Atrévete a retarme
Capítulo 69
Tierras de los Campbell, castillo de Sween, tres
meses después
Carolina caminaba junto a Blake y Sir Arthur por aquel bosque que tan bien conocía.
Regresar allí, al lugar que la había visto nacer, y donde encontró de nuevo la tranquilidad y la paz que necesitaba, era lo mejor que podría haberle sucedido.
En un principio, como imaginaba, sus hermanos la criticaron al verla aparecer. Pero a Carol le dio igual. Solo le importaba la opinión de cuatro personas: sus padres, Greg y Sira. Y, tras hablar con ellos y contarles lo ocurrido, ellos la entendieron; lo que dijeran los demás sobraba.
Eppie Gordon fue bien recibida. Aquella muchacha de carácter tranquilo y risueño se hizo enseguida a vivir con los Campbell, y eran muchos los guerreros que se interesaban por ella, aunque Eppie los rechazase.
Kendrick Campbell, al saber que Carolina estaba en el castillo, apareció por allí. Tras lo ocurrido con los McGregor, tuvieron una conversación. Munro Campbell los escuchó a ambos en silencio y, cuando Kendrick se marchó tras un diálogo tranquilo y sin gritos, el laird se enorgulleció de su hija.
Carolina estaba hablándole de ello a Blake cuando este susurró:
—A tu derecha.
La joven apuntó rápidamente hacia allí con su arco y le dio a una liebre.
—Ximena hará un buen guiso con esto —dijo Blake después de cogerla.
Ambos se miraron con complicidad y de buen humor. Tres días antes Ximena y Blake se habían casado en una íntima pero bonita ceremonia en el interior del castillo.
—Ni te imaginas lo que me alegra verte tan feliz —cuchicheó Carolina.
Su amigo asintió, sin duda la vida le daba una segunda oportunidad.
—Yo también soy muy feliz —afirmó.
Sonriendo, prosiguieron su camino hasta llegar a la casa de él. Aquella casa que meses atrás era un desastre de nuevo era ahora un sitio acogedor y había vuelto a convertirse en un hogar.
Sir Arthur ladró y, tras abrirse la puerta, la pequeña Iris salió corriendo y anunció tirándose a los brazos de Blake:
—Mamá está haciendo un bizcocho.
El guerrero sonrió gustoso. Ximena e Iris le habían dado la vida que le faltaba. Y besando a la pequeña afirmó:
—Pues vayamos a probar ese estupendo bizcocho.
Al anochecer, tras estar un rato con aquellos y pasarse luego por otras chozas para entregar varias de las liebres que habían cazado a quienes no tenían recursos, Carolina montó en Mysie y regresó lenta y pausadamente hacia el castillo.
Quedaban solamente tres meses para dejar de ser una mujer casada. El trato que su padre y Cailean habían hecho acabaría pronto y, con ello, la muchacha sería libre para retomar su vida. Una vida de la que, por suerte, su padre aún no le había hablado, pero, conociéndolo, pronto volvería a agobiarla para que se casara otra vez.
En todo ese tiempo Peter no se había interesado por ella en ningún momento. Estaba claro que el día que ella se marchó de Dirleton él la olvidó, y aunque Carolina intentaba hacer lo mismo, le costaba. Ese McGregor se había metido en su mente con tanta fuerza que hasta la fecha le resultaba imposible olvidarlo.
Una vez que llegó al castillo y dejó a Mysie en las caballerizas, tras pensar si entrar por la puerta principal con una sonrisa, caminó hacia un lateral y, agarrándose a las piedras del muro, trepó por él hasta entrar por la ventana.
¡Le encantaba hacer eso!
Al entrar, se estaba quitando la arenilla de las manos cuando de pronto oyó:
—¡Otra vez!
La voz de su madre la hizo sonreír.
—¡Carolina Campbell, mírame! —insistió ella.
Divertida, la joven se volvió y cuchicheó:
—Dime, mamita.
Lorna, que estaba feliz porque su pequeña estuviera de nuevo junto a ella, preguntó en tono de reproche:
—¿Acaso pretendes romperte el cuello algún día?
Soltando una risotada, Carolina se acercó hasta ella y susurró con mimo:
—Mamita preciosa y linda, hoy estás bella. Estás guapísima y...
—¡Carolina! —la cortó—. No empieces con tus zalamerías.
—Pero, mamita, si te gusta... —prosiguió abrazándola.
