocridad. La acusó de engañarlo y de inventarse que ella le había sido infiel, y Peter la escuchó sin inmutarse.

Aunque no le dijera nada a ella, creía a Carolina. ¿Cómo no iba a creerla cuando él mejor que nadie sabía cómo era Rowena? Además, estaba aquello de «fornido guerrero», una expresión que más de una vez le había oído a esta última en la intimidad. No obstante, sin querer manifestarlo, para no estropear la amistad de aquella con su madre, cuando no pudo más decidió que la visita debía acabarse.

Furiosa al ver que cada vez que ella mencionaba a Carolina no conseguía su propósito con Peter, Rowena lo besó y él, sin moverse, se lo permitió. En otro momento ese beso, junto con la invitación de ella, los habría llevado al lecho, donde habrían estado durante horas disfrutando del placer de sus cuerpos, pero esa vez aquello no ocurrió. ¿Por qué?

Rowena, que no estaba acostumbrada al rechazo de nadie, se molestó. Él había sido siempre un amante solícito. Pero cuando iba a protestar, Peter dio por finalizada la visita y, también, la relación que ella y su madre intentaban crear entre ambos.

Horrorizada, Rowena lloriqueó, pero en esta ocasión a él no lo conmovió lo más mínimo, y, tras oírla decir que se verían en Dirleton para la fiesta de cumpleaños de Iver, se marchó.

* * *

Un buen rato después, cuando Peter se reencontró con sus hermanos y Carson, se sentía liberado. Haber hablado con Rowena le había quitado un gran peso de encima, a pesar de que, conociéndola, estaba claro que la conversación tendría que volver a repetirse. No obstante, como no deseaba pensar más en aquello, se dirigió con sus hermanos y Carson hacia el campo de los Morrison para ver un semental inglés del que Iver le había hablado.

El caballo era impresionante y finalmente, sin dudarlo, Peter decidió comprarlo. Era una excelente adquisición.

La noche llegó y, a su regreso a Dirleton, bajo la nieve, Peter se sentía inquieto. Deseaba ver a Carolina, hablar con ella, pero ¿querría ella hablar con él?

Pensó en la fiesta de celebración por el cumpleaños de Iver, a la que su madre había invitado a Rowena. Aquello no era una buena idea. Entre Rowena y él, excepto sexo consentido por ambas partes, nunca había habido nada más, y el tonto había sido él, por haberle dado falsas esperanzas a su madre y hacerle creer a Carolina lo que no era. Rowena no le preocupaba, puesto que ella, dijera ahora lo que dijese, siempre lo había tenido tan claro como él.

Pensaba en ello en silencio cuando Carson, que iba a su lado, comentó:

—El semental que les hemos comprado a los Morrison cada vez me parece más majestuoso e imponente.

Peter asintió.

—Cuando Harald y Aiden lo vean, ¡quedarán asombrados! —Sonrió.

—Espero que nos dé muchos y majestuosos potrillos.

Ambos sonreían por aquello cuando Ethan, acercándose en su caballo, les preguntó:

—¿De qué os reís?

—De los increíbles potrillos que ese semental nos va a dar —repuso Peter.

Carson afirmó con la cabeza y, alejándose para atender la llamada de un guerrero, dejó a los hermanos solos.

Entonces Ethan, al ver que ya se aproximaban al castillo, propuso:

—¿Te apetece que vayamos a la taberna a tomar algo?

—No —negó categóricamente Peter.

Ethan miró boquiabierto a su hermano.

—¿Desde cuándo no te apetece a ti tomar unos tragos? —inquirió.

Peter no respondió, y entonces él, recordando algo, cuchicheó:

—Sigo sin entender que anoche prefirieras que nos quedáramos en el campamento hablando con tus hombres a ir a tomar unos tragos como dijiste.

Peter resopló descolocado por el barullo de sentimientos que albergaba en su interior. Ethan, al verlo, y entendiendo que su hermano se encontraba en una encrucijada, preguntó a continuación:

—¿Cómo ha ido con Rowena?

—Bien. He zanjado el tema con ella.

De nuevo el silencio se instaló entre ambos hasta que Peter añadió:

—Por desgracia, tendré que volver a verla en la fiesta de cumpleaños de Iver, puesto que madre la invitó.

Ethan cabeceó al oír eso.

—Nuestra Campbell, Rowena y madre en una misma fiesta..., ¡puede ser interesante! —murmuró.

