Atrévete a retarme
Capítulo 37
A la mañana siguiente, en el salón del castillo de Dirleton, después de que toda la familia le rindiera pleitesía a Arabella y esta se comportara como una auténtica bruja huraña, Carolina los miraba sorprendida. ¿Cómo podían aquellos cuatro hombres dejarse dominar por aquella mujer?
Tras el desayuno, y cuando Arabella regresó a su cama para continuar con el reposo, Carolina, guiada por Cailean y acompañada por Iver y Peter, montó en su yegua Mysie dispuesta a conocer las tierras de los McGregor.
Peter, que iba hablando con Iver, observaba con disimulo a su mujer, aquella joven morena con la que había pasado una increíble noche de pasión en la que no solo había disfrutado del goce de la carne, sino también del placer de la conversación, los mimos, las caricias y las risas.
Carol era divertida, arrolladora. Reír con ella era fácil por sus increíbles ocurrencias. Lo había pasado bien abrazándola, haciéndole cosquillas, bromeando, pero al despertar acurrucado junto a ella y oírla decir «¡buenos días, corazón!» acompañado de un candoroso beso, sin saber por qué el highlander se angustió.
Sin poder quitarle ojo a la joven, a la que nunca la abandonaba la sonrisa, miraba mientras tanto cómo su padre y su hermano sonreían. Ver la felicidad en ellos lo colmaba a su vez de dicha, pero, en cambio, ver tan contenta a Carolina lo incomodó.
¿Acaso ella deseaba más de lo que él estaba dispuesto a dar?
¿Por qué había permitido un acercamiento más allá del carnal?
Miles de preguntas sin respuesta cruzaban por su mente, y eso comenzó a mortificarlo cada vez más a cada segundo que pasaba.
Carolina, por su parte, viendo a Peter parapetado tras una frialdad que antes de dormirse la noche anterior no había percibido, no supo qué hacer al respecto; decidió fingir que no se percataba de nada e intentó actuar con normalidad, aunque eso le molestaba.
¿Por qué el carácter del highlander era tan cambiante?
Aquella mañana durante horas dieron un paseo por las tierras de los McGregor. De camino, Carolina vio infinidad de ovejas, pues la familia vivía de la cría de esos animales. Escuchó cómo Cailean le hablaba de lo que él había conseguido y sonrió al ver el orgullo en su mirada.
Durante el trayecto le mostraron también la casa que Iver se había construido con la ayuda de sus hombres, una preciosa edificación de piedra de dos pisos que ya estaba casi terminada. Y, contenta, la visitó mientras percibía la felicidad de su cuñado Iver cuando se la mostraba.
En varias ocasiones intentó intercambiar bromas o miradas cómplices con Peter, pero este la evitaba. Apenas reía ni participaba de la conversación, por lo que finalmente, ignorándolo, decidió disfrutar del momento con Iver y su padre.
Sin embargo, no le fue sencillo. Verlo serio y esquivo, tras haber conocido en la intimidad a un Peter tierno y cariñoso, le estaba resultando complicado.
Pero ¿qué le ocurría?
Una vez que regresaron al castillo se encontraron con Arabella e Ethan en el salón. Ambos hablaban sentados frente a la chimenea, mientras la matriarca descansaba su pierna vendada sobre un cojín.
—¿Qué tal vuestro paseo? —preguntó la mujer.
Peter e Iver se acercaron a ella y la besaron con cariño en la mejilla, se interesaron por ella, mientras Cailean respondía feliz:
—Una maravilla.
Carol simplemente asintió.
—Disculpadme —dijo entonces el laird—. Ahora vuelvo.
A continuación salió de la estancia, e Iver, acercándose a su madre y a su hermano Ethan, comenzó a hablar. Peter y Carol se quedaron en silencio, separados por unos metros de distancia, y ella, incapaz de seguir sufriendo su indiferencia, decidió acercarse a él.
—¿Se puede saber qué te ocurre? —le preguntó.
Él la miró como si no supiera de qué hablaba.
—¿Qué he hecho hoy que pueda haberte molestado? —insistió ella.
Aunque no se inmutó exteriormente, Peter maldijo para sus adentros. La frialdad que estaba mostrando hacia ella lo incomodaba incluso a sí mismo, pero, incapaz de gestionar lo que le ocurría, contestó:
—No sé a qué te refieres.
Según dijo eso, se alejó de ella, pero Carolina lo siguió.
—McGregor, no me tomes por tonta —volvió a insistir.
—Fin del asunto..., Campbell.
—¡Ni hablar, guapito! No pienso callarme. Te pasa algo y quiero saber qué es.
Enfadado con la situación y por el poco respeto que le mostraba, al ver que su madre y sus hermanos los observaban, Peter tomó aire y dijo mientras la asía del brazo:
—Disculpadnos un momento.