Lorna finalmente sonrió. Su hija y su manera de ser le encantaban. Y, sonriendo mientras la abrazaba, susurró:
—No sabes cuánto echaba de menos verte entrar por la ventana y que me dijeras todas esas zalamerías.
Eso hizo sonreír a la joven, pero entonces Lorna se separó de ella y preguntó:
—¿Te encuentras bien?
Carolina asintió y, tomando aire, afirmó:
—Sí, mamita. Me encuentro bien.
Lorna, a quien le dolía en el alma saber que su hija tenía roto el corazón por amor, asintió y, cambiando de tema para que no se entristeciera, comentó:
—Como hoy es tu cumpleaños, tu padre ha pedido para cenar sopa de remolacha, pichones con verduritas y patatas y, de postre, flan de caramelo. ¿Qué te parece?
A Carolina le gustó oír eso. Eran sus platos preferidos. Y, divertida, murmuró:
—¿Acaso padre quiere cebarme para cuando me quede soltera?
Con mimo, Lorna tocó el rostro de aquella por la que haría cualquier cosa.
—Lo que quiere es celebrar tu cumpleaños y lo mucho que adora a su niña —afirmó.
Carol sonrió, pues esa clase de amor era el que necesitaba.
—Me gusta su celebración —aseguró.
Feliz por la sonrisa de su hija, tras darle un beso en la mejilla Lorna la apremió:
—Vamos, ve a quitarte la mugre que traes encima.
Carolina asintió y continuó hacia su cuarto. Una vez allí, tras quitarse la ropa sucia, se metió en la bañera que le habían preparado, cerró los ojos y pensó en Peter.
En su mente se recrearon momentos bonitos y especiales, momentos que la hacían reír y llorar. Y, cuando no pudo más, abrió los ojos, decidió no pensar más y se dispuso a lavarse el cabello.
¡Se acabó recordar!
Un rato después, tras salir de la bañera y secarse, sonaron unos golpes en la puerta y entró Eppie ataviada con un bonito vestido color mostaza.
—¡Feliz cumpleañooossss! —canturreó la recién llegada.
Carolina sonrió. Ese año, tal y como estaba, no quería muchas celebraciones, pero sonriendo susurró:
—Gracias, Eppie.
Tras darse besos y abrazos, Carolina abrió un regalo hecho con amor por parte de su amiga y una vez que lo dejó a un lado, comentó mirándola:
—Pero qué bien te queda ese vestido.
Eppie sonrió y, mirando a la joven, que se había puesto un vestido carmesí, declaró:
—Tan bien como a ti te queda el tuyo.
En aquellos meses la Eppie que había conocido en un principio había cambiado mucho. No solo físicamente, pues su aspecto era bastante mejor, sino también por dentro. Como ella había dicho, la vida la había hecho espabilar.
—Tu madre me ha dicho que te suba estas camisolas —explicó Eppie.
Carolina las cogió encantada y, como era ya algo normal entre ellas, las dos muchachas comenzaron a charlar. Si algo nunca les faltaba eran temas sobre los que hablar.
Estaban hablando sobre el vestido de Carolina sin pensar en nada más cuando de pronto oyeron unos golpes en la puerta, y, al abrirse esta, se quedaron sin palabras al ver que quien estaba al otro lado era Arabella Steward.
Eppie y Carolina parpadearon boquiabiertas e intercambiaron una mirada.
Entonces la mujer, viendo su desconcierto, entró en la habitación y, tras cerrar la puerta, se plantó frente a aquellas y saludó:
—Hola, Carolina Campbell. Hola, Eppie Gordon.
Sin saber qué decir, porque en la vida se habrían imaginado verse en una situación así, ambas se levantaron al tiempo que Eppie susurraba:
—No... no me lo puedo creer.
—Ni yo —afirmó Carol, que a continuación preguntó—: ¿Se puede saber qué haces tú aquí?
—Felicidades por tu cumpleaños —dio Arabella sin inmutarse.
Carolina, sonriendo a causa de los nervios, preguntó:
—¿Has venido a felicitarme?
La mujer negó con la cabeza.
—He venido a veros. Pero al llegar me he enterado de que era tu cumpleaños.
Bloqueadas por aquello, las jóvenes volvieron a mirarse, y Carolina, sin ganas de confraternizar con aquella, indicó:
—Pues siento decirte que yo a ti no tengo ningunas ganas de verte.
—Ni yo —convino Eppie.