—Una locura, ¡lo sé! —susurró Peter.

Su hermano asintió y, mirando el gesto ceñudo de aquel, indicó:

—Deberías elegir: Rowena o Carolina. Aunque sin dudarlo yo elegiría a...

—¡No tengo que elegir! —lo cortó él.

—Yo creo que sí —repuso Ethan.

Peter maldijo molesto, y a continuación su hermano, incapaz de callar lo que pensaba, soltó:

—Sabes que no suelo meterme donde no me llaman, pero ni me gusta Rowena ni me fío de ella. Además...

—Ethan...

—Ya te la jugó una vez, y puede volver a hacerlo.

El guerrero, molesto porque su hermano también creyera que Rowena le importaba, siseó:

—Mira, Ethan...

—No, escúchame —lo interrumpió él—. Te estás comportando como un auténtico tonto. Le debes un respeto a Carolina y...

—¿Desde cuándo Molestia es «Carolina» para ti? —preguntó sin dar crédito.

—Desde que he recapacitado y me he dado cuenta de que Carolina, se apellide como se apellide, es una buena mujer y se merece un respeto. Y a eso le añadiría también que desde que la vi encima de la insoportable de Rowena y con un mechón de su pelo en la mano. —Se mofó—. ¡Fue colosal!

Peter maldijo. Si ya estaba hecho un lío, el que su hermano ahora le viniera con aquello lo desconcertaba aún más.

—Ethan..., ¡fin del asunto! —sentenció.

Esa frase significaba mucho para los McGregor, comenzando por la palabra respeto .

—De acuerdo —convino Ethan—. Fin del asunto en cuanto a lo que se refiere a mencionar a Rowena. Pero conozco a madre mucho mejor que tú. Vivo con ella y sé lo manipuladora que puede llegar a ser, por lo que ándate con ojo.

Durante un trecho del camino los dos fueron en silencio hasta que Ethan preguntó:

—¿Por qué te complicas tanto la vida?

—No lo sé. Quizá porque soy un tonto y burro McGregor, como dice Molestia.

Incomprensiblemente, ambos sonrieron, y a continuación Ethan insistió:

—¿Te gusta estar casado con Carolina Campbell?

Aún enfadado porque no se entendía ni él, Peter respondió sin pensarlo:

—No.

—¿En serio?

Él suspiró, luego tomó aire y, mirando a aquel, preguntó:

—¿A qué viene esa duda, cuando sabes que no nos soportamos?

Ethan sonrió. Lo que había visto la otra noche entre su hermano y Carolina le había aclarado muchas cosas.

—Pues, hermano, viene a tu peleíta de enamorados de anoche con Molestia y a que no quisieras ir a conocer a las nuevas mujeres de la taberna —indicó.

—¡No digas tonterías! —protestó Peter.

Ethan asintió. Cuando estaba con Eppie, lo que menos necesitaba era visitar la taberna, algo que ahora hacía para olvidar la rabia y la impotencia que sentía por estar sin ella, y ver aquello en Peter le había dado que pensar.

—Creí que la odiabas —dijo—. Que te desagradaba. Pero no, visto lo visto, estaba tremendamente equivocado.

—Don Dramitas..., ¡no me enfades más!

Al oír ese apelativo propio de Carolina, Ethan rio divertido.

—Si incluso ya hablas como ella.

Sorprendido por aquello, sin saber realmente qué quería su hermano, Peter respondió:

—Mira, Ethan, no sé qué pretendes con lo que estás diciendo, pero...

—Sé sincero —lo cortó—. Carolina te tiene fascinado con su particular manera de ser. Pero si hasta te ha dicho que te quiere... ¿Tan difícil te resulta disfrutar de ese amor?

Peter, a quien el corazón se le había acelerado, no habló. Dar por sentado aquello ante su hermano era peor que reconocérselo a sí mismo. Y entonces Ethan, al ver que no hablaba, cuchicheó:

—El que madre sea fría y esquiva en cuestión de afectos nos ha hecho a nosotros...

—Habla por ti —lo interrumpió Peter incómodo—. No por mí.

Ethan sonrió. Su hermano tenía que admitir lo que él había admitido tras conocer a Carolina, y asintió abriendo su corazón:

—Reconozco que pienso en Eppie desde que me levanto hasta que me acuesto. Si cierro los ojos oigo su sonrisa. Si miro al cielo veo sus bonitos ojos azules, pero estoy tan enfadado y decepcionado que no puede volver a haber nada entre ella y yo.