Dicho esto, ambos salieron de la estancia y él la llevó a grandes zancadas hasta su habitación. Una vez en el interior, y con la puerta cerrada, se volvió hacia ella y siseó:
—Que sea la última vez que me hablas así y menos aún que me llamas «guapito».
Sin dar crédito por su llamada de atención, pero sin dejarse amilanar, la joven respondió tocando su rostro con la palma de la mano:
—Vale..., corazón. No te hablaré así ni volveré a llamarte «guapito», pero dime qué te pasa.
El roce de la mano en su rostro era suave, cálido, cosa que le agradó; pero no estaba dispuesto a hacérselo saber.
—¿Te estás riendo de mí? —gruñó Peter.
Conmovida por el modo en que la miraba, y deseosa de que dejara de protestar, acercó su rostro al de él y susurró incapaz de callar:
—Tengo que decirte algo.
Desconcertado por aquello, Peter la miró y acto seguido ella dijo:
—No te asustes, pero tengo que decirte que te quiero.
Él no contestó. ¿Acababa de decir «te quiero»?
Carolina, tras haber dicho eso que le quemaba en la punta de la lengua, al ver su asombro, lo agarró de la cintura, pero él, apartándole las manos, inquirió:
—¿Has dicho que me quieres?
—Sí.
Peter dio un paso atrás descolocado.
—Te dije que... —protestó.
—Ya sé lo que me dijiste —lo cortó ella.
Turbado por aquello, y sin saber realmente cómo lidiar con ese tema, el guerrero siseó ofuscado:
—Yo no te quiero y no deseo esta clase de intimidad contigo.
Consciente de que había hablado de más pero también de que ya no podía dar marcha atrás, Carolina preguntó entonces:
—¿Acaso es malo decirte algo así?
Peter cabeceó. Estaba absolutamente desconcertado y, sin pensar en las consecuencias, soltó con frialdad:
—Mira, Carolina... No quiero que me llames «corazón» ni me digas «te quiero». ¿Te queda claro?
Boquiabierta por aquello, cuando la noche anterior era él quien la llenaba de abrazos, mimos y carantoñas, la joven retrocedió un paso y respondió cortada:
—Vale. Tomo nota de ello.
Al ver el desconcierto en su mirada, el guerrero se sintió fatal. ¿Por qué hacía aquello? Pero, incapaz de reconducir la situación, insistió empeorándola aún más:
—Quedamos en que nada de promesas ni obligaciones.
A cada segundo más sorprendida y sin saber qué decir por los sentimientos que Peter le despertaba, Carolina parpadeó. Y, sintiendo que el estómago se le revolvía, musitó:
—No sé qué te he pedido ni qué...
—No se trata de lo que me has pedido, sino de lo que acabas de decir — la cortó él—. Se trata de que no deseo levantarme por las mañanas con besitos de buenos días, palabras dulzonas ni caricias. Somos dos personas adultas que por unas determinadas circunstancias han de aguantar un año juntos, ¡nada más! Así pues, no quiero complicidad contigo, ni momentos especiales, ni que me sonrías, ni que me acaricies. Solo deseo afrontar de la mejor manera el lío en el que me has metido hasta que se acabe... —Y, viendo cómo lo miraba, añadió para que no se hiciera ilusiones—: Y poder retomar mi relación con Rowena.
Sin poder creérselo y en cierto modo humillada por sus palabras, Carolina asintió. Había sido una bocazas al decirle que lo quería, porque lo que estaba claro es que no era recíproco.
—¿Por qué anoche parecías querer todo lo contrario? —murmuró incapaz de contenerse.
Ofuscado al oír eso, que era cierto, Peter tomó aire, e, intentando ser razonable, indicó:
—Porque anoche lo pasábamos bien.
—¿Y por qué me llamaste «mi vida»?
—No eres la única a la que se lo digo.
Oír eso a Carolina la ofendió, pues cuando él la llamó de ese modo se creyó especial. Y, tomando aire, se miró las pulseras de la muñeca y preguntó:
—¿Se lo dices a ella?
Sin necesidad de mencionar el nombre, Peter supo a quién se refería.
—Sí —afirmó.
Carolina asintió. Las ganas que sentía de darle un par de bofetones estaban comenzando a nublarle la mente, y, expulsando lentamente el aire, cuchicheó:
—Pues no vuelvas a llamármelo en tu vida..., o juro que te arranco la cabeza.
—¡Mide tus palabras, Campbell, o al final tendrás un problema conmigo! —exclamó él.
Al oírlo, y a pesar de las ganas que tenía de responderle, Carol calló. Lo que había vivido con él ya formaba parte del pasado. Una vez más, Peter volvía a alejarse de su lado. Y este, viendo entonces en su rostro algo que lo inquietó, añadió:
—¡Si pasarlo bien contigo significa herir tus sentimientos, creo que...!
