Atrévete a retarme

Megan Maxwell · Capítulo 68 de 76

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Atrévete a retarme

Capítulo 66

 

 

Conforme se acercaban a las inmediaciones de la fortaleza, los invitados que aún se marchaban de la fiesta los miraban sorprendidos.

¿De dónde volvían aquellos con esas terribles pintas?

Una vez que llegaron a la puerta del castillo, los McGregor comprobaron satisfechos que en el interior ya no quedaba nadie, lo que les daría cierta privacidad. Por ello Peter miró entonces a sus hermanos e indicó:

—Iver, sube a tu habitación.

—Antes quiero matar a Rowena y a Diana —replicó el aludido.

Él resopló. Sin duda aquellas dos se merecían algo así, pero, consciente de que no debían hacerlo por muchos motivos, insistió:

—Has de curarte esa herida. Y tú, Ethan, haz que padre y madre vayan al despacho, junto a Rowena y Diana.

Este último asintió, pero Iver repuso cojeando:

—No pienso irme de aquí por nada del mundo.

—Iver —intervino Carolina al oírlo—, tienen que curarte esa herida.

Pero el guerrero negó con la cabeza. No estaba dispuesto a hacerles caso. Y Peter, entendiendo entonces que él en su lugar procedería igual, pidió:

—Ven a sentarte entonces al despacho de padre.

Iver asintió y, ayudado por Carolina y por su hermano, entraron en la estancia mientras Ethan se marchaba en busca de aquellos.

Acercándose a la chimenea encendida, los tres buscaron su calor y, tras sentar a Iver en una silla, Carolina estaba revisando el vendaje cuando la puerta del despacho se abrió y aparecieron Ethan, Cailean, Arabella, Diana y Rowena.

De inmediato esta última clavó la mirada en Carolina y, levantando la voz, inquirió:

—¡Por todos los santos, ¿qué hace ella aquí?!

Arabella solo vio a Iver herido y, enloquecida, fue hacia él. ¿Qué le había pasado a su hijo?

Carolina, al ver a Rowena, frunció el ceño. Y, antes de que nadie pudiera detenerla, tras darle dos bofetones que la hicieron gritar, agarró a aquella de su estiloso moño y, con todas las ganas del mundo, se lo retorció mientras siseaba furiosa:

—Da gracias porque Blake, Iver y el resto estén bien, porque si algo les hubiera pasado te aseguro que a mí me matarían, pero yo a ti te llevaría por delante...

Rowena pedía ayuda horrorizada, pero Carol, acercando la boca a su oído, murmuró:

—Vuelve a acercarte a Peter y te rebano el pescuezo.

Cailean y su hijo, al ver a Rowena retorcerse de dolor por lo que Carolina le hacía, trataron de intervenir para que la soltara. Pero la joven la tenía bien enganchada. ¡Menuda fuerza tenía aquella!

A final Peter, agarrando a su mujer del brazo, hizo que lo mirara y exigió levantando la voz:

—¡Para! ¡Suéltala de una vez!

Oír la voz de Peter hizo que Carolina regresara a la realidad. Y, soltando a Rowena, musitó sin importarle cómo todos la miraban:

—Maldita y sucia zorra...

—¡Quiero a esta Campbell fuera de aquí! —exclamó Arabella.

—¡Madre, no empecemos! —gruñó Peter.

Arabella, espeluznada por lo que veía, insistió:

—Esa asesina no solo ha agredido a Rowena, que...

—Madre, es mejor que te calles —la cortó Iver molesto.

Como era de esperar, Arabella comenzó a vocear fuera de sí. Y Diana, viendo aquello, se dio la vuelta y, con una tímida sonrisa, indicó dirigiéndose a Ethan:

—Yo, mejor, esperaré fuera.

Pero Ethan se puso en medio y repuso forzando él también una sonrisa:

—No, prima, quédate. Eres de la familia, y madre y todos te necesitamos a nuestro lado.

Gustosa por aquella deferencia, la joven sonrió. Y entonces Rowena, tras recomponerse por el tirón de pelos de Carolina, cuchicheó dirigiéndose a Arabella:

—Tranquila, querida. Seguro que ahora nos explican qué hace esa basura aquí.

—Vuelve a insultarme y te arranco la cabeza...

—¡Basta ya! —ordenó Peter, que ya comenzaba a perder los nervios.