—¿Tú hablando de Eppie? —Peter se sorprendió.

Ethan asintió.

—Sí. Yo hablando de Eppie...

Conmovido, Peter miró a su hermano.

—¿Por qué no hablas con ella? —le sugirió.

—Porque no hay nada que hablar —sentenció él sin entenderse siquiera a sí mismo.

Peter asintió; Ethan, viendo que o hablaba él o su hermano no pensaba decir nada de Carolina, añadió para azuzarlo:

—He de confesarte una cosa, hermano.

Peter lo miró.

—Carolina me desconcierta en muchas de las cosas de las que hace — continuó Ethan—, pero me gusta ver el cariño que da a padre, a Iver y a todos aquellos que se lo permiten. —Su hermano no dijo nada, y él añadió —: El hecho de que no se amilane ante madre con todo lo que la provoca y ver cómo lucha por lo que quiere me hace saber que es una mujer a la que merece la pena conocer.

Peter asintió ceñudo. Lo que su hermano decía era cierto.

—¿Sabes que, a pesar de ser el tío más desagradable del mundo con Carolina, ella me sacó de un par de problemas cuando regresábamos a Dirleton? —comentó a continuación Ethan.

—¡¿Qué?!

—Lo que oyes.

—¡¿Cuándo?!

Ethan asintió. Estaba claro que la joven no utilizaba esas cosas para ganar puntos con su hermano, por lo que indicó:

—Por tu expresión, veo que no te lo ha dicho.

—No..., no me lo ha dicho. Pero ¿de qué hablas?

Ethan le refirió el episodio vivido en el pueblo de Sween la noche de su enlace, en donde, estando borracho, le dieron una buena paliza, pero ella apareció y la detuvo. Y, para sorpresa de Peter, luego continuó contándole que lo salvó de la furia de su padre al devolverle la medalla que él perdió en aquella pelea.

Peter lo escuchaba sin saber qué pensar, y más tarde Ethan indicó:

—Sé que, tras lo que me ha ocurrido con Eppie, he estado irascible e impertinente. No he visto más allá de mis narices, y eso me ha hecho comportarme como un intolerante con Carolina y en cierto modo contigo, y te pido perdón por eso.

Él no respondió.

—Bien sabes que los Campbell nunca han sido santo de nuestra devoción —insistió Ethan—, pero he de reconocer que Carolina, aun siendo una de ellos, no solo me ha demostrado su valentía, sino también que es una persona que da sin pedir nada a cambio, que se preocupa por los demás aun siendo rechazada, y que tiene un nivel de control impresionante para no haberle arrancado todavía la cabeza a madre y a Rowena. Ah, y también que sabe guardar secretos.

Peter asintió con el corazón a mil. Todo aquello que su hermano decía era cierto.

—En mi caso, y aunque quiera a Eppie —prosiguió Ethan—, las cosas con ella no se pueden arreglar. Nunca me importaron los comentarios de madre porque fuera una Gordon, pero no puedo perdonar su deslealtad. Sin embargo, si a ti te gusta Carolina, aunque sea una Campbell, olvida lo que piense madre y lo que piense cualquiera y haz el esfuerzo de conocerla. Quizá la mujer con la que te has casado te sorprenda más de lo que crees.

Peter no sabía qué decir, y en ese instante Iver se les unió.

—A mí Carolina me parece una mujer muy bonita, valerosa y divertida —terció.

—No te quito la razón —dijo Ethan.

—Sabes, hermano, que Rowena nunca ha sido santo de mi devoción. Pero con Carolina, fue verla y comprobar cómo se enfrentaba a madre ¡y ganarme! —prosiguió Iver—. Y mira por dónde estoy de suerte, porque en menos de unos meses creo que se va a quedar libre...

Peter resopló, Ethan por su parte indicó divertido:

—Hermano, que yo sepa hay un tal Kendrick Campbell que también espera que quede libre para casarse con ella.

—¿En serio? —preguntó Iver.

Ethan asintió ante el gesto molesto de Peter.

—Pues me adelantaré —añadió Iver—. Puedo ser muy convincente cuando quiero, y ella ya me ha dicho ¡que soy un amor de hombre!

Ambos hermanos rieron a carcajadas mientras Peter resoplaba.

—Creo que tu comentario no le ha gustado nada a Peter —se mofó entonces Ethan.

