Auschwitz

Leon Poliakov · Capítulo 16 de 35

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Auschwitz

Auschwitz y Alemania

2.000 hombres de refuerzo y se declaró el estado de excepción en Auschwitz. Una llamada general de los detenidos tuvo lugar en Birkenau.

La seguridad y la confianza de los SS había sufrido un duro golpe.

Pero los detenidos de Birkenau y los demás campos no pudieron acudir en auxilio de los insurrectos. La suerte de éstos estaba ya echada. Sin embargo, su rebelión tuvo un significado simbólico. Las manos vengadoras de los detenidos habían abatido a los primeros asesinos SS en el mismo lugar en donde habían perecido millones de víctimas inocentes. Y eran judíos los que habían llevado a cabo esta venganza; la rebelión hizo ver a sus compañeros de desgracia de Auschwitz lo que los judíos eran capaces de hacer.

Los SS asesinaron inmediatamente a todos los detenidos del Sonderkommando que cayeron vivos entre sus manos ese mismo día. Sólo los que fueron capturados más tarde no fueron ejecutados inmediatamente, porque, entre tanto, se había abierto una investigación.

Dos semanas más tarde, los SS lograron averiguar que los explosivos provenían de la fábrica «Unión». Se ocuparon de hallar nombres (…).

Días después, las detenidas del kommando «Unión» recibieron órdenes de abandonar su trabajo más pronto que de costumbre. En general, semejantes órdenes se daban sólo cuando se iban a efectuar selecciones.

Pero esta vez afectaba a todas las detenidas, no sólo a las judías.

Esa misma tarde fueron ejecutadas públicamente las cuatro mujeres que habían suministrado al Sonderkommando las materias explosivas.

AUSCHWITZ Y ALEMANIA

Tomando la palabra con motivo de la inauguración del monolito conmemorativo de las víctimas del campo de Belsen, Theodor Heuss, el primer presidente de la República Federal de Alemania, confesaba que, antes de la derrota de Alemania, ignoraba hasta el nombre de Auschwitz:

…Os voy a decir ahora algo que asombrará a algunos, pero me creeréis, estoy seguro de ello, incluso si algunos de los que me oyen por la radio no me creen: oí la palabra «Belsen» por primera vez durante la primavera de 1945, en la BBC, y sé que lo mismo pueden decir muchos de los habitantes de este país. Conocíamos -yo, al menos- Dachau, Buchenwald, Oranienburg (…). Pero faltaba Belsen en este catálogo del horror, así como Auschwitz.

Esta observación no habrá de servir de coartada a aquellos que gustan de clamar: «Nunca supimos nada de todo esto.» Porque sí que supimos

estas cosas…[62]

¿Cómo se explica semejante ignorancia? Nosotros mismos hemos hecho una lista de los alemanes que fueron testigos oculares de los campos de la muerte, como sigue:

Si bien algunas decenas de alemanes, algunos centenares a lo más, eran testigos de la última agonía de los judíos en las cámaras de gas, eran cientos de miles los que asistían a su largo calvario. Las formaciones SS de servicio en los campos, los obreros alemanes, los cuadros técnicos, los dirigentes de los numerosos talleres y fábricas en que se utilizaban esclavos judíos, con los que se trataban diariamente, los ferroviarios que, a través de Alemania entera, llevaban los innumerables convoyes de deportados que veían regresar vacíos -cuando no cargados de ropa y de vestidos distribuidos a los necesitados por todas las oficinas de beneficencia del país; he aquí una enumeración, bien incompleta, de los testigos que, en verdad, se puede calificar de testigos oculares[63]…

Una declaración hecha en 1948 por el Dr. Münch, «ejemplo rarísimo, sino único, de un médico SS que, bajo su uniforme, había seguido siendo un

hombre[64] », nos suministra, en sus aparentes contradicciones, una

primera clave del enigma:

Pregunta: Señor testigo, ¿sabía usted que seres humanos morían en las cámaras de gas de Auschwitz?

Respuesta: Sí.