Arabella asintió. No esperaba menos de ellas. Y entonces Carolina, reponiéndose de la sorpresa inicial, la miró distante y musitó con retintín:
—Oh, Dios, ¡debes de estar a punto de asfixiarte! —Y al ver que aquella levantaba una ceja aclaró—: Con tantos Campbell y una Gordon a tu alrededor, sin duda te quitamos el aire que respirar, ¿no?
Arabella suspiró. Eppie sonrió y Carolina, enfadada, añadió:
—Venga..., llora un poquito con tus falsas lágrimas. ¡Vamos! Es lo que toca ahora, ¿no?
—Siento...
—¿Sientes? —la cortó Eppie—. ¿Alguien como tú siente?
Sin dudarlo, la mujer asintió. En esos meses la tristeza y la desidia que se habían instalado en su hogar la habían hecho recapacitar. Se había dado cuenta de la infinidad de errores que había cometido, del poco cariño del bueno que les había dado a su marido y a sus hijos con su frialdad, y aunque no podía cambiar de la noche a la mañana, lo estaba intentando.
Trató de sonreír con afecto, necesitaba que aquellas vieran que se esforzaba, pero entonces Eppie cuchicheó:
—¿Qué le ocurre en la boca?
Carolina buscó descifrar aquel gesto raro, y entonces la mujer explicó:
—Estoy sonriendo con afecto.
Ambas parpadearon sorprendidas por aquello.
—Pues das miedo —soltó Carolina.
La mujer asintió con pesar; estaba claro que aquellas no se lo iban a poner fácil. Sin embargo, dispuesta a hacer lo que fuera por los seres que más quería en el mundo, que eran sus hijos, declaró:
—Siento haberos fallado.
Asombradas al oír algo así de su boca, Carolina indicó:
—Tú no nos fallaste. Solo nos demostraste que no merecías la pena.
—Estoy totalmente de acuerdo contigo —afirmó Eppie.
De nuevo la mujer asintió. Sabía que todo lo que le dijeran se lo merecería, y tomando aire continuó:
—Como me dijiste, Carolina, estoy tragando y masticando. Me lo merezco.
Entonces la joven, al recordar a qué se refería, ya no pudo más y, segura de que aquella en cualquier momento atacaría, soltó:
—Mira, Arabella, déjate de tonterías. ¿Qué narices quieres?
—Os lo he dicho. He venido a veros.
Las dos jóvenes se desesperaron.
—Pero ¿cómo has venido hasta aquí? —insistió Carolina.
—Cailean y yo hablamos con tus padres y...
—¿Que hablasteis con mis padres?
—Sí. Y ellos nos invitaron a venir.
Las dos jóvenes se miraron bloqueadas y luego Carol preguntó:
—¿Cailean está aquí?
Arabella asintió.
—Está charlando con tu padre en su despacho.
Estaban asimilando aquello cuando la mujer añadió:
—He de decirte que tu padre me ha sorprendido para bien, y tu mamita es una señora educada y tremendamente encantadora. Ahora que los he conocido, entiendo de quiénes has sacado esa fuerza y esa sonrisa que tienes. Y, dicho esto, te pido disculpas por todas las cosas desafortunadas que en su momento dije de ellos. La verdad es que me comporté como...
—¿Una bruja? —preguntó Carolina.
—No te quito la razón —afirmó Arabella con pesar.
A cada segundo más desconcertadas, las dos jóvenes no sabían qué decir; entonces la mujer prosiguió, dirigiéndose a Eppie:
—Sé que nunca me porté contigo como merecías. Me dejé llevar por mis prejuicios hacia ciertos clanes, por cosas que otros habían hecho, sin saber que en el mío propio se escondía lo peor. Nunca disculparé lo que Diana te hizo, ni me disculparé a mí misma por no haberme dado cuenta de su maldad hacia ti.
—Yo jamás le habría sido desleal a Ethan —aseguró Eppie.
La mujer asintió.
—Lo sé, hija. Ahora lo sé.
Tras un tenso silencio por parte de las tres, Arabella dijo necesitada de su perdón:
—Os pido disculpas. Sé que para vosotras soy una bruja insensible y...
—A eso —la cortó Carolina— deberías añadir que eres una chantajista emocional y la persona más fría que he conocido en mi vida, porque...
En ese instante se abrió la puerta del cuarto. Ante ellas apareció Lorna, que, entrando, regañó a su hija:
—¡Carolina Campbell, no te pases!