—Peor para él —soltó Iver bromeando.

Peter, enfadado por aquello, los miró a ambos y gruñó:

—¿Queréis dejar de hablar como si yo no estuviera presente?

Ethan e Iver sonrieron, y el primero cuchicheó:

—Creo que deberías aprovechar el tiempo que vas a estar casado con Carolina para conocerla y daros una oportunidad.

—¿Tú te has dado un golpe en la cabeza? —masculló Peter.

Su hermano sonrió. Solo le había hecho falta regresar a su tierra y sentir el rechazo de su progenitora hacia Carolina para darse cuenta de lo que Eppie había sufrido.

—Más que darse una oportunidad —terció Iver—, creo que Peter debería tratarla bien hasta que sus votos no se renueven y yo tenga la oportunidad de poder cortejarla... Sé que madre se enfadará conmigo y nos hará la vida imposible, pero también sé que Carolina merece la pena.

Peter lo miró receloso. Pero ¿qué tonterías decían sus hermanos? E iba a añadir algo cuando Ethan afirmó:

—Iver, no olvides que esa Campbell es demasiado contestona, desafiante e indisciplinada. Aunque también valiente y con un gran sentido del humor.

—Mmm, me gustan las mujeres así —declaró Iver.

Boquiabierto, Peter escuchaba a aquellos dos mientras su enfado iba en aumento con cada comentario que hacían, y cuando no pudo más, detuvo su caballo y siseó:

—¡Fin del asunto!

Sus hermanos detuvieron también la marcha para mirarlo, y él, alterado y furioso, prosiguió:

—Estáis hablando de mi mujer en unos términos que no me están gustando lo más mínimo.

—¿Has dicho «tu mujer»? —Ethan se burló.

Peter maldijo. Era la primera vez que se refería a ella de esa forma.

—Sí —exclamó Iver—. Te lo confirmo: ¡ha dicho «su mujer»!

Ethan sonrió, y, viendo el gesto desconcertado de Peter, preguntó:

—¿Desde cuándo ha pasado de ser «tu molestia» a ser «tu mujer»?

Iver soltó una carcajada. Su hermano gruñó, y aquel, chasqueando la lengua, cuchicheó:

—¡Mierda! Al final verás cómo me joroba mi boda con ella...

Entre el enfado y la risa, Peter miró a sus hermanos. Esa buena sintonía siempre había existido entre ellos, y, al oírlos decir más burradas, indicó:

—Como a alguno de los dos se le ocurra seguir diciendo más impertinencias, os juro por lo más sagrado que va a tener un problema conmigo, ¿entendido?

Ethan e Iver se miraron, y el primero, tras sacarse una moneda del bolsillo, se la lanzó a Iver y declaró:

—Maldita sea, hermano, tenías razón desde el primer día. Peter bebe los vientos por Carolina.

Sin dar crédito, Peter vio cómo su hermano pequeño se guardaba la moneda en el bolsillo del chaleco y, riendo, afirmaba:

—Por favor, Ethan..., solo me bastó ver cómo la miraba para saber que esa mujer le interesaba tanto como a ti te interesaba Eppie. Os conozco a Peter y a ti muy bien. Y si esa mujer nunca le hubiera interesado, primero, dormiría en el campamento y no en su habitación. Segundo, ya habría ido a la taberna a conocer a Marianela, que, por cierto, es una tentación de mujer, y tercero, tras la fantástica compra que ha hecho hoy, no habría tenido prisa por regresar antes del amanecer.

—¿Te crees muy listo, Iver? —protestó Peter.

El hermano pequeño sonrió e, ignorando lo que había hablado con Carolina, pues así se lo había prometido, soltó con mofa:

—¡No! Pero algo guapetón y atractivo, ¡sí!

—Serás payaso... —Ethan rio.

Peter se tocó el pelo. Por la manera en que los había criado su madre, hablar de sentimientos no era algo que dominara.

—Y en cuanto a ti, Ethan —añadió Iver jugándosela—, ya me contó Peter que te has comportado como un maleducado irreverente con nuestra cuñada por apellidarse Campbell durante el viaje... Y te recuerdo que tú, querido hermano, estuviste a punto de casarte con una mujer que se apellidaba Gordon. Ambas, ¡lo peorcito para madre! —Ethan no respondió, y él insistió—: Por cierto, y hablando de esa Gordon. Creo que deberías preocuparte por ella. Me consta que no lo está pasando bien y...

