Auschwitz

Leon Poliakov · Capítulo 4 de 35

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Auschwitz

N.°…

Servicio…

Llaves entregadas al Sr…

N.°…

Calle…

Informaciones en caso de no arresto:…

El Jefe

de la Policía Municipal

firmado HENNEQUIN.

Pero la redada no dio los resultados esperados, ya que más de la mitad de los judíos habían podido huir a tiempo. Las estadísticas de la Prefectura de Policía indicaban el arresto de 12.884 personas solamente (3.031

hombres, 5.802 mujeres, 4.051 niños). El representante de Eichmann constataba el 18 de julio «que un número importante de judíos apátridas había tenido conocimiento de la redada y había podido esconderse. En varios casos, agentes de la policía francesa habrían informado a las personas que debían detener en la redada, en particular a los judíos que gozaban de una buena situación, aconsejándoles de no permanecer en sus apartamentos los días 16 y 17 de julio de 1942».

Sin duda, las SS eran incapaces de concebir que pudiesen cometerse casos de indisciplina por otros motivos que los puramente interesados. Vale la pena evocar aquí algunos rasgos de su mentalidad. Cuando un gran burgués judío, héroe y herido en 1914-1918, fue detenido por ellos en diciembre de 1941 y sus relaciones con los «colaboradores» franceses, apoyadas por el embajador Abetz, soücitaron su liberación, el nazi de servicio respondió que con la mejor voluntad del mundo no podía hacerlo ya que una tal medida de fa vor llevaría a los franceses a la conclusión de que no existía entre los alemanes ningún antisemita auténtico, con excepción de Hitler… Más revelador todavía de la psicología de las SS es otro documento en el que se ve a Eichmann, descontento de la falta de coordinación entre sus agentes en París, amenazarles, a modo de sanción, con no aceptar a más judíos franceses en Auschwitz, «de no considerar más a Francia como país de deportación». Tales rasgos atestiguan el desajuste de las mentes alemanas, en el período en el cual el III Reich realizaba la misión de exterminar a pueblos enteros a sangre fría.

La persecución, especialmente de judíos, se había convertido en culto, al mismo tiempo que en un juego cruel.

Pero cualesquiera que hayan sido estos ardores hitlerianos, el holocausto de los judíos de Francia disminuyó después del verano de 1942, ya que el aparato administrativo de Vichy oponía a las redadas una actitud cada vez más reticente. Mejores resultados fueron obtenidos por Eichmann en los Países Bajos, colocados bajo la directa administración alemana.

(Las pérdidas judías fueron en Francia del orden del 20-30 %, y en los Países Bajos de más del 60 %.) El calendario de Auschwitz conocía altas y bajas; mientras que los detenidos políticos de todas las naciones, destinados a trabajar hasta el agotamiento, al igual que los delincuentes internacionales, afluían a razón de algunos millares por mes, los transportes de judíos, pasados inmediatamente por las cámaras de gas en su mayoría, se efectuaban de una manera muy irregular. Pero no hay nada más inexacto que separar la pobiación de Auschwitz en categorías netamente delimitadas. Toda la diversidad del género humano estaba allí reflejada; hubo, incluso, en el territorio del campo, además de los detenidos y de los SS, prisioneros de guerra ingleses, «trabajadores libres»

y técnicos alemanes que hacían funcionar las fábricas que Brmas como Krupp o I. G. Farben habían instalado. (Solamente en la fábrica Buna déla I. G., el número de obreros alemanes fue de 15.000.) Al comienzo del año 1943 empezaron a llegar a Auschwitz convoyes de bohemios, con sus vestidos multicolores. Planteaban a los potentados del III Reich un dilema; desde el punto de vista del Estado policía, estos nómadas eran unos «asocíales» que era necesario hacer desaparecer; sin embargo, desde el punto de vista de los dogmas raciales, eran de pura raza indogermánica. La posición aséptica consistía en internarlos. Hoess, que los definía como sus «detenidos preferidos», asegura ha berles alimentado un profundo afecto, creando para ellos lo que él llamó un acampo familiar». Habiendo guardado su naturaleza infantil, escribía, eran inconsecuentes en sus pensamientos y en sus actos, y tocaban con complacencia. No tomaban demasiado en serio el trabajo… Algunos habían formado parte de las juventudes hitlerianas o de otras organizaciones del partido; otros, al llegar al campo, llevaban sobre su pecho las condecoraciones o medallas ganadas en la campaña de Polonia. En total,

su número en Auschwitz se elevó a cerca de 20.000; en el verano de 1944, por orden de Himmler, fueron todos pasados por las cámaras de gas. …

En la primavera de 1943 le tocó el turno al judaismo baicánico. Los

mayores contingentes vinieron de la Grecia ocupada (más de 70.000[8] ).