Mientras Carol se quedaba de pie junto a la chimenea, Peter tomó aire por la nariz y fue a por un par de sillas que colocó frente a su madre y Rowena.

En cuanto tomó asiento, esta última preguntó con gesto lastimero:

—Piti, mi vida..., ¿qué ocurre?

Oír eso tensó a Carolina, y de inmediato Peter siseó dirigiéndose a la mujer:

—No vuelvas a llamarme «Piti» ni «mi vida» ¡en tu vida!

Al oír eso y ver el gesto de horror de aquella, Ethan e Iver se miraron divertidos, y Peter, plantándose ante aquella, bramó:

—¡¿Qué es eso de que tú y yo vamos a tener un hijo?!

Rowena se acaloró y Arabella, mirando a su hijo, gruñó:

—Por Dios, Peter, no le hables así a Rowena en su estado...

—¡¿Que Rowena y Peter esperan un hijo?! —preguntó Cailean levantando la voz.

Peter, a quien la rabia y la incomodidad le estaban haciendo perder los nervios, indicó sin apartar la mirada de Rowena:

—No, padre. Ni loco tendría un hijo con ella.

—Menos mal —murmuró el hombre intercambiando una mirada con Carolina, que le sonrió.

—Rowena —prosiguió Peter dirigiéndose a ella con gesto intimidatorio —, tras aquello que hiciste no puedes tener hijos, ni conmigo ni con nadie. Además de eso, llevo sin tener relaciones contigo más de seis meses. ¿Cómo es posible que estés de un par de faltas?

Rowena no contestó, y Arabella susurró mirándola:

—Por el amor de Dios, hija, ¡responde!

Diana, al ver el gesto de su tía, miró a su amiga y le recriminó:

—Eso, responde.

Pero aquella guardaba silencio, no decía nada, y Peter señaló entonces a su madre y dijo:

—Esto que voy a decir va para ti y para Rowena... ¿Quiénes narices os creéis que sois para levantar ese falso rumor sobre mí?

Rowena temblaba como una hoja y Arabella, descolocada, preguntó mirándola:

—Pero entonces ¿no es cierto? ¿No vas a tener un hijo de mi hijo?

—Pues claro que no es cierto, madre —se apresuró a decir Peter furioso.

Rowena comenzó a llorar. Aquel teatrillo estaba poniendo enferma a Carolina, y cuando iba a hablar, Diana, cogiendo la mano de su tía, se dirigió a Rowena con reproche y siseó:

—Oh, por Dios, Rowena McGregor..., ¿cómo has podido hacer algo así?

—¡¿Y eso me lo dices tú?! —gruñó ella mirándola.

Diana y Rowena comenzaron a discutir entre ellas y Carolina, mirando a Iver, que las observaba con curiosidad, cuchicheó:

—Son tal para cual.

El guerrero asintió, y entonces Peter, levantando la voz, les ordenó callar.

—Eres la persona más egoísta, interesada y mezquina que he conocido en mi vida —soltó dirigiéndose a Rowena—. Y si he estado contigo ha sido única y exclusivamente por diversión. Algo que tú sabías muy bien, puesto que nunca te engañé.

La mujer no respondió, y luego él, mirando a su progenitora, continuó:

—Madre, te empeñaste en ver e imaginar cosas donde nunca las hubo ni las habrá. Y, sí, en el pasado, antes de contraer matrimonio con Carolina, me veía con Rowena, como sé que otros muchos hombres se veían con ella.

Al oír eso Arabella se llevó las manos a la boca y susurró horrorizada:

—Pero, Rowena...

—Todo... todo tiene su explicación —musitó aquella.

—Es lo que tiene rezar tanto y bordar como los ángeles... —comentó Carolina divertida.

Arabella miró a la joven enfadada. Y, como siempre, dirigiendo su rabia hacia ella, espetó:

—¡Cállate, maldita Campbell!

—¡Faltaría más! —respondió Carolina con sorna.

—Tú tienes la culpa de todo.

Al oír eso Carol suspiró y, mirándola, simplemente dijo:

—Ahora... mastica y traga.

Consciente de por qué decía eso, la matriarca masculló ofuscada:

—No sé por qué mi marido y mis hijos no te han cortado aún la cabeza...

Carolina iba a responder, pero al ver cómo Peter la miraba decidió callar. Quizá fuera lo mejor.