—Fin del asunto, Iver —lo cortó Ethan.

—Vive en aquella choza sola —continuó él señalando—. Su familia se marchó, se desentendió de ella, y su situación es muy precaria.

Sin poder evitarlo, Ethan miró hacia donde aquel indicaba. La choza tenía un aspecto lamentable, y saber que la mujer que amaba vivía allí le partía el corazón.

—He dicho «fin del asunto» —repitió enfadado.

Iver, sonriendo, calló. Y entonces Peter preguntó mirándolo:

—O sea, ¿yo tengo que permitir que vosotros digáis todas las tonterías que se os ocurran de mi mujer y tú no vas a dejar que...?

—Fin del asunto —lo interrumpió Ethan.

Los tres hermanos se miraron, y a continuación Iver cuchicheó suspirando:

—Definitivamente, enamorarse atonta. Solo hay que veros a vosotros dos.

Dicho esto, comenzaron a reír a carcajadas, y Carson, acercándose a Peter, indicó antes de entrar por las puertas de la fortaleza:

—Marcho con los hombres y el semental hacia el campamento.

—Me parece bien, Carson. Abrigadlo —pidió Peter.

En cuanto aquel se hubo ido, los tres McGregor continuaron subiendo hacia el castillo. De camino varias mujeres los saludaron con picardía mientras ellos sonreían divertidos.

Al llegar al patio de armas, algunos guerreros se acercaron a ellos para ocuparse de sus caballos. Sin poder parar de bromear, los tres hermanos entraron en lo que era su hogar y, una vez en el salón, Iver exclamó:

—Padre, madre, preciosa cuñada..., ¡ya estamos aquí!

Arabella sonrió encantada al ver a sus tres hijos. Pero Cailean se levantó de la silla y dijo mirando a Peter:

—Hijo, no sabemos dónde está Carolina.

Eso lo hizo detenerse en seco.

—¿Cómo que no sabéis dónde está?

Arabella, que intentaba que no se le notara su alegría, musitó:

—Quizá Molestia haya regresado con los suyos, sin importarle deshonrar a su familia... Miremos el lado bueno..., ¡las tierras son nuestras!

—¡Madre! —protestó Ethan viendo el gesto de Peter.

Durante unos segundos todos permanecieron en silencio, hasta que este último, sintiendo que algo le subía del estómago de una manera que lo quemaba por dentro, preguntó:

—¿Su yegua está en las caballerizas?

—Sí, hijo —afirmó Cailean—. Ha sido lo primero que he ido a comprobar.

Sin poder razonar, Peter salió corriendo del salón y subió a su cuarto. Allí faltaban los baúles de Carolina, que encontró en la habitación contigua. Sin tiempo que perder, buscó sus armas. Halló su preciado arco y su brazalete de cuero. La joven nunca se marcharía sin aquello, del mismo modo que no se marcharía sin su yegua.

Y, al ver que no estaba, bajó enfurecido al salón y gritó:

—¡¿Desde cuándo lleváis sin verla?!

Cailean, entendiendo su enfado, se acercó a él.

—Esta mañana hemos ido a dar un paseo —dijo—. Luego hemos regresado y ha sido la última vez que la he visto.

Peter asintió con gesto hosco, e Ethan, mirando a su madre, preguntó:

—¿Y tú cuándo la has visto por última vez?

La mujer se sentó con tranquilidad en uno de los butacones mientras contestaba:

—Yo, como tu padre. La he visto cuando han llegado juntos. Luego no he vuelto a verla.

Peter se tocó el pelo mojado con desesperación. Pero ¿dónde podía estar Carolina? ¿Adónde habría ido?

Y entonces Iver, que conocía muy bien a Arabella, soltó:

—Madre, ¿qué ocultas?

—Nada —se apresuró a decir ella.

—Madre..., ¡que nos conocemos! —insistió Ethan.

La matriarca, incómoda por sentirse juzgada por sus cuatro hombres, se retiró el pelo del rostro mientras Peter reiteraba:

—Madre, ¿qué ha pasado?

Arabella se revolvió incómoda en la butaca y finalmente, mirándolo, soltó:

—¡Me ha llamado «bruja»!

Todos, excepto Peter, parpadearon. Sin duda aquello podía haber salido de la boca de su mujer.

—¿Y por qué te lo ha llamado? —inquirió.