P.: Cuando usted trabajaba en calidad de médico en Auschwitz, ¿iba usted con frecuencia -en viaje oficial o de permiso- a Alemania?

R.: Sí, iba a menudo a Alemania.

P.: ¿Qué sabía de todo esto la población del Reich, por lo que usted podía ver?

R.: Pude observar que el campo de concentración de Auschwitz era prácticamente desconocido en toda Alemania. Verdad es que procuraba que no se supiera que yo trabajaba en Auschwitz.

P.: Señor testigo, ¿por qué evitaba usted publicar el hecho de que seres humanos eran exterminados?

R.: Es una pregunta que se me ha hecho muchas veces, en particular

ante la Corte Suprema de Cracovia[65]. Y puedo contestar que hubiera sido

una tentativa completamente inútil que hubiera provocado rápidamente mi

liquidación y la de la familia, pues la Gestapo estaba bien organizada y las

advertencias dirigidas a los miembros de las SS referentes a la observación

del secreto que envolvía las exterminaciones de Auschwitz estaban tan

claramente formuladas que todos evitaban cualquier alusión, incluso ante

íntimos amigos. La experiencia nos enseñó que todo el que hablaba de ellas,

fuera como fuese, era localizado rápidamente[66]…

De manera, pues, que se ignoraba hasta el nombre de Auschwitz, pero se sabía, al mismo tiempo, que no era conveniente mencionarlo… Salta a la vista la contradicción: ¿es que se debía únicamente al poder del terror policíaco?

Para tratar de aclararlo, volvamos a coger el hilo del discurso del presidente Heuss, en el lugar en que interrumpimos nuestra cita:

…Porque nosotros supimos estas cosas. Sabíamos también, a través, de los escritos de los obispos protestantes y católicos que, misteriosamente, llegaban siempre a manos de la población, cómo tenían lugar los asesinatos sistemáticos de los internados en los asilos de alienados alemanes…

Estos escritos, en efecto, eran numerosos, categóricos y, como ya dijimos, tenían mucho éxito. ¡Ay de los hombres!, exclamaba, en agosto de 1941, Monseñor von Galen, obispo de Münster:

¿Por qué deben sufrir estos pobres enfermos indefensos? ¡Ay de los hombres! ¡Ay de nuestro pueblo alemán, si se viola el mandamiento sagrado: «No matarás», que nuestro Creador grabó desde los orígenes en la conciencia del hombre, y si esta transgresión es tolerada y permanece impune!…

Pero, con una excepción (la del obispo protestante Wurm), no hubo obispo que se atreviese a clamar ¡Ay de nuestro pueblo alemán! para condenar las matanzas de judíos o de esclavos, que no formaban parte del cuerpo místico de dicho pueblo.

De esta manera nos acercamos al punto esencial.

Pero la cosa queda aún más clara si nos remontamos a los primeros años del régimen hitleriano. En el plebiscito de noviembre de 1933, más del 90 por ciento de los alemanes, llevados por el ejemplo de las élites dotadas de mayor prestigio, habían dicho que sí al Führer. Prelados, pensadores y maestros parecían aprobar la ideología racista oficial. Sólo una minoría se resignó al exilio o se refugió en la «emigración interior».

Para el filósofo Martín Heidegger, Adolfo Hitler era, en 1933, la única realidad de Alemania:

La Revolución nacionalsocialista trae consigo la revolución total de nuestra existencia alemana.

De vosotros depende, ante este acontecimiento, el seguir siendo los que siempre van en cabeza, los que están dispuestos, los que son tenaces y crecen sin cesar.

Vuestra voluntad de saber buscar la experiencia de lo esencial, de lo sencillo y de lo grande.

Estáis reivindicados para veros expuestos a lo que constituye la amenaza más cercana, y el más lejano compromiso.

Sed duros y auténticos en vuestra existencia (…).

Que en vosotros crezca sin cesar el valor del sacrifico para la salvación de la esencia y para la exaltación de la fuerza interior propia de nuestro pueblo en su Estado.

No son ideas y teoremas los que deben constituir las reglas de vuestro ser.