En ese momento Arabella se arrodilló ante su hijo y gimoteó:

—Por Dios, Peter, ¡nos estás destrozando!

Él resopló y, tras mirar a sus hermanos y a su padre y entender que era el momento de que su madre se enterara de ciertas cosas, soltó:

—A ti no, madre, pero destrozar a Rowena será un placer. Debería aplastarla por lo que ella me hizo.

—¡Peter, no! —exclamó Rowena, dejando de llorar.

El aludido, al oírla y ver la frialdad de su mirada, afirmó con la cabeza mientras susurraba:

—Tú te lo has buscado, Rowena.

—Y tanto que se lo ha buscado —aseguró Iver.

Oír eso hizo que esta y Diana se miraran, y Arabella, levantándose entonces del suelo, preguntó:

—Pero ¿de qué habláis? ¿Qué ocurre?

Sin moverse de su sitio, Carolina observaba la situación. Allí todos parecían saber algo que Arabella y ella ignoraban. Y de pronto Peter dijo:

—Madre, ¿recuerdas cuando decidí marcharme de casa?

Arabella asintió. El dolor por la pérdida de su hijo fue algo que le costó asimilar, y antes de que pudiera decir nada Peter añadió:

—Pues debes agradecérselo a tu querida Rowena McGregor, a la mujer que tanto aprecio le tienes y que tan bien te cae.

Según dijo eso, Arabella miró a la joven y esta, perdiendo todo el empaque que solía mostrar, susurró levantando el mentón:

—A ver..., todo tiene su explicación...

—¡Cállate, insensata! —bramó Cailean—. ¡O juro que quien te dejará calva seré yo, no mi nuera!

Arabella miró a su marido descolocada. ¿Por qué decía aquello?

Y Peter, tomando aire, continuó dirigiéndose a su madre:

—Hace años, sin que nadie lo supiera, Rowena y yo nos veíamos en Edimburgo siempre que podía escaparme de Dirleton.

—¡¿Qué?! —musitó Arabella.

—Durante dos años mantuvimos una relación, hasta que Rowena se quedó embarazada. Esa vez el bebé sí que era mío. Y aunque yo le rogué y le aseguré que cuidaría de ella y del niño, ella decidió deshacerse de él, y luego el asunto se le complicó. Además, no contenta con eso, en cuanto se recuperó se casó con el que fue su marido hasta que murió, dejándome a mí de lado y desdeñando mis sentimientos.

Carolina escuchaba boquiabierta aquello que nunca habría imaginado. Ahora entendía por qué Rowena le había dicho que lo de ella y Peter venía de lejos.

Y en ese instante Arabella, con un dramatismo increíble, se alejó de la mujer y siseó:

—¡Mataste a mi nieto y abandonaste a mi hijo!

—¡Por todos los santos! ¡Qué desagravio! —protestó Diana ganándose una furiosa mirada de Rowena.

Cailean, viendo cómo su mujer lo miraba, intervino:

—Si nunca te dijimos nada fue porque Peter así lo quiso. Fin del asunto.

—Dios santo... —musitó Arabella tapándose el rostro.

En el despacho se instaló entonces un silencio ensordecedor, tan solo roto por el lloriqueo de Arabella, hasta que Peter, cogiendo a Diana, la sentó junto a una temblorosa Rowena y añadió:

—Y tú, querida prima, ¿cómo puedes ser tan zorra para, junto a esta otra víbora, intentar envenenar a mis padres y, de paso, matar a Blake, a Iver y a Carolina?

Según oyó eso, Arabella dio un respingo, e Iver indicó al ver cómo su madre lo miraba:

—Siempre has dicho que un Campbell mató a tu abuelo, madre... Ahora deberías agradecer que una Campbell haya salvado a tu hijo. —Y, señalando su pierna, afirmó—: Sí, madre, sí. Esto me lo han hecho ellas. Una Steward y una McGregor.

Aturdida, Arabella parpadeó. Tanta información la estaba aturullando; entonces su marido dijo tomando aire:

—Al parecer, querida Arabella, esas dos nos querían muertos.

—¡¿Qué?! —apostilló la mujer.

Todos asintieron y entonces Cailean, acercándose a aquellas, que estaban sentadas juntas y petrificadas, bramó:

—¡Las copas que Diana nos ha entregado y que Carolina ha evitado que bebiéramos contenían veneno! Por tanto, querida Arabella, si estamos vivos es gracias a Carolina Campbell.