—¿Herir mis sentimientos?
Peter asintió y, sin importarle los gritos que estaba dando, que con seguridad se estaban oyendo en todo el castillo, bramó:
—No estoy enamorado de ti ni lo voy a estar, ¡te lo dije!
—¡Pedazo de creído! —soltó entonces la joven a la defensiva.
—¡Me acabas de decir «te quiero»!
Como era de esperar, ambos se miraron como rivales, y ella, entendiendo que era más transparente y bocazas de lo que debería, maldijo para sí. ¿Por qué sus actos le habían hecho desvelar lo especial que era él para ella? Y, dispuesta a hacer que pensara lo contrario, aseguró:
—Ser cariñosa está en mi naturaleza. Por tanto, no te creas especial porque te diga «te quiero», porque eso me sale decírselo a todo el mundo al que aprecio.
—No te creo.
—Ese es tu problema, no el mío —le recriminó ella.
Sin saber por qué, a Peter le molestó aquello, pero no quería dar su brazo a torcer.
—Pues procura que no te vuelva a salir esa naturaleza cariñosa conmigo, ¿entendido? —gruñó.
Se miraron en silencio mientras Carolina se sentía ridícula. Por primera vez se había dejado llevar por sus sentimientos con un hombre, aun habiéndole advertido Peter que no era mujer para él, y se había equivocado. ¿Cómo había sido tan tonta?
—Lo que ocurrió anoche fue un error —dijo él entonces.
—Un terrible error —convino ella molesta. Y, dispuesta a jorobarlo tanto como él la estaba jorobando a ella, añadió con frialdad—: Pero, ¿sabes?, lo miraré por el lado bueno y pensaré que fue la antesala de las muchas experiencias mejores que me quedan por probar. Tú mismo dijiste que las siguientes serían más satisfactorias, ¿no?
Rabioso al oír eso, Peter se contuvo. Aquella descarada volvía a sacarlo de sus casillas. Sin embargo, queriendo quedar por encima de ella, soltó:
—Por supuesto que serán mucho mejores. —E, intentando sonreír como ella, añadió—: Dicho esto, prosigamos con nuestras vidas. Por suerte para nosotros, todos los que nos rodean saben el motivo de nuestro absurdo enlace, así que no tenemos que disimular.
Oír eso dolía, y mucho. Y entonces él, aun viendo el desconcierto en los ojos de Carolina, continuó:
—He sido tu primer hombre en muchos aspectos, pero tú no has sido mi primera mujer, por lo que sé lo que significan ciertas miradas, ciertas sonrisas y ciertas caricias. Y como lo sé y no quiero que sufras por algo que nunca será, porque Rowena es mi... mi prioridad...
—¿Ella es tu prioridad?
—Por supuesto que sí —afirmó Peter consciente de que mentía.
Carol tomó aire y después lo expulsó; tragándose la rabia que sentía por saber aquello, se parapetó tras una máscara de absoluta frialdad, volvió a sonreír y se mofó:
—Vale..., vale..., ¡no te pongas así! Queda claro que la amas y ella es tu prioridad. Así que, tranquilo, a partir de hoy no habrá contigo ni miradas cómplices, ni sonrisas, ni palabras dulzonas. ¿Algo más?
Abrumado por la seguridad que veía en ella y por cómo su corazón bombeaba tras lo que había dicho, Peter siseó mientras observaba su expresión sonriente:
—Añade a eso que tus muestras de cariño sean para otro, no para mí.
—¡Añadido! —aseveró ella intentando no dejar de sonreír. Antes muerta que volver a mendigar nada de aquel. Y, levantando el mentón, añadió alegremente—: Por mi parte queda todo dicho.
—Por la mía también —afirmó Peter sintiéndose un rastrero.
—Pues como decís por aquí..., ¡fin del asunto! —terminó ella con sorna.
De nuevo se quedaron en silencio y entonces Carolina se dirigió hacia la puerta que daba a su habitación.
—Necesito refrescarme —dijo—. ¿Te importa?
—No. Por supuesto que no.
—¿Podrías ordenar que pasaran mis dos baúles personales a mi habitación? —pidió señalándolos.
—No hace falta...
—Sí —lo cortó ella—. Sí hace falta. Quiero tenerlos en mi cuarto, no en el tuyo.
Peter, aunque desconcertado por todo lo que habían hablado, confirmó:
—Así será.
La joven asintió gustosa.
—Cuando me refresque me reuniré con todos en el salón —declaró.
Y, sin más, entró en lo que era su minúsculo cuarto con el corazón roto por saber que Peter amaba a Rowena.
Tras cerrar la puerta cerró también los ojos y resopló, ignorando que al otro lado Peter se tapaba el rostro con las manos y maldecía por su torpeza. ¿Por qué habría hecho aquello?
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