El Führer, él y sólo él, es la realidad alemana, presente y futura, y su

ley…[67].

Otros pensadores de la era hitleriana experimentaban éxtasis aún más profundos, verdaderos arrebatos amorosos:

Cada vez que oigo esta Voz quisiera ir hacia ella y decir: aquí estoy, tómame con mi fuerza, mi sabiduría, mi voluntad; haz uso de ellas para tu grandiosa meta (…). La Voz impone siempre de nuevo una decisión clara y simple. Revela siempre, de nuevo, la realidad y la verdad, pero habla de ella con las palabras más humildes: qué difícil nos resulta, a nosotros, que somos instruidos, complicados, pretenciosos, el conocer y reconocer la verdad bajo su aspecto sencillo y desnudo (…). Éste es el mensaje más profundo de esta Voz: darnos la fe[68].

La fe en la perfección de Hitler y en las virtudes de la sangre germánica llegan a adquirir tales proporciones que, al principio de la guerra, una circular secreta del partido nazi tomaba bajo su protección a los descendientes de los hugonotes franceses, emigrados en el siglo XVII.

Es necesario señalar que los descendientes de las familias hugonotes, en la medida en que resulta imposible demostrar la existencia de una mezcla de sangre (sobre todo de sangre judía), se consideran como de sangre

«alemana o afín», en el sentido que a estos términos dan las leyes de Nuremberg. Se puede decir, incluso, en general, que los hugonotes llegados al Reich procedentes de Francia, representan una selección especialmente positiva de sangre germánica. Es, pues, completamente falso y contraindicado el manifestar, por motivos de origen o de raza, menos estimación al descendiente de una familia hugonota que a otro compatriota («Volksgenosse») alemán[69].

Hubo premios Nobel que enseñaban que sólo los «Nórdicos» eran capaces de penetrar los secretos de la Naturaleza, perforando la niebla de la escolástica judía (entendida ésta en el sentido amplio de «no germánica»):

…No es casualidad que los grandes descubridores hayan pertenecido casi exclusivamente a la raza germánica (Galileo [sic], Newton, Faraday, Rutherford y Lenard). Todos ellos dirigen su mirada hacia la realidad de la Naturaleza y comprueban, por medio de difíciles y tenaces experimentos, las suposiciones elaboradas, hasta que la Naturaleza haya respondido para confirmar esas hipótesis, o haciendo que otras, mejores, las sustituyan. Ésta es, frente a la realidad, la fidelidad germánica.

A esta actitud espiritual se enfrenta la influencia del espíritu judío dogmático (…). Este espíritu penetró a través de la Iglesia cristiana en el mundo germánico, adquiriendo rápidamente una gran influencia. Ha producido grandes escolásticos, pero no exploradores de la Naturaleza.

El espíritu germánico no siempre se ha dejado oprimir (Galileo, la Reforma). Tres siglos de investigación, coronada de éxito, se han sucedido.

Pero, atraídos por el éxito de estas investigaciones y ayudados, desgraciadamente, por nojudíos situados en posiciones clave, los judíos se

precipitaron sobre la Física. El pionero del espíritu judío es Einstein[70]…

En las universidades alemanas, se distinguían las «matemáticas germánicas», únicas verdaderas, de las «matemáticas judías».

Los jefes de las Iglesias estaban obligados a temporizar con el virus del racismo y, por este hecho, le daban carta de ciudadanía. Escuchemos las palabras del cardenal Faulhaber, jefe de la jerarquía católica alemana: No hay que objetar, desde el punto de vista de la Iglesia, a una honrada investigación y al cultivo de la raza. Análogamente, nada hay que objetar a la aspiración de conservar tan pura como sea posible la particularidad

(Eigenart) de un pueblo y de profundizar en el sentido de la cultura popular, insistiendo sobre la comunidad de la sangre…

¿Cuál es, frente a la raza germánica, la postura cristiana? La raza y el cristianismo, considerados intrínsecamente, no se oponen; o, mejor, pertenecen a órdenes distintos. La raza es el orden natural, el Cristianismo es Revelación; es, por consiguiente, un orden sobrenatural. La raza es la comunidad con el pueblo. El cristianismo es, primero, la comunidad con Dios[71]…

Más sugestivo aún, por lo que a dar una idea del estado de espíritu de sus feligreses se reñere, resulta este sermón del cardenal Faulhaber:

…Una odiosa mentira ha sido puesta en circulación contra el Santo Padre (Pío XII), según la cual el Sumo Pontífice es judío, habiendo sido su madre una judía holandesa. Veo que mis oyentes se estremecen de horror.