Ella pensó en busca de algo convincente que decir, pero Peter bramó enfurecido:

—¡Quiero la verdad!

Cailean, que miraba a su mujer al igual que sus hijos, susurró:

—Arabella, eso no me lo habías contado... ¿Qué ha ocurrido para que esa jovencita te llamara «bruja»?

Viendo cómo todos la miraban, ella comenzó a temblar y, cuando las lágrimas salieron a borbotones de sus ojos, indicó:

—Solo... solo le he dicho que te habías marchado a Edimburgo.

—«¿Solo?» —insistió Iver.

Arabella parpadeó. No le gustaba que la mirasen de ese modo.

—También he insultado a su madre llamándola «sucia mujerzuela»... — cuchicheó a continuación.

—Por todos los santos, Arabella... —protestó Cailean viendo cómo Peter se sulfuraba.

Como era de prever, la mujer comenzó a llorar, e Iver fue a consolarla y, tras él, también Ethan. Como siempre, los lloros de aquella llenaron el salón, y entonces Peter, colérico y preocupado a partes iguales, preguntó sin moverse de su sitio:

—¿Le has dicho que iba a ver a Rowena?

La mujer, molesta porque ni su marido ni Peter se acercaran a ella a consolarla, replicó:

—Sí.

—¡Madre, por el amor de Dios! —bramó Iver molesto.

Peter maldijo. Sin duda Carolina debía de estar muy enfadada, y, conociendo a su madre, esta debía de haberse regocijado con todo aquello.

Rápidamente se asomó por la ventana. Era de noche. Nevaba. Carolina no conocía la zona como debería para desplazarse con tranquilidad. Y, dándose la vuelta, Peter declaró:

—Iré a mi campamento. Quizá esté allí.

Cailean, que ya había ido personalmente, susurró:

—No está allí.

—¿Mis hombres la están buscando entonces? —quiso saber Peter.

Él negó con la cabeza.

—¡Padre! —gruñó Ethan.

El laird asintió, pero mirando a su hijo Peter, aclaró:

—Pensé que estaría cazando y regresaría antes del anochecer. Por eso no he dado la voz de alarma.

Al oír eso, Iver miró entonces a su descolocado hermano y terció:

—Iré a dar la alerta al campamento. Hay que encontrarla.

Una vez que este se marchó, Peter cerró los ojos. Tenía que tranquilizarse o explotaría. Pero al abrirlos gritó:

—¡Padre, por el amor de Dios, ¿cómo no has dado la voz de alarma?!

Cailean suspiró. Su hijo tenía razón. Sin embargo, consciente de que había pensado que ella regresaría por su propio pie, murmuró:

—Lo siento, hijo. Lo siento mucho.

Peter, desesperado, no sabía qué hacer. Si algo le había pasado a Carolina tras su último encontronazo, en el que la había tratado fatal, nunca se lo podría perdonar. Arabella observaba la situación sentada en la silla. Con un poco de suerte, alguien se habría ocupado ya de aquella Campbell. Y cuando fue a hablar, demudado por el dolor, Cailean musitó:

—Hijo, sabes que quiero a Carolina. No me gustaría que le pasara nada...

Peter, conmovido por su tono y su gesto de tristeza, asintió. Sabía que Cailean decía la verdad y, poniéndole el brazo en el hombro, afirmó:

—Lo sé, padre, lo sé. Disculpa que te haya gritado.

Sin poder esperar un segundo más, Peter, seguido de Ethan, e ignorando los pucheros de su madre, salieron del castillo pidiendo a gritos sus caballos. Tenían que encontrar a Carolina.

—Yo os acompañaré —dijo Cailean, que salió detrás de ellos.

—Padre —indicó Peter al verlo tan nervioso—, hace demasiado frío. Regresa dentro y...

—Es mi nuera y he dicho que os acompañaré —lo cortó aquel.

Ethan y Peter se miraron y este último le dijo entonces a su hermano:

—Necesito que te quedes aquí por si ella vuelve. No quisiera que se encontrara a solas con madre.

Ethan asintió y, tocando el brazo de su hermano, susurró:

—Tranquilo, la encontrarás. Y, hermano, ¡ya has elegido!

Peter asintió nervioso; Ethan, viendo cómo le temblaban las manos, le pidió tranquilidad.

No obstante, él, preocupado por su mujer, salió al galope del patio del castillo sin saber muy bien adónde ir. Solo sabía que tenía que encontrarla fuera como fuese.

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