—¡Mamita!
Carolina, que no daba crédito, pues ella misma le había contado todo por lo que aquella les había hecho pasar, se disponía a protestar cuando su madre añadió:
—Sé lo insufrible que ha sido esta mujer porque me lo habéis dicho. ¡Pero aquí está, dando la cara ante vosotras y ante nosotros! Os está pidiendo perdón. Os está solicitando que le deis una oportunidad para mostraros que ha cambiado. Y eso, muchachas, es algo que deberíais valorar.
Arabella, agradecida por la ayuda de aquella, la miró, y, cogiéndole las manos, susurró:
—Gracias, Lorna.
—De nada, Arabella.
Las cuatro se quedaron en silencio y luego Arabella intervino:
—Carolina, me creas o no, gracias a ti, a las conversaciones con Cailean, mis hijos y a todo lo que ocurrió en Dirleton, comencé a ver las cosas de otra manera. Y como bien me dijiste, solo podría conseguir mi paz interior y olvidarme de los fantasmas del pasado cuando dejara de despreciar y odiar a los demás y empezara a aceptar la realidad tal y como era. Y te juro por lo que tú quieras que ha sido así. La sensación que tengo es como si hubiera despertado de un mal sueño que ha durado demasiado y he comenzado a ser consciente de la importancia de un beso, de un abrazo de...
—¿Quién eres tú y dónde está la bruja Steward? —la interrumpió Carolina.
—¡Carol! —gruñó Lorna.
La aludida asintió. Lo que estaba oyendo era como poco increíble.
—¿Tú la crees? —cuchicheó Eppie.
Sin saber qué responder, la joven se encogió de hombros y Lorna, para templar los nervios, comentó mirando a Arabella:
—Espero que os guste la cena que hemos preparado.
—¿La cena de esta noche era porque venían ellos? —inquirió entonces Carolina.
La mujer no respondió, y la joven insistió:
—Mamita...
Lorna suspiró, era imposible mentirle a su hija.
—Por tu cumpleaños y por su llegada —dijo.
—¡Mamá! —protestó ella.
Arabella la miró, y entonces Lorna, agarrando a su hija de las manos, explicó:
—Cariño, quiero tu felicidad. Y si tu felicidad es Peter, yo...
—Pero, mamita —la cortó ella rápidamente—, si Peter ya se ha olvidado de mí.
—Eso no es así —repuso Arabella—. Peter te quiere y ha venido dispuesto a enmendar su error.
Oír eso hizo que Carolina la mirara.
—¿Que ha venido?
La mujer asintió y a continuación Lorna canturreó feliz:
—Está con Greg y Sira hablando en el salón.
—¡Por todos los dioses! —musitó Carol sobrecogida.
Los nervios se apoderaron por completo de ella. Peter estaba allí, en su casa, en su hogar, con su familia; con las pulsaciones a mil susurró:
—Yo... yo no lo voy a ver.
—¿Cómo que no? —replicó Lorna.
Incapaz de hablar, la muchacha negó con la cabeza. Y entonces Lorna, mirando a Eppie, añadió:
—Ethan también está.
—¡¿Ethan?! —murmuró la joven.
Arabella asintió.
—Ambos vienen dispuestos a enmendar sus errores.
Las dos chicas se miraron y luego Arabella indicó:
—Desde que os marchasteis de Dirleton, han emprendido el camino a Knapdale más de una docena de veces. Pero el miedo al rechazo los hacía dar media vuelta. Al final Cailean y yo hablamos con tus padres, Carolina, nos sumamos a su viaje, y eso los animó a llegar hasta aquí.
Aquellas se miraron boquiabiertas y después Eppie, sonriendo, preguntó:
—¿Ethan ha venido por mí?
—Sin lugar a dudas —afirmó Arabella.
La joven tomó aire. Si su amor había ido allí a por ella, todo cambiaba.
—¿Voy bien tal y como estoy? —preguntó sonriendo.
Arabella y Lorna asintieron con complicidad. Y la joven, tras mirar a Carolina, declaró:
—Si ha venido hasta aquí, lo mínimo que puedo hacer es escucharlo.
Y, dicho esto, corrió hacia la puerta y, ante el asombro de Carolina, su amiga se marchó. Estaba claro lo que quería hacer.