Esta mentira es especialmente apta para hacer de la reputación del Papa, en Alemania, objeto de risa…

Vayamos más lejos: numerosos pastores protestantes proclamaban que el mismo Jesús había sido un ario, atestiguando la obsesión antisemita de los cristianos, que no podían sufrir el tener por Dios a un judío. En 1933, dos terceras partes de los pastores protestantes alemanes se afiliaron al

«Movimiento de los creyentes alemanes cristianos» (Glaudensbewegung der Deutschen Christen), una de cuyas primeras medidas fue la expulsión de todos los creyentes «no arios» de sus filas (Arienparagraph), antes, incluso, de la promulgación de las famosas «Leyes raciales» de Nuremberg[72] .

Auschwitz no puede quedar al margen de esta exaltación colectiva, viento de locura que preludió a la cruzada asesina. Un furor homicida, en estado latente, llenaba las almas de los alemanes en la época en que Auschwitz no era más que Oswiecim, pueblecito polaco. Los himnos de las Juventudes Hitlerianas glorifícaban sin tregua el futuro asesinato de los judíos («Cuando fluya bajo el cuchillo la sangre judía…»). Recuérdense, asimismo, los textos y dibujos obscenos de publicaciones como el

«Stürmer». Tenemos otros muchos ejemplos:

Un judío que dirigía el club deportivo de una pequeña ciudad de Würtemberg se suicidó en agosto de 1933 dejando el siguiente mensaje:

«¡Amigos míos! ¡Es mi último adiós!

¡Un judío alemán no puede aceptar el seguir viviendo sabiendo que el movimiento del que la Alemania Nacional espera su salvación le considera como un traidor! No tengo más que un ardiente deseo: que la razón vuelva entre nosotros.

No pudiendo ejercer ninguna actividad conveniente, trato con mi suicidio de despertar a mis amigos cristianos. Que ello les haga cono cer lo que experimentan los judíos alemanes. ¡Cómo habría preferido dar mi vida por la patria! No me lloréis. Tratad, mejor, de hacer comprender la verdad y ayudarla a vencer. Es así como me honraréis.

Vuestro, Fritz.»

«¡Fritz Rosenfelder es razonable y se cuelga!, escribía el periódico local al anunciar el suicidio. Lo cual nos hace felices; no vemos ningún

inconveniente en que sus congéneres se despidan de la misma manera[73].»

En abril de 1934, el Führer, en una recepción dada a una delegación de obispos católicos, justificaba su política:

Se me ha atacado por mi forma de tratar a los judíos. Durante 1.500

años, la Iglesia católica ha considerado a los judíos como seres perniciosos, los ha encerrado en ghettos, dando a comprender qué clase de gente eran los judíos. En la época del liberalismo no se veía este peligro. Yo continúo la tradición milenaria. No pongo a la raza por encima de la religión; considero a los representantes de la raza en cuestión como seres perniciosos para el Estado y la Iglesia y, posiblemente, al obrar así, hago un servicio enorme al

cristianismo; por esto los expulso[74]…

En noviembre de 1938, tras el gran «pogroom» que se conoce con el nombre de la «Noche de Cristal», el Consejo de ministros alemán procedió a un cambio de impresiones:

Goering: ¿Cuántas sinagogas han sido incendiadas?

Heydrich: 101. 76 destruidas; 7.500 establecimientos devastados.