Espeluznada, la matriarca miró a Carol, que, asintiendo, cuchicheó con gracia:

—¡Sorpresa!

En silencio, todos miraban con reproche a las jóvenes, y de repente Arabella furiosa le soltó un bofetón a Rowena que casi la hizo caer de la silla.

—Guau..., eso ha tenido que doler —afirmó Iver mirando con burla a su cuñada.

Acto seguido Arabella, en su peor versión, se agachó para mirar a aquella y a su sobrina y siseó con toda la rabia del mundo:

—Malditas zorras desagradecidas... Yo aquí dando la vida por vosotras, metiéndoos en mi casa, ¡y así me lo pagáis! —Ninguna de las dos dijo nada, y ella continuó—: Nada me gustaría más que rebanaros el pescuezo, pero no lo haré porque quiero que viváis con la vergüenza. Todo el mundo se enterará de vuestra deslealtad, y juro que haré todo lo que esté en mi mano para que vuestras vidas sean un infierno.

—Pero, tía...

El bofetón rabioso esta vez fue para Diana, y Arabella siseó mirándola:

—Yo ya no soy tu tía. Y me da igual lo que diga tu padre al respecto. Una vez que salgáis de esta fortaleza, no quiero volver a veros en mi vida, y tened claro que me encargaré de que todo el mundo sepa qué clase de mujerzuelas sois.

Diana, horrorizada, rompió a llorar. Estaba claro que a partir de ese instante habría un antes y un después para ella.

Carolina, necesitando aclarar algo, y jugándosela, mintió:

—Rowena, Diana me contó que Arabella y tú fuisteis quienes urdisteis el plan para desacreditar a Eppie Gordon.

Según dijo eso, Ethan, que hasta el momento había permanecido callado, parpadeó boquiabierto. ¿Eppie? ¿Qué tenía que ver Eppie con todo aquello?

Como los demás, Peter miró sorprendido a su mujer.

—¿De qué hablas? —gruñó Arabella.

Con seguridad, Carolina añadió:

—Hablo de lo que hicisteis para que la boda de Ethan y Eppie no se celebrara.

—¿Qué...? —murmuró Arabella descolocada.

Rowena, furiosa por oír aquello, miró a Diana y graznó:

—¿Cómo has podido decirle eso cuando fuiste tú? No te quites culpas. Tú y tu afán de impedir esa boda para quedarte a Ethan para ti...

Rápidamente aquellas dos comenzaron a discutir delante de todos culpándose la una a la otra. Y Carol, mirando a Cailean, cuchicheó:

—Como diría mamita, con los judas no se pelea porque ellos se ahorcan solitos.

El hombre asintió sonriendo, y Arabella, que la oyó, no dijo nada. Todo aquello la estaba sobrepasando.

Y entonces Carolina, mirando a un Ethan completamente descolocado, terció:

—Ahí tienes la explicación de lo ocurrido. Ellas se ocuparon de que Eppie tomara algo que la durmiera. Le pagaron dinero al herrero para que este la metiera en su cama y, después, tu madre, sin saber nada, a petición de tu tío Arthur, que había sido aleccionado por Diana, te hizo ir a la herrería para que vieras lo que viste.

—¡Por todos los santos! —bramó Ethan enfurecido.

—¡Oh, Dios! —susurró Arabella sin dar crédito.

Peter, Cailean e Iver se miraron sorprendidos. En la vida podrían haber imaginado algo parecido. Ethan, horrorizado, comenzó a exigir respuestas; y Carolina dijo a Arabella:

—Disculpa por incluirte en el trío. Pero hasta este instante en el que ellas solitas se han delatado excluyéndote, no he tenido claro que tú no tuvieras nada que ver con lo sucedido.

Arabella tomó aire y murmuró:

—No soy tan...

—¿Bruja? ¿Mala? ¿Perversa? —sugirió Carolina.

Arabella miró a su marido y a sus hijos en espera de que alguno intercediera por ella, pero nadie lo hizo, y la joven, envalentonada, añadió:

—Creíste ser más lista que ellas, pero ellas jugaban contigo y con tus sentimientos, y quienes lo han pagado han sido tu hijo y tu familia. Aunque quien peor lo pasó fue Eppie Gordon, al ser acusada de algo que nunca hizo y que la llevó a ser señalada y repudiada no solo por su familia, sino también por el que era su amor. ¿Estás contenta, Arabella?