Rumania y Bulgaria, países semi-independientes, rehusaron entregar sus

judíos; por lo que respecta a los de Yugoslavia, en su mayor parte ya

habían sido fusilados en su mismo país. Al igual que en los demás sitios,

Eichmann y sus hombres, con el fin de evitar el pánico, se esforzaban en

presentar las deportaciones como un simple traslado de poblaciones y, en

el caso de los griegos, parece haberlo logrado plenamente; a su llegada a

Auschwitz, los judíos de Salónica preguntaban a los «antiguos del campo»:

«¿Cuándo recibiremos el dinero que hemos depositado en el banco antes de

nuestra partida? Hemos depositado dracmas y a cambio nos han dado

cheques; nos han dicho que los bancos polacos nos reembolsarían para que

pudiésemos pagar nuestros gastos aquí.»

Con el paso del tiempo, una credulidad tal parece inconcebible, pero en aquella época, hasta en los países de Occidente ocupados, la existencia de los campos de exterminación se consideraba comúnmente como una invención de la propaganda británica. Anticipándonos un tanto a los capítulos siguientes, citemos aquí, utilizando los procesos verbales del proceso Eichmann, el diálogo que se desarrolló entre un médico del campo, el Dr. Beilin, y un colega holandés. Este último le había preguntado, al día siguiente de su llegada: «Dígame, querido colega, ¿cuándo volveré a ver a mi mujer y a mis hijos?»

Entonces le pregunté: «¿Por qué me hace esta pregunta?» Y él me respondió: «Nos han dicho, en el andén de llegada, que todos aquellos que eran aptos para trabajar iban dirigidos a un lado y que las mujeres y los niños eran enviados hacia otro campo, donde se les trataría mejor, y que al cabo de dos semanas todas las familias podrían reunirse de nuevo.»

Entonces le conté la verdad… Él me respondió: «Realmente, ya no me extraña que los alemanes acusen a los judíos de llevar a cabo una propaganda de horrores; lo que usted me cuenta es completamente imposible e inconcebible.» Le enseñé entonces el crematorio, que se encontraba a unos trescientos metros de allí, preguntándole: «¿Ve usted este edificio?, ¿sabe lo que es?» Y me respondió: «Es la panadería…»

Dos semanas más tarde lo volví a encontrar por casualidad. Me llamó y, al principio, quise evitarle porque no me sentía a gusto a su lado. Me dijo:

«Mi querido colega, tenía usted toda la razón, se trata de asesinato puro y simple.» Más tarde me enteré que se había suicidado, colgándose en los

alambres electrificados de alta tensión[9]…

Pero sigamos nuestro calendarío. Durante el otoño de 1943 y terminada la parte central de su trabajo, los campos de exterminación poiacos fueron destruidos por orden de Himmier, de manera que Auschwitz se convirtió en el único centro de este tipo. A partir de entonces los últimos habitantes de los ghettos polacos fueron enviados a este campo. Por otro lado, el armisticio separado entre Italia y los Aliados en septiembre de 1943, permitió a Eichmann abrirla caza de los judíos italianos. Se vio, entonces, a grupos SS arrestando a los judíos de la Ciudad Eterna, sin que el Soberano Pontífíce, Obispo de Roma, dejase oír su voz para tomar su

defensa y denunciar los crímenes del nazismo[10] . Le correspondió,

durante estos tristes años, al episcopado francés, salvar el honor de la

Iglesia católica, protestando de las deportaciones con vigor y valentía.

Los últimos judíos de Europa que tomaron en masa el camino de Auschwitz fueron los de Hungría. Su hora sonó cuando su país fue ocupado militarmente por los nazis en marzo de 1944, instalando un gobierno títere.

Eichmann se dirigió inmediatamente a Budapest con su equipo completo y a razón de más de cien personas por vagón de mercancías y de un centenar de vagones al día, en seis semanas llegó a mandar a Auschwitz cerca de 450.000 judíos. El campo no había conocido nunca un aflujo tan impresionante. Como último punto, el plan de campaña preveía la deportación de los judíos de la capital. Pero ya el calendario de Auschwitz corría contra reloj. Las protestas internacionales y el éxito del desembarco aliado en junio de 1944, incitaron al gobierno húngaro, en el último momento, a rehusarla colaboración de su policía a las deportaciones, de manera que los judíos de Budapest pudieron salvar su vida.

Auschwitz vio aún, en agosto de 1944, la llegada de unos 70.000 judíos procedentes del último ghetto que subsistía todavía en Polonia, el de Lodz.

El 2 de noviembre de 1944, Himmler, viendo la partida perdida y llevado por la falaciosa esperanza de salvarse, de aliarse él, incluso con sus SS, a los americanos, para combatir a los rusos, suspendió, sin conocimiento del