Goebbels: Creo que ésta es la ocasión de disolver las sinagogas. Toda las que no se hallen absolutamente intactas deberán ser derribadas pe los mismos judíos. Las sinagogas arrasadas en Berlín lo serán por obra de los judíos. Éste debería ser el principio general para todo el Reich.

Además, estimo necesaria la publicación de una orden que prohiba la entrada a los judíos en teatros, cines y circos alemanes (…).

Además, es preciso que desaparezcan de la circulación en todo el país, porque ejercen un efecto provocador. Por ejemplo, hoy día un judío tiene todavía derecho a compartir un cochecama con un alemán. Debería promulgarse una orden que crease departamentos para judíos, que no serían puestos a disposición de éstos más que cuando todos los alemanes dispusieran de asientos. Si no hay asientos suficientes, los judíos habrán de quedarse de pie en el pasillo.

Goering: Me parece más razonable darles departamentos especiales.

Goebbels: Pero no cuando el tren va lleno.

Goering: ¡Un momento! No habrá más que un solo departamento para judíos. Cuando esté lleno, los demás judíos habrán de quedarse en casa.

Goebbels: Pero supongamos que en el rápido de Munich no hay bastantes judíos; hay dos judíos en el tren y los departamentos restantes están llenos. Estos dos judíos disponen entonces de un departamento especial para los dos. Por consiguiente, hay que decir: los judíos no podrán sentarse más que cuando todos los alemanes estén ya sentados.

Goering: No hace falta decirlo explícitamente. Si el tren está lleno como usted dice, no necesito una ley. Echarán el judío al pasillo y no le quedará más remedio que sentarse en el retrete durante todo el viaje.

Goebbels: Otra orden deberá prohibir a los judíos el acceso a los balnearios, playas y lugares de veraneo alemanes. Me pregunto si no es necesario prohibir a los judíos el acceso a los bosques alemanes…

Y Goering concluye… Si el Reich se ve envuelto en un conflicto exterior, no hace falta decir que tendremos que pensar en pasar cuentas con los judíos, pero en serio… ¡No quisiera ser judío y estar en Alemania!

Pero, según los dogmas del racismo, los judíos no eran más que una rama del amplio tronco de los subhombres, aunque, desde luego, una rama particularmente perniciosa. Hitler lo había dicho ante millares de oyentes: La distancia entre el más bajo de los seres humanos y nuestras razas más elevadas es mayor que la que existe entre el más bajo de los hombres y el

mejor educado de los monos[75]…

Entre los SS se llegó más lejos en la descripción de los subhombres (esclavos, negros y, en el límite, latinos). Según un documento oficial:

…El subhombre, esta criatura de la Naturaleza, con sus manos, sus pies y su tipo especial de cerebro, criatura que parece de la misma especie humana, pertenece, por el contrario, a otra completamente distinta, una especie de seres horribles, caricaturas del hombre, con rasgos semejantes, pero situados, por su espíritu, por su alma, por debajo de los animales. En el interior de esta criatura, un caos de salvajes pasiones de senfrenadas, una indecible voluntad de destrucción, apetitos primitivos, una infamia sin velos (…).

Jamás preservó el subhombre la paz; jamás respetó la tranquilidad.

Porque necesitaba de la penumbra y del caos.

Estaba asustado por la luz del progreso.

Para conservarse, había de estar en el pantano, en el infierno; no en el sol.

Y este universo inferior del subhombre ha hallado un guía: ¡el judío eterno!

Él comprendía, él sabía lo que este universo deseaba; servía sus inclinaciones y sus infames apetitos[76]…

La dura crisis económica de 19281932, las maniobras de los magnates del capitalismo, son éstas explicaciones que se han dado al fenómeno nazi.

Condiciones necesarias, sin duda; pero la explicación es muy superficial.

Para ver claro es necesario, una vez más, que nos remontemos a épocas más lejanas y enjuiciemos siglos enteros de la historia de Alemania. Tarea llevada a cabo, en forma magistral, ante el tribunal internacional de Nuremberg, por el fiscal general francés, François de Menthon: Hay que tener en cuenta que el nacionalsocialismo tiene orígenes profundos y remotos.