Acto seguido Arabella, Lorna y Carol se miraron, y la primera, entendiendo que quizá aquellas dos querrían hablar, empezó a decir:
—Carolina... —Ella la miró y Arabella afirmó—: Sabes perfectamente cuál es el lema de nuestra familia, pero quiero que sepas que entiendo lo que hiciste para saldar la deuda de tu padre. Yo habría hecho lo mismo y comprendería que cualquiera de mis hijos o Cailean procedieran como tú. Tu lealtad hacia tu padre debe premiarse, y finalmente Peter debió de entenderlo así, aunque en aquel instante no quisiera escucharte.
A cada segundo más sorprendida, Carol asintió, y aquella añadió:
—Peter te quiere como creo que no quiere a nadie más. Desde que te marchaste no ha vuelto a sonreír, está ojeroso, apenas come y...
—¿Y por qué no ha venido a buscarme antes? —la cortó Carolina.
—Porque teme tu rechazo más que nada en el mundo —respondió Arabella.
Acto seguido se quedaron en silencio. Lo que la mujer decía era lo más bonito y a la vez lo más duro que Carol le había oído decir. Saber que Peter se moría por ella era cuanto necesitaba.
Y entonces Lorna, mirando a su hija, cuchicheó:
—¿Qué tal si le das un abracito?
Carolina negó con la cabeza, ni loca abrazaría a aquella. Y cuando su madre se disponía a protestar, Arabella indicó:
—Es comprensible, Lorna. Todo llegará, si tiene que llegar, a su debido tiempo.
—Pero...
—Le fui desleal. Y la deslealtad se castiga —explicó la mujer sin apartar la mirada de una descolocada Carolina—. Te aseguro que no me volveré a entrometer en vuestras vidas, y si no quieres perdonarme lo entenderé y lo asumiré. Pero no desperdicies amar y ser amada por alguien que te corresponde y que daría su vida por ti por errores que se pueden subsanar y por culpa de una tonta mujer como yo, que en su momento no supo entenderos.
Y, dicho esto, Arabella se dio la vuelta y, emocionada por haber sido capaz de expresar sus sentimientos, con los ojos llenos de lágrimas, esta vez verdaderas, salió de la habitación.
Una vez que Lorna y su hija se quedaron a solas, la joven se sentó en la cama totalmente desconcertada.
—Te juro que la Arabella que yo conocí no era así —susurró.
Lorna tomó asiento junto a ella.
—Pues alégrate de que haya sido capaz de ver sus errores y esté aquí asumiéndolos. Eso no es fácil, hija. Y menos aún para una persona como ella.
Carolina asintió, y luego cogió aire.
—Tengo miedo —murmuró.
—¿Que tú tienes miedo? ¿A qué le temes tú? —repuso Lorna, que hizo que su hija la mirara—. Cariño, eres la persona más valiente y luchadora que he conocido en mi vida. También retadora e irresponsable —matizó haciéndola sonreír—. Quieres al hombre que ha venido a verte, como sabes que ese hombre te quiere a ti. ¿Por qué temer a algo tan bonito como es el amor correspondido?
—Mamita, porque Peter me desconcierta. Toma las decisiones en caliente, sin pensar, y...
—Carolina Campbell, ¿y acaso tú no?
La muchacha guardó silencio y su madre prosiguió:
—La decisión que tomaste de sacar de ese apuro al tonto de Kendrick liberándolo de los McGregor, ¿la pensaste? —Ella negó con la cabeza sin dudarlo y luego Lorna musitó—: Todos cometemos fallos. Tú. Él. Yo. Arabella. Papito... ¡Todos! Pero lo importante es darse cuenta de ellos e intentar enmendarlos. Acabas de oír a Arabella decir que Peter ha emprendido el camino para verte un montón de veces, pero el miedo al rechazo lo hacía darse la vuelta. No obstante, cariño, ¡aquí está! ¡Ha venido! ¿Acaso eso no es de merecer? ¿De verdad no eres capaz de ver el amor que ese hombre siente por ti?
La joven no respondió, y Lorna musitó con una sonrisa:
—Como dice tu padre, las cosas no son como comienzan, sino como acaban. ¡Piénsalo!
Carolina suspiró y su madre se puso en pie.
—Yo no voy a forzarte a hacer nada —añadió—. Es tu vida, es tu amor y es tu decisión. Pero si dentro de una hora no has bajado al salón, le diré a Peter que se vaya y, por cómo lo he visto, creo que él lo entenderá.
Y, dicho esto, le dio un beso a su descolocada hija, se dirigió hacia la puerta y cerró de nuevo al salir.
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