La mujer, horrorizada, no sabía qué responder. En la vida se imaginó que algo así pudiera suceder.

Mientras tanto Ethan pedía explicaciones a voces, teniendo que ser sujetado por Peter e Iver, que se había levantado torpemente, pues deseaba agarrar del cuello a aquellas dos.

Cailean, tan sorprendido como su mujer, se acercó hasta Carolina, que seguía sin moverse del lado de la chimenea, y, mirándola, cuchicheó:

—Muchacha, sabía que eras espabilada, pero no tanto.

Sin poder remediarlo, ella sonrió.

—Soy una Campbell, y de tonta tengo lo justo —afirmó.

—Quiero disculparme por...

Poniendo un dedo sobre sus labios, mientras Ethan intentaba agarrar a aquellas del cuello y Peter, Iver y su madre trataban de impedírselo, Carolina miró a aquel hombre que siempre la había tratado con cariño y murmuró:

—No debes disculparte por nada. Solo he hecho lo que estoy segura de que tú habrías hecho por mí.

Sin dudarlo, el hombre asintió y, requerido por Arabella, tras guiñarle un ojo a Carolina, se dio la vuelta para ayudar a sus hijos.

Una vez que consiguieron que Ethan se tranquilizara, Arabella, cuyo perfecto mundo se había venido abajo, necesitando saber al cien por cien todo lo que allí ocurría, se sentó en una silla y pidió explicaciones sin volver a meterse con Carolina. Sin dudarlo, su marido y sus hijos le contaron todo lo acontecido y por primera vez los escuchó sin llorar.

Cuando acabaron, Arabella se levantó de su silla, agarró a Rowena y a su sobrina del brazo, las sacó del despacho y, tras pedir a unos guerreros que las escoltaran hasta las puertas de la fortaleza, volvió a entrar en el despacho, donde todos permanecían en silencio.

Se miraban unos a otros descolocados, pues todo aquello era algo que nunca habrían imaginado, y Carolina, que quería aclarar unas últimas cosas, dijo entonces dirigiéndose a Arabella:

—Sé que todo lo ocurrido es terrible, pero ¿puedo preguntarte algo más?

La mujer asintió sin dudarlo y acto seguido Carolina añadió:

—Diana fue quien te aconsejó qué hierbas debía tomar Cailean para su dolencia, ¿verdad?

La matriarca afirmó con la cabeza y, de pronto, dándose cuenta de todo, se llevó las manos a la cara y murmuró:

—Cielo santo...

Los hermanos, enfadados por lo que su respuesta significaba, se miraron entre sí.

—Por suerte, padre decidió tomar las tuyas y dejar las de Diana —terció Ethan aún alterado.

Cailean asintió, y entonces la matriarca declaró dirigiéndose a Ethan:

—Reconozco que Eppie Gordon nunca ha sido santo de mi devoción, pero, créeme, hijo, nunca, nunca, nunca te causaría un dolor como el que te han causado...

—A él y a Eppie —apostilló Carolina.

Sin dudarlo, todos asintieron, y Cailean señaló mirando a su familia:

—Como decimos en nuestro clan, la lealtad se premia, pero la deslealtad se castiga, y sin duda esas dos lo van a pagar. Y tú —añadió a continuación señalando a Ethan— tendrás que hablar con Eppie.

Todos asintieron. De pronto Peter cogió a Carolina de la mano, la acercó a él y, asiéndola con posesión de la cintura, anunció:

—Dentro de unos días mi mujer y yo partiremos hacia Keith. Creo que ya es hora de que vayamos a nuestro hogar.

—¡Me parece una idea genial! —afirmó la joven.

Cailean y sus otros dos hijos sonrieron ante aquello, y Peter, mirando a una descolocada Arabella, indicó:

—Madre, Carolina es mi mujer. La quiero, me quiere, y lo que hay entre nosotros es lo que deseo en mi vida. Por tanto, tú decides si quieres formar parte de ella o no.

La mujer no respondió y Peter, caminando con Carolina hacia la puerta, añadió simplemente:

—Buenas noches.

Sin mirar atrás, ambos salieron del despacho, y cuando se quedaron solos él la cogió entre sus brazos y preguntó:

—¿Preparada para un baño y para pasar la noche entera haciendo el amor conmigo?

—¡Preparadísima! —Carolina rio sintiéndose deseada, amada y respetada.

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