La mística comunitaria racial nació de la crisis espiritual y moral que atravesó Alemania durante el siglo xix; crisis que volvió a nacer de pronto

en su estructura económica y social a causa de una industrialización particularmente rápida. El nacionalsocialismo es, en realidad, una de las cimas de la crisis moral y espiritual de la Humanidad moderna trastornada por la industrialización y por el progreso técnico.

Alemania pasó por esta metamorfosis de la vida económica y social, no sólo con extraordinaria brutalidad, sino en un momento en que carecía aún del equilibrio político y de la unidad cultural que habían alcanzado los demás países de Europa Occidental.

En tanto se debilitaba la vida interior y espiritual, una incertidumbre cruel corroía los espíritus; incertidumbre definida en forma admirable con la expresión Ratlosigkeit, intraducibie en español, pero que corresponde a nuestra expresión popular «ya no se sabe a qué santo darse»; crueldad espiritual del siglo xix, que tantos alemanes nos han descrito con trágico poder evocador. Un vacío total se abre en esas almas descentradas por la búsqueda de nuevos valores.

Las ciencias naturales y las ciencias del espíritu originaron el relativismo absoluto, escepticismo profundo ante los valores perennes de los que el humanismo occidental se nutre desde siglos atrás. Un darwinismo vulgar se extiende, desorienta y enloquece los cerebros. Los alemanes no ven ya en razas y colectividades más que núcleos cerrados sobre sí mismos, en perpetua lucha unos contra otros.

Es en nombre de la decadencia que el espíritu alemán condena el humanismo. No se ve sino «enfermedades» en sus valores y sus elementos componentes. Piensa que la causa de todo ello reside en un abuso del intelectualismo y de la abstracción, de todo lo que frena las pasiones del hombre imponiéndole normas comunes.

Ya no se considera la Antigüedad clásica como época luminosa, en la que triunfa la razón ordenada. No se ve en ella más que civilizaciones amantes de luchas y rivalidades violentas, vinculadas sobre todo a Alemania por sus pretendidos orígenes germánicos.

Se condena el judaismo sacerdotal y el cristianismo, bajo todas sus formas, como religión de honor y de fraternidad hecha a posta para matar en el hombre las virtudes de la fuerza brutal. Se condena el idealismo democrático de la era moderna; se condenan todas las internacionales.

La última filosofía de Nietzsche iba a ejercer una influencia dominante sobre un pueblo en este estado de crisis y de negación de los valores

tradicionales. Tomando como punto de partida la voluntad de poder, Nietzsche predicó, no el culto de lo inhumano, sino de lo sobrehumano. Si es que no existe causa final en el universo, el hombre, cuyo cuerpo es materia emotiva y pensante a la vez, puede moldear el mundo a su gusto, eligiendo como guía una biología combativa. Si el fin supremo de la Humanidad es un sentimiento de victoriosa plenitud, material y espiritual a la vez, entonces no queda sino asegurar la selección de los fuertes, la nueva aristocracia de los señores.

Para Nietzsche, la evolución industrial trae consigo necesariamente el gobierno de las masas, la automatización y la formación de las muchedumbres obreras. El Estado persiste gracias a una élite de personalidades vigorosas que, con los métodos que tan admirablemente definió Maquiavelo, los únicos métodos compatibles con las leyes de la vida, conducirá a los hombres por la fuerza y por la astucia, pues los hombres son y siguen siendo perversos.

Vemos como surge el bárbaro moderno, superior por su inteligencia y la energía de su voluntad, liberado de toda moral convencional, capaz de imponer a las masas la obediencia y la fidelidad haciéndoles creer en la dignidad y la belleza del trabajo y asegurándoles el mediocre bienestar de que tan fácilmente se satisfacen. Así, pues, una sola fuerza, la misma, se manifestará en los señores por la armonía contra las pasiones elementales y la lucidez de su razón organizadora y, en las masas, por el equilibrio entre los instintos oscuros o violentos y la actividad pensada, impuesta por una disciplina implacable.

