Atrévete a retarme

Megan Maxwell · Capítulo 34 de 76

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Atrévete a retarme

Capítulo 31

 

 

Una vez que ambos se despidieron de Blake y Peter le hizo saber a este que él cuidaría de la joven, montaron de nuevo en sus caballos y los gestos serios y distantes volvieron a sus rostros. El teatrillo debía continuar.

Llegaron cabalgando hasta donde estaban los hombres que los esperaban y, en cuanto todos estuvieron preparados, prosiguieron su camino.

Peter abría la comitiva junto a su padre y su hermano, mientras que Carol, esta vez sin Blake pero acompañada de Carson, cabalgaba varias filas más atrás.

De camino hacia las murallas que rodeaban el pueblo de Dirleton, la joven divisó unas chozas muy humildes junto a un frondoso bosque.

Con curiosidad, se fijó en unas mujeres que salían del bosque y que parecían volver de lavar la ropa en el río, y que al paso de Peter y los demás sonreían encantadas. De hecho, se molestó al observar cómo algunas de ellas gritaban el nombre del que era su marido y este las miraba y sonreía. Ver que él les devolvía la sonrisa y les guiñaba un ojo con complicidad hizo que se le revolviera el estómago.

¿Por qué le ocurría eso?

Sorprendida por aquella sensación que nunca había tenido, tomó aire y, apretando los puños, se pidió tranquilidad a sí misma. Estaba claro que Peter era un mujeriego y ella no podía hacer ni exigir nada. Fin del asunto.

Tratando de calmarse, estaba mirando una choza cuando esta se abrió y de ella salió una muchacha que echó a correr hacia ellos. No tenía muy buen aspecto, pues se la veía algo sucia, muy delgada, desabrigada y cansada.

Carolina, curiosa, no apartó la mirada de la joven y de pronto la oyó gritar:

—¡Ethan...! ¡Ethan...!

El aludido, sin desviar la vista, prosiguió su camino a lomos de su caballo. Sabía que si la miraba se desmoronaría, pero la joven insistió:

—Ethan, por favor. Por favor...

Pero él ni siquiera la miró. No podía.

Al ver eso, Carolina acercó su caballo al de Carson y, entre cuchicheos, preguntó mientras la joven imploraba y rogaba:

—¿Quién es esa muchacha?

—Eppie.

—¿La que fue su novia? —inquirió ella sorprendida.

Carson asintió, justo en el momento en el que dos de los guerreros se acercaban hasta la joven y, de un empujón, la retiraron de donde estaba. La chica terminó en el suelo, mientras los hombres se reían al ver que había caído en un barrizal.

No obstante, sin darse por vencida, la tal Eppie se levantó. Corrió de nuevo hacia Ethan, pero antes de llegar a la muralla de Dirleton, otro guerrero la empujó al suelo mientras siseaba:

—A tu familia y a ti se os expulsó del pueblo. ¡Largo de aquí!

Asombrada al ver aquello, Carolina saltó del caballo para ayudar a la muchacha. Pero ¿qué manera de tratar a una persona era esa?

Con cuidado, y bajo la atenta mirada de los guerreros McGregor, que pasaban por su lado a lomos de sus caballos, Carol ayudó a levantarse a la joven de preciosos ojos azules.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó.

—Es... es... todo tan injusto... tan injusto. —Eppie sollozó.

Carolina la miró apenada. Aquella joven de mirada triste y cansada, sucia, mal abrigada, con los labios amoratados por el frío y los párpados en carne viva de tanto llorar, le llegó al alma, y, sin dudarlo, cogió una manta de su yegua y se la echó por encima.

—Esto te abrigará —dijo.

Ella, en medio de su desesperación, le agradeció el detalle con una ligera sonrisa, pero de inmediato siguió llorando.

En ese momento Carson, acercándose a ellas, indicó mientras apartaba a otros mendigos que intentaban arrebatarle la manta:

—Carolina, debemos continuar antes de que tu marido se...

—¿Quién es su esposo? —lo cortó Eppie con un hilo de voz.

Entendiendo su expresión de alarma, Carolina se apresuró a aclarar:

—Peter McGregor.

Eppie, sorprendida por ello, la miró y, temblando de frío, a pesar de la manta que ella le había dado, asintió. Entonces Carol, al ver que Ethan se volvía para observarlas, preguntó aun sabiéndolo:

—¿Cómo te llamas?

—Eppie.

—¿Eppie McGregor?

Ella negó con la cabeza y, sin apartar la mirada de Ethan, respondió:

—Eppie Gordon.

Tratando de conectar con ella, que parecía tan necesitada, Carol comentó a continuación:

—Un placer conocerte, Eppie Gordon. Yo soy Carolina Campbell.

—¡¿Campbell?! —susurró la otra boquiabierta.

—Lo sé —murmuró ella con mofa—. Mi apellido hace que no sea bien recibida aquí.

Eppie, que conocía la aversión que Arabella sentía por los Campbell, sin apartar la mirada de aquella joven y sin poder contenerse, dijo entonces en voz muy baja:

—Por el amor de Dios, milady, tenga cuidado con la madre...

Antes de terminar la frase, la joven, consciente de lo que iba a decir, dirigió la mirada a Carson, que las observaba desde más allá, y musitó horrorizada:

—Oh, Dios... Disculpe mi osadía.

—Tranquila.

Eppie y ella se miraron. Entre ambas hubo una conexión inmediata y, consciente de que aquella se encontraba tan sola como ella, cuchicheó a continuación:

—Llevo días viajando con esos bestias y, viendo el trato recibido, puedo imaginar el que recibiré en la fortaleza. No te apures por tu insinuación, quedará entre nosotras.

Eppie, más tranquila al comprobar que Carson no la había oído y que aquella parecía una mujer de fiar, murmuró:

—Se lo agradezco, milady.

—Eppie, llámame Carolina, por favor.

La muchacha asintió, conmovida por su deferencia hacia ella, y más con lo sucia que iba y del aspecto lamentable que ofrecía.

—¡Carolina —voceó entonces Carson—, debemos proseguir!

Ambas se miraron en silencio y Carol, obviando las mil preguntas que deseaba hacerle, simplemente dijo:

—¿Dónde vives?

Con lágrimas en los ojos, Eppie respondió:

—En la última choza de la izquierda.

—¿Con tu familia?

—No. Mi familia se marchó y ahora estoy sola.

Carolina asintió. Aquella muchacha, a la que se la veía delicada y cultivada, estaba pasando por un mal trago, y, conmovida, dijo cuidando que Carson no la oyera:

—En cuanto pueda te ayudaré.

Una vez que Carol volvió a montarse en su yegua y se despidió de aquella joven con una sonrisa, seguida por Carson espoleó a su montura y se situó en el lugar donde debía marchar. Cabalgó unos instantes en silencio, hasta que, al oír cómo algunos guerreros seguían mofándose de Eppie, levantó la voz para que aquellos la oyeran y exclamó:

—¡Burlarse de un necesitado es tener el corazón podrido, pandilla de patanes malolientes!

Según dijo eso, Ethan, Peter y Cailean, que iban delante de ella, se volvieron para mirarla con gesto ceñudo, y Carol, sin amilanarse, insistió:

—Es lo que pienso y lo tengo que decir, aunque me maten...

Los tres McGregor volvieron de nuevo la vista al frente sin decir nada.

Y entonces Carson acercó su caballo al de ella.

—Carolina, mejor déjalo estar —cuchicheó.

Apenada, ella volvió a mirar hacia atrás y vio que Eppie caminaba abatida hacia la fea y vieja choza. Pobrecilla.

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