Atrévete a retarme
Capítulo 53
Llegaron rápidamente a la fortaleza y, nada más entrar en el salón, Ethan se apresuró hacia ellos seguido de su madre.
—¿Qué ha ocurrido? —exclamó.
Peter sentó entonces a Carolina en un butacón situado frente a la enorme chimenea mientras a la joven los dientes le castañeteaban sin control. Apenas había estado una hora descalza y sin ropa de abrigo bajo la nieve y ya sabía de primera mano cómo podía sentirse Eppie o cualquier otra persona que pasara por esa situación.
Bajo la atenta mirada de Arabella, que no había abierto la boca, mientras Peter exigía a Constanza caldo caliente, Cailean entró junto a Iver.
Carol miró entonces en dirección a la puerta y, al no ver a quien deseaba, tiró de la camisa de Peter, hizo que este la mirara y preguntó con voz temblorosa:
—¿Dó-dónde e-está Bla-Blake?
Él miró a su hermano Iver, que contestó:
—Ha regresado junto a Sir Arthur y los hombres al campamento. Saber que estás aquí con nosotros lo ha tranquilizado.
Al oír eso, la joven asintió. Estaba claro que cuando Blake la pillara por banda, le tiraría de la oreja. Y entonces Cailean preguntó acercándose:
—Hija de mi vida, ¿qué te ha ocurrido?
Todos la miraban a la espera de una explicación, y Carolina, aún temblando, para evitar decir que había estado con Eppie, respondió:
—He-he ido a dar un pa-paseo. Y... al regresar, un... un hombre me ha a-apresado...
—¡¿Un hombre?! ¡¿Qué hombre?! ¡¿Alguno de las chozas?! —bramó Peter colérico.
Sin exagerar sus temblores, pues eran reales, la joven cuchicheó con gesto cansado al recordar lo que Eppie le había dicho:
—No... No... De... de las chozas..., no. Un hom-hombre que iba en... en carreta y se di-dirigía hacia E-Edimburgo.
Cailean miró a sus hijos boquiabierto; Ethan, que había permanecido callado, dijo entonces con seriedad:
—Ayer mismo me dijo Declan que estos días son muchos los vendedores ambulantes procedentes de Melrose que atraviesan nuestro bosque para ir a Edimburgo.
Peter asintió.
—Iré con mis hombres en su busca —gruñó— y...
—¡No! —lo cortó Carolina agarrándolo de la mano.
Ese contacto y su tono de voz hizo que Peter la mirara.
—Dé-déjalo —indicó ella—. No me-merece la pena. Es-estoy bien, ¿no lo... lo ves?
—Lo mataría —siseó Peter colérico.
Arabella, que observaba la escena en un segundo plano, deseando como siempre ser ella la protagonista, terció entonces:
—Cuéntales a mi marido y a mis hijos que me has insultado... ¡Me has llamado «bruja» y...!
—Madre, ahora no —la interrumpió Iver.
Pero la mujer, deseosa de ser el centro de atención, insistió:
—Me ha insultado. Me...
—¡Madre, basta! —le ordenó Peter. Y, mirándola con furia, añadió—: ¿Acaso es más importante eso que cómo se encuentra Carolina?
La mujer, al ver cómo todos la miraban, hizo un puchero.
—No, madre. Ahora no es momento de llorar —protestó Ethan sin moverse.
Peter la observaba en silencio junto a sus hermanos y esta, tomando aire, susurró en un tono lastimero al tiempo que se tocaba la cabeza:
—Siento... siento que me estoy mareando.
Ninguno de los cuatro McGregor se movió. El estado de Carolina era mucho más preocupante que aquello.
—Pues siéntate antes de que te caigas al suelo —indicó Cailean.
Según oyó eso, Arabella se sentó con gesto descompuesto. ¿En serio su esposo le había dicho aquello?
En ese instante Constanza entró con un tazón de caldo caliente y se dirigió a la joven con cariño:
—He preparado la bañera con agua calentita que te vendrá muy bien.
—Gra-gracias, Cons-Constanza...
Peter se lo agradeció y, tras cogerle el tazón de las manos, se arrodilló frente a Carol y susurró:
—Bebe un poco para que entres en calor y dejes de temblar.
Con los dientes castañeteando y el pelo mojado como un pollo, la muchacha dio un sorbo al rico y humeante caldito.
—Peter, hijo —intervino de nuevo entonces Arabella, que se sentía excluida al no ser ella el centro de atención—. Dale el tazón y que beba ella sola.
—Madre, ¿por qué no te callas? —gruñó Ethan con rudeza.
Haciendo caso omiso de lo que la matriarca decía, Peter sonrió a Carolina y, deseando dejar claro ante todos que ella era su prioridad, dijo en voz baja:
—Bebe un poco más.
Hechizada por las atenciones de Peter, que nunca habría esperado, ella dio otro sorbito al caldo ignorando a cuantos los rodeaban. Y, una vez que tragó, con la misma ternura que Peter estaba demostrando hacia ella, musitó dejándose llevar:
—Gra-gracias, corazón.
El guerrero, conmovido por aquel apelativo cariñoso que no se merecía, no supo qué decir.
—Lo si-siento... Re-re-retiro lo de «co-corazón»... —murmuró ella luego.
El corazón fue precisamente lo que se le aceleró a Peter. Le había encantado oírla decir eso. Y, tras intercambiar una mirada con su padre, dejó el tazón sobre la mesa e indicó:
—Creo que es mejor que la suba a la habitación para que se dé un baño caliente.
—Excelente idea —convino Cailean.
Acto seguido Arabella atrajo de nuevo la atención de Iver y Peter y comenzó a hablarles, mientras Ethan se acercaba a la joven y, agachándose para estar a su altura, comentaba:
—Me alegra ver que estás bien.
Carolina, sorprendida por aquella demostración de afecto por parte de aquel, que en ocasiones le había hecho la convivencia tan difícil, cuchicheó:
—No di-disimules. Mi de-desaparición te ha a-alegrado el día...
Incapaz de no sonreír, él lo hizo, pero, viendo su lamentable estado, afirmó:
—También me ha preocupado.
—Al fi-final me vas a querer... —se mofó ella sin dar crédito.
Ethan sonrió levantándose, pero bromeó:
—Tampoco te pases...
Instantes después Peter se le aproximó de nuevo y, agachándose, la cogió entre sus brazos con seguridad y la subió hasta su habitación.
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