Por supuesto, no se trata, en modo alguno, de confundir la filosofía última de Nietzsche con el simplismo brutal del nacionalsocialismo. Pero esto no borra a Nietzsche de la lista de los antepasados reivindicados por el nacionalsocialismo y es justa esta reivindicación, ya que, por una parte, él fue el primero en formular, de manera coherente, la crítica de los valores tradicionales del humanismo; y, por otra, su visión del gobierno de las masas por señores actuando sin ninguna limitación exterior, como un anuncio del régimen nazi. Por añadidura, Nietzsche creía en la raza soberana y concedía la primacía a Alemania, a la que reconocía un alma joven y reservas inagotables.

El mito de la comunidad racial, surgido de las profundidades del alma alemana descentrada por las crisis morales y espirituales de la Humanidad

moderna, se unía a las tesis pangermanístas tradicionales.

Ya los discursos a la nación alemana de Fichte, al exaltar la germanicidad, ponía de relieve una de las ideas centrales del pangermanismo, a saber, que Alemania piensa y organiza el mundo tal como éste debe ser pensado y organizado.

No es menos antigua la apología de la guerra. Se remonta, en particular, a Fichte y a Hegel, que habían afirmado que sólo la guerra, al clasificar los pueblos, establece la justicia entre las naciones. Para Hegel, «la salud moral de las naciones se mantiene gracias a la guerra, del mismo modo que el soplo de la brisa salva el mar del estancamiento».

La teoría del espacio vital aparece desde principios del siglo xix. Es una demostración de carácter geográfico, de todos conocida, que los Ratzel, los Arthur Dix y los Lamprecht repetirán más tarde por su cuenta, asimilando los conflictos entre los pueblos a una lucha desesperada entre concepciones y realizaciones espaciales y declarando que la Historia entera se orienta hacia la hegemonía alemana.

El totalitarismo estatal tiene asimismo profundas raíces en Alemania. La absorción de los individuos por parte del Estado constituye el deseo de Hegel, quien escribía: «Los individuos desaparecen en presencia de la sustancia universal (espíritu del pueblo o Estado), y ésta forma por sí misma individuos que sus propios objetivos le exigen».

En resumen, el nacionalsocialismo no aparece en modo alguno en la Alemania contemporánea como erupción espontánea debida a las consecuencias de la derrota de 1918 o como un puro invento de un grupo decidido a adueñarse del poder.

El nacionalsocialismo es la desembocadura de toda una larga evolución doctrinal, la explotación por un grupo de hombres de uno de los aspectos más profundos y más trágicos del alma alemana. Pero el crimen de Hitler y de los que le secundaron consiste, precisamente, en haber explotado y desencadenado esta fuerza de barbarie latente que existía, con anterioridad, en el pueblo alemán, y hasta las últimas consecuencias.

El régimen de dictadura establecido por Hitler y los suyos sometió a todos los alemanes al «soldadismo», a saber: un género y un sistema de vida totalmente distintos de los que practicaba el mundo burgués del Oeste y del Este proletario. Se trataba de una movilización permanente y total de las energías individuales y colectivas. Esta militarización integral suponía

un conformismo absoluto de actos y pensamientos; militarización de acuerdo con la tradición disciplinaria prusiana. La propaganda comunica a las masas la fe, el impulso, la embriaguez y la grandeza comunitarios. En el racismo, en una exaltación comunitaria mística, estas masas obedientes encontraron un derivativo artificial a su angustiosa moral, a sus inquietudes materiales; las almas que antaño se hallaban dispersas y devastadas se vieron reunidas en un molde común.

La pedagogía nazi forma nuevas generaciones en las que nada subsiste de los ternas morales tradicionales, sustituidos por el culto a la raza y el culto a la fuerza.

El mito racial tiende a convertirse en una verdadera religión nacional.

Muchos literatos, sustrayéndose a la dualidad de las confesiones religiosas, sueñan en un ecumenismo de tipo alemán que sería, sencillamente, la religión de la raza alemana como raza.

