Atrévete a retarme
Capítulo 42
Cada día que pasaba hacía más frío, pero Carolina se pasaba horas fuera del castillo. Llegar allí y coincidir con la fina y elegante a la par que insoportable Rowena, que estaba junto a Arabella bordando, hablando de recetas de cocina o planeando la boda, le resultaba insoportable, por lo que se mantenía lo más alejada de ellas que podía.
Una noche, tras cenar junto a Blake en casa de Astrud McGregor y su mujer, al regresar al castillo su amigo se marchó a dormir y ella llevó a su yegua Mysie hasta las caballerizas. Una vez que la metió en su cuadra, sin prisa, decidió cepillarle el pelo en silencio y solo iluminada por la luz de la luna.
Durante un rato disfrutó de aquello que para ella era un placer, hasta que oyó que la puerta de la cuadra se abría y percibió una risita de mujer.
Sin poder ver de quién se trataba, oyó que dos personas hablaban en susurros.
—He de regresar antes de que me eche de menos —manifestó la mujer.
Luego se oyó la risa de un hombre y a continuación:
—Oh, Antuan..., no pares.
Boquiabierta al saber de quién era esa voz y quién podía ser el tal «Antuan», Carolina se movió por el establo con sumo cuidado hasta llegar a donde quería, y no se sorprendió al ver a Rowena y a su guerrero personal pasándolo muy bien.
Tumbada sobre una bala de heno, ella recibía con las piernas abiertas los empellones que aquel le propinaba para entrar en ella mientras decía con gesto gozoso:
—Así..., no pares..., no pares, mi fornido guerrero...
Asombrada por encontrarse con algo así, que no habría imaginado, regresó junto a su yegua mientras pensaba en la curiosa manera de rezar de aquella. Y, agazapada para no ser vista, pues tampoco podía salir estando ellos allí, esperó a que terminaran.
Estaba pasmada, sin saber qué pensar. Si tanto amaba Rowena a Peter, ¿cómo podía estar haciendo aquello con Antuan? Y, sobre todo ¿cómo era tan mentirosa al hacerle creer a Arabella que respetaba a su hijo?
Sin moverse, esperó y esperó hasta que, tras un bramido contenido por parte del guerrero, supo que por fin habían terminado.
Durante un rato no oyó nada, debían de estar recomponiéndose, hasta que de pronto ella susurró:
—Eres muy travieso, Antuan. ¡Mucho!
De nuevo se oyeron besos, risitas, cuchicheos, y cuando, segundos después, Carolina volvió a oír jadeos, maldijo para sus adentros. ¿Otra vez?
Sentada a oscuras en un rincón de la cuadra de Mysie , volvió a esperar, hasta que, tras otro gritito, esta vez más sonoro, de Rowena, la oyó decir con voz acelerada:
—He de regresar...
De nuevo el sonido de los besos volvió a resonar en las cuadras, y cuando Carolina ya se temía lo peor y esperaba un tercer asalto, oyó que Rowena decía:
—Mi fornido guerrero..., mañana más.
—Lo estoy deseando —le respondió la voz de Antuan.
Segundos después la puerta de la cuadra se abrió y Carolina vio salir a Rowena. Sin moverse, aguardó a que el guerrero saliera también y, una vez que se quedó sola, suspirando, miró a su yegua y cuchicheó:
—Como diría padre, unas cardan la lana y otras se llevan la fama...
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