En pleno siglo xx, Alemania vuelve voluntariamente, por encima del cristianismo y de la civilización, a la barbarie de la primitiva Germania[77]…

¿Cuál era el contenido de la religión germánica? Sólo oscuros grupitos tomaban en serio la vuelta al culto de Wotan y de Thor, de los dioses del Walhalla. La famosa filosofía de Alfredo Rosenberg, ideólogo oficial del régimen, era igualmente inaccesible a las masas. Por su parte, Adolfo Hitler cuidaba de disimular su absoluto nihilismo. La filosofía dominante del nazi corriente se ve más claramente en una profesión de fe de Martin Bormann, el sustituto (Stellvertreter) del Führer, en la que hablaba de la incompatibilidad existente entre el nacional-socialismo y el cristianismo: Nuestro ideal nacionalsocialista es muy superior a las concepciones cristianas que, en puntos esenciales, fueron tomadas del judaismo…

Cuando nosotros, los nacionalsocialistas, hablamos de nuestra fe en Dios, no entendemos por Dios -como hacen los cristianos ingenuos y sus explotadores espirituales- un ser semejante al hombre, sentado en alguna parte, entre las esferas. Debemos más bien abrir los ojos de los hombres para hacerles ver que, junto a nuestra pequeña tierra insignificante, existe en el universo un número inconcebible de cuerpos, rodeados de cuerpos más pequeños, como el sol está rodeado de planetas, y éstos de lunas. Es a esa fuerza natural que hace mover en el universo esos innumerables planetas a la que nosotros llamamos Todopoderoso o Dios. La afirmación según la

cual este poder universal puede preocuparse del destino de cada ser y puede ser influida por pseudoplegarias o por otras cosas dignas de asombro, esa afirmación descansa sobre una fuerte dosis de ingenuidad, a menos que se trate de desfachatez comercial.

Nosotros, nacionalsocialistas, nos imponemos, por el contrario, el vivir según la naturaleza, es decir, según las leyes de la vida. Cuanto más dilucidamos y observamos las leyes de la naturaleza y de la vida, más satisfacemos la voluntad del Omnipotente. Cuanto mejor penetremos en los designios del Omnipotente, tanto más éxito alcanzaremos…

Pero este vulgar panteísmo racista alemán no pasaba de ser muy superficial. La religión de los alemanes de la era hitleriana se limitaba, en lo esencial, a la adoración del Führer, en el que la mayoría, desde el simple soldado al general, del filósofo al barrendero y, quizá, del prelado al más humilde feligrés, llegaban a encontrar una parcela de su propia imagen, aliviados, además, de poder descargar sobre él todas sus responsabilidades.

El culto «de la raza y de la sangre» camuflaba, a través de la identificación con el jefe, la adoración de Narciso. La comunión en el amor se veía reforzada por la comunión en el odio y el aprendizaje militar revelaba el sadismo desu rostro. En efecto, sólo el psicoanálisis nos permite entrever el verdadero centro del problema. Según Freud, un culto, incluso cuando se hace llamar culto de amor, ha de ser duro, ha de tratar sin amor a todos aquellos que a él no pertenecen. «En el fondo, toda religión es una religión de amor para los que ella engloba y cada uno está dispuesto a

mostrarse cruel e intolerante para con los que no la reconocen.»[78] La

intolerancia y la crueldad, añadía, deben aumentar en función de la fuerza

de los «vínculos libidinosos» (erotizados) existentes entre el jefe y la

multitud, por una parte, y entre los miembros de la multitud, por otra. El

régimen hitleriano vino a confirmar el sólido fundamento de esta profecía

(escrita en 1921) del maestro de Viena.

En cuanto a los SS, parece que tuvieron un culto secreto mejor elaborado. No podemos decir si, para descifrar hasta el fondo el enigma de Auschwitz, debemos remontarnos más aún que Frangois de Menthon. ¿Hay que relacionar el Dios «Got» de los SS con los sueños de poder alemán procedentes de la Edad Media, con las leyendas y «Manifiestos» que anunciaban la abolición del Antiguo Testamento, la dominación universal